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domingo, 23 de noviembre de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 34º Domingo del Tiempo Ordinario: Jesucristo, Rey del Universo

 

“Acuérdate, Señor de mí, en tu reino” (Lc 23, 42).

 

El año litúrgico se cierra con la solemnidad de Cristo Rey, celebración global de su misterio de grandeza y de amor infinito.

El argumento es introducido por la primera lectura (2 Sam 5, 1-3) con el recuerdo de la unción de David para rey y pastor de Israel, figura profética de Cristo, rey y pastor de todos los pueblos. Luego se desarrolla en la segunda lectura (Col 1, 12-20), donde san Pablo ensalza la realeza de Cristo y pasa revista a sus títulos más expresivos. Cristo es rey porque tiene la primacía absoluta delante de Dios y delante de los hombres, en el orden de la creación y de la redención. “El es imagen de Dios invisible” (ib 15), imagen perfecta y visible que revela al Padre: el que le ve a él, ve a su Padre (Jn 14, 9).

Es el “primogénito de toda criatura” (Col 1, 15): primero en el pensamiento y en el amor del Padre, primero por su dignidad infinita que lo antepone a todas las criaturas, primero porque “por medio de él…, por él y para él” (ib 16) han sido hechas todas las cosas, habiéndolas Dios llamado a la existencia por medio de él, que es su Palabra eterna. Toda la creación le pertenece; él es a la vez Rey que la rige y Sacerdote que la consagra y ofrece al Padre para su gloria. Pero como la creación ha sido contaminada por el pecado, Cristo que la ha redimido al precio de su sangre, es también Salvador de ella. Los hombres salvados por él constituyen el Reino, la Iglesia, de la que él es Cabeza, Esposo, Pastor y Señor.

Por otra parte, por su encarnación, es también hermano de los hombres y por su pasión y muerte es “el primogénito de entre los muertos” (ib 18), que un día resucitarán con él, “primicia” de los resucitados. En verdad Cristo “es el primero en todo” (ib) y en él el hombre lo encuentra todo: la vida, “la redención, el perdón de los pecados” (ib 14). Brota así de espontáneo el himno de reconocimiento a Dios Padre que en su Hijo ha querido crear y restaurar todas las cosas y dar a los hombres vida y salvación: “Demos gracias a Dios Padre, …que nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido” (ib 12-13).

Esta liberación y este traslado están documentados al vivo en el Evangelio de este domingo (Lc 23, 35-43) con el episodio conmovedor del buen ladrón. Jesús está en la cruz; sobre su cabeza cuelga, como escarnio y condena, el título de su realeza: “Este es el Rey de los Judíos” (ib 38). Los jefes y los soldados se burlan de él: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo” (ib 37). Hasta uno de los malhechores colgados al lado, le injuria; el otro, en cambio, movido de temor de Dios, le defiende: “Lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada”; y dirigiéndose a Jesús, dice: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (ib 41-42).

Es un ladrón, pero cree en Dios y le teme, se confiesa culpable y acepta el castigo de sus delitos. La fe le ilumina y, primero entre todos, reconoce la realeza de Jesús, escarnecida y rechazada por los sacerdotes y jefes del pueblo; y la reconoce no delante de Cristo glorioso, sino ante un Cristo humillado y moribundo en el patíbulo. Su fe es premiada: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso” (ib 43). Pide para el futuro y recibe en el presente, al punto “hoy”. No tendrá que esperar; Jesús ha expiado ya por él, le ha merecido la gracia del perdón; para cogerla ha sido suficiente el arrepentimiento acompañado de la fe. De este modo Cristo desde la cruz atrae a sí a los hombres; es el buen pastor que salva la oveja perdida, el padre que acoge al hijo pródigo, el Rey que establece su reino con el poder del amor y a precio de su sangre. El que cree y confía en él, podrá escuchar: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

 

“Gracias siempre y en todo lugar, a ti, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno: porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del Universo a tu Único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría, para que ofreciéndose a sí mismo, como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz consumara el misterio de la redención humana; y sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal: el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz” (Misal Romano, Prefacio de la Misa de Cristo Rey).

“¡Oh alma mía, tú eres un templo! ¡Dios mío, que sea ella tu reino! Soy y quiero ser tu súbdito; reina soberanamente en mí. Si alguna vez me he alejado de ti, si he tenido la desgracia de rebelarme contra ti, ha sido, Dios mío, porque no te conocía.

¡Oh bondad infinita!, tú no te cansas ni por mi pusilanimidad o por las rebeliones de mi naturaleza; no me pides otra cosa que una fe viva y una voluntad fiel, dirigida por la fe y movida por tu amor. Creo, Señor, quiero creer, sana mi incredulidad. Triunfa sobre mis resistencias. Tú no me subyugas, lo sé, sino para amarme. Someterme a ti equivale a dejarme amar de ti, a darte la libertad de realizar en mí, mal que me pese, mi felicidad. Dispón de mí, Señor; rompe los obstáculos que se oponen en mí al dominio y al triunfo de tu amor” (D. Mercier, escritos y discursos).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 


domingo, 16 de noviembre de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 33º Domingo del Tiempo Ordinario: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”

 

“El Señor regirá el orbe con justicia” (Salmo 97, 9).

Ya el domingo pasado la liturgia, tratando el tema de la resurrección de los muertos, orientaba el pensamiento a las realidades ultraterrenas. Hoy prosigue en la misma dirección y señala “el día del Señor, cuando, al fin de los tiempos, vuelva Cristo con gloria para juzgar a vivos y muertos”, como rezamos en el Credo. El profeta Malaquías (3, 19-20a, primera lectura) lo presenta con tintas fuertes: “Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir” (ib 19). Estas imágenes no son agradables a la mentalidad moderna, pero, con todo, expresan una gran verdad. Si en la vida presente triunfa el mal y los que se burlan de Dios tienen éxito y fortuna, vendrá el día en que Dios mismo pondrá cada cosa en su lugar según justicia.

“Entonces vosotros volveréis a distinguir entre el justo y el impío, entre quien sirve a Dios y quien no le sirve” (ib 18). Cada cual tendrá la suerte que se haya preparado con su conducta; así, mientras para los impíos el día del juicio será como un fuego devorador, para los justos será la manifestación de la gloria de Dios. “Yo seré indulgente con ellos -dice el Señor- como es indulgente un padre con el hijo que le sirve” (ib 17). Delicada expresión que revela la bondad paternal de Dios, el cual recompensa a los que le aman por encima de todo mérito. “Los iluminará un sol de justicia” (ib 20), Cristo el Señor, el cual después de haber iluminado al mundo para guiarlo por los caminos del bien y de la paz (Lc 1, 79) volverá para acoger en su gloria eterna a cuantos hayan seguido su luz.

El Evangelio de este domingo (Lc 21, 5-19) reproduce un trozo del discurso escatológico de Jesús, donde la predicción de los sucesos que precederán el fin del mundo se mezcla con la de los hechos que precederán a la caída de Jerusalén y la destrucción del templo. Habla el Señor ante todo de la aparición de muchos que, presentándose en su nombre, impartirán doctrinas engañosas y falsas profecías. “Cuidado con que nadie os engañe…; no vayáis tras ellos” (ib 8). La deformación de la verdad es el peligro más insidioso. Hay que ser cautos y saber discernir; el que contradice a la Sagrada Escritura, el que no está con la Iglesia y con el Papa no ha de ser escuchado.

