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domingo, 17 de mayo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Cristo ¿Dónde estás? Cristiano ¿Qué esperas?

 

Ascensión del Señor (A)

Mt 28,16-20

Todos los años celebramos el misterio de la Ascensión de Jesús al cielo, como celebramos muchos otros misterios referentes a su vida, su permanencia y acción entre nosotros. Estas celebraciones de cada año deben ser una novedad y no una simple recordación.

Es fácil entender esto. La REDENCIÓN no es un hecho acabado, concluido, cerrado. La Redención es la realidad, la sustancia, la esencia misma de la Iglesia. Una Iglesia que no estuviera en constante proceso de Redención, no sería la Iglesia de Cristo. Una Iglesia donde no hubiera constantes nacimientos por el Bautismo, y regeneraciones por el sacramento de la Confesión, pronto dejaría de ser Iglesia. Una Iglesia donde no hubiera constante presencia del Señor por la celebración de la Eucaristía no “propagaría el reino de Cristo, y no daría gloria a todos los hombres” (Apost. Act. 2), no sería la Iglesia en la que Cristo prometió su permanencia hasta el fin de los siglos (Mat. 28,20).

Una Iglesia sin los Sacramentos, esos medios instituidos por el mismo Jesús, que nos confieren la gracia que redime, que santifica y fortalece, y en definitiva nos salva, haría totalmente ineficaz la Redención, la truncaría, pues Cristo debe seguir redimiendo a la humanidad, a cada hombre. La Iglesia es el lugar permanente de la transformación del hombre, puesto en este mundo, con la ineludible misión de transformarlo según el plan salvífico de Dios.

Hoy celebramos la Ascensión de Jesús. Esto significa que la Iglesia comienza la tarea que El le ha encomendado. Con la Ascensión de Jesús empieza el ejercicio de nuestra responsabilidad apostólica. También a nosotros nos dicen los Ángeles: “Hombres… ¿por qué seguís mirando el cielo? Este Jesús… vendrá de la misma manera que lo habéis visto partir” (Hech. 1,11). Esto es: Jesús se fue al cielo, pero nos encomendó una misión bien concreta, ser sus testigos hasta el último rincón del mundo. Un día volverá para pedirnos cuenta.

¡Ser testigos! Debemos testimoniar a Cristo, muerto por nuestros pecados, pero resucitado porque es Dios, y por consiguiente toda su doctrina es valedera para siempre. De este testimonio nuestro dependen dos cosas: a) la transformación del mundo; b) nuestra propia salvación. Ambas cosas muy unidas. Por eso debemos ser testigos de Cristo en todas partes.

Donde haya un cristiano, un bautizado, debe resplandecer el testimonio. Debe ser patente la Verdad, la Justicia, el Amor, la Virtud, debe ser permanentemente combatida la mentira, el error, toda clase de injusticia, el odio, el pecado. Donde haya un cristiano de verdad, deberían callarse, ocultarse los hipócritas, los cínicos, los corruptores, los inmorales, los cobardes, los deshonestos… Pero ¿no sucede lo contrario? ¿No se sienten “apocados”, avergonzados, los cristianos -en muchos ambientes-, que más bien parecen “falsos testigos”? Porque el que no grita su testimonio con su palabra y conducta, es un traidor, un falso testigo. Más bien declara contra Cristo. Presenta a un falso Cristo.

Cristiano, ¿Qué esperas para actuar? No nos quejemos de los males. Hagamos presente a Cristo. Esa es nuestra misión. Si no, seremos inexcusables.

 

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.336-337)

domingo, 10 de mayo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¡Si, te quiero! y resurrección

 VI Domingo de Pascua

Jn 14,15-21

Dios solamente puede hacer cosas de la nada, y únicamente con el poder de su voluntad. Eso es crear. Los hombres jamás crean nada en el sentido estricto del término. Hacen “combinaciones” con cosas que ya existen. Hacen cosas “nuevas”. Pero en realidad no las crean. Además se necesitan medios para hacer o realizar algo. Esto en todos los órdenes; pero de un modo especial en lo referente a la eterna salvación. Jesús lo dice claramente: “Sin mí nada podéis hacer” (Juan 15,5).

Como cristianos, como católicos, por nuestro bautismo y confirmación, tenemos una fundamental misión en nuestra vida. Hemos de ser testigos de la Resurrección de Cristo ante los hombres, ante todo el mundo. Poco a poco tenemos que ir ampliando el conocimiento de esto, clarificando y entendiendo mejor aquello de que estamos aquí en la tierra “para conocer, amar y servir a Dios en este mundo y luego gozar con El en la Vida Eterna”, como decían nuestros viejos catecismos. No se trata de una idea egocéntrica, es decir, que me lleva a preocuparme por mi salvación en forma individual; he de comprender que mi salvación tiene relación con la salvación de los demás, que se ha de obrar por la gracia de Dios y el esfuerzo personal de cada uno. Para hacer más fácil, o menos difícil, este esfuerzo, es necesario que también las cosas estén ordenadas según la mente, el querer de Dios. Nuestras actividades espirituales y materiales, culturales, sociales, económicas, políticas, todo ha de servir para ese fin. Es en todo esto tan concreto donde ser ha de realizar ese conocimiento, ese servicio, y ese amor de Dios para alcanzar la eterna felicidad.

