lunes, 2 de noviembre de 2026

SAN JOSÉ: El Patrón de la “buena muerte”

 

Este vitral en Lourdes, Francia, representa a Jesús y María en el lecho de muerte de San José, quien es el Patrón de la buena muerte.

San José es, después de la Santísima Virgen María, el santo que más espacio ocupa en el Magisterio de la Iglesia Católica, a pesar de que en la Biblia hay pocas referencias sobre su persona.

De san José, podemos ubicar poco más de una decena de pasajes bíblicos en los que aparece en las Sagradas Escrituras.

 

Pasajes bíblicos en los que aparece San José

Fue un humilde carpintero (Mt 13,55).

Estuvo desposado con la Virgen María (Mt 1,18; Lc 1,27).

Fue un hombre justo y trabajador (Mt 1,19).

Fue obediente a la voluntad de Dios (Lc 2,22.27.39).

Tuvo cuatro sueños (Mt 1,20; 2,13.19.22).

Vio nacer al Mesías en un pesebre (Lc 2,7).

Fue testigo de la adoración de los pastores (Lc 2,8-20).

Y también de la adoración de los Magos (Mt 2,1-12).

Asumió con valentía la paternidad de Jesús (Mt 1,21).

Escuchó la profecía que Simeón pronunció sobre Jesús y María (Lc 2,22- 35).

Para proteger a Jesús de Herodes, vivió en Egipto como extranjero (Mt 2,13-18).

De regreso en su tierra, vivió de manera oculta en Nazaret, en Galilea (Jn 7,52; 1,46).

Durante una peregrinación a Jerusalén, la Virgen y él perdieron a Jesús; después lo encontraron en el templo discutiendo con los doctores de la ley (Lc 2,41-50).

Como podemos observar en las citas bíblicas, de los cuatro evangelistas, sólo Lucas y Mateo hacen referencia a san José, pero nada dicen en torno a cómo, cuándo y dónde murió San José.

 

¿Cómo murió San José?

Si bien la Biblia no dice nada sobre la muerte de San José, algunos santos sí lo han hecho.

San Epifanio, por ejemplo, enseñaba que san José habría muerto poco después de cumplir Jesús 12 años; es decir, después de aquella peregrinación a Jerusalén, en la que la Virgen María y él perdieron a Jesús, y después lo encontraron en el templo discutiendo con los doctores de la ley.

Por otra parte, algunos estudiosos deducen que san José habría muerto poco antes de la vida pública de Jesús, pues el evangelio de san Juan, al narrar las Bodas de Caná, señala que estaban invitados a la boda María su madre, pero no dice nada de san José, quien, se supone, tendría que haber acompañado a su esposa.

Sobre la edad en que murió san José, algunos estudiosos consideran que, siendo la Virgen más joven que él cuando se unieron en matrimonio, y dado que el promedio de vida en tiempos de Jesús rondaba entre los 45-50 años en los hombres, san José habría fallecido entre los 45 y 50 años.

Y sobre la forma en que murió San José, lo único que dice la tradición es que debió haber sido la muerte más dulce y hermosa, teniendo a su lado a la Virgen María y a Jesús, como explicaba san Bernardino.

 

San José, Patrono de una buena muerte

El Papa Benedicto XV, escribía que “a través de José nosotros vamos directamente a María, y, a través de María, al origen de toda santidad, que es Jesús”. Tanto José como María nos ayudan a ir a Jesús. Y animando las prácticas devotas en honor de san José, aconsejaba una en particular, y decía así: “Siendo merecidamente considerado como el más eficaz protector de los moribundos, habiendo muerto con la presencia de Jesús y María, será cuidado de los sagrados Pastores inculcar y fomentar [...] aquellas piadosas asociaciones que se han establecido para suplicar a José en favor de los moribundos, como las ‘de la Buena Muerte’, del ‘Tránsito de San José’ y ‘por los Agonizantes’” (Motu proprio Bonum sane, 25 de julio de 1920).

Que san José pueda ayudarnos a vivir el misterio de la muerte de la mejor forma posible. Para un cristiano la buena muerte es una experiencia de la misericordia de Dios, que se hace cercana a nosotros también en ese último momento de nuestra vida. También en la oración del Ave María, nosotros rezamos pidiendo a la Virgen que esté cerca de nosotros “ahora y en la hora de nuestra muerte”.

 

Oración a San José para una buena muerte


Oh San José, que dejaste esta vida en brazos de tu Hijo adoptivo Jesús, y de tu dulce Esposa María, socórreme, ¡oh Padre!, junto con María y Jesús, cuando la muerte marque el fin de mi vida; obtenme la gracia (es lo único que pido) de morir también en los mismos brazos de Jesús y de María. ¡En vuestras manos, Jesús, María y José, encomiendo mi espíritu en la vida y en la muerte! Amén.

Jesús, José y María les doy el corazón y el alma mía,

Jesús, José y María, asístanme en mi última agonía,

Jesús, José y María, descanse en paz con ustedes el alma mía.


domingo, 25 de octubre de 2026

VIRGEN MARÍA: El Decálogo de Benedicto XVI sobre el Santo Rosario

 

Queridos hermanos y amigos del Blog: el mes de octubre es el mes del Santo Rosario. Ésta es la oración predilecta de María Santísima, nuestra Madre del Cielo. La oración que une como un gran lazo de amor el corazón de la Madre al corazón de un hijo, de una hija, que pía, atenta, devota y constantemente reza y medita los misterios de Jesucristo y de ella misma a través del Rosario.

El Papa Benedicto XVI habló en distintas oportunidades y en sendas celebraciones marianas teniendo como hilo conductor y celebrativo el rezo y la meditación del Rosario. De varios de sus discursos marianos hemos entresacado las frases siguientes con las cuales hemos hilvanado el:

Decálogo del Papa Benedicto XVI sobre el Santo Rosario

1. "El santo rosario no es una práctica piadosa del pasado, como oración de otros tiempos en los que se podría pensar con nostalgia. Al contrario, el rosario está experimentado una nueva primavera".

2. "El rosario es uno de los signos más elocuentes del amor que las generaciones jóvenes sienten por Jesús y por su Madre, María".

3. "En el mundo actual tan dispersivo, esta oración -el rosario- ayuda a poner a Cristo en el centro como hacía la Virgen, que meditaba en su corazón todo lo que se decía de su Hijo, y también lo que El hacía y decía".

