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domingo, 19 de abril de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Apóstoles tristes y desalentados

 

III Domingo de Pascua

Lc 24,13-35

Tantas han sido las pruebas que Jesús dio de su Resurrección, durante cuarenta días, que resultaría necio querer negar ese hecho. No obstante hubo, y hay, teorías que intentan, vanamente, poner en duda la Resurrección. La Liturgia de todo este tiempo posterior al Domingo de Pascua va evocando las manifestaciones que Jesús mismo hace de su Resurrección, para que a sus discípulos no les quede duda alguna. Así, las dudas de unos, la incredulidad de otros, la tardanza en reconocer, admitir y entender el hecho, han contribuido poderosamente a fortalecer la fe.

Hoy nos presenta la Iglesia, para la reflexión, a dos discípulos entristecidos, desilusionados, desanimados: “Nosotros esperábamos que fuera El (Jesús) quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días…”. ¡Esperábamos! Pero ahora, después que lo enterraron, parecen haber enterrado también sus esperanzas, y ahora ya no esperan nada.

¡Cuantas veces se repite eso! ¡Se esperaba! Sí, se pensaba que tal hecho, suceso, o circunstancia iba a cambiar a una persona. Ilusionados, en un primer momento, con una persona, resulta que… ¡Esperábamos! Se pensaba que haciendo un retiro, un cursillo, participando en algunas jornadas, integrando tal o cual movimiento o asociación iba a mejorar uno, o insuflar nuevos bríos a tal movimiento… y resulta que la cosa no fue así. ¿Por qué? Fundamentalmente por dos razones que considero muy importantes: falta de adecuado conocimiento de las cosas de Dios, y en segundo lugar falta de perseverancia.

1) Con demasiada frecuencia aplicamos a las cosas de Dios los criterios, las medidas, las matemáticas humanas. Con el menor esfuerzo y en el más breve plazo queremos lograr resultados que Dios tiene reservados para Su tiempo y en la medida que El quiere. El desaliento se produce cuando no se logran las propias expectativas. Se pretende fijar plazos y términos al sacrificio. Nos olvidamos que el Señor se vale de los medios más insospechados y, al parecer, menos aptos. Nos olvidamos que el Señor perdona, y espera el regreso del hijo pródigo, con paciencia infinita. Nos olvidamos que también nosotros, cada uno, tenemos nuestras tremendas limitaciones. ¡Cuán olvidadas o ignoradas son las sabias palabras de la IMITACIÓN DE CRISTO: “Si tú no sabes reformarte a ti mismo del modo que conviene ¿cómo quieres que otro se rinda a tus deseos? Queremos que otros sean perfectos, y no queremos enmendar nuestros propios defectos” (Libro I, cap. 16: recomiendo la lectura de todo este breve, pero sustancioso, capítulo).

2) Perseverancia. Conociendo el barro de que estamos hechos, Jesús nos insiste sobre la necesidad vital de la perseverancia: “Seréis aborrecidos por todos por mi nombre, el que persevere hasta el fin se salvará” (Mt 10,22). “…Por el exceso de maldad se enfriará la caridad de muchos; más, el que persevere hasta el fin, ese será salvo” (Mt 24, 12-13). Muchos fracasos, en todo orden, se deben a la falta de perseverancia, de constancia. Dice un adagio: “labor constans, omnia vincit”: el trabajo constante, todo lo supera. Otro refrán: “A Dios rogando y con el mazo dando”. No seamos, pues, como los discípulos de Emaús. Tenemos la seguridad del triunfo, con Jesús. ¿por qué desanimarnos?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.305-306)

 

 

domingo, 12 de abril de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: La Confesión, invento de Cristo

 II Domingo de Pascua o Domingo de la Divina Misericordia

Jn 20,19-31

Jesús resucitó. Es un hecho incuestionable. Ha concluido un modo de vida, el mortal, y ha empezado otro modo, el de la vida inmortal, glorioso, eterno. La Resurrección en síntesis y en esencia es eso.

La inmortalidad y el estado glorioso sólo se encuentran en Dios. De allí que nuestro resucitar será un eterno vivir en Dios, en la plenitud del gozo, de la felicidad. Algo que no podemos ni imaginar.

Pero no basta el solo hecho de la resurrección para lograr la felicidad. Se debe resucitar como Jesús, esto es, en gracia, sin pecado. Para resucitar en gracia, hay que morir en gracia; y para morir en gracia hay un solo modo absolutamente seguro: vivir permanentemente en gracia.

Sin lugar a equivocarnos podemos afirmar que toda la existencia, toda la realidad de Cristo debe ser mirada desde esta perspectiva de la gracia para ser comprendida. Cristo vino, vivió, enseñó, sufrió, murió, resucitó únicamente para satisfacer nuestra deuda; es decir, destruir el pecado y darnos la gracia santificante.

A fin de asegurarnos de un modo eficaz y permanente esta realidad, conocedor de nuestra miseria y fragilidad, después de su Resurrección El mismo sigue actuando, a través de los hombres (sacerdotes), en los Sacramentos que instituyó.

El evangelio de hoy (Juan 20, 19-31) nos consigna el hecho, en el mismo día de la Resurrección, de la institución del Sacramento de la Confesión, actualmente denominado Reconciliación. Por tanto, la confesión es un invento del amor de Jesucristo. Que lo desmientan -y los desafiamos públicamente- aquellos que niegan la realidad y la necesidad de este Sacramento, que niegan que lo haya instituido Jesucristo: a quienes los sacerdotes perdonen los pecados, ésos quedarán perdonados. Luego es necesario y obligatorio confesar los pecados para recibir el perdón de Dios. Así lo estableció Jesucristo, y ello no se discute.

