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domingo, 7 de junio de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: El Amor tiene una fiesta, ¿La conoces?

Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo

Hay un expresivo himno litúrgico que dice: “Allí donde hay amor verdadero, allí está Dios”. San Juan dijo: “DIOS ES AMOR, y quien permanece en el amor, en Dios permanece y Dios en él” (I Juan 4, 16). Una consecuencia lógica se sigue de esto: un amor en el que Dios no está presente, no es verdadero, no es auténtico amor. O dicho de otro modo: el amor que no hace presente a Dios, que es el origen, la fuente de todo amor verdadero, no es auténtico amor. Y nada digamos del “amor” que tantísimas veces aleja al hombre de Dios, lo excluye a Dios, como por ej. en las relaciones prematrimoniales, que son un pecado -con todas las letras-, que son una “animalada” y no un acto racional, que es lo característico del amor. El irracional es incapaz de amar. Obra por instinto.

Celebramos hoy la FIESTA DEL AMOR por excelencia. La presencia de Jesús en la Eucaristía. Desde el punto que se mire, desde cualquier aspecto que se considere la presencia real, auténtica, verdadera, de Jesús en la Eucaristía, como Dios verdadero y como hombre verdadero, siempre aparecerá la realidad del amor. Es El mismo, presente entre nosotros porque nos ama. Es como mirar al sol, sea al amanecer, sea al mediodía, sea al atardecer, siempre lo tenemos de frente.

La Eucaristía puede ser considerada en sí misma y en sus efectos.

* En sí misma: Es el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Jesús. Las palabras del Señor no admiten interpretación torcida. TOMAD Y COMED, ESTO ES MI CUERPO… TOMAD Y BEBED, ESTA ES MI SANGRE… HACED ESTO EN MEMORIA MÍA. No sólo se realizó esto en la Última Cena, sino que además Jesús dio poder especial a sus Apóstoles -y a todos sus sucesores- para hacer lo mismo. ¿Pudo hacer esto?  ¡Claro que sí! ¿Se opone esto a la majestad, a la santidad, a la dignidad de Dios? ¡De ningún modo! Y todo esto lo hizo por amor, ya que NADIE TIENE MAYOR AMOR QUE AQUEL QUE DA LA VIDA POR EL AMADO (Juan 15,13). Entregar su Cuerpo y dar su Sangre es dar la vida, por nosotros, por toda la humanidad. Dice San Pablo: “Cristo… me amó y se entregó por mi” (Gál. 2,20).

Es la Eucaristía la consecuencia del amor de Cristo, amor siempre presente, actual, reconfortante: Y SABED QUE YO ESTOY CON VOSOTROS TODOS LOS DÍAS HASTA LA CONSUMACIÓN DE LOS SIGLOS (Mat. 28,20).

* En sus efectos: Ya lo dijimos. El amor une, congrega. Jamás dispersa, jamás divide, jamás origina separación, pugna o rechazo. La Eucaristía, esta presencia amorosa de Cristo Dios y hombre, debe unirnos cada vez más, unirnos a Jesucristo y unirnos entre nosotros. Debe producir un fuerte deseo de unidad. Unidad en pensamientos, unidad en criterios, unidad en la acción apostólica. Unidad no sólo en lo externo, sino unidad “de corazón”, unidad que es amor. No significa esto la supresión de la sana, necesaria y enriquecedora multiplicidad. Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II, interpretando a San Pablo: “Hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión” (Apost. Laic. 2).

La Eucaristía debe hacernos vivir en profundidad nuestra vocación a la santidad. Pues la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios (Gaud. Et Spes 19). Nada hay más importante ni urgente que esto.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.114-115)

 

domingo, 31 de mayo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: El Dios que ama, no condena

 

Solemnidad de la Santísima Trinidad (A)

Evangelio de San Juan 3,16-18

Por el hecho de que el misterio de la Santísima Trinidad sea, a veces, presentado o considerado en su aspecto más difícil -UN SOLO DIOS VERDADERO EN TRES PERSONAS DISTINTAS-, algo que la mente humana es incapaz de entender, toda la riqueza que entraña esta hermosa realidad, queda desaprovechada por la inmensa mayoría de los cristianos. Muy común es una actitud algo indiferente ante esta verdad. Como es algo que no se puede comprender, se deja de lado este misterio, no se piensa, no se vive y no se goza del mismo. Y sobre todo, al creer que es un misterio “intocable”, se puede llegar a una práctica negación del mismo.

El misterio no es algo negativo o que no se puede entender. Es todo lo contrario: podemos irlo conociendo más y más sin que lo agotemos o abarquemos del todo. En la contemplación de un misterio descubrimos que siempre es más lo que nos queda por conocer. Esto es admirable: nunca podemos llegar al punto final.

De allí que al celebrar hoy la Fiesta de la Santísima Trinidad la Iglesia, a través de la Liturgia, nos haga pedir que Dios nos conceda: a) profesar la fe verdadera; b) conocer la gloria de la eterna Trinidad; c) y adorar su unidad poderosa.

a) Profesar la fe verdadera. La que sustancialmente está en el Credo, que es el Himno Universal de los cristianos. Allí está resumida toda la obra misericordiosa de Dios a través de la cual percibimos su eterna, inmutable, omnipotente y amorosa realidad y presencia. Particularmente, la fe verdadera nos muestra la inmensa bondad de Dios que no quiere la condenación de nadie, y tan es así que el Padre envía a su Hijo Jesucristo para que nos lo diga abiertamente que “Dios no mandó a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (San Juan 3 – Evangelio de hoy). La presencia de Cristo, la realidad de la Iglesia con toda la realidad de la gracia divina, la doctrina, el Magisterio infalible, nos hablan del amor de la Trinidad.

