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domingo, 8 de marzo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: “Cristiano: ¿Qué sabes de Cristo?”

 

Domingo 3 (A) de Cuaresma  

Jn 4,5-42

Es realmente maravillosa la pedagogía que Jesús utilizó para hacernos entender y comprender las realidades sobrenaturales de su Reino. Con parábolas, comparaciones y ejemplos, dio a conocer las características, la naturaleza, y la inacabable riqueza de ese Reino que es la Iglesia, hoy comunidad imperfecta con muchas “manchas y arrugas”, y mañana vida eterna en el cielo. Elementos simples y situaciones de la vida corriente (el extravío de una moneda de valor, trigo y cizaña, el tesoro en el campo, una perla preciosa, el descarrío de una oveja, el comportamiento del padre ante el regreso del hijo pródigo, la red de pescar…) han servido de medios para ese fin.

Hoy, tercer domingo de Cuaresma, revivimos el encuentro de Jesús con la samaritana junto al famoso pozo de Jacob. El breve espacio no nos permite considerar muchos aspectos importantes de este hecho. Lo fundamental: conocer, saber cuál es el “don”, el regalo máximo que Dios nos hace. En esa ocasión, Jesús dijo a la mujer: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: `Dame de beber`, tú le pedirías a El, y El te daría a ti agua viva”.

Tras las palabras enigmáticas, al parecer, de esta expresión, hay un contenido insospechado.

La presencia de Jesús en su realidad humana es un hecho trascendental en toda la historia y en la vida de cada hombre en particular. El no penetrar el sentido de esta realidad es ignorar totalmente lo que más puede y debe interesarnos. Desconocer el sentido de la venida y la presencia de Jesús es, en definitiva, desconocer la propia realidad humana.

Si a veinte siglos de la samaritana, El nos hiciera hoy la misma pregunta, ¿cuántos estarían en condiciones de responderle? Y en caso de una respuesta correcta, si El siguiera preguntando: ¿Cómo aprecias ese don, cómo lo vives?, me imagino los “apuros” de más de un “cristiano”.

Ese don de Dios, ese manantial de agua fresca que genera en nosotros la vida eterna, es la misma vida de Dios, que llamamos gracia santificante. O dicho de otro modo, es la total ausencia de pecado grave. Con la gracia, todo es posible; sin la gracia, sólo es posible el infierno y nada más. Con la gracia se gana el cielo, cuya alegría empieza ya ahora; sin la gracia se va al infierno, cuya tortura empieza también aquí y ahora.

Una vez me decía un joven: “Quiero confesarme, padre, porque ya no aguanto más este infierno que tengo en mi alma y en mi corazón”. Era un joven de conciencia delicada. La desgracia tremenda es estar en pecado y no sentir ese infierno. ¡Qué triste es la situación de tantos que se llaman “cristianos”! No valoran el “don” de Dios, o no lo conocen bien, ignorando lo que es la gracia.

La gracia nos hace hijos de Dios, es esa misma vida de Dios que El quiso darnos al hacernos a “su imagen y semejanza”. Con la gracia tenemos el derecho de ir al cielo. Por su misma justicia y bondad, El no puede condenar a un alma en gracia. Con la gracia, aun la obra más pequeña -una sonrisa, una mirada bondadosa- tiene valor para la vida eterna. Sin la gracia, aun la obra filantrópica más grande -como levantar, equipar y subvencionar el funcionamiento de un gran hospital- carece de valor para la eternidad.

Aprovechemos este tiempo de Cuaresma para reflexionar en serio. Busquemos el valor fundamental de nuestra vida: DIOS.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags. 264-265)

domingo, 1 de marzo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Es tiempo que maduremos

 

Domingo 2 (A) de Cuaresma - Mt 17,1-9

El Evangelio de los dos primeros Domingos nos da la tónica de la Cuaresma que hemos iniciado. En efecto, la Cuaresma, símbolo y síntesis de toda nuestra vida, es tiempo de lucha contra el mal, el pecado…, tiempo de gracia (oración-sacramentos)…, tiempo de los esfuerzos del hombre y de los consuelos de Dios.

El Domingo pasado teníamos el ejemplo y nos beneficiábamos con la gracia que nos mereció Jesús por su oración y ayuno en el desierto y luego por su lucha contra la tentación del diablo y su triunfo sobre el mismo. Hoy, con la transfiguración del Señor, Jesús nos hace entrever -por adelantado- “aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo existiera” (Jn 17,5) y que será nuestra meta y nuestra suerte final. “Padre, quiero que donde voy a estar, estén también conmigo los que me has dado y así contemplen mi gloria…” (Jn 17,24). Es una gracia de estímulo, de aliento. Es como la “seña”, la garantía del premio que nos promete Jesús “a los que perseveren hasta el fin” (Mt 10,22 y 24,13).

Aquello del esfuerzo, oración, penitencia y lucha de Jesús contra el diablo es para que aprendamos que “la vida del hombre sobre la tierra es un continuo batallar” (Job 7,1).

Si queremos ser grandes, hagámonos pequeños; si queremos tener razón en todo y siempre, démosle siempre y en todo la razón a Dios; si queremos ver con claridad, apaguemos la luz de los espejismos, cerremos los ojos de un mirar puramente humano, usemos la vista de la fe, y se disiparán las tinieblas de la duda, los sinsabores y ansiedades. La oscuridad se nos hará LUZ y contemplares la VERDAD en toda su hermosa realidad.