En un texto de homilética leemos que una de las conquistas más prometedoras, según esperan, de la psicoterapia moderna, es la confesión psicoanalítica. El paciente yace tumbado en un diván, para su mayor comodidad, a oscuras, a fin de que pueda sobreponerse más fácilmente al rubor natural. Y es sometido por el especialista a interrogaciones que, ni en la confesión sacramental más rigurosa y pormenorizada, se le propondrían. Ha de responder con absoluta sinceridad y sin vacilaciones. Esta terapéutica es larga y onerosa. Consignemos, de paso, que esta terapia no siempre produce los efectos esperados, no obstante ser tan difícil y costosa.

En cambio, Nuestro Señor Jesucristo hizo las cosas mucho más sencillas para el tratamiento de la enfermedad del pecado, y con resultados infalibles si el cristiano sabe aplicar este remedio con la seriedad, frecuencia y devoción necesarias.

Llamo la atención sobre dos cosas:

1) La confesión, tal como la practica la Iglesia Católica (y no ante una pared o frente a un poste), es absolutamente necesaria para todo aquel que haya cometido pecado grave. No hay otro remedio para borrar el pecado. Para eso murió, para eso resucitó Jesús, y para eso instituyó este Sacramento.

2) No se puede comulgar en pecado mortal. Es necesario confesarse antes, y no después de la Comunión. Comulgar en pecado es obligar a Cristo a entrar donde está el diablo. Es como ponerlos juntos en una habitación. El solo deseo de comulgar no es razón, nunca, para cometer un sacrilegio. Es necesario repasar el catecismo para tener ideas claras.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.324-325)

viernes, 3 de abril de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: O todo o nada

 

Viernes Santo de la Pasión y Muerte del Señor

“Me amó y se entregó por mí” (Gal. 2,20).

No vamos a repetir aquí lo que ya todos sabemos de sobra, que Jesús murió de muerte ignominiosa y cruel en la Cruz por cada uno de nosotros y por cada uno de nuestros pecados. Lo que vamos a intentar en esta Semana Santa es mirarnos a nosotros mismos frente a Jesús crucificado. De nada nos serviría considerar los dolores y los sufrimientos de Cristo y de la Virgen María, por unos instantes (o por horas), si esa MUERTE no nos dijera nada en relación a nuestra vida, a nuestra conducta de aquí en adelante.  Incluso las mismas lágrimas que pudieran arrancarnos la consideración y meditación de este “drama”, serían una burla sino aprendiera a llorar nuestro corazón, nuestra alma, y si no naciera como respuesta un propósito firme que arraigue nuestra vida en una mayor virtud y entrega generosa a Cristo.

“Me amó y se entregó por mí”, decía san Pablo, y con él lo repetimos nosotros. Se nos dio, se nos entregó todo, totalmente. No se reservó nada, ni siquiera a su queridísima Madre. Nos la entregó. Es nuestra. Un amor donde no hay entrega total, o donde hay “reservas”, no es amor. Aquí se vale aquello de “todo o nada”. Cristo nos ama así, nos ama como nadie jamás será capaz de amarnos. Su “entrega” es la prueba irrefutable. La Cruz es el signo de la totalidad y la garantía de la autenticidad en este amor.

Frente a esta realidad ¿cuál es la respuesta de nuestra vida? Amor con amor se paga. ¿Qué clase de intensidad de amor utilizamos para amar al mismo amor? Porque “Dios es Amor”, dice san Juan.  Ese amor tiene forma humana: Jesucristo. Ese amor tiene un sello característico, inviolable, identificatorio: la Cruz. ¿Nos acercamos con nuestros actos, con nuestra vida toda, la de todos los días, la que vivimos en todas partes, la de todos los instantes del día, nos acercamos lo más posible a Jesús, aunque ello nos cueste, o precisamente porque nos cuesta mucho quizá? Nuestra adhesión a Cristo, a su Persona, ¿es real, auténtica, forzada, continua, sin tentaciones de aflojamientos, de estancamiento, de retroceso, de huida y escapismo, o lo que es peor, de cansancio y de desaliento en la virtud, en subir al calvario y aparentemente no llegar nunca, estar siempre en lo mismo?

Y nuestra “entrega” a Cristo en su Iglesia ¿qué tal? Cristo “se entregó por mí”, y sigue entregándose en la Iglesia de la que formo parte. Se me entrega a través de los sacramentos, de los ministros, de las personas; a través de las obras, instituciones. ¿En qué medida tengo conciencia de que la Muerte de Cristo debe hacerme pensar, seriamente, como retribuiré con mi colaboración, con mi presencia en la Iglesia, activa y no parasitaria, con mi tiempo, con mi dinero? ¿O es que el mantener las obras de la Iglesia con mi dinero no tiene ninguna relación con la Muerte de Cristo en la Cruz? Y, lo que sería peor, ¿no utilizo el dinero ajeno (ese que se le paga en justicia al obrero, peón, productor, o que se cobra abusivamente para clavar, matar a Cristo? Cristo dio todo por Ti. Tu mezquindad, avaricia y comodidad venden a Cristo al enemigo…

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.285-286)

domingo, 29 de marzo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Contrastes

 

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Con el “Domingo de Ramos” entramos en la denominada Semana Mayor; porque conmemoramos los momentos culminantes de nuestra salvación, la llamamos también Semana Santa.

Es la Semana Mayor porque en ella vivimos en apretada y casi apurada síntesis, los mayores contrastes de una historia, larga o breve, que a pesar de estar escrita, cada uno de nosotros la realiza como algo novedoso y algo inédito todavía.

Ese tránsito, casi brusco, de una manifestación de aclamación a Cristo como Rey, Dueño y Señor absoluto (Domingo de Ramos) a un confuso clamoreo que pedía, un par de días después, la muerte más ignominiosa -LA CRUCIFIXIÓN-  de ese mismo Cristo, ¿no te dice nada a ti mismo?

