Domingo
XVII (A) del tiempo ordinario
Evangelio
de San Mateo 13,44-52
Hay un dicho popular muy
expresivo: “Si mueve la cola el can, no es por ti sino por el pan”. Hay un
interés de por medio. También entre los humanos se da, con frecuencia, y mayor
de la imaginada, este comportamiento. Para más desgracia, esto sucede en un
plano superior, en el de la relación del hombre con Dios. Parecería que para un
buen número de cristianos, su relación con Dios se asemeja a la del hijo que
quiere, respeta a su padre, pero por puro interés. Así observan ciertas
prácticas religiosas y cumplimientos más por un interés próximo, inmediato, que
por amor a Dios, o por el verdadero amor a Dios o interés por ganar el cielo.
Creen que por su “buena conducta” tienen algo así como una póliza contra todo
riesgo.
Por eso, no pocos, en el
momento de la prueba se rebelan contra Dios. Incluso, algunos abandonan la
religión porque se “sienten desilusionados” por ciertas cosas “que pasan” en la
Iglesia. Olvidan esos tales que la parte “humana de la Iglesia” siempre es
falible y no pocas veces hasta detestable; olvidan que en la Iglesia siempre
van a perdurar las negaciones de Pedro, las dudas de Tomás, las desilusiones de
los discípulos de Emaús, las traiciones de Judas, las ambiciones de “la madre
de los hijos de Zebedeo” (Mat. 20,21) de ocupar los primeros puestos, las
discusiones sobre la “precedencia” (Mc 9, 34), las cobardías de todos en el
momento de la Pasión, etc., etc.
En ninguna parte del
Evangelio, Cristo nos incitó a fijarnos en los demás para tener fe, para
seguirle a Él. Nos indicó, sí, que debemos dejar todo, incluso los sentimientos
tan caros como los afectos familiares, cuando se trata de cumplir con Él, y
seguirlo sólo a Él, cargando con la cruz nuestra, y no haciendo más pesada la
cruz de los demás.
Lo que la Iglesia nos propone
en el Evangelio sobre le Reino de los cielos, con las comparaciones del “tesoro
escondido en un campo”, la “perla fina de gran precio”, la “red” donde se
encuentran los peces “buenos y malos o inservibles”, está precisamente en esa
línea de pensamiento, en orden a hacernos comprender la parte humana y la parte
divina de la Iglesia, bien diferenciadas. Por eso no unamos nosotros lo que
Cristo mismo separó. Eso sí, hay que vender todo para comprar ese campo con el
tesoro, o la perla finísima. Vale la pena -¡o la dicha!- de sacrificarlo todo.
Es también el “negarse a si mismo” para seguir a Cristo.
En síntesis: el valor absoluto
es Dios. Hemos de buscarlo a sólo Él. Debemos anhelar poseerlo a Él. Amarlo a
Él por Él. Amarlo por su bondad y no por la nuestra.
Renunciar a todo, postergar
todo cuando se trata de permanecer en la amistad con Dios, no es más -ni
tampoco menos- que el cumplimiento del Primer Mandamiento. El “no tendrás otro
Dios más que a mí”, del Antiguo Testamento; es el “amar a Dios con todo el
corazón, con toda la mente, con toda el alma, con todas las fuerzas y
sentimientos, con todo lo que uno es y posee”, del Nuevo Testamento, conforme
lo explica el mismo Jesús.
Cuando vemos tanta flojedad,
tanta cobardía, en los momentos en que es necesario profesar con intrepidez y
valor nuestra fe, en que es necesario “vender todo” para asegurar el tesoro del
cielo, para comprar la perla preciosa -la gracia que adorna y embellece el
alma- o para arrojar los peces inservibles…, concluimos que no se conoce ni el
abecé del cristianismo, de nuestra hermosa, pero exigente religión.
Por no disgustar a los amigos
(¿amigotes?) de este mundo, a muchos les interesa poco el disgustar a Dios, con
el tremendo riesgo del “disgusto eterno” -para ellos- del infierno. Por no
perder quizá el “puesto”, un “acomodo”, en que pierden su virtud, su alma, su
fe ahora, parece importarles un bledo el perder el “gran puesto” en el cielo,
que les estaba reservado.
En conclusión: el cielo para
el mejor postor ¿o no?
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael",
Ediciones Nihuil, 1988,
pags. 92-93)





















