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domingo, 23 de agosto de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿A qué Cristo seguimos?

 

Domingo XXI (A) del tiempo ordinario

Evangelio de San Mateo 16,13-20

No se ama, no se quiere, lo que no se conoce. No se sigue a quien se ignora. Seguir a alguien sin conocerlo, sin amarlo, es más bien seguirlo por interés egoísta, o incluso es hasta perseguirlo. Jesús nos ha dicho que para ser discípulos suyos debemos seguirlo, después de habernos despojado de muchas cosas, aun de nosotros mismos, y habiendo abrazo nuestra propia cruz. No una cruz cualquiera: la nuestra, la de saber aceptar la voluntad de Dios. Porque eso de “renunciarse a sí mismo” obliga a todo cristiano, a todo bautizado.

¡Cuántos criterios, opiniones, pareceres debemos desterrar si queremos ser de Cristo! Cuando Él nos enseña una verdad, cuando nos indica un modo de conducta, sensatamente no podemos, no debemos aferrarnos a nuestras propias ideas, a nuestros comportamientos “muy personales”, cuando eso contrasta con el Evangelio. Ninguna excusa, jamás puede ser motivo o razón para obrar contra lo que nos exige Jesús para reconocernos como suyos.

Jesús también hace una consulta. El Evangelio de hoy nos enseña muchas cosas. Así como Jesús preguntó a sus discípulos, no sólo sobre el parecer de la gente respecto a Él, sino que recabó también la opinión de ellos mismos, de modo semejante interroga al hombre de hoy. Te interroga a ti; me interroga a mí también, aunque sea obispo. Los Apóstoles eran los primeros obispos de la Iglesia. Nuestra respuesta debe ser personal, y de ningún modo ser lo que únicamente aprendimos en el catecismo. La pregunta de Jesús, más que al conocimiento intelectual, va dirigida a nuestra vida.

¿Qué importancia, qué trascendencia, qué transformación o cambio (conversión) en nuestra conducta práctica realiza la presencia de Cristo, la realidad de Cristo? También los demonios tienen un conocimiento intelectual de Cristo: pero, ¿de qué les sirve? Más aún: el conocimiento sin fe de nada sirve. El Apóstol Santiago dice (2,19-20): “También los demonios creen -que hay un solo Dios- y eso les hace temblar. ¿Quieres enterarte, estúpido, que la fe sin obras es inútil?

Evidentemente, mi respuesta personal sobre quién es Cristo debe nacer no de un simple sentimiento, ni de algo solamente sabido de memoria, sino que debe surgir desde lo más profundo de mi vida. Como decía San Pablo: “Vivo yo; pero ya no soy yo quien vivo, sino que es Cristo quien vive en mi” (Gal. 2,20). ¡Qué hermosa respuesta! Por eso debemos responder con el Evangelio hecho vida en nuestra vida. Se dice que el mejor comentario al Evangelio es el que se hace con la propia vida. La mejor respuesta sobre quién es Cristo será la del testimonio de la vida cristiana. Lo demás, es literatura y hojarasca que de nada sirve.

Dicho de otro modo: conviene que pensemos muy seriamente ¿a qué Jesús seguimos? ¿Al Hijo de Dios y al Hijo de María, o seguimos a un Jesús falso, fabricado por nuestra conveniencia? ¿Seguimos realmente a Jesús, aunque sangre nuestro corazón, aunque tengamos que renunciar definitivamente a muchas ilusiones, aunque debamos sufrir las humillaciones que nos imponen las condiciones de la vida presente? ¿Estamos dispuestos a seguir a Jesús que llama a todos a la perfección? ¿Estamos convencidos que debemos ser santos de verdad y que es la única respuesta válida sobre quien es Jesús para nosotros?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael”,

Ediciones Nihuil, 1988, pags. 25-26)

 

sábado, 15 de agosto de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Está en la tierra porque está en el Cielo

 

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

En todo el proceso de la historia de nuestra salvación, a partir del instante mismo del castigo que Dios infligiera a nuestros padres por el primer pecado, hay toda una serie de personajes, acontecimientos e incluso “cosas” que son como hitos, como señales, como puntos de referencia -hoy diríamos: indicadores de ruta- por los que de un modo normal y natural Dios va llevando adelante su plan de redimir a la humanidad. Sin forzar, sin violentar el desarrollo de la historia de los hombres, Dios va realizando su propia historia a través -y aun, a veces, a pesar- de los hombres.

El hecho de que, así como por una mujer seducida por el diablo el hombre perdió todos los bienes, del mismo modo también Dios quisiera que por una Mujer “llena de gracia” (Luc. 1,28), los recuperara -y hasta cierto sentido los acrecentara según aquella famosa expresión de San Agustín: “Oh feliz culpa que nos mereció tan extraordinario Redentor”-, no es un hecho intrascendente.

Por este motivo, la Santísima Virgen María ocupa en el plan de Dios no sólo un lugar destacado, sino un lugar único y una misión irremplazable. La Virgen María no sólo tiene real significación e importancia en un momento determinado, como el común de los mortales que actúan en un preciso momento de tiempo y en un lugar específico. Por ser irremplazable, una vez dado su consentimiento para ser la Madre de Dios, el plan redentor ya no puede llevarse a cabo prescindiendo de Ella, relegándola y minimizándola como para diluir la necesidad y la eficacia de su acción hoy en la Iglesia.

A lo que Dios Padre le ha dado tanta importancia -la necesidad de una Madre para su Hijo Jescristo- no lo podemos considerar como cosa de poca monta. A la que Dios mismo ha honrado, preservándola del pecado original, y a la que con su cooperación a la gracia divina jamás ha cometido ni la más leve falta siendo realmente la “llena de gracia”, no podemos deshonrarla con pueriles y hasta heréticas sutilezas, sugiriendo que Dios se sentiría “ofendido” (!), enojado (?), si nosotros le damos mucha importancia a la Santísima Virgen.