Es la Semana Mayor por la enormidad de contrastes que en ellas conmemoramos. Por un lado, Dios hecho amor, hecho misericordia visible, tangible, inconmensurable, y por otro, el hombre hecho miseria, hecho lástima, hecho rebeldía y obstinación, dando nombres y apellidos -los suyos propios- al pecado. Por un lado, Dios que viene, ofrece, insiste con su plan de VIDA (Paz, Armonia, hermosura…), y por otro lado el hombre que de continuo le opone su plan de muerte (guerras, odio, destrucción, llantos…). Por un lado, Dios en la Persona de su Hijo se aproxima a sus hijos, y por otro lado, el hombre que huye de esa paternidad, desarticulando no sólo su vida individual sino perturbando también la existencia de sus semejantes. Es la Semana de los contrastes llevados hasta sus últimas consecuencias. ¿Hasta cuándo?

Creo que se trata de una oportunidad nueva que Dios nos ofrece para que repasemos el Evangelio y repensemos nuestra vida. Pero no nos engañemos en el método. Nuestra vida, nuestro pasado, nuestro presente y nuestra suerte futura ya están escritos. Lo importante es que sepamos encontrar esa página de la auténtica historia, porque es también una historia de contrastes, quizás de sombras más intensas y abundantes que de luz necesaria para ofrecer un cuadro más o menos pasable; una historia de mediocridades, de cobardías, de egoísmos, etc., etc.

Esa historia -no te sorprendas- es el Evangelio que quizá dices conocer. El Evangelio no es sólo un resumen de la vida, de los hechos y de las palabras de Jesucristo. La historia de Cristo tiene relación directa con cada una de nuestras vidas personales. Sin esta relación, aquí y ahora, el Evangelio tendrá menos importancia y trascendencia que un texto de matemáticas.

De allí que, en esta Semana Santa, les invito a hacer el ensayo de leer la propia vida en el Evangelio. ¿Cómo? A modo de ejemplo, señalo algunas pistas, levanto algunas páginas. Voy a considerar la Pasión y Muerte de Cristo como consecuencia de mi conducta y me preguntaré: ¿En ese Reino de Dios, al que pertenezco por el Bautismo, soy trigo de Dios o soy cizaña que cuida el diablo? ¿Soy el hijo pródigo que de continuo reclamo y pido más y más parte de una herencia que voy malgastando, o soy el hijo pródigo que se decidió a regresar a la casa del Padre?  ¿Soy la samaritana que no se avergüenza de que le descubra Cristo su propia historia para entrar en la de Cristo, o rechazo el ofrecimiento del “Don de la Gracia”? ¿Soy el “valiente” Pedro que jura no conocer a Cristo, que lo traiciona a cara descubierta, o soy el arrepentido Pedro que reconoce su caída vergonzosa y llora su pecado? ¿Soy quizá Judas, que lo vendo a Cristo en secreto, con disimulo, con hipocresía, “aparentando una careta de cristiano”, pero que en lo íntimo me siento cobarde para emprender una vida nueva?

En una palabra: ¿en que parte de los grandes contrastes, que nos registra el Evangelio, está la historia de mi vida? ¿Es la historia que Dios quiere: de la pecadora arrepentida, del hijo pródigo que regresa, de Pedro humillado, de la oveja que se deja conducir al redil? Lo triste no es que Cristo haya muerto sino que tú no quieras VIVIR, RESUCITAR.


Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.280-281)

 

domingo, 8 de marzo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: “Cristiano: ¿Qué sabes de Cristo?”

 

Domingo 3 (A) de Cuaresma  

Jn 4,5-42

Es realmente maravillosa la pedagogía que Jesús utilizó para hacernos entender y comprender las realidades sobrenaturales de su Reino. Con parábolas, comparaciones y ejemplos, dio a conocer las características, la naturaleza, y la inacabable riqueza de ese Reino que es la Iglesia, hoy comunidad imperfecta con muchas “manchas y arrugas”, y mañana vida eterna en el cielo. Elementos simples y situaciones de la vida corriente (el extravío de una moneda de valor, trigo y cizaña, el tesoro en el campo, una perla preciosa, el descarrío de una oveja, el comportamiento del padre ante el regreso del hijo pródigo, la red de pescar…) han servido de medios para ese fin.

Hoy, tercer domingo de Cuaresma, revivimos el encuentro de Jesús con la samaritana junto al famoso pozo de Jacob. El breve espacio no nos permite considerar muchos aspectos importantes de este hecho. Lo fundamental: conocer, saber cuál es el “don”, el regalo máximo que Dios nos hace. En esa ocasión, Jesús dijo a la mujer: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: `Dame de beber`, tú le pedirías a El, y El te daría a ti agua viva”.

Tras las palabras enigmáticas, al parecer, de esta expresión, hay un contenido insospechado.

La presencia de Jesús en su realidad humana es un hecho trascendental en toda la historia y en la vida de cada hombre en particular. El no penetrar el sentido de esta realidad es ignorar totalmente lo que más puede y debe interesarnos. Desconocer el sentido de la venida y la presencia de Jesús es, en definitiva, desconocer la propia realidad humana.

Si a veinte siglos de la samaritana, El nos hiciera hoy la misma pregunta, ¿cuántos estarían en condiciones de responderle? Y en caso de una respuesta correcta, si El siguiera preguntando: ¿Cómo aprecias ese don, cómo lo vives?, me imagino los “apuros” de más de un “cristiano”.

Ese don de Dios, ese manantial de agua fresca que genera en nosotros la vida eterna, es la misma vida de Dios, que llamamos gracia santificante. O dicho de otro modo, es la total ausencia de pecado grave. Con la gracia, todo es posible; sin la gracia, sólo es posible el infierno y nada más. Con la gracia se gana el cielo, cuya alegría empieza ya ahora; sin la gracia se va al infierno, cuya tortura empieza también aquí y ahora.