b) Conocer la gloria. Muy unido a lo anterior, es el conocimiento que debemos tener de la Trinidad eterna a través de las enseñanzas de Jesús, y de la acción y obra que de un modo especial se atribuye a cada una de las Tres Divinas Personas. Se atribuye al Padre la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la Santificación. Juntamente se afirma la presencia de toda la Trinidad en el alma. Reconocer las buenas obras y acciones de otro, y sentirse destinatario de las mismas, es una forma de glorificarlo. ¿Qué no hizo Dios por nosotros para salvarnos?

c) Adorar su unidad todopoderosa. Quizás nos cueste tanto adentrarnos más en este misterio precisamente por no estar habituados a la verdadera oración de alabanza. Por lo común creemos que nuestras oraciones deben ser de petición. Miramos nuestras necesidades (lo único que nos interesa) en nuestra relación con Dios. Como si un hijo fuera incapaz de estar junto a su padre sin estar pidiéndole constantemente “cosas”. Lo lamentable es que no pocos creen que si no tienen nada que pedir, no pueden hacer oración. Cuando llegue el día en que seamos capaces de gozarnos en nuestra comunicación con Dios sin pedirle más que su amor y su gracia, nos habremos aproximado a la realidad del misterio. Con eso tendremos la dicha total, lo que tanto anhelamos. DIOS y SOLO EL: BASTA.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.14-15)

 

domingo, 24 de mayo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Luz verde para la Iglesia

 

Domingo de Pentecostés

Cincuenta días después de la Resurrección celebramos el extraordinario acontecimiento de la venida del Espíritu Santo que los Apóstoles, reunidos con la Virgen María en vigilante espera, recibieron en cumplimiento de la promesa que Jesús les había hecho antes de subir a los cielos.

Tan llamativo y trascendental fue este hecho que acertadamente se lo considera siempre como la manifestación pública y oficial de la Iglesia y el comienzo de la actividad apostólica de la misma en cumplimiento de la misión que su Divino Fundador le impusiera: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura” (Marc. 16,15). Hoy diríamos: se dio la luz verde para que la obra de Jesús, su Iglesia, empezara a circular, sin detenerse ya jamás, trazando la ruta de la historia entre los hombres de todos los tiempos, países, condiciones sociales, económicas, culturales.

¡Tantas y tan hermosas cosas podríamos decir en esta ocasión!

Tengamos presente que homenajeamos a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad: el Espíritu Santo. El Padre eterno no puede existir sin el Hijo, ni el Hijo Jesucristo sin el Padre. Este lazo de unión, este amor mutuo, recíproco y eterno del Padre y del Hijo es una realidad concreta y eterna, tiene existencia concreta, y es el Espíritu Santo.

La presencia del Espíritu Santo en la Iglesia, en las almas, se manifiesta a través de la multiforme, variada y abundantísima acción que desarrollan todos los miembros, vitalmente unidos a Cristo.

La misma humanidad de Jesús es obra del Espíritu Santo. La concepción virginal de Jesús en las entrañas de María Santísima fue posible en virtud de la acción del Espíritu Santo, del que por otra parte la Virgen estaba rebosante: “Salve, llena de gracia, el Señor es contigo” (Luc. 1,28). El Ángel le dice: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios” (Luc. 1,35).

La conversión e instrucción de los Apóstoles, que tantos desvelos, preocupaciones y paciencia demandaron de Jesús, sin que pudiera lograr totalmente su propósito quedó consumada, al recibir ellos al Espíritu Santo, se vieron totalmente transformados, como hechos de nuevo, no sólo instruidos, sino también, y sobre todo, comprometidos audazmente.

Hombres nuevos por dentro y por fuera. Por dentro: convencidos de su alta misión. Nuevos por fuera: convincentes por el testimonio de su vida. Hombres de palabras claras y de acciones decididas. Hombres totalmente de Dios y profundamente humanos. Hombres de oración y de trabajo manual cuando las circunstancias lo requerían. Hombres defensores de los derechos de todos, con la entrega total de su propia vida a la causa de la fe. Hombres maestros de los hombres, pero siempre discípulos, aprendices, alumnos de Cristo, atentos a las enseñanzas del Espíritu Santo, que fue modelando constantemente esas almas y haciéndolas crecer “a la medida de la talla que corresponde a la plenitud de Cristo” (Efes. 4,13).

Uno de los efectos del Espíritu Santo que se percibe claramente en los Apóstoles es el de la unidad. Todos al servicio de todos para salvar a todos. Cristo había rogado a su Padre por esta unidad entre los Apóstoles (y todos los cristianos): “para que sean uno como nosotros”… “para que todos sean uno, como tú, Padre, que estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado (Juan 17,11 y 21). El mundo creerá en Jesús por el testimonio de unidad de los Apóstoles y todos los miembros del Pueblo de Dios.

El antitestimonio de la desunión entre los cristianos es el pecado más grande y el daño peor que sufre la Iglesia. Desunión en cosas grandes y pequeñas. El que no se preocupa de la unión en las cosas pequeñas es porque ya en su espíritu lleva el germen de la desunión en cosas fundamentales.

Trabajemos para que haya más unidad entre nosotros, para que no se apague, por culpa nuestra, la luz verde que el Espíritu Santo encendió en la Iglesia.

  

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.339-340)

 

domingo, 17 de mayo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Cristo ¿Dónde estás? Cristiano ¿Qué esperas?

 

Ascensión del Señor (A)

Mt 28,16-20

Todos los años celebramos el misterio de la Ascensión de Jesús al cielo, como celebramos muchos otros misterios referentes a su vida, su permanencia y acción entre nosotros. Estas celebraciones de cada año deben ser una novedad y no una simple recordación.