4. "Cuando se reza el rosario, se reviven los momentos más importantes y significativos de la historia de la salvación; se recorren las diversas etapas de la misión de Cristo".

5. "Con María, el corazón se orienta hacia el misterio de Jesús. Se pone a Cristo en el centro de nuestra vida, de nuestro tiempo, de nuestras ciudades, mediante la contemplación y la meditación de sus santos misterios de gozo, de luz, de dolor y de gloria".

6. "Que María nos ayude a acoger en nosotros la gracia que procede de los misterios del rosario para que, a través de nosotros, pueda difundirse en la sociedad, a partir de las relaciones diarias, y purificarla de las numerosas fuerzas negativas, abriéndola a la novedad de Dios".

7. "Cuando se reza el rosario de modo auténtico, no mecánico o superficial sino profundo, trae paz y reconciliación. Encierra en sí la fuerza sanadora del Nombre Santísimo de Jesús, invocado con fe y con amor en el centro de cada Avemaría".

8. "El rosario, cuando no es mecánica repetición de formas tradicionales, es una meditación bíblica que nos hace recorrer los acontecimientos de la vida de la Señor en compañía de la Santísima Virgen María, conservándolos, como Ella, en nuestro corazón".

9. "Ahora, que finaliza el mes del Rosario no debe cesar esta buena costumbre, es más debe proseguir todavía más con mayor compromiso de manera que, en la escuela de María, la lámpara de la fe brille cada vez más en el corazón de los cristianos y en sus casas".

10. "En el rezo del rosario, os encomiendo las intenciones más urgentes de mi ministerio, las necesidades de la Iglesia, los grandes problemas de la humanidad: la paz en el mundo, la unidad de los cristianos, el diálogo entre las culturas".

 

lunes, 19 de octubre de 2026

HOMILÍAS (audios): San José Fidelísimo

Homilía pronunciada el sábado 19 de septiembre de 2026 por el Padre José Antonio Medina Pellegrini en la Santa Misa votiva en honor de San José, en la Parroquia "Santiago Apóstol", de Casarrubuelos, Madrid, España.


viernes, 16 de octubre de 2026

SANTORAL: Santa Margarita María de Alacoque, Esposa elegida del Sagrado Corazón de Jesús

 

Biografía de la Santa

Nació el 22 de julio de 1647 en Verósvres, Francia, pequeña ciudad cercana a Paray-le-Monial; recibe el bautismo el 25 de julio. Fue la quinta de siete hermanos. Su padre, Claudio Alacoque, notario real, muere en 1655 y la madre, Filiberta Lamyn, ante la imposibilidad de ocuparse de los cinco hijos que le quedan, tiene que resolverse a llevar a Margarita a un pensionado religioso.

A consecuencia de una extraña enfermedad que le impide todo movimiento, Margarita no permanece allí más que dos años. Durante su enfermedad, al no encontrarse ningún remedio, se consagra a la Santísima Virgen: “le prometí que si me curaba, sería un día, una de sus hijas. A penas hice este voto, recibí la salud, acompañada de una nueva protección de la Virgen. Ella me reprendía mis faltas y me enseñaba a hacer la voluntad de Dios”.

Sin embargo, una vez recobrada la salud, Margarita confiesa que no pensaba más que en divertirse, preocupándose poco de su promesa. Pero la vida en la familia se hace difícil. La adolescente va a sufrir y poco a poco va a volverse hacia Dios. Mientras tanto, los suyos pretenden casarla: se presentan buenos partidos. Tiene veinte años. Dice ella: “Jesús me lanzaba flechas tan ardientes, que traspasaban mi corazón y lo consumían dejándome como transida de dolor; pasado esto, volvía a mis resistencias y vanidades”. En una ocasión le dijo Jesús: “Te he elegido por esposa y nos prometimos fidelidad cuando hiciste voto de castidad, Soy Yo quien te movió a hacerlo, antes de que el mundo tuviera parte en tu corazón…Y después te confié al cuidado de mi Santa Madre, para que te formase según mis designios”. Finalmente Jesús se le aparece todo desfigurado, cual estaba en su flagelación y le dice: “¿Y bien querrás gozar de este placer? Yo no gocé jamás de ninguno, y me entregué a todo género de amarguras por tu amor y por ganar tu corazón. ¿Querrás ahora disputármelo?”. Así revivió en ella el deseo de la vida religiosa con tal ardor, que resolvió abrazarla a costa de cualquier sacrificio, aunque pasarían cinco años antes de poder realizarlo.

Finalmente entra en el Monasterio de la Visitación de Paray le Monial el 20 de junio de 1671. Un día Margarita pide a su Maestra que le enseñe a hacer oración. Ella le responde: “Id a poneros ante nuestro Señor como un lienzo delante de un pintor”. Escribe Margarita: “Mi Señor me hizo conocer que aquel lienzo era mi alma, sobre la cual quería trazar todos los rasgos de su vida dolorosa, y que los imprimiría después de haberla purificado de todas las manchas que le quedaban, ya de afición a las cosas terrena, ya de amor a mí misma”.

El 25 de agosto toma el santo Hábito: “Me dio a conocer este divino Esposo que este era el tiempo de nuestro desposorio, que debía amarle con amor de preferencia. Me declaró que, a la manera de los más apasionados amantes, me haría gustar, durante este tiempo, cuanto hay de más dulce en la suavidad de su amor”. La fecha de su Profesión religiosa se acerca, pero la comunidad duda en recibirla, por los hechos extraordinarios que ven en ella y que podrían apartarla del espíritu de sencillez y pequeñez de la Orden.

Jesús le dice: “Di a tu Superiora que no hay razón para temer el recibirte, pues Yo respondo de ti…Te haré más útil a la religión de lo que ella piensa; pero de una manera que aún no es conocida sino por Mí. Yo sabré hallar el medio de cumplir mis designios”. Hace su Profesión el 6 de noviembre de 1672. El Señor le hace penetrar también el misterio de su Pasión y Muerte, lo que le da para siempre un gran amor a la Cruz. De ahora en adelante, el Señor se va a revelar de manera constante a Margarita María y le confiará los secretos de su Corazón.