Si queremos ver lejos, agachemos la cabeza de nuestra soberbia y suficiencia; si queremos sobresalir por encima de todos, arrodillémonos sin que nadie nos vea, sino sólo Dios; si queremos felicidad plena, empecemos por llorar nuestros pecados (tristes reliquias de una falsa y traidora felicidad); si queremos gozar a nuestras anchas, empecemos por privarnos de todo gozo pasajero y de todo bien ficticio; si queremos saber mucho, bien y con seguridad, empecemos por ser alumnos de Jesús durante toda nuestra vida; si queremos poseerlo todo, empecemos por no tener nada seguro; si queremos llegar al cielo, no miremos tanto la tierra, aunque en ella debamos tener bien puestos los pies; si queremos mandar, empecemos por obedecer.

El recuerdo de la Transfiguración del Señor debe alentarnos, estimularnos, dar mayor firmeza a nuestra fe, hacer más viva nuestra esperanza, más real y auténtico nuestro amor. Aprendamos a no vivir tanto el escándalo de la Cruz, cuanto la alegría de la Resurrección. Jamás podremos ser felices si nos dejamos conducir solo por el miope criterio humano en las cosas de Dios. Convenzámonos que sin Dios no hay felicidad, ni ahora ni nunca. Ya es tiempo de que “maduremos”, como seres racionales. No es necesario que cada uno de nosotros, agregue su cuota personal de imbecibilidad a tanto extravío, error, falsedad, engaño, mentira… que producen los “dioses” de carne y hueso de todos los tiempos. Escuchemos y obedezcamos únicamente al “Hijo predilecto”.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.253-254)

domingo, 15 de febrero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: La ignorancia de saberlo todo


Uno de los conceptos mejor expresados sobre la realidad del misterio de la Encarnación de Jesús, es sin duda aquel de la Carta a los Hebreos: “Jesús fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado” (Heb 4, 15-16). Por eso, como hombre, Jesús “es capaz de compadecerse de nuestras debilidades” (id.). Nadie es capaz de comprender mejor la situación de otro que aquel que ha experimentado en carne propia la misma situación. Jesús nos conoce no sólo como Dios, sino que también como hombre nos comprende perfectamente. De allí que hemos de acercarnos a El “confiadamente a fin de obtener misericordia y ser socorridos en el momento oportuno” (id.).

“Fue sometido a las mismas pruebas que nosotros”:

a) En el orden biológico: nace y tiene las mismas necesidades del cuidado de una madre, depende del fruto del trabajo de un padre; crece, se desarrolla… y acaba su existencia como un perfecto hombre.

b) En el orden de la convivencia humana: no se ve librado de las dificultades y contratiempo surgidos por la ignorancia, el egoísmo, la envidia, la soberbia, el odio, la ambición, las apetencias de los intereses rastreros de los hombres. Es blanco de frecuentes ataques hasta terminar en la cruz. Tener que transformar la vida de los demás ¡qué tarea ardua, difícil, a menudo desconcertante! Los que tenemos experiencia de esto por razón de nuestro ministerio (sacerdotes, religiosas, catequistas, apóstoles laicos) frecuentemente constatamos y llegamos a la absoluta certeza que el trabajo más difícil, que necesita más tiempo y requiere más paciencia, más oración, más sacrificio y las más amargas lágrimas es la tarea de convertir un alma, de transformar una vida.

De ordinario, cuando uno podía creer que ha logrado algo se encuentra de repente con comprobaciones dolorosas, que parecerían manifestar que se ha trabajado en vano (Lc. 5,5), que de todo lo sembrado con tanto amor y esperanza no aflora la anhelada planta sino un cardo, un abrojo, un erizado espinar que pincha, que lascera el alma. Humanamente hablando, ¡qué descorazonador resulta, cómo muerde y empuja la tentación de abandonarlo todo, de dar por perdido el tiempo y el esfuerzo realizado, sino hasta la misma esperanza de lograr algo en el futuro, y no obstante, tener que seguir aún con más amor, con mayor constancia sin abandonar la lucha!

Todo esto y mucho más experimentó Jesús. Tras tanto predicar sobre la necesidad de la abnegación, de la humildad, del tener que padecer, de llevar cada uno su cruz todos los días, dos de sus Apóstoles, de sus predilectos, un día le reclaman: “Queremos que nos concedas sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. Pero no termina allí el episodio triste: “Los otros diez, que habían oído… se indignaron contra ellos”. Todos, los doce fallaron. Jesús con incansable paciencia vuelve a empezar: “El que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos…”.

Aprendamos:

1) Hemos de confiar en Cristo, en su perdón, por mucho que hayamos ofendido a Dios. Cristo nos comprende y nos espera. Para eso ha venido y no para otra cosa.

2) Para ello es necesario que tengamos humildad. Nunca nos hemos de considerar mejor que los demás. Sirvamos a todos. Una forma de servir también a los demás es aceptar los consejos de aquellos que realmente nos quieren, porque es aceptar el servicio que nos prestan. No hay peor actitud que la de aquel que cree que lo sabe todo, que su modo de pensar y actuar es el mejor, el más perfecto por el simple hecho de que así se acostumbró. También Pedro sabía pescar, era su oficio. Sabía cuándo y dónde se pescaba mejor. Jesús le dice que eche las redes, contradiciendo todo el perfecto conocimiento de Pedro… y al acceder al consejo de Jesús, el que era pescador de oficio, pescó una gran cantidad de peces de una sola vez.

Quien realmente nos quiere no nos aconsejará jamás para el mal, aunque su consejo a veces nos duela porque pisotee nuestra soberbia y suficiencia.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 27-29)


domingo, 8 de febrero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Comunión “a la canasta”

 

Comulgar no es sólo recibir el cuerpo y la sangre de Jesús, comerlo materialmente en la Eucaristía. El simple comer es acto propio de la vida animal. Comulgar es propio de la vida racional, donde interviene la inteligencia, la razón, la voluntad. Comulgar es aceptar totalmente a Jesucristo, es identificarse con El, con su espíritu, con sus sentimientos, es participar de sus anhelos, intereses, y preocupaciones.