Una vez me decía un joven: “Quiero confesarme, padre, porque ya no aguanto más este infierno que tengo en mi alma y en mi corazón”. Era un joven de conciencia delicada. La desgracia tremenda es estar en pecado y no sentir ese infierno. ¡Qué triste es la situación de tantos que se llaman “cristianos”! No valoran el “don” de Dios, o no lo conocen bien, ignorando lo que es la gracia.

La gracia nos hace hijos de Dios, es esa misma vida de Dios que El quiso darnos al hacernos a “su imagen y semejanza”. Con la gracia tenemos el derecho de ir al cielo. Por su misma justicia y bondad, El no puede condenar a un alma en gracia. Con la gracia, aun la obra más pequeña -una sonrisa, una mirada bondadosa- tiene valor para la vida eterna. Sin la gracia, aun la obra filantrópica más grande -como levantar, equipar y subvencionar el funcionamiento de un gran hospital- carece de valor para la eternidad.

Aprovechemos este tiempo de Cuaresma para reflexionar en serio. Busquemos el valor fundamental de nuestra vida: DIOS.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags. 264-265)

domingo, 1 de marzo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Es tiempo que maduremos

 

Domingo 2 (A) de Cuaresma - Mt 17,1-9

El Evangelio de los dos primeros Domingos nos da la tónica de la Cuaresma que hemos iniciado. En efecto, la Cuaresma, símbolo y síntesis de toda nuestra vida, es tiempo de lucha contra el mal, el pecado…, tiempo de gracia (oración-sacramentos)…, tiempo de los esfuerzos del hombre y de los consuelos de Dios.

El Domingo pasado teníamos el ejemplo y nos beneficiábamos con la gracia que nos mereció Jesús por su oración y ayuno en el desierto y luego por su lucha contra la tentación del diablo y su triunfo sobre el mismo. Hoy, con la transfiguración del Señor, Jesús nos hace entrever -por adelantado- “aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo existiera” (Jn 17,5) y que será nuestra meta y nuestra suerte final. “Padre, quiero que donde voy a estar, estén también conmigo los que me has dado y así contemplen mi gloria…” (Jn 17,24). Es una gracia de estímulo, de aliento. Es como la “seña”, la garantía del premio que nos promete Jesús “a los que perseveren hasta el fin” (Mt 10,22 y 24,13).

Aquello del esfuerzo, oración, penitencia y lucha de Jesús contra el diablo es para que aprendamos que “la vida del hombre sobre la tierra es un continuo batallar” (Job 7,1).

Si queremos ser grandes, hagámonos pequeños; si queremos tener razón en todo y siempre, démosle siempre y en todo la razón a Dios; si queremos ver con claridad, apaguemos la luz de los espejismos, cerremos los ojos de un mirar puramente humano, usemos la vista de la fe, y se disiparán las tinieblas de la duda, los sinsabores y ansiedades. La oscuridad se nos hará LUZ y contemplares la VERDAD en toda su hermosa realidad.

Si queremos ver lejos, agachemos la cabeza de nuestra soberbia y suficiencia; si queremos sobresalir por encima de todos, arrodillémonos sin que nadie nos vea, sino sólo Dios; si queremos felicidad plena, empecemos por llorar nuestros pecados (tristes reliquias de una falsa y traidora felicidad); si queremos gozar a nuestras anchas, empecemos por privarnos de todo gozo pasajero y de todo bien ficticio; si queremos saber mucho, bien y con seguridad, empecemos por ser alumnos de Jesús durante toda nuestra vida; si queremos poseerlo todo, empecemos por no tener nada seguro; si queremos llegar al cielo, no miremos tanto la tierra, aunque en ella debamos tener bien puestos los pies; si queremos mandar, empecemos por obedecer.

El recuerdo de la Transfiguración del Señor debe alentarnos, estimularnos, dar mayor firmeza a nuestra fe, hacer más viva nuestra esperanza, más real y auténtico nuestro amor. Aprendamos a no vivir tanto el escándalo de la Cruz, cuanto la alegría de la Resurrección. Jamás podremos ser felices si nos dejamos conducir solo por el miope criterio humano en las cosas de Dios. Convenzámonos que sin Dios no hay felicidad, ni ahora ni nunca. Ya es tiempo de que “maduremos”, como seres racionales. No es necesario que cada uno de nosotros, agregue su cuota personal de imbecibilidad a tanto extravío, error, falsedad, engaño, mentira… que producen los “dioses” de carne y hueso de todos los tiempos. Escuchemos y obedezcamos únicamente al “Hijo predilecto”.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.253-254)

domingo, 15 de febrero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: La ignorancia de saberlo todo


Uno de los conceptos mejor expresados sobre la realidad del misterio de la Encarnación de Jesús, es sin duda aquel de la Carta a los Hebreos: “Jesús fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado” (Heb 4, 15-16). Por eso, como hombre, Jesús “es capaz de compadecerse de nuestras debilidades” (id.). Nadie es capaz de comprender mejor la situación de otro que aquel que ha experimentado en carne propia la misma situación. Jesús nos conoce no sólo como Dios, sino que también como hombre nos comprende perfectamente. De allí que hemos de acercarnos a El “confiadamente a fin de obtener misericordia y ser socorridos en el momento oportuno” (id.).

“Fue sometido a las mismas pruebas que nosotros”:

a) En el orden biológico: nace y tiene las mismas necesidades del cuidado de una madre, depende del fruto del trabajo de un padre; crece, se desarrolla… y acaba su existencia como un perfecto hombre.

b) En el orden de la convivencia humana: no se ve librado de las dificultades y contratiempo surgidos por la ignorancia, el egoísmo, la envidia, la soberbia, el odio, la ambición, las apetencias de los intereses rastreros de los hombres. Es blanco de frecuentes ataques hasta terminar en la cruz. Tener que transformar la vida de los demás ¡qué tarea ardua, difícil, a menudo desconcertante! Los que tenemos experiencia de esto por razón de nuestro ministerio (sacerdotes, religiosas, catequistas, apóstoles laicos) frecuentemente constatamos y llegamos a la absoluta certeza que el trabajo más difícil, que necesita más tiempo y requiere más paciencia, más oración, más sacrificio y las más amargas lágrimas es la tarea de convertir un alma, de transformar una vida.