Es fácil entender esto. La REDENCIÓN no es un hecho acabado, concluido, cerrado. La Redención es la realidad, la sustancia, la esencia misma de la Iglesia. Una Iglesia que no estuviera en constante proceso de Redención, no sería la Iglesia de Cristo. Una Iglesia donde no hubiera constantes nacimientos por el Bautismo, y regeneraciones por el sacramento de la Confesión, pronto dejaría de ser Iglesia. Una Iglesia donde no hubiera constante presencia del Señor por la celebración de la Eucaristía no “propagaría el reino de Cristo, y no daría gloria a todos los hombres” (Apost. Act. 2), no sería la Iglesia en la que Cristo prometió su permanencia hasta el fin de los siglos (Mat. 28,20).

Una Iglesia sin los Sacramentos, esos medios instituidos por el mismo Jesús, que nos confieren la gracia que redime, que santifica y fortalece, y en definitiva nos salva, haría totalmente ineficaz la Redención, la truncaría, pues Cristo debe seguir redimiendo a la humanidad, a cada hombre. La Iglesia es el lugar permanente de la transformación del hombre, puesto en este mundo, con la ineludible misión de transformarlo según el plan salvífico de Dios.

Hoy celebramos la Ascensión de Jesús. Esto significa que la Iglesia comienza la tarea que El le ha encomendado. Con la Ascensión de Jesús empieza el ejercicio de nuestra responsabilidad apostólica. También a nosotros nos dicen los Ángeles: “Hombres… ¿por qué seguís mirando el cielo? Este Jesús… vendrá de la misma manera que lo habéis visto partir” (Hech. 1,11). Esto es: Jesús se fue al cielo, pero nos encomendó una misión bien concreta, ser sus testigos hasta el último rincón del mundo. Un día volverá para pedirnos cuenta.

¡Ser testigos! Debemos testimoniar a Cristo, muerto por nuestros pecados, pero resucitado porque es Dios, y por consiguiente toda su doctrina es valedera para siempre. De este testimonio nuestro dependen dos cosas: a) la transformación del mundo; b) nuestra propia salvación. Ambas cosas muy unidas. Por eso debemos ser testigos de Cristo en todas partes.

Donde haya un cristiano, un bautizado, debe resplandecer el testimonio. Debe ser patente la Verdad, la Justicia, el Amor, la Virtud, debe ser permanentemente combatida la mentira, el error, toda clase de injusticia, el odio, el pecado. Donde haya un cristiano de verdad, deberían callarse, ocultarse los hipócritas, los cínicos, los corruptores, los inmorales, los cobardes, los deshonestos… Pero ¿no sucede lo contrario? ¿No se sienten “apocados”, avergonzados, los cristianos -en muchos ambientes-, que más bien parecen “falsos testigos”? Porque el que no grita su testimonio con su palabra y conducta, es un traidor, un falso testigo. Más bien declara contra Cristo. Presenta a un falso Cristo.

Cristiano, ¿Qué esperas para actuar? No nos quejemos de los males. Hagamos presente a Cristo. Esa es nuestra misión. Si no, seremos inexcusables.

 

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.336-337)

domingo, 10 de mayo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¡Si, te quiero! y resurrección

 VI Domingo de Pascua

Jn 14,15-21

Dios solamente puede hacer cosas de la nada, y únicamente con el poder de su voluntad. Eso es crear. Los hombres jamás crean nada en el sentido estricto del término. Hacen “combinaciones” con cosas que ya existen. Hacen cosas “nuevas”. Pero en realidad no las crean. Además se necesitan medios para hacer o realizar algo. Esto en todos los órdenes; pero de un modo especial en lo referente a la eterna salvación. Jesús lo dice claramente: “Sin mí nada podéis hacer” (Juan 15,5).

Como cristianos, como católicos, por nuestro bautismo y confirmación, tenemos una fundamental misión en nuestra vida. Hemos de ser testigos de la Resurrección de Cristo ante los hombres, ante todo el mundo. Poco a poco tenemos que ir ampliando el conocimiento de esto, clarificando y entendiendo mejor aquello de que estamos aquí en la tierra “para conocer, amar y servir a Dios en este mundo y luego gozar con El en la Vida Eterna”, como decían nuestros viejos catecismos. No se trata de una idea egocéntrica, es decir, que me lleva a preocuparme por mi salvación en forma individual; he de comprender que mi salvación tiene relación con la salvación de los demás, que se ha de obrar por la gracia de Dios y el esfuerzo personal de cada uno. Para hacer más fácil, o menos difícil, este esfuerzo, es necesario que también las cosas estén ordenadas según la mente, el querer de Dios. Nuestras actividades espirituales y materiales, culturales, sociales, económicas, políticas, todo ha de servir para ese fin. Es en todo esto tan concreto donde ser ha de realizar ese conocimiento, ese servicio, y ese amor de Dios para alcanzar la eterna felicidad.

Realizando estas tareas seremos testigos de la Resurrección de Jesús hasta el último rincón de la tierra, y hasta la terminación del mundo. Para ello necesitamos la ayuda especial de Dios. Esta ayuda nos la ha prometido Jesús con el envío del espíritu santo que nos “enseñará” y nos “recordará” todo lo que nos dijo El, con la garantía de su propia presencia, no circunscripta a un lugar, sino misteriosamente real en cada uno de nosotros. “Me voy y vuelo a vuestro lado”. Para que ello se dé es necesario que nos mantengamos en el amor: “El que me ama guardará mis palabras y mi padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras”. Mas claro imposible.

El amor se ha de manifestar en la fidelidad al Señor, a sus mandamientos, que en el día de nuestro bautismo hemos jurado cumplir, aunque muchas veces ello nos resulte oneroso, “aunque salgamos perjudicados” (Salmo 14,4). Amor real y auténtico es eso: fidelidad a todo lo que se ha prometido cumplir. No confundir amor a Dios con “suspiros” y/o “emociones”, ni el amor al prójimo con las satisfacciones que se puedan experimentar tanto al dar algo como al recibir el reconocimiento o la retribución por la acción realizada.