Las grandes revelaciones:

Primera revelación: 27 de diciembre de 1673. Fiesta de San Juan Evangelista.

Lo relata así: “Un día, estando delante del Santísimo Sacramento, me encontré totalmente penetrada de esta divina presencia; pero tan fuertemente, que me olvidé de mí misma y del lugar en que estaba, y me abandoné a este espíritu entregando mi corazón a la fuerza de su amor. Me hizo reposar largo tiempo sobre su pecho divino, en el cual me descubrió todas las maravillas de su amor y los secretos inexplicables de su Corazón Sagrado, que hasta entonces me había tenido siempre ocultos. Aquí me los descubrió por primera vez. Me dijo: Mi divino Corazón está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo ya contener en si mismo las llamas de su ardiente caridad, le es preciso comunicarlas por tu medio, y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros que te descubro, los cuales contienen las gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición. Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia a fin de que todo sea obra mía”.

Segunda revelación: A comienzos de 1674, tiene lugar esta manifestación:

“Se me presentó este Divino Corazón como en un trono de llamas, más brillante que un sol y transparente como un cristal. Estaba rodeado de una corona de espinas que simbolizaban las heridas hechas por nuestros pecados, y con una cruz, que significaba que desde el primer instante de su Encarnación, es decir, desde el primer momento que fue formado este Sagrado Corazón, la cruz estuvo plantada en él. Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación y de salvación que contiene, a fin de que cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor, el honor y la gloria que puedan, queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de Dios. Que se le ha de honrar bajo la figura de su Corazón de carne, cuya imagen quería ver expuesta y llevada por mí sobre el corazón, para grabar en él su amor y llenarlo de los dones de que está repleto, y para destruir en él todos los movimientos desordenados. Que esparciría sus gracias y bendiciones por donde quiera que estuviera expuesta su santa imagen para tributarle honores, y que tal bendición sería como un último esfuerzo de su amor deseoso de favorecer a los hombres en estos últimos siglos de la Redención amorosa”.

Tercera revelación: tuvo lugar probablemente el primer viernes de junio de 1674, en torno a la fiesta de Corpus Christi.

“Otra vez estando expuesto el Santísimo Sacramento, después de sentirme completamente retirada al interior de mí misma por un recogimiento extraordinario de todos mis sentidos y potencias, Jesucristo mi Amado se presentó delante de mi todo resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas brillantes, como cinco soles y despidiendo de su sagrada humanidad rayos de luz de todas partes, pero sobre todo de su adorable pecho, que parecía un horno encendido; y habiéndose abierto, me descubrió su amante y amable Corazón”. Amante apasionado se queja del desamor de los suyos y así divino mendigo, nos tiende la mano el Señor para solicitar nuestro amor. “Entonces fue cuando me descubrió las maravillas inexplicables de su amor y el exceso al que le había conducido el amor a los hombres, de los cuales no recibía sino ingratitudes y desprecios. Me dijo: Está atenta a mi voz y a cuanto te pida para disponerte al cumplimiento de mis designios”.

Ante estas palabras Margarita solo podía expresar su impotencia. Él le dice: “Toma ahí tienes con qué suplir cuanto te falte”. Y del Corazón abierto de Jesús salió una llamarada tan ardiente que pensó que la iba a consumir, pues quedó muy penetrada y no podía soportarlo, por lo que le pidió que tuviese compasión de su debilidad. Él le respondió: “Yo seré tu fortaleza, nada temas, sólo has de estar atenta mi voz y a lo que exija de ti con el fin de prepararte para la realización de mis designios”. A causa de estas revelaciones tan extraordinarias Santa Margarita no fue comprendida por su entorno y sufrió muchas humillaciones que sobrellevó con amor y humildad. Tampoco se creyó al principio en la veracidad de dichas revelaciones, siendo considerada como visionaria. Sin embargo, el Señor le había prometido que su obra triunfaría a pesar de todos los obstáculos.

“La gran revelación”

Y llegamos a la manifestación más decisiva conocida como la gran revelación. Tuvo lugar en junio de 1675: “Estando una vez en presencia del Santísimo Sacramento, un día de su octava, recibí de Dios gracias excesivas de su amor…Entonces, descubriendo su Divino Corazón me dijo: He aquí este corazón que tanto ha amado a los hombres, que no se ha reservado nada hasta agotarse y consumirse para demostrarle su amor y en respuesta no recibo de la mayor parte sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sacrilegios, ya por las frialdad y desprecio con que me tratan en este Sacramento de amor. Pero lo que me es mucho más sensible es que son corazones que me están consagrados los que así me tratan. Por esto te pido que sea dedicado el primer viernes después de la octava del Santísimo Sacramento a una fiesta particular para honrar mi Corazón, comulgando ese día y reparando su amor… Te prometo también que mi Corazón se dilatará para derramar con abundancia las influencias de su divino amor sobre los que le rindan este honor y los que procuren que le sea tributado.”

“Y respondiendo yo que no sabía cómo poder cumplir cuanto de mi deseaba hacia tanto tiempo, me ordenó dirigirme a su siervo, pues le había enviado para el cumplimiento de este designio”. Esta promesa empezó a cumplirse cuando en 1675 llegó a Paray le Monial el Padre Claudio de la Colombière s.j., quien efectivamente debía confirmar a la Santa en su camino y trabajar con sus Hermanos jesuitas en la difusión del mensaje.

El culto al Sagrado Corazón considerado al principio en el Monasterio como una devoción nueva tarda en ser aceptado. Las novicias son las primeras que el 20 de junio de 1685 honran al Corazón de Jesús haciendo un pequeño altar sobre el cual colocaron su imagen dibujada. Al año siguiente ya toda la comunidad celebra la Fiesta del Corazón de Jesús. Mas tarde escribiendo al Padre Croiset, fervoroso jesuita que se dedicó a extender esta devoción, la Santa dirá: “¡Ojalá pudiera contar todo lo que sé de esta devoción al Sagrado Corazón de Jesús y descubrir a toda la tierra los tesoros de gracia que Jesucristo encierra en su Corazón adorable y que quiere derramar con abundancia sobre todos los que la practiquen”. Santa Margarita María se esfuerza especialmente por obtener de Roma la aprobación de la Misa al Sagrado Corazón. Tiene la gran alegría de saber que la devoción se extiende incluso en el extranjero: “ahora moriré contenta pues el Sagrado Corazón de mi Salvador comienza a ser conocido”.