Realizando estas tareas seremos testigos de la Resurrección de Jesús hasta el último rincón de la tierra, y hasta la terminación del mundo. Para ello necesitamos la ayuda especial de Dios. Esta ayuda nos la ha prometido Jesús con el envío del espíritu santo que nos “enseñará” y nos “recordará” todo lo que nos dijo El, con la garantía de su propia presencia, no circunscripta a un lugar, sino misteriosamente real en cada uno de nosotros. “Me voy y vuelo a vuestro lado”. Para que ello se dé es necesario que nos mantengamos en el amor: “El que me ama guardará mis palabras y mi padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras”. Mas claro imposible.

El amor se ha de manifestar en la fidelidad al Señor, a sus mandamientos, que en el día de nuestro bautismo hemos jurado cumplir, aunque muchas veces ello nos resulte oneroso, “aunque salgamos perjudicados” (Salmo 14,4). Amor real y auténtico es eso: fidelidad a todo lo que se ha prometido cumplir. No confundir amor a Dios con “suspiros” y/o “emociones”, ni el amor al prójimo con las satisfacciones que se puedan experimentar tanto al dar algo como al recibir el reconocimiento o la retribución por la acción realizada.

Dar testimonio de la Resurrección es mantener, por ejemplo, la fidelidad a ese juramento del “¡Sí, te quiero!” matrimonial, que se ha prometido ante Dios mismo, ante la comunidad de parientes y amigos. Si ese “Si” fue sincero, auténtico, nacido del amor, debe perdurar inalterable a través del tiempo. Ese amor debe ser ejercicio, actualizado, como la RESURRECCIÓN.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.316-317)

 

domingo, 19 de abril de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Apóstoles tristes y desalentados

 

III Domingo de Pascua

Lc 24,13-35

Tantas han sido las pruebas que Jesús dio de su Resurrección, durante cuarenta días, que resultaría necio querer negar ese hecho. No obstante hubo, y hay, teorías que intentan, vanamente, poner en duda la Resurrección. La Liturgia de todo este tiempo posterior al Domingo de Pascua va evocando las manifestaciones que Jesús mismo hace de su Resurrección, para que a sus discípulos no les quede duda alguna. Así, las dudas de unos, la incredulidad de otros, la tardanza en reconocer, admitir y entender el hecho, han contribuido poderosamente a fortalecer la fe.

Hoy nos presenta la Iglesia, para la reflexión, a dos discípulos entristecidos, desilusionados, desanimados: “Nosotros esperábamos que fuera El (Jesús) quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días…”. ¡Esperábamos! Pero ahora, después que lo enterraron, parecen haber enterrado también sus esperanzas, y ahora ya no esperan nada.

¡Cuantas veces se repite eso! ¡Se esperaba! Sí, se pensaba que tal hecho, suceso, o circunstancia iba a cambiar a una persona. Ilusionados, en un primer momento, con una persona, resulta que… ¡Esperábamos! Se pensaba que haciendo un retiro, un cursillo, participando en algunas jornadas, integrando tal o cual movimiento o asociación iba a mejorar uno, o insuflar nuevos bríos a tal movimiento… y resulta que la cosa no fue así. ¿Por qué? Fundamentalmente por dos razones que considero muy importantes: falta de adecuado conocimiento de las cosas de Dios, y en segundo lugar falta de perseverancia.

1) Con demasiada frecuencia aplicamos a las cosas de Dios los criterios, las medidas, las matemáticas humanas. Con el menor esfuerzo y en el más breve plazo queremos lograr resultados que Dios tiene reservados para Su tiempo y en la medida que El quiere. El desaliento se produce cuando no se logran las propias expectativas. Se pretende fijar plazos y términos al sacrificio. Nos olvidamos que el Señor se vale de los medios más insospechados y, al parecer, menos aptos. Nos olvidamos que el Señor perdona, y espera el regreso del hijo pródigo, con paciencia infinita. Nos olvidamos que también nosotros, cada uno, tenemos nuestras tremendas limitaciones. ¡Cuán olvidadas o ignoradas son las sabias palabras de la IMITACIÓN DE CRISTO: “Si tú no sabes reformarte a ti mismo del modo que conviene ¿cómo quieres que otro se rinda a tus deseos? Queremos que otros sean perfectos, y no queremos enmendar nuestros propios defectos” (Libro I, cap. 16: recomiendo la lectura de todo este breve, pero sustancioso, capítulo).

2) Perseverancia. Conociendo el barro de que estamos hechos, Jesús nos insiste sobre la necesidad vital de la perseverancia: “Seréis aborrecidos por todos por mi nombre, el que persevere hasta el fin se salvará” (Mt 10,22). “…Por el exceso de maldad se enfriará la caridad de muchos; más, el que persevere hasta el fin, ese será salvo” (Mt 24, 12-13). Muchos fracasos, en todo orden, se deben a la falta de perseverancia, de constancia. Dice un adagio: “labor constans, omnia vincit”: el trabajo constante, todo lo supera. Otro refrán: “A Dios rogando y con el mazo dando”. No seamos, pues, como los discípulos de Emaús. Tenemos la seguridad del triunfo, con Jesús. ¿por qué desanimarnos?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.305-306)

 

 

domingo, 12 de abril de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: La Confesión, invento de Cristo

 II Domingo de Pascua o Domingo de la Divina Misericordia

Jn 20,19-31

Jesús resucitó. Es un hecho incuestionable. Ha concluido un modo de vida, el mortal, y ha empezado otro modo, el de la vida inmortal, glorioso, eterno. La Resurrección en síntesis y en esencia es eso.

