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lunes, 29 de junio de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: No prevalecerán

 

Solemnidad de san Pedro y san Pablo, apóstoles

Evangelio de san Mateo 16,13-19

Nuestro pensamiento en este día gira en torno a la persona de Pedro, el Vicario de Cristo, Jefe de la comunidad de los doce Apóstoles, y Jefe, por lo tanto, de toda la Iglesia. Por eso, invariablemente, cuando se nombra a Pedro, de inmediato lo relacionamos con Cristo, y recordamos aquellas palabras que el Hijo de Dios le dijera: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mat. 16,18).

Pedro, por consiguiente, es la base, el cimiento, la piedra sin la cual no podría subsistir la Iglesia edificada por Cristo.

Conviene entender bien esto, máxime en estos momentos en que no pocos quisieran sustituir el fundamento puesto por el mismo Cristo.

Cuando un arquitecto construye una iglesia, una catedral, un santuario, o cualquier edificio importante, tiene buen cuidado de colocar sólidos cimientos. Cuanto más grande y alto el edificio, tanto más hondos y seguros deben ser los cimientos. Una vez concluida la obra el arquitecto se va tranquilo porque ha puesto una buena base. El cimiento se queda; debe quedarse, no puede irse, no puede faltar. De lo contrario, la edificación se vendría abajo.

Cristo es el arquitecto. Ha construido su Iglesia sobre Pedro. Pero no sobre Pedro por ser tal o cual persona, sino sobre Pedro en cuanto debe desempeñar un determinado oficio, el oficio que le confía el mismo Cristo: “Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que atares en la tierra será atado en los Cielos, y lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mat. 16,19).

En la solemnidad de la Ultima Cena, en esos momentos tan grandes y de tanta intimidad de Cristo con sus Apóstoles, Jesús le dice a Pedro, en presencia de los demás: “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder zarandearte como trigo. Pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Luc. 22, 31-32). En mi reciente visita al Papa he comprobado plenamente esto.

Después de su Resurrección, exigida la triple confesión de Pedro, Jesús al conferirle el Primado, en presencia de los demás, por tres veces le encarga “apacentar” a los corderos y a las ovejas (Juan 21, 15-17).

El pleno poder -“toda potestad en el cielo y en la tierra”- que tiene Cristo, se lo confiere, se lo traspasa a Pedro. Por tanto, Pedro actuará en lugar, en nombre y con la suprema autoridad de Cristo. Pedro es “Vicario de Cristo” y no de la Iglesia. Es Cristo quien le da los poderes y no la comunidad eclesial.

“La concepción de la Iglesia como una comunión fraterna de iguales, está en radical oposición con la visión católica; y el que lo acepte, consciente de lo que tal concepción significa, se pone fuera de la comunión católica” (Civiltà Cattolica*, 29 de junio de 1973).

Cristo promete la indefectibilidad y la indestructibilidad de la Iglesia por El fundada. Es contra esa Iglesia “contra la que no prevalecerán las puertas del infierno”.

Con certeza absoluta la Iglesia podrá predecir siempre la triste suerte de sus adversarios, contra los que debe luchar siempre. Así como ha visto descender a la tumba tantos sistemas, errores, herejías, la Iglesia asistirá también a los funerales de los totalitarismos presentes del signo que fueren. “Las puertas del infierno no prevalecerán”.

Lo importante para nosotros, los católicos, es tener la madurez suficiente para ser fieles a la Iglesia de Cristo, con nuestra total adhesión al papa. Es necesario saber desconfiar prudentemente de tanto infantilismo ideológico, como si Cristo hubiera sido un “ideólogo”. Desconfiar de tanta soberbia “intelectualoide” que usurpa un título que no le corresponde, ni por ciencia ni por teología. Nuestra fidelidad al Papa, al auténtico Magisterio de la Iglesia, es la única garantía de sabernos en la libertad de los hijos de Dios y en la genuina verdad que nos hace verdaderamente libres.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.75-77)




* La Civiltà Cattolica (La Civilización Católica) es una revista católica italiana fundada en 1850. La revista fue fundada en Nápoles por un grupo de jesuitas, quienes querían defender la «civilización católica» (civiltà cattolica) de las amenazas de aquellos que percibían como enemigos de la Iglesia, liberales y francmasones, en el contexto de la Unificación de Italia. Fue durante décadas una de las revistas católicas más influyentes de todo el mundo, hoy sigue siendo la revista cultural internacional de la Compañía de Jesús.

martes, 20 de enero de 2026

HOMILÍAS (audios): Vida de San Sebastián, mártir




Homilía pronunciada el martes 20 de enero de 2026 por el Padre José Antonio Medina Pellegrini en la Santa Misa de la Fiesta de San Sebastián, en la Parroquia "Santiago Apóstol", de Casarrubuelos, Madrid, España.







