El nacimiento de Jesús no fue
un hecho intrascendente. Tampoco debe serlo su recordación. Los misterios de la
vida de Cristo no son sólo hechos históricos, ocurridos hace dos mil años, sino
realidades que no pasan, realidades de renovada actualidad.
Cristo nace en cada alma por
el Bautismo, y re-nace, o si preferimos, resucita por la Confesión, cuando el
pecado, después del Bautismo, reproduce nuevamente la muerte de Cristo en el
alma. Además, si bien la gracia como realidad espiritual no puede crecer en
cantidad, como si fuera algo que se puede medir o pesar, puede ciertamente
aumentar en intensidad, y hacernos cada vez más perfectos, arraigándose
profundamente en nuestra vida y convicciones.
Es dentro de estos conceptos
que debemos considerar la Navidad como un hecho actual en nuestra vida.
Junto con la alegría propia de
esta fiesta, por desgracia falseada en su real contenido por una propaganda
comercial desproporcionada, es necesario que nos acerquemos como cristianos,
como católicos, a la cuna de Belén para ver qué nos dice hoy el Nacimiento de
Cristo, para comprobar si el Niño, el Hijo de Dios que imaginamos recostado en
un pesebre, de acuerdo al Evangelio, no ha sido sustituido por otra cosa. Es
necesario que verifiquemos y nos cercioremos, a ejemplo de los Reyes Magos, de
la realidad y la presencia del Hijo de Dios.
Empecemos por preguntarnos muy
seriamente qué significa la Navidad en nuestra vida. Dado que no es un hecho
intrascendente, una simple recordación histórica, sino una “actualización” de
la gracia que Dios nos ofrece: ¿qué resultados, qué frutos, qué transformación
produjo y debe producir en nosotros? No podemos permanecer indiferentes,
estáticos, fríos, mudos, insensibles.
Ante el continuo clamor del
Papa, llamándonos a la conversión, a la renovación y reconciliación, a través
del regalo del Año Santo, es necesario asomarnos a la ventana de la esperanza
de un mundo mejor, más humano, más de Dios.
Como Obispo siento la grave
responsabilidad de invitar a todos a una profunda renovación espiritual. Dios
un día me pedirá ajustada cuenta de mi “vigilancia” y “pastoreo”. No quisiera
que un día pesara sobre mi conciencia el reproche y la reprobación de Dios por
no haber hablado, por no haber invitado, por no haber exhortado a todos a la
conversión.
La Navidad, nacimiento
espiritual de Cristo en nosotros, es precisamente eso: introspección,
reflexión, conversión.
La Navidad debe ser para
nosotros una ocasión en que nos sintamos impulsados a verificar y constatar si
el Niño de Belén, que imaginamos recostado en el pesebre de nuestra “vida
cristiana”, es realmente el Hijo de Dios, o en cambio es un sustituto, con otro
nombre, porque representa otra realidad en nosotros.
La Navidad es sobre todo el
alborear de una nueva esperanza que se asoma en el horizonte de nuestra vida.
No importa lo que hayamos sido. Tenemos la posibilidad de empezar a ser lo que
debemos ser. En la Navidad, Dios no se detiene tanto para mirar nuestra miseria
cuanto se desvive por ofrecernos su riqueza.
Si he invitado para que
miremos un poco nuestro pasado no es para que nos quedemos, entre lamentos,
mirando hacia atrás, sino para que tomemos nuevo impulso y nos proyectemos
definitivamente hacia el futuro venturoso y feliz, signado, gracias a la presencia
de Cristo renacido en nuestra alma, por la absoluta certeza del éxito total.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.173-174)


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