La inmortalidad y el estado glorioso sólo se encuentran en Dios. De allí que nuestro resucitar será un eterno vivir en Dios, en la plenitud del gozo, de la felicidad. Algo que no podemos ni imaginar.

Pero no basta el solo hecho de la resurrección para lograr la felicidad. Se debe resucitar como Jesús, esto es, en gracia, sin pecado. Para resucitar en gracia, hay que morir en gracia; y para morir en gracia hay un solo modo absolutamente seguro: vivir permanentemente en gracia.

Sin lugar a equivocarnos podemos afirmar que toda la existencia, toda la realidad de Cristo debe ser mirada desde esta perspectiva de la gracia para ser comprendida. Cristo vino, vivió, enseñó, sufrió, murió, resucitó únicamente para satisfacer nuestra deuda; es decir, destruir el pecado y darnos la gracia santificante.

A fin de asegurarnos de un modo eficaz y permanente esta realidad, conocedor de nuestra miseria y fragilidad, después de su Resurrección El mismo sigue actuando, a través de los hombres (sacerdotes), en los Sacramentos que instituyó.

El evangelio de hoy (Juan 20, 19-31) nos consigna el hecho, en el mismo día de la Resurrección, de la institución del Sacramento de la Confesión, actualmente denominado Reconciliación. Por tanto, la confesión es un invento del amor de Jesucristo. Que lo desmientan -y los desafiamos públicamente- aquellos que niegan la realidad y la necesidad de este Sacramento, que niegan que lo haya instituido Jesucristo: a quienes los sacerdotes perdonen los pecados, ésos quedarán perdonados. Luego es necesario y obligatorio confesar los pecados para recibir el perdón de Dios. Así lo estableció Jesucristo, y ello no se discute.

En un texto de homilética leemos que una de las conquistas más prometedoras, según esperan, de la psicoterapia moderna, es la confesión psicoanalítica. El paciente yace tumbado en un diván, para su mayor comodidad, a oscuras, a fin de que pueda sobreponerse más fácilmente al rubor natural. Y es sometido por el especialista a interrogaciones que, ni en la confesión sacramental más rigurosa y pormenorizada, se le propondrían. Ha de responder con absoluta sinceridad y sin vacilaciones. Esta terapéutica es larga y onerosa. Consignemos, de paso, que esta terapia no siempre produce los efectos esperados, no obstante ser tan difícil y costosa.

En cambio, Nuestro Señor Jesucristo hizo las cosas mucho más sencillas para el tratamiento de la enfermedad del pecado, y con resultados infalibles si el cristiano sabe aplicar este remedio con la seriedad, frecuencia y devoción necesarias.

Llamo la atención sobre dos cosas:

1) La confesión, tal como la practica la Iglesia Católica (y no ante una pared o frente a un poste), es absolutamente necesaria para todo aquel que haya cometido pecado grave. No hay otro remedio para borrar el pecado. Para eso murió, para eso resucitó Jesús, y para eso instituyó este Sacramento.

2) No se puede comulgar en pecado mortal. Es necesario confesarse antes, y no después de la Comunión. Comulgar en pecado es obligar a Cristo a entrar donde está el diablo. Es como ponerlos juntos en una habitación. El solo deseo de comulgar no es razón, nunca, para cometer un sacrilegio. Es necesario repasar el catecismo para tener ideas claras.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.324-325)

domingo, 5 de mayo de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 6º Domingo de Pascua: “Dar la vida por los amigos”

 

«Señor, que yo permanezca en tu amor» (Jn 15,9).

“La caridad procede de Dios… Dios es amor” (1 Jn 4, 7-8). Estas palabras de San Juan sintetizan el mensaje de la Liturgia del día.

Es amor el Padre que “envió al mundo a su Hijo unigénito para que nosotros vivamos por él” (ib. 9; segunda lectura). Es amor el Hijo que ha dado la vida no sólo “por sus amigos” (Jn 15,13; Evangelio), sino también por sus enemigos. Es amor el Espíritu Santo en quien “no hay acepción de personas” (Hc 10, 34; primera lectura) y que está como impaciente por derramarse sobre todos los hombres. El amor divino se ha adelantado a los hombres sin algún mérito por parte de ellos: “En eso está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó” (1 Jn 4, 10). Sin el amor proveniente de Dios que ha sacado al hombre de la nada y luego lo ha redimido del pecado, nunca hubiera sido el hombre capaz de amar. Así como la vida no viene de la criatura sino del Criador, tampoco el amor viene de ella, sino de Dios, la sola fuente infinita.

El amor de Dios llega al hombre a través de Cristo. “Como el Padre me amó, yo también os he amado” (Jn 15, 9). Jesús derrama sobre los hombres el amor del Padre amándolos con el mismo amor con que de él es amado; y quiere que vivan en este amor: “Permaneced en mi amor” (ib.). Y así como Jesús permanece en el amor del Padre cumpliendo su voluntad, del mismo modo los hombres deben permanecer en su amor observando sus mandamientos. Y aquí aparece de nuevo en primera fila lo que Jesús llama su mandamiento: “que os améis unos a otros como yo os he amado” (ib. 12). Jesús ama a sus discípulos como es amado por el Padre y ellos deben amarse entre sí como son amados por el Maestro. Cumpliendo este precepto se convierten en sus amigos: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando” (ib. 14). La amistad exige reciprocidad de amor: se corresponde al amor de Cristo amándolo con todo el corazón y amando a los hermanos con los cuales él se identifica cuando afirma ser hecho a él lo que se ha hecho al más pequeños de aquellos (Mt 25, 40).

