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domingo, 25 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Dios, ¿una meta para alcanzar?

 

Los hombres, cuando se proponen alcanzar algo -una meta-, ordenan todos sus actos para lograrlo. Y no quedan satisfechos hasta haber obtenido el resultado.

Con frecuencia en la vida espiritual se suele proceder de un modo similar. Se procura alcanzar a Dios, la virtud, la vida cristiana en pleno, somo si se tratara de llegar a un punto, una meta en la que todos los problemas o inconvenientes quedarían superados. Y allí está el error.

A Dios no lo lograremos en esta tierra como una meta. Ni la virtud. Ni la vivencia cristiana en su plenitud.

Dios no es algo, sino ALGUIEN que nos habla. Nos habla a través de la Biblia. Nos habla por medio de su propio Hijo que vive y perdura “hasta el fin de los tiempos” en la Iglesia por El fundada y permanentemente asistida y sostenida. Nos habla también a través de los acontecimientos, de la historia. Ciertamente que no nos habla de la misma manera como lo hace en la Sagrada Escritura o por medio del Magisterio de la Iglesia. A través de los acontecimientos “nos despierta” para que reflexionemos, para que confrontemos nuestra propia vida, nuestras propias actitudes con la verdad que El nos ha revelado.

De modo similar, la vida cristiana, la virtud, no es un término, una meta para lograr totalmente en un plazo de tiempo de acuerdo al esfuerzo, al empeño personal de cada uno. La amplitud del tiempo y la intensidad del esfuerzo deben servir para afianzarnos en el camino.

Por tanto, nuestro peregrinar hacia el Padre, debe tener las características de un viaje; todavía no se ha llegado a la meta. Todavía es necesario sentir el cansancio, las incomodidades, los “imprevistos” del camino. Eso es la vida del cristiano. Debe contar con la realidad de “los buenos y malos en el reino de Dios”. Y mientras seamos viandantes no nos extrañemos de que la meta está distante, aunque siempre a la vista. Caminemos con esperanza.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 7)

 

domingo, 18 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Para qué se hizo hombre Cristo?

 

Domingo 2 (A) del Tiempo Ordinario 

Evangelio de San Juan 1,29-34

Circunscribir la misión de Cristo a un determinado momento histórico, o a unas circunstancias puramente humanas, sería desvirtuarla de su real contenido. Lo externo puede ayudar o dificultar la acción. Esto nadie lo niega. Pero afirmar que lo externo condiciona de tal manera los actos y las decisiones de la voluntad humana que le imposibilitan actuar de otro modo, sería negar la libertad del hombre.

Es verdad que en determinados momentos o períodos se acentuaba la divinidad de Cristo -y esto está muy bien- que su humanidad quedaba prácticamente casi ignorada o, por lo menos, tenida como algo de menor importancia, y eso está mal. Hoy, en cambio, es frecuente la presentación de un Cristo tan “humanizado”, tan “socializado”, que su divinidad no es objeto ni de predicación ni de vital importancia y necesidad para la vida del bautizado.

En un mundo que “prefiere las tinieblas a la Luz” (Jn 1,5), “porque sus obras son malas” (Jn 3,20), en un mundo tremendamente materializado, hablar de espiritualidad, es un poco menos que hacer el ridículo. No obstante, la Iglesia de Cristo, la fundada por El, y no la presentada por muchos “reformadores” que ha tenido desde el comienzo (Mt. 26,9), y que lamentablemente abundan también hoy, debe predicar al Cristo total, al Cristo Dios hecho hombre, al Cristo Hijo de Dios e Hijo de María.

Nunca será lícito, bajo ningún pretexto histórico ni circunstancial, presentar un Cristo dividido, a un Cristo predicador de verdades sin “tener compasión de la multitud cansada y hambrienta” (Mt 15,32), ni, contrariamente presentar a un Cristo a quien los hombres lo busquen no por su divinidad (milagros, señales…) sino “por el pan que se acaba” (Jn 6, 26-27).

Tampoco ignoramos el sofisma de los últimos tiempos de que “no se puede predicar a estómagos vacíos”, y por eso hay que solucionar primero la cuestión social de la vivienda, de trabajo, etc., antes de hablar de conversión, de arrepentimiento, de renuncia al pecado, de la necesidad de la gracia, de la vida eterna… Porque a los que han enarbolado esa frase y a los de su comparsa, nunca los he visto preocupados por “predicar a los que ya tienen los estómagos llenos”. Como los consideran “pecadores”, y no les interesa trabajar por el Reino de Cristo, que basa la justicia y la paz en la ausencia del pecado, ponen en evidencia su distorsión de la verdadera misión de Jesucristo. No les interesa liberar a los hombres de la esclavitud del pecado.