Es como si por mucho honrar a la Virgen María alguien fuera a condenarse; o como si el amor que podamos tributar a la Madre fuera en desmedro de su Hijo; o como si la Virgen fuera tan egoísta que se quedara Ella con lo que quizá, en algún caso por ignorancia, no suficiente conocimiento, o por entusiasmo ingenuo de almas simples y nobles, se le tributa a Ella y que corresponde a Dios; y como si Ella fuera tan impotente que no pudiera encauzar todo a la mayor alabanza de la Trinidad y bien de las almas. Puede haber desviaciones; sería tonto negarlas.  Pero estas desviaciones no se corrigen suprimiendo uno de los términos, sino canalizando rectamente las prácticas cristianas. Eso es lo que ha querido el reciente Concilio.

Cuando Jesús después de su Resurrección ascendió a los cielos junto al Padre no ha sido para ausentarse y desentenderse de los hombres y sus problemas. Cuando Dios llevó a los cielos a la Virgen María en cuerpo y alma no ha sido para anular su influencia y acción sobre las almas, sino precisamente para hacerla ganar en universalidad de tiempo y lugar.

Con la Asunción de la Virgen a los cielos, cuya Fiesta celebramos hoy, no ha culminado y acabado el proceso de la Redención, ya que con su Hijo la Madre es corredentora. La Redención se sigue operando en cada alma. La co-redención también.

Esta Fiesta de la Santísima Virgen María llevada a los cielos debe llenarnos de gozo. Debemos aplaudir y aclamar con júbilo a nuestra Madre. Ella sigue siendo no sólo un signo, un recuerdo, un “agregado” en nuestra fe, en nuestra devoción, sino un elemento del cual no se puede prescindir en la Iglesia católica. Es más, no sería la verdadera Iglesia de Cristo la que no honrara y venerara a su Madre, como la sigue honrando Él mismo al tenerla en el cielo, sin que por eso nos la haya quitado de la tierra. La más absoluta seguridad de que la tenemos en la tierra es por que está toda Ella en el cielo.

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael”,

Ediciones Nihuil, 1988, pags. 65-66)

domingo, 2 de agosto de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Para qué vino Jesús?

 

Domingo XVIII (A) del tiempo ordinario

Evangelio de San Mateo 14,13-21

Dicho así, parecería una pregunta inútil, ociosa. Pero de su exacta respuesta depende todo. Jesús hizo y enseñó cosas. Sus milagros son un hecho real, innegable. Llenar, por ejemplo, doce canastos con los restos de cinco panes y dos pescados, es un milagro extraordinario que nadie bien intencionado puede negarlo. Es evidente que alimentar a “más de cinco mil hombres” con esa pobre ración no lo puede hacer nadie más, por economista que sea, sino sólo Dios. Por eso este milagro inaudito hace percibir a los judíos, claramente, la divinidad de Jesucristo.

Resulta curioso, además de totalmente inadmisible, alguna exégesis, de algún pretendido defensor de los pobres, en el sentido de que el milagro se produjo no por un poder extraordinario de Jesús, sino porque los Apóstoles pusieron en común lo que tenían. El mismo contexto del Evangelio niega esa afirmación: “¿Dónde compraremos pan para darles de comer? Esto lo decía (Jesús) para ponerlo a prueba (a Felipe), porque sabía bien lo que iba a hacer…”. De modo que no había pan suficiente, ni alcanzaría el dinero, ni donde siquiera comprarlo, para que pudiera alcanzar “un pedacito a cada uno”.

Valiéndose Jesús de lo poco que podían ofrecerle los Apóstoles, multiplicó el alimento de modo que todos quedaron satisfechos, y aún sobró más de lo que se puso a disposición. Además de multiplicar los panes, Jesús nos enseña lo que vale la bendición de Dios sobre nuestras obras, por pequeñas e insignificantes que parezcan.

Creo que al dar por sabido que Jesús es el Hijo Unigénito de Dios, y por tanto Dios verdadero, al releer los milagros que hizo, nos maravillamos por ellos, remarcamos el poder de Jesús, subrayamos su misericordia y compasión, le aureolamos como un benefactor a quien debemos imitar, etc. Pero olvidamos algo fundamentalísimo. Olvidamos que a través de los milagros Jesús quiso enseñar dos cosas. Primero: que Él era el verdadero Hijo de Dios, el Mesías, que era realmente Dios. Y segundo, que vino a este mundo a enseñarnos lo que mandaba el Padre. Todo lo que hacía y enseñaba era para manifestar la voluntad de su Padre celestial, que en definitiva es nuestra santificación, mediante la glorificación de Dios. El hombre se salva glorificando a Dios en su vida y en sus obras.

Esto no significa que debemos entender los milagros como una simple ocasión en que Jesús manifestaba esos dos aspectos. No. Hay que unir las dos cosas: su misión fundamental, y su compasión y solidaridad con los hombres.

Por tener olvidado este aspecto, o por no darle la importancia que tiene, se cae fácilmente en un “racionalismo” interpretativo del Evangelio todo, que en nada puede ayudarnos. Al contrario: empobrece, debilita y hasta destruye la fe, la confianza, la gratitud y el amor.