Es conmovedora e impresionante la insistencia con que Jesús recomienda a sus discípulos en el discurso de la Cena el amor mutuo: sólo mira a formar entre ellos una comunidad compacta, cimentada en su amor, donde todos se sientan hermanos y vivan los unos para los otros. Lo cual no significa restringir el amor al círculo de los creyentes; al contrario: cuando más fundidos estén en el amor de Cristo, tanto más capaces serán de llevar este amor a los demás hombres. ¿Cómo podrían los fieles ser mensajeros de amor en el mundo si no se amasen entre sí? Ellos deben demostrar con su conducta que Dios es amor y que uniéndose a él se aprende a amar y se hace uno en el amor; que el Evangelio es amor y que no en vano Cristo ha enseñado a los hombres a amarse; que el amor fundado en Cristo vence las diferencias, anula las distancias, elimina el egoísmo, las rivalidades, las discordias. Todo esto convence más y atrae más a la fe que cualquier otro medio, y es parte esencial de aquella fecundidad apostólica que Jesús espera de sus discípulos, a los cuales ha dicho: “os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16). Sólo quien vive en el amor puede dar al mundo el fruto precioso del amor.

 

“Tú eres amor, ¡oh, Dios! En esto se ha manifestado tu amor en nosotros, en que has enviado a tu Hijo unigénito al mundo, para que pudiéramos vivir por medio de Él. El Señor mismo lo ha dicho: nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos; el amor de Cristo por nosotros se demuestra en que murió por nosotros. ¿Cuál es la prueba, ¡oh, Padre de tu amor por nosotros? El que has enviado a tu Hijo único a morir por nosotros…

No fuimos nosotros los primeros que te amamos; pero nos has amado para que nosotros te amásemos… Si tú nos has amado así, también nosotros nos debemos amar mutuamente… Tú eres amor. ¿Cuál es el rostro del amor? ¿Su forma, su estatura, sus pies, sus manos? Nadie lo puede decir. El tiene pies que conducen a la Iglesia, manos que socorren a los pobres, ojos con los que se conoce al que está necesitado… Estos distintos miembros no están separados en lugares diversos; quien tiene caridad, ve con la mente todo y al mismo tiempo. ¡Oh, Señor, haz que yo viva en la caridad para que ella habite en mi, que permanezca en ella para que ella permanezca en mi”. (San Agustín, In Jn, 81. 3-4).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

 

domingo, 28 de abril de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 5º Domingo de Pascua: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos”

 

«Señor, que yo permanezca en ti y tú en mí» (Jn 15,4).

La liturgia de la Palabra presenta hoy en síntesis el itinerario de la vida cristiana: conversión, inserción en el misterio de Cristo, desarrollo de la caridad.

La primera lectura (Hc 9, 26-31) narra la llegada de Saulo a Jerusalén donde “todos le temían, no creyendo que fuese discípulo” (ib. 27) y que, iluminado de modo extraordinario por la gracia, de feroz enemigo se había convertido en ardiente apóstol de Cristo. La conversión no es tan repentina para todos; normalmente requiere un largo trabajo para vencer las pasiones y las malas costumbres, para cambiar mentalidad y conducta. Pero para todos es posible, y no sólo como paso de la incredulidad a la fe, del pecado a la vida de la gracia, sino también como ejercicio de las virtudes, desarrollo de la caridad y ascesis hacia la santidad.  Bajo este aspecto la conversión no es un mero episodio, sino un empeño que compromete toda la vida.

La conversión ratificada por el sacramento, injerta al hombre en Cristo para que viva en él y viva su misma vida. Es el tema del Evangelio del día (Jn 15, 1-8). “Permaneced en mí y yo en vosotros -dice el Señor-. Como el sarmiento no puede dar fruto de sí mismo si no permaneciere en la vid, tampoco vosotros si no permaneciereis en mí” (ib. 4-5). Sólo unido a la cepa puede vivir y fructificar el sarmiento; del mismo modo sólo permaneciendo unido a Cristo puede vivir el cristiano en la gracia y en el amor y producir frutos de santidad. Esto declara la impotencia del hombre en cuanto se refiere a la vida sobrenatural y la necesidad de su total dependencia de Cristo; pero declara igualmente la positiva voluntad de Cristo de hacer al hombre vivir de su misma vida.

Por eso el cristiano no debe desconfiar nunca; los recursos que no tiene en sí los encuentra en Cristo, y cuanto más experimenta la verdad de sus palabras: “sin mí no podéis hacer nada” (ib. 5), tanto más confía en su Señor que quiere ser todo para él. El bautismo y la inserción en Cristo que él produce son dones gratuitos; pero toca al cristiano vivirlos manteniéndose unido a Cristo por medio de la fidelidad personal, como indica la expresión tantas veces repetida: “permaneced en mí”. El grande medio para permanecer en Cristo es que sus palabras permanezcan en el creyente (ib. 7) mediante la fe que le ayuda a aceptarlas y el amor que se las hace poner en práctica.