En la predicación de hoy, el Bautista nos presenta a Cristo en su exacta dimensión. Cristo es el CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO. En el Antiguo Testamento Dios había prescrito que la reconciliación con El se hiciera por medio de la sangre de toros y de chivos, sobre los que el pueblo descargaba sus pecados (cfr. Lev 4, 5 y 16). Era un símbolo, una figura, un anticipo de la realidad que vendría con Cristo. Por eso el Bautista dice que Cristo es el verdadero Cordero de Dios (animal-símbolo de la inocencia y mansedumbre), que carga sobre sí los pecados de toda la humanidad, para expiarlos con su propia Sangre.

Mientras no se vuelva a fundamentar la realidad del hombre enfrentado con la herencia triste del pecado, se seguirán enfrentando los mismos hombres entre sí, y jamás podrá haber paz. El hombre no puede, por sí sólo, construir la PAZ. Necesita de la ayuda del Señor (“Sin Mí nada podéis hacer”). Esta ayuda es la gracia, que contrasta diametralmente con el pecado.

La mayor desgracia -ya lo deploraba Pío XII- es la perdida de la noción del pecado. No pocos cristianos hasta se burlan de los que creemos y procuramos luchar contra el pecado. Uno de los síntomas lo dan aquellos que, por ejemplo, critican, sin más, lo que denominan “sacramentalismo”. Parecen más preocupados por defender, hacer intangible el sacramento (lo que, bien entendido, no sólo es laudable sino también obligatorio) que salvar almas.

Si la misión fundamental de Cristo “hecho hombre para nuestra salvación” (Credo) no es la de liberarnos directamente del pecado (parábolas: hijo pródigo, oveja perdida…), la Iglesia, el Sacerdocio católico, y en definitiva los siete Sacramentos carecerían totalmente de sentido. ¿Es admisible esto? ¿No se corre hoy este riesgo de “teologías liberacionistas” de tipo sicológico, temporalista, carentes de sentido trascendente?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.208-210)

 

domingo, 11 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: Bautismo de Jesús

 

Aún no hemos asimilado del todo la alegría propia de la Navidad, cuando la Iglesia, poseída del gozo por el hecho de nuestra salvación, patentizado en Belén, nos presenta a Cristo en otro paso de su obra redentora.

Hoy celebramos el misterio del Bautismo de Jesús. Cristo no sólo se humilló haciéndose hombre, sino que también, cargando con nuestros pecados, se humilla aún más. Ocupa nuestro lugar de culpables y pecadores, y así se presenta al Padre. Como el culpable de nuestra desgracia, como el pecador que implora clemencia. Allí, formando cola, mezclado con los penitentes, como uno más, se presenta a Juan que bautizaba en las orillas del Jordán, para recibir también Él el bautismo de penitencia. Sabemos que este bautismo no confería la gracia santificante, cuya necesidad no cabía suponer para Jesús, el Santo y el Autor de la Gracia, sino que era un bautismo que disponía a los penitentes para una conversión, un arrepentimiento de sus pecados y un propósito de enmendar muchas cosas en sus vidas.

Allí lo vemos a Cristo, sufriendo la vergüenza de ser considerado por los demás como un pecador que viene a reconocer sus faltas, sus pecados, su vida equivocada, como un ladrón, como un asesino, como un tramposo y pendenciero, como un bebedor, como un adúltero o un fornicario, como un explotador de los demás, etc., etc. Si no descendemos a estos detalles, creo que nunca comprenderemos suficientemente la expresión, tan general, de que Jesús cargó con nuestros pecados y los expió. Jesús cargó sobre sí los pecados concretos de los hombres y murió por algo bien concreto. ¡Cuánto amor!

La humillación de Jesús en el Bautismo hizo que el cielo se abriera, que el Espíritu Santo descendiera en forma de paloma, y se oyera la majestuosa voz del Padre testimoniando: “Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”.

Muchas consideraciones podríamos hacer en torno a este hecho. Señalo nada más que dos:

1) Miremos a Cristo cumpliendo la voluntad del Padre. Hoy que no gusta tanto oír, y menos practicar, que algo debe ser cumplido porque está mandado, ya que eso sería “infantilismo”, falta de “madurez”, carencia de personalidad, etc. Cristo con su obediencia expía también estas aberraciones, estas nuevas formas de soberbia, este nuevo “infantilismo” humano disfrazado de “adultez”, cuando en cuestiones de fe y en cosas reveladas por Dios pretendemos formar nuestras “opiniones propias”.

2) En el día de nuestro bautismo se abrieron los cielos y descendió a nuestro corazón la mismísima Santísima Trinidad. ¡Qué complacencia para las tres divinas personas! Transcurridos los años, en esto momentos, ¿podrían el Padre eterno, el Hijo Redentor y el Espíritu Santificador decir de cada uno de nosotros, con una alegría semejante a la del día de nuestro Bautismo: ÉSTE ES MI HIJO MUY QUERIDO, EN QUIEN TENGO PUESTA TODA MI PREDILECCIÓN? Si no fuera así, hermanos míos, es tiempo de pensar: ¿para qué la Navidad, para qué el Bautismo de Jesús, para qué el Calvario, para qué la Resurrección de Cristo, para qué todo esto y lo del Año Santo, y la Iglesia, y los Sacramentos, y el tanto simular lo que quizás en realidad no somos?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.203-204)

