Domingo
XVIII (A) del tiempo ordinario
Evangelio
de San Mateo 14,13-21
Dicho así, parecería una
pregunta inútil, ociosa. Pero de su exacta respuesta depende todo. Jesús hizo y
enseñó cosas. Sus milagros son un hecho real, innegable. Llenar, por ejemplo,
doce canastos con los restos de cinco panes y dos pescados, es un milagro
extraordinario que nadie bien intencionado puede negarlo. Es evidente que
alimentar a “más de cinco mil hombres” con esa pobre ración no lo puede hacer
nadie más, por economista que sea, sino sólo Dios. Por eso este milagro
inaudito hace percibir a los judíos, claramente, la divinidad de Jesucristo.
Resulta curioso, además de
totalmente inadmisible, alguna exégesis, de algún pretendido defensor de los
pobres, en el sentido de que el milagro se produjo no por un poder
extraordinario de Jesús, sino porque los Apóstoles pusieron en común lo que
tenían. El mismo contexto del Evangelio niega esa afirmación: “¿Dónde
compraremos pan para darles de comer? Esto lo decía (Jesús) para ponerlo a
prueba (a Felipe), porque sabía bien lo que iba a hacer…”. De modo que no había
pan suficiente, ni alcanzaría el dinero, ni donde siquiera comprarlo, para que
pudiera alcanzar “un pedacito a cada uno”.
Valiéndose Jesús de lo poco
que podían ofrecerle los Apóstoles, multiplicó el alimento de modo que todos
quedaron satisfechos, y aún sobró más de lo que se puso a disposición. Además
de multiplicar los panes, Jesús nos enseña lo que vale la bendición de Dios
sobre nuestras obras, por pequeñas e insignificantes que parezcan.
Creo que al dar por sabido que
Jesús es el Hijo Unigénito de Dios, y por tanto Dios verdadero, al releer los
milagros que hizo, nos maravillamos por ellos, remarcamos el poder de Jesús,
subrayamos su misericordia y compasión, le aureolamos como un benefactor a
quien debemos imitar, etc. Pero olvidamos algo fundamentalísimo. Olvidamos que
a través de los milagros Jesús quiso enseñar dos cosas. Primero: que Él
era el verdadero Hijo de Dios, el Mesías, que era realmente Dios. Y segundo,
que vino a este mundo a enseñarnos lo que mandaba el Padre. Todo lo que hacía y
enseñaba era para manifestar la voluntad de su Padre celestial, que en
definitiva es nuestra santificación, mediante la glorificación de Dios. El
hombre se salva glorificando a Dios en su vida y en sus obras.
Esto no significa que debemos
entender los milagros como una simple ocasión en que Jesús manifestaba esos dos
aspectos. No. Hay que unir las dos cosas: su misión fundamental, y su compasión
y solidaridad con los hombres.
Por tener olvidado este
aspecto, o por no darle la importancia que tiene, se cae fácilmente en un
“racionalismo” interpretativo del Evangelio todo, que en nada puede ayudarnos.
Al contrario: empobrece, debilita y hasta destruye la fe, la confianza, la gratitud
y el amor.
Además de enseñarnos, Jesús
vino para traernos una nueva vida, que exige un nuevo modo de vivirla,
un nuevo modo de tratarnos (el mandamiento nuevo del amor). Por tanto, el
centro de todo es Él mismo, su Persona juntamente con su doctrina. Él es
la VIDA, y de nada serviría su doctrina, por novedosa y extraordinaria que
fuera, si no vivimos esa VIDA DE LA GRACIA.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael",
Ediciones Nihuil, 1988,
pags. 30-31)






















