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| Derechos de imagen: Sławomir Marek Wałowski Fastyn |
Queridos amigos y hermanos del
blog. No es novedad decirles de mi gran devoción al Santo Padre Pío de
Pietrelcina. Este querido santo me ha acompañado desde los inicios de mi seminario
y en todo momento y circunstancia de mis ya 34 años de sacerdocio. Mi devoción
al Padre Pío que por los medios de comunicación cualquiera puede descubrir
también la conocen, por supuesto, los que personalmente son parte de mi vida y
mi ministerio. Cuatro amigos y colaboradores que me acompañan en uno de los apostolados
que actualmente ejerzo me sorprendieron para el día de mi cumpleaños con el
cuadro del Padre Pío que acompaña esta publicación y que ya lo he puesto en un
lugar de preferencia en el salón de mi casa.
La sorpresa y admiración de la
primera mirada cuando me lo entregaron se ha convertido en una mirada serena y
devota en mis ratos personales de oración. Me sigue sorprendiendo la verdad de
la imagen, como así también la textura propia de su hechura y acabado. Por eso
le he pedido al artista que lo realizó, Sławomir Marek Wałowski Fastyn, que me
haga una explicación de su realización, y lo que yo esperaba como una simple
exposición de su método de trabajo, me ha sorprendido, otra vez la sorpresa,
con un texto de mucho calado en la explicación y de muy hondo contenido
espiritual. Por estos motivos, luego de obtener su permiso ahora les comparto
dicho texto.
Gracias a mis queridos amigos
por tal magnífico regalo, gracias a Sławomir por compartir su arte y su fina
sensibilidad religiosa a través de su trabajo artístico.
Con mi bendición.
Padre José Medina.
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| Sławomir Marek Wałowski Fastyn |
Por aquel 1971 sin aun conocer el destino ni saber lugar
nace una idea: “algún día hare algo…”
Hoy me
gustaría invitaros a una reflexión que nace de una inquietud compartida: ¿dónde
estamos guardando lo que de verdad importa?
Vivimos
en la era de la "vida gaseosa". Tenemos miles de recuerdos flotando
en una nube invisible, atrapados en dispositivos que caducan casi antes de que
aprendamos a usarlos. Nos hemos acostumbrado a una existencia de esta pantalla
de cristal y silicio, donde un simple "clic" o un fallo en el
servidor pueden borrar, de un plumazo, el rastro de toda una vida.
Hay
una fatiga honda en lo etéreo. Un miedo callado a que, en este mundo
hiperconectado, nuestra historia personal se vuelva tan frágil como la señal de
Wi-Fi que nos rodea.
A
veces, la tecnología actual parece una herramienta forense: registra cada poro
y cada arruga con una nitidez estéril, pero se olvida de lo más importante: el
alma de lo vivido. Por eso, frente a la insoportable levedad de los bits, hoy
quiero hablaros de la vuelta a la materia. De algo creado con mucha dedicación
y perseverancia, yo lo he llamado CEMOGRAFÍA y, es una técnica artística basada
en la aplicación, manipulación y representación plástica del cemento como medio
de expresión visual.
Es el
paso del "contenido" al "monumento". Mientras el mundo
digital fragmenta nuestra realidad, este arte la petrifica en la esencia del
sólido, dándole el volumen a las cosas. Porque el verdadero lujo, en el sentido
más noble de la palabra, no es la imagen perfecta, sino la permanencia.
Crear
un "fósil moderno"
No
estamos hablando de imprimir fotos. Hablamos de un proceso de artesanía
extrema, de esos que requieren paciencia, manos expertas y un respeto casi
místico por el tiempo (necesitamos cuatro semanas de curado lento, sin prisas).
Es, en
esencia, una pequeña ingeniería de la memoria:
El
vacío como principio: Primero creamos el lugar donde habitará el recuerdo. Es
como preparar el corazón para recibir una palabra.
Estratos de vida: Vamos depositando microcemento PaÌnÁrd
natural capa a capa, emulando cómo la tierra crea sus propias historias. El
color no se pinta encima; está en la masa, en el núcleo mismo de la pieza.
Fusión y unidad: En el silencio del taller, esas capas se
funden hasta convertirse en un único bloque de piedra.
En consecuencia, de ello es un monolito que desafía al
tiempo. Un lienzo puede arder y una fotografía puede deshacerse con el agua,
pero la piedra sobrevive. Si cortaras una de estas piezas, verías que el
recuerdo sigue ahí, indivisible, en su centro.
Es devolverle a la memoria su peso geológico. Es decidir
que hay cosas, nuestras raíces, nuestros afectos, que no merecen ser gaseosas,
sino que deben descansar sobre cimientos sólidos.
Al final, se trata de elegir: ¿queremos que nuestro paso
por el mundo sea un dato en la nube o una huella en la piedra?
P.D.:
Dice el salmo que "la piedra que desecharon los
arquitectos es ahora la piedra angular". Quizás, para salvar nuestra
memoria, necesitemos volver a lo más básico y firme que tenemos bajo los pies.
Sławomir
Marek Wałowski Fastyn
sw@hydroclinker.com






