Jesús anuncia luego “guerras, revoluciones…, terremotos, epidemias, hambre” (ib 9-10). La historia de todos los tiempos registra calamidades de este género; sería por eso aventurado ver en ellas -como en la multitud de falsos profetas- la señal de un fin inminente. Jesús mismo prediciendo estas cosas, dijo: “No tengáis pánico…, el final no vendrá enseguida” (ib 9). Sin embargo, esto “tiene que ocurrir primero” (ib); pues, en el plan divino esas cosas tienen la misión de recordar a los hombres que aquí abajo todo es transitorio, todo está en camino hacia “nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia” (2 Pe 3, 13), y en los que los justos participarán eternamente en la gloria de su Señor.

A esta misma luz han de ser consideradas las persecuciones que en todo tiempo hostigan a la Iglesia; no son para su perdición, sino para bien de los creyentes, para acendrar y robustecer su fe. “Así tendréis ocasión –dice Jesús- de dar testimonio” (Lc 21, 23). Por eso la conclusión de este fragmento, no sólo es serena, sino llena de confianza. Jesús exhorta a sus discípulos a no preocuparse ni siquiera cuando sean apresados, llevados a los tribunales y perseguidos por los amigos o familiares y convertidos en blanco del odio de todos. El velará por ellos, y si hubieren de perder la vida por su nombre, la habrán ganado para la eternidad. “Con vuestra paciencia, salvaréis vuestras almas” (ib 9). No es con las preocupaciones, las protestas, o las discusiones como se obtendrá la victoria, sino perseverando con paciencia en la fidelidad a Cristo y confianza en él, a pesar de que arrecien las tormentas.


“¡Oh Señor y verdadero Dios mío! Quien no os conoce, no os ama. ¡Oh, qué gran verdad es ésta! Mas ¡ay dolor, ay dolor, Señor, de los que no os quieren conocer! Temerosa cosa es la hora de la muerte… Considero yo muchas veces, Cristo mío, cuán sabrosos y deleitosos se muestran vuestros ojos a quien os ama y Vos, bien mío, queréis mirar con amor. Paréceme que sola una vez de este mirar tan suave a las almas que tenéis por vuestras, basta por premio de muchos años de servicio. ¡Oh, válgame Dios, qué mal se puede dar esto a entender, sino a los que ya han entendido, cuán suave es el Señor!

¡Oh cristianos, cristianos!, mirad la hermandad que tenéis con este gran Dios; conocedle y no le menospreciéis, que así como este mirar es agradable a sus amadores, es terrible con espantable furia para sus perseguidores. ¡Oh, que no entendemos que es el pecado una guerra campal contra Dios de todos nuestros sentidos y potencias del alma! El que más puede más traiciones inventa contra su Rey… Remediad, Dios mío, tan gran desatino y ceguedad”. (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 14, 1-2. 4).

“Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero” (Misal Romano, Oración Colecta).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

  


domingo, 26 de octubre de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 30º Domingo del Tiempo Ordinario: “El que se ensalce, será humillado; y el que se humille, ensalzado”

 

“Señor, tú estás cerca de los atribulados, salvas a los abatidos” (Salmo 33,19).

“Los gritos del pobre atraviesan las nubes” (Eclo 35, 17) y obtienen gracias; he aquí el centro de esta liturgia dominical. El hombre debe hacer obras buenas y ofrecer a Dios sacrificios; pero que no piense “comprarse” a Dios con estos medios. Dios no es como los hombres, que se dejan corromper con dádivas y favores, pues mira únicamente al corazón del que recurre a él. Si alguna preferencia tiene es siempre para los que la Biblia llama “los pobres de Yahvé”, que se vuelven a él con ánimo humilde, contrito, confiado y convencidos de no tener derecho a sus favores.

La primera lectura (Eclo 35, 12-14.16-18) es precisamente un elogio de la justicia de Dios, que no se fija en el rostro de nadie, ni es parcial con ninguno (ib 12-13), sino que escucha la oración del pobre, del indefenso, del huérfano y de la viuda. Y es un elogio de la oración del humilde, conocedor de su indigencia y de su necesidad de auxilio y de salvación. Esta es la oración que “atraviesa las nubes” y obtiene gracia y justicia.

Este trozo del Antiguo Testamento es una introducción óptima a la parábola evangélica del fariseo y el publicano (Lc 18, 9-14), en la que Jesús confronta la oración del soberbio y la del humilde. Un fariseo y un publicano suben al templo con idéntica intención: orar, pero su comportamiento es diametralmente opuesto. Para el primero la oración es un simple pretexto para jactarse de su justicia a expensas del prójimo. “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros… Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo” (ib 11-12). ¿Quién, pues, más justo que él, que no tiene pecado y cumple todas las obras de la ley? Se siente, por ello, digno de la gracia de Dios y la exige como recompensa a sus servicios. Como buen fariseo está satisfecho y complacido de una justicia exterior y legal, mientras su corazón está lleno de soberbia y de desprecio al prójimo.

Al contrario, el publicano se confiesa pecador, y con razón, porque su conducta no es conforme a la ley de Dios. Sin embargo está arrepentido, reconoce su miseria moral y se da cuenta de que no es digno del divino favor: “no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador” (ib 13).

La conclusión es desconcertante: “Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no” (ib 14). Jesús no quiere decir que Dios prefiera libertinos o estafadores al hombre honesto cumplidor de la ley; sino que prefiere la humildad del pecador arrepentido a la soberbia del justo presuntuoso. “Porque todo el que se enaltece -en la confianza y seguridad de sí- será humillado, y el que se humilla -en la consideración de la propia miseria- será enaltecido” (ib). En realidad, por su soberbia y falta de amor, el fariseo tenía, no menos que el publicano, suficientes motivos para humillarse.

También la segunda lectura (2 Tim 4,6-8. 16-18) nos ofrece un pensamiento que ilumina esta enseñanza. Al ocaso de su vida, san Pablo hace una especie de balance: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe” (ib 7). Reconoce, pues, el bien realizado, pero con un espíritu muy diferente del fariseo. El lugar de anteponerse a los otros, declara que el Señor le dará “la corona merecida” no a él sólo, “sino a todos los que tienen el amor a su venida” (ib 8). En lugar de jactarse del bien obrado, confiesa que es Dios quien le ha sostenido y dado fuerza; lejos de contar con sus méritos, confía en Dios para ser salvo y le da por ello gracias. “El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. ¡A él la gloria por los siglos de los siglos! ¡Amén! (ib 18).

 

“Tú, Señor, no te alejes; estáte cerca. ¿De quién está cerca el Señor? De los que atribularon su corazón. Está lejos de los soberbios, está cerca de los humildes, mas no piensen los soberbios que están ocultos, pues desde lejos los conoce. De lejos conocía al fariseo que se jactaba de sí mismo, y de cerca socorría al publicano que se arrepentía. Aquel se jactaba de sus obras buenas y ocultaba sus heridas; éste no se jactaba de sus méritos, sino que mostraba sus heridas. Se acercó al médico y se reconoció enfermo; sabía que había de sanar; con todo, no se atrevió a levantar los ojos al cielo; golpeaba el pecho; no se perdonaba a sí mismo para que Dios le perdonase, se reconocía pecador para que Dios no le tuviese en cuenta sus yerros, se castigaba para que Dios le librase…

Señor, lejos de mí creerme justo… A mí me toca clamar, gemir, confesar, no exaltarme, no vanagloriarme, no preciarme de mis méritos, porque si tengo algo de lo que pueda gloriarme, ¿qué es lo que no he recibido? (San Agustín, In Ps 39, 20).