Además de enseñarnos, Jesús vino para traernos una nueva vida, que exige un nuevo modo de vivirla, un nuevo modo de tratarnos (el mandamiento nuevo del amor). Por tanto, el centro de todo es Él mismo, su Persona juntamente con su doctrina. Él es la VIDA, y de nada serviría su doctrina, por novedosa y extraordinaria que fuera, si no vivimos esa VIDA DE LA GRACIA.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael",

Ediciones Nihuil, 1988, pags. 30-31)

 

domingo, 26 de julio de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Dios vende el cielo al mejor postor

 

Domingo XVII (A) del tiempo ordinario

Evangelio de San Mateo 13,44-52

Hay un dicho popular muy expresivo: “Si mueve la cola el can, no es por ti sino por el pan”. Hay un interés de por medio. También entre los humanos se da, con frecuencia, y mayor de la imaginada, este comportamiento. Para más desgracia, esto sucede en un plano superior, en el de la relación del hombre con Dios. Parecería que para un buen número de cristianos, su relación con Dios se asemeja a la del hijo que quiere, respeta a su padre, pero por puro interés. Así observan ciertas prácticas religiosas y cumplimientos más por un interés próximo, inmediato, que por amor a Dios, o por el verdadero amor a Dios o interés por ganar el cielo. Creen que por su “buena conducta” tienen algo así como una póliza contra todo riesgo.

Por eso, no pocos, en el momento de la prueba se rebelan contra Dios. Incluso, algunos abandonan la religión porque se “sienten desilusionados” por ciertas cosas “que pasan” en la Iglesia. Olvidan esos tales que la parte “humana de la Iglesia” siempre es falible y no pocas veces hasta detestable; olvidan que en la Iglesia siempre van a perdurar las negaciones de Pedro, las dudas de Tomás, las desilusiones de los discípulos de Emaús, las traiciones de Judas, las ambiciones de “la madre de los hijos de Zebedeo” (Mat. 20,21) de ocupar los primeros puestos, las discusiones sobre la “precedencia” (Mc 9, 34), las cobardías de todos en el momento de la Pasión, etc., etc.

En ninguna parte del Evangelio, Cristo nos incitó a fijarnos en los demás para tener fe, para seguirle a Él. Nos indicó, sí, que debemos dejar todo, incluso los sentimientos tan caros como los afectos familiares, cuando se trata de cumplir con Él, y seguirlo sólo a Él, cargando con la cruz nuestra, y no haciendo más pesada la cruz de los demás.

Lo que la Iglesia nos propone en el Evangelio sobre le Reino de los cielos, con las comparaciones del “tesoro escondido en un campo”, la “perla fina de gran precio”, la “red” donde se encuentran los peces “buenos y malos o inservibles”, está precisamente en esa línea de pensamiento, en orden a hacernos comprender la parte humana y la parte divina de la Iglesia, bien diferenciadas. Por eso no unamos nosotros lo que Cristo mismo separó. Eso sí, hay que vender todo para comprar ese campo con el tesoro, o la perla finísima. Vale la pena -¡o la dicha!- de sacrificarlo todo. Es también el “negarse a si mismo” para seguir a Cristo.

En síntesis: el valor absoluto es Dios. Hemos de buscarlo a sólo Él. Debemos anhelar poseerlo a Él. Amarlo a Él por Él. Amarlo por su bondad y no por la nuestra.

Renunciar a todo, postergar todo cuando se trata de permanecer en la amistad con Dios, no es más -ni tampoco menos- que el cumplimiento del Primer Mandamiento. El “no tendrás otro Dios más que a mí”, del Antiguo Testamento; es el “amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma, con todas las fuerzas y sentimientos, con todo lo que uno es y posee”, del Nuevo Testamento, conforme lo explica el mismo Jesús.

Cuando vemos tanta flojedad, tanta cobardía, en los momentos en que es necesario profesar con intrepidez y valor nuestra fe, en que es necesario “vender todo” para asegurar el tesoro del cielo, para comprar la perla preciosa -la gracia que adorna y embellece el alma- o para arrojar los peces inservibles…, concluimos que no se conoce ni el abecé del cristianismo, de nuestra hermosa, pero exigente religión.

Por no disgustar a los amigos (¿amigotes?) de este mundo, a muchos les interesa poco el disgustar a Dios, con el tremendo riesgo del “disgusto eterno” -para ellos- del infierno. Por no perder quizá el “puesto”, un “acomodo”, en que pierden su virtud, su alma, su fe ahora, parece importarles un bledo el perder el “gran puesto” en el cielo, que les estaba reservado.

En conclusión: el cielo para el mejor postor ¿o no?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael",

Ediciones Nihuil, 1988, pags. 92-93)

 

sábado, 18 de julio de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Toneladas de cizaña?

 

Domingo XVI (A) del tiempo ordinario

Evangelio de San Mateo 13,24-43

Desde el mismo momento en que el pecado fue introducido en el mundo, por la rebeldía del hombre, ha surgido el mal. El pecado, fue, es y será el mal original, el mal del que derivan, en legítima descendencia, todos los otros males.

Los que no son cristianos y los cristianos superficiales, que nunca han profundizado su fe con un estudio medianamente serio, suelen quejarse cuando les sucede alguna “desgracia”. Se rebelan contra Dios, protestan y llegan muchos a renegar de su fe. Dicen: si Dios existe, o si Dios es tan bueno, ¿por qué permite el mal? ¿Por qué justamente a mí tiene que pasarme esto, yo que cumplo con Dios, que soy bueno, y no como otros? ¿Cómo es que Dios no castiga a tanto culpable que anda suelto haciendo el mal y sembrando dolor por todo el mundo?

Los cristianos con mayor formación religiosa, pero que aún no han comprendido suficientemente el misterio de la Iglesia, su íntima naturaleza y su realidad existencial, suelen plantear las mismas preguntas, pero con referencia concreta a la misma Iglesia. No se explican muchas actitudes de la jerarquía frente a tanto desorden; muchas actitudes de gran cantidad de cristianos que son un “anti-testimonio”, un “anti-signo”. Quisieran una Iglesia perfecta, “sin mancha ni arruga”, una Iglesia sin el sacramento del perdón, donde no tuviera que perdonarse nada por la perfección de sus miembros.