En la Eucaristía Jesús pone en común, con nosotros, sus hermanos, todas las riquezas de su bondad, misericordia y amor. Pone a nuestra disposición todo lo suyo, todo su poder. Se pone El mismo a nuestro servicio.

Pero Jesús no sólo se nos da sino también que espera algo de nosotros. Espera nuestra aceptación, nuestra conformidad. Esto es, que lo recibamos en toda su realidad, como hombre y como Dios al mismo tiempo; que recibamos su cuerpo, su sangre, alma y divinidad. Este dársenos Jesús y darnos nosotros a El, es como un ágape donde cada uno trae su contribución para compartir con nosotros, o como una excursión “a la canasta”; cada uno lleva lo suyo y participan todos.

Para esto se requiere:

a) Tener fe en la presencia real, verdadera, auténtica de Jesús en la hostia consagrada. Un convencimiento total y firme.

b) Estar dispuesto, preparado. No comulga o comulga pésimamente, quien recibe a Jesús sabiendo que está en pecado mortal, en pecado grave. No basta pensar que otro día, después de la comunión, se confesará. Quien está en pecado debe confesarse antes. Quien no está decente, limpio, no puede decir: me pongo el traje y me voy a la fiesta, a mi regreso me lavaré porque ahora no dispongo de tiempo y no quiero perderme la fiesta.

c) Esforzarse por ser cada vez mejor. Cada misa y cada comunión tiene que ser un compromiso muy serio para adelantar en la virtud y en la vida cristiana en general. Exige una mayor conversión, una mayor entrega, una mayor disposición.

d) Preguntarse cada vez que se va a comulgar: ¿Puede Jesús contar conmigo así como yo cuento con El y su gracia? Jesús nunca me hace esperar. Siempre está pronto para atenderme, porque siempre me está esperando.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 133)

 



Nota explicativa: la expresión "a la canasta" se utiliza principalmente para describir una reunión o comida, común en Argentina, donde cada invitado lleva su propia comida o bebida para compartir con los demás, similar al concepto de “potluck” en inglés. Esta modalidad busca fomentar la colaboración y el compartir entre los asistentes.

 

domingo, 1 de febrero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Todavía creer en la Trinidad?

 

Hay un principio filosófico que expresa: el obrar es consecuencia del ser. Primero se existe, luego se actúa.

Desde hace un tiempo se ha despertado en muchos cristianos una mayor conciencia y preocupación por los diversos campos de acción: educación, cultura, política, economía, derechos humanos, erradicación del hambre, la miseria, las injusticias sociales, la preocupación por la familia, el progreso y desarrollo. Todo ello muy loable y digno de aplauso, estímulo y apoyo.

Pero también “no es raro encontrar cristianos muy comprometidos en tareas apostólicas… a quienes les da lo mismo que Dios sea uno o tres personas. Piensan que esto es un tema teórico sin repercusiones prácticas… Que la Trinidad es un dogma, incomprensible, sí, pero que no tiene sentido al menos para este tiempo. Por eso nadie se ha tomado la molestia de criticarlo, de negarlo, ni tampoco de afirmarlo. Y la razón es que parece que ni quita ni pone nada a la vida cristiana… de la misma manera que nos da lo mismo que los planetas sean nueve o diez, porque esto no resuelve ninguno de los problemas que el hombre tiene planteados…” como leemos en un libro de Homilética.

A esto se llegar cuando en la práctica se relega a un segundo plano toda la realidad espiritual del hombre, cuando se le quita importancia o hasta se niega por pseudoteólogos la existencia de valores y verdades objetivas reales y absolutas. Se “ateiza” todo con el relativismo subjetivo, con la moral de situación, puramente subjetiva, y cosas por el estilo. Entonces la tarea apostólica, quizá iniciada con mucho entusiasmo y la más recta de las intenciones, al tiempo decae y hasta se la abandona. Le ha faltado base; se ha prescindido de Aquel que dijo: “Sin mí nada podéis hacer” (Jn 15,5).

No es un hecho intrascendente para el hombre el que Dios, ser supremo, creador, redentor y remunerador de los actos humanos, sea uno en tres personas. La preocupación -hasta casi como una obsesión- de Jesucristo fue la realidad del Padre, la gloria del Padre, la obediencia al Padre. Nos habló del Padre y nos prometió y envió al Espíritu Santo para llevar a cabo la obra que nos encomendó: ser sus testigos. Pero ¿qué es lo que vamos a testimoniar de Jesús? Su resurrección, como sello, garantía y certeza de que lo que El hizo y enseñó es verdad.

Es necesario que volvamos al origen de todo: Dios. No basta actuar en “nombre” de Cristo, de Dios. Para actuar como cristiano no basta realizar acciones o gestos cristianos; hay que serlo de verdad. No somos simples actores que representamos un papel. Debemos vivir la gracia para ser testigos y no sólo hacer de testigos de la Trinidad.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 11-12)

 

domingo, 25 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Dios, ¿una meta para alcanzar?

 

Los hombres, cuando se proponen alcanzar algo -una meta-, ordenan todos sus actos para lograrlo. Y no quedan satisfechos hasta haber obtenido el resultado.

Con frecuencia en la vida espiritual se suele proceder de un modo similar. Se procura alcanzar a Dios, la virtud, la vida cristiana en pleno, somo si se tratara de llegar a un punto, una meta en la que todos los problemas o inconvenientes quedarían superados. Y allí está el error.