 

viernes, 9 de enero de 2026

COLUMNISTA INVITADO: Monseñor León Kruk, Arquetipo de Obispo, por Sergio Daniel D`Onofrio

 

Introducción

La historia eclesiástica argentina del siglo XX no puede comprenderse adecuadamente sin atender a aquellas figuras episcopales que, lejos de plegarse a los vaivenes ideológicos de su tiempo, asumieron con plena conciencia la misión de custodiar la fe recibida. Entre ellas, la figura de León Kruk se erige como un testimonio singular de austeridad y paternidad. Su episcopado en San Rafael configuró una identidad diocesana marcada por la centralidad de la vida sacramental, la formación sólida del clero y la defensa explícita de la Tradición católica.

Conocer a Monseñor Kruk implica adentrarse en un modelo de obispo que entendió su ministerio como servicio sacrificial. Formado en la pobreza rural y templado en una espiritualidad exigente, evidenciando con su ejemplo la figura del pastor que enseña, gobierna y santifica sin concesiones al espíritu del mundo.

Desarrollo

Monseñor León Kruk (1926–1991) constituye una de las figuras episcopales más singulares y firmes de la Iglesia argentina del siglo XX. Nacido en Concepción de la Sierra, Misiones, en el seno de una familia campesina de origen eslavo, más precisamente ucraniana, siendo sus padres Juan Kruk y Angelica Manulak. Su vida quedó marcada desde la infancia por la austeridad, la piedad mariana y una vocación temprana al sacerdocio. Formado en los seminarios de Corrientes y Villa Devoto, fue ordenado presbítero en 1954. Dentro de sus estudios se encuentran el de Licenciado y Doctor en Teología

Designado obispo de San Rafael en 1973 por el papa Pablo VI, León Kruk asumió su ministerio en un contexto eclesial atravesado por tensiones posconciliares. Alejado de ambigüedades, ejerció el episcopado con un estilo recio y paternal, defendiendo la recta tradición de la Iglesia, enfrentando fuertemente a la herética Teología de la Liberación y al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) desde que se desempeñaba como Vicario del Obispo Francisco Vicentin en la Arquidiócesis de Corrientes,

Su obra más perdurable fue la fundación del Seminario Santa María Madre de Dios. Se lo considera también como un padre espiritual del Instituto del Verbo Encarnado, dado que fue él quien otorgó al padre Carlos Buela la autorización para fundar dicha congregación en la Diócesis de San Rafael. Ambas instituciones, nacidas juntas el 25 de marzo de 1984, se constituyeron como verdaderos pilares de la identidad católica sanrafaelina, así como un impulso decisivo a numerosas iniciativas laicales y educativas.

Hombre de vida austera y oración constante, su muerte, ocurrida el 7 de septiembre de 1991, selló el testimonio de un pastor que no buscó consensos fáciles, sino todo lo contrario, la fidelidad a Cristo y a la Tradición de la Iglesia. Su figura permanece como referencia insoslayable para comprender la historia eclesiástica del sur mendocino.

Conclusión

La importancia de que se conozca y estudie la figura de Monseñor León Kruk radica, ante todo, en su valor ejemplar. En tiempos donde la memoria histórica suele ser selectiva o interesada, recuperar su trayectoria permite comprender que la vitalidad de una diócesis depende de la claridad doctrinal, la coherencia moral y la formación profunda del clero y de los fieles. El Seminario que fundó, las instituciones que protegió y el laicado que alentó no fueron iniciativas aisladas, sino partes orgánicas de una concepción integral de la Iglesia.

Mons. León Kruk representa un tipo de obispo cada vez menos frecuente: aquel que no teme al conflicto cuando está en juego la verdad revelada, y que asume las consecuencias personales de esa fidelidad. Su vida refuta la idea de que la firmeza doctrinal sea incompatible con la caridad pastoral; por el contrario, muestra que la auténtica caridad se funda en la verdad. Conocerlo es, en definitiva, reencontrarse con una forma de pastoreo que ayudó a edificar, con sacrificio y claridad, la Iglesia concreta de San Rafael y que aún hoy interpela a quienes buscan comprender el sentido profundo del gobierno Episcopal.

Bibliografía D’ONOFRIO, S. (2024) Historia Eclesiástica de la Diócesis de San Rafael. Tomo I. Monseñor Kruk. Un León en Cuyo. Ed. Cruz del Sur. Mendoza. Argentina.

Lic. Sergio Daniel D`Onofrio*

 

*Sergio Daniel D’Onofrio, nacido el 10 de marzo de 1992 en San Rafael, Mendoza. Argentina. Es profesor de Historia por el Instituto Santa María del Valle Grande. Es licenciado en Historia por la Universidad Católica de La Plata. Se desempeña como docente en nivel superior y medio en las provincias de Neuquén. Es investigador y autor de numerosas obras de historia argentina y eclesiástica, entre ellas la colección “Historia Eclesiástica de la Diócesis de San Rafael”. Dirige el canal y blog “El Revisionista”, (https://elrevisionista1.blogspot.com) y posee su propio canal de YouTube “El Revisionista” (https://www.youtube.com/@elrevisionista7789/featured) desde donde difunde una lectura crítica y revisionista del pasado nacional y religioso.

martes, 6 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: ¿Dónde está el Rey?

