domingo, 1 de febrero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Todavía creer en la Trinidad?

 

Hay un principio filosófico que expresa: el obrar es consecuencia del ser. Primero se existe, luego se actúa.

Desde hace un tiempo se ha despertado en muchos cristianos una mayor conciencia y preocupación por los diversos campos de acción: educación, cultura, política, economía, derechos humanos, erradicación del hambre, la miseria, las injusticias sociales, la preocupación por la familia, el progreso y desarrollo. Todo ello muy loable y digno de aplauso, estímulo y apoyo.

Pero también “no es raro encontrar cristianos muy comprometidos en tareas apostólicas… a quienes les da lo mismo que Dios sea uno o tres personas. Piensan que esto es un tema teórico sin repercusiones prácticas… Que la Trinidad es un dogma, incomprensible, sí, pero que no tiene sentido al menos para este tiempo. Por eso nadie se ha tomado la molestia de criticarlo, de negarlo, ni tampoco de afirmarlo. Y la razón es que parece que ni quita ni pone nada a la vida cristiana… de la misma manera que nos da lo mismo que los planetas sean nueve o diez, porque esto no resuelve ninguno de los problemas que el hombre tiene planteados…” como leemos en un libro de Homilética.

A esto se llegar cuando en la práctica se relega a un segundo plano toda la realidad espiritual del hombre, cuando se le quita importancia o hasta se niega por pseudoteólogos la existencia de valores y verdades objetivas reales y absolutas. Se “ateiza” todo con el relativismo subjetivo, con la moral de situación, puramente subjetiva, y cosas por el estilo. Entonces la tarea apostólica, quizá iniciada con mucho entusiasmo y la más recta de las intenciones, al tiempo decae y hasta se la abandona. Le ha faltado base; se ha prescindido de Aquel que dijo: “Sin mí nada podéis hacer” (Jn 15,5).

No es un hecho intrascendente para el hombre el que Dios, ser supremo, creador, redentor y remunerador de los actos humanos, sea uno en tres personas. La preocupación -hasta casi como una obsesión- de Jesucristo fue la realidad del Padre, la gloria del Padre, la obediencia al Padre. Nos habló del Padre y nos prometió y envió al Espíritu Santo para llevar a cabo la obra que nos encomendó: ser sus testigos. Pero ¿qué es lo que vamos a testimoniar de Jesús? Su resurrección, como sello, garantía y certeza de que lo que El hizo y enseñó es verdad.

Es necesario que volvamos al origen de todo: Dios. No basta actuar en “nombre” de Cristo, de Dios. Para actuar como cristiano no basta realizar acciones o gestos cristianos; hay que serlo de verdad. No somos simples actores que representamos un papel. Debemos vivir la gracia para ser testigos y no sólo hacer de testigos de la Trinidad.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 11-12)

 

jueves, 29 de enero de 2026

APOLOGÉTICA HOY (audios): El alma humana

 

Programa radiofónico: "APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad".

Director: Padre José Antonio Medina.

Episodio Nº 41.

Tema: El alma humana

Contenido:

  • El alma humana (Apologética Fundamental)

1 – Idea del alma.

2 – Naturaleza del alma humana.

3 – Existencia del alma humana.

4 – Prueba de la existencia del alma: el testimonio de la conciencia.

Fecha de emisión original en Radio María España el miércoles 6 de agosto de 2025.


domingo, 25 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Dios, ¿una meta para alcanzar?

 

Los hombres, cuando se proponen alcanzar algo -una meta-, ordenan todos sus actos para lograrlo. Y no quedan satisfechos hasta haber obtenido el resultado.

Con frecuencia en la vida espiritual se suele proceder de un modo similar. Se procura alcanzar a Dios, la virtud, la vida cristiana en pleno, somo si se tratara de llegar a un punto, una meta en la que todos los problemas o inconvenientes quedarían superados. Y allí está el error.

A Dios no lo lograremos en esta tierra como una meta. Ni la virtud. Ni la vivencia cristiana en su plenitud.

Dios no es algo, sino ALGUIEN que nos habla. Nos habla a través de la Biblia. Nos habla por medio de su propio Hijo que vive y perdura “hasta el fin de los tiempos” en la Iglesia por El fundada y permanentemente asistida y sostenida. Nos habla también a través de los acontecimientos, de la historia. Ciertamente que no nos habla de la misma manera como lo hace en la Sagrada Escritura o por medio del Magisterio de la Iglesia. A través de los acontecimientos “nos despierta” para que reflexionemos, para que confrontemos nuestra propia vida, nuestras propias actitudes con la verdad que El nos ha revelado.

De modo similar, la vida cristiana, la virtud, no es un término, una meta para lograr totalmente en un plazo de tiempo de acuerdo al esfuerzo, al empeño personal de cada uno. La amplitud del tiempo y la intensidad del esfuerzo deben servir para afianzarnos en el camino.

Por tanto, nuestro peregrinar hacia el Padre, debe tener las características de un viaje; todavía no se ha llegado a la meta. Todavía es necesario sentir el cansancio, las incomodidades, los “imprevistos” del camino. Eso es la vida del cristiano. Debe contar con la realidad de “los buenos y malos en el reino de Dios”. Y mientras seamos viandantes no nos extrañemos de que la meta está distante, aunque siempre a la vista. Caminemos con esperanza.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 7)

 

martes, 20 de enero de 2026

HOMILÍAS (audios): Vida de San Sebastián, mártir




Homilía pronunciada el martes 20 de enero de 2026 por el Padre José Antonio Medina Pellegrini en la Santa Misa de la Fiesta de San Sebastián, en la Parroquia "Santiago Apóstol", de Casarrubuelos, Madrid, España.