Dar testimonio de la Resurrección es mantener, por ejemplo, la fidelidad a ese juramento del “¡Sí, te quiero!” matrimonial, que se ha prometido ante Dios mismo, ante la comunidad de parientes y amigos. Si ese “Si” fue sincero, auténtico, nacido del amor, debe perdurar inalterable a través del tiempo. Ese amor debe ser ejercicio, actualizado, como la RESURRECCIÓN.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.316-317)

 

domingo, 19 de abril de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Apóstoles tristes y desalentados

 

III Domingo de Pascua

Lc 24,13-35

Tantas han sido las pruebas que Jesús dio de su Resurrección, durante cuarenta días, que resultaría necio querer negar ese hecho. No obstante hubo, y hay, teorías que intentan, vanamente, poner en duda la Resurrección. La Liturgia de todo este tiempo posterior al Domingo de Pascua va evocando las manifestaciones que Jesús mismo hace de su Resurrección, para que a sus discípulos no les quede duda alguna. Así, las dudas de unos, la incredulidad de otros, la tardanza en reconocer, admitir y entender el hecho, han contribuido poderosamente a fortalecer la fe.

Hoy nos presenta la Iglesia, para la reflexión, a dos discípulos entristecidos, desilusionados, desanimados: “Nosotros esperábamos que fuera El (Jesús) quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días…”. ¡Esperábamos! Pero ahora, después que lo enterraron, parecen haber enterrado también sus esperanzas, y ahora ya no esperan nada.

¡Cuantas veces se repite eso! ¡Se esperaba! Sí, se pensaba que tal hecho, suceso, o circunstancia iba a cambiar a una persona. Ilusionados, en un primer momento, con una persona, resulta que… ¡Esperábamos! Se pensaba que haciendo un retiro, un cursillo, participando en algunas jornadas, integrando tal o cual movimiento o asociación iba a mejorar uno, o insuflar nuevos bríos a tal movimiento… y resulta que la cosa no fue así. ¿Por qué? Fundamentalmente por dos razones que considero muy importantes: falta de adecuado conocimiento de las cosas de Dios, y en segundo lugar falta de perseverancia.

1) Con demasiada frecuencia aplicamos a las cosas de Dios los criterios, las medidas, las matemáticas humanas. Con el menor esfuerzo y en el más breve plazo queremos lograr resultados que Dios tiene reservados para Su tiempo y en la medida que El quiere. El desaliento se produce cuando no se logran las propias expectativas. Se pretende fijar plazos y términos al sacrificio. Nos olvidamos que el Señor se vale de los medios más insospechados y, al parecer, menos aptos. Nos olvidamos que el Señor perdona, y espera el regreso del hijo pródigo, con paciencia infinita. Nos olvidamos que también nosotros, cada uno, tenemos nuestras tremendas limitaciones. ¡Cuán olvidadas o ignoradas son las sabias palabras de la IMITACIÓN DE CRISTO: “Si tú no sabes reformarte a ti mismo del modo que conviene ¿cómo quieres que otro se rinda a tus deseos? Queremos que otros sean perfectos, y no queremos enmendar nuestros propios defectos” (Libro I, cap. 16: recomiendo la lectura de todo este breve, pero sustancioso, capítulo).

2) Perseverancia. Conociendo el barro de que estamos hechos, Jesús nos insiste sobre la necesidad vital de la perseverancia: “Seréis aborrecidos por todos por mi nombre, el que persevere hasta el fin se salvará” (Mt 10,22). “…Por el exceso de maldad se enfriará la caridad de muchos; más, el que persevere hasta el fin, ese será salvo” (Mt 24, 12-13). Muchos fracasos, en todo orden, se deben a la falta de perseverancia, de constancia. Dice un adagio: “labor constans, omnia vincit”: el trabajo constante, todo lo supera. Otro refrán: “A Dios rogando y con el mazo dando”. No seamos, pues, como los discípulos de Emaús. Tenemos la seguridad del triunfo, con Jesús. ¿por qué desanimarnos?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.305-306)

 

 

domingo, 12 de abril de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: La Confesión, invento de Cristo

 II Domingo de Pascua o Domingo de la Divina Misericordia

Jn 20,19-31

Jesús resucitó. Es un hecho incuestionable. Ha concluido un modo de vida, el mortal, y ha empezado otro modo, el de la vida inmortal, glorioso, eterno. La Resurrección en síntesis y en esencia es eso.

La inmortalidad y el estado glorioso sólo se encuentran en Dios. De allí que nuestro resucitar será un eterno vivir en Dios, en la plenitud del gozo, de la felicidad. Algo que no podemos ni imaginar.

Pero no basta el solo hecho de la resurrección para lograr la felicidad. Se debe resucitar como Jesús, esto es, en gracia, sin pecado. Para resucitar en gracia, hay que morir en gracia; y para morir en gracia hay un solo modo absolutamente seguro: vivir permanentemente en gracia.

Sin lugar a equivocarnos podemos afirmar que toda la existencia, toda la realidad de Cristo debe ser mirada desde esta perspectiva de la gracia para ser comprendida. Cristo vino, vivió, enseñó, sufrió, murió, resucitó únicamente para satisfacer nuestra deuda; es decir, destruir el pecado y darnos la gracia santificante.

A fin de asegurarnos de un modo eficaz y permanente esta realidad, conocedor de nuestra miseria y fragilidad, después de su Resurrección El mismo sigue actuando, a través de los hombres (sacerdotes), en los Sacramentos que instituyó.