Los últimos días

Al fin de su vida escribe: “He tenido tres deseos ardientes: amar perfectamente a Jesucristo, sufrir por su amor y morir en el ardor de este amor.” Parece ver colmados sus deseos pues ya llega el momento en que afirma que no desea nada. Sus Hermanas nos relatan que se sintió mal la víspera del día en que se disponía a comenzar su retiro. Se acostó nueve días antes de su muerte y los empleó en prepararse a la venida del Esposo. En la tarde del 17 de octubre de 1690, habiendo Margarita María indicado previamente esta fecha como el día de su muerte, encomendó su alma a su Señor, a quien había amado con todo su corazón. Exhortó a sus Hermanas con su último legado: “amad al Amor, pero amadle con perfección”. Luego, tras pronunciar el Santo Nombre de Jesús, fue a abismarse dulcemente en su Corazón. Habían transcurrido los 43 años de su vida marcada por la alegría de la identificación con Jesús, su único amor y la realización de una misión: dar a conocer al mundo el amor de Dios hecho carne en Jesús, Hombre Dios.

Fue beatificada el 18 de septiembre de 1864 por Pio IX y canonizada por Benedicto XV el 13 de mayo de 1920.

Consagración a María por Santa Margarita María de Alacoque

«Yo te saludo, amable Señora mía, y digna Madre de Dios. Te venero y reverencio con todo mi corazón. Te consagro mi libertad y te suplico que seas la conductora de mis pasos, la guía de mi vida, la regla de todos mis proyectos y acciones y deseos. Virgen Santísima, sé la estrella de mi camino, el puerto seguro de mi salvación y de mi feliz eternidad. Te pido, dulce Refugio de los pecadores, que me protejas y me bendigas, y la gracia de vivir de tu vida y morir con una muerte semejante a la tuya. Amén».

 

Este es un artículo original de © Orden de la Visitación de Santa María, Monasterio de la Visitación de Santa María, Champagnat 1166, Pilar, Buenos Aires, Argentina.

lunes, 12 de octubre de 2026

VIRGEN MARÍA: San Juan Pablo II y la Virgen del Pilar

 

La Santísima Virgen del Pilar de Zaragoza tiene el honor de ser la primera de las apariciones marianas de la historia. De acuerdo con la tradición, el día 2 de enero del año 40, la Virgen Santísima se apareció en carne mortal al apóstol Santiago y a un grupo de convertidos que se hallaban orando a orillas del Ebro. Ahí les manifestó su deseo de que se le diese culto para siempre en aquel lugar. Santiago y sus compañeros construyeron una capilla, siendo por tanto, el primer templo construido en honor de la Virgen María.

Conviene subrayar que, a diferencia de otras apariciones marianas, se trata de una aparición singular y única en la historia, ya que tuvo lugar cuando la Virgen todavía vivía en carne mortal. De ahí que con razón la liturgia del 2 enero, fiesta de la Venida de la Virgen, proclame: "con ninguna nación hizo cosa semejante". El Papa Clemente XII estableció la fecha del 12 de Octubre para la festividad de la Virgen del Pilar.

San Juan Pablo II y la Virgen del Pilar

San Papa Juan Pablo II, ha proyectado su mirada hacia el Pilar de Zaragoza en solemnes ocasiones. Una de ellas fue desde Roma, cuando, con ocasión del VIII Congreso Mariológico y XV Mariano Internacionales, celebrados en la ciudad del Ebro, envió un mensaje radiotelevisado el 12 de octubre de 1979.

Naturalmente en esa ocasión el tono general del discurso se acomoda al tema de los Congresos, uno en relación con el culto a la Santísima Virgen (siglo XVI) y otro, el Mariano, en torno a María y a la misión de la Iglesia.

Ello no obstante, el Papa no puede menos de evocar la figura de la Virgen del Pilar como centro de la devoción mariana de España:

«Es para mí motivo de gran satisfacción asociarme, como en una única demostración de gratitud y afecto filial hacia la Madre de Dios, con todos cuantos os habéis reunido estos días en Zaragoza, en torno a la Virgen del Pilar.... un saludo especial y entrañable quiero dirigir hoy a todos los hijos de la noble nación española, cuya distinguida piedad mariana y cuyo fervor por cuanto significa honor para la Madre de Dios tienen pulsación propia, desde época inmemorial... En efecto, desde los primeros siglos del Cristianismo aparece en España el culto a la Virgen, como consta por algunos monumentos de la antigüedad de los que se conservan preciosos testimonios...

Esta devoción mariana no ha decaído a lo largo de los siglos en España, que se reconoce corno "tierra de María". Los numerosos santuarios diseminados como hitos de luz por todas las regiones españolas, cuyo símbolo es en estos momentos la basílica del Pilar, son todavía testigos de la fe viva y de la devoción del pueblo español a la Virgen María, así como su expresión de vida cristiana que yo, como Supremo Pastor y Sucesor de San Pedro, quiero bendecir y alentar... »

Una segunda oportunidad fue mucho más entrañable y significativa. El Santo Padre, con motivo de su visita pastoral a España, en otoño de 1982, vino personalmente a Zaragoza, para postrarse ante la Virgen del Pilar (6 de noviembre). La importancia que el Papa otorgaba a la devoción pilarista se subraya por tres rasgos singulares. En primer lugar, él mismo destaca que viene como primer Papa peregrino al Pilar, reservando para ese día su mensaje mariano nacional, del que más adelante recogeremos algunos párrafos; en segundo lugar, aprovecha la circunstancia de coincidir su peregrinación al Pilar en sábado para rezar, arrodillado en la plaza de la basílica, el Santo Rosario; finalmente, después de postrarse y orar devotamente ante la imagen misma, que se venera en la Santa Capilla, como gesto de su profunda esclavitud mariana, depositó a los pies de la Señora su blanco solideo y entregó como ofrenda y recuerdo un bellísimo rosario. En página miniada del libro de oro de la basílica dejó estampada su firma.

He aquí las frases del mensaje mariano que hacen relación más expresa al Pilar:

«Los caminos marianos me traen esta tarde a Zaragoza. En su viaje apostólico por tierras españolas, el Papa se hace hoy peregrino a las riberas del Ebro. A la ciudad mariana de España. Al santuario de Nuestra Señora del Pilar.