Enséñame, Señor, a hacerte camino con la confesión de los pecados, a fin de que puedas acercarte a mí… Así vendrás tú y me visitarás, porque tendrás en donde afianzar tus pasos, tendrás por donde venir a mí. Antes de que confesase mis pecados, te había obstruido el camino para llegar a mí; no tenías senda por donde acercarte a mí. Confesaré, pues, mi vida y te abriré el camino; y tú, oh Cristo, vendrás a mí y pondrás en el camino tus pasos, para instruirme y guiarme con tus huellas” (San Agustín, In Ps, 84, 16).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 


domingo, 19 de octubre de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 29º Domingo del Tiempo Ordinario: “Es preciso orar siempre sin desfallecer”

 

“El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (Salmo 120, 2).

Los textos escriturísticos de este domingo se centran en el tema de la fe, considerada sobre todo como recurso confiado a Dios y seguridad de su intervención. Tomado del libro del Éxodo (17, 8-13, primera lectura) se lee el conocido episodio de la oración de Moisés en el monte, mientras en el valle luchaban los hijos de Israel contra los amalecitas. “Mientras Moisés tenía en alto la mano (en actitud de súplica), vencía Israel; mientras la tenía bajada, vencía Amalec” (ib 11).

Las manos levantadas eran “signo” de la oración elevada a Dios para invocar su auxilio y al mismo tiempo –pues Moisés sostenía “el bastón de Dios” (ib 9) con el que había realizado tantos prodigios- eran una incitación al pueblo a batirse con bravura. Así para impedir que el cansancio hiciese caer los brazos de Moisés, “Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado” (ib 12). Expresión admirable de una fe que esperaba la victoria mucho más del auxilio divino que del valor de los combatientes.

El trozo evangélico refiere la parábola del juez y la viuda (Lc 18, 1-8), propuesta por Jesús para inculcar “a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse” (ib 1). Se trata de un juez que “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”, y así no se preocupaba de defender la causa de los débiles y oprimidos según prescribía la ley de Dios. Por eso no quiere saber nada de una pobre viuda que recurre a él en demanda de justicia; pero, al fin, cede a sus ruegos únicamente para que ella no le siga fastidiando.

De este ejemplo parte Jesús para dar a entender que Dios, mucho mejor que el juez injusto, escuchará las súplicas de quien recurre a él con constancia confiada. “Pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar” (ib 7-8). La oración continua que Jesús inculca aquí, es sobre todo la oración por el advenimiento del Reino de Dios y por la salvación de los elegidos cuando, en el último día, venga el Hijo del Hombre a juzgar al mundo (cfr. Lc 17, 22-37).

Los creyentes deben vivir aguardando ese día y rogar incesantemente para que sea día de salvación. Por parte de Dios la salvación está asegurada porque Cristo ha muerto y resucitado por todo el género humano. Más por parte de los hombres se precisa una condición: la fe. ¿Pero cuando venga el Hijo del Hombre ¿encontrará esta fe en la tierra? (ib 8). La pregunta con que Jesús concluye la parábola induce a una seria reflexión. La Iglesia atribulada puede estar segura de que su suplica incesante será finalmente oída.

Dios hará justicia a sus elegidos, aunque actualmente los deja pasar por persecuciones, angustias y fracasos, como lo permitió para su Elegido, Jesucristo. Pero es necesario que la Iglesia y cada uno de los fieles guarden íntegra la fe y la defiendan de las asechanzas del abatimiento. Cuanto más firme y segura sea la fe que Dios encuentre en ellos, tanto más intervendrá a su favor, como intervino a favor de Israel.

En este contexto la segunda lectura (2 Tim 3, 14 - 4, 2) suena como una exhortación apasionada a permanecer firmes en la fe a pesar de las teorías contrarias y la desbandada de muchos. “Permaneced en lo que has aprendido”, escribe san Pablo a Timoteo; lo ha aprendido en la Sagrada Escritura, la cual instruye para “la salvación” que se consigue “por la fe en Cristo Jesús” (ib 3, 14-15). El que se mantiene adherido a la Palabra de Dios no vacilará, estará defendido contra todo asalto y “perfectamente equipado para toda obra buena”.

 

“Levanto mis ojos a los montes: ¿de donde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme… El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha… El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma; el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre” (Sal 120).

“Señor, enséñame a orar incesantemente sin perder un instante. A orar por nosotros, pero más aún por el prójimo, ya que es ‘mejor dar que recibir’. Haz que oremos y supliquemos sin temor de pedir las gracias más elevadas. Cuanto mayores sean nuestras peticiones, más digno de ti será escucharlas; ellas demostrarán nuestra fe, esa fe que tú quieres de nosotros, y serán una sola cosa con tu voluntad, porque tú tienes en el corazón el deseo de la santificación de todo el género humano.

Tú nos enseñas a pedir… tu gloria, la conversión de los hombres y la nuestra, el cumplimiento perfecto de tu voluntad en nosotros y en todos los hombres, el perdón de los pecados nuestros y ajenos, el auxilio contra las tentaciones, la liberación de todo pecado, de todo verdadero mal en esta vida y en la otra… Esto, Señor, es lo que quieres que pidamos, y esto nos lo concederás siempre, si te lo pedimos con fe” (Charles de Foucauld, La plegaria del pobre).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.


domingo, 12 de octubre de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 28º Domingo del Tiempo Ordinario: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado»

 

“Señor, has dado a conocer tu salvación; los confines de la tierra la han contemplado” (Salmo 97, 2-3).

La gracia, el reconocimiento, el don de la fe y la vida de fe son los argumentos que se entrelazan en la Liturgia de este Domingo. La lectura primera (2 Rey 5, 10. 14-17) recuerda el suceso de Naamán el Sirio curado de la lepra por el profeta Eliseo. Dios se sirve de este milagro para revelarse a aquel pagano y llamarlo a la fe; y él, dócil a la gracia, responde convirtiéndose interiormente y proclamando en voz que el Dios de Israel es el único Dios verdadero: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel” (ib 15).

Luego, en señal de su reconocimiento quiere ofrecer un regalo al profeta que ha sido instrumento de su curación. Pero éste, con total desinterés, lo rehúsa. Eliseo, verdadero hombre de Dios -como auténtico profeta-, no quiere aprovecharse del reconocimiento de los creyentes para enriquecerse o hacerse un nombre.

En su primer discurso en la sinagoga de Nazareth Jesús citará el hecho de la curación de Naamán el Sirio (cfr. Lc 4, 27) –el único leproso sanado por Eliseo con preferencia a los de Israel-, para demostrar que la salvación no es un privilegio reservado a los judíos, sino un don ofrecido a todos los hombres. Un suceso semejante tendrá lugar más adelante cuando, durante su último viaje a Jerusalén, cure Jesús diez leprosos, de los cuales uno sólo –un extranjero- repetirá el gesto agradecido de Naamán y recibirá junto con la salud física el don de la salvación (Evangelio de hoy, Lc 17, 11-19). El grupo de esos diez enfermos que se encontró Jesús en su camino “se pararon a lo lejos y a gritos le decían: ‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’.” (ib 12-13). Es un grito de confianza en ese Jesús cuyos milagros han oído contar y cuya compasión por las miserias humanas han oído alabar. Es escuchado en su grito.

Pero el Señor les impone una condición: “Id a presentaros a los sacerdotes” (ib 14). Lo que la ley mosaica exigía al leproso ya curado para inspección de su curación (cfr. Lv 14, 2), Jesús lo exige a los diez antes aún de quedar curados, subrayando de ese modo el valor de la obediencia a la ley. Y mientras ellos van de camino para cumplir lo mandado, quedan sanos. Idéntica curación la de todos, pero no idéntica reacción. “Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano” (ib 15-16).