 

La Epifanía del Señor

Quien haya tenido oportunidad de observar cómo las modernas maquinarias rebajan cerros, nivelan hondonadas, cubren pantanos, excavan en la roca, etc., sin duda se habrá admirado de la fuerza de dichos implementos. Se construyen enormes diques para aprovechar la fuerza y hacer más eficaz el caudal del agua de los ríos… El hombre se traslada al espacio con una facilidad cada vez más asombrosa… La técnica al servicio del hombre… ¿Cuánta maravilla!

No obstante todo este adelanto hay algo que desde muy antiguo supera infinitamente en poder, en grandeza, en hermosura y en trascendencia a todo eso. Hay algo que vence el tiempo y aun a la misma muerte. Es la fuerza maravillosa de la fe. Con la fe traspasamos la frontera del tiempo, de la muerte y del espacio. Con la fe no solo vemos y tocamos a Dios, con la fe participamos de su propia grandeza y omnipotencia. Con la fe, paradójicamente ¡oh misterio!, lo tenemos a Dios a nuestro servicio. Con la fe, si fuera necesario, trasladaríamos montañas, nos lo asegura el mismo Jesús.

Hoy celebramos la manifestación de Dios a los hombres. Dios se nos manifiesta, se nos muestra, se nos descubre en su Hijo Jesucristo. El Niño de Belén, que adoraron María y José, que adoraron los pastores, y que adoraron “unos magos de Oriente”, no sólo es hombre, que no puede ser adorado, sino que es al mismo tiempo Dios eterno. ¡Misterio grandioso! En ese Niño está “toda la plenitud de la divinidad de la que todos participamos”.

Verdaderamente es una lástima que una Fiesta como la de hoy, la EPIFANÍA, una fiesta tan de adultos, haya sido tan infantilizada. Por poco queda reducida más que al “recuerdo histórico” de unos personajes –los Magos– que fueron a adorar al Niño Jesús. Pero se pone menos acento en la adoración que en los regalos que recibieron.

No obstante, los mismos “regalos” son un testimonio de que la revelación sobre este Niño les hizo comprender que se trataba de un rey (oro), de un Dios (incienso), y de un hombre (mirra) al mismo tiempo. No habrán entendido plenamente el misterio, pero lo admitieron, lo aceptaron, porque les fue revelado por Dios, y en consecuencia obraron: se esforzaron por encontrar al Niño y le adoraron.

Repetimos:  Dios nos envía a su Hijo para redimirnos. ¡Tanto nos ama! Sin excluir los “regalos” a los niños en esta Fiesta de la EPIFANÏA, es necesario, muy necesario, que le vayamos devolviendo a la misma su verdadero contenido, real significado y vital importancia. No hagamos de las cosas de Dios “cualquier cosa”. La fe, por otra parte, no es un acto puramente espiritual.

La fe tiene que estar enraizada en nuestra vida. Creer en Jesucristo, en la necesidad de la Redención para los hombres, significa asumir toda la responsabilidad propia de esta fe. Así como los Magos no se desalentaron cuando se les ocultó la estrella. Averiguaron, buscaron y encontraron. No esperemos nosotros “facilidades” para ser cristianos. Jamás debemos cansarnos por el esfuerzo que ello implica…

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.198-199)

domingo, 28 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: Amor que da vida

 

La Navidad no es la recordación de un hecho histórico pasado, ni sólo la celebración del mismo. Debe ser considerada y vivida como una realidad presente, como algo que tiene mucho que ver con cada uno de vosotros, hoy y concretamente aquí. Es un hecho de Dios hoy, para el hombre de hoy. La Navidad es la solución que Dios ofrece hoy a los problemas del hombre, como lo fue a los problemas de antes y lo será en el futuro. No entenderlo así, es no comprender el sentido hondo, profundo, real de la Navidad, no tendremos soluciones a ningún problema, por grande y grave que sea.

Lo primero y fundamental es aceptar lo que Dios nos dice con la Navidad, y es lo que necesitamos. Más tarde Cristo lo expresará con absoluta claridad: “Sin Mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Es el presupuesto básico para la vivencia de la Navidad: A Dios lo necesitamos. Esto no es libre, no es opcional, ni discutible u opinable. En efecto, la Navidad nos trae lo más importante, y que sólo Dios puede darnos. ¿Qué es lo más importante para el hombre? La existencia, la vida. Pero la propia vida del hombre, a diferencia de la planta que vegeta, o del animal que tiene sensaciones, siente estímulos, no es dirigida por los instintos y pasiones. El hombre tiene vida racional, una capacidad radical de amar, que en definitiva es lo que constituye su esencial parecido con Dios, a cuya “imagen y semejanza” fue creado.

