Domingo 3 (A) de Cuaresma
Jn 4,5-42
Es realmente maravillosa la
pedagogía que Jesús utilizó para hacernos entender y comprender las realidades
sobrenaturales de su Reino. Con parábolas, comparaciones y ejemplos, dio a
conocer las características, la naturaleza, y la inacabable riqueza de ese
Reino que es la Iglesia, hoy comunidad imperfecta con muchas “manchas y
arrugas”, y mañana vida eterna en el cielo. Elementos simples y situaciones de
la vida corriente (el extravío de una moneda de valor, trigo y cizaña, el
tesoro en el campo, una perla preciosa, el descarrío de una oveja, el
comportamiento del padre ante el regreso del hijo pródigo, la red de pescar…)
han servido de medios para ese fin.
Hoy, tercer domingo de
Cuaresma, revivimos el encuentro de Jesús con la samaritana junto al famoso
pozo de Jacob. El breve espacio no nos permite considerar muchos aspectos
importantes de este hecho. Lo fundamental: conocer, saber cuál es el “don”, el
regalo máximo que Dios nos hace. En esa ocasión, Jesús dijo a la mujer: “Si
conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: `Dame de beber`, tú le pedirías
a El, y El te daría a ti agua viva”.
Tras las palabras enigmáticas,
al parecer, de esta expresión, hay un contenido insospechado.
La presencia de Jesús en su
realidad humana es un hecho trascendental en toda la historia y en la vida de
cada hombre en particular. El no penetrar el sentido de esta realidad es
ignorar totalmente lo que más puede y debe interesarnos. Desconocer el sentido
de la venida y la presencia de Jesús es, en definitiva, desconocer la propia
realidad humana.
Si a veinte siglos de la
samaritana, El nos hiciera hoy la misma pregunta, ¿cuántos estarían en
condiciones de responderle? Y en caso de una respuesta correcta, si El siguiera
preguntando: ¿Cómo aprecias ese don, cómo lo vives?, me imagino los “apuros” de
más de un “cristiano”.
Ese don de Dios, ese manantial
de agua fresca que genera en nosotros la vida eterna, es la misma vida de Dios,
que llamamos gracia santificante. O dicho de otro modo, es la total ausencia de
pecado grave. Con la gracia, todo es posible; sin la gracia, sólo es posible el
infierno y nada más. Con la gracia se gana el cielo, cuya alegría empieza ya
ahora; sin la gracia se va al infierno, cuya tortura empieza también aquí y
ahora.
Una vez me decía un joven:
“Quiero confesarme, padre, porque ya no aguanto más este infierno que tengo en
mi alma y en mi corazón”. Era un joven de conciencia delicada. La desgracia
tremenda es estar en pecado y no sentir ese infierno. ¡Qué triste es la situación
de tantos que se llaman “cristianos”! No valoran el “don” de Dios, o no lo
conocen bien, ignorando lo que es la gracia.
La gracia nos hace hijos de
Dios, es esa misma vida de Dios que El quiso darnos al hacernos a “su imagen y
semejanza”. Con la gracia tenemos el derecho de ir al cielo. Por su misma
justicia y bondad, El no puede condenar a un alma en gracia. Con la gracia, aun
la obra más pequeña -una sonrisa, una mirada bondadosa- tiene valor para la
vida eterna. Sin la gracia, aun la obra filantrópica más grande -como levantar,
equipar y subvencionar el funcionamiento de un gran hospital- carece de valor
para la eternidad.
Aprovechemos este tiempo de Cuaresma para reflexionar en serio. Busquemos el valor fundamental de nuestra vida: DIOS.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags. 264-265)





