Los otros nueve no sienten necesidad de volver a dar gracias; tal vez porque como miembros del pueblo escogido consideran que tienen derecho a los dones de Dios. En cambio, el samaritano, extranjero como es, no se arroga derechos y considerándose indigno del favor de Dios, lo acoge con corazón humilde y agradecido. Esta actitud de humildad y reconocimiento lo dispone a un favor mayor aún, el de la salvación; “Levántate, vete: tu fe te ha salvado” (ib 19).

Por enésima vez afirma la Escritura que el don de la fe no está vinculado a ningún pueblo o situación, “la palabra de Dios no está encadenada” (Segunda lectura: 2 Tim 2, 8-13); nada puede impedirle florecer en los corazones más extraños al mundo de los creyentes y suscitar en ellos la fe. Pero san Pablo habla también de otro deber de la vida de la fe: considerar el sufrimiento, especialmente el que se deriva de la fidelidad a Cristo, no como algo hostil, sino como una gloria y un medio seguro de entrar en la órbita de la salvación. “Esta es doctrina segura: si morimos con él, viviremos con él; si perseveramos, reinaremos con él” (ib 11-12).

 

“Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. El Señor da a conocer su misericordia y su fidelidad a favor de la casa de Israel. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclamad al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad” (Salmo 97, 1-4).

“Con aquel que sufría terriblemente en el cuerpo a causa de la lepra, yo te suplico por la angustia de mi alma…: ‘Señor, si tú quieres, puedes curarme’. Con los ciegos afligidos por su ceguera en una noche perpetua, levanto mi grito de lamento. Yo no te llamo ‘hijo de David’, sino te proclamo ‘hijo de Dios’, que es el ser supremo. No sólo te llamo Maestro…, sino creo que tú eres el Señor del cielo y de la tierra. No sólo tengo fe en el toque de tu mano, oh Dios misericordioso y vecino, sino creo en el poder de tu palabra para sanarme, aunque estuviese lejos, muy lejos… Tú lo quieres porque eres compasivo y lo puedes porque eres creador: di solamente una palabra y seré curado…

Concédeme… la condonación de mis grandes deudas, oh Dios de bondad y Señor de la bienaventuranza. Cuando mayor es tu liberalidad, más glorificado eres; cuando más magnánima es tu munificencia, más amado eres, cuanto de más misericordia usas, más gloria obtienes… Usa de otra tanta misericordia, conmigo que soy deudor de deudas incalculables, para que, proclamando con reconocimiento tus beneficios, mi amor se exprese con no menos intensidad. En todo sea para ti la gloria” (San Gregorio de Narek, Le livre de prières, 121-123).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 


domingo, 5 de octubre de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 27º Domingo del Tiempo Ordinario: «Señor, auméntanos la fe»

 

“Señor, auméntanos la fe” (Lc 17, 5).

La liturgia de este domingo está enteramente centrada en el tema de la fe. El profeta Habacuc (1, 2-3; 2, 2-4) se lamenta ante Dios de la situación desolada de su pueblo. En lo interno iniquidad, porque Israel es infiel a su Dios, y en lo externo, prepotencia y violencia, porque el país está sometido a la acción devastadora de los enemigos, los cuales son instrumento de la justicia divina para castigo de los judíos, pero no menos pecadores que éstos. Es el escándalo del triunfo del mal que parece destruir el bien y envolver en su ruina a los mismos buenos. Dios, al fin, responde a su profeta con una visión que quiere se escriba con toda claridad para adoctrinamiento de cuantos vengan después; exhorta ante todo a la constancia, porque se hará justicia, pero a su tiempo: “Si tarda, espera, porque ha de llegar sin duda alguna”.

Y dice cómo: “Sucumbe quien no tiene el alma recta, pero el justo vivirá por su fe” (ib 3-4). Esta enseñanza es para el israelita como para el cristiano, y para el creyente de todos los tiempos; es válida en cualquier circunstancia de la vida de los individuos, de los pueblos o de la Iglesia. Aun cuando todo se desarrolla como si Dios no existiese o no lo viese, es preciso permanecer firmes en la fe. Dios no puede tardar en intervenir, e intervendrá ciertamente a favor de los que creen en él y a él se confían. “En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8, 28).

La segunda lectura (2 Tim 1, 6-8. 13-14) desarrolla otro aspecto de la fe: como testimonio valeroso de Cristo y del Evangelio. Escribe san Pablo a Timoteo: “No tengas miedo a dar la cara por nuestro Señor y por mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio según las fuerzas que Dios te dé” (ib 8). El Apóstol intrépido, que había afrontado luchas y riesgos innumerables por la fe y tenía a gloria estar encadenado por Cristo, podía con todo derecho exhortar a su discípulo y colaborador a no intimidarse por las dificultades, sino a sufrir con él por el Evangelio.

El cristiano que no está dispuesto a sufrir algo por su fe, no podrá resistir los empujones de los enemigos. Es humano que en ciertas circunstancias broten de nuevo la timidez o el miedo, pero serán vencidos con “la fuerza de Dios” y “con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros” (ib 8. 14). Pues el Espíritu ha sido dado a los fieles para sostener su debilidad (Rm 8, 26) y para hacerlos capaces de confesar el nombre del Señor (1 Cor 12, 3).

Tras estas reflexiones surge espontáneamente la plegaria que se lee en el Evangelio: “Señor, auméntanos la fe” (Lc 17, 5-10). Para creer sin titubear, para permanecer fieles a Dios en las adversidades o en las luchas contra la fe, se precisa una fe sólida y robusta, como sólo Dios la puede dar. A los apóstoles que se la pedían un día, les dijo Jesús: “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y os obedecería” (ib 6). Lenguaje figurado que expresa la omnipotencia de la fe.

Jesús no pide mucho, pide un poquito de fe como el pequeñísimo grano de mostaza, bastante menor que una cabeza de alfiler; pero si es una fe sincera, viva, convencida, será capaz de cosas mucho mayores, inconcebibles desde un punto de vista humano. Jesús quiere educar a sus discípulos en una fe sin incertidumbres ni titubeos, en una fe que apoyándose en la fuerza de Dios, todo lo cree, todo lo espera, a todo se atreve, y persevera invencible aun en las vicisitudes más ásperas y oscuras.

 

“Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican: derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir” (Misal Romano, Oración Colecta).

“Oh Señor, tú has afirmado que todo es posible al que cree. Si examinamos cuál es la virtud mejor y más agradable a ti, vemos que es la fe la que tiene la primacía. En realidad por la fuerza de ella nos disponemos a entrar en el santo de los santos. Sin ella, ni siquiera tú, Señor de la gloria, realizaste a favor nuestro tus maravillosos prodigios: antes de realizarlos quisiste que a tu bondad su uniese nuestra fe. Esto porque la fe es capaz por sí sola de dar la vida, desde el momento que está tan cerca de ti, Señor. Por lo demás, fue tu misma boca bendita la que proclamó estas palabras: “tu fe te ha salvado”,

En efecto, una fe no mayor que un menudo y humilde granito de mostaza tiene fuerza para transportar grandes montañas en medio del mar. Pues bien, nosotros hemos recibido realmente esta fe como una guía que nos abre el sendero de la vida, como un culto veraz a Dios. Esta fe, a través de los ojos del alma, ve sin titubeos las cosas futuras y las que están ocultas… Se cuenta entre la caridad y la esperanza… Porque si creo en ti, Señor, también te amaré, y al mismo tiempo esperaré tus dones invisibles” (San Gregorio de Narek Le livre de Prières, 95-96).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 


domingo, 28 de septiembre de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 26º Domingo del Tiempo Ordinario: ¿Estado de bienestar o de la búsqueda de la santidad?