Amar, sí, esa es la definición exacta de la Navidad. Amar pertenece a la esencia del hombre. Es la vida del hombre. Dice Jesús: “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). El hombre que no ama, que no sabe amar, o no quiere saber lo que es amar y cómo amar, carece del elemento esencial de su razón de existir.

La Navidad nos habla no sólo del amor de Dios -“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…” (Jn 3,16)- sino también, y muy especialmente, de la necesidad de amar que tiene el hombre, para realizarse en plenitud como persona. “El que no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3,14).

Entendamos que el amor no es una idea, ni una sensación, ni una satisfacción, ni un sentimiento sensiblero, ni cualquier experiencia que nos complazca física o anímicamente.

Para entenderlo bien, no hagamos muchas disquisiciones teóricas. Vayamos a lo práctico. La lección de la Navidad es clara. Jesús no rechaza a nadie. Viene para todos, y no sólo para el pueblo elegido. Lo necesitan tanto los pecadores del pueblo de Israel, como los paganos.

Frente a esto ¿cuál es nuestra actitud? ¿Cómo consideramos nosotros a los demás? Si aceptamos solamente a los que nos resultan simpáticos, agradables, que piensan como nosotros, a los que no nos resultan “difíciles”, no sé cómo podemos desear feliz Navidad a otros. Si no estamos dispuestos a ayudar a los demás, y sólo exigimos duramente sin atender razones del otro, ¿qué sentido tiene la Navidad? Cuándo hay un amargado por culpa nuestra ¿seremos felices?



Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.188-189)

jueves, 25 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: Mensaje de Navidad

 

El nacimiento de Jesús no fue un hecho intrascendente. Tampoco debe serlo su recordación. Los misterios de la vida de Cristo no son sólo hechos históricos, ocurridos hace dos mil años, sino realidades que no pasan, realidades de renovada actualidad.

Cristo nace en cada alma por el Bautismo, y re-nace, o si preferimos, resucita por la Confesión, cuando el pecado, después del Bautismo, reproduce nuevamente la muerte de Cristo en el alma. Además, si bien la gracia como realidad espiritual no puede crecer en cantidad, como si fuera algo que se puede medir o pesar, puede ciertamente aumentar en intensidad, y hacernos cada vez más perfectos, arraigándose profundamente en nuestra vida y convicciones.

Es dentro de estos conceptos que debemos considerar la Navidad como un hecho actual en nuestra vida.

Junto con la alegría propia de esta fiesta, por desgracia falseada en su real contenido por una propaganda comercial desproporcionada, es necesario que nos acerquemos como cristianos, como católicos, a la cuna de Belén para ver qué nos dice hoy el Nacimiento de Cristo, para comprobar si el Niño, el Hijo de Dios que imaginamos recostado en un pesebre, de acuerdo al Evangelio, no ha sido sustituido por otra cosa. Es necesario que verifiquemos y nos cercioremos, a ejemplo de los Reyes Magos, de la realidad y la presencia del Hijo de Dios.

Empecemos por preguntarnos muy seriamente qué significa la Navidad en nuestra vida. Dado que no es un hecho intrascendente, una simple recordación histórica, sino una “actualización” de la gracia que Dios nos ofrece: ¿qué resultados, qué frutos, qué transformación produjo y debe producir en nosotros? No podemos permanecer indiferentes, estáticos, fríos, mudos, insensibles.

Ante el continuo clamor del Papa, llamándonos a la conversión, a la renovación y reconciliación, a través del regalo del Año Santo, es necesario asomarnos a la ventana de la esperanza de un mundo mejor, más humano, más de Dios.

Como Obispo siento la grave responsabilidad de invitar a todos a una profunda renovación espiritual. Dios un día me pedirá ajustada cuenta de mi “vigilancia” y “pastoreo”. No quisiera que un día pesara sobre mi conciencia el reproche y la reprobación de Dios por no haber hablado, por no haber invitado, por no haber exhortado a todos a la conversión.

La Navidad, nacimiento espiritual de Cristo en nosotros, es precisamente eso: introspección, reflexión, conversión.

La Navidad debe ser para nosotros una ocasión en que nos sintamos impulsados a verificar y constatar si el Niño de Belén, que imaginamos recostado en el pesebre de nuestra “vida cristiana”, es realmente el Hijo de Dios, o en cambio es un sustituto, con otro nombre, porque representa otra realidad en nosotros.

La Navidad es sobre todo el alborear de una nueva esperanza que se asoma en el horizonte de nuestra vida. No importa lo que hayamos sido. Tenemos la posibilidad de empezar a ser lo que debemos ser. En la Navidad, Dios no se detiene tanto para mirar nuestra miseria cuanto se desvive por ofrecernos su riqueza.

