Homilía pronunciada el viernes 19 de junio de 2026 por el Padre José Antonio Medina Pellegrini en la Santa Misa votiva en honor de San José, en la Parroquia "Santiago Apóstol", de Casarrubuelos, Madrid, España.
domingo, 19 de julio de 2026
sábado, 18 de julio de 2026
MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Toneladas de cizaña?
Domingo
XVI (A) del tiempo ordinario
Evangelio
de San Mateo 13,24-43
Desde el mismo momento en que
el pecado fue introducido en el mundo, por la rebeldía del hombre, ha surgido
el mal. El pecado, fue, es y será el mal original, el mal del que derivan, en
legítima descendencia, todos los otros males.
Los que no son cristianos y
los cristianos superficiales, que nunca han profundizado su fe con un estudio
medianamente serio, suelen quejarse cuando les sucede alguna “desgracia”. Se
rebelan contra Dios, protestan y llegan muchos a renegar de su fe. Dicen: si
Dios existe, o si Dios es tan bueno, ¿por qué permite el mal? ¿Por qué
justamente a mí tiene que pasarme esto, yo que cumplo con Dios, que soy bueno,
y no como otros? ¿Cómo es que Dios no castiga a tanto culpable que anda suelto
haciendo el mal y sembrando dolor por todo el mundo?
Los cristianos con mayor
formación religiosa, pero que aún no han comprendido suficientemente el
misterio de la Iglesia, su íntima naturaleza y su realidad existencial, suelen
plantear las mismas preguntas, pero con referencia concreta a la misma Iglesia.
No se explican muchas actitudes de la jerarquía frente a tanto desorden; muchas
actitudes de gran cantidad de cristianos que son un “anti-testimonio”, un
“anti-signo”. Quisieran una Iglesia perfecta, “sin mancha ni arruga”, una
Iglesia sin el sacramento del perdón, donde no tuviera que perdonarse nada por
la perfección de sus miembros.
Quisieran una Iglesia
prácticamente sin ningún sacramento, porque desde el momento que fuera
necesario un sacramento sería reconocer la necesidad de la gracia, y por lo
tanto la limitación humana, y en definitiva reconocer la imperfección humana.
Son los cristianos que quisieran limitar la Iglesia a los solos pecados
veniales, como si pudiéramos “contentar” a Dios con eso. ¡Ojalá se pudiese
llegar a tal estado en toda la Iglesia en su marcha ascendente de un modo
continuo! Pero la realidad es otra y bien distinta.
La parábola del “trigo y la
cizaña” que nos trae el Evangelio nos ayudará a aclarar las ideas, si tenemos
la valentía de meditarla a fondo y muchas veces. Aconsejo releer y meditar el
capítulo 13 de San Mateo para comprender un poco más la naturaleza de la
Iglesia.
Con frecuencia se suele
presentar a la Iglesia de los primeros tiempos como el “ideal” y se destaca lo
positivo solamente, ocultándose todo lo negativo. Y está bien. Pero ¿por qué no
se utiliza el mismo procedimiento con la Iglesia de nuestros días?
Decía San Agustín: “Siempre he
recordado que la Iglesia no tiene mancha ni arruga, no hay que entender que
ella sea así desde ahora, sino que está preparada para serlo cuando aparezca en
la gloria. Porque ahora, a causa de las ignorancias y debilidades de sus
miembros, toda ella puede decir cada día ‘Perdónanos nuestras deudas’.”
El Padre Ramón Cué S. J. en su
librito “YO CREO EN LA ALEGRÍA” nos regala esta canción que titula “Alegría
frente a la cizaña”:
“¿Qué hay cizaña? ¡No importa!
/ ¡Que se alegren los trigos! Es lindo el campo. / ¿Qué crece la cizaña? Trigo,
¡crece más alto! / ¿Qué es mucha? Siempre abulta, más que el trigo, el
escándalo. Y en todo caso, ¡lo sabe el Amo!... No habléis de la cizaña. Ella
habla demasiado. Mira el trigo; no mires a la cizaña tanto. ¿Cizaña en
toneladas? De trigo, ¡basta un grano! Y en todo caso, lo sabe el Amo… ¿Qué hay
cizaña? ¡Pues sean los trigos más dorados! / ¿Crece? ¡Crezca en los trigos más
apretado el grano! / El trigo que se angustia no es trigo limpio; es falso. La
cizaña es tristeza. El trigo es luz y es cántico. / Y en todo caso, ¡lo sabe el
Amo! ¡Que se alegren los trigos! Es lindo el campo”.
Sin desconocer que hay muchas
cosas que no andan como deberían, y que es tarea nuestra “arreglar” este mundo,
no nos desanime la cizaña. Con la gracia de Dios el trigo de nuestra esperanza,
alegría y optimismo pesará más que toda la cizaña junta… Sobre este tema del
mal volveremos a hablar. Por hoy, seamos trigo.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.83-85)
miércoles, 15 de julio de 2026
JESUCRISTO, TÚ SÍ QUE VALES: El sacerdote un simple ser humano
Tema del episodio Nº 23 del ciclo:
El sacerdote un simple ser humano
“Jesucristo, Tú sí que vales”, es
un micro programa de reflexión vocacional, realizado por el sacerdote,
periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina
Pellegrini, quien era en el momento de su emisión original en antena el Director
Espiritual del Seminario "San Bartolomé" de la Diócesis de Cádiz y
Ceuta, España.