La imagen que ilustra esta publicación se venera en el Templo Parroquial de "Santiago Apóstol" de Casarrubuelos, Madrid.








domingo, 18 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Para qué se hizo hombre Cristo?

 

Domingo 2 (A) del Tiempo Ordinario 

Evangelio de San Juan 1,29-34

Circunscribir la misión de Cristo a un determinado momento histórico, o a unas circunstancias puramente humanas, sería desvirtuarla de su real contenido. Lo externo puede ayudar o dificultar la acción. Esto nadie lo niega. Pero afirmar que lo externo condiciona de tal manera los actos y las decisiones de la voluntad humana que le imposibilitan actuar de otro modo, sería negar la libertad del hombre.

Es verdad que en determinados momentos o períodos se acentuaba la divinidad de Cristo -y esto está muy bien- que su humanidad quedaba prácticamente casi ignorada o, por lo menos, tenida como algo de menor importancia, y eso está mal. Hoy, en cambio, es frecuente la presentación de un Cristo tan “humanizado”, tan “socializado”, que su divinidad no es objeto ni de predicación ni de vital importancia y necesidad para la vida del bautizado.

En un mundo que “prefiere las tinieblas a la Luz” (Jn 1,5), “porque sus obras son malas” (Jn 3,20), en un mundo tremendamente materializado, hablar de espiritualidad, es un poco menos que hacer el ridículo. No obstante, la Iglesia de Cristo, la fundada por El, y no la presentada por muchos “reformadores” que ha tenido desde el comienzo (Mt. 26,9), y que lamentablemente abundan también hoy, debe predicar al Cristo total, al Cristo Dios hecho hombre, al Cristo Hijo de Dios e Hijo de María.

Nunca será lícito, bajo ningún pretexto histórico ni circunstancial, presentar un Cristo dividido, a un Cristo predicador de verdades sin “tener compasión de la multitud cansada y hambrienta” (Mt 15,32), ni, contrariamente presentar a un Cristo a quien los hombres lo busquen no por su divinidad (milagros, señales…) sino “por el pan que se acaba” (Jn 6, 26-27).

Tampoco ignoramos el sofisma de los últimos tiempos de que “no se puede predicar a estómagos vacíos”, y por eso hay que solucionar primero la cuestión social de la vivienda, de trabajo, etc., antes de hablar de conversión, de arrepentimiento, de renuncia al pecado, de la necesidad de la gracia, de la vida eterna… Porque a los que han enarbolado esa frase y a los de su comparsa, nunca los he visto preocupados por “predicar a los que ya tienen los estómagos llenos”. Como los consideran “pecadores”, y no les interesa trabajar por el Reino de Cristo, que basa la justicia y la paz en la ausencia del pecado, ponen en evidencia su distorsión de la verdadera misión de Jesucristo. No les interesa liberar a los hombres de la esclavitud del pecado.

En la predicación de hoy, el Bautista nos presenta a Cristo en su exacta dimensión. Cristo es el CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO. En el Antiguo Testamento Dios había prescrito que la reconciliación con El se hiciera por medio de la sangre de toros y de chivos, sobre los que el pueblo descargaba sus pecados (cfr. Lev 4, 5 y 16). Era un símbolo, una figura, un anticipo de la realidad que vendría con Cristo. Por eso el Bautista dice que Cristo es el verdadero Cordero de Dios (animal-símbolo de la inocencia y mansedumbre), que carga sobre sí los pecados de toda la humanidad, para expiarlos con su propia Sangre.

Mientras no se vuelva a fundamentar la realidad del hombre enfrentado con la herencia triste del pecado, se seguirán enfrentando los mismos hombres entre sí, y jamás podrá haber paz. El hombre no puede, por sí sólo, construir la PAZ. Necesita de la ayuda del Señor (“Sin Mí nada podéis hacer”). Esta ayuda es la gracia, que contrasta diametralmente con el pecado.

La mayor desgracia -ya lo deploraba Pío XII- es la perdida de la noción del pecado. No pocos cristianos hasta se burlan de los que creemos y procuramos luchar contra el pecado. Uno de los síntomas lo dan aquellos que, por ejemplo, critican, sin más, lo que denominan “sacramentalismo”. Parecen más preocupados por defender, hacer intangible el sacramento (lo que, bien entendido, no sólo es laudable sino también obligatorio) que salvar almas.

Si la misión fundamental de Cristo “hecho hombre para nuestra salvación” (Credo) no es la de liberarnos directamente del pecado (parábolas: hijo pródigo, oveja perdida…), la Iglesia, el Sacerdocio católico, y en definitiva los siete Sacramentos carecerían totalmente de sentido. ¿Es admisible esto? ¿No se corre hoy este riesgo de “teologías liberacionistas” de tipo sicológico, temporalista, carentes de sentido trascendente?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.208-210)

 

miércoles, 14 de enero de 2026

JESUCRISTO, TÚ SÍ QUE VALES: La relación del Obispo con sus seminaristas

 

Tema del episodio Nº 18 del ciclo:

La relación del Obispo con sus seminaristas

“Jesucristo, Tú sí que vales”, es un micro programa de reflexión vocacional, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, quien era en el momento de su emisión original en antena el Director Espiritual del Seminario "San Bartolomé" de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, España.

Se emitió originalmente en el curso pastoral 2012-2013 todos los viernes al mediodía en Cope Cádiz, y posteriormente por Radio María España.