Quisieran una Iglesia prácticamente sin ningún sacramento, porque desde el momento que fuera necesario un sacramento sería reconocer la necesidad de la gracia, y por lo tanto la limitación humana, y en definitiva reconocer la imperfección humana. Son los cristianos que quisieran limitar la Iglesia a los solos pecados veniales, como si pudiéramos “contentar” a Dios con eso. ¡Ojalá se pudiese llegar a tal estado en toda la Iglesia en su marcha ascendente de un modo continuo! Pero la realidad es otra y bien distinta.

La parábola del “trigo y la cizaña” que nos trae el Evangelio nos ayudará a aclarar las ideas, si tenemos la valentía de meditarla a fondo y muchas veces. Aconsejo releer y meditar el capítulo 13 de San Mateo para comprender un poco más la naturaleza de la Iglesia.

Con frecuencia se suele presentar a la Iglesia de los primeros tiempos como el “ideal” y se destaca lo positivo solamente, ocultándose todo lo negativo. Y está bien. Pero ¿por qué no se utiliza el mismo procedimiento con la Iglesia de nuestros días?

Decía San Agustín: “Siempre he recordado que la Iglesia no tiene mancha ni arruga, no hay que entender que ella sea así desde ahora, sino que está preparada para serlo cuando aparezca en la gloria. Porque ahora, a causa de las ignorancias y debilidades de sus miembros, toda ella puede decir cada día ‘Perdónanos nuestras deudas’.”

El Padre Ramón Cué S. J. en su librito “YO CREO EN LA ALEGRÍA” nos regala esta canción que titula “Alegría frente a la cizaña”:

“¿Qué hay cizaña? ¡No importa! / ¡Que se alegren los trigos! Es lindo el campo. / ¿Qué crece la cizaña? Trigo, ¡crece más alto! / ¿Qué es mucha? Siempre abulta, más que el trigo, el escándalo. Y en todo caso, ¡lo sabe el Amo!... No habléis de la cizaña. Ella habla demasiado. Mira el trigo; no mires a la cizaña tanto. ¿Cizaña en toneladas? De trigo, ¡basta un grano! Y en todo caso, lo sabe el Amo… ¿Qué hay cizaña? ¡Pues sean los trigos más dorados! / ¿Crece? ¡Crezca en los trigos más apretado el grano! / El trigo que se angustia no es trigo limpio; es falso. La cizaña es tristeza. El trigo es luz y es cántico. / Y en todo caso, ¡lo sabe el Amo! ¡Que se alegren los trigos! Es lindo el campo”.

Sin desconocer que hay muchas cosas que no andan como deberían, y que es tarea nuestra “arreglar” este mundo, no nos desanime la cizaña. Con la gracia de Dios el trigo de nuestra esperanza, alegría y optimismo pesará más que toda la cizaña junta… Sobre este tema del mal volveremos a hablar. Por hoy, seamos trigo.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.83-85)

domingo, 12 de julio de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Cristo sí, Iglesia no (¡?)

 

En su extraordinaria exhortación “EVANGELII NUNTIANDI” (para anunciar el evangelio) el Papa Pablo VI dice: “Existe un nexo íntimo entre Cristo, la Iglesia y la evangelización. Mientras dure este tiempo de la Iglesia, es ella la que tiene a su cargo la tarea de evangelizar. Una tarea que no se cumple sin ella, ni mucho menos contra ella. En verdad, es conveniente recordar esto en un momento como el actual, en que no sin dolor podemos encontrar personas, que queremos juzgar bien intencionadas pero que en realidad están desorientadas en su espíritu, las cuales van repitiendo que su aspiración es amar a Cristo pero sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia. Lo absurdo de esta dicotomía se muestra con toda claridad en estas palabras del Evangelio: ‘el que a vosotros desecha, a mí me desecha’. ¿Cómo va a ser posible amar a Cristo sin amar a la Iglesia, siendo así que el más hermoso testimonio dado en favor de Cristo es el de San Pablo: ‘amó a la Iglesia y se entregó por ella’? (n. 16).

Ya desde su presentación en el templo, Jesús fue anunciado como “signo de contradicción” (Luc. 2,34). La sola presencia de Jesús entre los hombres en forma humana es motivo de escándalo y causa de división, no porque Cristo acepte a unos y rechace a otros, sino porque son los hombres quienes lo aceptan o rechazan.

Lo llamativo, por lo paradójico, es que no pocos rechazan a Cristo en nombre de Cristo mismo. Muy bien lo señala el Papa: Cristo sí, Iglesia no. Como si pudiera concebirse a Cristo sin su Iglesia, o contrario y hasta hostil a ella, en la que siempre habrá justos y pecadores, aun entre sus preferidos: “No soy yo, acaso, el que os eligió a vosotros, los Doce? Sin embargo, uno de vosotros es un demonio”.

Están completamente al margen de la verdad y por consiguiente desconectados de Cristo quienes manifiestan de palabra y con los hechos, que tienen su modo propio de entender y vivir la religión. ¿Cuál religión? ¿La verdadera? No. Por desoír y despreciar a la Iglesia, rechazan a Cristo y al mismo Padre (Luc 10,16). Entonces que no hablen de “su” cristianismo, de “su” catolicismo. La religión del egoísmo, de la soberbia, la religión de la justificación de actitudes opuestas al Evangelio, de la defensa de intereses puramente personales, sean intereses de bienes materiales, sean de situaciones de conducta moral, la religión de lo estrictamente “personal” e “individual”, nada tiene que ver con Cristo y la Iglesia, que es el Cristo aquí y hoy.

Los que deliberadamente ya han tomado una postura de rechazo “en bloque” de la Iglesia tal cual como se presenta, por más que invoquen el nombre de Cristo lo están traicionando por la espalda, son los remplazantes de Judas. Los que sistemáticamente hacen prescindencia de las leyes de la Iglesia, burlándose abiertamente de sus disposiciones, recomendaciones, exhortaciones, llamadas de atención, etc., están rechazando al mismo Cristo.