 

“Señor, que yo no mire a los bienes terrenos, sino a la justicia, a la religión, a la fe y al amor” (1 Tim 6, 11).

La liturgia de hoy es una exhortación a considerar las tremendas consecuencias de una vida relajada y frívola. En la primera lectura (Am 6, 1a. 4-7) vuelven los cáusticos reproches del profeta Amós a los ricos que se entregan a la molicie y al lujo, preocupados por sacarle a la vida todo el jugo que pueda ofrecer. Los describe apoltronados en sus divanes, bebiendo y cantando, sin preocuparse del país que va a la ruina, y profetiza: “Por eso irán al destierro a la cabeza de los cautivos. Se acabó la orgía de los disolutos” (ib 7). La profecía se cumplirá treinta años después y será una de las muchas lecciones dadas por la historia sobre la ruina social y política que causa la decadencia moral.

Pero la actual civilización del bienestar no parece haberlo comprendido. Hay, con todo, una reflexión más importante; la vida encerrada en los estrechos horizontes de los placeres terrenos es de por sí negación de la fe, impiedad y ateísmo práctico con el consiguiente desinterés por las necesidades ajenas. En pocas palabras, es el camino para la ruina en el tiempo y en la eternidad.

Este último aspecto aparece ilustrado en el Evangelio de este domingo (Lc 16, 19-31) con la parábola que contrapone la vida del epulón a la del pobre Lázaro. A primera vista el rico epulón no parece tener más pecado que su excesivo apego al lujo y a la buena mesa; pero, yendo más a fondo, se descubre en él un absoluto desinterés de Dios y del prójimo. Todos sus pensamientos y preocupaciones se limitan a banquetear espléndidamente cada día (ib 19), totalmente despreocupado del pobre Lázaro que desfallece a su puerta. En cuanto a éste, aunque la parábola no lo diga expresamente, es fácil reconocer en él uno de esos pobres que aceptan con resignación su suerte con la confianza puesta en Dios. Por eso cuando les sobrevino a ambos la muerte, a Lázaro “los ángeles lo llevaron al seno de Abrahan” (ib 22), mientras el rico se hundió en el infierno (ib 23).

En el diálogo que sigue entre el rico abrasado por la sed y el padre Abrahán se subraya la inexorable fijación del destino eterno, correspondiente por otra parte a la voluntaria posición tomada por el hombre en vida: el que creyó en Dios y se confió a él, en él tendrá su porción eterna; el que se dio al placer, portándose como si Dios no existiese, quedará eternamente separado de él. Es obvio deducir que pobreza y sufrimiento lejos de ser signos de la reprobación de Dios, son medios de que él se sirve para inducir al hombre a buscar bienes mejores y a poner en Dios su esperanza. Mientras la prosperidad y las riquezas con frecuencia hacen al hombre presuntuoso y menospreciador de Dios y de los bienes eternos, son un lazo que sofoca todo anhelo a realidades más altas.

La segunda lectura (1 Tim 6, 11-16) enlaza muy bien con las otras, ya que la exhortación con que comienza está en el polo opuesto de la búsqueda desbordada de los bienes terrenos. “La codicia es la raíz de todos los males” (ib 10), acaba de decir san Pablo en los versículos precedentes, y añade enseguida: “Tú, en cambio, siervo de Dios, huye de todo esto, practica la justicia, la religión, la fe, el amor…” (ib 11).

“El siervo de Dios” -el sacerdote, la persona consagrada o el apóstol laico- debe guardarse de toda forma de codicia, cosa que escandaliza muchísimo a la gente sencilla y aun a los mismos mundanos. Está llamado a cuidarse de intereses muy diferentes, a combatir “el buen combate de la fe”, a la “conquista de la vida eterna” (ib 12), no sólo para sí, sino para la grey que el Señor le ha encomendado. Está llamado a administrar no bienes temporales sino eternos, a guardar “el mandamiento sin mancha” (ib 14) y a transmitir sin alterarlo el patrimonio de la fe y del Evangelio.

 

“Alaba, alma mía al Señor…, él mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda, y trastorna el camino de los malvados” (Sal 145, 6-9).

“¡Oh, válgame Dios!, ¡Oh, válgame Dios!,  ¡Qué gran tormento es para mí cuando considero qué sentirá un alma que para siempre ha sido acá tenida y querida y servida y estimada y regalada, cuando en acabando de morir, se vea ya perdida para siempre, y entienda claro que no ha de tener fin (que allá no le valdrá querer no pensar las cosas de la fe, como acá ha hecho), y se vea apartar de lo que le parecerá que aun no ha comenzado a gozar; y con razón, porque todo lo que con la vida se acaba es un soplo…

¡Oh Señor!, ¿quién puso tanto lodo en los ojos de esta alma, que no haya visto esto hasta que se vea allí? ¡Oh Señor!, ¿quién ha tapado sus oídos para no oír las muchas veces que se le había dicho esto y la eternidad de estos tormentos? ¡Oh vida que no se acabará! ¡Oh tormento sin fin!...

¡Oh Señor, Dios mío! Lloro el tiempo que no lo entendí; y pues sabéis, mi Dios, lo que me fatiga ver los muchos que hay que no quieren entenderlo, siquiera uno, Señor, siquiera uno que ahora os pido que alcance luz de Vos, que sería tenerla muchos. No por mí, Señor, que no lo merezco, sino por los méritos de vuestro Hijo. Mirad sus llagas, Señor, y pues él perdonó a los que se las hicieron, perdonadnos Vos a nosotros” (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 11, 1-3).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

   

domingo, 21 de septiembre de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 25º Domingo del Tiempo Ordinario: «No podéis servir a Dios y al dinero»

 

“Señor, que atesore yo tesoros en el cielo, porque donde está tu tesoro allí está tu corazón” (Mt 6, 20-21).

El tema fundamental de la liturgia de este domingo es el recto uso de los bienes. En la primera lectura (Am 8, 4-7) resuenan los duros reproches del profeta Amós a los comerciantes sin escrúpulos que se enriquecen a expensas de los pobres: alteran los pesos, venden mercadería de desecho, suben los precios aprovechando la necesidad ajena. El profeta denuncia sin miramientos sus fraudes, y lo hace no en nombre de una mera justicia social sino en nombre de Dios: “Escuchad esto los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables… Jura el Señor… que no olvidará jamás vuestras acciones” (ib 4-7).

Los abusos y engaños a cuenta de los pobres ofenden a Dios que es su defensor: “padre de huérfanos, protector de viudas” (Sal 67, 6), que manda tratar con generosidad a los indigentes: “le abrirás tu mano y le prestarás lo que necesite para remediar su indigencia” (Dt 15, 8). La religión no puede reducirse a un órgano de justicia social, pero debe defender ésta en nombre de Dios, basándose en sus preceptos, sin miramiento alguno a los ricos y poderosos. El que quiere hacer justicia en un plano puramente humano peligra edificar sobre arena, porque sólo es verdadera justicia la que se funda en Dios y viene de él.

El texto de Amós (primera lectura) con la condena de los estafadores dispone a comprender el sentido verdadero de la parábola del administrador infiel, leída en el Evangelio de este domingo (Lc 16, 1-13). También aquí se habla de fraude, no en daño de los pobres, sino de un rico propietario que despide a su administrador porque ha dilapidado sus bienes. Este, para asegurarse unos amigos que le acojan, recurre a un ardid ilícito, reduciendo arbitrariamente las deudas a los clientes de su amo. Al proponer esta parábola, no pretende Jesús alabar la astuta arbitrariedad del administrador que él califica de “injusto” (ib 8), sino subrayar su sagacidad para asegurarse el porvenir.

