Domingo
XXVII (A) del tiempo ordinario
Evangelio
de San Mateo 21,33-43
Desde que el hombre, no
conforme con su condición de criatura y tentado por el diablo, quiso lograr una
felicidad según su propio criterio, ha desencadenado sobre el mundo toda una
serie de desdichas, ansiedades, sufrimientos, incertidumbres, hasta la supresión
misma de la felicidad con la muerte. Podemos decir que a partir de ese
instante, en que el hombre rompió el molde e invadió la zona que no le
correspondía, ha comenzado la interminable búsqueda de la felicidad.
Quizás más que en otros
tiempos, hoy el hombre no sólo siente la ausencia de esa felicidad, sino que
además experimenta la impotencia de alcanzarla y hasta puede llegar a convencerse de que jamás la va
a lograr.
Pero también hoy, quizás más
que en otros tiempos, cobran mayor vigencia las siempre actuales palabras de
Cristo cuando dice. “¿No habéis leído nunca las Escrituras: La piedra que los
constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra
del Señor, admirable a nuestros ojos?”.
Nos indignamos ante la
terquedad, la rebeldía y la obstinación del pueblo judío que rechaza a Cristo.
Jesús trae la respuesta y la forma de encontrar la felicidad que todos anhelan,
y los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se obstinan y llegan a lo
increíble: asesinan al que viene para hacerlos felices. La imagen de la viña,
que no produce frutos de “rectitud y justicia”, y de los pérfidos viñadores,
que sólo lanzan gritos de rebeldía, nos pinta al vivo la mala conducta de este
pueblo preferido por Dios. Ante esto nos indignamos.
Pero lo triste y trágico es
que esa actitud la adoptamos también nosotros cada vez que buscamos la
felicidad fuera de Dios, prescindiendo de sus leyes y mandamientos.
Sinceramente no sé por qué nos
lamentamos de la afligente situación actual. Estamos cosechando lo que se ha
sembrado. También nosotros, los constructores de una patria laica, hemos
rechazado la piedra fundamental que es Cristo, y ahora nos azoramos de que el
edificio se nos esté viniendo abajo. ¿De qué nos quejamos si el Gran
Marginado entre nosotros sigue siendo el Imprescindible, Dios?
Desde hace casi un siglo a
Cristo se lo ha declarado, por una ley, enemigo del pueblo. Cristo, el Maestro
por excelencia, no puede entrar en nuestras escuelas* “oficiales” por su
doctrina contraria a la de muchos de nuestros educadores. Cristo enseña el
respeto y el amor a Dios y al prójimo; Cristo enseña la honradez, la
honestidad, la defensa de la vida y de los vienes propios y sobre todo ajenos;
Cristo enseña que debemos decir la verdad y aborrecer la hipocresía, la
simulación, el fraude, el engaño; Cristo enseña la caridad y condena el
egoísmo; Cristo defiende la familia y la santidad del matrimonio, condenando
duramente el adulterio; Cristo enseña el respeto a las leyes y a la legítima
autoridad, recordando a ésta que su fuerza proviene de Dios y de nadie más;
Cristo, como ciudadano enseña el amor a la patria, y llora por la próxima ruina
y destrucción de Jerusalén; Cristo nos enseña a amarnos como hermanos, como El
nos amó, hasta dar su propia vida en testimonio de su amor; Cristo, a través del tiempo, por el Magisterio de la
Iglesia, sigue enseñando: recordemos las insuperables enseñanzas de las grandes
Encíclicas Sociales, que si se hubiesen puesto en práctica no estaríamos
lamentando la situación presente tanto en nuestra patria como del mundo entero.
Por todas estas enseñanzas y
principios Cristo es perseguido, desterrado de nuestras aulas y arrancado de
las almas de muchos niños. Si no fuese por esto, porque su doctrina es opuesta
a la del laicismo, no se entiende ni explica por qué tanta oposición, rechazo y
persecución.
Es tiempo de que volvamos a
Cristo. Es tiempo de que Cristo no siga siendo el Gran Marginado entre
nosotros. Pero empecemos cada uno, personalmente, por darle a Cristo el lugar
que le corresponde en nuestra vida. Reconozcamos nuestro error y volvamos al ÚNICO
que puede salvarnos.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael),
Ediciones Nihuil, 1988,
pag. 42-44)
Nota explicativa: *Aquí
se hace referencia a la Ley 1420 de Educación Común (1884): Promulgada bajo la
presidencia de Julio Argentino Roca, estableció que la educación primaria
pública debía ser obligatoria, gratuita y laica. La ley no prohibió la
enseñanza religiosa, sino que determinó que esta debía impartirse fuera del
horario de clases y estar a cargo de los ministros autorizados de cada culto,
con el fin de respetar a los hijos de inmigrantes de distintas confesiones. En
su momento, el sentido de fe del pueblo católico acusó a esta medida de
intentar "sancionar una escuela sin Dios".