De ordinario, cuando uno podía creer que ha logrado algo se encuentra de repente con comprobaciones dolorosas, que parecerían manifestar que se ha trabajado en vano (Lc. 5,5), que de todo lo sembrado con tanto amor y esperanza no aflora la anhelada planta sino un cardo, un abrojo, un erizado espinar que pincha, que lascera el alma. Humanamente hablando, ¡qué descorazonador resulta, cómo muerde y empuja la tentación de abandonarlo todo, de dar por perdido el tiempo y el esfuerzo realizado, sino hasta la misma esperanza de lograr algo en el futuro, y no obstante, tener que seguir aún con más amor, con mayor constancia sin abandonar la lucha!

Todo esto y mucho más experimentó Jesús. Tras tanto predicar sobre la necesidad de la abnegación, de la humildad, del tener que padecer, de llevar cada uno su cruz todos los días, dos de sus Apóstoles, de sus predilectos, un día le reclaman: “Queremos que nos concedas sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. Pero no termina allí el episodio triste: “Los otros diez, que habían oído… se indignaron contra ellos”. Todos, los doce fallaron. Jesús con incansable paciencia vuelve a empezar: “El que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos…”.

Aprendamos:

1) Hemos de confiar en Cristo, en su perdón, por mucho que hayamos ofendido a Dios. Cristo nos comprende y nos espera. Para eso ha venido y no para otra cosa.

2) Para ello es necesario que tengamos humildad. Nunca nos hemos de considerar mejor que los demás. Sirvamos a todos. Una forma de servir también a los demás es aceptar los consejos de aquellos que realmente nos quieren, porque es aceptar el servicio que nos prestan. No hay peor actitud que la de aquel que cree que lo sabe todo, que su modo de pensar y actuar es el mejor, el más perfecto por el simple hecho de que así se acostumbró. También Pedro sabía pescar, era su oficio. Sabía cuándo y dónde se pescaba mejor. Jesús le dice que eche las redes, contradiciendo todo el perfecto conocimiento de Pedro… y al acceder al consejo de Jesús, el que era pescador de oficio, pescó una gran cantidad de peces de una sola vez.

Quien realmente nos quiere no nos aconsejará jamás para el mal, aunque su consejo a veces nos duela porque pisotee nuestra soberbia y suficiencia.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 27-29)


domingo, 8 de febrero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Comunión “a la canasta”

 

Comulgar no es sólo recibir el cuerpo y la sangre de Jesús, comerlo materialmente en la Eucaristía. El simple comer es acto propio de la vida animal. Comulgar es propio de la vida racional, donde interviene la inteligencia, la razón, la voluntad. Comulgar es aceptar totalmente a Jesucristo, es identificarse con El, con su espíritu, con sus sentimientos, es participar de sus anhelos, intereses, y preocupaciones.

En la Eucaristía Jesús pone en común, con nosotros, sus hermanos, todas las riquezas de su bondad, misericordia y amor. Pone a nuestra disposición todo lo suyo, todo su poder. Se pone El mismo a nuestro servicio.

Pero Jesús no sólo se nos da sino también que espera algo de nosotros. Espera nuestra aceptación, nuestra conformidad. Esto es, que lo recibamos en toda su realidad, como hombre y como Dios al mismo tiempo; que recibamos su cuerpo, su sangre, alma y divinidad. Este dársenos Jesús y darnos nosotros a El, es como un ágape donde cada uno trae su contribución para compartir con nosotros, o como una excursión “a la canasta”; cada uno lleva lo suyo y participan todos.

Para esto se requiere:

a) Tener fe en la presencia real, verdadera, auténtica de Jesús en la hostia consagrada. Un convencimiento total y firme.

b) Estar dispuesto, preparado. No comulga o comulga pésimamente, quien recibe a Jesús sabiendo que está en pecado mortal, en pecado grave. No basta pensar que otro día, después de la comunión, se confesará. Quien está en pecado debe confesarse antes. Quien no está decente, limpio, no puede decir: me pongo el traje y me voy a la fiesta, a mi regreso me lavaré porque ahora no dispongo de tiempo y no quiero perderme la fiesta.

c) Esforzarse por ser cada vez mejor. Cada misa y cada comunión tiene que ser un compromiso muy serio para adelantar en la virtud y en la vida cristiana en general. Exige una mayor conversión, una mayor entrega, una mayor disposición.

d) Preguntarse cada vez que se va a comulgar: ¿Puede Jesús contar conmigo así como yo cuento con El y su gracia? Jesús nunca me hace esperar. Siempre está pronto para atenderme, porque siempre me está esperando.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 133)

 



Nota explicativa: la expresión "a la canasta" se utiliza principalmente para describir una reunión o comida, común en Argentina, donde cada invitado lleva su propia comida o bebida para compartir con los demás, similar al concepto de “potluck” en inglés. Esta modalidad busca fomentar la colaboración y el compartir entre los asistentes.

 

domingo, 1 de febrero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Todavía creer en la Trinidad?

 

Hay un principio filosófico que expresa: el obrar es consecuencia del ser. Primero se existe, luego se actúa.

Desde hace un tiempo se ha despertado en muchos cristianos una mayor conciencia y preocupación por los diversos campos de acción: educación, cultura, política, economía, derechos humanos, erradicación del hambre, la miseria, las injusticias sociales, la preocupación por la familia, el progreso y desarrollo. Todo ello muy loable y digno de aplauso, estímulo y apoyo.