Se emitió originalmente en el curso pastoral 2012-2013 todos los viernes al mediodía en Cope Cádiz, y posteriormente por Radio María España.
La locución está realizada por el Sr. Nino Romero.
domingo, 12 de julio de 2026
MONSEÑOR LEÓN KRUK: Cristo sí, Iglesia no (¡?)
En su extraordinaria
exhortación “EVANGELII NUNTIANDI” (para anunciar el evangelio) el Papa Pablo VI
dice: “Existe un nexo íntimo entre Cristo, la Iglesia y la evangelización.
Mientras dure este tiempo de la Iglesia, es ella la que tiene a su cargo la
tarea de evangelizar. Una tarea que no se cumple sin ella, ni mucho menos
contra ella. En verdad, es conveniente recordar esto en un momento como el
actual, en que no sin dolor podemos encontrar personas, que queremos juzgar
bien intencionadas pero que en realidad están desorientadas en su espíritu, las
cuales van repitiendo que su aspiración es amar a Cristo pero sin la Iglesia,
escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la
Iglesia. Lo absurdo de esta dicotomía se muestra con toda claridad en estas
palabras del Evangelio: ‘el que a vosotros desecha, a mí me desecha’. ¿Cómo va
a ser posible amar a Cristo sin amar a la Iglesia, siendo así que el más
hermoso testimonio dado en favor de Cristo es el de San Pablo: ‘amó a la
Iglesia y se entregó por ella’? (n. 16).
Ya desde su presentación en el
templo, Jesús fue anunciado como “signo de contradicción” (Luc. 2,34). La sola
presencia de Jesús entre los hombres en forma humana es motivo de escándalo y
causa de división, no porque Cristo acepte a unos y rechace a otros, sino
porque son los hombres quienes lo aceptan o rechazan.
Lo llamativo, por lo
paradójico, es que no pocos rechazan a Cristo en nombre de Cristo mismo. Muy
bien lo señala el Papa: Cristo sí, Iglesia no. Como si pudiera concebirse a
Cristo sin su Iglesia, o contrario y hasta hostil a ella, en la que siempre
habrá justos y pecadores, aun entre sus preferidos: “No soy yo, acaso, el que
os eligió a vosotros, los Doce? Sin embargo, uno de vosotros es un demonio”.
Están completamente al margen
de la verdad y por consiguiente desconectados de Cristo quienes manifiestan de
palabra y con los hechos, que tienen su modo propio de entender y vivir la
religión. ¿Cuál religión? ¿La verdadera? No. Por desoír y despreciar a la
Iglesia, rechazan a Cristo y al mismo Padre (Luc 10,16). Entonces que no hablen
de “su” cristianismo, de “su” catolicismo. La religión del egoísmo, de la
soberbia, la religión de la justificación de actitudes opuestas al Evangelio,
de la defensa de intereses puramente personales, sean intereses de bienes
materiales, sean de situaciones de conducta moral, la religión de lo
estrictamente “personal” e “individual”, nada tiene que ver con Cristo y la
Iglesia, que es el Cristo aquí y hoy.
Los que deliberadamente ya han
tomado una postura de rechazo “en bloque” de la Iglesia tal cual como se
presenta, por más que invoquen el nombre de Cristo lo están traicionando por la
espalda, son los remplazantes de Judas. Los que sistemáticamente hacen prescindencia
de las leyes de la Iglesia, burlándose abiertamente de sus disposiciones,
recomendaciones, exhortaciones, llamadas de atención, etc., están rechazando al
mismo Cristo.
Los que suplantan las verdades
del Evangelio con sus antojadizas y acomodaticias interpretaciones del mismo,
en contra de toda la tradición de la Iglesia, y lo hacen en nombre de una
pretendida “actualización”, “progreso”, “modernidad”, etc., rechazan a Cristo
porque les resulta duro aceptar las exigencias de su doctrina. Es más fácil,
menos riesgoso y comprometido, resulta más simpático, más popular, más aceptable
hablar de un “cambio de estructuras” (aunque por sistema no se indique qué
estructuras nuevas se van a imponer) etc., que aceptar el “arrepentíos y creed
en el Evangelio” (Mc 1,15), o el “si no hiciereis penitencia, todos igualmente
pereceréis” (Luc. 13, 3 y 5).
Muchos hace tiempo que están
fuera de la Iglesia; pero en un momento determinado y como encontrando
justificación a su nada recomendable “cristianismo”, le echan la culpa al
sacerdote, a la Iglesia, etc., y por la incomprensión de los mismos “se
alejan” de la Iglesia. ¡Pobres!
A Cristo lo aceptamos en su Iglesia, o no lo aceptamos.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pag. 71-72)
domingo, 5 de julio de 2026
MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Conocer a Cristo por su “Partida de Nacimiento”?
Domingo
XIV (A) del tiempo ordinario
Evangelio
de San Mateo 11,25-30
Verdaderamente la ignorancia
es uno de los males que mayores daños sigue causando. La sentencia condenatoria
de Adán: “con el sudor de tu frente comerás el pan”, se refiere a todos los
quehaceres del hombre, que, a partir de allí, necesitará esforzarse permanentemente
tanto en lo referente al cuerpo como al espíritu.