A Dios no lo lograremos en esta tierra como una meta. Ni la virtud. Ni la vivencia cristiana en su plenitud.

Dios no es algo, sino ALGUIEN que nos habla. Nos habla a través de la Biblia. Nos habla por medio de su propio Hijo que vive y perdura “hasta el fin de los tiempos” en la Iglesia por El fundada y permanentemente asistida y sostenida. Nos habla también a través de los acontecimientos, de la historia. Ciertamente que no nos habla de la misma manera como lo hace en la Sagrada Escritura o por medio del Magisterio de la Iglesia. A través de los acontecimientos “nos despierta” para que reflexionemos, para que confrontemos nuestra propia vida, nuestras propias actitudes con la verdad que El nos ha revelado.

De modo similar, la vida cristiana, la virtud, no es un término, una meta para lograr totalmente en un plazo de tiempo de acuerdo al esfuerzo, al empeño personal de cada uno. La amplitud del tiempo y la intensidad del esfuerzo deben servir para afianzarnos en el camino.

Por tanto, nuestro peregrinar hacia el Padre, debe tener las características de un viaje; todavía no se ha llegado a la meta. Todavía es necesario sentir el cansancio, las incomodidades, los “imprevistos” del camino. Eso es la vida del cristiano. Debe contar con la realidad de “los buenos y malos en el reino de Dios”. Y mientras seamos viandantes no nos extrañemos de que la meta está distante, aunque siempre a la vista. Caminemos con esperanza.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 7)

 

domingo, 18 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Para qué se hizo hombre Cristo?

 

Domingo 2 (A) del Tiempo Ordinario 

Evangelio de San Juan 1,29-34

Circunscribir la misión de Cristo a un determinado momento histórico, o a unas circunstancias puramente humanas, sería desvirtuarla de su real contenido. Lo externo puede ayudar o dificultar la acción. Esto nadie lo niega. Pero afirmar que lo externo condiciona de tal manera los actos y las decisiones de la voluntad humana que le imposibilitan actuar de otro modo, sería negar la libertad del hombre.

Es verdad que en determinados momentos o períodos se acentuaba la divinidad de Cristo -y esto está muy bien- que su humanidad quedaba prácticamente casi ignorada o, por lo menos, tenida como algo de menor importancia, y eso está mal. Hoy, en cambio, es frecuente la presentación de un Cristo tan “humanizado”, tan “socializado”, que su divinidad no es objeto ni de predicación ni de vital importancia y necesidad para la vida del bautizado.

En un mundo que “prefiere las tinieblas a la Luz” (Jn 1,5), “porque sus obras son malas” (Jn 3,20), en un mundo tremendamente materializado, hablar de espiritualidad, es un poco menos que hacer el ridículo. No obstante, la Iglesia de Cristo, la fundada por El, y no la presentada por muchos “reformadores” que ha tenido desde el comienzo (Mt. 26,9), y que lamentablemente abundan también hoy, debe predicar al Cristo total, al Cristo Dios hecho hombre, al Cristo Hijo de Dios e Hijo de María.

Nunca será lícito, bajo ningún pretexto histórico ni circunstancial, presentar un Cristo dividido, a un Cristo predicador de verdades sin “tener compasión de la multitud cansada y hambrienta” (Mt 15,32), ni, contrariamente presentar a un Cristo a quien los hombres lo busquen no por su divinidad (milagros, señales…) sino “por el pan que se acaba” (Jn 6, 26-27).

Tampoco ignoramos el sofisma de los últimos tiempos de que “no se puede predicar a estómagos vacíos”, y por eso hay que solucionar primero la cuestión social de la vivienda, de trabajo, etc., antes de hablar de conversión, de arrepentimiento, de renuncia al pecado, de la necesidad de la gracia, de la vida eterna… Porque a los que han enarbolado esa frase y a los de su comparsa, nunca los he visto preocupados por “predicar a los que ya tienen los estómagos llenos”. Como los consideran “pecadores”, y no les interesa trabajar por el Reino de Cristo, que basa la justicia y la paz en la ausencia del pecado, ponen en evidencia su distorsión de la verdadera misión de Jesucristo. No les interesa liberar a los hombres de la esclavitud del pecado.

En la predicación de hoy, el Bautista nos presenta a Cristo en su exacta dimensión. Cristo es el CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO. En el Antiguo Testamento Dios había prescrito que la reconciliación con El se hiciera por medio de la sangre de toros y de chivos, sobre los que el pueblo descargaba sus pecados (cfr. Lev 4, 5 y 16). Era un símbolo, una figura, un anticipo de la realidad que vendría con Cristo. Por eso el Bautista dice que Cristo es el verdadero Cordero de Dios (animal-símbolo de la inocencia y mansedumbre), que carga sobre sí los pecados de toda la humanidad, para expiarlos con su propia Sangre.

Mientras no se vuelva a fundamentar la realidad del hombre enfrentado con la herencia triste del pecado, se seguirán enfrentando los mismos hombres entre sí, y jamás podrá haber paz. El hombre no puede, por sí sólo, construir la PAZ. Necesita de la ayuda del Señor (“Sin Mí nada podéis hacer”). Esta ayuda es la gracia, que contrasta diametralmente con el pecado.

La mayor desgracia -ya lo deploraba Pío XII- es la perdida de la noción del pecado. No pocos cristianos hasta se burlan de los que creemos y procuramos luchar contra el pecado. Uno de los síntomas lo dan aquellos que, por ejemplo, critican, sin más, lo que denominan “sacramentalismo”. Parecen más preocupados por defender, hacer intangible el sacramento (lo que, bien entendido, no sólo es laudable sino también obligatorio) que salvar almas.

