Homilía pronunciada el sábado 19 de septiembre de 2026 por el Padre José Antonio Medina Pellegrini en la Santa Misa votiva en honor de San José, en la Parroquia "Santiago Apóstol", de Casarrubuelos, Madrid, España.
lunes, 19 de octubre de 2026
viernes, 16 de octubre de 2026
SANTORAL: Santa Margarita María de Alacoque, Esposa elegida del Sagrado Corazón de Jesús
Biografía de la Santa
Nació el 22 de julio de 1647
en Verósvres, Francia, pequeña ciudad cercana a Paray-le-Monial; recibe el
bautismo el 25 de julio. Fue la quinta de siete hermanos. Su padre, Claudio
Alacoque, notario real, muere en 1655 y la madre, Filiberta Lamyn, ante la
imposibilidad de ocuparse de los cinco hijos que le quedan, tiene que
resolverse a llevar a Margarita a un pensionado religioso.
A consecuencia de una extraña
enfermedad que le impide todo movimiento, Margarita no permanece allí más que
dos años. Durante su enfermedad, al no encontrarse ningún remedio, se consagra
a la Santísima Virgen: “le prometí que si me curaba, sería un día, una de
sus hijas. A penas hice este voto, recibí la salud, acompañada de una nueva
protección de la Virgen. Ella me reprendía mis faltas y me enseñaba a hacer la
voluntad de Dios”.
Sin embargo, una vez recobrada
la salud, Margarita confiesa que no pensaba más que en divertirse,
preocupándose poco de su promesa. Pero la vida en la familia se hace difícil.
La adolescente va a sufrir y poco a poco va a volverse hacia Dios. Mientras tanto,
los suyos pretenden casarla: se presentan buenos partidos. Tiene veinte años.
Dice ella: “Jesús me lanzaba flechas tan ardientes, que traspasaban mi
corazón y lo consumían dejándome como transida de dolor; pasado esto, volvía a
mis resistencias y vanidades”. En una ocasión le dijo Jesús: “Te he
elegido por esposa y nos prometimos fidelidad cuando hiciste voto de castidad,
Soy Yo quien te movió a hacerlo, antes de que el mundo tuviera parte en tu
corazón…Y después te confié al cuidado de mi Santa Madre, para que te formase
según mis designios”. Finalmente Jesús se le aparece todo desfigurado,
cual estaba en su flagelación y le dice: “¿Y bien querrás gozar de este
placer? Yo no gocé jamás de ninguno, y me entregué a todo género de amarguras
por tu amor y por ganar tu corazón. ¿Querrás ahora disputármelo?”. Así
revivió en ella el deseo de la vida religiosa con tal ardor, que resolvió
abrazarla a costa de cualquier sacrificio, aunque pasarían cinco años antes de
poder realizarlo.
Finalmente entra en el
Monasterio de la Visitación de Paray le Monial el 20 de junio de 1671. Un día
Margarita pide a su Maestra que le enseñe a hacer oración. Ella le responde: “Id
a poneros ante nuestro Señor como un lienzo delante de un pintor”. Escribe
Margarita: “Mi Señor me hizo conocer que aquel lienzo era mi alma, sobre la
cual quería trazar todos los rasgos de su vida dolorosa, y que los imprimiría
después de haberla purificado de todas las manchas que le quedaban, ya de
afición a las cosas terrena, ya de amor a mí misma”.
El 25 de agosto toma el santo
Hábito: “Me dio a conocer este divino Esposo que este era el tiempo de
nuestro desposorio, que debía amarle con amor de preferencia. Me declaró que, a
la manera de los más apasionados amantes, me haría gustar, durante este tiempo,
cuanto hay de más dulce en la suavidad de su amor”. La fecha de su
Profesión religiosa se acerca, pero la comunidad duda en recibirla, por los
hechos extraordinarios que ven en ella y que podrían apartarla del espíritu de
sencillez y pequeñez de la Orden.
Jesús le dice: “Di a tu
Superiora que no hay razón para temer el recibirte, pues Yo respondo de ti…Te
haré más útil a la religión de lo que ella piensa; pero de una manera que aún
no es conocida sino por Mí. Yo sabré hallar el medio de cumplir mis designios”.
Hace su Profesión el 6 de noviembre de 1672. El Señor le hace penetrar también
el misterio de su Pasión y Muerte, lo que le da para siempre un gran amor a la
Cruz. De ahora en adelante, el Señor se va a revelar de manera constante a
Margarita María y le confiará los secretos de su Corazón.
Las grandes revelaciones:
Primera revelación: 27 de
diciembre de 1673. Fiesta de San Juan Evangelista.
Lo relata así: “Un día,
estando delante del Santísimo Sacramento, me encontré totalmente penetrada de
esta divina presencia; pero tan fuertemente, que me olvidé de mí misma y del
lugar en que estaba, y me abandoné a este espíritu entregando mi corazón a la
fuerza de su amor. Me hizo reposar largo tiempo sobre su pecho divino, en el
cual me descubrió todas las maravillas de su amor y los secretos inexplicables
de su Corazón Sagrado, que hasta entonces me había tenido siempre ocultos. Aquí
me los descubrió por primera vez. Me dijo: Mi divino Corazón está tan
apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo ya
contener en si mismo las llamas de su ardiente caridad, le es preciso
comunicarlas por tu medio, y manifestarse a todos para enriquecerlos con los
preciosos tesoros que te descubro, los cuales contienen las gracias
santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición.
Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia a fin de que todo
sea obra mía”.
Segunda revelación: A
comienzos de 1674, tiene lugar esta manifestación:
“Se me presentó este Divino
Corazón como en un trono de llamas, más brillante que un sol y transparente
como un cristal. Estaba rodeado de una corona de espinas que simbolizaban las
heridas hechas por nuestros pecados, y con una cruz, que significaba que desde
el primer instante de su Encarnación, es decir, desde el primer momento que fue
formado este Sagrado Corazón, la cruz estuvo plantada en él. Me hizo ver que el
ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino
de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número le había hecho
formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los
tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación y de salvación
que contiene, a fin de que cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor,
el honor y la gloria que puedan, queden enriquecidos abundante y profusamente
con los divinos tesoros del Corazón de Dios. Que se le ha de honrar bajo la
figura de su Corazón de carne, cuya imagen quería ver expuesta y llevada por mí
sobre el corazón, para grabar en él su amor y llenarlo de los dones de que está
repleto, y para destruir en él todos los movimientos desordenados. Que
esparciría sus gracias y bendiciones por donde quiera que estuviera expuesta su
santa imagen para tributarle honores, y que tal bendición sería como un último
esfuerzo de su amor deseoso de favorecer a los hombres en estos últimos siglos
de la Redención amorosa”.
Tercera revelación: tuvo lugar
probablemente el primer viernes de junio de 1674, en torno a la fiesta de
Corpus Christi.