Esto resulta bien claro de la conclusión, que suena como una queja del Señor: “los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz” (ib). Jesús observa con pena que los secuaces del mundo -que viven lejos de Dios y no creen en él-, en los negocios para proveer su futuro terreno, son más sagaces y diligentes que los hijos de la luz, o sea los fieles, los cuales, a pesar de creer en Dios, son abúlicos e inconstantes en cuidar sus intereses espirituales y en ocuparse de su porvenir eterno. Se trata, pues, de una llamada al esfuerzo y a la vigilancia en vista del día último, cuando se dirá a cada uno: “Entrégame el balance de tu gestión” (ib 2).

Las máximas que siguen están orientadas a dar a entender de qué modo debe el cristiano valerse de las riquezas en orden a su fin eterno. El dinero, llamado por Jesús “injusto” (ib 9), porque con demasiada frecuencia es fruto de ganancias ilícitas, ha de ser usado con tal probidad, que no sólo no sea obstáculo a la salvación, sino que ayude a conseguirla, como sucede cuando se lo emplea en bien de los necesitados; así el cristiano se ganará amigos que lo recibirán “en las moradas eternas” (ib).

El uso del dinero exige una honestidad extrema, tanto en los grandes negocios como en los pequeños, porque “el que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; y el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado” (ib 10). Si el hombre no es desprendido, el manejo del dinero se le convertirá en tentación de la que no sabrá defenderse; y entonces de dueño o administrador acabará en esclavo del dinero, pésimo tirano que no deja libertad alguna, ni la de servir a Dios. Nunca se meditará suficientemente el aviso del Señor: “No podéis servir a Dios y al dinero” (ib 13).

 

Oh Dios, que has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo; concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. (Misal Romano, Colecta).

“¡Oh insensata ceguedad del mundo y del alma que en estos bienes terrenos pone su esperanza, y por una cosa tan pequeña y por un tiempo tan breve pierde la gloria eterna y merece la pena eterna, por dos días que ha de poseer estos bienes! Ciertamente, esto no procede sino de grandísima ceguedad; porque el alma envuelta en el falso amor de estas cosas transitorias, insensibilizada y perdido el sentimiento de la razón se animaliza…

Pero los que desprecian estas cosas, y te siguen a ti, Maestro divino, en pobreza, miseria y dolor, ¡qué presto ven acabada toda fatiga y llegan al reposo eterno!... Haz, pues, Señor, que ponga todo mi amor y mi deseo y mi afecto en ti, bien infinito, que me guardas infinitos gozos y consuelos eternos, si levanto el amor de estas cosas transitorias y lo pongo en ti… ¡Cuán grande es la multitud de tu dulzura, oh buen Dios, la cual has reservado para los que te temen!” (San Bernardino de Siena, Operette volgari, I, 2, 59-60. 62-63).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

domingo, 7 de septiembre de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 23º Domingo del Tiempo Ordinario: «Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío»

 

“¿Quién rastreará, Señor, tu designio, si tú no le das sabiduría?” (Sab 9, 17).

“¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere?” (1ª lectura: Sab 9, 13-18). A duras penas conoce el hombre “las cosas terrenas”, ¿cómo pretenderá, pues, penetrar el pensamiento de Dios y comprender “las cosas del cielo”. Sus razonamientos son “mezquinos y falibles”, siempre sujetos a error, porque los sentidos le engañan con frecuencia haciéndole preferir valores caducos a los eternos, bienes inmediatos a los futuros. Sustraerse a estas tentaciones y desviaciones es imposible sin la ayuda de Dios. Sólo El puede dar al hombre la sabiduría que lo ilumine acerca del camino del bien y le enseñe lo que le es agradable. “Sólo así -dice la Escritura- serán rectos los caminos de los terrestres, los hombres aprenderán lo que te agrada; y se salvarán con la sabiduría los que te agradan, Señor” (ib 18).

Esta enseñanza llegó a su vértice cuando Jesús, Sabiduría eterna, vino a mostrar a los hombres con su palabra y con su ejemplo el camino de la salvación. Es el tema del Evangelio de este domingo (Lc 14, 25-33). “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre; y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío” (ib 26). Al verbo “posponer” se lo debe entender y equivale, según el uso semítico a “amar menos”, según el texto paralelo de Mateo: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí” (10, 37).

Sólo Dios tiene derecho al primado absoluto en el corazón y en la vida del hombre. Jesús es Dios, por tanto es lógico que lo exija como condición indispensable para ser sus discípulos. “Pero el Señor -comenta san Ambrosio- no manda ni desconocer la naturaleza ni ser esclavo de ella: manda atender la naturaleza de tal modo que se venere a su Autor, y no apartarse de Dios por amor a los hombres” (In Luc VII, 201). Esto es válido para todos los bautizados, sean seglares, consagrados o sacerdotes, como para todos vale también la frase subsiguiente: “Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío” (Lc 14, 27).

Jesús va de camino hacia Jerusalén donde será crucificado, y a la multitud que lo sigue le declara la necesidad de llevar la cruz con amor y constancia, como él. El llevó la cruz hasta morir clavado en ella; el cristiano no puede pensar en llevarla sólo a ratos en la vida, sino que ha de abrazarla todos los días, hasta la muerte. Y como no es lícito preferir ninguna criatura, por querida que sea, a Cristo, tampoco es lícito preferirle al bienestar, la satisfacción o el provecho propio; para seguir al que murió en la cruz para salvarnos, hay que estar dispuestos a arriesgar la misma vida.

Esta es la sabiduría enseñada por Jesús, tan diferente de los razonamientos humanos, los cuales se preocupan de los bienes transitorios descuidando los eternos. Las dos breves parábolas que siguen -la del hombre que quiere edificar una torre y la del rey que quiere hacer una guerra- invitan a considerar el seguimiento de Cristo como una empresa muy importante y comprometida y que, por lo tanto, no puede ser tomada a la ligera.

Pero aun tomada en serio, no puede el hombre limitarse -como en los protagonistas de las parábolas citadas- a calcular sus recursos y fuerzas personales para deducir la viabilidad de esa obra, sino que debe tener presente el elemento más importante: la gracia que Dios da con largueza a quien quiere ser fiel a Cristo. Si luego Dios llamase a un seguimiento más inmediato y exclusivo, es seguro que daría justamente la gracia correspondiente.

 

“Enséñanos, Señor, a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos; por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos” (Salmo 89, 12-14. 17).

“Hazme comprender, Cristo Jesús, que para el hombre todo se reduce a seguirte. La virtud y la santidad se compendian en esa palabra tan sencilla que diriges a toda criatura: “Sígueme”. Pero no la dices nunca a nadie, sin que haya sido precedida de aquellas otras palabras en las que pones las condiciones indispensables para poder responder a tu dulce invitación: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y lleva cada día la propia cruz”.

En verdad, Señor, tú vas delante con paso demasiado rápido; tú que eres juntamente sabiduría y bondad nos debes comprender: no caminas solamente, sino corres velozmente, exultando con pasos de gigante sobre la tierra. ¿Cómo podríamos seguirte nosotros, pobre gente oprimida por pesadas cargas?