La locución está realizada por el Sr. Nino Romero.


domingo, 11 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: Bautismo de Jesús

 

Aún no hemos asimilado del todo la alegría propia de la Navidad, cuando la Iglesia, poseída del gozo por el hecho de nuestra salvación, patentizado en Belén, nos presenta a Cristo en otro paso de su obra redentora.

Hoy celebramos el misterio del Bautismo de Jesús. Cristo no sólo se humilló haciéndose hombre, sino que también, cargando con nuestros pecados, se humilla aún más. Ocupa nuestro lugar de culpables y pecadores, y así se presenta al Padre. Como el culpable de nuestra desgracia, como el pecador que implora clemencia. Allí, formando cola, mezclado con los penitentes, como uno más, se presenta a Juan que bautizaba en las orillas del Jordán, para recibir también Él el bautismo de penitencia. Sabemos que este bautismo no confería la gracia santificante, cuya necesidad no cabía suponer para Jesús, el Santo y el Autor de la Gracia, sino que era un bautismo que disponía a los penitentes para una conversión, un arrepentimiento de sus pecados y un propósito de enmendar muchas cosas en sus vidas.

Allí lo vemos a Cristo, sufriendo la vergüenza de ser considerado por los demás como un pecador que viene a reconocer sus faltas, sus pecados, su vida equivocada, como un ladrón, como un asesino, como un tramposo y pendenciero, como un bebedor, como un adúltero o un fornicario, como un explotador de los demás, etc., etc. Si no descendemos a estos detalles, creo que nunca comprenderemos suficientemente la expresión, tan general, de que Jesús cargó con nuestros pecados y los expió. Jesús cargó sobre sí los pecados concretos de los hombres y murió por algo bien concreto. ¡Cuánto amor!

La humillación de Jesús en el Bautismo hizo que el cielo se abriera, que el Espíritu Santo descendiera en forma de paloma, y se oyera la majestuosa voz del Padre testimoniando: “Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”.

Muchas consideraciones podríamos hacer en torno a este hecho. Señalo nada más que dos:

1) Miremos a Cristo cumpliendo la voluntad del Padre. Hoy que no gusta tanto oír, y menos practicar, que algo debe ser cumplido porque está mandado, ya que eso sería “infantilismo”, falta de “madurez”, carencia de personalidad, etc. Cristo con su obediencia expía también estas aberraciones, estas nuevas formas de soberbia, este nuevo “infantilismo” humano disfrazado de “adultez”, cuando en cuestiones de fe y en cosas reveladas por Dios pretendemos formar nuestras “opiniones propias”.

2) En el día de nuestro bautismo se abrieron los cielos y descendió a nuestro corazón la mismísima Santísima Trinidad. ¡Qué complacencia para las tres divinas personas! Transcurridos los años, en esto momentos, ¿podrían el Padre eterno, el Hijo Redentor y el Espíritu Santificador decir de cada uno de nosotros, con una alegría semejante a la del día de nuestro Bautismo: ÉSTE ES MI HIJO MUY QUERIDO, EN QUIEN TENGO PUESTA TODA MI PREDILECCIÓN? Si no fuera así, hermanos míos, es tiempo de pensar: ¿para qué la Navidad, para qué el Bautismo de Jesús, para qué el Calvario, para qué la Resurrección de Cristo, para qué todo esto y lo del Año Santo, y la Iglesia, y los Sacramentos, y el tanto simular lo que quizás en realidad no somos?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.203-204)

 

viernes, 9 de enero de 2026

COLUMNISTA INVITADO: Monseñor León Kruk, Arquetipo de Obispo, por Sergio Daniel D`Onofrio

 

Introducción

La historia eclesiástica argentina del siglo XX no puede comprenderse adecuadamente sin atender a aquellas figuras episcopales que, lejos de plegarse a los vaivenes ideológicos de su tiempo, asumieron con plena conciencia la misión de custodiar la fe recibida. Entre ellas, la figura de León Kruk se erige como un testimonio singular de austeridad y paternidad. Su episcopado en San Rafael configuró una identidad diocesana marcada por la centralidad de la vida sacramental, la formación sólida del clero y la defensa explícita de la Tradición católica.

Conocer a Monseñor Kruk implica adentrarse en un modelo de obispo que entendió su ministerio como servicio sacrificial. Formado en la pobreza rural y templado en una espiritualidad exigente, evidenciando con su ejemplo la figura del pastor que enseña, gobierna y santifica sin concesiones al espíritu del mundo.

Desarrollo

Monseñor León Kruk (1926–1991) constituye una de las figuras episcopales más singulares y firmes de la Iglesia argentina del siglo XX. Nacido en Concepción de la Sierra, Misiones, en el seno de una familia campesina de origen eslavo, más precisamente ucraniana, siendo sus padres Juan Kruk y Angelica Manulak. Su vida quedó marcada desde la infancia por la austeridad, la piedad mariana y una vocación temprana al sacerdocio. Formado en los seminarios de Corrientes y Villa Devoto, fue ordenado presbítero en 1954. Dentro de sus estudios se encuentran el de Licenciado y Doctor en Teología

Designado obispo de San Rafael en 1973 por el papa Pablo VI, León Kruk asumió su ministerio en un contexto eclesial atravesado por tensiones posconciliares. Alejado de ambigüedades, ejerció el episcopado con un estilo recio y paternal, defendiendo la recta tradición de la Iglesia, enfrentando fuertemente a la herética Teología de la Liberación y al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) desde que se desempeñaba como Vicario del Obispo Francisco Vicentin en la Arquidiócesis de Corrientes,

Su obra más perdurable fue la fundación del Seminario Santa María Madre de Dios. Se lo considera también como un padre espiritual del Instituto del Verbo Encarnado, dado que fue él quien otorgó al padre Carlos Buela la autorización para fundar dicha congregación en la Diócesis de San Rafael. Ambas instituciones, nacidas juntas el 25 de marzo de 1984, se constituyeron como verdaderos pilares de la identidad católica sanrafaelina, así como un impulso decisivo a numerosas iniciativas laicales y educativas.