Si la misión fundamental de Cristo “hecho hombre para nuestra salvación” (Credo) no es la de liberarnos directamente del pecado (parábolas: hijo pródigo, oveja perdida…), la Iglesia, el Sacerdocio católico, y en definitiva los siete Sacramentos carecerían totalmente de sentido. ¿Es admisible esto? ¿No se corre hoy este riesgo de “teologías liberacionistas” de tipo sicológico, temporalista, carentes de sentido trascendente?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.208-210)

 

domingo, 11 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: Bautismo de Jesús

 

Aún no hemos asimilado del todo la alegría propia de la Navidad, cuando la Iglesia, poseída del gozo por el hecho de nuestra salvación, patentizado en Belén, nos presenta a Cristo en otro paso de su obra redentora.

Hoy celebramos el misterio del Bautismo de Jesús. Cristo no sólo se humilló haciéndose hombre, sino que también, cargando con nuestros pecados, se humilla aún más. Ocupa nuestro lugar de culpables y pecadores, y así se presenta al Padre. Como el culpable de nuestra desgracia, como el pecador que implora clemencia. Allí, formando cola, mezclado con los penitentes, como uno más, se presenta a Juan que bautizaba en las orillas del Jordán, para recibir también Él el bautismo de penitencia. Sabemos que este bautismo no confería la gracia santificante, cuya necesidad no cabía suponer para Jesús, el Santo y el Autor de la Gracia, sino que era un bautismo que disponía a los penitentes para una conversión, un arrepentimiento de sus pecados y un propósito de enmendar muchas cosas en sus vidas.

Allí lo vemos a Cristo, sufriendo la vergüenza de ser considerado por los demás como un pecador que viene a reconocer sus faltas, sus pecados, su vida equivocada, como un ladrón, como un asesino, como un tramposo y pendenciero, como un bebedor, como un adúltero o un fornicario, como un explotador de los demás, etc., etc. Si no descendemos a estos detalles, creo que nunca comprenderemos suficientemente la expresión, tan general, de que Jesús cargó con nuestros pecados y los expió. Jesús cargó sobre sí los pecados concretos de los hombres y murió por algo bien concreto. ¡Cuánto amor!

La humillación de Jesús en el Bautismo hizo que el cielo se abriera, que el Espíritu Santo descendiera en forma de paloma, y se oyera la majestuosa voz del Padre testimoniando: “Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”.

Muchas consideraciones podríamos hacer en torno a este hecho. Señalo nada más que dos:

1) Miremos a Cristo cumpliendo la voluntad del Padre. Hoy que no gusta tanto oír, y menos practicar, que algo debe ser cumplido porque está mandado, ya que eso sería “infantilismo”, falta de “madurez”, carencia de personalidad, etc. Cristo con su obediencia expía también estas aberraciones, estas nuevas formas de soberbia, este nuevo “infantilismo” humano disfrazado de “adultez”, cuando en cuestiones de fe y en cosas reveladas por Dios pretendemos formar nuestras “opiniones propias”.

2) En el día de nuestro bautismo se abrieron los cielos y descendió a nuestro corazón la mismísima Santísima Trinidad. ¡Qué complacencia para las tres divinas personas! Transcurridos los años, en esto momentos, ¿podrían el Padre eterno, el Hijo Redentor y el Espíritu Santificador decir de cada uno de nosotros, con una alegría semejante a la del día de nuestro Bautismo: ÉSTE ES MI HIJO MUY QUERIDO, EN QUIEN TENGO PUESTA TODA MI PREDILECCIÓN? Si no fuera así, hermanos míos, es tiempo de pensar: ¿para qué la Navidad, para qué el Bautismo de Jesús, para qué el Calvario, para qué la Resurrección de Cristo, para qué todo esto y lo del Año Santo, y la Iglesia, y los Sacramentos, y el tanto simular lo que quizás en realidad no somos?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.203-204)

 

viernes, 9 de enero de 2026

COLUMNISTA INVITADO: Monseñor León Kruk, Arquetipo de Obispo, por Sergio Daniel D`Onofrio

 

Introducción

La historia eclesiástica argentina del siglo XX no puede comprenderse adecuadamente sin atender a aquellas figuras episcopales que, lejos de plegarse a los vaivenes ideológicos de su tiempo, asumieron con plena conciencia la misión de custodiar la fe recibida. Entre ellas, la figura de León Kruk se erige como un testimonio singular de austeridad y paternidad. Su episcopado en San Rafael configuró una identidad diocesana marcada por la centralidad de la vida sacramental, la formación sólida del clero y la defensa explícita de la Tradición católica.

Conocer a Monseñor Kruk implica adentrarse en un modelo de obispo que entendió su ministerio como servicio sacrificial. Formado en la pobreza rural y templado en una espiritualidad exigente, evidenciando con su ejemplo la figura del pastor que enseña, gobierna y santifica sin concesiones al espíritu del mundo.