La imagen que ilustra esta publicación se venera en el Templo Parroquial de "Santiago Apóstol" de Casarrubuelos, Madrid.








domingo, 9 de noviembre de 2025

SANTORAL: Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

 

Dedicar o consagrar un lugar a Dios es un rito que forma parte de todas las religiones. Es "reservar" un lugar a Dios, reconociéndole gloria y honor. Cuando el emperador Constantino dio plena libertad a los cristianos -en el año 313-, éstos no escatimaron en la construcción de lugares para el Señor. El propio emperador donó al Papa Melquiades los terrenos para la edificación de una domus ecclesia cerca del monte Celio. La Basílica fue consagrada en el 324 ( o 318 ) por el Papa Silvestre I, que la dedicó al Santísimo Salvador. En el s. IX, el Papa Sergio III la dedicó también a San Juan Bautista; y en el s. XII, Lucio II añadió también a San Juan Evangelista. De ahí el nombre de Basílica Papal del Santísimo Salvador y de los Santos Juan Bautista y Evangelista en Letrán. Es considerada como la madre y la cabeza de todas las iglesias de Roma y del mundo: es la primera de las cuatro Basílicas papales mayores y la más antigua de occidente. En ella se encuentra la cátedra del Papa, pues es la sede del Obispo de Roma. A lo largo de los siglos, la basílica pasó a través de numerosas destrucciones, restauraciones y reformas. Benedicto XIII la volvió a consagrar en 1724; fue en esta ocasión cuando se estableció y extendió a toda la cristiandad la fiesta que hoy celebramos.

Del Evangelio según San Juan

“Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado».

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.

Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?».

Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar».

Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».

Pero Él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que Él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado” (Jn 2,13-22).

Lugar de encuentro

Las lecturas bíblicas elegidas para este día desarrollan el tema del "templo". En el Antiguo Testamento (Primera Lectura, Ez 47), el profeta Ezequiel, desde su exilio en Babilonia (estamos en torno al 592 a.C.), trata de ayudar al pueblo a salir de su desánimo por no tener ya tierra ni lugar para orar. Surge así el mensaje -la Primera Lectura- en el que el profeta anuncia el día en que el pueblo adorará a su Dios en el nuevo templo. Un lugar donde el hombre eleva su oración a Dios y donde Dios se acerca al hombre escuchando su oración y socorriéndolo allí donde suplica: un lugar de encuentro. De este modo, el templo asume el papel de Casa de Dios y Casa del pueblo de Dios. Un lugar donde se practica la justicia, la única capaz de curar al pueblo. De este templo, el profeta ve brotar agua: "Y vi que salía agua por debajo del umbral de la Casa". Un agua que es don y que traerá vida, bendición.

¡Fuera de aquí!

Todo judío varón estaba obligado a subir a Jerusalén para ofrecer el cordero de la Pascua; tres semanas antes comenzaba la venta de animales aptos para la ofrenda (las palomas eran el sacrificio de los pobres, Lv 5,7). Los cambistas tenían la tarea de cambiar las monedas romanas por monedas acuñadas en Tiro. No era esta una cuestión de ortodoxia religiosa, aunque se hiciera pasar por tal. Al fin y al cabo, también las monedas de Tiro tenían una imagen pagana, pero contenían más plata, por lo que valían más. Los sacerdotes del templo supervisaban este "comercio" y siempre obtenían un beneficio en el cambio.

Este es el entorno que Jesús encontró en el Templo, precisamente en el Hieron, es decir, en el patio exterior del Templo, el Patio de los Gentiles. El Templo propiamente dicho es el Naos, el santuario, que se mencionará en los v. 19-21. "Hizo un látigo de cuerdas... y los expulsó del Templo": con el látigo Jesús azota este "comercio" presente en el Templo. Derriba los puestos de los vendedores y los expulsa a todos (cfr. Ex 32, el becerro de oro).

«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado». Son palabras y acciones que remiten al profeta Zacarías, que anunció lo que sucederá cuando el Señor venga a la ciudad de Jerusalén: "Y aquel día, ya no habrá más traficantes en la Casa del Señor de los ejércitos" (Zc 14,21).

“«¿Qué signo nos das para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar»”. Los sacerdotes del templo le preguntan a Jesús con qué autoridad actúa, y Él responde invitándoles a destruir el templo, porque Él lo hará resurgir. La respuesta de Jesús se refiere no a todo el edificio del templo, sino al "santuario" propiamente dicho, allí donde estaba la presencia de Dios: "Él hablaba del templo de su cuerpo". Con la Pascua de Jesús -con su cuerpo destruido y resucitado- comienza el nuevo culto, el culto del amor, en el nuevo templo (naos) que es Él mismo. La resurrección será el acontecimiento clave que hará que los discípulos sean finalmente capaces de comprender; el Espíritu Santo (Jn 14:26) les hará recordar los acontecimientos y verlos de una manera nueva.