Entre las palabras del Señor hay una de especial importancia que se recuerda en la segunda lectura (1 Jn 3, 18-24): “su precepto es que… nos amemos mutuamente” (ib. 23). El ejercicio de la caridad fraterna es la señal distintiva del cristiano, precisamente porque atestigua su comunión vital con Cristo; pues es imposible vivir en Cristo, cuya vida es esencialmente amor, sin vivir en el amor y producir frutos de amor. Y como Cristo ha amado al Padre y en él ha amado a todos los hombres, así el amor del cristiano para con Dios tiene que traducirse en amor sincero para con los hermanos. Por eso san Juan encarga con tanto ardor: “Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad” (ib. 18). Quien no tiene nada que temer delante de Dios, no porque sea impecable, sino porque Dios, “que es mejor que nuestro corazón y todo lo conoce” (ib. 20), en vista de su caridad para con los hermanos le perdonará con gran misericordia todos los pecados.


“¡Oh, Verdad! Yo soy la vida y vosotros los sarmientos. El que está en mí y yo en él, éste da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer. Y para evitar que alguno pudiera pensar que el sarmiento puede producir algún fruto, aunque escaso, después de haber dicho que éste daré mucho fruto, no dice que sin mí, poco podéis hacer, sino que dijo: Sin mí nada podéis hacer. Luego, sea poco, sea mucho, no se puede hacer sin Aquel sin el cual no se puede hacer nada. Y si el sarmiento no permanece unido a la vid, no podrá producir de suyo fruto alguno.

Estando unido a ti, ¿qué puedo querer sino aquello que no es indigno de Cristo?

Queremos unas cosas por estar unidos a Cristo y queremos otras por estar en este mundo… Sólo entonces permanecen en nosotros sus palabras, cuando cumplimos sus preceptos y vamos en pos de sus preceptos. Pero cuando sus palabras están sólo en la memoria, sin reflejarse en nuestro modo de vivir, somos como el sarmiento fuera de la vid, que no recibe sabia de la raíz”. (San Agustín, In Jn, 81. 3-4).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

 

domingo, 21 de abril de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 4º Domingo de Pascua: “Yo soy el buen pastor”

 

«¡Oh Jesús!, buen pastor!, que conoces a tus ovejas, hay que yo te conozca a ti» (Jn 10,14).

El misterio pascual se nos presenta hoy bajo la figura de Jesús, buen Pastor, y piedra angular de la Iglesia.

El buen Pastor no abandona el rebaño en la hora del peligro, como hace el mercenario, sino que para ponerlo a salvo se entrega a sí mismo a los enemigos y a la muerte: “El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,11). Es el gesto espontáneo del amor de Cristo por los hombres: “Nadie me quita la vida, soy yo quien la doy por mí mismo” (ib. 18). En este misterio de misericordia infinita el amor de Jesús se entrelaza y se confunde con el amor del Padre. El Padre es quien lo ha enviado para que los hombres tengan en él al Pastor que los guarde y les asegure la vida verdadera: “Ved que amor -dice san Juan en la segunda lectura- nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos” (1 Jn 3,1).

Este amor el Padre nos lo ha dado en el Hijo, que por medio de su sacrificio ha librado a los hombres del pecado, y los ha hecho participantes no sólo de un nombre, sino de un nuevo modo de ser, de una nueva vida: el ser y la vida de hijos de Dios. En virtud de la obra redentora de Cristo todo hombre está llamado a formar parte de una única familia que tiene a Dios por padre, de un único rebaño que tiene a Cristo por pastor. Esta familia y rebaño se identifican con la Iglesia, de la cual, como dice Pedro en la primera lectura, Jesús es la piedra fundamental. “El es la piedra rechazada por vosotros los constructores, que ha venido a ser piedra angular” (Hc 4,11). El primer pueblo de Dios lo ha rechazado, pero por el misterio de su muerte y resurrección Jesús se ha convertido en el sostén de un nuevo edificio: la Iglesia.

Cristo buen Pastor, Cristo piedra angular son dos figuras diversas pero que expresan una misma realidad: él es la única esperanza de salvación para todo el género humano. “Pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo… por el cual podamos ser salvos” (ib 12).

De aquí la urgencia para todos los hombres de pertenecer a la única Iglesia regida por Cristo, al único rebaño gobernado por él. Pero también hoy repite Jesús: “Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que yo las traiga” (Jn 10,16). De hecho son innumerables todavía las ovejas lejanas del aprisco, y sin embargo de ellas ha dicho expresamente Jesús: “oirán mi voz” (ib). Pero, ¿cómo pueden escucharla si no hay quien se la lleve anunciándoles el Evangelio? Todo creyente está comprometido en esta misión: con la oración, el sacrificio, la palabra debe trabajar para conducir al redil de Cristo a las ovejas olvidadizas y lejanas, a las extraviadas y errantes, para que de todas se haga “un solo rebaño” y todas tengas “un solo pastor” (ib).