Pero también “no es raro encontrar cristianos muy comprometidos en tareas apostólicas… a quienes les da lo mismo que Dios sea uno o tres personas. Piensan que esto es un tema teórico sin repercusiones prácticas… Que la Trinidad es un dogma, incomprensible, sí, pero que no tiene sentido al menos para este tiempo. Por eso nadie se ha tomado la molestia de criticarlo, de negarlo, ni tampoco de afirmarlo. Y la razón es que parece que ni quita ni pone nada a la vida cristiana… de la misma manera que nos da lo mismo que los planetas sean nueve o diez, porque esto no resuelve ninguno de los problemas que el hombre tiene planteados…” como leemos en un libro de Homilética.

A esto se llegar cuando en la práctica se relega a un segundo plano toda la realidad espiritual del hombre, cuando se le quita importancia o hasta se niega por pseudoteólogos la existencia de valores y verdades objetivas reales y absolutas. Se “ateiza” todo con el relativismo subjetivo, con la moral de situación, puramente subjetiva, y cosas por el estilo. Entonces la tarea apostólica, quizá iniciada con mucho entusiasmo y la más recta de las intenciones, al tiempo decae y hasta se la abandona. Le ha faltado base; se ha prescindido de Aquel que dijo: “Sin mí nada podéis hacer” (Jn 15,5).

No es un hecho intrascendente para el hombre el que Dios, ser supremo, creador, redentor y remunerador de los actos humanos, sea uno en tres personas. La preocupación -hasta casi como una obsesión- de Jesucristo fue la realidad del Padre, la gloria del Padre, la obediencia al Padre. Nos habló del Padre y nos prometió y envió al Espíritu Santo para llevar a cabo la obra que nos encomendó: ser sus testigos. Pero ¿qué es lo que vamos a testimoniar de Jesús? Su resurrección, como sello, garantía y certeza de que lo que El hizo y enseñó es verdad.

Es necesario que volvamos al origen de todo: Dios. No basta actuar en “nombre” de Cristo, de Dios. Para actuar como cristiano no basta realizar acciones o gestos cristianos; hay que serlo de verdad. No somos simples actores que representamos un papel. Debemos vivir la gracia para ser testigos y no sólo hacer de testigos de la Trinidad.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 11-12)

 

domingo, 25 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Dios, ¿una meta para alcanzar?

 

Los hombres, cuando se proponen alcanzar algo -una meta-, ordenan todos sus actos para lograrlo. Y no quedan satisfechos hasta haber obtenido el resultado.

Con frecuencia en la vida espiritual se suele proceder de un modo similar. Se procura alcanzar a Dios, la virtud, la vida cristiana en pleno, somo si se tratara de llegar a un punto, una meta en la que todos los problemas o inconvenientes quedarían superados. Y allí está el error.

A Dios no lo lograremos en esta tierra como una meta. Ni la virtud. Ni la vivencia cristiana en su plenitud.

Dios no es algo, sino ALGUIEN que nos habla. Nos habla a través de la Biblia. Nos habla por medio de su propio Hijo que vive y perdura “hasta el fin de los tiempos” en la Iglesia por El fundada y permanentemente asistida y sostenida. Nos habla también a través de los acontecimientos, de la historia. Ciertamente que no nos habla de la misma manera como lo hace en la Sagrada Escritura o por medio del Magisterio de la Iglesia. A través de los acontecimientos “nos despierta” para que reflexionemos, para que confrontemos nuestra propia vida, nuestras propias actitudes con la verdad que El nos ha revelado.

De modo similar, la vida cristiana, la virtud, no es un término, una meta para lograr totalmente en un plazo de tiempo de acuerdo al esfuerzo, al empeño personal de cada uno. La amplitud del tiempo y la intensidad del esfuerzo deben servir para afianzarnos en el camino.

Por tanto, nuestro peregrinar hacia el Padre, debe tener las características de un viaje; todavía no se ha llegado a la meta. Todavía es necesario sentir el cansancio, las incomodidades, los “imprevistos” del camino. Eso es la vida del cristiano. Debe contar con la realidad de “los buenos y malos en el reino de Dios”. Y mientras seamos viandantes no nos extrañemos de que la meta está distante, aunque siempre a la vista. Caminemos con esperanza.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 7)

 

domingo, 18 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Para qué se hizo hombre Cristo?

 

Domingo 2 (A) del Tiempo Ordinario 

Evangelio de San Juan 1,29-34

Circunscribir la misión de Cristo a un determinado momento histórico, o a unas circunstancias puramente humanas, sería desvirtuarla de su real contenido. Lo externo puede ayudar o dificultar la acción. Esto nadie lo niega. Pero afirmar que lo externo condiciona de tal manera los actos y las decisiones de la voluntad humana que le imposibilitan actuar de otro modo, sería negar la libertad del hombre.

Es verdad que en determinados momentos o períodos se acentuaba la divinidad de Cristo -y esto está muy bien- que su humanidad quedaba prácticamente casi ignorada o, por lo menos, tenida como algo de menor importancia, y eso está mal. Hoy, en cambio, es frecuente la presentación de un Cristo tan “humanizado”, tan “socializado”, que su divinidad no es objeto ni de predicación ni de vital importancia y necesidad para la vida del bautizado.

En un mundo que “prefiere las tinieblas a la Luz” (Jn 1,5), “porque sus obras son malas” (Jn 3,20), en un mundo tremendamente materializado, hablar de espiritualidad, es un poco menos que hacer el ridículo. No obstante, la Iglesia de Cristo, la fundada por El, y no la presentada por muchos “reformadores” que ha tenido desde el comienzo (Mt. 26,9), y que lamentablemente abundan también hoy, debe predicar al Cristo total, al Cristo Dios hecho hombre, al Cristo Hijo de Dios e Hijo de María.