Jesús, el nuevo templo

La fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán nos permite recordar el camino del pueblo y el cuidado constante y fiel de Dios. Al mismo tiempo, se nos recuerda que hoy cada uno de nosotros, en Jesús resucitado, es "templo de Dios", porque el Espíritu mismo habita en cada uno de nosotros (1 Cor 3,16). Ser conscientes de ello nos lleva, por un lado, a alabar al Señor; pero, por otro lado, nos lleva a decir, a veces de forma desproporcionada: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa..." (Mt 8,8), olvidando que Él ya está en nosotros, y que nos acoge y nos ama no por cómo quisiéramos ser, sino por cómo somos, aquí, ahora. Son las cosas con las que nos distraemos en nuestro interior las que hacen borroso el Rostro del Señor. Cuando aprendamos a mantener nuestra mirada fija en Jesús, Autor y perfeccionador de nuestra fe, de nuestra amistad con Él (cfr. Hb 12,1-4), nuestro rostro brillará con la luz que brota de un corazón "unificado". El equilibrio requerido no es el trabajo de un momento, sino el resultado de toda una vida, de un continuo reentrar en nosotros mismos dirigiéndonos directamente al “aposento del Rey" (cfr. Castillo interior, Santa Teresa de Jesús).


domingo, 2 de noviembre de 2025

INTIMIDAD DIVINA – Santoral: Conmemoración de todos los fieles difuntos

 
«Señor, los que son fieles permanecerán junto a ti en el amor» (Sb 3, 9).

Ayer la Iglesia peregrina en la tierra celebraba la gloria de la Iglesia celestial invocando la intercesión de los Santos y hoy se reúne en ración para hacer sufragios por sus hijos que, «ya difuntos, se purifican» (LG 49). Mientras dure el tiempo, la Iglesia constará de tres estados: los bienaventurados que gozan ya de la visión de Dios, los difuntos necesitados de purificación todavía no admitidos a ella, y los viadores que soportan las pruebas de la vida presente. Entre unos y otros hay una separación profunda, que, no obstante, no impide su unión espiritual, «pues todos los que son de Cristo... constituyen una misma Iglesia y mutuamente se unen en él.

La unión de los viadores con los hermanos que se durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe, antes bien... se robustece con la comunicación de bienes espirituales» (ib). ¿Qué bienes son estos? Los santos interceden por los hermanos que combaten aquí abajo y los estimulan con su ejemplo; y éstos oran para apresurar la gloria eterna a los hermanos difuntos que aguardan ser introducidos en ella. Es la comunión de los santos en función: santos del cielo, del purgatorio o de la tierra, pero todos santos, aunque en grado muy diferente, por la gracia de Cristo que los vivifica y en la que todos están unidos.

A la luz de esta consoladora realidad, la muerte no aparece más como la destrucción del hombre, sino como tránsito y a un nacimiento a la vida verdadera, la vida eterna. «Sabemos -escribe San Pablo- que si esta tienda, que es nuestra habitación terrestre, se desmorona, tenemos una casa que es de Dios, una habitación eterna... que está en los cielos» (2 Cr 5, 1; 2.ª lectura, 2.ª Misa). Viadores en la tierra, difuntos en el purgatorio y bienaventurados en el cielo, estamos todos en camino hacia la resurrección final, que nos hará plenamente participantes del misterio pascual de Cristo. Y mientras lo somos en parte, oremos unos por otros y, sobre todo, ofrezcamos sufragios por nuestros muertos, porque «es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos para que sean liberados del pecado» (2 Mac 12, 46; 1.ª lectura, 3.ª Misa).

La Liturgia del día pone el acento sobre la fe y la esperanza en la vida eterna, sólidamente fundadas en la Revelación. Es significativo el trozo del libro de la Sabiduría (1.ª lectura, 1.ª Misa: Sb 3, 1-6. 9): «Las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno. Creyeron los insensatos que habían muerto; tuvieron por quebranto su salida de este mundo, y su partida de entre nosotros por completa destrucción; pero ellos están en la paz» (ib 1-3). Para quien ha creído en Dios y le ha servido, la muerte no es un salto en la nada, sino en los brazos de Dios: es el encuentro personal con él, para «permanecer junto a él en el amor» (ib 9) y en la alegría de su amistad. El cristiano auténtico no teme, por eso, la muerte, antes, considerando que mientras vivimos aquí abajo «vivimos lejos del Señor», repite con San Pablo: «Preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor» (2 Cr 5, 6.8; 2.ª lectura, 2.ª Misa). No se trata de exaltar la muerte, sino de verla como realmente es en el plan de Dios: el natalicio para la vida eterna.

