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domingo, 28 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: Amor que da vida

 

La Navidad no es la recordación de un hecho histórico pasado, ni sólo la celebración del mismo. Debe ser considerada y vivida como una realidad presente, como algo que tiene mucho que ver con cada uno de vosotros, hoy y concretamente aquí. Es un hecho de Dios hoy, para el hombre de hoy. La Navidad es la solución que Dios ofrece hoy a los problemas del hombre, como lo fue a los problemas de antes y lo será en el futuro. No entenderlo así, es no comprender el sentido hondo, profundo, real de la Navidad, no tendremos soluciones a ningún problema, por grande y grave que sea.

Lo primero y fundamental es aceptar lo que Dios nos dice con la Navidad, y es lo que necesitamos. Más tarde Cristo lo expresará con absoluta claridad: “Sin Mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Es el presupuesto básico para la vivencia de la Navidad: A Dios lo necesitamos. Esto no es libre, no es opcional, ni discutible u opinable. En efecto, la Navidad nos trae lo más importante, y que sólo Dios puede darnos. ¿Qué es lo más importante para el hombre? La existencia, la vida. Pero la propia vida del hombre, a diferencia de la planta que vegeta, o del animal que tiene sensaciones, siente estímulos, no es dirigida por los instintos y pasiones. El hombre tiene vida racional, una capacidad radical de amar, que en definitiva es lo que constituye su esencial parecido con Dios, a cuya “imagen y semejanza” fue creado.

Amar, sí, esa es la definición exacta de la Navidad. Amar pertenece a la esencia del hombre. Es la vida del hombre. Dice Jesús: “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). El hombre que no ama, que no sabe amar, o no quiere saber lo que es amar y cómo amar, carece del elemento esencial de su razón de existir.

La Navidad nos habla no sólo del amor de Dios -“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…” (Jn 3,16)- sino también, y muy especialmente, de la necesidad de amar que tiene el hombre, para realizarse en plenitud como persona. “El que no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3,14).

Entendamos que el amor no es una idea, ni una sensación, ni una satisfacción, ni un sentimiento sensiblero, ni cualquier experiencia que nos complazca física o anímicamente.

Para entenderlo bien, no hagamos muchas disquisiciones teóricas. Vayamos a lo práctico. La lección de la Navidad es clara. Jesús no rechaza a nadie. Viene para todos, y no sólo para el pueblo elegido. Lo necesitan tanto los pecadores del pueblo de Israel, como los paganos.

Frente a esto ¿cuál es nuestra actitud? ¿Cómo consideramos nosotros a los demás? Si aceptamos solamente a los que nos resultan simpáticos, agradables, que piensan como nosotros, a los que no nos resultan “difíciles”, no sé cómo podemos desear feliz Navidad a otros. Si no estamos dispuestos a ayudar a los demás, y sólo exigimos duramente sin atender razones del otro, ¿qué sentido tiene la Navidad? Cuándo hay un amargado por culpa nuestra ¿seremos felices?



Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.188-189)

jueves, 25 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: Mensaje de Navidad

 

El nacimiento de Jesús no fue un hecho intrascendente. Tampoco debe serlo su recordación. Los misterios de la vida de Cristo no son sólo hechos históricos, ocurridos hace dos mil años, sino realidades que no pasan, realidades de renovada actualidad.

Cristo nace en cada alma por el Bautismo, y re-nace, o si preferimos, resucita por la Confesión, cuando el pecado, después del Bautismo, reproduce nuevamente la muerte de Cristo en el alma. Además, si bien la gracia como realidad espiritual no puede crecer en cantidad, como si fuera algo que se puede medir o pesar, puede ciertamente aumentar en intensidad, y hacernos cada vez más perfectos, arraigándose profundamente en nuestra vida y convicciones.

Es dentro de estos conceptos que debemos considerar la Navidad como un hecho actual en nuestra vida.

Junto con la alegría propia de esta fiesta, por desgracia falseada en su real contenido por una propaganda comercial desproporcionada, es necesario que nos acerquemos como cristianos, como católicos, a la cuna de Belén para ver qué nos dice hoy el Nacimiento de Cristo, para comprobar si el Niño, el Hijo de Dios que imaginamos recostado en un pesebre, de acuerdo al Evangelio, no ha sido sustituido por otra cosa. Es necesario que verifiquemos y nos cercioremos, a ejemplo de los Reyes Magos, de la realidad y la presencia del Hijo de Dios.

Empecemos por preguntarnos muy seriamente qué significa la Navidad en nuestra vida. Dado que no es un hecho intrascendente, una simple recordación histórica, sino una “actualización” de la gracia que Dios nos ofrece: ¿qué resultados, qué frutos, qué transformación produjo y debe producir en nosotros? No podemos permanecer indiferentes, estáticos, fríos, mudos, insensibles.

Ante el continuo clamor del Papa, llamándonos a la conversión, a la renovación y reconciliación, a través del regalo del Año Santo, es necesario asomarnos a la ventana de la esperanza de un mundo mejor, más humano, más de Dios.

Como Obispo siento la grave responsabilidad de invitar a todos a una profunda renovación espiritual. Dios un día me pedirá ajustada cuenta de mi “vigilancia” y “pastoreo”. No quisiera que un día pesara sobre mi conciencia el reproche y la reprobación de Dios por no haber hablado, por no haber invitado, por no haber exhortado a todos a la conversión.

La Navidad, nacimiento espiritual de Cristo en nosotros, es precisamente eso: introspección, reflexión, conversión.

La Navidad debe ser para nosotros una ocasión en que nos sintamos impulsados a verificar y constatar si el Niño de Belén, que imaginamos recostado en el pesebre de nuestra “vida cristiana”, es realmente el Hijo de Dios, o en cambio es un sustituto, con otro nombre, porque representa otra realidad en nosotros.

La Navidad es sobre todo el alborear de una nueva esperanza que se asoma en el horizonte de nuestra vida. No importa lo que hayamos sido. Tenemos la posibilidad de empezar a ser lo que debemos ser. En la Navidad, Dios no se detiene tanto para mirar nuestra miseria cuanto se desvive por ofrecernos su riqueza.

Si he invitado para que miremos un poco nuestro pasado no es para que nos quedemos, entre lamentos, mirando hacia atrás, sino para que tomemos nuevo impulso y nos proyectemos definitivamente hacia el futuro venturoso y feliz, signado, gracias a la presencia de Cristo renacido en nuestra alma, por la absoluta certeza del éxito total.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.173-174)