Nunca será lícito, bajo ningún pretexto histórico ni circunstancial, presentar un Cristo dividido, a un Cristo predicador de verdades sin “tener compasión de la multitud cansada y hambrienta” (Mt 15,32), ni, contrariamente presentar a un Cristo a quien los hombres lo busquen no por su divinidad (milagros, señales…) sino “por el pan que se acaba” (Jn 6, 26-27).

Tampoco ignoramos el sofisma de los últimos tiempos de que “no se puede predicar a estómagos vacíos”, y por eso hay que solucionar primero la cuestión social de la vivienda, de trabajo, etc., antes de hablar de conversión, de arrepentimiento, de renuncia al pecado, de la necesidad de la gracia, de la vida eterna… Porque a los que han enarbolado esa frase y a los de su comparsa, nunca los he visto preocupados por “predicar a los que ya tienen los estómagos llenos”. Como los consideran “pecadores”, y no les interesa trabajar por el Reino de Cristo, que basa la justicia y la paz en la ausencia del pecado, ponen en evidencia su distorsión de la verdadera misión de Jesucristo. No les interesa liberar a los hombres de la esclavitud del pecado.

En la predicación de hoy, el Bautista nos presenta a Cristo en su exacta dimensión. Cristo es el CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO. En el Antiguo Testamento Dios había prescrito que la reconciliación con El se hiciera por medio de la sangre de toros y de chivos, sobre los que el pueblo descargaba sus pecados (cfr. Lev 4, 5 y 16). Era un símbolo, una figura, un anticipo de la realidad que vendría con Cristo. Por eso el Bautista dice que Cristo es el verdadero Cordero de Dios (animal-símbolo de la inocencia y mansedumbre), que carga sobre sí los pecados de toda la humanidad, para expiarlos con su propia Sangre.

Mientras no se vuelva a fundamentar la realidad del hombre enfrentado con la herencia triste del pecado, se seguirán enfrentando los mismos hombres entre sí, y jamás podrá haber paz. El hombre no puede, por sí sólo, construir la PAZ. Necesita de la ayuda del Señor (“Sin Mí nada podéis hacer”). Esta ayuda es la gracia, que contrasta diametralmente con el pecado.

La mayor desgracia -ya lo deploraba Pío XII- es la perdida de la noción del pecado. No pocos cristianos hasta se burlan de los que creemos y procuramos luchar contra el pecado. Uno de los síntomas lo dan aquellos que, por ejemplo, critican, sin más, lo que denominan “sacramentalismo”. Parecen más preocupados por defender, hacer intangible el sacramento (lo que, bien entendido, no sólo es laudable sino también obligatorio) que salvar almas.

Si la misión fundamental de Cristo “hecho hombre para nuestra salvación” (Credo) no es la de liberarnos directamente del pecado (parábolas: hijo pródigo, oveja perdida…), la Iglesia, el Sacerdocio católico, y en definitiva los siete Sacramentos carecerían totalmente de sentido. ¿Es admisible esto? ¿No se corre hoy este riesgo de “teologías liberacionistas” de tipo sicológico, temporalista, carentes de sentido trascendente?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.208-210)

 

domingo, 11 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: Bautismo de Jesús

 

Aún no hemos asimilado del todo la alegría propia de la Navidad, cuando la Iglesia, poseída del gozo por el hecho de nuestra salvación, patentizado en Belén, nos presenta a Cristo en otro paso de su obra redentora.

Hoy celebramos el misterio del Bautismo de Jesús. Cristo no sólo se humilló haciéndose hombre, sino que también, cargando con nuestros pecados, se humilla aún más. Ocupa nuestro lugar de culpables y pecadores, y así se presenta al Padre. Como el culpable de nuestra desgracia, como el pecador que implora clemencia. Allí, formando cola, mezclado con los penitentes, como uno más, se presenta a Juan que bautizaba en las orillas del Jordán, para recibir también Él el bautismo de penitencia. Sabemos que este bautismo no confería la gracia santificante, cuya necesidad no cabía suponer para Jesús, el Santo y el Autor de la Gracia, sino que era un bautismo que disponía a los penitentes para una conversión, un arrepentimiento de sus pecados y un propósito de enmendar muchas cosas en sus vidas.

Allí lo vemos a Cristo, sufriendo la vergüenza de ser considerado por los demás como un pecador que viene a reconocer sus faltas, sus pecados, su vida equivocada, como un ladrón, como un asesino, como un tramposo y pendenciero, como un bebedor, como un adúltero o un fornicario, como un explotador de los demás, etc., etc. Si no descendemos a estos detalles, creo que nunca comprenderemos suficientemente la expresión, tan general, de que Jesús cargó con nuestros pecados y los expió. Jesús cargó sobre sí los pecados concretos de los hombres y murió por algo bien concreto. ¡Cuánto amor!

La humillación de Jesús en el Bautismo hizo que el cielo se abriera, que el Espíritu Santo descendiera en forma de paloma, y se oyera la majestuosa voz del Padre testimoniando: “Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”.

Muchas consideraciones podríamos hacer en torno a este hecho. Señalo nada más que dos:

1) Miremos a Cristo cumpliendo la voluntad del Padre. Hoy que no gusta tanto oír, y menos practicar, que algo debe ser cumplido porque está mandado, ya que eso sería “infantilismo”, falta de “madurez”, carencia de personalidad, etc. Cristo con su obediencia expía también estas aberraciones, estas nuevas formas de soberbia, este nuevo “infantilismo” humano disfrazado de “adultez”, cuando en cuestiones de fe y en cosas reveladas por Dios pretendemos formar nuestras “opiniones propias”.