Esta visión serena y optimista de la muerte se basa sobre la fe en Cristo y sobre la pertenencia a él: «ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite el último día» (Jn 6, 39; Evangelio, 2.ª Misa). Todos los hombres han sido dados a Cristo, y él los ha pagado al precio de su sangre. Si aceptan su pertenencia a él y la viven con la fe y con las obras según el Evangelio, pueden estar seguros de que serán contados entre los «suyos» y, como a tales, nadie podrá arrancarlos de su mano, ni siquiera la muerte. «Ya vivamos, ya muramos, del Señor somos» (Rm 14, 8; 2.ª lectura, 1.ª Misa). Somos del Señor porque nos ha redimido e incorporado a sí, porque vivimos en él y para él mediante la gracia y el amor; si somos suyos en vida, lo continuaremos siendo en la muerte.

Cristo, Señor de nuestra vida, vendrá a ser el Señor de nuestra muerte, que él absorberá en la suya transformándola en vida eterna. Así se verifica para los creyentes la plegaria sacerdotal de Jesús: «Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que tú me has dado, para que contemplen mi gloria» (Jn 17, 24; Evangelio, 3.ª Misa). A esta oración de Cristo corresponde la de la Iglesia, que implora esa gracia para todos sus hijos difuntos: «Concede, Señor, que nuestros hermanos difuntos entren en la gloria con tu Hijo, el cual nos une a todos en el gran misterio de tu amor» (Sobre las ofrendas, 1.ª Misa).

 

Señor y Dios, no se puede desear para los otros más de lo que se desea para sí mismo. Por eso te suplico: no me separes después de la muerte de aquellos que he amado tan tiernamente en la tierra. Haz, Señor, te lo suplico, que donde esté yo se encuentren los otros conmigo, para que allá arriba pueda gozarme de su presencia dado que en la tierra me vi tan presto privado de ellos.

Te imploro, Dios soberano, acojas pronto a estos hijos amados en el seno de la vida. En lugar de su vida terrena tan breve, concédeles poseer la felicidad eterna. (San Ambrosio, De obitu Valentiniani, 81).

Oh Señor y Creador del universo y especialmente del hombre, creado a tu imagen; Dios de los hombres, Padre, Señor de la vida y de la muerte; tú conservas y colmas de beneficios nuestras almas; tú los acabas y transformas todo con la obra de tu Verbo, en la hora establecida y según la disposición de tu sabiduría; acoge hoy a nuestros hermanos difuntos como a las primicias de nuestra peregrinación...

Ojalá nos acojas también a nosotros, en el momento que te plazca, después de habernos guiado y mantenido en la carne, el tiempo que te parezca útil y saludable. Ojalá nos acojas preparados por tu temor, sin turbación y sin vacilación, en el último día. Haz que no dejemos con pena las cosas de la tierra, como acaece a los que están demasiado asidos al mundo y a le carne; haz que nos dirijamos resueltos y felices hacia la vida perene y bienaventurada, que se halla en Cristo Jesús, Señor nuestro, de quien es la gloria por los siglos de los siglos. Amén. (San Gregorio Nacianceno, Oración por el hermano Cesáreo, 24).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

sábado, 1 de noviembre de 2025

INTIMIDAD DIVINA – Santoral: Solemnidad de todos los santos

 

«Estos son los que buscan al Señor» (Salmo resp.).

«Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos. Los ángeles se alegran de esta solemnidad y alaban a una al Hijo de Dios» (Entrada). La Liturgia de la Iglesia peregrina se une hoy a la de la Iglesia celestial para celebrar a Cristo Señor, fuente de la santidad y de la gloria de los elegidos, «muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas» (ib 9). Todos están «marcados en la frente» y «vestidos con vestiduras blancas», lavadas «en la sangre del Cordero» (ib 3, 9.14). Marca y vestidos son símbolos del bautismo que imprime en el hombre el carácter inconfundible de la pertenencia a Cristo y que, purificándolo del pecado, lo reviste de pureza y de gracia en virtud de su sangre. Pues la santidad no es otra cosa que la maduración plena de la gracia bautismal, y así es posible en todos los bautizados.

Los Santos que festeja hoy la Iglesia no son sólo los reconocidos oficialmente por la canonización, sino también aquellos otros muchos más numerosos y desconocidos que han sabido, «con la ayuda de Dios, conservar y perfeccionar en su vida la santificación que recibieron» (LG 40). Santidad oculta, vivida en las circunstancias ordinarias de la vida, sin brillo aparente, sin gestos que atraigan la atención, pero real y preciosa. Mas hay una característica común a todos los elegidos: «Estos son -dice el sagrado texto- los que vienen de la gran tribulación» (Ap 7, 14). «Gran tribulación» es la lucha sostenida por la defensa de la fe, son las persecuciones y el martirio sufridos por Cristo, y lo son también las cruces y los trabajos de la vida cotidiana.