“Otra vez estando expuesto el
Santísimo Sacramento, después de sentirme completamente retirada al interior de
mí misma por un recogimiento extraordinario de todos mis sentidos y potencias,
Jesucristo mi Amado se presentó delante de mi todo resplandeciente de gloria,
con sus cinco llagas brillantes, como cinco soles y despidiendo de su sagrada
humanidad rayos de luz de todas partes, pero sobre todo de su adorable pecho,
que parecía un horno encendido; y habiéndose abierto, me descubrió su amante y
amable Corazón”. Amante apasionado se queja del desamor de los suyos y así
divino mendigo, nos tiende la mano el Señor para solicitar nuestro amor.
“Entonces fue cuando me descubrió las maravillas inexplicables de su amor y el
exceso al que le había conducido el amor a los hombres, de los cuales no
recibía sino ingratitudes y desprecios. Me dijo: Está atenta a mi voz y a
cuanto te pida para disponerte al cumplimiento de mis designios”.
Ante estas palabras Margarita
solo podía expresar su impotencia. Él le dice: “Toma ahí tienes con qué
suplir cuanto te falte”. Y del Corazón abierto de Jesús salió una
llamarada tan ardiente que pensó que la iba a consumir, pues quedó muy
penetrada y no podía soportarlo, por lo que le pidió que tuviese compasión de
su debilidad. Él le respondió: “Yo seré tu fortaleza, nada temas, sólo
has de estar atenta mi voz y a lo que exija de ti con el fin de prepararte para
la realización de mis designios”. A causa de estas revelaciones tan
extraordinarias Santa Margarita no fue comprendida por su entorno y sufrió
muchas humillaciones que sobrellevó con amor y humildad. Tampoco se creyó al
principio en la veracidad de dichas revelaciones, siendo considerada como
visionaria. Sin embargo, el Señor le había prometido que su obra triunfaría a
pesar de todos los obstáculos.
“La gran revelación”
Y llegamos a la manifestación
más decisiva conocida como la gran revelación. Tuvo lugar en junio de 1675: “Estando
una vez en presencia del Santísimo Sacramento, un día de su octava, recibí de
Dios gracias excesivas de su amor…Entonces, descubriendo su Divino Corazón me
dijo: He aquí este corazón que tanto ha amado a los hombres, que no se ha
reservado nada hasta agotarse y consumirse para demostrarle su amor y en
respuesta no recibo de la mayor parte sino ingratitud, ya por sus irreverencias
y sacrilegios, ya por las frialdad y desprecio con que me tratan en este
Sacramento de amor. Pero lo que me es mucho más sensible es que son corazones
que me están consagrados los que así me tratan. Por esto te pido que sea
dedicado el primer viernes después de la octava del Santísimo Sacramento a una
fiesta particular para honrar mi Corazón, comulgando ese día y reparando su
amor… Te prometo también que mi Corazón se dilatará para derramar con
abundancia las influencias de su divino amor sobre los que le rindan este honor
y los que procuren que le sea tributado.”
“Y respondiendo yo que no
sabía cómo poder cumplir cuanto de mi deseaba hacia tanto tiempo, me ordenó
dirigirme a su siervo, pues le había enviado para el cumplimiento de este
designio”. Esta promesa empezó a cumplirse cuando en 1675 llegó a
Paray le Monial el Padre Claudio de la Colombière s.j., quien efectivamente
debía confirmar a la Santa en su camino y trabajar con sus Hermanos jesuitas en
la difusión del mensaje.
El culto al Sagrado Corazón
considerado al principio en el Monasterio como una devoción nueva tarda en ser
aceptado. Las novicias son las primeras que el 20 de junio de 1685 honran al
Corazón de Jesús haciendo un pequeño altar sobre el cual colocaron su imagen
dibujada. Al año siguiente ya toda la comunidad celebra la Fiesta del Corazón
de Jesús. Mas tarde escribiendo al Padre Croiset, fervoroso jesuita que se
dedicó a extender esta devoción, la Santa dirá: “¡Ojalá pudiera contar todo
lo que sé de esta devoción al Sagrado Corazón de Jesús y descubrir a toda la
tierra los tesoros de gracia que Jesucristo encierra en su Corazón adorable y
que quiere derramar con abundancia sobre todos los que la practiquen”.
Santa Margarita María se esfuerza especialmente por obtener de Roma la
aprobación de la Misa al Sagrado Corazón. Tiene la gran alegría de saber que la
devoción se extiende incluso en el extranjero: “ahora moriré contenta pues
el Sagrado Corazón de mi Salvador comienza a ser conocido”.
Los últimos días
Al fin de su vida escribe: “He
tenido tres deseos ardientes: amar perfectamente a Jesucristo, sufrir por su
amor y morir en el ardor de este amor.” Parece ver colmados sus deseos pues
ya llega el momento en que afirma que no desea nada. Sus Hermanas nos relatan
que se sintió mal la víspera del día en que se disponía a comenzar su retiro.
Se acostó nueve días antes de su muerte y los empleó en prepararse a la venida
del Esposo. En la tarde del 17 de octubre de 1690, habiendo Margarita María
indicado previamente esta fecha como el día de su muerte, encomendó su alma a
su Señor, a quien había amado con todo su corazón. Exhortó a sus Hermanas con
su último legado: “amad al Amor, pero amadle con perfección”. Luego,
tras pronunciar el Santo Nombre de Jesús, fue a abismarse dulcemente en su
Corazón. Habían transcurrido los 43 años de su vida marcada por la alegría de
la identificación con Jesús, su único amor y la realización de una misión: dar
a conocer al mundo el amor de Dios hecho carne en Jesús, Hombre Dios.
Fue beatificada el 18 de
septiembre de 1864 por Pio IX y canonizada por Benedicto XV el 13 de mayo de
1920.
Consagración
a María por Santa Margarita María de Alacoque
«Yo te saludo, amable Señora
mía, y digna Madre de Dios. Te venero y reverencio con todo mi corazón. Te
consagro mi libertad y te suplico que seas la conductora de mis pasos, la guía
de mi vida, la regla de todos mis proyectos y acciones y deseos. Virgen
Santísima, sé la estrella de mi camino, el puerto seguro de mi salvación y de
mi feliz eternidad. Te pido, dulce Refugio de los pecadores, que me protejas y
me bendigas, y la gracia de vivir de tu vida y morir con una muerte semejante a
la tuya. Amén».
Este
es un artículo original de © Orden de la Visitación de Santa María, Monasterio
de la Visitación de Santa María, Champagnat 1166, Pilar, Buenos Aires, Argentina.
lunes, 12 de octubre de 2026
VIRGEN MARÍA: San Juan Pablo II y la Virgen del Pilar
La Santísima Virgen del Pilar
de Zaragoza tiene el honor de ser la primera de las apariciones marianas de la
historia. De acuerdo con la tradición, el día 2 de enero del año 40, la Virgen
Santísima se apareció en carne mortal al apóstol Santiago y a un grupo de
convertidos que se hallaban orando a orillas del Ebro. Ahí les manifestó su
deseo de que se le diese culto para siempre en aquel lugar. Santiago y sus
compañeros construyeron una capilla, siendo por tanto, el primer templo
construido en honor de la Virgen María.