Veo así cumplirse un anhelo, que ya antes deseaba poder realizar, de postrarme como hijo devoto de María ante el Pilar sagrado, para rendir a esta buena Madre mi homenaje de filial devoción y para rendírselo unido al Pastor de esta diócesis, a los otros Obispos y a vosotros, queridos aragoneses, riojanos, sorianos y españoles todos, en este acto mariano nacional.

Peregrino hasta este santuario, como en mis precedentes viajes apostólicos...

De estos santuarios y de todos los otros no menos venerables, donde os unís con frecuencia en el amor a la única Madre de Jesús y nuestra, es hoy un símbolo que nos congrega en Aquélla a quien, desde cualquier rincón de España, todos llamáis con el mismo nombre: Madre y Señora nuestra.

Siguiendo a tantos millones de fieles que me han precedido, vengo como primer Papa peregrino al Pilar, como signo de la Iglesia peregrina de todo el mundo, a ponerme bajo la protección de nuestra Madre, a alentaras en vuestro arraigado amor mariano, a dar gracias a Dios por la presencia singular de María en el misterio de Cristo y de la Iglesia en tierras españolas, y a depositar en sus manos y en su corazón el presente y futuro de vuestra nación y de la Iglesia en España.

El Pilar y su tradición evocan para vosotros los primeros pasos de la evangelización de España.

Aquel templo de Nuestra Señora que, al momento de la reconquista de Zaragoza, es indicado por su Obispo como muy estimado por su antigua fama de santidad y dignidad; que ya varios siglos antes recibe muestras de veneración, halla continuidad en la actual basílica mariana. Por ella siguen pasando muchedumbres de hijos de la Virgen, que llegan a orar ante su imagen y a venerar el Pilar bendito.

Esa herencia de fe mariana de tantas generaciones ha de convertirse no sólo en recuerdo de un pasado, sino en punto de partida hacia Dios. Las oraciones y sacrificios ofrecidos, el latir vital de un pueblo, que expresa ante María sus seculares gozos, tristezas y esperanzas, son piedras nuevas que elevan la dimensión sagrada de una fe mariana.

Porque en esa continuidad religiosa, la virtud engendra nueva virtud. La gracia atrae gracia. Y la presencia secular de Santa María va arraigándose a través de los siglos, inspirando y alentando a las generaciones sucesivas. Así se consolida el difícil ascenso de un pueblo hacia lo alto...

El Pilar de Zaragoza ha sido siempre considerado como el símbolo de la firmeza de fe de los españoles... »

El discurso lo termina con una fervorosísima plegaria en que confía a la Santísima Virgen del Pilar todas sus preocupaciones apostólicas respecto de España y que desde esa fecha es la oración oficial que todas las tardes se reza ante la venerada imagen.

 




ORACIÓN A LA VIRGEN SANTÍSIMA DEL PILAR


ESCRITA POR SAN JUAN PABLO II

 




Doy fervientes gracias a Dios por la presencia singular de María en esta tierra española donde tantos frutos ha producido. Y quiero encomendarte, Virgen Santísima del Pilar, España entera, todos y cada uno de sus hijos y pueblos, la Iglesia en España, así como también los hijos de todas las naciones hispánicas.

¡Dios te salve, María, Madre de Cristo y de la Iglesia!

¡Dios te salve, vida, dulzura y esperanza nuestra!

A tus cuidados confío las necesidades de todas las familias, las alegrías de los niños, la ilusión de los jóvenes, los desvelos de los adultos, el dolor de los enfermos y el sereno atardecer de los ancianos.

Te encomiendo la fidelidad y abnegación de los ministros de tu Hijo, la esperanza de quienes se preparan para ese ministerio, la gozosa entrega de las vírgenes del claustro, la oración y solicitud de los religiosos y religiosas, la vida y el empeño de cuantos trabajan por el Reino de Cristo.

En tus manos pongo la fatiga de quienes trabajan con las suyas; la noble dedicación de los que transmiten su saber y el esfuerzo de los que aprenden; la hermosa vocación de quienes con su conciencia y servicio alivian el dolor ajeno; la tarea de quienes con su inteligencia buscan la verdad.

En tu Corazón Inmaculado dejo los anhelos de quienes, mediante los quehaceres económicos procuran honradamente la prosperidad de sus hermanos; de quienes, al servicio de la verdad, informan y forman rectamente la opinión pública; de cuantos, en la política, en la milicia, en las labores sindicales o en el servicio del orden ciudadano prestan su colaboración honesta en favor de una justa, pacífica y segura convivencia.

Virgen Santísima del Pilar: aumenta nuestra fe, consolida nuestra esperanza, aviva nuestra caridad.

Socorre a los que padecen desgracias, a los que sufren soledad, ignorancia, hambre o falta de trabajo.

Fortalece a los débiles en la fe. Fomenta en los jóvenes la disponibilidad para una entrega plena a Dios.

Protege a España entera y a sus pueblos, a sus hombres y mujeres.

Asiste maternalmente, oh María a cuantos te invocan como Patrona de la Hispanidad. Así sea.

miércoles, 7 de octubre de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Recemos el Santo Rosario en familia

 

Octubre: Mes del Rosario

7 de octubre: La Virgen del Rosario

Hace ya un año y medio que el Episcopado Argentino, preocupado por la situación del hombre, y en particular del hombre argentino, ha propuesto e iniciado un programa de acción pastoral en toda la Patria, con especial relación a la familia.

Retoma la doctrina siempre enseñada por la Iglesia, respecto al origen, carácter y fin de la sociedad, y que admirablemente ha sintetizado el Concilio Vaticano II en esta expresión: “LA MISIÓN DE SER LA CELULA PRIMERA Y VITAL DE LA SOCIEDAD, LA FAMILIA LA HA RECIBIDO DIRECTAMENTE DE DIOS” (Apost. Act. 11).

Por ser la familia la “célula primera y vital de la sociedad”, es lógico que si queremos una sociedad mejor, más recta, más justa, más santa, donde el “hombre no sea lobo para el hombre”, sino que el hombre sea “hermano” para el hombre, según la feliz expresión del Papa Pablo VI: “TODO HOMBRE ES MI HERMANO”, es lógico y natural que centremos nuestra atención y nuestra acción en la familia.