Los Santos llegaron a la gloria sólo a través de la tribulación, la cual completó la purificación comenzada en el bautismo y los asoció a la pasión de Cristo para asociarlos luego a su gloria. Llegados a la bienaventuranza eterna, los elegidos no cesan de dar gracias a Dios por ello y cantan «con voz potente»: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero» (ib 10). Y responde en el cielo el «Amén» eterno de los ángeles postrados delante del trono del Altísimo (ib 11-12); y debe responder en la tierra el «Amén» de todo el Pueblo de Dios que camina hacia la patria celestial esforzándose en emular la santidad de los elegidos. «Amén», así es, por la gracia de Cristo que abre a todos el camino de la santidad.

La segunda lectura (1 Jn 3, 1-3) reasume y completa el tema de la primera lectura poniendo en evidencia el amor de Dios que ha hecho al hombre hijo suyo y la dignidad del mismo hombre que es realmente hijo de Dios. «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (ib 1). Don que no se reserva para la vida eterna, sino que se otorga ya en la vida presente, realidad profunda que transforma interiormente al hombre haciéndolo partícipe de la vida divina. Con todo, aquí en la tierra es una realidad que permanece velada; se manifestará plenamente en la gloria; entonces «seremos semejantes a Dios, porque le veremos tal cual es» (ib 2). La gloria que contempla hoy la Iglesia en los Santos es precisamente la que se deriva de la visión de Dios, por la cual están revestidos y penetrados de su resplandor infinito.

En el Evangelio (Mt 5, 1-12a) Jesús mismo ilustra el tema de la santidad y de la bienaventuranza eterna mostrando el camino que conduce a ella. Punto de partida son las condiciones concretas de la vida humana donde el sufrimiento no es un incidente fortuito, sino una realidad conexa a su estructuró. Jesús no vino a anularlo, sino a redimirlo, haciendo de él un medio de salvación y de bienaventuranza eterna. La pobreza, las aflicciones, las injusticias, las persecuciones aceptadas con corazón humilde y sumiso a la voluntad de Dios, con serenidad nacida de la fe en él y con el deseo de participar en la pasión de Cristo, no envilecen al hombre, antes lo ennoblecen; lo purifican, lo hacen semejante al Salvador doliente y, por ende, digno de tener parte en su gloria.

«Bienaventurados los pobres..., bienaventurados los que lloran..., bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia..., bienaventurados los perseguidos..., porque de ellos es el Reino de los Cielos» (ib 3 4.6.10). También las otras cuatro bienaventuranzas, aunque no digan relación directa al sufrimiento, exigen un gran espíritu de sacrificio. Pues no se puede ser manso, misericordioso, puro de corazón o pacífico sin luchar contra las propias pasiones y sin vencerse a sí mismo para aceptar serenamente situaciones difíciles y sembrar doquiera amor y paz.

El itinerario de las bienaventuranzas es el recorrido por los santos; pero de modo especialísimo es el recorrido por Jesús que quiso tomar sobre sí las miserias y sufrimientos humanos para enseñar al hombre a santificarlos. En él pobre, doliente, manso, misericordioso, pacífico, perseguido y por este camino llegado a la gloria, encuentra el cristiano la realización más perfecta de las bienaventuranzas evangélicas.

 

¡Oh almas que ya gozáis sin temor de vuestro gozo y estáis siempre embebidas en alabanzas de mi Dios! Venturosa fue vuestra, suerte. Qué gran razón tenéis de ocuparos siempre en estas alabanzas y qué envidia os tiene mi alma, que estáis ya libres del dolor que dan las ofensas tan graves que en estos desventurados tiempos se hacen a mi Dios, y de ver tanto desagradecimiento, y de ver que no se quiere ver esta multitud de almas que lleva Satanás.

¡Oh bienaventuradas almas celestiales! Ayudad a nuestra miseria y sednos intercesores ante la divina misericordia, para que nos dé algo de vuestro gozo y reparta con nosotras de ese clero conocimiento que tenéis.

Dadnos, Dios mío, Vos a entender qué es lo que se da a los que pelean varonilmente en este sueño de esta miserable vida. Alcanzadnos, oh ánimas amadoras, a entender el gozo que os da ver la eternidad de vuestros gozos, y cómo es cosa tan deleitosa ver cierto que no se han de acabar...

¡Oh ánimas bienaventuradas, que tan bien os supisteis aprovechar, y comprar heredad tan deleitosa y permaneciente con este precioso precio!, decidnos: ¿cómo granjeabais con él bien tan sin fin? Ayudadnos, pues estáis tan cerca de la fuente; coged agua para los que acá perecemos de sed. (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 13, 1-2. 4).

Soy la más pequeña de las criaturas. Conozco mi miseria y mi debilidad. Pero sé también cuánto gustan los corazones nobles y generosos de hacer el bien. Os suplico, pues, ¡oh bienaventurados moradores del cielo!, os suplico que me adoptéis por hija. Para vosotros solos será la gloria que me hagáis adquirir; pero dignaos escuchar mi súplica. Es temeraria, lo sé, sin embargo, me atrevo a pediros que me alcancéis vuestro doble amor. (Santa Teresa del Niño Jesús, MB XI, 16).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.


domingo, 29 de junio de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Santoral: Santos Pedro y Pablo

 

«El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo» (2 Tm 4, 18).