Conviene subrayar que, a
diferencia de otras apariciones marianas, se trata de una aparición singular y
única en la historia, ya que tuvo lugar cuando la Virgen todavía vivía en carne
mortal. De ahí que con razón la liturgia del 2 enero, fiesta de la Venida de la
Virgen, proclame: "con ninguna nación hizo cosa semejante". El Papa
Clemente XII estableció la fecha del 12 de Octubre para la festividad de la
Virgen del Pilar.
San Juan Pablo II y la Virgen
del Pilar
San Papa Juan Pablo II, ha
proyectado su mirada hacia el Pilar de Zaragoza en solemnes ocasiones. Una de
ellas fue desde Roma, cuando, con ocasión del VIII Congreso Mariológico y XV
Mariano Internacionales, celebrados en la ciudad del Ebro, envió un mensaje
radiotelevisado el 12 de octubre de 1979.
Naturalmente en esa ocasión el
tono general del discurso se acomoda al tema de los Congresos, uno en relación
con el culto a la Santísima Virgen (siglo XVI) y otro, el Mariano, en torno a
María y a la misión de la Iglesia.
Ello no obstante, el Papa no
puede menos de evocar la figura de la Virgen del Pilar como centro de la
devoción mariana de España:
«Es para mí motivo de gran
satisfacción asociarme, como en una única demostración de gratitud y afecto
filial hacia la Madre de Dios, con todos cuantos os habéis reunido estos días
en Zaragoza, en torno a la Virgen del Pilar.... un saludo especial y entrañable
quiero dirigir hoy a todos los hijos de la noble nación española, cuya
distinguida piedad mariana y cuyo fervor por cuanto significa honor para la
Madre de Dios tienen pulsación propia, desde época inmemorial... En efecto,
desde los primeros siglos del Cristianismo aparece en España el culto a la
Virgen, como consta por algunos monumentos de la antigüedad de los que se
conservan preciosos testimonios...
Esta devoción mariana no ha
decaído a lo largo de los siglos en España, que se reconoce corno "tierra
de María". Los numerosos santuarios diseminados como hitos de luz por
todas las regiones españolas, cuyo símbolo es en estos momentos la basílica del
Pilar, son todavía testigos de la fe viva y de la devoción del pueblo español a
la Virgen María, así como su expresión de vida cristiana que yo, como Supremo
Pastor y Sucesor de San Pedro, quiero bendecir y alentar... »
Una segunda oportunidad fue
mucho más entrañable y significativa. El Santo Padre, con motivo de su visita
pastoral a España, en otoño de 1982, vino personalmente a Zaragoza, para
postrarse ante la Virgen del Pilar (6 de noviembre). La importancia que el Papa
otorgaba a la devoción pilarista se subraya por tres rasgos singulares. En
primer lugar, él mismo destaca que viene como primer Papa peregrino al Pilar,
reservando para ese día su mensaje mariano nacional, del que más adelante
recogeremos algunos párrafos; en segundo lugar, aprovecha la circunstancia de
coincidir su peregrinación al Pilar en sábado para rezar, arrodillado en la
plaza de la basílica, el Santo Rosario; finalmente, después de postrarse y orar
devotamente ante la imagen misma, que se venera en la Santa Capilla, como gesto
de su profunda esclavitud mariana, depositó a los pies de la Señora su blanco
solideo y entregó como ofrenda y recuerdo un bellísimo rosario. En página
miniada del libro de oro de la basílica dejó estampada su firma.
He aquí las frases del mensaje
mariano que hacen relación más expresa al Pilar:
«Los caminos marianos me traen
esta tarde a Zaragoza. En su viaje apostólico por tierras españolas, el Papa se
hace hoy peregrino a las riberas del Ebro. A la ciudad mariana de España. Al
santuario de Nuestra Señora del Pilar.
Veo así cumplirse un anhelo,
que ya antes deseaba poder realizar, de postrarme como hijo devoto de María
ante el Pilar sagrado, para rendir a esta buena Madre mi homenaje de filial
devoción y para rendírselo unido al Pastor de esta diócesis, a los otros Obispos
y a vosotros, queridos aragoneses, riojanos, sorianos y españoles todos, en
este acto mariano nacional.
Peregrino hasta este
santuario, como en mis precedentes viajes apostólicos...
De estos santuarios y de todos
los otros no menos venerables, donde os unís con frecuencia en el amor a la
única Madre de Jesús y nuestra, es hoy un símbolo que nos congrega en Aquélla a
quien, desde cualquier rincón de España, todos llamáis con el mismo nombre:
Madre y Señora nuestra.
Siguiendo a tantos millones de
fieles que me han precedido, vengo como primer Papa peregrino al Pilar, como
signo de la Iglesia peregrina de todo el mundo, a ponerme bajo la protección de
nuestra Madre, a alentaras en vuestro arraigado amor mariano, a dar gracias a
Dios por la presencia singular de María en el misterio de Cristo y de la
Iglesia en tierras españolas, y a depositar en sus manos y en su corazón el
presente y futuro de vuestra nación y de la Iglesia en España.
El Pilar y su tradición evocan
para vosotros los primeros pasos de la evangelización de España.
Aquel templo de Nuestra Señora
que, al momento de la reconquista de Zaragoza, es indicado por su Obispo como
muy estimado por su antigua fama de santidad y dignidad; que ya varios siglos
antes recibe muestras de veneración, halla continuidad en la actual basílica
mariana. Por ella siguen pasando muchedumbres de hijos de la Virgen, que llegan
a orar ante su imagen y a venerar el Pilar bendito.
Esa herencia de fe mariana de
tantas generaciones ha de convertirse no sólo en recuerdo de un pasado, sino en
punto de partida hacia Dios. Las oraciones y sacrificios ofrecidos, el latir
vital de un pueblo, que expresa ante María sus seculares gozos, tristezas y
esperanzas, son piedras nuevas que elevan la dimensión sagrada de una fe
mariana.
Porque en esa continuidad
religiosa, la virtud engendra nueva virtud. La gracia atrae gracia. Y la
presencia secular de Santa María va arraigándose a través de los siglos,
inspirando y alentando a las generaciones sucesivas. Así se consolida el
difícil ascenso de un pueblo hacia lo alto...
El Pilar de Zaragoza ha sido
siempre considerado como el símbolo de la firmeza de fe de los españoles... »
El discurso lo termina con una
fervorosísima plegaria en que confía a la Santísima Virgen del Pilar todas sus
preocupaciones apostólicas respecto de España y que desde esa fecha es la
oración oficial que todas las tardes se reza ante la venerada imagen.
