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Fra Angelico - The Dormition and Assumption of the Virgin (detalle), 1424-1434. |
“Todas
las generaciones te llamarán bienaventurada, porque ha hecho en ti cosas
grandes el Todopoderoso” (Lc 1, 48-49).
“Una
señal grandiosa apareció en el cielo: una mujer con el sol por vestido, la luna
bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas” (Antífona de Entrada
de la Santa Misa de la Asunción). Así saluda la liturgia a María asunta al
cielo aplicándole las palabras del Apocalipsis (12, 1) que se leen hoy también
en la primera lectura. En la visión profética de Juan esa mujer excepcional
aparece esperando un hijo y en lucha con el “dragón”, el eterno enemigo de Dios
y de los hombres. Este cuadro de luz y de sombras, de gloria y de guerra lleva
a pensar en la realización de la promesa mesiánica contenida en las palabras
dirigidas por Dios a la serpiente engañadora: “Enemistad pondré entre ti y la
mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te aplastará la cabeza” (Gn 3, 15).
Todo
esto se realizó por medio de María, la Madre del Salvador, contra el que se
precipitó Satanás, pero del que éste fue definitivamente vencido. Cristo, hijo
de María, es el Vencedor, sin embargo, para que la humanidad pueda gozar
plenamente de la victoria conseguida por él, es necesario que, como él,
sostenga la lucha. En este duro combate el hombre es sostenido por la fe en
Cristo y por el poder de su gracia; pero también lo es por la protección
materna de María que desde la gloria del cielo no cesa de interceder por
cuantos militan en seguimiento de su Hijo divino. Ellos vencerán en virtud de
la sangre del Cordero (Ap 12, 11), la sangre que le fue dada por la Virgen
Madre. María dio el Salvador al mundo; por medio de ella, pues, “llega la
victoria, el poder y el reino de nuestro Dios, y el mando de su Mesías” (ib
10). Así sucedió porque tal ha sido “la voluntad del que ha establecido que lo
tuviésemos todo por medio de María” (San Bernardo, De aquad, 7).
Mientras
la visión apocalíptica muestra al hijo de la mujer arrebatado y llevado junto
al trono de Dios -alusión a la ascensión de Cristo al cielo- presenta a la
mujer misma en fuga a “un lugar preparado por Dios” (Ap 12, 5-6), figura de la
asunción de María a la gloria del Eterno. María es la primera mujer en
participar plenamente en la suerte de su Hijo divino; unida a él como madre y
“compañera singularmente generosa” que “cooperó de forma enteramente impar” a
su obra de Salvador (Lumen Gentium 62), comparte su gloria, asunta en cuerpo y
alma al cielo.
El
concepto expresado por la primera lectura es completado por la segunda (1 Cor
15, 20-26). San Pablo hablando de Cristo, primicia de los resucitados, concluye
que un día todos los creyentes tendrán parte de su glorificación. Pero en
diferente grado: “Primero Cristo como primicia; después, todos los cristianos”
(ib 23). Y entre “los cristianos” el primer puesto pertenece sin duda a la
Virgen, que fue siempre suya porque jamás estuvo ajada por el pecado. Es la
única criatura en quien el esplendor de la imagen de Dios nunca fue ofuscado;
es la “inmaculada concepción”, la obra intacta de la Trinidad, en la que el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han podido siempre complacerse, recabando de
ella una respuesta total a su amor.
La
respuesta de María al amor de Dios resuena en el Evangelio de este día (Lc 1,
39-59), tanto en las palabras de Isabel que exaltan la gran fe que ha llevado a
María a adherirse sin vacilación al querer divino, como en las de la misma
Virgen que entona un himno de alabanza al Altísimo por las cosas grandes que ha
hecho en ella. María no se mira a sí misma sino para reconocer su pequeñez, y
de ésta se eleva a Dios para glorificar su dignación y misericordia, su
intervención y su poder en favor de los pequeños, de los humildes y de los
pobres, entre los cuales se coloca ella con suma sencillez. Su respuesta al
amor inmenso de Dios que la ha elegido entre todas las mujeres para madre de su
Hijo divino es invariablemente la dada al ángel: “Aquí está la esclava del
Señor” (ib 38).
Para
María ser esclava significa estar totalmente abierta y disponible para Dios: él
puede hacer de ella lo que quiera. Y Dios, después de haberla asociado a la
pasión de su Hijo, la ensalzará un día realizando en ella las palabras de su
cántico: “derriba del solio a los poderosos y enaltece a los humildes” (ib 52);
pues la humilde esclava, en efecto, “fue asunta en cuerpo y alma a la gloria
celestial…, con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor
de los señores” (Lumen Gentium 59). En María asunta al cielo la cristiandad
entera tiene una poderosa abogada y también un magnífico modelo. De ella
aprenden todos a reconocer la propia pequeñez, a ofrecerse a Dios en total
disponibilidad a sus quereres y a creer en el amor misericordioso y omnipotente
con fe inquebrantable.
“¡Oh amor de María, oh ardiente amor de la
Virgen!, eres demasiado ardiente, demasiado vasto…, un cuerpo mortal no puede
contenerte; es demasiado abrasado tu ardor para que pueda ocultarse bajo esta
pobre ceniza. Ve…, brilla en la eternidad; ve, arde, quema delante del trono de
Dios…, apágate aquí y multiplícate en el seno de este Dios, único capaz de
contenerte! (J. B. Bossuet, La Asunción de la Virgen, 1, 1).
“¡Oh Virgen Inmaculada, Madre de Dios y madre
de los hombres! Nosotros creemos con todo el fervor de nuestra fe en tu
asunción triunfal en cuerpo y alma al cielo, donde eres aclamada Reina por
todos los coros de los ángeles y todos los ejércitos de los santos; nos unimos
a ellos para alabar y bendecir al Señor, que te ha ensalzado sobre todas las
demás puras criaturas, y para ofrecerte las aspiraciones de nuestra devoción y
de nuestro amor.
Sabemos que tu mirada, que acariciaba
maternalmente la humanidad abatida y doliente de Jesús en la tierra, se sacia
en el cielo con la vista de la humanidad gloriosa de la Sabiduría increada y
que la alegría de tu espíritu al contemplar cara a cara a la adorable Trinidad
hace a tu corazón estremecerse de beatificante ternura; y nosotros, pobres
pecadores, nosotros a quienes el cuerpo corta el vuelo del alma, te suplicamos
purifiques nuestros sentidos, para que aprendamos desde aquí abajo a gustar a
Dios, a Dios sólo, en el encanto de las criaturas.
Confiamos que tus ojos misericordiosos se
inclinen sobre nuestras miserias y sobre nuestras angustias, sobre nuestras
luchas y sobre nuestras debilidades, que tus labios sonrían compartiendo
nuestros gozos y nuestras victorias; que escuches a Jesús decirte de cada uno
de nosotros, como en otro tiempo del discípulo amado: “Ahí tienes a tu hijo”. Y
nosotros que te invocamos como Madre nuestra, te tomamos, como Juan, por guía,
fuerza y consuelo de nuestra vida mortal.
Desde esta tierra, donde peregrinamos,
confortados por la fe en la futura resurrección, miramos hacia ti, nuestra
vida, nuestra dulzura y nuestra esperanza. Atráenos con la dulzura de tu voz,
para mostrarnos un día, después de este destierro, a Jesús, fruto bendito de tu
vientre, ¡oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María” (Su Santidad Pío XII,
Papa).
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María
Magdalena, OCD.