1. - «Estos son los que mientras estuvieron en la tierra con sangre plantaron la Iglesia: bebieron el cáliz y lograron ser amigos de Dios» (Antífona de Entrada). La Iglesia une en una sola celebración a Pedro jefe de la Iglesia y a Pablo el Apóstol de las gentes. Uno y otro son el fundamento vivo de la Iglesia plantada con las fatigas de su predicación incesante y fecundada, por fin, con su martirio. Este es el primer aspecto iluminado por las lecturas del día. La primera (Hc 12, 1-11) recuerda uno de los encarcelamientos de Pedro, que tuvo lugar por orden de la autoridad política, que -como en el proceso de Jesús- lo hizo porque «esto agradaba a los judíos» (ib 3). De este modo Pedro corre la misma suerte que Jesús. No puede ser de otra manera, porque «no está el discípulo por encima de su maestro» (Mt 10, 24) y ya había avisado el Maestro: «si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15, 20). Mas a Pedro no le ha llegado todavía la hora suprema y así, mientras «la Iglesia oraba a Dios insistentemente por él» (Hc 12, 5), un ángel del Señor se le presentó para librarlo.

También Pablo es presentado hoy entre cadenas (2 Tm 4, 6-8. 17-18), pero la suya es la prisión definitiva que terminará con el suplicio. El Apóstol es consciente de su situación, con todo sus palabras no revelan amargura, sino la serena satisfacción de haber gastado su vida por el Evangelio: «Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida» (ib 6-8).

Los dos Apóstoles en cadenas atestiguan que sólo es verdadero discípulo de Cristo el que sabe afrontar por él las tribulaciones y persecuciones, y hasta el mismo martirio. Al mismo tiempo las vicisitudes de cada uno demuestran que Cristo no abandona a sus apóstoles perseguidos: interviene en su ayuda para salvarlos de los peligros -como cuando Pedro fue librado de la cárcel- o para sostenerlos en sus dificultades, como declara Pablo: «El Señor me ayudó y me dio fuerzas... El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo» (ib 17.18). Para el discípulo que, como Pablo, desea unirse a Cristo, el mismo martirio es una liberación; más aún, es la liberación definitiva que a través de la muerte le introduce en la gloria de su Señor.

2.- El Evangelio (Mt 16, 13-20) recuerda el episodio de Cesárea, cuando Simón Pedro, a la pregunta del Maestro, hace su magnífica profesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (ib 16). Jesús le responde congratulándose con él por la luz divina que le ha permitido penetrar su misterio de Hijo de Dios y Salvador de los hombres; y como reflejándose en el discípulo que le ha reconocido, lo hace partícipe de sus características y poderes. Cristo, piedra angular de la Iglesia (Hc 4, 11), se asocia al Apóstol como fundamental de la misma: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18). El, que ha recibido del Padre «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18), lo transmite a Pedro: «Te daré las llaves del Reino de los Cielos», y le confiere la potestad suprema de atar y desatar (Mt 16, 19). Pedro no comprende enseguida el alcance de esa investidura que lo liga estrechamente a Cristo; lo irá comprendiendo progresivamente por la continua intimidad con el Maestro y la experiencia dolorosa de su propia fragilidad. Cuando Jesús lo rechace por su protesta frente al anuncio de la Pasión, o cuando una sola mirada suya le haga descubrir toda la vileza de su negación, Pedro intuirá que el secreto de su victoria estará sólo en la plena comunión con Cristo, animada de una absoluta confianza en él y vivida en la semejanza con su cruz. Entonces estará preparado a escuchar: «Apacienta mis corderos..., apacienta, mis ovejas» (Jn 21, 15-16).

Constituido ya pastor del rebaño del Señor, Pedro mismo instruirá a los creyentes sobre sus relaciones con Cristo y sobre su puesto en la Iglesia: «Acercándoos a él, piedra viva..., también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual» (1 Pe 2, 4-5). Como las prerrogativas de Pedro continúan siendo las del Papa, así las prerrogativas de los primeros cristianos deben ser las de los fieles de todos los tiempos. Unidos a Cristo, «piedra viva», y a su Vicario, «piedra fundamental», también ellos son «piedras vivas» destinadas a edificar y sostener la Iglesia. Y esto mediante la oración particular por el Papa -a imitación de la primera comunidad cristiana que oraba por Pedro encadenado-, y mediante el ofrecimiento «de sacrificios espirituales» concretados en una fidelidad plena al Evangelio, a la Iglesia y al Vicario de Cristo, a pesar de las dificultades y persecuciones, confiando en el que dijo: «Las puertas del infierno no prevalecerán» (Mt 16, 18).