Todos los enemigos de la verdad, del amor, de la justicia, de la honestidad, en una palabra todos los enemigos de Dios y, por lo mismo, enemigos del hombre y de la sociedad, coinciden en un común denominador: desprestigiar, atacar, desintegrar, destruir y demoler la familia. Ése es su objetivo.

Una sociedad sin familias unidas, sin vida armónica, equilibrada, entre sus miembros, es una sociedad sin base, y el proceso de derrumbe toma una velocidad y un giro al parecer incontenibles. Eso es precisamente lo que quiere el enemigo del hombre.

El único que puede salvar es Dios. Nadie más. Los hombres ya han demostrado su fracaso y es tiempo de hacer un alto, recapacitar en serio y tomar decisiones audaces. Basta ya de ensayos y de inscribirse para “aprendices de brujos”.

A fin de que este propósito de la Iglesia en nuestra Patria pueda llevarse a cabo para bien de todos, es necesario que actualicemos aquel medio por el cual todo nos es posible: aquel medio sin el cual lo fácil se hace difícil y hasta lo posible se hace imposible. Hemos de convencernos de la necesidad de la oración, tal como estamos convencidos de otras “necesidades”, que a veces no son tales sino que nos la impone la “sociedad de consumo…”.

Se ha querido sintetizar en una frase, ya conocida, la trascendencia y la eficacia de la oración en orden a la familia: “FAMILIA QUE REZA UNIDA PERMANECE UNIDA”. Y una sociedad compuesta por familias unidas por la oración es una sociedad también unida. Y contra una sociedad unida no hay enemigo ni fuerza capaz de destruirla.

Dice el Vaticano II que la familia cumplirá su misión de ser “la célula primera y vital de la sociedad, si por la mutua piedad de sus miembros y la oración en común dirigida a Dios, se ofrece como santuario doméstico de la Iglesia” (Apost. Act. 11).

La proximidad del mes del Rosario y luego el mes de María, nos ofrece una magnífica oportunidad para iniciar una intensa campaña de oración en familia. Con el santo Rosario se han ganado importantes batallas con el mal. Al mal de nuestro tiempo lo venceremos con esta arma espiritual, sencilla, pero eficacísima. A la Virgen María le fue dicho de parte del Señor que “para Dios nada hay imposible” (Luc. 1, 37)

Dice el Papa Pablo VI: “María siempre es camino que conduce a Cristo. Todo encuentro con ella no puede menos que terminar en un encuentro con Cristo mismo” (30 de mayo de 1965).

Empecemos por unirnos en la oración en familia, lo demás vendrá por añadidura. Durante los meses de Octubre y Noviembre, que las familias en pleno, o cuando sea posible, por lo menos todos los miembros que puedan participar en el rezo del santo Rosario, lo hagan en común. También pueden unirse dos o tres familias, o distribuirse los misterios del Rosario entre varias de ellas de modo que entre todas completen un rosario cada día.

Que la Virgen del Rosario nos alcance la tan anhelada paz y progreso para el mayor bien de toda la familia argentina.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael”),

Ediciones Nihuil, 1988, pags. 66-68)

 



domingo, 4 de octubre de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Cristo? Peligroso

 

Domingo XXVII (A) del tiempo ordinario

Evangelio de San Mateo 21,33-43

 

Desde que el hombre, no conforme con su condición de criatura y tentado por el diablo, quiso lograr una felicidad según su propio criterio, ha desencadenado sobre el mundo toda una serie de desdichas, ansiedades, sufrimientos, incertidumbres, hasta la supresión misma de la felicidad con la muerte. Podemos decir que a partir de ese instante, en que el hombre rompió el molde e invadió la zona que no le correspondía, ha comenzado la interminable búsqueda de la felicidad.

Quizás más que en otros tiempos, hoy el hombre no sólo siente la ausencia de esa felicidad, sino que además experimenta la impotencia de alcanzarla y hasta  puede llegar a convencerse de que jamás la va a lograr.

Pero también hoy, quizás más que en otros tiempos, cobran mayor vigencia las siempre actuales palabras de Cristo cuando dice. “¿No habéis leído nunca las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?”.

Nos indignamos ante la terquedad, la rebeldía y la obstinación del pueblo judío que rechaza a Cristo. Jesús trae la respuesta y la forma de encontrar la felicidad que todos anhelan, y los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se obstinan y llegan a lo increíble: asesinan al que viene para hacerlos felices. La imagen de la viña, que no produce frutos de “rectitud y justicia”, y de los pérfidos viñadores, que sólo lanzan gritos de rebeldía, nos pinta al vivo la mala conducta de este pueblo preferido por Dios. Ante esto nos indignamos.

Pero lo triste y trágico es que esa actitud la adoptamos también nosotros cada vez que buscamos la felicidad fuera de Dios, prescindiendo de sus leyes y mandamientos.

Sinceramente no sé por qué nos lamentamos de la afligente situación actual. Estamos cosechando lo que se ha sembrado. También nosotros, los constructores de una patria laica, hemos rechazado la piedra fundamental que es Cristo, y ahora nos azoramos de que el edificio se nos esté viniendo abajo. ¿De qué nos quejamos si el Gran Marginado entre nosotros sigue siendo el Imprescindible, Dios?

Desde hace casi un siglo a Cristo se lo ha declarado, por una ley, enemigo del pueblo. Cristo, el Maestro por excelencia, no puede entrar en nuestras escuelas* “oficiales” por su doctrina contraria a la de muchos de nuestros educadores. Cristo enseña el respeto y el amor a Dios y al prójimo; Cristo enseña la honradez, la honestidad, la defensa de la vida y de los vienes propios y sobre todo ajenos; Cristo enseña que debemos decir la verdad y aborrecer la hipocresía, la simulación, el fraude, el engaño; Cristo enseña la caridad y condena el egoísmo; Cristo defiende la familia y la santidad del matrimonio, condenando duramente el adulterio; Cristo enseña el respeto a las leyes y a la legítima autoridad, recordando a ésta que su fuerza proviene de Dios y de nadie más; Cristo, como ciudadano enseña el amor a la patria, y llora por la próxima ruina y destrucción de Jerusalén; Cristo nos enseña a amarnos como hermanos, como El nos amó, hasta dar su propia vida en testimonio de su amor; Cristo, a  través del tiempo, por el Magisterio de la Iglesia, sigue enseñando: recordemos las insuperables enseñanzas de las grandes Encíclicas Sociales, que si se hubiesen puesto en práctica no estaríamos lamentando la situación presente tanto en nuestra patria como del mundo entero.