Los que suplantan las verdades del Evangelio con sus antojadizas y acomodaticias interpretaciones del mismo, en contra de toda la tradición de la Iglesia, y lo hacen en nombre de una pretendida “actualización”, “progreso”, “modernidad”, etc., rechazan a Cristo porque les resulta duro aceptar las exigencias de su doctrina. Es más fácil, menos riesgoso y comprometido, resulta más simpático, más popular, más aceptable hablar de un “cambio de estructuras” (aunque por sistema no se indique qué estructuras nuevas se van a imponer) etc., que aceptar el “arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15), o el “si no hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis” (Luc. 13, 3 y 5).

Muchos hace tiempo que están fuera de la Iglesia; pero en un momento determinado y como encontrando justificación a su nada recomendable “cristianismo”, le echan la culpa al sacerdote, a la Iglesia, etc., y por la incomprensión de los mismos “se alejan” de la Iglesia. ¡Pobres!

A Cristo lo aceptamos en su Iglesia, o no lo aceptamos.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 71-72)

 

domingo, 5 de julio de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Conocer a Cristo por su “Partida de Nacimiento”?

 

Domingo XIV (A) del tiempo ordinario

Evangelio de San Mateo 11,25-30

Verdaderamente la ignorancia es uno de los males que mayores daños sigue causando. La sentencia condenatoria de Adán: “con el sudor de tu frente comerás el pan”, se refiere a todos los quehaceres del hombre, que, a partir de allí, necesitará esforzarse permanentemente tanto en lo referente al cuerpo como al espíritu.

Ya sea por ignorancia total, o por un conocimiento deficiente, y por lo mismo equivocado, en materia religiosa, la conducta de los hombres adolece de graves errores. ¿para cuantos, por ejemplo, los Mandamientos constituyen una pesada carga, una imposición, y no una expresión de amor? ¿Para cuántos Dios mismo es Alguien que sólo controla las acciones humanas y no un ser inteligente, bondadoso, misericordioso, que hace todo lo posible para aproximársenos? ¿Cuántos consideran dura y hasta inhumana a la Iglesia, cuando ella nos recuerda nuestros deberes y obligaciones, o no “afloja” en cosas que no puede, no debe “aflojar”, porque no las ha impuesto ella? ¿O es que lo dicho por Jesús, antes de subir al cielo: “Id y enseñad… haced discípulos míos a todos los pueblos… enseñándoles a cumplir todo lo que yo os he mandado” (Mat. 28,19), es puro floreo humano?

¡Cuántas veces recibimos los Obispos y Sacerdotes críticas injustas de algunos que se tienen por muy cristianos (?), cuando cumplimos con nuestro cometido! Por ejemplo, cuando recordamos los deberes y obligaciones de los esposos, en lo relativo a la vida; cuando insistimos que los concubinos, los adúlteros… no pueden recibir los sacramentos, no pueden ser padrinos, etc. No hacemos más que “enseñar a cumplir todo lo que nos ha mandado” Jesús. Cuando decimos no al aborto, no a los anticonceptivos, no a las relaciones prematrimoniales, cuando decimos no a los ladrones, a los usureros, no a tanta pornografía escrita o puesta en evidencia por la desnudez de algunas modas puercas… etc…, no estamos obrando por prejuicios o caprichos trastornados. Simplemente estamos cumpliendo con nuestro deber, y tratando de salvar nuestra alma, ya que parece tan difícil o casi “imposible” salvar a tantos “doctores” en religión que obtuvieron su título en las aulas de la ignorancia, en las facultades de los vicios y otras especialidades asnales.

Jesús nos dice en el Evangelio: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis alivio”. La enseñanza de Jesús y nuestro aprendizaje tienen que realizarse en un diálogo íntimo, sincero, confiado, en la oración, en la meditación. ¿Cuántos jamás dedican un tiempo a la reflexión serena, profunda! El conocimiento de una persona se logra a través de un trato personal, afectuoso y hasta familiar. Nunca por la “partida” de nacimiento, ni por el currículum (se acentúa en la í y no en… otra parte) de vida. Conocer a Cristo a través de la “historia” de los Evangelios solamente, es saber unos “datos” y nada más.

Su paciencia, su mansedumbre, su humildad, descubiertas en el diálogo de la oración, nos revelarán el gran secreto de que El y sus exigencias no son algo “pesado”, “inaguantable”… sino todo lo contrario: agradables, posibles, “yugo suave” y hasta apetecible. Cuando se ama de verdad ¿qué no se hace por el amado? Cuando hay verdadero amor ¿no resulta hasta agradable el sacrificio que implique dar un gusto, una alegría, un signo, una prueba al amado?


Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.77-78)

 

lunes, 29 de junio de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: No prevalecerán

 

Solemnidad de san Pedro y san Pablo, apóstoles

Evangelio de san Mateo 16,13-19

Nuestro pensamiento en este día gira en torno a la persona de Pedro, el Vicario de Cristo, Jefe de la comunidad de los doce Apóstoles, y Jefe, por lo tanto, de toda la Iglesia. Por eso, invariablemente, cuando se nombra a Pedro, de inmediato lo relacionamos con Cristo, y recordamos aquellas palabras que el Hijo de Dios le dijera: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mat. 16,18).

Pedro, por consiguiente, es la base, el cimiento, la piedra sin la cual no podría subsistir la Iglesia edificada por Cristo.

Conviene entender bien esto, máxime en estos momentos en que no pocos quisieran sustituir el fundamento puesto por el mismo Cristo.

Cuando un arquitecto construye una iglesia, una catedral, un santuario, o cualquier edificio importante, tiene buen cuidado de colocar sólidos cimientos. Cuanto más grande y alto el edificio, tanto más hondos y seguros deben ser los cimientos. Una vez concluida la obra el arquitecto se va tranquilo porque ha puesto una buena base. El cimiento se queda; debe quedarse, no puede irse, no puede faltar. De lo contrario, la edificación se vendría abajo.