 

¿Qué gracias os daremos, oh bienaventurados apóstoles, por tantas fatigas como por nosotros habéis soportado? Me acuerdo de ti, oh Pedro, y quedo atónito; me acuerdo de ti, oh Pablo, y... me deshago en lágrimas. No sé qué decir, ni sé proferir palabra contemplando vuestros sufrimientos. ¡Cuántas prisiones habéis santificado, cuántas cadenas honrado, cuántos tormentos sostenido, cuántas maldiciones tolerado! ¡Qué lejos habéis llevado a Cristo! ¡Cómo habéis alegrado las iglesias con vuestra predicación! Vuestras lenguas son instrumentos benditos; vuestros miembros se cubrieron de sangre por la Iglesia. ¡Habéis imitado a Cristo en todo!...

Gózate, Pedro, que se te concedió gustar el, leño de la cruz de Cristo. Y a semejanza del Maestro quisiste morir crucificado, pero no erecto como Cristo Señor, sino cabeza abajo, como emprendiendo el camino de la tierra al cielo. Dichosos los clavos que atravesaron miembros tan santos. Tú con toda confianza encomendaste tu alma a las manos del Señor, tú que le serviste asiduamente a él y a la Iglesia su esposa, tú que, fidelísimo entre todos los apóstoles, amaste al Señor con todo el ardor de tu espíritu.

Gózate también tú, oh bienaventurado Pablo, cuya cabeza segó la espada y cuyas virtudes no se pueden explicar con palabras. ¿Qué espada pudo atravesar tu santa garganta, ese instrumento del Señor, admirado del cielo y de la tierra?... Esa espada sea para mí como una corona, y los clavos de Pedro como joyas engastadas en una diadema. (San Juan Crisóstomo, Sermón de Metafraste, MG 59, 494).

¡Oh suma e inefable Deidad! He pecado y no soy digna de rogarte a ti, pero tú eres potente para hacerme digna de ello. Castiga, Señor mío, mis pecados y no te fijes en mis miserias. Un cuerpo tengo y éste te doy y ofrezco; he aquí mi carne, he aquí mi sangre... Si es tu voluntad, tritura mis huesos y mis tuétanos por tu Vicario en la tierra, único esposo de tu Esposa, por el cual te ruego te dignes escucharme... Dale un corazón nuevo, que crezca continuamente en gracia, fuerte para levantar el pendón de la santísima cruz, a fin de que los infieles puedan participar, como nosotros, del fruto de la Pasión, la sangre de tu unigénito Hijo, Cordero inmaculado. (Santa Catalina de Siena, Elevaciones, I).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.


miércoles, 19 de marzo de 2025

INTIMIDAD DIVINA – Santoral: San José

 

«Este es el administrador fiel y solícito a quien el Señor ha puesto al frente de su servidumbre» (Entrada).

La Liturgia de hoy en honor de San José pone de relieve las características de este hombre humilde y silencioso que ocupó un puesto de primer plano en la inserción del Hijo de Dios en la historia. Descendiente de David -«hijo de David», como dice el Evangelio (Mt 1, 20)- emparenta a Cristo con la estirpe de la que Israel esperaba al Mesías. Por medio del humilde carpintero de Nazaret se realiza así la profecía hecha a David: «Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre» (2 Sm 7, 16; 1.a lectura) José no es el padre natural de Jesús porque no le ha dado la vida, pero es el padre virginal que por mandato divino cumple, para con él, una misión legal: le da un nombre, lo inserta en su linaje, lo tutela y provee a su sustento. Esta relación tan íntima con Jesús le viene de su desposorio con María.

José es el, hombre «justo» (Mt 1, 19) al que ha sido confiada la misión de esposo virgen de la más excelsa entre las criaturas y de padre virginal del Hijo del Altísimo. Es «justo» en el sentido pleno del vocablo, que indica virtud perfecta y santidad. Una justicia, pues, que penetra todo su ser mediante una total pureza de corazón y de vida y una total adhesión a Dios y a su voluntad. Todo esto en un cuadro de vida humilde y escondida como ninguna, pero resplandeciente de fe y amor. «El justo vivirá de la fe» (Rm 1, 17); y José, el «justo» por excelencia, vivió en grado máximo de esta virtud. Muy oportunamente la segunda lectura (Rm 4, 13.1618. 22) habla de la fe de Abrahán presentándola como tipo y figura de la de José.

Abrahán «creyó contra toda esperanza» (ib 18) que llegaría a ser padre de una gran descendencia y continuó creyéndolo aun cuando, por obedecer a una orden divina, estaba para sacrificar a su hijo único. José frente al misterio desconcertante de la maternidad de María creyó en la palabra del ángel: «la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Mt 1, 20), y cortando toda vacilación obedeció a su mandato: «no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer» (ib). Con más fe que Abrahán, hubo de creer en lo que es humanamente inimaginable: la maternidad de una virgen y la encarnación del Hijo de Dios. Por su fe y obediencia mereció que estos misterios se cumpliesen bajo su techo.