Si he invitado para que miremos un poco nuestro pasado no es para que nos quedemos, entre lamentos, mirando hacia atrás, sino para que tomemos nuevo impulso y nos proyectemos definitivamente hacia el futuro venturoso y feliz, signado, gracias a la presencia de Cristo renacido en nuestra alma, por la absoluta certeza del éxito total.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.173-174)

domingo, 21 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK – ADVIENTO: Cristo tiene derecho a tu respuesta

 

Próxima ya la Fiesta de Navidad, la liturgia de este Domingo nos hace meditar sobre la Madre de Jesús, la siempre Virgen María, y lo intenta con el relato de la conmovedora escena del anuncio, de parte de Dios, por medio del ángel, del misterio de la Encarnación.

Innumerables veces lo hemos leído y releído, y hasta casi lo sabemos de memoria, palabra por palabra, y no obstante, cada vez que volvemos a leer esa simple, pero magnífica historia, es imposible no emocionarnos. Podría decirse que nunca la aprenderemos de memoria, como otras historias, porque el misterio que anuncia es inagotable, y tiene relación con nuestra vida personal. En efecto, es imposible considerar o recordar la venida de Cristo a este mundo, para devolver a Dios la gloria que el pecado le pretendió quitar, sin aplicarnos a nosotros ese relato.

No es una historia impersonal. La venida y la presencia de Jesús en la historia de los hombres implica un juicio sobre nuestra conducta: “Si yo no hubiera venido y no hubiera hecho entre ellos la obras que ningún otro realizó, no tendrían pecado” (Jn 15,24). De modo que, en definitiva, todo lo malo que nos acontece es, querámoslo o no, porque no aceptamos a Jesucristo, no aceptamos a Dios, ya que lo que hay de malo en nosotros o es pecado o fruto del pecado. La presencia de Cristo no puede dejarnos indiferentes.

Así la consideración, por una parte, del amor misericordioso de Dios, amor que da y se da todo entero, amor que no busca su propio bien sino el de los demás, ¿no te hace pensar, hermano, sobre qué entiendes por amor, como lo vives o practicas? ¿No es la más de las veces egoísmo, interés, que no va hacia el necesitado, sino que pretende poner a todos a su servicio? Cuando ves cómo Dios toma la iniciativa y respeta la libertad de la Virgen, hasta el punto que fue necesario que ella dijera: ¡Sí! ¡Hágase en mí tu voluntad!, para que el Hijo de Dios empezara su existencia humana en el seno de María, ¿ello no te hace pensar en tu comportamiento con los demás?

¡Cuántas veces quieres imponer tus criterios, tus puntos de vista, tus opiniones, tus conveniencias! Cuando ves que Dios se digna ofrecer una prueba de su poder a una pobre criatura, demostrando que para El nada hay imposible, ¿no se te ocurre pensar que con su ayuda nada te puede resultar imposible, aunque te cueste cumplir con la ley de Dios? ¿No es muchas veces el hombre el “intransigente” en sus reclamos y no la Iglesia que no “afloja”, que no puede “aflojar” en ciertas cosas?

Y, por otra parte, cuando vemos la disponibilidad de la Virgen María, y cómo la gracia de Dios realmente “obró maravillas” en ella, ¡no cuestiona esto nuestra rebeldía, ese nuestro no querer dar “el brazo a torcer”? ¡Cuánto bien, cuánto apostolado se deja de hacer porque siempre ofrecemos alguna excusa para ello, nunca tenemos tiempo, o lo postergamos para más adelante, para una mejor oportunidad, etc, etc.! Y mientras tanto, los enemigos avanzan: ellos siempre tienen tiempo, siempre están dispuestos, nunca se cansan. A ejemplo de la Virgen, aprendamos a decir siempre ¡Sí! A Dios. En esta Navidad ¿qué cosa costosa te está pidiendo Dios? ¡A qué cosa o actitud tienes que renunciar?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.155-156)

domingo, 14 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK – ADVIENTO: ¿Cristianos curiosos?

 

Una constatación: la curiosidad parece algo innato al hombre. Basta que se produzca un hecho, un suceso para que todo el mundo se interese y quiera saber ¿qué hay, qué o quién es? Se está pendiente del noticioso, y la prensa sensacionalista hace su negocio. Ojalá el interesarse por los demás no fuera por mera curiosidad. Pero lamentablemente no es así. Hace poco el país entero se conmovió por un sismo, que sembró muerte, dolor, destrucción… y a los 4 días, casi sobre los mismos escombros, se disputa un “importante partido de fútbol”. Que si no se hizo en el lugar de la tragedia fue “en virtud de las medidas de seguridad dictadas por el gobierno… que obligó a la prohibición de todo espectáculo público” (de los diarios). ¡Triste y lamentable!

Me imagino a todo ese gentío que acudía a las orillas del Jordán para escuchar al Bautista. La pregunta de Jesús: ¿Qué habéis ido a ver al desierto? (Mt 11,2-11), sugiere muchas cosas.