El evangelio de hoy (Juan 20, 19-31) nos consigna el hecho, en el mismo día de la Resurrección, de la institución del Sacramento de la Confesión, actualmente denominado Reconciliación. Por tanto, la confesión es un invento del amor de Jesucristo. Que lo desmientan -y los desafiamos públicamente- aquellos que niegan la realidad y la necesidad de este Sacramento, que niegan que lo haya instituido Jesucristo: a quienes los sacerdotes perdonen los pecados, ésos quedarán perdonados. Luego es necesario y obligatorio confesar los pecados para recibir el perdón de Dios. Así lo estableció Jesucristo, y ello no se discute.

En un texto de homilética leemos que una de las conquistas más prometedoras, según esperan, de la psicoterapia moderna, es la confesión psicoanalítica. El paciente yace tumbado en un diván, para su mayor comodidad, a oscuras, a fin de que pueda sobreponerse más fácilmente al rubor natural. Y es sometido por el especialista a interrogaciones que, ni en la confesión sacramental más rigurosa y pormenorizada, se le propondrían. Ha de responder con absoluta sinceridad y sin vacilaciones. Esta terapéutica es larga y onerosa. Consignemos, de paso, que esta terapia no siempre produce los efectos esperados, no obstante ser tan difícil y costosa.

En cambio, Nuestro Señor Jesucristo hizo las cosas mucho más sencillas para el tratamiento de la enfermedad del pecado, y con resultados infalibles si el cristiano sabe aplicar este remedio con la seriedad, frecuencia y devoción necesarias.

Llamo la atención sobre dos cosas:

1) La confesión, tal como la practica la Iglesia Católica (y no ante una pared o frente a un poste), es absolutamente necesaria para todo aquel que haya cometido pecado grave. No hay otro remedio para borrar el pecado. Para eso murió, para eso resucitó Jesús, y para eso instituyó este Sacramento.

2) No se puede comulgar en pecado mortal. Es necesario confesarse antes, y no después de la Comunión. Comulgar en pecado es obligar a Cristo a entrar donde está el diablo. Es como ponerlos juntos en una habitación. El solo deseo de comulgar no es razón, nunca, para cometer un sacrilegio. Es necesario repasar el catecismo para tener ideas claras.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.324-325)

viernes, 3 de abril de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: O todo o nada

 

Viernes Santo de la Pasión y Muerte del Señor

“Me amó y se entregó por mí” (Gal. 2,20).

No vamos a repetir aquí lo que ya todos sabemos de sobra, que Jesús murió de muerte ignominiosa y cruel en la Cruz por cada uno de nosotros y por cada uno de nuestros pecados. Lo que vamos a intentar en esta Semana Santa es mirarnos a nosotros mismos frente a Jesús crucificado. De nada nos serviría considerar los dolores y los sufrimientos de Cristo y de la Virgen María, por unos instantes (o por horas), si esa MUERTE no nos dijera nada en relación a nuestra vida, a nuestra conducta de aquí en adelante.  Incluso las mismas lágrimas que pudieran arrancarnos la consideración y meditación de este “drama”, serían una burla sino aprendiera a llorar nuestro corazón, nuestra alma, y si no naciera como respuesta un propósito firme que arraigue nuestra vida en una mayor virtud y entrega generosa a Cristo.

“Me amó y se entregó por mí”, decía san Pablo, y con él lo repetimos nosotros. Se nos dio, se nos entregó todo, totalmente. No se reservó nada, ni siquiera a su queridísima Madre. Nos la entregó. Es nuestra. Un amor donde no hay entrega total, o donde hay “reservas”, no es amor. Aquí se vale aquello de “todo o nada”. Cristo nos ama así, nos ama como nadie jamás será capaz de amarnos. Su “entrega” es la prueba irrefutable. La Cruz es el signo de la totalidad y la garantía de la autenticidad en este amor.

Frente a esta realidad ¿cuál es la respuesta de nuestra vida? Amor con amor se paga. ¿Qué clase de intensidad de amor utilizamos para amar al mismo amor? Porque “Dios es Amor”, dice san Juan.  Ese amor tiene forma humana: Jesucristo. Ese amor tiene un sello característico, inviolable, identificatorio: la Cruz. ¿Nos acercamos con nuestros actos, con nuestra vida toda, la de todos los días, la que vivimos en todas partes, la de todos los instantes del día, nos acercamos lo más posible a Jesús, aunque ello nos cueste, o precisamente porque nos cuesta mucho quizá? Nuestra adhesión a Cristo, a su Persona, ¿es real, auténtica, forzada, continua, sin tentaciones de aflojamientos, de estancamiento, de retroceso, de huida y escapismo, o lo que es peor, de cansancio y de desaliento en la virtud, en subir al calvario y aparentemente no llegar nunca, estar siempre en lo mismo?

Y nuestra “entrega” a Cristo en su Iglesia ¿qué tal? Cristo “se entregó por mí”, y sigue entregándose en la Iglesia de la que formo parte. Se me entrega a través de los sacramentos, de los ministros, de las personas; a través de las obras, instituciones. ¿En qué medida tengo conciencia de que la Muerte de Cristo debe hacerme pensar, seriamente, como retribuiré con mi colaboración, con mi presencia en la Iglesia, activa y no parasitaria, con mi tiempo, con mi dinero? ¿O es que el mantener las obras de la Iglesia con mi dinero no tiene ninguna relación con la Muerte de Cristo en la Cruz? Y, lo que sería peor, ¿no utilizo el dinero ajeno (ese que se le paga en justicia al obrero, peón, productor, o que se cobra abusivamente para clavar, matar a Cristo? Cristo dio todo por Ti. Tu mezquindad, avaricia y comodidad venden a Cristo al enemigo…

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.285-286)

domingo, 29 de marzo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Contrastes

 

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Con el “Domingo de Ramos” entramos en la denominada Semana Mayor; porque conmemoramos los momentos culminantes de nuestra salvación, la llamamos también Semana Santa.

Es la Semana Mayor porque en ella vivimos en apretada y casi apurada síntesis, los mayores contrastes de una historia, larga o breve, que a pesar de estar escrita, cada uno de nosotros la realiza como algo novedoso y algo inédito todavía.

