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| Mi madre atándome las manos en el Rito de Ordenación Sacerdotal, el 29 de septiembre de 1991. |
Queridos amigos y hermanos del
blog: días pasados buscando un documento en mi archivo personal encontré una fotocopia,
con el papel amarillento por el paso del tiempo, que contiene un poema titulado:
“A las madres de los sacerdotes”, escrito por un sacerdote salesiano, que no
dejó escrito su nombre personal, solo el de ser “un sacerdote salesiano”.
Hoy, 29 de septiembre, cumplo
35 años de mi ordenación sacerdotal, y me ha parecido una hermosa oportunidad
para que ese viejo y sentido poema vuelva a ver la luz y a ser conocido, para
Gloria de Dios y bien de las almas.
Acompaño la publicación con
una de las fotos de mi ordenación sacerdotal, aquella del momento en que mi
madre me ató las manos. ¿Conocen ese rito?
En el rito de ordenación
sacerdotal, se conserva la antigua costumbre de que las manos del nuevo
sacerdote, después de haber sido ungidas con el Santo Crisma por el Obispo, se
atan con una tela llamada manutergium –del latín “manu” y “tergium”, que quiere
decir “toalla de mano”
Luego la madre del nuevo
sacerdote desata las manos de su hijo y conserva el manutergio. Este manutergio
luego será colocado en las manos de la madre después de su muerte como una
señal de que esta es la madre de un sacerdote. significando que, cuando nuestro
Señor le diga: “Yo te di la vida, y tú que me has dado?” Le entregará el
manutergio y le responderá: “Señor, te di a mi hijo como un sacerdote.”
y le sea tomado en cuenta aquel día.
Pues bien, sin más, les dejo
con ese hermoso y piadoso escrito. De mi parte, una vez más y siempre, me
encomiendo a vuestras oraciones, hoy especialmente en la gratitud ante tan inmerecido Don, el Don del Sacerdocio.
Con mi bendición.
Padre José Antonio
Medina.
A las
madres de los sacerdotes
Mamá, ¡si tú supieras lo que
siento en el pecho
cuando elevo la hostia y el
cáliz hacia Dios!...
siento como si todo mi ser se
hiciera estrecho
y demasiado grande fuese mi
corazón.
Siento como si el mismo Señor,
que entre mis manos
sube a lo alto, hiciese grande
mi pequeñez,
y la llenase toda de poder
sobrehumano
cual si yo me volviese otro
Dios cada vez.
El divino momento me llena de
alegría,
mas tiemblo ante el misterio
que Dios dispone en mí,
por eso cuando elevo la Santa
Eucaristía
te busco, madre mía, para
apoyarme en ti.
Yo creo que tus manos
fortalecen mis manos
me parece que late por mí tu
corazón,
y alejo los temores, como a
fantasmas vanos,
¡hay dos manos de madre que
sostienen a Dios!
Mamá, ¡si tu supieras! lo que
siento en el alma
cuando levanto el brazo sobre
algún pecador,
y devuelven mis labios a su
pecho la calma
y le vuelvo a la Vida, y
retorna al Amor.
Siento como si toda la enorme
maravilla
de los cielos enviase sobre
mis labios Dios,
y que al contrito hermano que
cae de rodillas
le habla Cristo mismo desde mi
propia voz…
Y creo que me miras con
sublime ternura
y que empañas tus ojos con
lágrimas de amor,
sí, que fue en tu regazo donde
aprendí la pura
fresca bondad divina que pongo
en el perdón.
Si supieras lo mucho que debo
a tu cariño
y como tu recuerdo me enrieda
de luz,
yo estaba de rodillas, en
aquel tierno niño,
el futuro ministro del amor de
Dios.
Ya había en mis miradas albor
de Eucaristía
y en mis labios flotaban sus
palabras de paz…
A Jesús cuando niño, la Virgen
le decía
lo que tú me decías de niño,
verdad?
Mamá, si tu supieras el gozo
de mi vida
al verme ungido eterno
Sacerdote de Dios,
y saber que tendremos nuestras
glorias unidas
porque somos sagrados, madre
mía, los dos!...
Un sacerdote salesiano.

