Toda la vida de José fue un acto continuado de fe y de obediencia en las circunstancias más oscuras y humanamente difíciles. Poco después del nacimiento de Jesús se le dice: «Levántate, toma al Niño y a su madre y huye a Egipto» (Mt 2, 13); más tarde el ángel del Señor le ordena: «Ve a la tierra de Israel» (ib 20). Inmediatamente -de noche- José obedece. No demora, no pide explicaciones ni opone dificultades. Es a la letra «el administrador fiel y solícito a quien el Señor ha puesto al frente de su familia» (Lc 12, 42), totalmente disponible a la voluntad de Dios, atento al menor gesto suyo y presto a su servicio. Una entrega semejante es prueba de un amor perfecto; José ama a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas.

Su posición de jefe de la sagrada familia le hace entrar en una intimidad singular con Dios cuyas veces hace, cuyas órdenes ejecuta y cuya voluntad interpreta; con María, cuyo esposo es; con el Hijo de Dios hecho hombre, a quien ve crecer bajo sus ojos y sustenta con su trabajo. Desde el momento en que el ángel le revela el secreto de la maternidad de María, José vive en la órbita del misterio de la encarnación; es su espectador, custodio, adorador y servidor. Su existencia se consume en estas relaciones, en un clima de comunión con Jesús y María y de oración silenciosa y adoradora. Nada tiene y nada busca para sí: Jesús le llama padre, pero José sabe en que no es su hijo, y Jesús mismo lo confirmará: «¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 49).

María es su esposa, pero José sabe que ella pertenece exclusivamente a Dios y la guarda para él, facilitándole la misión de madre del Hijo de Dios. Y luego, cuando su obra ya no es necesaria, desaparece silenciosamente. Sin embargo, José ocupa todavía en la Iglesia un lugar importante, pues continúa para con la entera familia de los creyentes su obra de custodio silencioso y providente, comenzada con la pequeña familia de Nazaret. Así la Iglesia lo venera e invoca como su protector y así lo contemplan los creyentes mientras se esfuerza en imitar sus virtudes. En los momentos oscuros de la vida, el ejemplo de San José es para todos un estímulo a la fe inquebrantable, a la aceptación sin reservas de la voluntad de Dios y al Servicio generoso.


Anuncia, oh José..., los prodigios divinos que tus ojos han contemplado: tú has visto al Infante reposar en el seno de la Virgen; lo has adorado con los Magos; has cantado gloria a Dios con los pastores según la palabra del Ángel: ruega a Cristo Dios para que nuestras almas sean salvas...

Tu alma fue obediente al divino mandato; colmado de pureza sin par, oh dichoso José, mereciste recibir por esposa a la que es pura e inmaculada entre todas las mujeres; tú fuiste el custodio de esa Virgen, cuando mereció convertirse en tabernáculo del Creador...

Tú llevaste, de la ciudad de David a Egipto, a la Virgen pura, como a nube misteriosa que lleva escondido en su seno el Sol de justicia... Oh José, ministro del incomprensible misterio.

Tú asististe con acierto, oh José, al Dios hecho niño en la carne; le serviste como uno de sus ángeles; él te iluminó al punto, y tú acogiste sus rayos espirituales. ¡Oh dichoso! Te mostraste esplendente de tu luz en tu corazón y en tu alma. El que con una palabra formó el cielo, la tierra y el mar, se llamó hijo del carpintero, hijo tuyo, oh admirable José. Fuiste hecho padre del que no tiene principio y que te honró como a ministro de un misterio que excede toda inteligencia.

¡Qué preciosa fue tu muerte a los ojos del Señor, oh dichoso! Consagrado al Señor desde la infancia, fuiste el guardián sagrado de la Virgen bendita; y cantaste con ella el cántico: «Toda criatura bendiga al Señor y lo ensalce por los siglos. Amén». (Himno de la Iglesia griega, de Les plus beaux textes sur S. Joseph, p. 121-2).

Oh José, varón prudente, esplendente de bondad..., teniendo en tus brazos a Cristo, fuiste santificado. Santifica a los que ahora celebran tu memoria, oh justo, oh José santísimo, esposo de la Madre de Dios la toda santa... ¡Oh tú, feliz, pide sin cesar al Verbo libre de tentaciones a los que te veneran. Tú guardaste a la Inmaculada que conservó intacta su virginidad y en la cual el Verbo se hizo carne. Tú la guardaste después de la Natividad misteriosa. Junto con ella, oh José, portador de Dios, acuérdate de nosotros. (José el Himnógrafo, de Les plus beaux textes sur S. Joseph, p. 29-31).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.