Ese tránsito, casi brusco, de una manifestación de aclamación a Cristo como Rey, Dueño y Señor absoluto (Domingo de Ramos) a un confuso clamoreo que pedía, un par de días después, la muerte más ignominiosa -LA CRUCIFIXIÓN-  de ese mismo Cristo, ¿no te dice nada a ti mismo?

Es la Semana Mayor por la enormidad de contrastes que en ellas conmemoramos. Por un lado, Dios hecho amor, hecho misericordia visible, tangible, inconmensurable, y por otro, el hombre hecho miseria, hecho lástima, hecho rebeldía y obstinación, dando nombres y apellidos -los suyos propios- al pecado. Por un lado, Dios que viene, ofrece, insiste con su plan de VIDA (Paz, Armonia, hermosura…), y por otro lado el hombre que de continuo le opone su plan de muerte (guerras, odio, destrucción, llantos…). Por un lado, Dios en la Persona de su Hijo se aproxima a sus hijos, y por otro lado, el hombre que huye de esa paternidad, desarticulando no sólo su vida individual sino perturbando también la existencia de sus semejantes. Es la Semana de los contrastes llevados hasta sus últimas consecuencias. ¿Hasta cuándo?

Creo que se trata de una oportunidad nueva que Dios nos ofrece para que repasemos el Evangelio y repensemos nuestra vida. Pero no nos engañemos en el método. Nuestra vida, nuestro pasado, nuestro presente y nuestra suerte futura ya están escritos. Lo importante es que sepamos encontrar esa página de la auténtica historia, porque es también una historia de contrastes, quizás de sombras más intensas y abundantes que de luz necesaria para ofrecer un cuadro más o menos pasable; una historia de mediocridades, de cobardías, de egoísmos, etc., etc.

Esa historia -no te sorprendas- es el Evangelio que quizá dices conocer. El Evangelio no es sólo un resumen de la vida, de los hechos y de las palabras de Jesucristo. La historia de Cristo tiene relación directa con cada una de nuestras vidas personales. Sin esta relación, aquí y ahora, el Evangelio tendrá menos importancia y trascendencia que un texto de matemáticas.

De allí que, en esta Semana Santa, les invito a hacer el ensayo de leer la propia vida en el Evangelio. ¿Cómo? A modo de ejemplo, señalo algunas pistas, levanto algunas páginas. Voy a considerar la Pasión y Muerte de Cristo como consecuencia de mi conducta y me preguntaré: ¿En ese Reino de Dios, al que pertenezco por el Bautismo, soy trigo de Dios o soy cizaña que cuida el diablo? ¿Soy el hijo pródigo que de continuo reclamo y pido más y más parte de una herencia que voy malgastando, o soy el hijo pródigo que se decidió a regresar a la casa del Padre?  ¿Soy la samaritana que no se avergüenza de que le descubra Cristo su propia historia para entrar en la de Cristo, o rechazo el ofrecimiento del “Don de la Gracia”? ¿Soy el “valiente” Pedro que jura no conocer a Cristo, que lo traiciona a cara descubierta, o soy el arrepentido Pedro que reconoce su caída vergonzosa y llora su pecado? ¿Soy quizá Judas, que lo vendo a Cristo en secreto, con disimulo, con hipocresía, “aparentando una careta de cristiano”, pero que en lo íntimo me siento cobarde para emprender una vida nueva?

En una palabra: ¿en que parte de los grandes contrastes, que nos registra el Evangelio, está la historia de mi vida? ¿Es la historia que Dios quiere: de la pecadora arrepentida, del hijo pródigo que regresa, de Pedro humillado, de la oveja que se deja conducir al redil? Lo triste no es que Cristo haya muerto sino que tú no quieras VIVIR, RESUCITAR.


Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.280-281)

 

domingo, 8 de marzo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: “Cristiano: ¿Qué sabes de Cristo?”

 

Domingo 3 (A) de Cuaresma  

Jn 4,5-42

Es realmente maravillosa la pedagogía que Jesús utilizó para hacernos entender y comprender las realidades sobrenaturales de su Reino. Con parábolas, comparaciones y ejemplos, dio a conocer las características, la naturaleza, y la inacabable riqueza de ese Reino que es la Iglesia, hoy comunidad imperfecta con muchas “manchas y arrugas”, y mañana vida eterna en el cielo. Elementos simples y situaciones de la vida corriente (el extravío de una moneda de valor, trigo y cizaña, el tesoro en el campo, una perla preciosa, el descarrío de una oveja, el comportamiento del padre ante el regreso del hijo pródigo, la red de pescar…) han servido de medios para ese fin.

Hoy, tercer domingo de Cuaresma, revivimos el encuentro de Jesús con la samaritana junto al famoso pozo de Jacob. El breve espacio no nos permite considerar muchos aspectos importantes de este hecho. Lo fundamental: conocer, saber cuál es el “don”, el regalo máximo que Dios nos hace. En esa ocasión, Jesús dijo a la mujer: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: `Dame de beber`, tú le pedirías a El, y El te daría a ti agua viva”.

Tras las palabras enigmáticas, al parecer, de esta expresión, hay un contenido insospechado.

La presencia de Jesús en su realidad humana es un hecho trascendental en toda la historia y en la vida de cada hombre en particular. El no penetrar el sentido de esta realidad es ignorar totalmente lo que más puede y debe interesarnos. Desconocer el sentido de la venida y la presencia de Jesús es, en definitiva, desconocer la propia realidad humana.

Si a veinte siglos de la samaritana, El nos hiciera hoy la misma pregunta, ¿cuántos estarían en condiciones de responderle? Y en caso de una respuesta correcta, si El siguiera preguntando: ¿Cómo aprecias ese don, cómo lo vives?, me imagino los “apuros” de más de un “cristiano”.