El Evangelio del día nos sugiere aún una última reflexión: “Conozco a mis ovejas -dice el Señor- y las mías me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre” (ib. 14-15). No se trata de un simple conocimiento teórico, sino de un conocimiento vital que lleva consigo relaciones de amor y de amistad entre el buen Pastor y sus ovejas, relaciones que Jesús no duda en parangonar a las que existen entre él y el Padre. De la humilde comparación campestre del pastor y de las ovejas, Jesús se levanta a proponer la de la vida de comunión que lo une al Padre insertando en tal perspectiva sus relaciones con los hombres. Esta es la verdadera vida de los hijos de Dios, que comienza en la tierra con la fe y el amor y culminará en el cielo, donde “seremos semejantes a Dios, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

 

“¡Oh Señor!, tú dices: “Como el Padre me conoce a mí, yo conozco al Padre y doy mi vida por las ovejas” (Jn 10, 15). Es como si dijeras: en esto se manifiesta que yo conozco al Padre y soy conocido por él, en que doy mi vida por las ovejas… La caridad que te hace morir por tus ovejas, demuestra tu amor al Padre…

Y dices también: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna” (ib. 27-28). Y poco antes habías dicho: “El que por mí entrare se salvará, y entrará y saldrá y hallará pasto” (ib. 9). Entrará con la fe, pero saldrá pasando de la fe a la visión, de la facilidad de creer a la contemplación y hallará los pastos del eterno festín.

Tus ovejas hallarán pastos, porque quien te sigue con corazón sencillo es apacentado con pastos eternamente abundosos. ¿Y cuáles son esos pastos sino las alegrías íntimas de un paraíso siempre fresco y ameno? Pues el pasto de tus elegidos es la faz de Dios siempre presente. Contemplándolo indefectiblemente, el alma se sacia de un manjar eterno de vida…

Haz, Señor, que yo busque estos pastos para gozar con todos los ciudadanos del cielo… Se llene de ardor mi deseo por las cosas celestiales: amar así es ya ponerse en camino”. (San Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia, 14, 4-6).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

 

domingo, 14 de abril de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 3º Domingo de Pascua: “Vosotros sois testigos”

 
«¡Oh Jesús!, tú eres nuestra paz» (Ef 2,14).

En los domingos después de Pascua las lecturas del Antiguo testamento son sustituidas por los Hechos de los Apóstoles, que a través de la predicación primitiva testimonian la resurrección del Señor y demuestran cómo la Iglesia nació en nombre del Resucitado.

En la primera lectura de hoy Pedro presenta la resurrección de Jesús encuadrada en la historia de su pueblo como cumplimiento de todas las profecías y promesas hechas a los Padres: “El Dios de Abraham… el Dios de nuestros padres ha glorificado a su siervo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis en presencia de Pilato… Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos” (He 3, 13. 15.). Y por si su testimonio y el de cuantos vieron al Resucitado no fuera suficiente, nos ofrece una “señal” en la curación milagrosa del tullido que acaba de realizarse a la puerta del templo. Para hacer resaltar la Resurrección, Pedro no duda en recordar los hechos dolorosos que la precedieron: “vosotros negasteis al Santo y al Justo y pedisteis que se os hiciera gracia de un homicida. Disteis muerte al príncipe de la vida” (ib 14-15).

Las acusaciones son apremiantes, casi despiadadas; pero Pedro sabe que él está también incluido en ellas por haber renegado del Maestro; lo están igualmente todos los hombres que pecando siguen negando al “Santo” y rechazando “al autor de la vida”, posponiéndole a las propias pasiones, que son causa de muerte. Pedro no ha olvidado su culpa que llorará toda la vida, pero ahora siente en el corazón la dulzura del perdón del Señor. Esto le hace capaz de pasar de la acusación a la excusa: “Ahora bien, hermanos, ya sé que por ignorancia habéis hecho esto, como también vuestros príncipes” (ib 17), y luego al llamamiento a la conversión: “Arrepentíos, pues, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados” (ib 19). Como él ha sido perdonado, también lo será su pueblo y cualquier otro hombre, con tal de que todos reconozcan sus propias culpas y hagan el propósito de no pecar más.

A esto mismo se refiere la conmovedora exhortación de Juan (segunda lectura): “Hijitos míos, os escribo esto para que no pequéis” (1 Jn 2, 1). ¿Cómo volverá al pecado quien ha penetrado en el significado de la pasión del Señor? Sin embargo, consiente de la fragilidad humana, el Apóstol prosigue: “Pero si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, justo” (ib). Juan, que había oído en el Calvario a Jesús agonizante pedir el perdón del Padre para quien lo había crucificado, sabe hasta qué punto Jesús defiende a los pecadores. Víctima inocente de los pecados de los hombres, Jesús es también su abogado más valedero, pues “el es la propiciación por nuestros pecados” (ib. 2).

El mismo pensamiento se trasluce en el Evangelio del día. Apareciéndose a los Apóstoles después de la Resurrección, Jesús les saluda con estas palabras: “La paz sea con vosotros” (Lc 24, 36). El Resucitado da la paz a los Once atónitos y asustados por su aparición, pero no menos llenos de confusión y de arrepentimiento por haberlo abandonado durante la pasión. Muerto para destruir el pecado y reconciliar a los hombres con Dios, él les ofrece la paz para asegurarles su perdón y su amor inalterado. Y antes de despedirse de ellos los hace mensajeros de conversión y de perdón para todos los hombres: “será predicado en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén” (ib 47). De esta manera la paz de Cristo es llevada a todo el mundo precisamente porque “él es la propiciación por nuestros pecados”. ¡Misterio de su amor infinito!

 

“¡Oh Cristo, nuestra Pascua!, te has inmolado por nuestra salvación. Rey de gloria, no cesas de ofrecerte por nosotros, de interceder por todos ante el Padre; inmolado, ya no vuelves a morir; sacrificado, vives para siempre”. (Cfr. Misal Romano, Prefacio Pascual, III).

