Domingo
de Ramos en la Pasión del Señor
Con el “Domingo de Ramos”
entramos en la denominada Semana Mayor; porque conmemoramos los momentos
culminantes de nuestra salvación, la llamamos también Semana Santa.
Es la Semana Mayor porque en
ella vivimos en apretada y casi apurada síntesis, los mayores contrastes de una
historia, larga o breve, que a pesar de estar escrita, cada uno de nosotros la
realiza como algo novedoso y algo inédito todavía.
Ese tránsito, casi brusco, de
una manifestación de aclamación a Cristo como Rey, Dueño y Señor absoluto
(Domingo de Ramos) a un confuso clamoreo que pedía, un par de días después, la
muerte más ignominiosa -LA CRUCIFIXIÓN-
de ese mismo Cristo, ¿no te dice nada a ti mismo?
Es la Semana Mayor por la
enormidad de contrastes que en ellas conmemoramos. Por un lado, Dios hecho
amor, hecho misericordia visible, tangible, inconmensurable, y por otro, el
hombre hecho miseria, hecho lástima, hecho rebeldía y obstinación, dando nombres
y apellidos -los suyos propios- al pecado. Por un lado, Dios que viene, ofrece,
insiste con su plan de VIDA (Paz, Armonia, hermosura…), y por otro lado el
hombre que de continuo le opone su plan de muerte (guerras, odio, destrucción,
llantos…). Por un lado, Dios en la Persona de su Hijo se aproxima a sus hijos,
y por otro lado, el hombre que huye de esa paternidad, desarticulando no sólo
su vida individual sino perturbando también la existencia de sus semejantes. Es
la Semana de los contrastes llevados hasta sus últimas consecuencias. ¿Hasta
cuándo?
Creo que se trata de una
oportunidad nueva que Dios nos ofrece para que repasemos el Evangelio y
repensemos nuestra vida. Pero no nos engañemos en el método. Nuestra vida,
nuestro pasado, nuestro presente y nuestra suerte futura ya están escritos. Lo
importante es que sepamos encontrar esa página de la auténtica historia, porque
es también una historia de contrastes, quizás de sombras más intensas y
abundantes que de luz necesaria para ofrecer un cuadro más o menos pasable; una
historia de mediocridades, de cobardías, de egoísmos, etc., etc.
Esa historia -no te
sorprendas- es el Evangelio que quizá dices conocer. El Evangelio no es sólo un
resumen de la vida, de los hechos y de las palabras de Jesucristo. La historia
de Cristo tiene relación directa con cada una de nuestras vidas personales. Sin
esta relación, aquí y ahora, el Evangelio tendrá menos importancia y
trascendencia que un texto de matemáticas.
De allí que, en esta Semana
Santa, les invito a hacer el ensayo de leer la propia vida en el Evangelio.
¿Cómo? A modo de ejemplo, señalo algunas pistas, levanto algunas páginas. Voy a
considerar la Pasión y Muerte de Cristo como consecuencia de mi conducta y me
preguntaré: ¿En ese Reino de Dios, al que pertenezco por el Bautismo, soy trigo
de Dios o soy cizaña que cuida el diablo? ¿Soy el hijo pródigo que de continuo
reclamo y pido más y más parte de una herencia que voy malgastando, o soy el
hijo pródigo que se decidió a regresar a la casa del Padre? ¿Soy la samaritana que no se avergüenza de
que le descubra Cristo su propia historia para entrar en la de Cristo, o
rechazo el ofrecimiento del “Don de la Gracia”? ¿Soy el “valiente” Pedro que
jura no conocer a Cristo, que lo traiciona a cara descubierta, o soy el
arrepentido Pedro que reconoce su caída vergonzosa y llora su pecado? ¿Soy
quizá Judas, que lo vendo a Cristo en secreto, con disimulo, con hipocresía,
“aparentando una careta de cristiano”, pero que en lo íntimo me siento cobarde
para emprender una vida nueva?
En una palabra: ¿en que parte
de los grandes contrastes, que nos registra el Evangelio, está la historia de
mi vida? ¿Es la historia que Dios quiere: de la pecadora arrepentida, del hijo
pródigo que regresa, de Pedro humillado, de la oveja que se deja conducir al
redil? Lo triste no es que Cristo haya muerto sino que tú no quieras VIVIR,
RESUCITAR.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.280-281)





.jpg)