ORACIÓN A LA VIRGEN
SANTÍSIMA DEL PILAR
ESCRITA POR SAN JUAN
PABLO II
Doy
fervientes gracias a Dios por la presencia singular de María en esta tierra
española donde tantos frutos ha producido. Y quiero encomendarte, Virgen
Santísima del Pilar, España entera, todos y cada uno de sus hijos y pueblos, la
Iglesia en España, así como también los hijos de todas las naciones hispánicas.
¡Dios
te salve, María, Madre de Cristo y de la Iglesia!
¡Dios
te salve, vida, dulzura y esperanza nuestra!
A
tus cuidados confío las necesidades de todas las familias, las alegrías de los
niños, la ilusión de los jóvenes, los desvelos de los adultos, el dolor de los
enfermos y el sereno atardecer de los ancianos.
Te
encomiendo la fidelidad y abnegación de los ministros de tu Hijo, la esperanza
de quienes se preparan para ese ministerio, la gozosa entrega de las vírgenes
del claustro, la oración y solicitud de los religiosos y religiosas, la vida y
el empeño de cuantos trabajan por el Reino de Cristo.
En
tus manos pongo la fatiga de quienes trabajan con las suyas; la noble
dedicación de los que transmiten su saber y el esfuerzo de los que aprenden; la
hermosa vocación de quienes con su conciencia y servicio alivian el dolor
ajeno; la tarea de quienes con su inteligencia buscan la verdad.
En
tu Corazón Inmaculado dejo los anhelos de quienes, mediante los quehaceres
económicos procuran honradamente la prosperidad de sus hermanos; de quienes, al
servicio de la verdad, informan y forman rectamente la opinión pública; de
cuantos, en la política, en la milicia, en las labores sindicales o en el
servicio del orden ciudadano prestan su colaboración honesta en favor de una
justa, pacífica y segura convivencia.
Virgen
Santísima del Pilar: aumenta nuestra fe, consolida nuestra esperanza, aviva
nuestra caridad.
Socorre
a los que padecen desgracias, a los que sufren soledad, ignorancia, hambre o
falta de trabajo.
Fortalece
a los débiles en la fe. Fomenta en los jóvenes la disponibilidad para una
entrega plena a Dios.
Protege
a España entera y a sus pueblos, a sus hombres y mujeres.
Asiste
maternalmente, oh María a cuantos te invocan como Patrona de la Hispanidad. Así
sea.
miércoles, 7 de octubre de 2026
MONSEÑOR LEÓN KRUK: Recemos el Santo Rosario en familia
Octubre:
Mes del Rosario
7 de
octubre: La Virgen del Rosario
Hace ya un año y medio que el
Episcopado Argentino, preocupado por la situación del hombre, y en particular
del hombre argentino, ha propuesto e iniciado un programa de acción pastoral en
toda la Patria, con especial relación a la familia.
Retoma la doctrina siempre
enseñada por la Iglesia, respecto al origen, carácter y fin de la sociedad, y
que admirablemente ha sintetizado el Concilio Vaticano II en esta expresión:
“LA MISIÓN DE SER LA CELULA PRIMERA Y VITAL DE LA SOCIEDAD, LA FAMILIA LA HA
RECIBIDO DIRECTAMENTE DE DIOS” (Apost. Act. 11).
Por ser la familia la “célula
primera y vital de la sociedad”, es lógico que si queremos una sociedad mejor,
más recta, más justa, más santa, donde el “hombre no sea lobo para el hombre”,
sino que el hombre sea “hermano” para el hombre, según la feliz expresión del
Papa Pablo VI: “TODO HOMBRE ES MI HERMANO”, es lógico y natural que centremos
nuestra atención y nuestra acción en la familia.
Todos los enemigos de la
verdad, del amor, de la justicia, de la honestidad, en una palabra todos los
enemigos de Dios y, por lo mismo, enemigos del hombre y de la sociedad,
coinciden en un común denominador: desprestigiar, atacar, desintegrar, destruir
y demoler la familia. Ése es su objetivo.
Una sociedad sin familias
unidas, sin vida armónica, equilibrada, entre sus miembros, es una sociedad sin
base, y el proceso de derrumbe toma una velocidad y un giro al parecer
incontenibles. Eso es precisamente lo que quiere el enemigo del hombre.
El único que puede salvar es
Dios. Nadie más. Los hombres ya han demostrado su fracaso y es tiempo de hacer
un alto, recapacitar en serio y tomar decisiones audaces. Basta ya de ensayos y
de inscribirse para “aprendices de brujos”.
A fin de que este propósito de
la Iglesia en nuestra Patria pueda llevarse a cabo para bien de todos, es
necesario que actualicemos aquel medio por el cual todo nos es posible: aquel
medio sin el cual lo fácil se hace difícil y hasta lo posible se hace imposible.
Hemos de convencernos de la necesidad de la oración, tal como estamos
convencidos de otras “necesidades”, que a veces no son tales sino que nos la
impone la “sociedad de consumo…”.
Se ha querido sintetizar en
una frase, ya conocida, la trascendencia y la eficacia de la oración en orden a
la familia: “FAMILIA QUE REZA UNIDA PERMANECE UNIDA”. Y una sociedad
compuesta por familias unidas por la oración es una sociedad también unida. Y
contra una sociedad unida no hay enemigo ni fuerza capaz de destruirla.
Dice el Vaticano II que la
familia cumplirá su misión de ser “la célula primera y vital de la sociedad, si
por la mutua piedad de sus miembros y la oración en común dirigida a Dios, se
ofrece como santuario doméstico de la Iglesia” (Apost. Act. 11).
La proximidad del mes del
Rosario y luego el mes de María, nos ofrece una magnífica oportunidad para
iniciar una intensa campaña de oración en familia. Con el santo Rosario se han
ganado importantes batallas con el mal. Al mal de nuestro tiempo lo venceremos
con esta arma espiritual, sencilla, pero eficacísima. A la Virgen María le fue
dicho de parte del Señor que “para Dios nada hay imposible” (Luc. 1, 37)
Dice el Papa Pablo VI: “María
siempre es camino que conduce a Cristo. Todo encuentro con ella no puede menos
que terminar en un encuentro con Cristo mismo” (30 de mayo de 1965).
Empecemos por unirnos en la
oración en familia, lo demás vendrá por añadidura. Durante los meses de Octubre
y Noviembre, que las familias en pleno, o cuando sea posible, por lo menos
todos los miembros que puedan participar en el rezo del santo Rosario, lo hagan
en común. También pueden unirse dos o tres familias, o distribuirse los
misterios del Rosario entre varias de ellas de modo que entre todas completen
un rosario cada día.
Que la Virgen del Rosario nos alcance la tan anhelada paz y progreso para el mayor bien de toda la familia argentina.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael”),
Ediciones Nihuil, 1988,
pags. 66-68)
domingo, 4 de octubre de 2026
MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Cristo? Peligroso
Domingo
XXVII (A) del tiempo ordinario
Evangelio
de San Mateo 21,33-43
Desde que el hombre, no
conforme con su condición de criatura y tentado por el diablo, quiso lograr una
felicidad según su propio criterio, ha desencadenado sobre el mundo toda una
serie de desdichas, ansiedades, sufrimientos, incertidumbres, hasta la supresión
misma de la felicidad con la muerte. Podemos decir que a partir de ese
instante, en que el hombre rompió el molde e invadió la zona que no le
correspondía, ha comenzado la interminable búsqueda de la felicidad.