Hombre de vida austera y oración constante, su muerte, ocurrida el 7 de septiembre de 1991, selló el testimonio de un pastor que no buscó consensos fáciles, sino todo lo contrario, la fidelidad a Cristo y a la Tradición de la Iglesia. Su figura permanece como referencia insoslayable para comprender la historia eclesiástica del sur mendocino.

Conclusión

La importancia de que se conozca y estudie la figura de Monseñor León Kruk radica, ante todo, en su valor ejemplar. En tiempos donde la memoria histórica suele ser selectiva o interesada, recuperar su trayectoria permite comprender que la vitalidad de una diócesis depende de la claridad doctrinal, la coherencia moral y la formación profunda del clero y de los fieles. El Seminario que fundó, las instituciones que protegió y el laicado que alentó no fueron iniciativas aisladas, sino partes orgánicas de una concepción integral de la Iglesia.

Mons. León Kruk representa un tipo de obispo cada vez menos frecuente: aquel que no teme al conflicto cuando está en juego la verdad revelada, y que asume las consecuencias personales de esa fidelidad. Su vida refuta la idea de que la firmeza doctrinal sea incompatible con la caridad pastoral; por el contrario, muestra que la auténtica caridad se funda en la verdad. Conocerlo es, en definitiva, reencontrarse con una forma de pastoreo que ayudó a edificar, con sacrificio y claridad, la Iglesia concreta de San Rafael y que aún hoy interpela a quienes buscan comprender el sentido profundo del gobierno Episcopal.

Bibliografía D’ONOFRIO, S. (2024) Historia Eclesiástica de la Diócesis de San Rafael. Tomo I. Monseñor Kruk. Un León en Cuyo. Ed. Cruz del Sur. Mendoza. Argentina.

Lic. Sergio Daniel D`Onofrio*

 

*Sergio Daniel D’Onofrio, nacido el 10 de marzo de 1992 en San Rafael, Mendoza. Argentina. Es profesor de Historia por el Instituto Santa María del Valle Grande. Es licenciado en Historia por la Universidad Católica de La Plata. Se desempeña como docente en nivel superior y medio en las provincias de Neuquén. Es investigador y autor de numerosas obras de historia argentina y eclesiástica, entre ellas la colección “Historia Eclesiástica de la Diócesis de San Rafael”. Dirige el canal y blog “El Revisionista”, (https://elrevisionista1.blogspot.com) y posee su propio canal de YouTube “El Revisionista” (https://www.youtube.com/@elrevisionista7789/featured) desde donde difunde una lectura crítica y revisionista del pasado nacional y religioso.

martes, 6 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: ¿Dónde está el Rey?

 

La Epifanía del Señor

Quien haya tenido oportunidad de observar cómo las modernas maquinarias rebajan cerros, nivelan hondonadas, cubren pantanos, excavan en la roca, etc., sin duda se habrá admirado de la fuerza de dichos implementos. Se construyen enormes diques para aprovechar la fuerza y hacer más eficaz el caudal del agua de los ríos… El hombre se traslada al espacio con una facilidad cada vez más asombrosa… La técnica al servicio del hombre… ¿Cuánta maravilla!

No obstante todo este adelanto hay algo que desde muy antiguo supera infinitamente en poder, en grandeza, en hermosura y en trascendencia a todo eso. Hay algo que vence el tiempo y aun a la misma muerte. Es la fuerza maravillosa de la fe. Con la fe traspasamos la frontera del tiempo, de la muerte y del espacio. Con la fe no solo vemos y tocamos a Dios, con la fe participamos de su propia grandeza y omnipotencia. Con la fe, paradójicamente ¡oh misterio!, lo tenemos a Dios a nuestro servicio. Con la fe, si fuera necesario, trasladaríamos montañas, nos lo asegura el mismo Jesús.

Hoy celebramos la manifestación de Dios a los hombres. Dios se nos manifiesta, se nos muestra, se nos descubre en su Hijo Jesucristo. El Niño de Belén, que adoraron María y José, que adoraron los pastores, y que adoraron “unos magos de Oriente”, no sólo es hombre, que no puede ser adorado, sino que es al mismo tiempo Dios eterno. ¡Misterio grandioso! En ese Niño está “toda la plenitud de la divinidad de la que todos participamos”.

Verdaderamente es una lástima que una Fiesta como la de hoy, la EPIFANÍA, una fiesta tan de adultos, haya sido tan infantilizada. Por poco queda reducida más que al “recuerdo histórico” de unos personajes –los Magos– que fueron a adorar al Niño Jesús. Pero se pone menos acento en la adoración que en los regalos que recibieron.

No obstante, los mismos “regalos” son un testimonio de que la revelación sobre este Niño les hizo comprender que se trataba de un rey (oro), de un Dios (incienso), y de un hombre (mirra) al mismo tiempo. No habrán entendido plenamente el misterio, pero lo admitieron, lo aceptaron, porque les fue revelado por Dios, y en consecuencia obraron: se esforzaron por encontrar al Niño y le adoraron.