2) En el día de nuestro bautismo se abrieron los cielos y descendió a nuestro corazón la mismísima Santísima Trinidad. ¡Qué complacencia para las tres divinas personas! Transcurridos los años, en esto momentos, ¿podrían el Padre eterno, el Hijo Redentor y el Espíritu Santificador decir de cada uno de nosotros, con una alegría semejante a la del día de nuestro Bautismo: ÉSTE ES MI HIJO MUY QUERIDO, EN QUIEN TENGO PUESTA TODA MI PREDILECCIÓN? Si no fuera así, hermanos míos, es tiempo de pensar: ¿para qué la Navidad, para qué el Bautismo de Jesús, para qué el Calvario, para qué la Resurrección de Cristo, para qué todo esto y lo del Año Santo, y la Iglesia, y los Sacramentos, y el tanto simular lo que quizás en realidad no somos?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.203-204)

 

viernes, 9 de enero de 2026

COLUMNISTA INVITADO: Monseñor León Kruk, Arquetipo de Obispo, por Sergio Daniel D`Onofrio

 

Introducción

La historia eclesiástica argentina del siglo XX no puede comprenderse adecuadamente sin atender a aquellas figuras episcopales que, lejos de plegarse a los vaivenes ideológicos de su tiempo, asumieron con plena conciencia la misión de custodiar la fe recibida. Entre ellas, la figura de León Kruk se erige como un testimonio singular de austeridad y paternidad. Su episcopado en San Rafael configuró una identidad diocesana marcada por la centralidad de la vida sacramental, la formación sólida del clero y la defensa explícita de la Tradición católica.

Conocer a Monseñor Kruk implica adentrarse en un modelo de obispo que entendió su ministerio como servicio sacrificial. Formado en la pobreza rural y templado en una espiritualidad exigente, evidenciando con su ejemplo la figura del pastor que enseña, gobierna y santifica sin concesiones al espíritu del mundo.

Desarrollo

Monseñor León Kruk (1926–1991) constituye una de las figuras episcopales más singulares y firmes de la Iglesia argentina del siglo XX. Nacido en Concepción de la Sierra, Misiones, en el seno de una familia campesina de origen eslavo, más precisamente ucraniana, siendo sus padres Juan Kruk y Angelica Manulak. Su vida quedó marcada desde la infancia por la austeridad, la piedad mariana y una vocación temprana al sacerdocio. Formado en los seminarios de Corrientes y Villa Devoto, fue ordenado presbítero en 1954. Dentro de sus estudios se encuentran el de Licenciado y Doctor en Teología

Designado obispo de San Rafael en 1973 por el papa Pablo VI, León Kruk asumió su ministerio en un contexto eclesial atravesado por tensiones posconciliares. Alejado de ambigüedades, ejerció el episcopado con un estilo recio y paternal, defendiendo la recta tradición de la Iglesia, enfrentando fuertemente a la herética Teología de la Liberación y al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) desde que se desempeñaba como Vicario del Obispo Francisco Vicentin en la Arquidiócesis de Corrientes,

Su obra más perdurable fue la fundación del Seminario Santa María Madre de Dios. Se lo considera también como un padre espiritual del Instituto del Verbo Encarnado, dado que fue él quien otorgó al padre Carlos Buela la autorización para fundar dicha congregación en la Diócesis de San Rafael. Ambas instituciones, nacidas juntas el 25 de marzo de 1984, se constituyeron como verdaderos pilares de la identidad católica sanrafaelina, así como un impulso decisivo a numerosas iniciativas laicales y educativas.

Hombre de vida austera y oración constante, su muerte, ocurrida el 7 de septiembre de 1991, selló el testimonio de un pastor que no buscó consensos fáciles, sino todo lo contrario, la fidelidad a Cristo y a la Tradición de la Iglesia. Su figura permanece como referencia insoslayable para comprender la historia eclesiástica del sur mendocino.

Conclusión

La importancia de que se conozca y estudie la figura de Monseñor León Kruk radica, ante todo, en su valor ejemplar. En tiempos donde la memoria histórica suele ser selectiva o interesada, recuperar su trayectoria permite comprender que la vitalidad de una diócesis depende de la claridad doctrinal, la coherencia moral y la formación profunda del clero y de los fieles. El Seminario que fundó, las instituciones que protegió y el laicado que alentó no fueron iniciativas aisladas, sino partes orgánicas de una concepción integral de la Iglesia.

Mons. León Kruk representa un tipo de obispo cada vez menos frecuente: aquel que no teme al conflicto cuando está en juego la verdad revelada, y que asume las consecuencias personales de esa fidelidad. Su vida refuta la idea de que la firmeza doctrinal sea incompatible con la caridad pastoral; por el contrario, muestra que la auténtica caridad se funda en la verdad. Conocerlo es, en definitiva, reencontrarse con una forma de pastoreo que ayudó a edificar, con sacrificio y claridad, la Iglesia concreta de San Rafael y que aún hoy interpela a quienes buscan comprender el sentido profundo del gobierno Episcopal.

Bibliografía D’ONOFRIO, S. (2024) Historia Eclesiástica de la Diócesis de San Rafael. Tomo I. Monseñor Kruk. Un León en Cuyo. Ed. Cruz del Sur. Mendoza. Argentina.

Lic. Sergio Daniel D`Onofrio*

 

*Sergio Daniel D’Onofrio, nacido el 10 de marzo de 1992 en San Rafael, Mendoza. Argentina. Es profesor de Historia por el Instituto Santa María del Valle Grande. Es licenciado en Historia por la Universidad Católica de La Plata. Se desempeña como docente en nivel superior y medio en las provincias de Neuquén. Es investigador y autor de numerosas obras de historia argentina y eclesiástica, entre ellas la colección “Historia Eclesiástica de la Diócesis de San Rafael”. Dirige el canal y blog “El Revisionista”, (https://elrevisionista1.blogspot.com) y posee su propio canal de YouTube “El Revisionista” (https://www.youtube.com/@elrevisionista7789/featured) desde donde difunde una lectura crítica y revisionista del pasado nacional y religioso.