Cristo es el arquitecto. Ha construido su Iglesia sobre Pedro. Pero no sobre Pedro por ser tal o cual persona, sino sobre Pedro en cuanto debe desempeñar un determinado oficio, el oficio que le confía el mismo Cristo: “Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que atares en la tierra será atado en los Cielos, y lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mat. 16,19).

En la solemnidad de la Ultima Cena, en esos momentos tan grandes y de tanta intimidad de Cristo con sus Apóstoles, Jesús le dice a Pedro, en presencia de los demás: “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder zarandearte como trigo. Pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Luc. 22, 31-32). En mi reciente visita al Papa he comprobado plenamente esto.

Después de su Resurrección, exigida la triple confesión de Pedro, Jesús al conferirle el Primado, en presencia de los demás, por tres veces le encarga “apacentar” a los corderos y a las ovejas (Juan 21, 15-17).

El pleno poder -“toda potestad en el cielo y en la tierra”- que tiene Cristo, se lo confiere, se lo traspasa a Pedro. Por tanto, Pedro actuará en lugar, en nombre y con la suprema autoridad de Cristo. Pedro es “Vicario de Cristo” y no de la Iglesia. Es Cristo quien le da los poderes y no la comunidad eclesial.

“La concepción de la Iglesia como una comunión fraterna de iguales, está en radical oposición con la visión católica; y el que lo acepte, consciente de lo que tal concepción significa, se pone fuera de la comunión católica” (Civiltà Cattolica*, 29 de junio de 1973).

Cristo promete la indefectibilidad y la indestructibilidad de la Iglesia por El fundada. Es contra esa Iglesia “contra la que no prevalecerán las puertas del infierno”.

Con certeza absoluta la Iglesia podrá predecir siempre la triste suerte de sus adversarios, contra los que debe luchar siempre. Así como ha visto descender a la tumba tantos sistemas, errores, herejías, la Iglesia asistirá también a los funerales de los totalitarismos presentes del signo que fueren. “Las puertas del infierno no prevalecerán”.

Lo importante para nosotros, los católicos, es tener la madurez suficiente para ser fieles a la Iglesia de Cristo, con nuestra total adhesión al papa. Es necesario saber desconfiar prudentemente de tanto infantilismo ideológico, como si Cristo hubiera sido un “ideólogo”. Desconfiar de tanta soberbia “intelectualoide” que usurpa un título que no le corresponde, ni por ciencia ni por teología. Nuestra fidelidad al Papa, al auténtico Magisterio de la Iglesia, es la única garantía de sabernos en la libertad de los hijos de Dios y en la genuina verdad que nos hace verdaderamente libres.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.75-77)




* La Civiltà Cattolica (La Civilización Católica) es una revista católica italiana fundada en 1850. La revista fue fundada en Nápoles por un grupo de jesuitas, quienes querían defender la «civilización católica» (civiltà cattolica) de las amenazas de aquellos que percibían como enemigos de la Iglesia, liberales y francmasones, en el contexto de la Unificación de Italia. Fue durante décadas una de las revistas católicas más influyentes de todo el mundo, hoy sigue siendo la revista cultural internacional de la Compañía de Jesús.

domingo, 7 de junio de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: El Amor tiene una fiesta, ¿La conoces?

Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo

Hay un expresivo himno litúrgico que dice: “Allí donde hay amor verdadero, allí está Dios”. San Juan dijo: “DIOS ES AMOR, y quien permanece en el amor, en Dios permanece y Dios en él” (I Juan 4, 16). Una consecuencia lógica se sigue de esto: un amor en el que Dios no está presente, no es verdadero, no es auténtico amor. O dicho de otro modo: el amor que no hace presente a Dios, que es el origen, la fuente de todo amor verdadero, no es auténtico amor. Y nada digamos del “amor” que tantísimas veces aleja al hombre de Dios, lo excluye a Dios, como por ej. en las relaciones prematrimoniales, que son un pecado -con todas las letras-, que son una “animalada” y no un acto racional, que es lo característico del amor. El irracional es incapaz de amar. Obra por instinto.

Celebramos hoy la FIESTA DEL AMOR por excelencia. La presencia de Jesús en la Eucaristía. Desde el punto que se mire, desde cualquier aspecto que se considere la presencia real, auténtica, verdadera, de Jesús en la Eucaristía, como Dios verdadero y como hombre verdadero, siempre aparecerá la realidad del amor. Es El mismo, presente entre nosotros porque nos ama. Es como mirar al sol, sea al amanecer, sea al mediodía, sea al atardecer, siempre lo tenemos de frente.

La Eucaristía puede ser considerada en sí misma y en sus efectos.

* En sí misma: Es el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Jesús. Las palabras del Señor no admiten interpretación torcida. TOMAD Y COMED, ESTO ES MI CUERPO… TOMAD Y BEBED, ESTA ES MI SANGRE… HACED ESTO EN MEMORIA MÍA. No sólo se realizó esto en la Última Cena, sino que además Jesús dio poder especial a sus Apóstoles -y a todos sus sucesores- para hacer lo mismo. ¿Pudo hacer esto?  ¡Claro que sí! ¿Se opone esto a la majestad, a la santidad, a la dignidad de Dios? ¡De ningún modo! Y todo esto lo hizo por amor, ya que NADIE TIENE MAYOR AMOR QUE AQUEL QUE DA LA VIDA POR EL AMADO (Juan 15,13). Entregar su Cuerpo y dar su Sangre es dar la vida, por nosotros, por toda la humanidad. Dice San Pablo: “Cristo… me amó y se entregó por mi” (Gál. 2,20).

Es la Eucaristía la consecuencia del amor de Cristo, amor siempre presente, actual, reconfortante: Y SABED QUE YO ESTOY CON VOSOTROS TODOS LOS DÍAS HASTA LA CONSUMACIÓN DE LOS SIGLOS (Mat. 28,20).