Repetimos:  Dios nos envía a su Hijo para redimirnos. ¡Tanto nos ama! Sin excluir los “regalos” a los niños en esta Fiesta de la EPIFANÏA, es necesario, muy necesario, que le vayamos devolviendo a la misma su verdadero contenido, real significado y vital importancia. No hagamos de las cosas de Dios “cualquier cosa”. La fe, por otra parte, no es un acto puramente espiritual.

La fe tiene que estar enraizada en nuestra vida. Creer en Jesucristo, en la necesidad de la Redención para los hombres, significa asumir toda la responsabilidad propia de esta fe. Así como los Magos no se desalentaron cuando se les ocultó la estrella. Averiguaron, buscaron y encontraron. No esperemos nosotros “facilidades” para ser cristianos. Jamás debemos cansarnos por el esfuerzo que ello implica…

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.198-199)

domingo, 28 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: Amor que da vida

 

La Navidad no es la recordación de un hecho histórico pasado, ni sólo la celebración del mismo. Debe ser considerada y vivida como una realidad presente, como algo que tiene mucho que ver con cada uno de vosotros, hoy y concretamente aquí. Es un hecho de Dios hoy, para el hombre de hoy. La Navidad es la solución que Dios ofrece hoy a los problemas del hombre, como lo fue a los problemas de antes y lo será en el futuro. No entenderlo así, es no comprender el sentido hondo, profundo, real de la Navidad, no tendremos soluciones a ningún problema, por grande y grave que sea.

Lo primero y fundamental es aceptar lo que Dios nos dice con la Navidad, y es lo que necesitamos. Más tarde Cristo lo expresará con absoluta claridad: “Sin Mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Es el presupuesto básico para la vivencia de la Navidad: A Dios lo necesitamos. Esto no es libre, no es opcional, ni discutible u opinable. En efecto, la Navidad nos trae lo más importante, y que sólo Dios puede darnos. ¿Qué es lo más importante para el hombre? La existencia, la vida. Pero la propia vida del hombre, a diferencia de la planta que vegeta, o del animal que tiene sensaciones, siente estímulos, no es dirigida por los instintos y pasiones. El hombre tiene vida racional, una capacidad radical de amar, que en definitiva es lo que constituye su esencial parecido con Dios, a cuya “imagen y semejanza” fue creado.

Amar, sí, esa es la definición exacta de la Navidad. Amar pertenece a la esencia del hombre. Es la vida del hombre. Dice Jesús: “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). El hombre que no ama, que no sabe amar, o no quiere saber lo que es amar y cómo amar, carece del elemento esencial de su razón de existir.

La Navidad nos habla no sólo del amor de Dios -“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…” (Jn 3,16)- sino también, y muy especialmente, de la necesidad de amar que tiene el hombre, para realizarse en plenitud como persona. “El que no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3,14).

Entendamos que el amor no es una idea, ni una sensación, ni una satisfacción, ni un sentimiento sensiblero, ni cualquier experiencia que nos complazca física o anímicamente.

Para entenderlo bien, no hagamos muchas disquisiciones teóricas. Vayamos a lo práctico. La lección de la Navidad es clara. Jesús no rechaza a nadie. Viene para todos, y no sólo para el pueblo elegido. Lo necesitan tanto los pecadores del pueblo de Israel, como los paganos.

Frente a esto ¿cuál es nuestra actitud? ¿Cómo consideramos nosotros a los demás? Si aceptamos solamente a los que nos resultan simpáticos, agradables, que piensan como nosotros, a los que no nos resultan “difíciles”, no sé cómo podemos desear feliz Navidad a otros. Si no estamos dispuestos a ayudar a los demás, y sólo exigimos duramente sin atender razones del otro, ¿qué sentido tiene la Navidad? Cuándo hay un amargado por culpa nuestra ¿seremos felices?



Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.188-189)

sábado, 27 de diciembre de 2025

SACERDOCIO: Síntesis de la Carta apostólica del Papa León XIV “Una fidelidad que genera futuro”

 

“Para reconsiderar juntos la identidad y la función del ministerio ordenado a la luz de lo que el Señor pide hoy a la Iglesia”, presenta el Papa León XIV su Carta apostólica con motivo del 60 aniversario de los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis.

Vatican News, Johan Pacheco – Ciudad del Vaticano

En el LX aniversario de los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis, promulgados respectivamente el 28 de octubre y el 7 de diciembre de 1965, el Papa León XIV publica la Carta Apostólica “Una fidelidad que genera futuro”, reflexionando sobre la fidelidad en el servicio, la fraternidad, la sinodalidad, la misión y el futuro.

“Una fidelidad que genera futuro es a lo que los presbíteros están llamados también hoy, en la conciencia de que perseverar en la misión apostólica nos ofrece la posibilidad de interrogarnos sobre el futuro del ministerio y de ayudar a otros a percibir la alegría de la vocación presbiteral”, expresa el Pontífice al inicio de la Carta que se difunde este lunes 22 de diciembre.

Señala el Papa que los Decretos Optatam totius y Presbyterorum ordinis, “son dos textos nacidos de una única inspiración de la Iglesia, que se siente llamada a ser signo e instrumento de unidad para todos los pueblos e interpelada a renovarse, consciente de que la anhelada renovación de toda la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes, animado por el espíritu de Cristo”.