Por todas estas enseñanzas y principios Cristo es perseguido, desterrado de nuestras aulas y arrancado de las almas de muchos niños. Si no fuese por esto, porque su doctrina es opuesta a la del laicismo, no se entiende ni explica por qué tanta oposición, rechazo y persecución.

Es tiempo de que volvamos a Cristo. Es tiempo de que Cristo no siga siendo el Gran Marginado entre nosotros. Pero empecemos cada uno, personalmente, por darle a Cristo el lugar que le corresponde en nuestra vida. Reconozcamos nuestro error y volvamos al ÚNICO que puede salvarnos.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael),

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 42-44)



 

Nota explicativa: *Aquí se hace referencia a la Ley 1420 de Educación Común (1884): Promulgada bajo la presidencia de Julio Argentino Roca, estableció que la educación primaria pública debía ser obligatoria, gratuita y laica. La ley no prohibió la enseñanza religiosa, sino que determinó que esta debía impartirse fuera del horario de clases y estar a cargo de los ministros autorizados de cada culto, con el fin de respetar a los hijos de inmigrantes de distintas confesiones. En su momento, el sentido de fe del pueblo católico acusó a esta medida de intentar "sancionar una escuela sin Dios".

 

martes, 29 de septiembre de 2026

SACERDOCIO: A las madres de los sacerdotes

Mi madre atándome las manos en el Rito de
Ordenación Sacerdotal, el 29 de septiembre de 1991.
 

Queridos amigos y hermanos del blog: días pasados buscando un documento en mi archivo personal encontré una fotocopia, con el papel amarillento por el paso del tiempo, que contiene un poema titulado: “A las madres de los sacerdotes”, escrito por un sacerdote salesiano, que no dejó escrito su nombre personal, solo el de ser “un sacerdote salesiano”.

Hoy, 29 de septiembre, cumplo 35 años de mi ordenación sacerdotal, y me ha parecido una hermosa oportunidad para que ese viejo y sentido poema vuelva a ver la luz y a ser conocido, para Gloria de Dios y bien de las almas.

Acompaño la publicación con una de las fotos de mi ordenación sacerdotal, aquella del momento en que mi madre me ató las manos. ¿Conocen ese rito?

En el rito de ordenación sacerdotal, se conserva la antigua costumbre de que las manos del nuevo sacerdote, después de haber sido ungidas con el Santo Crisma por el Obispo, se atan con una tela llamada manutergium –del latín “manu” y “tergium”, que quiere decir “toalla de mano”

Luego la madre del nuevo sacerdote desata las manos de su hijo y conserva el manutergio. Este manutergio luego será colocado en las manos de la madre después de su muerte como una señal de que esta es la madre de un sacerdote. significando que, cuando nuestro Señor le diga: “Yo te di la vida, y tú que me has dado?” Le entregará el manutergio y le responderá: “Señor, te di a mi hijo como un sacerdote.” y le sea tomado en cuenta aquel día.

Pues bien, sin más, les dejo con ese hermoso y piadoso escrito. De mi parte, una vez más y siempre, me encomiendo a vuestras oraciones, hoy especialmente en la gratitud ante tan inmerecido Don, el Don del Sacerdocio.

Con mi bendición.

Padre José Antonio Medina.

 

 

A las madres de los sacerdotes

 

Mamá, ¡si tú supieras lo que siento en el pecho

cuando elevo la hostia y el cáliz hacia Dios!...

siento como si todo mi ser se hiciera estrecho

y demasiado grande fuese mi corazón.

 

Siento como si el mismo Señor, que entre mis manos

sube a lo alto, hiciese grande mi pequeñez,

y la llenase toda de poder sobrehumano

cual si yo me volviese otro Dios cada vez.

 

El divino momento me llena de alegría,

mas tiemblo ante el misterio que Dios dispone en mí,

por eso cuando elevo la Santa Eucaristía

te busco, madre mía, para apoyarme en ti.

 

Yo creo que tus manos fortalecen mis manos

me parece que late por mí tu corazón,

y alejo los temores, como a fantasmas vanos,

¡hay dos manos de madre que sostienen a Dios!

 

Mamá, ¡si tu supieras! lo que siento en el alma

cuando levanto el brazo sobre algún pecador,

y devuelven mis labios a su pecho la calma

y le vuelvo a la Vida, y retorna al Amor.

 

Siento como si toda la enorme maravilla

de los cielos enviase sobre mis labios Dios,

y que al contrito hermano que cae de rodillas

le habla Cristo mismo desde mi propia voz…

 

Y creo que me miras con sublime ternura

y que empañas tus ojos con lágrimas de amor,

sí, que fue en tu regazo donde aprendí la pura

fresca bondad divina que pongo en el perdón.

 

Si supieras lo mucho que debo a tu cariño

y como tu recuerdo me enrieda de luz,

yo estaba de rodillas, en aquel tierno niño,

el futuro ministro del amor de Dios.

 

Ya había en mis miradas albor de Eucaristía

y en mis labios flotaban sus palabras de paz…

A Jesús cuando niño, la Virgen le decía

lo que tú me decías de niño, verdad?

 

Mamá, si tu supieras el gozo de mi vida

al verme ungido eterno Sacerdote de Dios,

y saber que tendremos nuestras glorias unidas

porque somos sagrados, madre mía, los dos!...

 

Un sacerdote salesiano.

 

domingo, 27 de septiembre de 2026

SANTO PADRE PÍO: El papel de la Virgen María en el sacerdocio del Padre Pío

 

El Papa Benedicto XVI, al hablar de la conexión entre la Virgen María y el sacerdocio, afirma que «es una conexión profundamente arraigada en el misterio de la Encarnación [...]. María está verdadera y profundamente involucrada en el misterio de la Encarnación, de nuestra salvación. Y la Encarnación, el hecho de que el Hijo se hiciera hombre, tuvo desde el principio el propósito de entregarse a sí mismo; de entregarse con gran amor en la Cruz, para convertirse en pan para la vida del mundo. Así, sacrificio, sacerdocio y Encarnación van de la mano, y María está en el centro de este misterio» (1).