Ya sea por ignorancia total, o
por un conocimiento deficiente, y por lo mismo equivocado, en materia
religiosa, la conducta de los hombres adolece de graves errores. ¿para cuantos,
por ejemplo, los Mandamientos constituyen una pesada carga, una imposición, y
no una expresión de amor? ¿Para cuántos Dios mismo es Alguien que sólo controla
las acciones humanas y no un ser inteligente, bondadoso, misericordioso, que
hace todo lo posible para aproximársenos? ¿Cuántos consideran dura y hasta
inhumana a la Iglesia, cuando ella nos recuerda nuestros deberes y
obligaciones, o no “afloja” en cosas que no puede, no debe “aflojar”, porque no
las ha impuesto ella? ¿O es que lo dicho por Jesús, antes de subir al cielo:
“Id y enseñad… haced discípulos míos a todos los pueblos… enseñándoles a
cumplir todo lo que yo os he mandado” (Mat. 28,19), es puro floreo humano?
¡Cuántas veces recibimos los
Obispos y Sacerdotes críticas injustas de algunos que se tienen por muy
cristianos (?), cuando cumplimos con nuestro cometido! Por ejemplo, cuando
recordamos los deberes y obligaciones de los esposos, en lo relativo a la vida;
cuando insistimos que los concubinos, los adúlteros… no pueden recibir los
sacramentos, no pueden ser padrinos, etc. No hacemos más que “enseñar a cumplir
todo lo que nos ha mandado” Jesús. Cuando decimos no al aborto, no a los
anticonceptivos, no a las relaciones prematrimoniales, cuando decimos no a los
ladrones, a los usureros, no a tanta pornografía escrita o puesta en evidencia
por la desnudez de algunas modas puercas… etc…, no estamos obrando por
prejuicios o caprichos trastornados. Simplemente estamos cumpliendo con nuestro
deber, y tratando de salvar nuestra alma, ya que parece tan difícil o casi
“imposible” salvar a tantos “doctores” en religión que obtuvieron su título en
las aulas de la ignorancia, en las facultades de los vicios y otras
especialidades asnales.
Jesús nos dice en el
Evangelio: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis
alivio”. La enseñanza de Jesús y nuestro aprendizaje tienen que realizarse en
un diálogo íntimo, sincero, confiado, en la oración, en la meditación. ¿Cuántos
jamás dedican un tiempo a la reflexión serena, profunda! El conocimiento de una
persona se logra a través de un trato personal, afectuoso y hasta familiar.
Nunca por la “partida” de nacimiento, ni por el currículum (se acentúa en la í
y no en… otra parte) de vida. Conocer a Cristo a través de la “historia” de los
Evangelios solamente, es saber unos “datos” y nada más.
Su paciencia, su mansedumbre, su humildad, descubiertas en el diálogo de la oración, nos revelarán el gran secreto de que El y sus exigencias no son algo “pesado”, “inaguantable”… sino todo lo contrario: agradables, posibles, “yugo suave” y hasta apetecible. Cuando se ama de verdad ¿qué no se hace por el amado? Cuando hay verdadero amor ¿no resulta hasta agradable el sacrificio que implique dar un gusto, una alegría, un signo, una prueba al amado?
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.77-78)
lunes, 29 de junio de 2026
MONSEÑOR LEÓN KRUK: No prevalecerán
Solemnidad
de san Pedro y san Pablo, apóstoles
Evangelio
de san Mateo 16,13-19
Nuestro pensamiento en este
día gira en torno a la persona de Pedro, el Vicario de Cristo, Jefe de la
comunidad de los doce Apóstoles, y Jefe, por lo tanto, de toda la Iglesia. Por
eso, invariablemente, cuando se nombra a Pedro, de inmediato lo relacionamos
con Cristo, y recordamos aquellas palabras que el Hijo de Dios le dijera: “Tú
eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno
no prevalecerán contra ella” (Mat. 16,18).
Pedro, por consiguiente, es la
base, el cimiento, la piedra sin la cual no podría subsistir la Iglesia
edificada por Cristo.
Conviene entender bien esto,
máxime en estos momentos en que no pocos quisieran sustituir el fundamento
puesto por el mismo Cristo.
Cuando un arquitecto construye
una iglesia, una catedral, un santuario, o cualquier edificio importante, tiene
buen cuidado de colocar sólidos cimientos. Cuanto más grande y alto el
edificio, tanto más hondos y seguros deben ser los cimientos. Una vez concluida
la obra el arquitecto se va tranquilo porque ha puesto una buena base. El
cimiento se queda; debe quedarse, no puede irse, no puede faltar. De lo
contrario, la edificación se vendría abajo.
Cristo es el arquitecto. Ha
construido su Iglesia sobre Pedro. Pero no sobre Pedro por ser tal o cual
persona, sino sobre Pedro en cuanto debe desempeñar un determinado oficio, el
oficio que le confía el mismo Cristo: “Te daré las llaves del Reino de los
Cielos; lo que atares en la tierra será atado en los Cielos, y lo que desatares
en la tierra será desatado en los cielos” (Mat. 16,19).