Quizás más que en otros
tiempos, hoy el hombre no sólo siente la ausencia de esa felicidad, sino que
además experimenta la impotencia de alcanzarla y hasta puede llegar a convencerse de que jamás la va
a lograr.
Pero también hoy, quizás más
que en otros tiempos, cobran mayor vigencia las siempre actuales palabras de
Cristo cuando dice. “¿No habéis leído nunca las Escrituras: La piedra que los
constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra
del Señor, admirable a nuestros ojos?”.
Nos indignamos ante la
terquedad, la rebeldía y la obstinación del pueblo judío que rechaza a Cristo.
Jesús trae la respuesta y la forma de encontrar la felicidad que todos anhelan,
y los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se obstinan y llegan a lo
increíble: asesinan al que viene para hacerlos felices. La imagen de la viña,
que no produce frutos de “rectitud y justicia”, y de los pérfidos viñadores,
que sólo lanzan gritos de rebeldía, nos pinta al vivo la mala conducta de este
pueblo preferido por Dios. Ante esto nos indignamos.
Pero lo triste y trágico es
que esa actitud la adoptamos también nosotros cada vez que buscamos la
felicidad fuera de Dios, prescindiendo de sus leyes y mandamientos.
Sinceramente no sé por qué nos
lamentamos de la afligente situación actual. Estamos cosechando lo que se ha
sembrado. También nosotros, los constructores de una patria laica, hemos
rechazado la piedra fundamental que es Cristo, y ahora nos azoramos de que el
edificio se nos esté viniendo abajo. ¿De qué nos quejamos si el Gran
Marginado entre nosotros sigue siendo el Imprescindible, Dios?
Desde hace casi un siglo a
Cristo se lo ha declarado, por una ley, enemigo del pueblo. Cristo, el Maestro
por excelencia, no puede entrar en nuestras escuelas* “oficiales” por su
doctrina contraria a la de muchos de nuestros educadores. Cristo enseña el
respeto y el amor a Dios y al prójimo; Cristo enseña la honradez, la
honestidad, la defensa de la vida y de los vienes propios y sobre todo ajenos;
Cristo enseña que debemos decir la verdad y aborrecer la hipocresía, la
simulación, el fraude, el engaño; Cristo enseña la caridad y condena el
egoísmo; Cristo defiende la familia y la santidad del matrimonio, condenando
duramente el adulterio; Cristo enseña el respeto a las leyes y a la legítima
autoridad, recordando a ésta que su fuerza proviene de Dios y de nadie más;
Cristo, como ciudadano enseña el amor a la patria, y llora por la próxima ruina
y destrucción de Jerusalén; Cristo nos enseña a amarnos como hermanos, como El
nos amó, hasta dar su propia vida en testimonio de su amor; Cristo, a través del tiempo, por el Magisterio de la
Iglesia, sigue enseñando: recordemos las insuperables enseñanzas de las grandes
Encíclicas Sociales, que si se hubiesen puesto en práctica no estaríamos
lamentando la situación presente tanto en nuestra patria como del mundo entero.
Por todas estas enseñanzas y
principios Cristo es perseguido, desterrado de nuestras aulas y arrancado de
las almas de muchos niños. Si no fuese por esto, porque su doctrina es opuesta
a la del laicismo, no se entiende ni explica por qué tanta oposición, rechazo y
persecución.
Es tiempo de que volvamos a
Cristo. Es tiempo de que Cristo no siga siendo el Gran Marginado entre
nosotros. Pero empecemos cada uno, personalmente, por darle a Cristo el lugar
que le corresponde en nuestra vida. Reconozcamos nuestro error y volvamos al ÚNICO
que puede salvarnos.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael),
Ediciones Nihuil, 1988,
pag. 42-44)
Nota explicativa: *Aquí
se hace referencia a la Ley 1420 de Educación Común (1884): Promulgada bajo la
presidencia de Julio Argentino Roca, estableció que la educación primaria
pública debía ser obligatoria, gratuita y laica. La ley no prohibió la
enseñanza religiosa, sino que determinó que esta debía impartirse fuera del
horario de clases y estar a cargo de los ministros autorizados de cada culto,
con el fin de respetar a los hijos de inmigrantes de distintas confesiones. En
su momento, el sentido de fe del pueblo católico acusó a esta medida de
intentar "sancionar una escuela sin Dios".
martes, 29 de septiembre de 2026
SACERDOCIO: A las madres de los sacerdotes
![]() |
| Mi madre atándome las manos en el Rito de Ordenación Sacerdotal, el 29 de septiembre de 1991. |
Queridos amigos y hermanos del
blog: días pasados buscando un documento en mi archivo personal encontré una fotocopia,
con el papel amarillento por el paso del tiempo, que contiene un poema titulado:
“A las madres de los sacerdotes”, escrito por un sacerdote salesiano, que no
dejó escrito su nombre personal, solo el de ser “un sacerdote salesiano”.
Hoy, 29 de septiembre, cumplo
35 años de mi ordenación sacerdotal, y me ha parecido una hermosa oportunidad
para que ese viejo y sentido poema vuelva a ver la luz y a ser conocido, para
Gloria de Dios y bien de las almas.
Acompaño la publicación con
una de las fotos de mi ordenación sacerdotal, aquella del momento en que mi
madre me ató las manos. ¿Conocen ese rito?
En el rito de ordenación
sacerdotal, se conserva la antigua costumbre de que las manos del nuevo
sacerdote, después de haber sido ungidas con el Santo Crisma por el Obispo, se
atan con una tela llamada manutergium –del latín “manu” y “tergium”, que quiere
decir “toalla de mano”
Luego la madre del nuevo
sacerdote desata las manos de su hijo y conserva el manutergio. Este manutergio
luego será colocado en las manos de la madre después de su muerte como una
señal de que esta es la madre de un sacerdote. significando que, cuando nuestro
Señor le diga: “Yo te di la vida, y tú que me has dado?” Le entregará el
manutergio y le responderá: “Señor, te di a mi hijo como un sacerdote.”
y le sea tomado en cuenta aquel día.
Pues bien, sin más, les dejo
con ese hermoso y piadoso escrito. De mi parte, una vez más y siempre, me
encomiendo a vuestras oraciones, hoy especialmente en la gratitud ante tan inmerecido Don, el Don del Sacerdocio.
Con mi bendición.
Padre José Antonio
Medina.
A las
madres de los sacerdotes
Mamá, ¡si tú supieras lo que
siento en el pecho
cuando elevo la hostia y el
cáliz hacia Dios!...
siento como si todo mi ser se
hiciera estrecho
y demasiado grande fuese mi
corazón.