Desarrollo

Monseñor León Kruk (1926–1991) constituye una de las figuras episcopales más singulares y firmes de la Iglesia argentina del siglo XX. Nacido en Concepción de la Sierra, Misiones, en el seno de una familia campesina de origen eslavo, más precisamente ucraniana, siendo sus padres Juan Kruk y Angelica Manulak. Su vida quedó marcada desde la infancia por la austeridad, la piedad mariana y una vocación temprana al sacerdocio. Formado en los seminarios de Corrientes y Villa Devoto, fue ordenado presbítero en 1954. Dentro de sus estudios se encuentran el de Licenciado y Doctor en Teología

Designado obispo de San Rafael en 1973 por el papa Pablo VI, León Kruk asumió su ministerio en un contexto eclesial atravesado por tensiones posconciliares. Alejado de ambigüedades, ejerció el episcopado con un estilo recio y paternal, defendiendo la recta tradición de la Iglesia, enfrentando fuertemente a la herética Teología de la Liberación y al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) desde que se desempeñaba como Vicario del Obispo Francisco Vicentin en la Arquidiócesis de Corrientes,

Su obra más perdurable fue la fundación del Seminario Santa María Madre de Dios. Se lo considera también como un padre espiritual del Instituto del Verbo Encarnado, dado que fue él quien otorgó al padre Carlos Buela la autorización para fundar dicha congregación en la Diócesis de San Rafael. Ambas instituciones, nacidas juntas el 25 de marzo de 1984, se constituyeron como verdaderos pilares de la identidad católica sanrafaelina, así como un impulso decisivo a numerosas iniciativas laicales y educativas.

Hombre de vida austera y oración constante, su muerte, ocurrida el 7 de septiembre de 1991, selló el testimonio de un pastor que no buscó consensos fáciles, sino todo lo contrario, la fidelidad a Cristo y a la Tradición de la Iglesia. Su figura permanece como referencia insoslayable para comprender la historia eclesiástica del sur mendocino.

Conclusión

La importancia de que se conozca y estudie la figura de Monseñor León Kruk radica, ante todo, en su valor ejemplar. En tiempos donde la memoria histórica suele ser selectiva o interesada, recuperar su trayectoria permite comprender que la vitalidad de una diócesis depende de la claridad doctrinal, la coherencia moral y la formación profunda del clero y de los fieles. El Seminario que fundó, las instituciones que protegió y el laicado que alentó no fueron iniciativas aisladas, sino partes orgánicas de una concepción integral de la Iglesia.

Mons. León Kruk representa un tipo de obispo cada vez menos frecuente: aquel que no teme al conflicto cuando está en juego la verdad revelada, y que asume las consecuencias personales de esa fidelidad. Su vida refuta la idea de que la firmeza doctrinal sea incompatible con la caridad pastoral; por el contrario, muestra que la auténtica caridad se funda en la verdad. Conocerlo es, en definitiva, reencontrarse con una forma de pastoreo que ayudó a edificar, con sacrificio y claridad, la Iglesia concreta de San Rafael y que aún hoy interpela a quienes buscan comprender el sentido profundo del gobierno Episcopal.

Bibliografía D’ONOFRIO, S. (2024) Historia Eclesiástica de la Diócesis de San Rafael. Tomo I. Monseñor Kruk. Un León en Cuyo. Ed. Cruz del Sur. Mendoza. Argentina.

Lic. Sergio Daniel D`Onofrio*

 

*Sergio Daniel D’Onofrio, nacido el 10 de marzo de 1992 en San Rafael, Mendoza. Argentina. Es profesor de Historia por el Instituto Santa María del Valle Grande. Es licenciado en Historia por la Universidad Católica de La Plata. Se desempeña como docente en nivel superior y medio en las provincias de Neuquén. Es investigador y autor de numerosas obras de historia argentina y eclesiástica, entre ellas la colección “Historia Eclesiástica de la Diócesis de San Rafael”. Dirige el canal y blog “El Revisionista”, (https://elrevisionista1.blogspot.com) y posee su propio canal de YouTube “El Revisionista” (https://www.youtube.com/@elrevisionista7789/featured) desde donde difunde una lectura crítica y revisionista del pasado nacional y religioso.

martes, 6 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: ¿Dónde está el Rey?

 

La Epifanía del Señor

Quien haya tenido oportunidad de observar cómo las modernas maquinarias rebajan cerros, nivelan hondonadas, cubren pantanos, excavan en la roca, etc., sin duda se habrá admirado de la fuerza de dichos implementos. Se construyen enormes diques para aprovechar la fuerza y hacer más eficaz el caudal del agua de los ríos… El hombre se traslada al espacio con una facilidad cada vez más asombrosa… La técnica al servicio del hombre… ¿Cuánta maravilla!

No obstante todo este adelanto hay algo que desde muy antiguo supera infinitamente en poder, en grandeza, en hermosura y en trascendencia a todo eso. Hay algo que vence el tiempo y aun a la misma muerte. Es la fuerza maravillosa de la fe. Con la fe traspasamos la frontera del tiempo, de la muerte y del espacio. Con la fe no solo vemos y tocamos a Dios, con la fe participamos de su propia grandeza y omnipotencia. Con la fe, paradójicamente ¡oh misterio!, lo tenemos a Dios a nuestro servicio. Con la fe, si fuera necesario, trasladaríamos montañas, nos lo asegura el mismo Jesús.

Hoy celebramos la manifestación de Dios a los hombres. Dios se nos manifiesta, se nos muestra, se nos descubre en su Hijo Jesucristo. El Niño de Belén, que adoraron María y José, que adoraron los pastores, y que adoraron “unos magos de Oriente”, no sólo es hombre, que no puede ser adorado, sino que es al mismo tiempo Dios eterno. ¡Misterio grandioso! En ese Niño está “toda la plenitud de la divinidad de la que todos participamos”.

Verdaderamente es una lástima que una Fiesta como la de hoy, la EPIFANÍA, una fiesta tan de adultos, haya sido tan infantilizada. Por poco queda reducida más que al “recuerdo histórico” de unos personajes –los Magos– que fueron a adorar al Niño Jesús. Pero se pone menos acento en la adoración que en los regalos que recibieron.

