Uno de los conceptos mejor
expresados sobre la realidad del misterio de la Encarnación de Jesús, es sin
duda aquel de la Carta a los Hebreos: “Jesús fue sometido a las mismas pruebas
que nosotros, a excepción del pecado” (Heb 4, 15-16). Por eso, como hombre,
Jesús “es capaz de compadecerse de nuestras debilidades” (id.). Nadie es capaz
de comprender mejor la situación de otro que aquel que ha experimentado en
carne propia la misma situación. Jesús nos conoce no sólo como Dios, sino que
también como hombre nos comprende perfectamente. De allí que hemos de
acercarnos a El “confiadamente a fin de obtener misericordia y ser socorridos
en el momento oportuno” (id.).
“Fue sometido a las mismas
pruebas que nosotros”:
a) En el orden biológico:
nace y tiene las mismas necesidades del cuidado de una madre, depende del fruto
del trabajo de un padre; crece, se desarrolla… y acaba su existencia como un
perfecto hombre.
b) En el orden de la
convivencia humana: no se ve librado de las dificultades y contratiempo
surgidos por la ignorancia, el egoísmo, la envidia, la soberbia, el odio, la
ambición, las apetencias de los intereses rastreros de los hombres. Es blanco
de frecuentes ataques hasta terminar en la cruz. Tener que transformar la vida
de los demás ¡qué tarea ardua, difícil, a menudo desconcertante! Los que
tenemos experiencia de esto por razón de nuestro ministerio (sacerdotes,
religiosas, catequistas, apóstoles laicos) frecuentemente constatamos y
llegamos a la absoluta certeza que el trabajo más difícil, que necesita más
tiempo y requiere más paciencia, más oración, más sacrificio y las más amargas
lágrimas es la tarea de convertir un alma, de transformar una vida.
De ordinario, cuando uno podía
creer que ha logrado algo se encuentra de repente con comprobaciones dolorosas,
que parecerían manifestar que se ha trabajado en vano (Lc. 5,5), que de todo lo
sembrado con tanto amor y esperanza no aflora la anhelada planta sino un cardo,
un abrojo, un erizado espinar que pincha, que lascera el alma. Humanamente
hablando, ¡qué descorazonador resulta, cómo muerde y empuja la tentación de
abandonarlo todo, de dar por perdido el tiempo y el esfuerzo realizado, sino
hasta la misma esperanza de lograr algo en el futuro, y no obstante, tener que
seguir aún con más amor, con mayor constancia sin abandonar la lucha!
Todo esto y mucho más
experimentó Jesús. Tras tanto predicar sobre la necesidad de la abnegación, de
la humildad, del tener que padecer, de llevar cada uno su cruz todos los días,
dos de sus Apóstoles, de sus predilectos, un día le reclaman: “Queremos que nos
concedas sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu
gloria”. Pero no termina allí el episodio triste: “Los otros diez, que habían
oído… se indignaron contra ellos”. Todos, los doce fallaron. Jesús con
incansable paciencia vuelve a empezar: “El que quiera ser grande, que se haga
el servidor de todos…”.
Aprendamos:
1) Hemos de confiar en Cristo,
en su perdón, por mucho que hayamos ofendido a Dios. Cristo nos comprende y nos
espera. Para eso ha venido y no para otra cosa.
2) Para ello es necesario que
tengamos humildad. Nunca nos hemos de considerar mejor que los demás. Sirvamos
a todos. Una forma de servir también a los demás es aceptar los consejos de
aquellos que realmente nos quieren, porque es aceptar el servicio que nos
prestan. No hay peor actitud que la de aquel que cree que lo sabe todo, que su
modo de pensar y actuar es el mejor, el más perfecto por el simple hecho de que
así se acostumbró. También Pedro sabía pescar, era su oficio. Sabía cuándo y
dónde se pescaba mejor. Jesús le dice que eche las redes, contradiciendo todo
el perfecto conocimiento de Pedro… y al acceder al consejo de Jesús, el que era
pescador de oficio, pescó una gran cantidad de peces de una sola vez.
Quien realmente nos quiere no
nos aconsejará jamás para el mal, aunque su consejo a veces nos duela porque
pisotee nuestra soberbia y suficiencia.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pag. 27-29)






