Siento como si el mismo Señor,
que entre mis manos
sube a lo alto, hiciese grande
mi pequeñez,
y la llenase toda de poder
sobrehumano
cual si yo me volviese otro
Dios cada vez.
El divino momento me llena de
alegría,
mas tiemblo ante el misterio
que Dios dispone en mí,
por eso cuando elevo la Santa
Eucaristía
te busco, madre mía, para
apoyarme en ti.
Yo creo que tus manos
fortalecen mis manos
me parece que late por mí tu
corazón,
y alejo los temores, como a
fantasmas vanos,
¡hay dos manos de madre que
sostienen a Dios!
Mamá, ¡si tu supieras! lo que
siento en el alma
cuando levanto el brazo sobre
algún pecador,
y devuelven mis labios a su
pecho la calma
y le vuelvo a la Vida, y
retorna al Amor.
Siento como si toda la enorme
maravilla
de los cielos enviase sobre
mis labios Dios,
y que al contrito hermano que
cae de rodillas
le habla Cristo mismo desde mi
propia voz…
Y creo que me miras con
sublime ternura
y que empañas tus ojos con
lágrimas de amor,
sí, que fue en tu regazo donde
aprendí la pura
fresca bondad divina que pongo
en el perdón.
Si supieras lo mucho que debo
a tu cariño
y como tu recuerdo me enrieda
de luz,
yo estaba de rodillas, en
aquel tierno niño,
el futuro ministro del amor de
Dios.
Ya había en mis miradas albor
de Eucaristía
y en mis labios flotaban sus
palabras de paz…
A Jesús cuando niño, la Virgen
le decía
lo que tú me decías de niño,
verdad?
Mamá, si tu supieras el gozo
de mi vida
al verme ungido eterno
Sacerdote de Dios,
y saber que tendremos nuestras
glorias unidas
porque somos sagrados, madre
mía, los dos!...
Un sacerdote salesiano.
domingo, 27 de septiembre de 2026
SANTO PADRE PÍO: El papel de la Virgen María en el sacerdocio del Padre Pío
El Papa Benedicto XVI, al
hablar de la conexión entre la Virgen María y el sacerdocio, afirma que «es una
conexión profundamente arraigada en el misterio de la Encarnación [...]. María
está verdadera y profundamente involucrada en el misterio de la Encarnación, de
nuestra salvación. Y la Encarnación, el hecho de que el Hijo se hiciera hombre,
tuvo desde el principio el propósito de entregarse a sí mismo; de entregarse
con gran amor en la Cruz, para convertirse en pan para la vida del mundo. Así,
sacrificio, sacerdocio y Encarnación van de la mano, y María está en el centro
de este misterio» (1).
Santísima María, como Madre de
Dios, concibió, engendró, alimentó, presentó a Cristo Sacerdote al Padre y
sufrió con Él (2), y por esta razón el Sacerdocio de Cristo es inseparable de
la divina Maternidad de María. No solo es inseparable, sino que -afirma el Papa-
«María está en el centro» del misterio de la Encarnación y del Sacrificio
sacerdotal de Cristo; es parte integral de él, no accidental.
El sacerdocio de Cristo es
compartido, a través del sacramento del Orden Sagrado, por todos los
sacerdotes, de modo que la unión que existe entre Cristo y la Santísima Madre
también es compartida por los sacerdotes, en virtud del hecho de que el
sacerdocio mismo, ontológica e intrínsecamente, es inseparable de la Virgen
Madre.
Esta unión entre la Santísima
Virgen María y los sacerdotes fue establecida por Cristo mismo en la cruz
cuando confió a su Madre a Juan, el discípulo amado y primicia virginal del
sacerdocio. Si bien es cierto que en esta confianza Juan representa a toda la
humanidad, también lo es que representa ante todo a los sacerdotes. Benedicto
XVI afirma además: «Antes de morir, Jesús ve a su Madre al pie de la cruz; y ve
a su amado Hijo, y este amado Hijo es ciertamente una persona, un individuo muy
importante, pero es más: es un ejemplo, una prefiguración de todos los
discípulos amados, de todas las personas llamadas por el Señor a ser
“discípulos amados” y, por consiguiente, de manera particular, también de los
sacerdotes. [...] El Evangelio nos dice que San Juan, el hijo amado, acogió a
su madre María “en su propia casa” [...]. Acoger a María consigo significa
introducirla en el dinamismo de toda su existencia -no es algo externo- y en
todo lo que constituye el horizonte de su propio apostolado» (3).
Incluso san Juan Pablo II,
durante su pontificado, habló en varias ocasiones de esta estrecha relación que
existe entre María y cada sacerdote, en virtud de la profunda unión que ella
tuvo con el Hijo de Dios y su sacerdocio redentor. Les recuerda a todos los
sacerdotes: «En nuestro sacerdocio ministerial existe la estupenda y profunda
dimensión de cercanía a la Madre de Cristo. Tratemos, pues, de vivir esta
dimensión» (4).
San Pío de Pietrelcina, un
sacerdote estigmatizado perfectamente configurado a Cristo, vivió también
plenamente la dimensión mariana del sacerdocio de Cristo, encontrándose en Ella
y con Ella en la ofrenda del Sacrificio del Calvario y en la profunda participación
de la inmolación de Cristo (5).
Nuestra Señora estuvo presente
ante todo en la interioridad del santo, pero también fue parte integral de su
misión sacerdotal en favor de las almas. Él verdaderamente acogió a María en “su
propia casa”, introduciéndola “en el dinamismo de toda su existencia y en todo
lo que constituía el horizonte de su apostolado”. Él mismo afirma, hablando con
el padre Pellegrino Funicelli: «Sabed que en mis acciones y movimientos nunca
he tenido ninguna referencia que fuera mínimamente terrenal. [...] En mi acción
sacerdotal he tenido un solo ejemplo, un solo punto de referencia: Nuestra
Señora» (6).
Y de nuevo al padre
Pellegrino, quien le preguntó cómo podía conciliar tanto recogimiento en la
oración con su incesante actividad en el confesionario y en todas las obras de
misericordia, tanto espirituales como corporales, el padre Pío respondió:
«Siento y creo que soy, incluso en mi indignidad, hijo de Nuestra Señora. Y ya
te he dicho muchas veces que la Madre Celestial es el vínculo entre Dios y la
humanidad. Es Ella quien crea mi campo de acción y la atmósfera, es Ella quien
me da oxígeno, es Ella quien con sus perfumes casi me exalta y me hace parecer
dotado de espíritu. Me siento como un pequeño velero, impulsado por el aliento
de la Madre Celestial. Aun perdido en alta mar, estoy en calma. No sé cómo
empiezo, ni puedo decir cómo termino en las diversas empresas, pero no me
siento inseguro porque Ella me guía espiritualmente (7).