Estos decretos afirma el Papa, “constituyen un hito fundamental de la reflexión acerca de la naturaleza y la misión del ministerio pastoral, así como de la preparación para el mismo, conservando con el paso del tiempo una gran frescura y actualidad”.

“Es necesario -exhorta León XIV-, por tanto, hacer de ellos una memoria viva, respondiendo a la llamada a acoger el mandato que estos Decretos han confiado a toda la Iglesia: revitalizar siempre y cada día el ministerio presbiteral, extrayendo fuerza de su raíz, que es el vínculo entre Cristo y la Iglesia, para ser, junto con todos los fieles y a su servicio, discípulos misioneros según su Corazón”.

El Santo Padre invita con esta Carta apostólica a “reconsiderar juntos la identidad y la función del ministerio ordenado a la luz de lo que el Señor pide hoy a la Iglesia, prolongando la gran obra de actualización del Concilio Vaticano II”.

El Papa León XIV también expresa su gratitud a los sacerdotes por su testimonio y entrega, “que, en todas partes del mundo, ofrecen su vida, celebran el sacrificio de Cristo en la Eucaristía, anuncian la Palabra, absuelven los pecados y se dedican día tras día con generosidad a los hermanos y hermanas, sirviendo a la comunión y a la unidad, y cuidando, en particular, de quienes más sufren y pasan necesidad”.

La fidelidad y el servicio

Y reflexionando sobre la fidelidad y el servicio el Papa advierte que “especialmente en el tiempo de la prueba y de la tentación, se fortalece cuando no olvidamos esa voz, cuando somos capaces de recordar con pasión el sonido de la voz del Señor que nos ama, nos elige y nos llama, confiándonos también al indispensable acompañamiento de quienes son expertos en la vida del Espíritu”.

El Papa también acentúa la importancia de la formación permanente de los sacerdotes, “en este sentido se comprende lo que Optatam totius indica respecto a la formación sacerdotal, deseando que no se detenga en el tiempo del Seminario (cf. n. 22), abriendo el camino a una formación continua, permanente, de modo que constituya un dinamismo de constante renovación humana, espiritual, intelectual y pastoral”. Y que asegure también “el crecimiento y la madurez humana de los candidatos al presbiterado, junto con una rica y sólida vida espiritual”, incluso ante la crisis de confianza en la Iglesia provocada por los abusos cometidos por miembros del clero.

Asimismo para el Papa el tema formativo resulta central para afrontar “el fenómeno de quienes, después de algunos años o incluso decenios, abandonan el ministerio”. Situación “que exige mirar con atención y compasión la historia de estos hermanos y las múltiples razones que pudieron conducirlos a tal decisión”.

“Se trata, por tanto, de custodiar y hacer crecer la vocación en un camino constante de conversión y de renovada fidelidad, que nunca es un recorrido meramente individual, sino que nos compromete a cuidarnos unos a otros”

Fidelidad y fraternidad

Y reflexionando sobre la fidelidad y la fraternidad el Papa cita el Decreto Presbyterorum ordinis: «Los sacerdotes del Nuevo Testamento, aunque por razón del sacramento del Orden ejercen el ministerio de padre y de maestro, importantísimo y necesario en el pueblo y para el pueblo de Dios, sin embargo, son, juntamente con todos los fieles cristianos, discípulos del Señor, hechos partícipes de su Reino por la gracia de Dios que llama. Con todos los regenerados en la fuente del bautismo los presbíteros son hermanos entre los hermanos, puesto que son miembros de un mismo Cuerpo de Cristo, cuya edificación se exige a todos».

“La fraternidad presbiteral, por lo tanto -dice el Papa-, antes que ser una tarea que hay que realizar, es un don inherente a la gracia de la Ordenación. Hay que reconocer que este don nos precede: no se construye sólo con la buena voluntad y en virtud de un esfuerzo colectivo, sino que es un don de la Gracia, que nos hace partícipes del ministerio del obispo y se realiza en la comunión con él y con los hermanos”.

Insiste el Pontífice en que “la fraternidad presbiteral debe considerarse, por lo tanto, como un elemento constitutivo de la identidad de los ministros, no sólo como un ideal o un eslogan, sino como un aspecto en el que comprometerse con renovado vigor”.

“En un tiempo de gran fragilidad, todos los ministros ordenados están llamados a vivir la comunión volviendo a lo esencial y acercándose a las personas, para custodiar la esperanza que se hace realidad en el servicio humilde y concreto”

Fidelidad y sinodalidad

Luego al hablar de la identidad de los sacerdotes, destaca los señalado por el Decreto Presbyterorum ordinis sobre el vínculo con el sacerdocio y la misión de Jesucristo (cf. n. 2) y señala luego tres coordenadas fundamentales: la relación con el obispo, la comunión sacramental y la fraternidad con los demás presbíteros; y la relación con los fieles laicos. De esta manera invita también a vivir la fidelidad junto al ejercicio de la sinodalidad. “El impulso del proceso sinodal es una fuerte invitación del Espíritu Santo a dar pasos decididos en esta dirección”.  

“En una Iglesia cada vez más sinodal y misionera, el ministerio sacerdotal no pierde nada de su importancia y actualidad, sino que, por el contrario, podrá centrarse más en sus tareas propias y específicas”, dice el Pontifice.