En la solemnidad de la Ultima
Cena, en esos momentos tan grandes y de tanta intimidad de Cristo con sus
Apóstoles, Jesús le dice a Pedro, en presencia de los demás: “Simón, Simón,
mira que Satanás ha pedido poder zarandearte como trigo. Pero yo he rogado por
ti para que no desfallezca tu fe; y tú, una vez convertido, confirma a tus
hermanos” (Luc. 22, 31-32). En mi reciente visita al Papa he comprobado
plenamente esto.
Después de su Resurrección,
exigida la triple confesión de Pedro, Jesús al conferirle el Primado, en
presencia de los demás, por tres veces le encarga “apacentar” a los corderos y
a las ovejas (Juan 21, 15-17).
El pleno poder -“toda potestad
en el cielo y en la tierra”- que tiene Cristo, se lo confiere, se lo traspasa a
Pedro. Por tanto, Pedro actuará en lugar, en nombre y con la suprema autoridad
de Cristo. Pedro es “Vicario de Cristo” y no de la Iglesia. Es Cristo quien le
da los poderes y no la comunidad eclesial.
“La concepción de la Iglesia
como una comunión fraterna de iguales, está en radical oposición con la visión
católica; y el que lo acepte, consciente de lo que tal concepción significa, se
pone fuera de la comunión católica” (Civiltà Cattolica*, 29 de junio de 1973).
Cristo promete la
indefectibilidad y la indestructibilidad de la Iglesia por El fundada. Es
contra esa Iglesia “contra la que no prevalecerán las puertas del infierno”.
Con certeza absoluta la
Iglesia podrá predecir siempre la triste suerte de sus adversarios, contra los
que debe luchar siempre. Así como ha visto descender a la tumba tantos
sistemas, errores, herejías, la Iglesia asistirá también a los funerales de los
totalitarismos presentes del signo que fueren. “Las puertas del infierno no
prevalecerán”.
Lo importante para nosotros,
los católicos, es tener la madurez suficiente para ser fieles a la Iglesia de
Cristo, con nuestra total adhesión al papa. Es necesario saber desconfiar
prudentemente de tanto infantilismo ideológico, como si Cristo hubiera sido un
“ideólogo”. Desconfiar de tanta soberbia “intelectualoide” que usurpa un título
que no le corresponde, ni por ciencia ni por teología. Nuestra fidelidad al
Papa, al auténtico Magisterio de la Iglesia, es la única garantía de sabernos
en la libertad de los hijos de Dios y en la genuina verdad que nos hace
verdaderamente libres.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.75-77)
* La
Civiltà Cattolica (La Civilización Católica) es una revista católica italiana
fundada en 1850. La revista fue fundada en Nápoles por un grupo de jesuitas,
quienes querían defender la «civilización católica» (civiltà cattolica) de las
amenazas de aquellos que percibían como enemigos de la Iglesia, liberales y
francmasones, en el contexto de la Unificación de Italia. Fue durante décadas
una de las revistas católicas más influyentes de todo el mundo, hoy sigue
siendo la revista cultural internacional de la Compañía de Jesús.
miércoles, 24 de junio de 2026
JESUCRISTO, TÚ SÍ QUE VALES: Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote
Tema del episodio Nº 22 del ciclo:
Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote
“Jesucristo, Tú sí que vales”, es
un micro programa de reflexión vocacional, realizado por el sacerdote,
periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina
Pellegrini, quien era en el momento de su emisión original en antena el Director
Espiritual del Seminario "San Bartolomé" de la Diócesis de Cádiz y
Ceuta, España.
Se emitió originalmente en el
curso pastoral 2012-2013 todos los viernes al mediodía en Cope Cádiz, y
posteriormente por Radio María España.
La locución está realizada por
el Sr. Nino Romero.
viernes, 19 de junio de 2026
HOMILÍAS (audios): San José Prudentísimo
Homilía pronunciada el martes 19 de mayo de 2026 por el Padre José Antonio Medina Pellegrini en la Santa Misa votiva en honor de San José, en la Parroquia "Santiago Apóstol", de Casarrubuelos, Madrid, España.
miércoles, 17 de junio de 2026
APOLOGÉTICA HOY (audios): Propiedades del alma humana: inmortalidad
Programa radiofónico: "APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad".
Director: Padre José Antonio Medina.
Episodio Nº 44.
Tema: Propiedades
del alma humana: inmortalidad
Contenido:
-
Propiedades del alma humana: inmortalidad (Apologética Fundamental)
1- Inmortalidad del alma.
2- Pruebas de la inmortalidad del alma (la naturaleza
del alma, los deseos insaciables de felicidad, la sanción divina de la ley
moral, y el consentimiento universal de todos los pueblos).
3- Argumentos a través de una historia de San Agustín.
4- Objeciones (Refutación del argumento: “Con la
muerte todo se acaba”).
Fecha de emisión original en Radio María España el miércoles 17 de septiembre
de 2025.
domingo, 14 de junio de 2026
SACERDOCIO: “Unan su corazón al corazón de Cristo” (León XIV)
[Solemnidad del Sagrado
Corazón de Jesús, 12 de junio de 2026]
Queridos hermanos
sacerdotes:
En el día en el que la
Iglesia contempla el Corazón traspasado de su Señor, del que brota una fuente
inagotable de paz y unidad para todo el género humano, dirijo sobre todo a mí
mismo y a todos ustedes las palabras que Dios dirigió al pueblo de Israel: «Sean
santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lv 19,2; cf. 1
P 1,16). Esta llamada divina atraviesa los siglos, resonando también
hoy con fuerza para todo creyente y, con exigencia particular, para nosotros
sacerdotes. La santidad no es una opción entre tantas ni un ideal abstracto;
tiene que ver con la identidad misma de cada persona que quiere participar en
la vida del Resucitado.