En estos valiosos testimonios,
que debemos a la audacia y la pluma de Funicelli, queda claro el papel
fundamental que desempeñó la Virgen María en la vertiginosa labor de San Pío en
favor de las almas, y cuánto dependía de ella, sintiéndose guiado y fortalecido
en todo. Existe un parentesco entre San Pío de Pietrelcina y San Maximiliano
Kolbe, el mártir polaco que hizo de la devoción y la consagración a María el
centro de su camino como sacerdote franciscano, fundando las Ciudades de la
Inmaculada y la Milicia de la Inmaculada. Es evidente que, si bien San Pío no
escribió ni habló sistemáticamente sobre la consagración a la Inmaculada, vivió
plenamente su espíritu, tanto en su interior como en su ministerio sacerdotal.
Un día, el padre Pellegrino le
preguntó: «“¿Pero de dónde sacas tanta fuerza?”. Y él me respondió
sencillamente: “De la Virgen María: es Ella quien me da una bebida especial que
me hace sentir siempre fuerte y siempre preparado [...]. Tengo la impresión de
que es Ella quien empieza a hacerlo todo por mí. Su sonrisa maternal me anima a
permanecer siempre al servicio de este mundo, del que quisiera partir.
Permanezco, y espero permanecer siempre activo, gracias a la fuerza que recibo
de Ella”» (8).
Notas
1) Benedicto XVI, Audiencia
General del 12 de agosto de 2009.
2) Cf. Lumen gentium, n. 61.
3) Benedicto XVI, Audiencia
General del 12 de agosto de 2009.
4) Juan Pablo II, Carta del
Jueves Santo de 1979.
5) Para un tratamiento
oportuno y original de este tema: Hermana M. Immacolata Savanelli, FI, La
connotación mariana de la espiritualidad corredentora de San Pío de
Pietrelcina, EDUSC, Roma 2017, cap. II y VIII.
6) Padre Marcellino IasenzaNiro,
Padre Pío habla de la Virgen, San Giovanni Rotondo 2008, pp. 206-207.
7) Ibíd., pág. 210.
8) Ibíd., págs. 212-213.
Escrito por la Hermana M.
Gabriella Iannelli, FI, Semanario del Padre Pio, No. 26/2022.
miércoles, 23 de septiembre de 2026
SANTO PADRE PÍO: “Escuchar a Cristo para cumplir la voluntad de Dios” (Benedicto XVI)
SAN GIOVANNI ROTONDO, domingo,
21 de junio de 2009 (ZENIT.org). Publicamos la homilía que pronunció Benedicto
XVI en la mañana de ese domingo al presidir en el atrio de la iglesia de san
Pío de Pietrelcina, en San Giovanni Rotondo, la concelebración eucarística.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
En el corazón de mi
peregrinación a este lugar, en el que todo habla de la vida y de la santidad
del padre Pío de Pietrelcina, tengo la alegría de celebrar para vosotros y con
vosotros la Eucaristía, misterio que constituyó el centro de toda su existencia:
el origen de su vocación, la fuerza de su testimonio, la consagración de su
sacrificio. Con gran afecto os saludo a todos vosotros, congregados aquí en
gran número, y a cuantos nos acompañan a través de la radio y la televisión.
Saludo en primer lugar al arzobispo Domenico Umberto D'Ambrosio, que, después
de años de fiel servicio a esta comunidad diocesana, se prepara para asumir el
cuidado de la arquidiócesis de Lecce. Le doy también de corazón las gracias
porque se ha hecho intérprete de vuestros sentimientos. Saludo a los otros
obispos concelebrantes. Dirijo un saludo especial a los frailes capuchinos, en
particular al ministro general, fray Mauro Jöhri, al definidor general, al
ministro provincial, al padre guardián del convento, al rector del santuario y
a la Fraternidad Capuchina de San Giovanni Rotondo. Saludo además, con
reconocimiento, a cuantos ofrecen su contribución al servicio del santuario y
de las obras anejas; saludo a las autoridades civiles y militares; saludo a los
sacerdotes, a los diáconos, a los demás religiosos y religiosas, y a todos los
fieles. Dirijo un pensamiento afectuoso a quienes están en la Casa Alivio del
Sufrimiento, a las personas solas y a todos los habitantes de esta ciudad.
Acabamos de escuchar el
evangelio de la tempestad calmada, al que se le ha acompañado un breve pero
incisivo texto del Libro de Job, en el que Dios se revela como el Señor del
mar. Jesús amenaza al viento y ordena al mar que se calme, lo interpela como si
se identificase con el poder diabólico. En efecto, según lo que nos dicen la
primera lectura y el Salmo 106/107, el mar en la Biblia es considerado un
elemento amenazador, caótico, potencialmente destructivo, que solo Dios, el
Creador, puede dominar, gobernar y acallar.
Pero hay otra fuerza --una
fuerza positiva-- que mueve al mundo, capaz de transformar y renovar a las
criaturas: la fuerza del "amor de Cristo", ἀγάπη τοῦ Χριστοῦ (2
Corintios 5,15), como la llama san Pablo en la segunda carta a los Corintios:
no es, por tanto, una fuerza cósmica, sino divina, trascendente. Actúa también
sobre el cosmos, pero por naturaleza el amor de Cristo es "otro" tipo
de poder, y el Señor manifestó esta alteridad trascendente en su Pascua, en la
"santidad" del "camino" que Él eligió para liberarnos del
dominio del mal, como había sucedido en el éxodo de Egipto, cuando hizo
atravesar a los judíos las aguas del Mar Rojo. "Oh Dios --exclama el
salmista--, qué santo es tu proceder... Tu camino discurría por el mar, por
aguas caudalosas tu sendero" (Salmo 77/76, 14.20). En el misterio pascual,
Jesús atravesó el abismo de la muerte, porque Dios quiso así renovar el
universo: mediante la muerte y resurrección de su Hijo, "muerto por
todos" para que todos puedan vivir "para aquel que murió y resucitó
por ellos" (2 Corintios 5,16) y no vivan sólo para sí mismos.
El gesto solemne de apaciguar
el mar en tempestad es claramente un signo del señorío de Cristo sobre las
potencias negativas, e induce a pensar en su divinidad: "¿quién es éste
--se preguntaban estupefactos y atemorizados los discípulos--, que hasta el
viento y el mar le obedecen? (Marcos 4,41). No tenían todavía una fe sólida, se
está formando; es una mezcla de miedo y de confianza; el abandono confiado de
Jesús ante el Padre es, por el contrario, total y puro. Por este poder del
Amor, puede dormir durante la tempestad, completamente confiado en los brazos
de Dios. Pero llegará el momento en el que también Jesús experimentará el miedo
y la angustia: cuando llegue su hora, sentirá sobre sí todo el peso de los
pecados de la humanidad, como una gran ola que está a punto de caer sobre Él.
Esa sí que será una tempestad terrible, no cósmica, sino espiritual. Será el
último, el extremo asalto del mal contra el Hijo de Dios.