‘Con todo, debéis seguirme’, nos respondes tú, y podéis hacerlo, porque “mi reino está dentro de vosotros” e interior es el camino que conduce a él; lo podéis, porque sufrir vale más que obrar; porque vuestro verdadero progreso consiste en mi progreso en vosotros, y porque la cruz, derribando todo obstáculo…, me abre un camino fácil y ancho por el cual yo puedo alcanzar mi fin junto a vosotros” (Mons. Carlos Gay, “Vida y virtudes cristianas”, 13, 49, v 3).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.



domingo, 31 de agosto de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 22º Domingo del Tiempo Ordinario: «El que se humille, será ensalzado»

 

“Señor, tú revelas tus secretos a los humildes” (Ecli 3, 20).

Las lecturas de este Domingo proponen una meditación sobre la humildad, tanto más oportuna cuanto menos se comprende y practica esta virtud. Ya en el Antiguo Testamento (1ª lectura: Ecli 3, 17-18. 20. 28-29) habla de su necesidad sea en las relaciones con Dios sea en las relaciones con el prójimo. “Hazte pequeño en las grandezas humanas y así alcanzarás el favor de Dios” (ib 18).

La humildad no consiste en negar las propias cualidades sino en reconocer que son puro don de Dios; síguese de ahí que cuanto uno tiene más “grandezas humanas”, o sea, es más rico en dones, tanto más debe humillarse reconociendo que todo le ha sido dado por Dios. Hay luego “grandezas” puramente accidentales provenientes del grado social o del cargo que se ocupa; aunque nada añadan éstas al valor intrínseco de la persona, el hombre tiende a hacer de ellas un timbre de honor, un escabel sobre el que levantarse sobre los otros.

“Hijo mío –amonesta la Escritura-, en tus asuntos procede con humildad, y te querrán” (ib 17). Como la humildad atrae a sí el amor, la soberbia lo espanta; los orgullosos son aborrecibles a todos. Si luego el hombre deja arraigar en sí la soberbia, ésta se hace en él como una segunda naturaleza, de modo que no se da ya cuenta de su malicia y se hace incapaz de enmienda.

Por eso Jesús anatematiza todas las formas de orgullo, sacando a luz su profunda vanidad. Así sucedió cuando, invitado a comer por un fariseo, veía a los invitados precipitarse a ocupar los primeros puestos (Lc 14, 1. 7-14). Escena ridícula y desagradable, pero verdadera. ¿Puede acaso un puesto hacer al hombre mayor o mejor de lo que es? Es precisamente su mezquindad lo que le lleva a enmascarar su pequeñez con la dignidad del puesto. Por lo demás, esto le expone a más fáciles humillaciones, porque antes o después no faltará quien haga notar que ha pretendido demasiado.

Es lo que enseña Jesús diciendo: “Cuando te conviden, ve a sentarte en el último puesto… Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (ib 10-11). Puede parecer todo esto muy elemental; sin embargo, la vida de muchos, aun cristianos, se reduce a una carrera hacia los primeros puestos. Y no les faltan motivos para justificarlo, a título de bien, de apostolado y hasta de gloria de Dios. Pero si tuviesen el valor de examinarse a fondo, descubrirían que se trata sólo de vanidad.

Jesús dirige otra lección a su huésped: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote y quedarás pagado” (ib 12). Jesús invierte por completo la mentalidad corriente. El mundo reserva sus invitaciones a las personas que lo honran por su dignidad o de las que puede esperar algún provecho; conducta inspirada en la vanidad y el egoísmo. Pero el discípulo de Cristo debe conducirse al revés: invitar a los “pobres, lisiados, cojos y ciegos”, o sea, a gente necesitada de ayuda e incapaz de “pagar” lo recibido.

De este modo podrá decirse no sólo honrado, sino “dichoso” (ib 13-14), porque le “pagarán cuando resuciten los muertos” (ib 13-14). Es imposible cambiar la mentalidad hasta este punto si no se está convencido profundamente de que los valores son verdaderos sólo en la medida en que pueden ordenarse a los eternos, y que la vida terrena no es más que una peregrinación hacia la “ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celeste” donde los justos -los humildes y caritativos- están “inscritos en el cielo” (2ª lectura, Heb 12, 18-19. 22-24a).

 

“Inclina, Señor tu oído y escúchame… Tú inclinas el oído, si yo no me engrío. Te acercas al humillado y te apartas lejos del exaltado, a menos que no hayas exaltado tú al antes que se humilló. Oh Dios, inclina hacia nosotros tu oído. Tú estás arriba, nosotros abajo. Tú te hallas en la altura, nosotros en la bajeza, pero no abandonados, pues has mostrado tu amor con nosotros, porque aún siendo pecadores, Cristo murió por nosotros… ‘Inclina, Señor, tu oído y escúchame, porque soy pobre y desvalido’. Luego no inclinas el oído al rico, sino al pobre y desvalido, al humilde y al que confiesa; al que necesita misericordia. No inclinas tu oído al hastiado y al engreído, al que se jacta como si nada le faltase” (San Agustín, In Ps 85, 2).

“Haz, Señor, que estemos unidos con todos nuestros hermanos, hasta con los más lejanos, hasta con aquellos que tú has tratado de modo muy diferente de nosotros. Enséñanos a amar, a hacer que se aprovechen de nuestras riquezas los hermanos menos favorecidos; haz que los amemos fraternamente, que partamos con ellos nuestros bienes, que corramos a ofrecérselos suplicándolos que los acepten. (Carlos de Foucauld, Meditaciones sobre el A. T.).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

domingo, 24 de agosto de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 21º Domingo del Tiempo Ordinario: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?»


“Señor, firme es tu misericordia con nosotros y tu fidelidad dura por siempre” (Sal 116, 2).

El tema de la salvación es proyectado por la liturgia de hoy con una amplitud universal. La primera lectura (Is 66, 18-21) reproduce una de las profecías más grandiosas sobre la llamada de todos los pueblos a la fe. “Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua -dice el Señor-; vendrán para ver mi gloria” (ib 18). Como la división de los hombres es señal de pecado, así su reunificación es señal de la obra salvadora de Dios y de su amor a todos. El enviará a los supervivientes de Israel, que le permanecieron fieles, a los países más lejanos para dar a conocer su nombre.

Los paganos no sólo se convertirán, sino se reintegrarán los judíos dispersos, “como ofrenda al Señor” (ib 20), a Jerusalén. Y entre los mismos paganos convertidos, Dios se escogerá a sus sacerdotes (ib 21). Es la superación máxima de la división entre Israel y los otros pueblos; superación que anunciaron muchas veces los profetas, sin ser comprendida, y que sólo Jesús opera preparándole el camino con su predicación y unificando los pueblos con la sangre de su Cruz.

El Evangelio de hoy (Lc 13, 22-30) refiere justamente la enseñanza de Jesús sobre este argumento. Lo motiva una pregunta: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?” (ib 23). Jesús va más allá de la pregunta y se fija en lo esencial: todos pueden salvarse porque a todos se ofrece la salvación, pero para conseguirla tiene cada cual que apresurarse a convertirse antes de que sea demasiado tarde. Jesús quiere abatir la mentalidad estrecha de los suyos y afirma que en el día de la cuenta no valdrá la pertenencia al pueblo judío ni la familiaridad gozada con él, por eso será inútil decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas” (ib 26).

Si a estos privilegios no corresponden la fe y las obras, los mismos hijos de Israel serán excluidos del reino de Dios. “Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán los últimos” (ib 29-30). Aunque llamados los primeros a la salvación, si no se convierten y aceptan a Cristo, los judíos se verán suplantados por otros pueblos llamados los últimos. Dígase lo mismo del nuevo pueblo de Dios: el privilegio de pertenecer a la Iglesia no conduce a la salvación, si no va acompañado de una adhesión plena a Cristo y a su Evangelio.