Ese don de Dios, ese manantial de agua fresca que genera en nosotros la vida eterna, es la misma vida de Dios, que llamamos gracia santificante. O dicho de otro modo, es la total ausencia de pecado grave. Con la gracia, todo es posible; sin la gracia, sólo es posible el infierno y nada más. Con la gracia se gana el cielo, cuya alegría empieza ya ahora; sin la gracia se va al infierno, cuya tortura empieza también aquí y ahora.

Una vez me decía un joven: “Quiero confesarme, padre, porque ya no aguanto más este infierno que tengo en mi alma y en mi corazón”. Era un joven de conciencia delicada. La desgracia tremenda es estar en pecado y no sentir ese infierno. ¡Qué triste es la situación de tantos que se llaman “cristianos”! No valoran el “don” de Dios, o no lo conocen bien, ignorando lo que es la gracia.

La gracia nos hace hijos de Dios, es esa misma vida de Dios que El quiso darnos al hacernos a “su imagen y semejanza”. Con la gracia tenemos el derecho de ir al cielo. Por su misma justicia y bondad, El no puede condenar a un alma en gracia. Con la gracia, aun la obra más pequeña -una sonrisa, una mirada bondadosa- tiene valor para la vida eterna. Sin la gracia, aun la obra filantrópica más grande -como levantar, equipar y subvencionar el funcionamiento de un gran hospital- carece de valor para la eternidad.

Aprovechemos este tiempo de Cuaresma para reflexionar en serio. Busquemos el valor fundamental de nuestra vida: DIOS.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags. 264-265)

domingo, 1 de marzo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Es tiempo que maduremos

 

Domingo 2 (A) de Cuaresma - Mt 17,1-9

El Evangelio de los dos primeros Domingos nos da la tónica de la Cuaresma que hemos iniciado. En efecto, la Cuaresma, símbolo y síntesis de toda nuestra vida, es tiempo de lucha contra el mal, el pecado…, tiempo de gracia (oración-sacramentos)…, tiempo de los esfuerzos del hombre y de los consuelos de Dios.

El Domingo pasado teníamos el ejemplo y nos beneficiábamos con la gracia que nos mereció Jesús por su oración y ayuno en el desierto y luego por su lucha contra la tentación del diablo y su triunfo sobre el mismo. Hoy, con la transfiguración del Señor, Jesús nos hace entrever -por adelantado- “aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo existiera” (Jn 17,5) y que será nuestra meta y nuestra suerte final. “Padre, quiero que donde voy a estar, estén también conmigo los que me has dado y así contemplen mi gloria…” (Jn 17,24). Es una gracia de estímulo, de aliento. Es como la “seña”, la garantía del premio que nos promete Jesús “a los que perseveren hasta el fin” (Mt 10,22 y 24,13).

Aquello del esfuerzo, oración, penitencia y lucha de Jesús contra el diablo es para que aprendamos que “la vida del hombre sobre la tierra es un continuo batallar” (Job 7,1).

Si queremos ser grandes, hagámonos pequeños; si queremos tener razón en todo y siempre, démosle siempre y en todo la razón a Dios; si queremos ver con claridad, apaguemos la luz de los espejismos, cerremos los ojos de un mirar puramente humano, usemos la vista de la fe, y se disiparán las tinieblas de la duda, los sinsabores y ansiedades. La oscuridad se nos hará LUZ y contemplares la VERDAD en toda su hermosa realidad.

Si queremos ver lejos, agachemos la cabeza de nuestra soberbia y suficiencia; si queremos sobresalir por encima de todos, arrodillémonos sin que nadie nos vea, sino sólo Dios; si queremos felicidad plena, empecemos por llorar nuestros pecados (tristes reliquias de una falsa y traidora felicidad); si queremos gozar a nuestras anchas, empecemos por privarnos de todo gozo pasajero y de todo bien ficticio; si queremos saber mucho, bien y con seguridad, empecemos por ser alumnos de Jesús durante toda nuestra vida; si queremos poseerlo todo, empecemos por no tener nada seguro; si queremos llegar al cielo, no miremos tanto la tierra, aunque en ella debamos tener bien puestos los pies; si queremos mandar, empecemos por obedecer.

El recuerdo de la Transfiguración del Señor debe alentarnos, estimularnos, dar mayor firmeza a nuestra fe, hacer más viva nuestra esperanza, más real y auténtico nuestro amor. Aprendamos a no vivir tanto el escándalo de la Cruz, cuanto la alegría de la Resurrección. Jamás podremos ser felices si nos dejamos conducir solo por el miope criterio humano en las cosas de Dios. Convenzámonos que sin Dios no hay felicidad, ni ahora ni nunca. Ya es tiempo de que “maduremos”, como seres racionales. No es necesario que cada uno de nosotros, agregue su cuota personal de imbecibilidad a tanto extravío, error, falsedad, engaño, mentira… que producen los “dioses” de carne y hueso de todos los tiempos. Escuchemos y obedezcamos únicamente al “Hijo predilecto”.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.253-254)

domingo, 15 de febrero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: La ignorancia de saberlo todo


Uno de los conceptos mejor expresados sobre la realidad del misterio de la Encarnación de Jesús, es sin duda aquel de la Carta a los Hebreos: “Jesús fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado” (Heb 4, 15-16). Por eso, como hombre, Jesús “es capaz de compadecerse de nuestras debilidades” (id.). Nadie es capaz de comprender mejor la situación de otro que aquel que ha experimentado en carne propia la misma situación. Jesús nos conoce no sólo como Dios, sino que también como hombre nos comprende perfectamente. De allí que hemos de acercarnos a El “confiadamente a fin de obtener misericordia y ser socorridos en el momento oportuno” (id.).

