Jn
20,19-31
Jesús resucitó. Es un hecho
incuestionable. Ha concluido un modo de vida, el mortal, y ha empezado otro
modo, el de la vida inmortal, glorioso, eterno. La Resurrección en síntesis y
en esencia es eso.
La inmortalidad y el estado
glorioso sólo se encuentran en Dios. De allí que nuestro resucitar será un
eterno vivir en Dios, en la plenitud del gozo, de la felicidad. Algo que no
podemos ni imaginar.
Pero no basta el solo hecho de
la resurrección para lograr la felicidad. Se debe resucitar como Jesús, esto
es, en gracia, sin pecado. Para resucitar en gracia, hay que morir en gracia; y
para morir en gracia hay un solo modo absolutamente seguro: vivir
permanentemente en gracia.
Sin lugar a equivocarnos
podemos afirmar que toda la existencia, toda la realidad de Cristo debe ser
mirada desde esta perspectiva de la gracia para ser comprendida. Cristo vino,
vivió, enseñó, sufrió, murió, resucitó únicamente para satisfacer nuestra deuda;
es decir, destruir el pecado y darnos la gracia santificante.
A fin de asegurarnos de un
modo eficaz y permanente esta realidad, conocedor de nuestra miseria y
fragilidad, después de su Resurrección El mismo sigue actuando, a través de los
hombres (sacerdotes), en los Sacramentos que instituyó.
El evangelio de hoy (Juan 20,
19-31) nos consigna el hecho, en el mismo día de la Resurrección, de la
institución del Sacramento de la Confesión, actualmente denominado
Reconciliación. Por tanto, la confesión es un invento del amor de Jesucristo.
Que lo desmientan -y los desafiamos públicamente- aquellos que niegan la
realidad y la necesidad de este Sacramento, que niegan que lo haya instituido
Jesucristo: a quienes los sacerdotes perdonen los pecados, ésos quedarán
perdonados. Luego es necesario y obligatorio confesar los pecados para recibir
el perdón de Dios. Así lo estableció Jesucristo, y ello no se discute.
En un texto de homilética
leemos que una de las conquistas más prometedoras, según esperan, de la
psicoterapia moderna, es la confesión psicoanalítica. El paciente yace tumbado
en un diván, para su mayor comodidad, a oscuras, a fin de que pueda sobreponerse
más fácilmente al rubor natural. Y es sometido por el especialista a
interrogaciones que, ni en la confesión sacramental más rigurosa y pormenorizada,
se le propondrían. Ha de responder con absoluta sinceridad y sin vacilaciones.
Esta terapéutica es larga y onerosa. Consignemos, de paso, que esta terapia no
siempre produce los efectos esperados, no obstante ser tan difícil y costosa.
En cambio, Nuestro Señor
Jesucristo hizo las cosas mucho más sencillas para el tratamiento de la
enfermedad del pecado, y con resultados infalibles si el cristiano sabe aplicar
este remedio con la seriedad, frecuencia y devoción necesarias.
Llamo la atención sobre dos
cosas:
1) La confesión, tal como la
practica la Iglesia Católica (y no ante una pared o frente a un poste), es
absolutamente necesaria para todo aquel que haya cometido pecado grave. No hay
otro remedio para borrar el pecado. Para eso murió, para eso resucitó Jesús, y
para eso instituyó este Sacramento.
2) No se puede comulgar en
pecado mortal. Es necesario confesarse antes, y no después de la Comunión.
Comulgar en pecado es obligar a Cristo a entrar donde está el diablo. Es como
ponerlos juntos en una habitación. El solo deseo de comulgar no es razón, nunca,
para cometer un sacrilegio. Es necesario repasar el catecismo para tener ideas
claras.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.324-325)









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