Santidad y participación en
el misterio de Cristo
Dios nos invita a participar
de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos
indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros,
queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió:
«Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y
prudencia» (Jr 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono
confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu. Sin embargo, precisamente
aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a
participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas
de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a
menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas.
¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan
alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el
costado abierto del Señor Jesús.
Un camino de unión
La unión de nuestro corazón
con el Corazón de Cristo no es una experiencia reservada a unos cuantos
elegidos, sino un camino sacramental, eucarístico, que se realiza en lo
cotidiano. Queridos hermanos, en la Ordenación hemos sido configurados con
Cristo, pero es necesario reavivar siempre en nosotros el don de la gracia por
medio de la celebración cotidiana de la Eucaristía, de la oración, de la
meditación de la Palabra de Dios y del servicio humilde a los hermanos y
hermanas. Permanecemos unidos a Cristo en todo: en lo que hacemos y en lo que
nos sucede cotidianamente. La santidad, entonces, en vano buscada con esfuerzos
aislados, se revelará por lo que es: correspondencia a la gracia que nos
precede, nos sostiene y nos transfigura. No existen, en efecto, compartimentos
estancos en nuestra humanidad. La oración, el ministerio, las relaciones, el
cansancio, las alegrías y los fracasos, incluso el tiempo aparentemente perdido
o el amor que parece malgastado, todo se vuelve un lugar privilegiado de la
revelación de Dios y de su amor infinito.
El sacerdote que tiene un
corazón íntegro, sencillo y puro es contemplativo en la acción, misericordioso,
fiel en la prueba y alegre en la entrega de sí. El mundo tiene una gran
necesidad de pastores que no ofrezcan sólo palabras o programas, sino el testimonio
vivo de un corazón reconciliado, difundiendo el buen olor de la santidad de
Cristo. Una vida sacerdotal sólida y configurada con el Corazón de Jesús es
signo creíble de unidad, de paz y de misericordia. Así, en un tiempo marcado
por divisiones y miedos, podemos ser constructores de paz, testigos de la
ternura del Buen Pastor, que sabe reunir al que está extraviado y sanar al que
está herido, y nuestro celo no es agitación, sino el desbordamiento de un amor
que «es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro» (Francisco, Carta enc. Dilexit
nos, 28).
El Corazón de Cristo es el
corazón de los santos
La respuesta a la vocación a
ser santos no está tanto en el esfuerzo de ascesis y perfección, que es
necesario, sino en la adhesión confiada al amor revelado en el Corazón
traspasado de Jesús. El apóstol Juan nos hace contemplar el costado abierto del
Crucificado (cf. Jn 19,34), donde Dios nos muestra
definitivamente cómo Él es santo: no en la distancia inaccesible de una
perfección separada, sino en un amor que se entrega hasta hacerse herir y que
puede, por tanto, ser manantial de misericordia y de vida. El Sagrado Corazón
de Jesús es la imagen por excelencia del amor de Dios: un amor omnipotente
precisamente porque es capaz de hacerse vulnerable, de cambiar el dolor en
gracia, el sufrimiento en esperanza.
Queridos sacerdotes,
renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo.
Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor
con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo
Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación
del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este
amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo
nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la
Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio
del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de
Cristo, Salvador del mundo.
12 de junio de 2026,
Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.
LEÓN PP. XIV
jueves, 11 de junio de 2026
JESUCRISTO, TÚ SÍ QUE VALES: “Cuando se piensa…” de Hugo Wast
Tema del episodio Nº 21 del ciclo:
“Cuando se piensa…” de Hugo Wast*
“Jesucristo, Tú sí que vales”, es un micro programa de reflexión vocacional, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, quien era en el momento de su emisión original en antena el Director Espiritual del Seminario "San Bartolomé" de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, España.
Se emitió originalmente en el curso pastoral 2012-2013 todos los viernes al mediodía en Cope Cádiz, y posteriormente por Radio María España.
La locución está realizada por el Sr. Nino Romero.
*Hugo Wast es un novelista y político argentino cuyo verdadero nombre es Gustavo Martínez Zuviría (1883-1963). Estudió leyes, y economía política. En 1943 fue ministro de Justicia y de Educación pública, cargo que aceptó con la condición de que se introdujera la enseñanza religiosa en todas las escuelas. Escribió numerosas obras de literatura, muchas de ellas de carácter religioso.
domingo, 7 de junio de 2026
MONSEÑOR LEÓN KRUK: El Amor tiene una fiesta, ¿La conoces?
Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo
Hay un expresivo himno
litúrgico que dice: “Allí donde hay amor verdadero, allí está Dios”. San Juan
dijo: “DIOS ES AMOR, y quien permanece en el amor, en Dios permanece y Dios en
él” (I Juan 4, 16). Una consecuencia lógica se sigue de esto: un amor en el que
Dios no está presente, no es verdadero, no es auténtico amor. O dicho de otro
modo: el amor que no hace presente a Dios, que es el origen, la fuente de todo
amor verdadero, no es auténtico amor. Y nada digamos del “amor” que tantísimas
veces aleja al hombre de Dios, lo excluye a Dios, como por ej. en las
relaciones prematrimoniales, que son un pecado -con todas las letras-, que son
una “animalada” y no un acto racional, que es lo característico del amor. El
irracional es incapaz de amar. Obra por instinto.