Los creyentes, pues, no pueden cerrarse en su posición privilegiada, sino que ésta precisamente los compromete a estar abiertos a todos los hermanos para atraerlos a la fe. Delante de Dios no valen privilegios, sino la humildad que elimina toda presunción, el amor que abre el corazón al bien ajeno, el espíritu de renuncia que da esfuerzo para “entrar por la puerta estrecha” (ib 24) superando toda suerte de egoísmo.

A este punto interviene la segunda lectura (Hb 12, 5-7. 11-13) con la cálida exhortación de san Pablo a combatir animosamente las batallas de la vida. Es Dios quien mediante las dificultades y sufrimientos pone a prueba a sus hijos, porque quiere corregirlos, purificarlos y hacerlos “partícipes de su santidad” (ib 10). Es verdad que “ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos, sino que nos duele; pero da como fruto una vida honrada y en paz” (ib 11), o sea, una vida de virtud y de mayor cercanía a Dios. Dios es un padre que corrige y prueba sólo con la mira de un bien mayor: “el Señor reprende a los que ama y prueba a sus hijos preferidos” (ib 6). Aceptar las pruebas es entrar “por la puerta estrecha” señalada por Jesús.

 

“Por el único sacrificio de Cristo, tu Unigénito, te has adquirido, Señor, un pueblo de hijos; concédenos propicio los dones de la unidad y de la paz en tu Iglesia (Misal Romano, Oración sobre las ofrendas).

“Te pedimos, Señor, que lleves en nosotros a su plenitud la obra salvadora de tu misericordia; condúcenos a perfección tan alta y mantennos en ella de tal forma que en todo sepamos agradarte. (Misal Romano, Oración después de la Comunión).

“Dios mío, cada alma es para ti todo un mundo y el universo entero palpita delante de ti como una alma sola. Tú no nos has creado en masa ni nos gobiernas por junto; sino atento a cada uno le amas como si fuese la única criatura viviente en el mundo…

Pastor eterno, antes de ir adelante, a la cabeza de tus queridas ovejas, antes de que tomases carne humana para indicarles el camino, antes aún de hacerlas salir de ese aprisco feliz que es el santuario de tus pensamientos y de tu voluntad adorable, antes de bosquejarlas en el tiempo y lanzarlas por el mundo a su destino, las has llamado una a una por su nombre. Tú dices: “El buen Pastor llama a sus ovejas una a una, y cuando las ha sacado, va delante de ellas, y sus ovejas le siguen, porque conocen su voz” (Mons. Carlos Gay, “Vida y virtudes cristianas”).

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.


domingo, 17 de agosto de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 20º Domingo del Tiempo Ordinario: “He venido a traer fuego a la tierra”

 

«Señor, que sepa llegar hasta la sangre en la pelea contra el pecado» (Hb 12, 4).

El servicio de Dios tomado en serio no ofrece una vida cómoda y tranquila, sino que con frecuencia expone al riesgo, a la pelea y a las persecuciones. Tal es el tema de la Liturgia de este domingo esbozado desde la primera lectura (Jr 38, 4-6. 8-10). Jeremías con motivo de su predicación sin miramientos para nadie, ha venido a ser «varón discutido y debatido por todo el país» (Jr 15, 10). Para librarse de él los jefes militares lo acusan ante el rey de derrotismo y, obtenida la autorización para ello, lo arrojan en una cisterna cenagosa donde el profeta se hunde en el fango. Habría ciertamente perecido allí, si Dios no le hubiese socorrido por medio de un desconocido que consiguió arrancar al rey el permiso de sacarlo de aquel lugar mortífero.

El salmo responsorial del día expresa bien esta situación de Jeremías: «Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito. Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa» (SI 39, 2-3).

En la segunda lectura (Hb 12, 1-2) san Pablo, después de haber hablado de la fe intrépida de los antiguos patriarcas y profetas, anima a los cristianos a emularlos: «corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe» (ib 1-2). Del Antiguo Testamento lleva el Apóstol al cristiano hacia Jesús del que los mayores personajes de la antigüedad —Jeremías incluido— no son más que figuras descoloridas.

Él es el ejemplar divino que debe mirar el creyente, el máximo luchador por la causa de Dios que por cumplir su voluntad, «soportó la cruz sin miedo a la ignominia» (ib). Basando la fe en él, que es su causa, autor y sostén, el cristiano no ha de temer resistir hasta la sangre en su «pelea contra el pecado» (ib 4) y contra todo lo que pueda apartarlo de la fidelidad plena a su Dios.

Jesús que ha proclamado dichosos a los pacíficos y ha dejado su paz en herencia a sus discípulos, declara sin reticencias en el Evangelio de hoy (Lc 12, 49-53) que no ha venido a traer al mundo la paz sino la división» (ib 51). La afirmación, desconcertante a primera vista, no contradice ni anula lo que dice en otra parte, sino precisa que la paz interior, contraseña de la armonía entre el hombre y Dios y, por lo tanto, de la adhesión a su querer, no le exonera de la lucha y de la guerra contra todo lo que dentro de él -pasiones, tentaciones, pecados- o en el propio ambiente se opone a la voluntad de Dios, atenta a la fe e impide el servicio del Señor.  Entonces el cristiano más pacífico debe tornarse luchador animoso e impávido que no teme riesgos ni persecuciones, a ejemplo de Jeremías y mucho más del de Cristo que ha peleado contra el pecado hasta la sangre y la ignominia de la cruz.

Mas para que esa lucha sea legítima y santa no se le ha de mezclar ningún móvil o fin humano y personalista; debe brotar sólo del fuego de amor que Jesús vino a prender en la tierra (ib 49), con el fin único de que llamee doquier para gloria del Padre y la salvación de los hombres. Por este fuego de amor, Jesús deseó ardientemente el bautismo de sangre de su pasión (ib 50); por este fuego de amor debe el cristiano estar pronto a resistir aun a la persona más querida y a separarse de ella si le impidiese profesar su fe, realizar su vocación y cumplir la voluntad de Dios. Divisiones amargas que son cruz muy penosa, pero ordenada -como la de Jesús- a la salvación de aquellos mismos que se abandonan por amor a él.

 

“Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito; me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre la roca y aseguró mis pasos. Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios... Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.” (Salmo 40, 2-5).

“¡Oh Jesús, mi dulce Capitán! Alzando el estandarte de tu Cruz me dices amorosamente: «Toma la cruz que te presento y, aunque te parezca grave su peso, sígueme y no dudes». Para responder a tu invitación, te prometo, celestial Esposo mío, no resistir más a tu amor. Pero ya veo que te encaminas al Calvario, y tu esposa te sigue prontamente... Dispón siempre de mí como más te agrade, que con todo estaré contenta, con tal que te siga por el camino del Calvario, y cuanto más espinosa la encuentre y más pesada la cruz, tanto más consolada me sentiré, pues deseo amarte con amor paciente..., con amor sólido y sin división.

De grado entrego mi corazón a las aflicciones, a las tristezas y a los trabajos. Gozo de no gozar, porque a aquella mesa de la eternidad que me espera, debe preceder en esta vida el ayuno. Señor mío, tú en la cruz por mí y yo por ti. ¡Ah! ¡Si se entendiese de una vez qué dulce es y cuánto vale el padecer y callar por ti, Jesús! ¡Oh amado sufrimiento, oh buen Jesús!” (Santa Teresa Margarita Redi, La spiritualitá).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.