Por su austeridad, ascetismo y palabra vibrante, Juan había despertado la atención, la curiosidad. Jesús indica que, no obstante, toda esa prestancia del Bautista, con ser el más grande de todos los profetas, Juan era muy poca cosa en comparación con ese reino que instauraba Cristo. Lo del Bautista no era más que un acercamiento, una preparación a la verdadera realidad que es el mismo Jesucristo. Si Juan llamaba tanto la atención, la afirmación de Jesús de que “el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él”, ha de haber sacudido a más de uno de los que le preguntaron: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?

Urgía Cristo a la conversión, como condición para pertenecer al Reino, que estaba en el interior del hombre y no en las cosas exteriores. Era comprensible que el Bautista predicara la necesidad de convertirse para ser candidato del “reino”; pero resultaba incomprensible que ese que se presentaba como el Mesías insistiera en lo mismo, sobre todo afirmando que esa era la realidad misma del Reino mesiánico.

Mientras no se comprenda que ser un verdadero cristiano significa vivir en gracia de Dios, luchando siempre contra el pecado, no se habrá entendido nada de nada. Eso es lo fundamental, lo esencial. Todo lo demás, obras de caridad, buen ejemplo, interés (¡no curiosidad!) por los demás -cosas ciertamente muy necesarias-, no tendrá ningún valor si se prescinde de la propia conversión, o peor, su se la rehúsa, ya que ella es el único modo de pertenecer a Cristo, único capaz de salvar (Hechos 4,12 y Juan 14,6).

El Apóstol Santiago en la segunda lectura (Sant. 5,7-10) nos señala uno de los medios, y no el menos importante, para lograr una efectiva conversión y vida en gracia: la paciencia. Dicho de otro modo, se trata de la perseverancia.

Hemos de tener paciencia para soportar -“aguantar”- tantas cosas y a tantos. Paciencia en aguardar con gozo el momento de Dios; paciencia alegre y generosa, y no como una forzada resignación. Paciencias como “el labrador que espera el fruto precioso de la tierra”. Paciencia para comprender que todos los días, hemos de iniciar -de nuevo- la obra de nuestra perfección.

Otra manera de prepararnos para ser miembro vivos y activos en el Reino de Cristo, preparando su venida, es interesándonos porque muchos lleguen a conocer y a amar a Jesucristo. Debemos ser los precursores, sembrando esperanza, alegría, optimismo; estimulando a los desalentados, animando a los desilusionados.

Conversión. Paciencia. Ilusión.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.152-153)




domingo, 7 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK – ADVIENTO: ¿Cristianos de “temporada”?

 

Siempre hemos de partir de un hecho fundamental: Dios no quiere la muerte eterna de ningún pecador. El Hijo de Dios, Jesucristo, no vino para condenar, sino para salvar a todos. El nacimiento de Cristo es el mejor signo y prueba del amor de Dios (1 Jn 4, 9-10).

Al mismo tiempo hemos de recordar que el nacimiento de Cristo y toda su obra salvadora, en relación con cada uno de los hombres, no es un hecho acabado, terminado. Es una realidad que permanentemente se actualiza. Por eso la Palabra de Dios es una buena nueva constante, la buena noticia, la “novedad” por excelencia.

En este tiempo, que llamamos Adviento, y es de preparación a la Navidad, no perdamos de vista el objeto, la finalidad, el motivo del nacimiento de Jesús en Belén. Dios nos ama tanto que “no perdonó ni a su propio Hijo sino que lo entregó por todos nosotros” (Rom 8,32). Esto exige una respuesta de nuestra parte. Dios no nos va a salvar si nosotros no queremos. El querer no es un simple deseo o anhelo que se pueda alentar de un modo pasivo. El que realmente quiere algo, utiliza todos los medios para lograrlo.

Nuestro gran predicador y maestro en esto es San Juan Bautista. El nos enseña a prepararnos para que la obra redentora de Cristo tenga real significación y concreción en nosotros. Hay muchas cosas torcidas que deben enderezarse en la vida de cada uno.

Resulta indispensable rectificar la propia conciencia. Que cada uno sea sincero consigo mismo. Es inútil pretender manejar un auto si se tiene “trabada la dirección”. La dirección de los actos es la propia conciencia ajustada a la Ley de Dios.

Es tiempo de que cada uno se enfrente consigo mismo antes de enfrentarse “quijotescamente” con “molinos de viento”, viendo siempre en los demás un enemigo real o en potencia. ¿Por qué suponer siempre mala voluntad o torcidas intenciones en los demás si ello no es manifiesto? Cuando nos invitan a reflexionar sobre nuestros actos, la hombría no consiste en atrincherarnos en nuestra propia posición y estimación -sea por el cargo o el puesto que ocupamos o la tarea que desempeñamos- si no tenemos la valentía de enfrentarnos con nosotros mismos.