Celebramos hoy la FIESTA DEL
AMOR por excelencia. La presencia de Jesús en la Eucaristía. Desde el punto que
se mire, desde cualquier aspecto que se considere la presencia real, auténtica,
verdadera, de Jesús en la Eucaristía, como Dios verdadero y como hombre
verdadero, siempre aparecerá la realidad del amor. Es El mismo, presente entre
nosotros porque nos ama. Es como mirar al sol, sea al amanecer, sea al
mediodía, sea al atardecer, siempre lo tenemos de frente.
La Eucaristía puede ser
considerada en sí misma y en sus efectos.
* En sí misma: Es el
verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Jesús. Las palabras del Señor no
admiten interpretación torcida. TOMAD Y COMED, ESTO ES MI CUERPO… TOMAD Y
BEBED, ESTA ES MI SANGRE… HACED ESTO EN MEMORIA MÍA. No sólo se realizó esto en
la Última Cena, sino que además Jesús dio poder especial a sus Apóstoles -y a
todos sus sucesores- para hacer lo mismo. ¿Pudo hacer esto? ¡Claro que sí! ¿Se opone esto a la majestad,
a la santidad, a la dignidad de Dios? ¡De ningún modo! Y todo esto lo hizo por
amor, ya que NADIE TIENE MAYOR AMOR QUE AQUEL QUE DA LA VIDA POR EL AMADO (Juan
15,13). Entregar su Cuerpo y dar su Sangre es dar la vida, por nosotros, por
toda la humanidad. Dice San Pablo: “Cristo… me amó y se entregó por mi” (Gál.
2,20).
Es la Eucaristía la
consecuencia del amor de Cristo, amor siempre presente, actual, reconfortante:
Y SABED QUE YO ESTOY CON VOSOTROS TODOS LOS DÍAS HASTA LA CONSUMACIÓN DE LOS
SIGLOS (Mat. 28,20).
* En sus efectos: Ya lo
dijimos. El amor une, congrega. Jamás dispersa, jamás divide, jamás origina
separación, pugna o rechazo. La Eucaristía, esta presencia amorosa de Cristo
Dios y hombre, debe unirnos cada vez más, unirnos a Jesucristo y unirnos entre
nosotros. Debe producir un fuerte deseo de unidad. Unidad en pensamientos,
unidad en criterios, unidad en la acción apostólica. Unidad no sólo en lo
externo, sino unidad “de corazón”, unidad que es amor. No significa esto la
supresión de la sana, necesaria y enriquecedora multiplicidad. Nos lo recuerda
el Concilio Vaticano II, interpretando a San Pablo: “Hay en la Iglesia
diversidad de ministerios, pero unidad de misión” (Apost. Laic. 2).
La Eucaristía debe hacernos
vivir en profundidad nuestra vocación a la santidad. Pues la razón más alta de la
dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios (Gaud.
Et Spes 19). Nada hay más importante ni urgente que esto.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.114-115)
domingo, 31 de mayo de 2026
MONSEÑOR LEÓN KRUK: El Dios que ama, no condena
Solemnidad
de la Santísima Trinidad (A)
Evangelio
de San Juan 3,16-18
Por el hecho de que el
misterio de la Santísima Trinidad sea, a veces, presentado o considerado
en su aspecto más difícil -UN SOLO DIOS VERDADERO EN TRES PERSONAS DISTINTAS-,
algo que la mente humana es incapaz de entender, toda la riqueza que entraña
esta hermosa realidad, queda desaprovechada por la inmensa mayoría de los
cristianos. Muy común es una actitud algo indiferente ante esta verdad. Como es
algo que no se puede comprender, se deja de lado este misterio, no se piensa,
no se vive y no se goza del mismo. Y sobre todo, al creer que es un misterio
“intocable”, se puede llegar a una práctica negación del mismo.
El misterio no es algo
negativo o que no se puede entender. Es todo lo contrario: podemos irlo
conociendo más y más sin que lo agotemos o abarquemos del todo. En la
contemplación de un misterio descubrimos que siempre es más lo que nos queda
por conocer. Esto es admirable: nunca podemos llegar al punto final.
De allí que al celebrar hoy la
Fiesta de la Santísima Trinidad la Iglesia, a través de la Liturgia, nos haga
pedir que Dios nos conceda: a) profesar la fe verdadera; b) conocer
la gloria de la eterna Trinidad; c) y adorar su unidad poderosa.
a) Profesar la fe
verdadera. La que sustancialmente está en el Credo, que es el Himno
Universal de los cristianos. Allí está resumida toda la obra misericordiosa de
Dios a través de la cual percibimos su eterna, inmutable, omnipotente y amorosa
realidad y presencia. Particularmente, la fe verdadera nos muestra la inmensa
bondad de Dios que no quiere la condenación de nadie, y tan es así que el Padre
envía a su Hijo Jesucristo para que nos lo diga abiertamente que “Dios no mandó
a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (San
Juan 3 – Evangelio de hoy). La presencia de Cristo, la realidad de la Iglesia
con toda la realidad de la gracia divina, la doctrina, el Magisterio infalible,
nos hablan del amor de la Trinidad.
b) Conocer la gloria.