“¿Qué nos darás, pues, Señor, qué nos darás? Os doy la paz, dice, mi paz os dejo (Jn 14,27). Eso me basta, Señor; te agradezco lo que me dejas y te dejo lo que retienes. Esta participación me agrada, y no dudo de que me es sumamente ventajosa… Quiero la paz, deseo tu paz, y nada más. Aquel a quien la paz no basta, tú mismo no le bastarás. Porque tú eres nuestra paz, pues nos has reconciliado contigo (Ef 2, 14). Eso me es necesario; a mi me basta estar reconciliado contigo, para estar reconciliado conmigo mismo porque desde que me hice tu contrario híceme también gravoso a mí mismo (Jb 7, 20). Cuidaré ya de no ser ingrato al beneficio de la paz que me has dado… Quede para ti, Señor, quede para ti toda la gloria; yo seré muy feliz si logro conservar la paz.

Líbrame, ¡oh, Señor! Del ojo soberbio y del corazón insaciable que busca inquieto la gloria que te pertenece a ti solo, no pudiendo por eso conservar la paz ni alcanzar la gloria eterna” (San Bernardo, en Comentario al Cantar de los Cantares 13, 4-5).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

 

domingo, 7 de abril de 2024

LITURGIA: Fiesta de la Divina Misericordia

 

Queridos amigos y hermanos del blog: hoy, 2º Domingo de Pascua, es la Fiesta de la Divina Misericordia que tiene como fin principal hacer llegar a los corazones de cada persona el siguiente mensaje: Dios es Misericordioso y nos ama a todos... “y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia” (Diario “La Divina Misericordia en mi alma” escrito por Santa Faustina Kowalska, 723).

En este mensaje, que Nuestro Señor nos ha hecho llegar por medio de Santa Faustina, se nos pide que tengamos plena confianza en la Misericordia de Dios, y que seamos siempre misericordiosos con el prójimo a través de nuestras palabras, acciones y oraciones... “porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil” (Diario, 742). Con el fin de celebrar apropiadamente esta festividad, se recomienda rezar la Coronilla y la Novena a la Divina Misericordia; confesarse -para la cual es indispensable realizar primero un buen examen de conciencia-, y recibir la Santa Comunión el día de la Fiesta de la Divina Misericordia.

La esencia de la devoción se sintetiza en cinco puntos fundamentales:

1. Debemos confiar en la Misericordia del Señor. Jesús, por medio de Sor Faustina nos dice: “Deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en mi misericordia. Que se acerquen a ese mar de misericordia con gran confianza. Los pecadores obtendrán la justificación y los justos serán fortalecidos en el bien. Al que haya depositado su confianza en mi misericordia, en la hora de la muerte le colmaré el alma con mi paz divina”.

2. La confianza es la esencia, el alma de esta devoción y a la vez la condición para recibir gracias. “Las gracias de mi misericordia se toman con un solo recipiente y este es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son mi gran consuelo y sobre ellas derramo todos los tesoros de mis gracias. Me alegro de que pidan mucho porque mi deseo es dar mucho, muchísimo. El alma que confía en mi misericordia es la más feliz, porque yo mismo tengo cuidado de ella. Ningún alma que ha invocado mi misericordia ha quedado decepcionada ni ha sentido confusión. Me complazco particularmente en el alma que confía en mi bondad”.

3. La misericordia define nuestra actitud ante cada persona. “Exijo de ti obras de misericordia que deben surgir del amor hacia mí. Debes mostrar misericordia siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte. Te doy tres formar de ejercer misericordia: la primera es la acción; la segunda, la palabra; y la tercera, la oración. En estas tres formas se encierra la plenitud de la misericordia y es un testimonio indefectible del amor hacia mí. De este modo el alma alaba y adora mi misericordia”.

4. La actitud del amor activo hacia el prójimo es otra condición para recibir gracias. “Si el alma no practica la misericordia de alguna manera no conseguirá mi misericordia en el día del juicio. Oh, si las almas supieran acumular los tesoros eternos, no serían juzgadas, porque la misericordia anticiparía mi juicio”.

5. El Señor Jesús desea que sus devotos hagan por lo menos una obra de misericordia al día. “Debes saber, hija mía que mi Corazón es la misericordia misma. De este mar de misericordia las gracias se derraman sobre todo el mundo. Deseo que tu corazón sea la sede de mi misericordia. Deseo que esta misericordia se derrame sobre todo el mundo a través de tu corazón. Cualquiera que se acerque a ti, no puede marcharse sin confiar en esta misericordia mía que tanto deseo para las almas”.

Fiesta de la Divina Misericordia.

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos publicó el 23 de mayo del 2000 un decreto en el que se establece, por indicación del entonces pontífice reinante, el hoy Beato Juan Pablo II, la fiesta de la Divina Misericordia, que tiene lugar el segundo domingo de Pascua. La denominación oficial de este día litúrgico es «segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordia». Ya el Papa lo había anunciado durante la canonización de Sor Faustina Kowalska, el 30 de abril de ese mismo año: “En todo el mundo, el segundo domingo de Pascua recibirá el nombre de domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al genero humano en los años venideros”.

Sin embargo, el Papa no había escrito estas palabras, de modo que no aparecieron en la transcripción oficial de sus discursos de esa canonización. Santa Faustina, que es conocida como la mensajera de la Divina Misericordia, recibió revelaciones místicas en las que Jesús le mostró su corazón, fuente de misericordia y le expresó su deseo de que se estableciera esta fiesta. El Papa le dedicó una de sus encíclicas a la Divina Misericordia (“Dives in misericordia”).