“Fue sometido a las mismas pruebas que nosotros”:

a) En el orden biológico: nace y tiene las mismas necesidades del cuidado de una madre, depende del fruto del trabajo de un padre; crece, se desarrolla… y acaba su existencia como un perfecto hombre.

b) En el orden de la convivencia humana: no se ve librado de las dificultades y contratiempo surgidos por la ignorancia, el egoísmo, la envidia, la soberbia, el odio, la ambición, las apetencias de los intereses rastreros de los hombres. Es blanco de frecuentes ataques hasta terminar en la cruz. Tener que transformar la vida de los demás ¡qué tarea ardua, difícil, a menudo desconcertante! Los que tenemos experiencia de esto por razón de nuestro ministerio (sacerdotes, religiosas, catequistas, apóstoles laicos) frecuentemente constatamos y llegamos a la absoluta certeza que el trabajo más difícil, que necesita más tiempo y requiere más paciencia, más oración, más sacrificio y las más amargas lágrimas es la tarea de convertir un alma, de transformar una vida.

De ordinario, cuando uno podía creer que ha logrado algo se encuentra de repente con comprobaciones dolorosas, que parecerían manifestar que se ha trabajado en vano (Lc. 5,5), que de todo lo sembrado con tanto amor y esperanza no aflora la anhelada planta sino un cardo, un abrojo, un erizado espinar que pincha, que lascera el alma. Humanamente hablando, ¡qué descorazonador resulta, cómo muerde y empuja la tentación de abandonarlo todo, de dar por perdido el tiempo y el esfuerzo realizado, sino hasta la misma esperanza de lograr algo en el futuro, y no obstante, tener que seguir aún con más amor, con mayor constancia sin abandonar la lucha!

Todo esto y mucho más experimentó Jesús. Tras tanto predicar sobre la necesidad de la abnegación, de la humildad, del tener que padecer, de llevar cada uno su cruz todos los días, dos de sus Apóstoles, de sus predilectos, un día le reclaman: “Queremos que nos concedas sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. Pero no termina allí el episodio triste: “Los otros diez, que habían oído… se indignaron contra ellos”. Todos, los doce fallaron. Jesús con incansable paciencia vuelve a empezar: “El que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos…”.

Aprendamos:

1) Hemos de confiar en Cristo, en su perdón, por mucho que hayamos ofendido a Dios. Cristo nos comprende y nos espera. Para eso ha venido y no para otra cosa.

2) Para ello es necesario que tengamos humildad. Nunca nos hemos de considerar mejor que los demás. Sirvamos a todos. Una forma de servir también a los demás es aceptar los consejos de aquellos que realmente nos quieren, porque es aceptar el servicio que nos prestan. No hay peor actitud que la de aquel que cree que lo sabe todo, que su modo de pensar y actuar es el mejor, el más perfecto por el simple hecho de que así se acostumbró. También Pedro sabía pescar, era su oficio. Sabía cuándo y dónde se pescaba mejor. Jesús le dice que eche las redes, contradiciendo todo el perfecto conocimiento de Pedro… y al acceder al consejo de Jesús, el que era pescador de oficio, pescó una gran cantidad de peces de una sola vez.

Quien realmente nos quiere no nos aconsejará jamás para el mal, aunque su consejo a veces nos duela porque pisotee nuestra soberbia y suficiencia.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 27-29)


domingo, 8 de febrero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Comunión “a la canasta”

 

Comulgar no es sólo recibir el cuerpo y la sangre de Jesús, comerlo materialmente en la Eucaristía. El simple comer es acto propio de la vida animal. Comulgar es propio de la vida racional, donde interviene la inteligencia, la razón, la voluntad. Comulgar es aceptar totalmente a Jesucristo, es identificarse con El, con su espíritu, con sus sentimientos, es participar de sus anhelos, intereses, y preocupaciones.

En la Eucaristía Jesús pone en común, con nosotros, sus hermanos, todas las riquezas de su bondad, misericordia y amor. Pone a nuestra disposición todo lo suyo, todo su poder. Se pone El mismo a nuestro servicio.

Pero Jesús no sólo se nos da sino también que espera algo de nosotros. Espera nuestra aceptación, nuestra conformidad. Esto es, que lo recibamos en toda su realidad, como hombre y como Dios al mismo tiempo; que recibamos su cuerpo, su sangre, alma y divinidad. Este dársenos Jesús y darnos nosotros a El, es como un ágape donde cada uno trae su contribución para compartir con nosotros, o como una excursión “a la canasta”; cada uno lleva lo suyo y participan todos.

Para esto se requiere:

a) Tener fe en la presencia real, verdadera, auténtica de Jesús en la hostia consagrada. Un convencimiento total y firme.

b) Estar dispuesto, preparado. No comulga o comulga pésimamente, quien recibe a Jesús sabiendo que está en pecado mortal, en pecado grave. No basta pensar que otro día, después de la comunión, se confesará. Quien está en pecado debe confesarse antes. Quien no está decente, limpio, no puede decir: me pongo el traje y me voy a la fiesta, a mi regreso me lavaré porque ahora no dispongo de tiempo y no quiero perderme la fiesta.

c) Esforzarse por ser cada vez mejor. Cada misa y cada comunión tiene que ser un compromiso muy serio para adelantar en la virtud y en la vida cristiana en general. Exige una mayor conversión, una mayor entrega, una mayor disposición.

d) Preguntarse cada vez que se va a comulgar: ¿Puede Jesús contar conmigo así como yo cuento con El y su gracia? Jesús nunca me hace esperar. Siempre está pronto para atenderme, porque siempre me está esperando.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 133)

 



Nota explicativa: la expresión "a la canasta" se utiliza principalmente para describir una reunión o comida, común en Argentina, donde cada invitado lleva su propia comida o bebida para compartir con los demás, similar al concepto de “potluck” en inglés. Esta modalidad busca fomentar la colaboración y el compartir entre los asistentes.