“Para implementar cada vez mejor una eclesiología de comunión, es necesario que el ministerio del presbítero supere el modelo de un liderazgo exclusivo, que determina la centralización de la vida pastoral y la carga de todas las responsabilidades confiadas sólo a él, tendiendo hacia una conducción cada vez más colegiada, en la cooperación entre los presbíteros, los diáconos y todo el Pueblo de Dios, en ese enriquecimiento mutuo que es fruto de la variedad de carismas suscitados por el Espíritu Santo”

Fidelidad y misión

“La identidad de los presbíteros se constituye en torno a su ser para y es inseparable de su misión”, dice el Papa reflexionando sobre la fidelidad y la misión. Como una “vocación sacerdotal se desarrolla entre las alegrías y las fatigas de un servicio humilde a los hermanos, que el mundo a menudo desconoce, pero del que tiene una profunda sed: encontrar testigos creyentes y creíbles del Amor de Dios, fiel y misericordioso, constituye una vía primordial de evangelización”.

Y advierte sobre dos tentaciones contra la fidelidad a la misión, en un mundo acelerado e hiperconectados. La primera es “una mentalidad eficientista según la cual el valor de cada uno se mide por el rendimiento, es decir, por la cantidad de actividades y proyectos realizados”. Y en segundo lugar “una especie de quietismo: asustados por el contexto, nos encerramos en nosotros mismos, rechazando el desafío de la evangelización y adoptando un enfoque perezoso y derrotista”.

“Para vencer estas dos tentaciones y vivir un ministerio gozoso y fecundo, cada sacerdote debe permanecer fiel a la misión que ha recibido, es decir, al don de la gracia transmitido por el obispo durante la Ordenación sacerdotal”

Fidelidad y futuro

Mirando al futuro el Papa León XIV desea que “la celebración del aniversario de los dos Decretos conciliares y el camino que estamos llamados a compartir para concretarlos y actualizarlos se traduzcan en un renovado Pentecostés vocacional en la Iglesia, suscitando santas, numerosas y perseverantes vocaciones al sacerdocio ministerial, para que nunca falten obreros para la mies del Señor”.

“Junto con la oración, la escasez de vocaciones al sacerdocio —especialmente en algunas regiones del mundo— exige que todos revisemos la capacidad generativa de las prácticas pastorales de la Iglesia”

Concluye el Papa agradeciendo al Señor que siempre esta cercano y camino con su pueblo a través del sacerdote, “y doy las gracias a todos ustedes, pastores y fieles laicos, que abren su mente y corazón al mensaje profético de los Decretos conciliares Presbyterorum ordinis y Optatam totius y se disponen, juntos, a nutrirse y estimularse mutuamente para el camino de la Iglesia".

jueves, 25 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK - NAVIDAD: Mensaje de Navidad

 

El nacimiento de Jesús no fue un hecho intrascendente. Tampoco debe serlo su recordación. Los misterios de la vida de Cristo no son sólo hechos históricos, ocurridos hace dos mil años, sino realidades que no pasan, realidades de renovada actualidad.

Cristo nace en cada alma por el Bautismo, y re-nace, o si preferimos, resucita por la Confesión, cuando el pecado, después del Bautismo, reproduce nuevamente la muerte de Cristo en el alma. Además, si bien la gracia como realidad espiritual no puede crecer en cantidad, como si fuera algo que se puede medir o pesar, puede ciertamente aumentar en intensidad, y hacernos cada vez más perfectos, arraigándose profundamente en nuestra vida y convicciones.

Es dentro de estos conceptos que debemos considerar la Navidad como un hecho actual en nuestra vida.

Junto con la alegría propia de esta fiesta, por desgracia falseada en su real contenido por una propaganda comercial desproporcionada, es necesario que nos acerquemos como cristianos, como católicos, a la cuna de Belén para ver qué nos dice hoy el Nacimiento de Cristo, para comprobar si el Niño, el Hijo de Dios que imaginamos recostado en un pesebre, de acuerdo al Evangelio, no ha sido sustituido por otra cosa. Es necesario que verifiquemos y nos cercioremos, a ejemplo de los Reyes Magos, de la realidad y la presencia del Hijo de Dios.

Empecemos por preguntarnos muy seriamente qué significa la Navidad en nuestra vida. Dado que no es un hecho intrascendente, una simple recordación histórica, sino una “actualización” de la gracia que Dios nos ofrece: ¿qué resultados, qué frutos, qué transformación produjo y debe producir en nosotros? No podemos permanecer indiferentes, estáticos, fríos, mudos, insensibles.

Ante el continuo clamor del Papa, llamándonos a la conversión, a la renovación y reconciliación, a través del regalo del Año Santo, es necesario asomarnos a la ventana de la esperanza de un mundo mejor, más humano, más de Dios.

Como Obispo siento la grave responsabilidad de invitar a todos a una profunda renovación espiritual. Dios un día me pedirá ajustada cuenta de mi “vigilancia” y “pastoreo”. No quisiera que un día pesara sobre mi conciencia el reproche y la reprobación de Dios por no haber hablado, por no haber invitado, por no haber exhortado a todos a la conversión.

La Navidad, nacimiento espiritual de Cristo en nosotros, es precisamente eso: introspección, reflexión, conversión.

La Navidad debe ser para nosotros una ocasión en que nos sintamos impulsados a verificar y constatar si el Niño de Belén, que imaginamos recostado en el pesebre de nuestra “vida cristiana”, es realmente el Hijo de Dios, o en cambio es un sustituto, con otro nombre, porque representa otra realidad en nosotros.

La Navidad es sobre todo el alborear de una nueva esperanza que se asoma en el horizonte de nuestra vida. No importa lo que hayamos sido. Tenemos la posibilidad de empezar a ser lo que debemos ser. En la Navidad, Dios no se detiene tanto para mirar nuestra miseria cuanto se desvive por ofrecernos su riqueza.