Muy unido a lo anterior, es el conocimiento que debemos tener de la Trinidad
eterna a través de las enseñanzas de Jesús, y de la acción y obra que de un
modo especial se atribuye a cada una de las Tres Divinas Personas. Se atribuye
al Padre la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la
Santificación. Juntamente se afirma la presencia de toda la Trinidad en el
alma. Reconocer las buenas obras y acciones de otro, y sentirse destinatario de
las mismas, es una forma de glorificarlo. ¿Qué no hizo Dios por nosotros para
salvarnos?
c) Adorar su unidad
todopoderosa. Quizás nos cueste tanto adentrarnos más en este misterio
precisamente por no estar habituados a la verdadera oración de alabanza. Por lo
común creemos que nuestras oraciones deben ser de petición. Miramos nuestras
necesidades (lo único que nos interesa) en nuestra relación con Dios. Como si
un hijo fuera incapaz de estar junto a su padre sin estar pidiéndole
constantemente “cosas”. Lo lamentable es que no pocos creen que si no tienen
nada que pedir, no pueden hacer oración. Cuando llegue el día en que seamos
capaces de gozarnos en nuestra comunicación con Dios sin pedirle más que su
amor y su gracia, nos habremos aproximado a la realidad del misterio. Con eso
tendremos la dicha total, lo que tanto anhelamos. DIOS y SOLO EL: BASTA.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.14-15)
domingo, 24 de mayo de 2026
MONSEÑOR LEÓN KRUK: Luz verde para la Iglesia
Domingo
de Pentecostés
Cincuenta días después de la
Resurrección celebramos el extraordinario acontecimiento de la venida del
Espíritu Santo que los Apóstoles, reunidos con la Virgen María en vigilante
espera, recibieron en cumplimiento de la promesa que Jesús les había hecho antes
de subir a los cielos.
Tan llamativo y trascendental fue
este hecho que acertadamente se lo considera siempre como la manifestación
pública y oficial de la Iglesia y el comienzo de la actividad apostólica de la
misma en cumplimiento de la misión que su Divino Fundador le impusiera: “Id por
todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura” (Marc. 16,15). Hoy
diríamos: se dio la luz verde para que la obra de Jesús, su Iglesia, empezara a
circular, sin detenerse ya jamás, trazando la ruta de la historia entre los
hombres de todos los tiempos, países, condiciones sociales, económicas,
culturales.
¡Tantas y tan hermosas cosas
podríamos decir en esta ocasión!
Tengamos presente que
homenajeamos a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad: el Espíritu Santo.
El Padre eterno no puede existir sin el Hijo, ni el Hijo Jesucristo sin el
Padre. Este lazo de unión, este amor mutuo, recíproco y eterno del Padre y del
Hijo es una realidad concreta y eterna, tiene existencia concreta, y es el
Espíritu Santo.
La presencia del Espíritu
Santo en la Iglesia, en las almas, se manifiesta a través de la multiforme,
variada y abundantísima acción que desarrollan todos los miembros, vitalmente
unidos a Cristo.
La misma humanidad de Jesús es
obra del Espíritu Santo. La concepción virginal de Jesús en las entrañas de
María Santísima fue posible en virtud de la acción del Espíritu Santo, del que
por otra parte la Virgen estaba rebosante: “Salve, llena de gracia, el Señor es
contigo” (Luc. 1,28). El Ángel le dice: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y
la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado
será santo, será llamado Hijo de Dios” (Luc. 1,35).
La conversión e instrucción de
los Apóstoles, que tantos desvelos, preocupaciones y paciencia demandaron de
Jesús, sin que pudiera lograr totalmente su propósito quedó consumada, al
recibir ellos al Espíritu Santo, se vieron totalmente transformados, como
hechos de nuevo, no sólo instruidos, sino también, y sobre todo, comprometidos
audazmente.
Hombres nuevos por dentro y
por fuera. Por dentro: convencidos de su alta misión. Nuevos por fuera:
convincentes por el testimonio de su vida. Hombres de palabras claras y de
acciones decididas. Hombres totalmente de Dios y profundamente humanos. Hombres
de oración y de trabajo manual cuando las circunstancias lo requerían. Hombres
defensores de los derechos de todos, con la entrega total de su propia vida a
la causa de la fe. Hombres maestros de los hombres, pero siempre discípulos,
aprendices, alumnos de Cristo, atentos a las enseñanzas del Espíritu Santo, que
fue modelando constantemente esas almas y haciéndolas crecer “a la medida de la
talla que corresponde a la plenitud de Cristo” (Efes. 4,13).
Uno de los efectos del
Espíritu Santo que se percibe claramente en los Apóstoles es el de la unidad.
Todos al servicio de todos para salvar a todos. Cristo había rogado a su Padre
por esta unidad entre los Apóstoles (y todos los cristianos): “para que sean
uno como nosotros”… “para que todos sean uno, como tú, Padre, que estás en mí y
yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has
enviado (Juan 17,11 y 21). El mundo creerá en Jesús por el testimonio de unidad
de los Apóstoles y todos los miembros del Pueblo de Dios.
