Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo
Hay un expresivo himno
litúrgico que dice: “Allí donde hay amor verdadero, allí está Dios”. San Juan
dijo: “DIOS ES AMOR, y quien permanece en el amor, en Dios permanece y Dios en
él” (I Juan 4, 16). Una consecuencia lógica se sigue de esto: un amor en el que
Dios no está presente, no es verdadero, no es auténtico amor. O dicho de otro
modo: el amor que no hace presente a Dios, que es el origen, la fuente de todo
amor verdadero, no es auténtico amor. Y nada digamos del “amor” que tantísimas
veces aleja al hombre de Dios, lo excluye a Dios, como por ej. en las
relaciones prematrimoniales, que son un pecado -con todas las letras-, que son
una “animalada” y no un acto racional, que es lo característico del amor. El
irracional es incapaz de amar. Obra por instinto.
Celebramos hoy la FIESTA DEL
AMOR por excelencia. La presencia de Jesús en la Eucaristía. Desde el punto que
se mire, desde cualquier aspecto que se considere la presencia real, auténtica,
verdadera, de Jesús en la Eucaristía, como Dios verdadero y como hombre
verdadero, siempre aparecerá la realidad del amor. Es El mismo, presente entre
nosotros porque nos ama. Es como mirar al sol, sea al amanecer, sea al
mediodía, sea al atardecer, siempre lo tenemos de frente.
La Eucaristía puede ser
considerada en sí misma y en sus efectos.
* En sí misma: Es el
verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Jesús. Las palabras del Señor no
admiten interpretación torcida. TOMAD Y COMED, ESTO ES MI CUERPO… TOMAD Y
BEBED, ESTA ES MI SANGRE… HACED ESTO EN MEMORIA MÍA. No sólo se realizó esto en
la Última Cena, sino que además Jesús dio poder especial a sus Apóstoles -y a
todos sus sucesores- para hacer lo mismo. ¿Pudo hacer esto? ¡Claro que sí! ¿Se opone esto a la majestad,
a la santidad, a la dignidad de Dios? ¡De ningún modo! Y todo esto lo hizo por
amor, ya que NADIE TIENE MAYOR AMOR QUE AQUEL QUE DA LA VIDA POR EL AMADO (Juan
15,13). Entregar su Cuerpo y dar su Sangre es dar la vida, por nosotros, por
toda la humanidad. Dice San Pablo: “Cristo… me amó y se entregó por mi” (Gál.
2,20).
Es la Eucaristía la
consecuencia del amor de Cristo, amor siempre presente, actual, reconfortante:
Y SABED QUE YO ESTOY CON VOSOTROS TODOS LOS DÍAS HASTA LA CONSUMACIÓN DE LOS
SIGLOS (Mat. 28,20).
* En sus efectos: Ya lo
dijimos. El amor une, congrega. Jamás dispersa, jamás divide, jamás origina
separación, pugna o rechazo. La Eucaristía, esta presencia amorosa de Cristo
Dios y hombre, debe unirnos cada vez más, unirnos a Jesucristo y unirnos entre
nosotros. Debe producir un fuerte deseo de unidad. Unidad en pensamientos,
unidad en criterios, unidad en la acción apostólica. Unidad no sólo en lo
externo, sino unidad “de corazón”, unidad que es amor. No significa esto la
supresión de la sana, necesaria y enriquecedora multiplicidad. Nos lo recuerda
el Concilio Vaticano II, interpretando a San Pablo: “Hay en la Iglesia
diversidad de ministerios, pero unidad de misión” (Apost. Laic. 2).
La Eucaristía debe hacernos
vivir en profundidad nuestra vocación a la santidad. Pues la razón más alta de la
dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios (Gaud.
Et Spes 19). Nada hay más importante ni urgente que esto.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.114-115)



















