Solemnidad
de la Santísima Trinidad (A)
Evangelio
de San Juan 3,16-18
Por el hecho de que el
misterio de la Santísima Trinidad sea, a veces, presentado o considerado
en su aspecto más difícil -UN SOLO DIOS VERDADERO EN TRES PERSONAS DISTINTAS-,
algo que la mente humana es incapaz de entender, toda la riqueza que entraña
esta hermosa realidad, queda desaprovechada por la inmensa mayoría de los
cristianos. Muy común es una actitud algo indiferente ante esta verdad. Como es
algo que no se puede comprender, se deja de lado este misterio, no se piensa,
no se vive y no se goza del mismo. Y sobre todo, al creer que es un misterio
“intocable”, se puede llegar a una práctica negación del mismo.
El misterio no es algo
negativo o que no se puede entender. Es todo lo contrario: podemos irlo
conociendo más y más sin que lo agotemos o abarquemos del todo. En la
contemplación de un misterio descubrimos que siempre es más lo que nos queda
por conocer. Esto es admirable: nunca podemos llegar al punto final.
De allí que al celebrar hoy la
Fiesta de la Santísima Trinidad la Iglesia, a través de la Liturgia, nos haga
pedir que Dios nos conceda: a) profesar la fe verdadera; b) conocer
la gloria de la eterna Trinidad; c) y adorar su unidad poderosa.
a) Profesar la fe
verdadera. La que sustancialmente está en el Credo, que es el Himno
Universal de los cristianos. Allí está resumida toda la obra misericordiosa de
Dios a través de la cual percibimos su eterna, inmutable, omnipotente y amorosa
realidad y presencia. Particularmente, la fe verdadera nos muestra la inmensa
bondad de Dios que no quiere la condenación de nadie, y tan es así que el Padre
envía a su Hijo Jesucristo para que nos lo diga abiertamente que “Dios no mandó
a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (San
Juan 3 – Evangelio de hoy). La presencia de Cristo, la realidad de la Iglesia
con toda la realidad de la gracia divina, la doctrina, el Magisterio infalible,
nos hablan del amor de la Trinidad.
b) Conocer la gloria.
Muy unido a lo anterior, es el conocimiento que debemos tener de la Trinidad
eterna a través de las enseñanzas de Jesús, y de la acción y obra que de un
modo especial se atribuye a cada una de las Tres Divinas Personas. Se atribuye
al Padre la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la
Santificación. Juntamente se afirma la presencia de toda la Trinidad en el
alma. Reconocer las buenas obras y acciones de otro, y sentirse destinatario de
las mismas, es una forma de glorificarlo. ¿Qué no hizo Dios por nosotros para
salvarnos?
c) Adorar su unidad
todopoderosa. Quizás nos cueste tanto adentrarnos más en este misterio
precisamente por no estar habituados a la verdadera oración de alabanza. Por lo
común creemos que nuestras oraciones deben ser de petición. Miramos nuestras
necesidades (lo único que nos interesa) en nuestra relación con Dios. Como si
un hijo fuera incapaz de estar junto a su padre sin estar pidiéndole
constantemente “cosas”. Lo lamentable es que no pocos creen que si no tienen
nada que pedir, no pueden hacer oración. Cuando llegue el día en que seamos
capaces de gozarnos en nuestra comunicación con Dios sin pedirle más que su
amor y su gracia, nos habremos aproximado a la realidad del misterio. Con eso
tendremos la dicha total, lo que tanto anhelamos. DIOS y SOLO EL: BASTA.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.14-15)


