No obstante, los mismos “regalos” son un testimonio de que la revelación sobre este Niño les hizo comprender que se trataba de un rey (oro), de un Dios (incienso), y de un hombre (mirra) al mismo tiempo. No habrán entendido plenamente el misterio, pero lo admitieron, lo aceptaron, porque les fue revelado por Dios, y en consecuencia obraron: se esforzaron por encontrar al Niño y le adoraron.

Repetimos:  Dios nos envía a su Hijo para redimirnos. ¡Tanto nos ama! Sin excluir los “regalos” a los niños en esta Fiesta de la EPIFANÏA, es necesario, muy necesario, que le vayamos devolviendo a la misma su verdadero contenido, real significado y vital importancia. No hagamos de las cosas de Dios “cualquier cosa”. La fe, por otra parte, no es un acto puramente espiritual.

La fe tiene que estar enraizada en nuestra vida. Creer en Jesucristo, en la necesidad de la Redención para los hombres, significa asumir toda la responsabilidad propia de esta fe. Así como los Magos no se desalentaron cuando se les ocultó la estrella. Averiguaron, buscaron y encontraron. No esperemos nosotros “facilidades” para ser cristianos. Jamás debemos cansarnos por el esfuerzo que ello implica…

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.198-199)

domingo, 28 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: Amor que da vida

 

La Navidad no es la recordación de un hecho histórico pasado, ni sólo la celebración del mismo. Debe ser considerada y vivida como una realidad presente, como algo que tiene mucho que ver con cada uno de vosotros, hoy y concretamente aquí. Es un hecho de Dios hoy, para el hombre de hoy. La Navidad es la solución que Dios ofrece hoy a los problemas del hombre, como lo fue a los problemas de antes y lo será en el futuro. No entenderlo así, es no comprender el sentido hondo, profundo, real de la Navidad, no tendremos soluciones a ningún problema, por grande y grave que sea.

Lo primero y fundamental es aceptar lo que Dios nos dice con la Navidad, y es lo que necesitamos. Más tarde Cristo lo expresará con absoluta claridad: “Sin Mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Es el presupuesto básico para la vivencia de la Navidad: A Dios lo necesitamos. Esto no es libre, no es opcional, ni discutible u opinable. En efecto, la Navidad nos trae lo más importante, y que sólo Dios puede darnos. ¿Qué es lo más importante para el hombre? La existencia, la vida. Pero la propia vida del hombre, a diferencia de la planta que vegeta, o del animal que tiene sensaciones, siente estímulos, no es dirigida por los instintos y pasiones. El hombre tiene vida racional, una capacidad radical de amar, que en definitiva es lo que constituye su esencial parecido con Dios, a cuya “imagen y semejanza” fue creado.

Amar, sí, esa es la definición exacta de la Navidad. Amar pertenece a la esencia del hombre. Es la vida del hombre. Dice Jesús: “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). El hombre que no ama, que no sabe amar, o no quiere saber lo que es amar y cómo amar, carece del elemento esencial de su razón de existir.

La Navidad nos habla no sólo del amor de Dios -“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…” (Jn 3,16)- sino también, y muy especialmente, de la necesidad de amar que tiene el hombre, para realizarse en plenitud como persona. “El que no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3,14).

Entendamos que el amor no es una idea, ni una sensación, ni una satisfacción, ni un sentimiento sensiblero, ni cualquier experiencia que nos complazca física o anímicamente.

Para entenderlo bien, no hagamos muchas disquisiciones teóricas. Vayamos a lo práctico. La lección de la Navidad es clara. Jesús no rechaza a nadie. Viene para todos, y no sólo para el pueblo elegido. Lo necesitan tanto los pecadores del pueblo de Israel, como los paganos.

Frente a esto ¿cuál es nuestra actitud? ¿Cómo consideramos nosotros a los demás? Si aceptamos solamente a los que nos resultan simpáticos, agradables, que piensan como nosotros, a los que no nos resultan “difíciles”, no sé cómo podemos desear feliz Navidad a otros. Si no estamos dispuestos a ayudar a los demás, y sólo exigimos duramente sin atender razones del otro, ¿qué sentido tiene la Navidad? Cuándo hay un amargado por culpa nuestra ¿seremos felices?



Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.188-189)

jueves, 25 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: Mensaje de Navidad

 

El nacimiento de Jesús no fue un hecho intrascendente. Tampoco debe serlo su recordación. Los misterios de la vida de Cristo no son sólo hechos históricos, ocurridos hace dos mil años, sino realidades que no pasan, realidades de renovada actualidad.

Cristo nace en cada alma por el Bautismo, y re-nace, o si preferimos, resucita por la Confesión, cuando el pecado, después del Bautismo, reproduce nuevamente la muerte de Cristo en el alma. Además, si bien la gracia como realidad espiritual no puede crecer en cantidad, como si fuera algo que se puede medir o pesar, puede ciertamente aumentar en intensidad, y hacernos cada vez más perfectos, arraigándose profundamente en nuestra vida y convicciones.

Es dentro de estos conceptos que debemos considerar la Navidad como un hecho actual en nuestra vida.

Junto con la alegría propia de esta fiesta, por desgracia falseada en su real contenido por una propaganda comercial desproporcionada, es necesario que nos acerquemos como cristianos, como católicos, a la cuna de Belén para ver qué nos dice hoy el Nacimiento de Cristo, para comprobar si el Niño, el Hijo de Dios que imaginamos recostado en un pesebre, de acuerdo al Evangelio, no ha sido sustituido por otra cosa. Es necesario que verifiquemos y nos cercioremos, a ejemplo de los Reyes Magos, de la realidad y la presencia del Hijo de Dios.