Si he invitado para que miremos un poco nuestro pasado no es para que nos quedemos, entre lamentos, mirando hacia atrás, sino para que tomemos nuevo impulso y nos proyectemos definitivamente hacia el futuro venturoso y feliz, signado, gracias a la presencia de Cristo renacido en nuestra alma, por la absoluta certeza del éxito total.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.173-174)

domingo, 21 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK – ADVIENTO: Cristo tiene derecho a tu respuesta

 

Próxima ya la Fiesta de Navidad, la liturgia de este Domingo nos hace meditar sobre la Madre de Jesús, la siempre Virgen María, y lo intenta con el relato de la conmovedora escena del anuncio, de parte de Dios, por medio del ángel, del misterio de la Encarnación.

Innumerables veces lo hemos leído y releído, y hasta casi lo sabemos de memoria, palabra por palabra, y no obstante, cada vez que volvemos a leer esa simple, pero magnífica historia, es imposible no emocionarnos. Podría decirse que nunca la aprenderemos de memoria, como otras historias, porque el misterio que anuncia es inagotable, y tiene relación con nuestra vida personal. En efecto, es imposible considerar o recordar la venida de Cristo a este mundo, para devolver a Dios la gloria que el pecado le pretendió quitar, sin aplicarnos a nosotros ese relato.

No es una historia impersonal. La venida y la presencia de Jesús en la historia de los hombres implica un juicio sobre nuestra conducta: “Si yo no hubiera venido y no hubiera hecho entre ellos la obras que ningún otro realizó, no tendrían pecado” (Jn 15,24). De modo que, en definitiva, todo lo malo que nos acontece es, querámoslo o no, porque no aceptamos a Jesucristo, no aceptamos a Dios, ya que lo que hay de malo en nosotros o es pecado o fruto del pecado. La presencia de Cristo no puede dejarnos indiferentes.

Así la consideración, por una parte, del amor misericordioso de Dios, amor que da y se da todo entero, amor que no busca su propio bien sino el de los demás, ¿no te hace pensar, hermano, sobre qué entiendes por amor, como lo vives o practicas? ¿No es la más de las veces egoísmo, interés, que no va hacia el necesitado, sino que pretende poner a todos a su servicio? Cuando ves cómo Dios toma la iniciativa y respeta la libertad de la Virgen, hasta el punto que fue necesario que ella dijera: ¡Sí! ¡Hágase en mí tu voluntad!, para que el Hijo de Dios empezara su existencia humana en el seno de María, ¿ello no te hace pensar en tu comportamiento con los demás?

¡Cuántas veces quieres imponer tus criterios, tus puntos de vista, tus opiniones, tus conveniencias! Cuando ves que Dios se digna ofrecer una prueba de su poder a una pobre criatura, demostrando que para El nada hay imposible, ¿no se te ocurre pensar que con su ayuda nada te puede resultar imposible, aunque te cueste cumplir con la ley de Dios? ¿No es muchas veces el hombre el “intransigente” en sus reclamos y no la Iglesia que no “afloja”, que no puede “aflojar” en ciertas cosas?

Y, por otra parte, cuando vemos la disponibilidad de la Virgen María, y cómo la gracia de Dios realmente “obró maravillas” en ella, ¡no cuestiona esto nuestra rebeldía, ese nuestro no querer dar “el brazo a torcer”? ¡Cuánto bien, cuánto apostolado se deja de hacer porque siempre ofrecemos alguna excusa para ello, nunca tenemos tiempo, o lo postergamos para más adelante, para una mejor oportunidad, etc, etc.! Y mientras tanto, los enemigos avanzan: ellos siempre tienen tiempo, siempre están dispuestos, nunca se cansan. A ejemplo de la Virgen, aprendamos a decir siempre ¡Sí! A Dios. En esta Navidad ¿qué cosa costosa te está pidiendo Dios? ¡A qué cosa o actitud tienes que renunciar?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.155-156)

sábado, 20 de diciembre de 2025

HOMILÍAS CAMPERAS (audios): San Juan Bautista, figura del Adviento

 



Homilía pronunciada el Domingo 13 de diciembre de 2020, Tercer Domingo de Adviento, por el Padre José Antonio Medina Pellegrini en el Monasterio de la Encarnación de las Hermanas Pobres Clarisas de Valdemoro, Madrid, España.

Homilía basada en “El Evangelio de Jesucristo”, del Padre Leonardo Castellani, Vortice, Buenos Aires, 1997, pp.332-337.       

                                             ***

“Homilías Camperas” es un ciclo de homilías pronunciadas por el Padre José Antonio Medina, basadas en textos originales del Padre Leonardo Castellani, principalmente de su libro “Domingueras Predicas”, que es una recopilación póstuma de sus sermones según las dos ediciones (1997 y 1998) publicadas por Ediciones Jauja, Mendoza, República Argentina.

El nombre de “Camperas” es un guiño a uno de los libros más emblemáticos del Padre Castellani, que fue el primer gran escritor argentino que se atrevió a abordar este género. Señala Hugo Wast: “Sus fábulas no se parecen a las de nadie; son cosa propia de él, mejor dicho, son cosa nuestra”.

Leonardo Luis Castellani, nació en Reconquista, provincia de Santa Fe, Argentina, el 16 de noviembre de 1899 y falleció en Buenos Aires, el 15 de marzo de 1981, fue un sacerdote católico, escritor y periodista que escribió ensayos de temática religiosa, filosófica y socio-política, novelas, cuentos y poesía.