Jn
14,15-21
Dios solamente puede hacer
cosas de la nada, y únicamente con el poder de su voluntad. Eso es crear. Los
hombres jamás crean nada en el sentido estricto del término. Hacen
“combinaciones” con cosas que ya existen. Hacen cosas “nuevas”. Pero en
realidad no las crean. Además se necesitan medios para hacer o realizar algo.
Esto en todos los órdenes; pero de un modo especial en lo referente a la eterna
salvación. Jesús lo dice claramente: “Sin mí nada podéis hacer” (Juan 15,5).
Como cristianos, como
católicos, por nuestro bautismo y confirmación, tenemos una fundamental misión
en nuestra vida. Hemos de ser testigos de la Resurrección de Cristo ante los
hombres, ante todo el mundo. Poco a poco tenemos que ir ampliando el
conocimiento de esto, clarificando y entendiendo mejor aquello de que estamos
aquí en la tierra “para conocer, amar y servir a Dios en este mundo y luego
gozar con El en la Vida Eterna”, como decían nuestros viejos catecismos. No se
trata de una idea egocéntrica, es decir, que me lleva a preocuparme por mi
salvación en forma individual; he de comprender que mi salvación tiene relación
con la salvación de los demás, que se ha de obrar por la gracia de Dios y el
esfuerzo personal de cada uno. Para hacer más fácil, o menos difícil, este
esfuerzo, es necesario que también las cosas estén ordenadas según la mente, el
querer de Dios. Nuestras actividades espirituales y materiales, culturales,
sociales, económicas, políticas, todo ha de servir para ese fin. Es en todo
esto tan concreto donde ser ha de realizar ese conocimiento, ese servicio, y
ese amor de Dios para alcanzar la eterna felicidad.
Realizando estas tareas
seremos testigos de la Resurrección de Jesús hasta el último rincón de la
tierra, y hasta la terminación del mundo. Para ello necesitamos la ayuda
especial de Dios. Esta ayuda nos la ha prometido Jesús con el envío del
espíritu santo que nos “enseñará” y nos “recordará” todo lo que nos dijo El,
con la garantía de su propia presencia, no circunscripta a un lugar, sino
misteriosamente real en cada uno de nosotros. “Me voy y vuelo a vuestro lado”.
Para que ello se dé es necesario que nos mantengamos en el amor: “El que me ama
guardará mis palabras y mi padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en
él. El que no me ama no guardará mis palabras”. Mas claro imposible.
El amor se ha de manifestar en
la fidelidad al Señor, a sus mandamientos, que en el día de nuestro bautismo
hemos jurado cumplir, aunque muchas veces ello nos resulte oneroso, “aunque
salgamos perjudicados” (Salmo 14,4). Amor real y auténtico es eso: fidelidad a
todo lo que se ha prometido cumplir. No confundir amor a Dios con “suspiros”
y/o “emociones”, ni el amor al prójimo con las satisfacciones que se puedan
experimentar tanto al dar algo como al recibir el reconocimiento o la
retribución por la acción realizada.
Dar testimonio de la
Resurrección es mantener, por ejemplo, la fidelidad a ese juramento del “¡Sí,
te quiero!” matrimonial, que se ha prometido ante Dios mismo, ante la comunidad
de parientes y amigos. Si ese “Si” fue sincero, auténtico, nacido del amor,
debe perdurar inalterable a través del tiempo. Ese amor debe ser ejercicio,
actualizado, como la RESURRECCIÓN.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.316-317)
