Santísima María, como Madre de Dios, concibió, engendró, alimentó, presentó a Cristo Sacerdote al Padre y sufrió con Él (2), y por esta razón el Sacerdocio de Cristo es inseparable de la divina Maternidad de María. No solo es inseparable, sino que -afirma el Papa- «María está en el centro» del misterio de la Encarnación y del Sacrificio sacerdotal de Cristo; es parte integral de él, no accidental.

El sacerdocio de Cristo es compartido, a través del sacramento del Orden Sagrado, por todos los sacerdotes, de modo que la unión que existe entre Cristo y la Santísima Madre también es compartida por los sacerdotes, en virtud del hecho de que el sacerdocio mismo, ontológica e intrínsecamente, es inseparable de la Virgen Madre.

Esta unión entre la Santísima Virgen María y los sacerdotes fue establecida por Cristo mismo en la cruz cuando confió a su Madre a Juan, el discípulo amado y primicia virginal del sacerdocio. Si bien es cierto que en esta confianza Juan representa a toda la humanidad, también lo es que representa ante todo a los sacerdotes. Benedicto XVI afirma además: «Antes de morir, Jesús ve a su Madre al pie de la cruz; y ve a su amado Hijo, y este amado Hijo es ciertamente una persona, un individuo muy importante, pero es más: es un ejemplo, una prefiguración de todos los discípulos amados, de todas las personas llamadas por el Señor a ser “discípulos amados” y, por consiguiente, de manera particular, también de los sacerdotes. [...] El Evangelio nos dice que San Juan, el hijo amado, acogió a su madre María “en su propia casa” [...]. Acoger a María consigo significa introducirla en el dinamismo de toda su existencia -no es algo externo- y en todo lo que constituye el horizonte de su propio apostolado» (3).

Incluso san Juan Pablo II, durante su pontificado, habló en varias ocasiones de esta estrecha relación que existe entre María y cada sacerdote, en virtud de la profunda unión que ella tuvo con el Hijo de Dios y su sacerdocio redentor. Les recuerda a todos los sacerdotes: «En nuestro sacerdocio ministerial existe la estupenda y profunda dimensión de cercanía a la Madre de Cristo. Tratemos, pues, de vivir esta dimensión» (4).

San Pío de Pietrelcina, un sacerdote estigmatizado perfectamente configurado a Cristo, vivió también plenamente la dimensión mariana del sacerdocio de Cristo, encontrándose en Ella y con Ella en la ofrenda del Sacrificio del Calvario y en la profunda participación de la inmolación de Cristo (5).

Nuestra Señora estuvo presente ante todo en la interioridad del santo, pero también fue parte integral de su misión sacerdotal en favor de las almas. Él verdaderamente acogió a María en “su propia casa”, introduciéndola “en el dinamismo de toda su existencia y en todo lo que constituía el horizonte de su apostolado”. Él mismo afirma, hablando con el padre Pellegrino Funicelli: «Sabed que en mis acciones y movimientos nunca he tenido ninguna referencia que fuera mínimamente terrenal. [...] En mi acción sacerdotal he tenido un solo ejemplo, un solo punto de referencia: Nuestra Señora» (6). 

Y de nuevo al padre Pellegrino, quien le preguntó cómo podía conciliar tanto recogimiento en la oración con su incesante actividad en el confesionario y en todas las obras de misericordia, tanto espirituales como corporales, el padre Pío respondió: «Siento y creo que soy, incluso en mi indignidad, hijo de Nuestra Señora. Y ya te he dicho muchas veces que la Madre Celestial es el vínculo entre Dios y la humanidad. Es Ella quien crea mi campo de acción y la atmósfera, es Ella quien me da oxígeno, es Ella quien con sus perfumes casi me exalta y me hace parecer dotado de espíritu. Me siento como un pequeño velero, impulsado por el aliento de la Madre Celestial. Aun perdido en alta mar, estoy en calma. No sé cómo empiezo, ni puedo decir cómo termino en las diversas empresas, pero no me siento inseguro porque Ella me guía espiritualmente (7).

En estos valiosos testimonios, que debemos a la audacia y la pluma de Funicelli, queda claro el papel fundamental que desempeñó la Virgen María en la vertiginosa labor de San Pío en favor de las almas, y cuánto dependía de ella, sintiéndose guiado y fortalecido en todo. Existe un parentesco entre San Pío de Pietrelcina y San Maximiliano Kolbe, el mártir polaco que hizo de la devoción y la consagración a María el centro de su camino como sacerdote franciscano, fundando las Ciudades de la Inmaculada y la Milicia de la Inmaculada. Es evidente que, si bien San Pío no escribió ni habló sistemáticamente sobre la consagración a la Inmaculada, vivió plenamente su espíritu, tanto en su interior como en su ministerio sacerdotal.

Un día, el padre Pellegrino le preguntó: «“¿Pero de dónde sacas tanta fuerza?”. Y él me respondió sencillamente: “De la Virgen María: es Ella quien me da una bebida especial que me hace sentir siempre fuerte y siempre preparado [...]. Tengo la impresión de que es Ella quien empieza a hacerlo todo por mí. Su sonrisa maternal me anima a permanecer siempre al servicio de este mundo, del que quisiera partir. Permanezco, y espero permanecer siempre activo, gracias a la fuerza que recibo de Ella”» (8).  

 

Notas

1) Benedicto XVI, Audiencia General del 12 de agosto de 2009.

2) Cf. Lumen gentium, n. 61.

3) Benedicto XVI, Audiencia General del 12 de agosto de 2009.

4) Juan Pablo II, Carta del Jueves Santo de 1979.

5) Para un tratamiento oportuno y original de este tema: Hermana M. Immacolata Savanelli, FI, La connotación mariana de la espiritualidad corredentora de San Pío de Pietrelcina, EDUSC, Roma 2017, cap. II y VIII.

6) Padre Marcellino IasenzaNiro, Padre Pío habla de la Virgen, San Giovanni Rotondo 2008, pp. 206-207.

7) Ibíd., pág. 210.

8) Ibíd., págs. 212-213.

 

Escrito por la Hermana M. Gabriella Iannelli, FI, Semanario del Padre Pio, No. 26/2022.