Domingo
de Pentecostés
Cincuenta días después de la
Resurrección celebramos el extraordinario acontecimiento de la venida del
Espíritu Santo que los Apóstoles, reunidos con la Virgen María en vigilante
espera, recibieron en cumplimiento de la promesa que Jesús les había hecho antes
de subir a los cielos.
Tan llamativo y trascendental fue
este hecho que acertadamente se lo considera siempre como la manifestación
pública y oficial de la Iglesia y el comienzo de la actividad apostólica de la
misma en cumplimiento de la misión que su Divino Fundador le impusiera: “Id por
todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura” (Marc. 16,15). Hoy
diríamos: se dio la luz verde para que la obra de Jesús, su Iglesia, empezara a
circular, sin detenerse ya jamás, trazando la ruta de la historia entre los
hombres de todos los tiempos, países, condiciones sociales, económicas,
culturales.
¡Tantas y tan hermosas cosas
podríamos decir en esta ocasión!
Tengamos presente que
homenajeamos a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad: el Espíritu Santo.
El Padre eterno no puede existir sin el Hijo, ni el Hijo Jesucristo sin el
Padre. Este lazo de unión, este amor mutuo, recíproco y eterno del Padre y del
Hijo es una realidad concreta y eterna, tiene existencia concreta, y es el
Espíritu Santo.
La presencia del Espíritu
Santo en la Iglesia, en las almas, se manifiesta a través de la multiforme,
variada y abundantísima acción que desarrollan todos los miembros, vitalmente
unidos a Cristo.
La misma humanidad de Jesús es
obra del Espíritu Santo. La concepción virginal de Jesús en las entrañas de
María Santísima fue posible en virtud de la acción del Espíritu Santo, del que
por otra parte la Virgen estaba rebosante: “Salve, llena de gracia, el Señor es
contigo” (Luc. 1,28). El Ángel le dice: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y
la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado
será santo, será llamado Hijo de Dios” (Luc. 1,35).
La conversión e instrucción de
los Apóstoles, que tantos desvelos, preocupaciones y paciencia demandaron de
Jesús, sin que pudiera lograr totalmente su propósito quedó consumada, al
recibir ellos al Espíritu Santo, se vieron totalmente transformados, como
hechos de nuevo, no sólo instruidos, sino también, y sobre todo, comprometidos
audazmente.
Hombres nuevos por dentro y
por fuera. Por dentro: convencidos de su alta misión. Nuevos por fuera:
convincentes por el testimonio de su vida. Hombres de palabras claras y de
acciones decididas. Hombres totalmente de Dios y profundamente humanos. Hombres
de oración y de trabajo manual cuando las circunstancias lo requerían. Hombres
defensores de los derechos de todos, con la entrega total de su propia vida a
la causa de la fe. Hombres maestros de los hombres, pero siempre discípulos,
aprendices, alumnos de Cristo, atentos a las enseñanzas del Espíritu Santo, que
fue modelando constantemente esas almas y haciéndolas crecer “a la medida de la
talla que corresponde a la plenitud de Cristo” (Efes. 4,13).
Uno de los efectos del
Espíritu Santo que se percibe claramente en los Apóstoles es el de la unidad.
Todos al servicio de todos para salvar a todos. Cristo había rogado a su Padre
por esta unidad entre los Apóstoles (y todos los cristianos): “para que sean
uno como nosotros”… “para que todos sean uno, como tú, Padre, que estás en mí y
yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has
enviado (Juan 17,11 y 21). El mundo creerá en Jesús por el testimonio de unidad
de los Apóstoles y todos los miembros del Pueblo de Dios.
El antitestimonio de la
desunión entre los cristianos es el pecado más grande y el daño peor que sufre
la Iglesia. Desunión en cosas grandes y pequeñas. El que no se preocupa de la
unión en las cosas pequeñas es porque ya en su espíritu lleva el germen de la
desunión en cosas fundamentales.
Trabajemos para que haya más
unidad entre nosotros, para que no se apague, por culpa nuestra, la luz verde
que el Espíritu Santo encendió en la Iglesia.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.339-340)

