* En sus efectos: Ya lo dijimos. El amor une, congrega. Jamás dispersa, jamás divide, jamás origina separación, pugna o rechazo. La Eucaristía, esta presencia amorosa de Cristo Dios y hombre, debe unirnos cada vez más, unirnos a Jesucristo y unirnos entre nosotros. Debe producir un fuerte deseo de unidad. Unidad en pensamientos, unidad en criterios, unidad en la acción apostólica. Unidad no sólo en lo externo, sino unidad “de corazón”, unidad que es amor. No significa esto la supresión de la sana, necesaria y enriquecedora multiplicidad. Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II, interpretando a San Pablo: “Hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión” (Apost. Laic. 2).

La Eucaristía debe hacernos vivir en profundidad nuestra vocación a la santidad. Pues la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios (Gaud. Et Spes 19). Nada hay más importante ni urgente que esto.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.114-115)

 

domingo, 31 de mayo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: El Dios que ama, no condena

 

Solemnidad de la Santísima Trinidad (A)

Evangelio de San Juan 3,16-18

Por el hecho de que el misterio de la Santísima Trinidad sea, a veces, presentado o considerado en su aspecto más difícil -UN SOLO DIOS VERDADERO EN TRES PERSONAS DISTINTAS-, algo que la mente humana es incapaz de entender, toda la riqueza que entraña esta hermosa realidad, queda desaprovechada por la inmensa mayoría de los cristianos. Muy común es una actitud algo indiferente ante esta verdad. Como es algo que no se puede comprender, se deja de lado este misterio, no se piensa, no se vive y no se goza del mismo. Y sobre todo, al creer que es un misterio “intocable”, se puede llegar a una práctica negación del mismo.

El misterio no es algo negativo o que no se puede entender. Es todo lo contrario: podemos irlo conociendo más y más sin que lo agotemos o abarquemos del todo. En la contemplación de un misterio descubrimos que siempre es más lo que nos queda por conocer. Esto es admirable: nunca podemos llegar al punto final.

De allí que al celebrar hoy la Fiesta de la Santísima Trinidad la Iglesia, a través de la Liturgia, nos haga pedir que Dios nos conceda: a) profesar la fe verdadera; b) conocer la gloria de la eterna Trinidad; c) y adorar su unidad poderosa.

a) Profesar la fe verdadera. La que sustancialmente está en el Credo, que es el Himno Universal de los cristianos. Allí está resumida toda la obra misericordiosa de Dios a través de la cual percibimos su eterna, inmutable, omnipotente y amorosa realidad y presencia. Particularmente, la fe verdadera nos muestra la inmensa bondad de Dios que no quiere la condenación de nadie, y tan es así que el Padre envía a su Hijo Jesucristo para que nos lo diga abiertamente que “Dios no mandó a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (San Juan 3 – Evangelio de hoy). La presencia de Cristo, la realidad de la Iglesia con toda la realidad de la gracia divina, la doctrina, el Magisterio infalible, nos hablan del amor de la Trinidad.

b) Conocer la gloria. Muy unido a lo anterior, es el conocimiento que debemos tener de la Trinidad eterna a través de las enseñanzas de Jesús, y de la acción y obra que de un modo especial se atribuye a cada una de las Tres Divinas Personas. Se atribuye al Padre la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la Santificación. Juntamente se afirma la presencia de toda la Trinidad en el alma. Reconocer las buenas obras y acciones de otro, y sentirse destinatario de las mismas, es una forma de glorificarlo. ¿Qué no hizo Dios por nosotros para salvarnos?

c) Adorar su unidad todopoderosa. Quizás nos cueste tanto adentrarnos más en este misterio precisamente por no estar habituados a la verdadera oración de alabanza. Por lo común creemos que nuestras oraciones deben ser de petición. Miramos nuestras necesidades (lo único que nos interesa) en nuestra relación con Dios. Como si un hijo fuera incapaz de estar junto a su padre sin estar pidiéndole constantemente “cosas”. Lo lamentable es que no pocos creen que si no tienen nada que pedir, no pueden hacer oración. Cuando llegue el día en que seamos capaces de gozarnos en nuestra comunicación con Dios sin pedirle más que su amor y su gracia, nos habremos aproximado a la realidad del misterio. Con eso tendremos la dicha total, lo que tanto anhelamos. DIOS y SOLO EL: BASTA.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.14-15)

 

domingo, 24 de mayo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Luz verde para la Iglesia

 

Domingo de Pentecostés

Cincuenta días después de la Resurrección celebramos el extraordinario acontecimiento de la venida del Espíritu Santo que los Apóstoles, reunidos con la Virgen María en vigilante espera, recibieron en cumplimiento de la promesa que Jesús les había hecho antes de subir a los cielos.

Tan llamativo y trascendental fue este hecho que acertadamente se lo considera siempre como la manifestación pública y oficial de la Iglesia y el comienzo de la actividad apostólica de la misma en cumplimiento de la misión que su Divino Fundador le impusiera: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura” (Marc. 16,15). Hoy diríamos: se dio la luz verde para que la obra de Jesús, su Iglesia, empezara a circular, sin detenerse ya jamás, trazando la ruta de la historia entre los hombres de todos los tiempos, países, condiciones sociales, económicas, culturales.

¡Tantas y tan hermosas cosas podríamos decir en esta ocasión!

Tengamos presente que homenajeamos a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad: el Espíritu Santo. El Padre eterno no puede existir sin el Hijo, ni el Hijo Jesucristo sin el Padre. Este lazo de unión, este amor mutuo, recíproco y eterno del Padre y del Hijo es una realidad concreta y eterna, tiene existencia concreta, y es el Espíritu Santo.

La presencia del Espíritu Santo en la Iglesia, en las almas, se manifiesta a través de la multiforme, variada y abundantísima acción que desarrollan todos los miembros, vitalmente unidos a Cristo.