El que no se anima a destronar de su propia vida la soberbia y el egoísmo, no pretenda ser hombre (o mujer) cabal, y mucho menos ciudadano honrado. Un cristiano que no cumple con sus obligaciones, es un mentiroso, y no sólo un enemigo de Cristo, sino un peligro para la sociedad. Es tiempo ya de acabar con el consabido “slogan” de: “yo soy cristiano, yo soy católico a mi manera”, porque hay un solo modo de serlo. O se es cristiano y católico siempre, en todas partes y en toda ocasión, o simplemente no se lo es. Cristianos o católicos “por temporadas” no existen. Cielo “por temporada” no hay, como no ha infierno “por temporada”.

Empecemos cada uno, y ya mismo, por ajustar bien nuestra vida conforme al Evangelio. Nada de “disculparnos” o de “justificarnos” nosotros mismos. Pongámonos ante el Señor y digámonos con sinceridad y valentía lo que Él nos diría a cada uno, en este momento, con absoluta seguridad. ¿Estamos?

Con Dios no podemos jugar a las escondidas.


Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.152-153)



domingo, 30 de noviembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK – ADVIENTO: Empecemos por el final

 

Con la Fiesta de Cristo Rey, el domingo pasado, culminaba una vez más un período litúrgico de la Iglesia Católica. Era como el remache de oro del desarrollo, en síntesis, de los grandes misterios de la vida de Cristo vividos en el transcurso de 365 días. El compendio de todo y el resultado definitivo: el reinado de Cristo para gloria de Dios Padre.

Hoy comenzamos nuevamente. La Liturgia, maestra experta en la vida de los hombres, empieza por el final. Al iniciar un nuevo período, nos hace meditar sobre el término de nuestra vida; o dicho de otro modo, quiere que, de cara a la muerte, tomemos los recaudos necesarios para la vida, o mejor, aún, para que después de la muerte podamos realmente vivir. Como la nueva planta que nace de la muerte, de la desaparición de la semilla.

Al prepararnos para celebrar la primera venida de Cristo en Navidad, la Liturgia intenta colocarnos en una consciente actitud de esperanza y anhelo de la segunda venida del Señor. Con relación a nuestra vida personal, la primera venida de Cristo se ha verificado el día de nuestro Bautismo. Ese día Dios se hizo presente en nuestra vida. La segunda vendida de Cristo para cada uno de nosotros, se verificará de un modo íntimo, personal y privado, en el instante de nuestra muerte; y de un modo público y solemne, en aquel día extraordinario cuando “aparezca el estandarte del Hijo del hombre en el cielo, y se lamenten todas las tribus de la tierra, y vean al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y solemne majestad. Y enviará sus ángeles con resonante trompeta y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mt 24, 30-31).

Esto es: cuando el último día resucitemos todos para acudir al juicio universal. Entonces, a partir de ese momento, allí donde estuvo nuestra alma después de la muerte también estará nuestro cuerpo después de la resurrección. La semilla de nuestra vida presente o se transformará en nueva planta de feliz eternidad, o será miserable alimento del “gusano que no muere” (Mc 9,44), o materia que no es consumida por “el fuego que no se apaga” (ib) de la desesperación y remordimiento.

Por tanto, salvada el alma, todo está salvado. Perdida el alma, todo está irremediablemente perdido. El mismo Jesús, agotando sus inagotables recursos pedagógicos, nos previene y advierte: “Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo y perder su alma? ¿Pues que dará el hombre a cambio de su alma?” (Mc 8, 36-37).

Considero que en la medida en q ue jamás demos por “demasiado sabidas” estas verdades, porque esa suele ser la más peligrosa ignorancia, y seamos capaces de tomar en serio -sin “tremendismos”- nuestra muerte, en esa medida realmente viviremos de acuerdo a nuestra condición de hombres, de pecadores y de redimidos. Esta será nuestra mejor “vigilancia” y la más eficiente “preparación” para la segunda venida de Cristo mientras celebramos su primera venida en Navidad.

Me imagino que si esto que Dios ofrece gratuitamente, y tan generosamente, tuviéramos que lograrlo como una “conquista social”, con toda seguridad que “lucharíamos”, “reclamaríamos”, emplearíamos las “huelgas”, y que se yo cuántas cosas más, para hacer valer nuestros derechos. Sin embargo, hace casi dos mil años que tenemos el “preaviso” de Jesús mismo, y no le damos la mayor importancia. ¡Tengamos cuidado con el “despido” que nos puede sentenciar San Pedro!

Aprendamos bien lo que nos enseña hoy San Pablo: “Por eso, mientras esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo, no os falta ningún don de la gracias”. Esto es: mientras esperamos el retorno de Jesús, tenemos a nuestro alcance y a nuestra disposición todos los medios necesarios para vivir de tal modo que estemos siempre preparados, “siempre listos”, para cuando el Señor nos llame, en cualquier momento. No perdamos de vista nuestra muerte si queremos realmente gozar de la vida. Empecemos por el final para asegurar el principio: de Dios salimos y a El debemos volver. Para eso vino cristo en Navidad, y para eso vendrá nuevamente.


Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, San Rafael, Mendoza, Argentina, 1988, pags.137-138)