Pero en esa hora Jesús no dudó
del poder de Dios Padre y de su cercanía, aunque tuvo que experimentar
plenamente la distancia entre el odio y el amor, entre la mentira y la verdad,
entre el pecado y la gracia. Experimentó este drama en sí mismo de manera
lacerante, especialmente en Getsemaní, antes de ser apresado, y después,
durante toda la pasión hasta la muerte en la Cruz. En esa hora, Jesús por una
parte estaba totalmente unido al Padre, plenamente confiado en Él; por otra
parte, solidario con los pecadores, quedó como separado y se sintió como
abandonado por Él.
Algunos santos han vivido
intensa y personalmente esta experiencia de Jesús. El padre Pío de Pietrelcina
es uno de ellos. Un hombre sencillo, de orígenes humildes, "conquistado
por Cristo" (Filipenses 3,12), como escribe de sí el apóstol Pablo, para
hacerse un instrumento elegido por el poder perenne de su Cruz: poder de amor
por las almas, de perdón y reconciliación, de paternidad espiritual, de
solidaridad concreta con los que sufren. Los estigmas, que le marcaron en el
cuerpo, le unieron íntimamente con el Crucificado-Resucitado. Auténtico
seguidor de san Francisco de Asís, hizo propia, como el Pobrecillo, la
experiencia del apóstol Pablo, tal y como la describe en sus Cartas: "con
Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en
mí" (Gálatas 2, 19-20); o también: "en nosotros actúa la muerte, en
vosotros la vida" (2 Corintios 5,12). Esto no significa alienación,
pérdida de la personalidad: Dios no anula nunca lo humano, sino que lo
transforma con su Espíritu y lo orienta al servicio de su designio de
salvación. El padre Pío conservó sus propios dones naturales, y también su
propio temperamento, pero ofreció todo a Dios, quien de este modo pudo servirse
de ellos libremente para prolongar la obra de Cristo: anunciar el Evangelio, perdonar
los pecados y curar a los enfermos en el cuerpo y en el espíritu.
Como les sucedió a Jesús, la
verdadera lucha, el padre Pío no tuvo que librar el combate radical contra
enemigos terrenales, sino contra el espíritu del mal (Cf. Efesios 6,12). Las
"tempestades" más grandes que le amenazaban eran los asaltos del
diablo, de los cuales se defendió con la "armadura de Dios", con
"el escudo de la fe" y "la espada del Espíritu, que es la
Palabra de Dios" (Efesios 6,11.16.17). Permaneciendo unido a Jesús,
siempre tuvo en cuenta la profundidad del drama humano, y por eso se ofreció y
ofreció sus tantos sufrimientos, y supo gastarse en el cuidado y alivio de los
enfermos, signo privilegiado de la misericordia de Dios, de su reino que viene,
es más, que ya está en el mundo, de la victoria del amor y de la vida sobre el
pecado y la muerte. Guiar a las almas y aliviar el sufrimiento: así se puede
resumir la misión de san Pío de Pietralcina, como dijo el siervo de Dios, el
Papa Pablo VI: "Era un hombre de oración y de sufrimiento" (A los
padres Capitulares Capuchinos, 20 de febrero de 1971).
Queridos amigos, frailes
menores capuchinos, miembros de los grupos de oración y fieles todos de san
Giovanni Rotondo, sois los herederos del padre Pío y la herencia que os ha
dejado es la santidad. En una de sus cartas escribe: "Parece que el único
tratamiento de Jesús para las manos es el de santificar vuestra alma"
(Epístolas II, p. 155). Era siempre su primera preocupación, su ansia
sacerdotal y paterna: que las personas regresaran a Dios, que pudieran
experimentar su misericordia y, una vez renovados interiormente, redescubrir la
belleza y la alegría de ser cristianos, de vivir en comunión con Jesús, de
pertenecer a su Iglesia y practicar el Evangelio. El padre Pío atraía al camino
de la santidad con su mismo testimonio, indicando con el ejemplo el "binomio"
que nos conduce a ella: la oración y la caridad.
Ante todo la oración. Como
todos los grandes hombres de Dios, el padre Pío se convirtió él mismo en
oración, con el alma y con el cuerpo. Sus jornadas eran un rosario vivido, es
decir, una continua meditación y asimilación de los misterios de Cristo en unión
espiritual con la Virgen María. Se explica así la singular presencia en él de
dones sobrenaturales y de sentido práctico humano. Y todo tenía su culmen en la
celebración de la santa misa: en ella, él se unía plenamente al Señor muerto y
resucitado. De la oración, como de una fuente siempre viva, brotaba la caridad.
El amor que él llevaba en el corazón y transmitía a los demás estaba lleno de
ternura, siempre atento a las situaciones reales de las personas y de las
familias. Especialmente hacia los enfermos y dolientes, sustentaba la
predilección del Corazón de Cristo, y precisamente de ella tuvo origen y forma
el proyecto de una gran obra dedicada al "alivio del sufrimiento". No
se puede entender ni interpretar adecuadamente esta institución si se la separa
de su fuente inspiradora, que es la caridad evangélica, animada a su vez por la
oración.
Todo esto, queridos hermanos,
el padre Pío lo presenta hoy a nuestra atención. Los riesgos del activismo y la
secularización están siempre presentes; por ello mi visita tiene también el
objetivo de confirmaros en la fidelidad a la misión heredada de vuestro
queridísimo padre. Muchos de vosotros, religiosos, religiosas y laicos, estáis
tan absorbidos por miles de tareas que conlleva el servicio a los peregrinos o
a los enfermos del hospital que corréis el riesgo de descuidar lo que es
verdaderamente necesario: escuchar a Cristo para cumplir la voluntad de Dios.
Cuando os deis cuenta de que corréis este riesgo, contemplad al padre Pío, su
ejemplo, sus sufrimientos; e invocad su intercesión, para que os alcance del
Señor la luz y la fuerza que necesitáis para continuar con vuestra misión
empapada de amor por Dios y de caridad fraterna. Y que desde el cielo él siga
ejerciendo esa delicada paternidad espiritual que le distinguió durante su
existencia terrena; que continúe acompañando a sus hermanos, a sus hijos espirituales
y a toda la obra que él inició. Que, junto a san Francisco y a la Virgen, que
tanto amó e hizo amar en este mundo, vele sobre vosotros y os proteja y
siempre. Y entonces, también en las tempestades que puedan levantarse de manera
imprevista, podréis experimentar el soplo del Espíritu Santo que es más fuerte
que cualquier viento contrario, y mueve la barca de la Iglesia y a cada uno de
nosotros. Por este motivo debemos vivir siempre con serenidad y cultivar en el
corazón la alegría, dando gracias a Señor. Dice el Salmo: "Su amor es para
siempre" (Salmo responsorial). ¡Amén!
[Texto con los añadidos espontáneos recogido por ZENIT. Traducción del original italiano por Jesús Colina, © Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]