El antitestimonio de la
desunión entre los cristianos es el pecado más grande y el daño peor que sufre
la Iglesia. Desunión en cosas grandes y pequeñas. El que no se preocupa de la
unión en las cosas pequeñas es porque ya en su espíritu lleva el germen de la
desunión en cosas fundamentales.
Trabajemos para que haya más
unidad entre nosotros, para que no se apague, por culpa nuestra, la luz verde
que el Espíritu Santo encendió en la Iglesia.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.339-340)
martes, 19 de mayo de 2026
HOMILÍAS (audios): El aceite de San José, su historia y uso espiritual
Homilía pronunciada el Domingo 19 de abril de 2026 por el Padre José Antonio Medina Pellegrini en la Santa Misa votiva en honor de San José, en la Parroquia "Santiago Apóstol", de Casarrubuelos, Madrid, España.
lunes, 18 de mayo de 2026
SAN JOSÉ: El aceite de San José, su historia y uso espiritual
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| Imagen de San José que se venera en la Parroquia "Santiago Apóstol", Casarrubuelos, Madrid, España. |
El aceite de San José es una
devoción aún poco conocida por el gran público, pero preciosa para muchos
fieles. Tiene sus raíces en la historia espiritual del santuario de San José de
Montreal (Canadá) y en la vida del Santo Hermano Andrés, un humilde portero que
se convirtió en instrumento de innumerables gracias.
Mucho más que un simple objeto
piadoso, este aceite bendito es un signo de fe, confianza e intercesión, y
acompaña las oraciones de curación, consuelo y conversión.
Fue a principios del siglo XX
cuando tomó forma la tradición del aceite de San José. El hermano André
Bessette, de Montreal, era profundamente devoto de San José. Su modesta misión
consistía en recibir a los visitantes en la puerta del colegio.
Pero este discreto portero
pronto se hizo famoso por su ferviente oración y las curaciones que parecían
seguir a su intercesión. Para manifestar su oración, el Hermano André utilizaba
aceite de oliva bendecido, que ponía sobre los enfermos con fe, mientras rezaba
a San José. Este aceite, que tomaba de una lámpara encendida delante de una
estatua del santo, se convertía en el humilde soporte de un profundo acto de
fe. Muchas personas se sintieron aliviadas, consoladas o incluso curadas.
¿Quién es San Andrés Bessette?
San Andrés Bessette
(1845-1937) fue un religioso canadiense de la Congregación de la Santa Cruz que
fundó el oratorio de San José. Nació el 9 de agosto de 1945 en la zona de
Quebec. Huérfano a los doce años de edad, trabaja en diferentes lugares y
oficios hasta que el párroco, viendo su devoción decidió presentarlo a la
Congregación de la Santa Cruz donde fue aceptado en 1872.
Erige una pequeña capilla para
custodiar una imagen milagrosa de San José que había sido traída de Francia por
los primeros hermanos de la Congregación. Cada vez más, los novicios y otros
fieles comenzaron a llegar en peregrinación movidos por los milagros atribuidos
a la imagen de San José y de André Bessette. Movido por una espiritualidad importada
de Francia, André ungía a los enfermos con el aceite de la lámpara de San José.
Se la atribuyen numerosísimos milagros en durante su vida.
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| San Andrés Bessette (1845-1937) |
Uso espiritual, no mágico
El aceite de San José no es un
remedio milagroso en el sentido mágico. No sustituye a la medicina ni a los
sacramentos. Es un signo sacramental: dispone el corazón para recibir la gracia
de Dios, como el agua bendita o una medalla.
Se bendice por un sacerdote, y
se utiliza en un ambiente de oración, con humildad y fe. Puede aplicarse en la
frente, en las manos, en una parte del cuerpo que sufre, o utilizarse para
bendecir un objeto, una puerta, una cama, invocando la intercesión de San José.
Se utiliza especialmente para:
- acompañar la oración de
curación,
- aliviar un sufrimiento
físico o moral,
- proteger un lugar o una
persona,
- confiar una intención
difícil a San José.
¿Cómo utilizarlo?
No hay un ritual rígido ni
establecido, pero aquí tienes una forma sencilla y respetuosa, por ejemplo, en
la Parroquia “Santiago Apóstol” de Casarrubuelos, Madrid, al término de la
Santa Misa Votiva de San José, el día 19 de cada mes, el sacerdote lo impone en
forma de cruz sobre la frente de quien quiera recibirlo.
Al imponerlo se dicen estas
palabras: “San José, padre, protector y guardián, ruega por este hijo
tuyo para que sea fortalecido en la fe y sanado en lo que te pide”.
Una fe encarnada
En nuestro mundo moderno, este
óleo nos recuerda que la fe cristiana llega a través de gestos concretos:
tocar, bendecir, encomendar. Nos ayuda a expresar con el cuerpo lo que cree el
alma, y a experimentar una cercanía sensible a los santos.
Nos invita a rezar a San José
no como una figura lejana, sino como un padre, un protector, un fiel
intercesor.
Oración
San
José,
tú que
velaste con amor por Jesús y María,
tú que
sanaste tantos corazones por tu intercesión,
acompáñame
en mis pruebas,
y haz
descender sobre mí la paz de Dios.
Que
este óleo bendito sea el signo de mi confianza,
y que
a través de él, el Señor sane, consuele y fortalezca.
San
José, ruega por nosotros.
Amén.





