La misma humanidad de Jesús es obra del Espíritu Santo. La concepción virginal de Jesús en las entrañas de María Santísima fue posible en virtud de la acción del Espíritu Santo, del que por otra parte la Virgen estaba rebosante: “Salve, llena de gracia, el Señor es contigo” (Luc. 1,28). El Ángel le dice: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios” (Luc. 1,35).

La conversión e instrucción de los Apóstoles, que tantos desvelos, preocupaciones y paciencia demandaron de Jesús, sin que pudiera lograr totalmente su propósito quedó consumada, al recibir ellos al Espíritu Santo, se vieron totalmente transformados, como hechos de nuevo, no sólo instruidos, sino también, y sobre todo, comprometidos audazmente.

Hombres nuevos por dentro y por fuera. Por dentro: convencidos de su alta misión. Nuevos por fuera: convincentes por el testimonio de su vida. Hombres de palabras claras y de acciones decididas. Hombres totalmente de Dios y profundamente humanos. Hombres de oración y de trabajo manual cuando las circunstancias lo requerían. Hombres defensores de los derechos de todos, con la entrega total de su propia vida a la causa de la fe. Hombres maestros de los hombres, pero siempre discípulos, aprendices, alumnos de Cristo, atentos a las enseñanzas del Espíritu Santo, que fue modelando constantemente esas almas y haciéndolas crecer “a la medida de la talla que corresponde a la plenitud de Cristo” (Efes. 4,13).

Uno de los efectos del Espíritu Santo que se percibe claramente en los Apóstoles es el de la unidad. Todos al servicio de todos para salvar a todos. Cristo había rogado a su Padre por esta unidad entre los Apóstoles (y todos los cristianos): “para que sean uno como nosotros”… “para que todos sean uno, como tú, Padre, que estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado (Juan 17,11 y 21). El mundo creerá en Jesús por el testimonio de unidad de los Apóstoles y todos los miembros del Pueblo de Dios.

El antitestimonio de la desunión entre los cristianos es el pecado más grande y el daño peor que sufre la Iglesia. Desunión en cosas grandes y pequeñas. El que no se preocupa de la unión en las cosas pequeñas es porque ya en su espíritu lleva el germen de la desunión en cosas fundamentales.

Trabajemos para que haya más unidad entre nosotros, para que no se apague, por culpa nuestra, la luz verde que el Espíritu Santo encendió en la Iglesia.

  

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.339-340)

 

domingo, 17 de mayo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Cristo ¿Dónde estás? Cristiano ¿Qué esperas?

 

Ascensión del Señor (A)

Mt 28,16-20

Todos los años celebramos el misterio de la Ascensión de Jesús al cielo, como celebramos muchos otros misterios referentes a su vida, su permanencia y acción entre nosotros. Estas celebraciones de cada año deben ser una novedad y no una simple recordación.

Es fácil entender esto. La REDENCIÓN no es un hecho acabado, concluido, cerrado. La Redención es la realidad, la sustancia, la esencia misma de la Iglesia. Una Iglesia que no estuviera en constante proceso de Redención, no sería la Iglesia de Cristo. Una Iglesia donde no hubiera constantes nacimientos por el Bautismo, y regeneraciones por el sacramento de la Confesión, pronto dejaría de ser Iglesia. Una Iglesia donde no hubiera constante presencia del Señor por la celebración de la Eucaristía no “propagaría el reino de Cristo, y no daría gloria a todos los hombres” (Apost. Act. 2), no sería la Iglesia en la que Cristo prometió su permanencia hasta el fin de los siglos (Mat. 28,20).

Una Iglesia sin los Sacramentos, esos medios instituidos por el mismo Jesús, que nos confieren la gracia que redime, que santifica y fortalece, y en definitiva nos salva, haría totalmente ineficaz la Redención, la truncaría, pues Cristo debe seguir redimiendo a la humanidad, a cada hombre. La Iglesia es el lugar permanente de la transformación del hombre, puesto en este mundo, con la ineludible misión de transformarlo según el plan salvífico de Dios.

Hoy celebramos la Ascensión de Jesús. Esto significa que la Iglesia comienza la tarea que El le ha encomendado. Con la Ascensión de Jesús empieza el ejercicio de nuestra responsabilidad apostólica. También a nosotros nos dicen los Ángeles: “Hombres… ¿por qué seguís mirando el cielo? Este Jesús… vendrá de la misma manera que lo habéis visto partir” (Hech. 1,11). Esto es: Jesús se fue al cielo, pero nos encomendó una misión bien concreta, ser sus testigos hasta el último rincón del mundo. Un día volverá para pedirnos cuenta.

¡Ser testigos! Debemos testimoniar a Cristo, muerto por nuestros pecados, pero resucitado porque es Dios, y por consiguiente toda su doctrina es valedera para siempre. De este testimonio nuestro dependen dos cosas: a) la transformación del mundo; b) nuestra propia salvación. Ambas cosas muy unidas. Por eso debemos ser testigos de Cristo en todas partes.

Donde haya un cristiano, un bautizado, debe resplandecer el testimonio. Debe ser patente la Verdad, la Justicia, el Amor, la Virtud, debe ser permanentemente combatida la mentira, el error, toda clase de injusticia, el odio, el pecado. Donde haya un cristiano de verdad, deberían callarse, ocultarse los hipócritas, los cínicos, los corruptores, los inmorales, los cobardes, los deshonestos… Pero ¿no sucede lo contrario? ¿No se sienten “apocados”, avergonzados, los cristianos -en muchos ambientes-, que más bien parecen “falsos testigos”? Porque el que no grita su testimonio con su palabra y conducta, es un traidor, un falso testigo. Más bien declara contra Cristo. Presenta a un falso Cristo.

Cristiano, ¿Qué esperas para actuar? No nos quejemos de los males. Hagamos presente a Cristo. Esa es nuestra misión. Si no, seremos inexcusables.

 

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.336-337)