Empecemos por preguntarnos muy seriamente qué significa la Navidad en nuestra vida. Dado que no es un hecho intrascendente, una simple recordación histórica, sino una “actualización” de la gracia que Dios nos ofrece: ¿qué resultados, qué frutos, qué transformación produjo y debe producir en nosotros? No podemos permanecer indiferentes, estáticos, fríos, mudos, insensibles.

Ante el continuo clamor del Papa, llamándonos a la conversión, a la renovación y reconciliación, a través del regalo del Año Santo, es necesario asomarnos a la ventana de la esperanza de un mundo mejor, más humano, más de Dios.

Como Obispo siento la grave responsabilidad de invitar a todos a una profunda renovación espiritual. Dios un día me pedirá ajustada cuenta de mi “vigilancia” y “pastoreo”. No quisiera que un día pesara sobre mi conciencia el reproche y la reprobación de Dios por no haber hablado, por no haber invitado, por no haber exhortado a todos a la conversión.

La Navidad, nacimiento espiritual de Cristo en nosotros, es precisamente eso: introspección, reflexión, conversión.

La Navidad debe ser para nosotros una ocasión en que nos sintamos impulsados a verificar y constatar si el Niño de Belén, que imaginamos recostado en el pesebre de nuestra “vida cristiana”, es realmente el Hijo de Dios, o en cambio es un sustituto, con otro nombre, porque representa otra realidad en nosotros.

La Navidad es sobre todo el alborear de una nueva esperanza que se asoma en el horizonte de nuestra vida. No importa lo que hayamos sido. Tenemos la posibilidad de empezar a ser lo que debemos ser. En la Navidad, Dios no se detiene tanto para mirar nuestra miseria cuanto se desvive por ofrecernos su riqueza.

Si he invitado para que miremos un poco nuestro pasado no es para que nos quedemos, entre lamentos, mirando hacia atrás, sino para que tomemos nuevo impulso y nos proyectemos definitivamente hacia el futuro venturoso y feliz, signado, gracias a la presencia de Cristo renacido en nuestra alma, por la absoluta certeza del éxito total.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.173-174)

domingo, 21 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK – ADVIENTO: Cristo tiene derecho a tu respuesta

 

Próxima ya la Fiesta de Navidad, la liturgia de este Domingo nos hace meditar sobre la Madre de Jesús, la siempre Virgen María, y lo intenta con el relato de la conmovedora escena del anuncio, de parte de Dios, por medio del ángel, del misterio de la Encarnación.

Innumerables veces lo hemos leído y releído, y hasta casi lo sabemos de memoria, palabra por palabra, y no obstante, cada vez que volvemos a leer esa simple, pero magnífica historia, es imposible no emocionarnos. Podría decirse que nunca la aprenderemos de memoria, como otras historias, porque el misterio que anuncia es inagotable, y tiene relación con nuestra vida personal. En efecto, es imposible considerar o recordar la venida de Cristo a este mundo, para devolver a Dios la gloria que el pecado le pretendió quitar, sin aplicarnos a nosotros ese relato.

No es una historia impersonal. La venida y la presencia de Jesús en la historia de los hombres implica un juicio sobre nuestra conducta: “Si yo no hubiera venido y no hubiera hecho entre ellos la obras que ningún otro realizó, no tendrían pecado” (Jn 15,24). De modo que, en definitiva, todo lo malo que nos acontece es, querámoslo o no, porque no aceptamos a Jesucristo, no aceptamos a Dios, ya que lo que hay de malo en nosotros o es pecado o fruto del pecado. La presencia de Cristo no puede dejarnos indiferentes.

Así la consideración, por una parte, del amor misericordioso de Dios, amor que da y se da todo entero, amor que no busca su propio bien sino el de los demás, ¿no te hace pensar, hermano, sobre qué entiendes por amor, como lo vives o practicas? ¿No es la más de las veces egoísmo, interés, que no va hacia el necesitado, sino que pretende poner a todos a su servicio? Cuando ves cómo Dios toma la iniciativa y respeta la libertad de la Virgen, hasta el punto que fue necesario que ella dijera: ¡Sí! ¡Hágase en mí tu voluntad!, para que el Hijo de Dios empezara su existencia humana en el seno de María, ¿ello no te hace pensar en tu comportamiento con los demás?

¡Cuántas veces quieres imponer tus criterios, tus puntos de vista, tus opiniones, tus conveniencias! Cuando ves que Dios se digna ofrecer una prueba de su poder a una pobre criatura, demostrando que para El nada hay imposible, ¿no se te ocurre pensar que con su ayuda nada te puede resultar imposible, aunque te cueste cumplir con la ley de Dios? ¿No es muchas veces el hombre el “intransigente” en sus reclamos y no la Iglesia que no “afloja”, que no puede “aflojar” en ciertas cosas?

Y, por otra parte, cuando vemos la disponibilidad de la Virgen María, y cómo la gracia de Dios realmente “obró maravillas” en ella, ¡no cuestiona esto nuestra rebeldía, ese nuestro no querer dar “el brazo a torcer”? ¡Cuánto bien, cuánto apostolado se deja de hacer porque siempre ofrecemos alguna excusa para ello, nunca tenemos tiempo, o lo postergamos para más adelante, para una mejor oportunidad, etc, etc.! Y mientras tanto, los enemigos avanzan: ellos siempre tienen tiempo, siempre están dispuestos, nunca se cansan. A ejemplo de la Virgen, aprendamos a decir siempre ¡Sí! A Dios. En esta Navidad ¿qué cosa costosa te está pidiendo Dios? ¡A qué cosa o actitud tienes que renunciar?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.155-156)