El texto evangélico de ese domingo (Jn. 20, 19-31) es elocuente en cuanto a la Misericordia Divina: narra la institución del Sacramento de la Confesión o del Perdón. Es el Sacramento de la Misericordia Divina.

¿En qué consiste, entonces, esta Fiesta de la Divina Misericordia? He aquí lo que dijo Jesús a Santa Faustina: “Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de mi Misericordia. Derramo un mar de gracias sobre las almas que se acerquen al manantial de mi Misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas” (Diario, 699).

Es decir, quien arrepentido se confiese y comulgue el Domingo de la Divina Misericordia, podrá recibir el perdón de las culpas y de las penas de sus pecados, gracia que recibimos sólo en el Sacramento del Bautismo o con la indulgencia plenaria. O sea que si su arrepentimiento ha sido sincero y si cumple con las condiciones requeridas, el alma queda como recién bautizada, libre inclusive del reato de las penas del purgatorio que acarrean sus pecados aun perdonados.

La devoción de la Divina Misericordia, incluye también la Hora de la Divina Misericordia, la Coronilla (o Rosario) de la Divina Misericordia y la Novena preparatoria a la Fiesta de la Misericordia, que por cierto no es condición requerida para recibir las gracias especiales el día de la Fiesta de la Divina Misericordia.

Nuestro Señor dijo en una ocasión a Santa Faustina: “Mi misericordia es tan grande que en toda la eternidad no la penetrará ningún intelecto humano ni angélico”  Es un hecho que la grandeza, importancia y trascendencia de esta Fiesta, “nacida de las entrañas de la Misericordia Divina”, no podrá ser suficientemente comprendida por nosotros.

Que la Santísima Virgen María, Madre y Reina de Misericordia nos ayude a entender y a vivir este misterio insondable de Dios: su Divina Misericordia.

miércoles, 31 de mayo de 2023

LA LUZ DE FRANCISCO (audios): Vivir vida de resucitados

Tema del episodio Nº 30 del ciclo:

Vivir vida de resucitados 

“La luz de Francisco”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote argentino José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió todos los viernes a las 13:30 hs por Cadena Cope Cádiz, España, desde octubre de 2013 a junio de 2014.

El programa cuenta con una particularidad muy importante: la sintonía del mismo ha sido escrita e interpretada por Palito Ortega en homenaje al Papa Francisco y regalada al Padre José Medina para que le acompañe en este programa de evangelización, que adopta su nombre de esta misma canción.

domingo, 28 de mayo de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo A - 8º Domingo de Pascua: Pentecostés

 


“Manda tu Espíritu, Señor, y renovarás la faz de la tierra” (Salmo 104, 30).

“El Espíritu del Señor llena todo el mundo, y él, que mantiene todo unido, habla con sabiduría” (Misal Romano). Esta realidad, anunciada en el libro de la Sabiduría, se cumplió en toda su plenitud el día de Pentecostés, cuando los apóstoles y los que estaban con ellos “se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería” (Hc 2, 49).

Pentecostés es el cumplimiento de la promesa de Jesús: “cuando yo me fuere, os lo enviaré” (Jn 16, 7); es el bautismo anunciado por él antes de subir al cielo: “seréis bautizados en el Espíritu Santo” (Hc 1, 5); como también es el cumplimiento de sus palabras: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, ríos de agua viva manarán de su seno” (Jn 7, 37-38). Comentando este último episodio, nota el evangelista: “Esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeren en él, pues aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado” (ib 39). No había sido dado en su plenitud, pero no quiere decir que el Espíritu faltara a los justos. El Evangelio lo atestigua de Isabel, de Simeón y de muchos otros más. Jesús lo declaró de sus apóstoles en la vigilia de su muerte: “vosotros le conocéis porque permanece con vosotros” (Jn 14, 17); y aún más en la tarde de Pascua, cuando apareciéndose a los once en el cenáculo, “sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).

El Espíritu Santo es el “don” por excelencia, infinito como infinito es Dios; aunque quien cree en Cristo ya lo posee, puede sin embargo recibirlo y poseerlo cada vez más. La donación del Espíritu Santo a los apóstoles en la tarde de la resurrección demuestra que ese don inefable está estrechamente unido al misterio pascal; es el supremo don de Cristo que, habiendo muerto y resucitado por la redención de los hombres, tiene el derecho y el poder de concedérselo. La bajada del Espíritu en el día de Pentecostés renueva y completa este don, y se realiza no de una manera íntima y privada, como en la tarde de Pascua, sino en forma solemne, con manifestaciones exteriores y públicas indicando con ello que el don del Espíritu no está reservado a unos pocos privilegiados sino que está destinado a todos los hombres como por todos los hombres murió, resucitó y subió a los cielos Cristo. El misterio pascual culmina por lo tanto no sólo en la Resurrección y en la Ascensión, sino también en el día de Pentecostés que es su acto conclusivo.

Cuando los hombres, impulsados por el orgullo y casi desafiando a Dios, quisieron construir la famosa torre de Babel, no podían entenderse (Gn 11, 1-9, primera lectura de la Misa de la Vigilia de Pentecostés). Con la bajada del Espíritu Santo sucedió lo contrario: no confusión de lenguas, sino el “don” de lenguas que permitía una inteligencia recíproca entre los hombres “de cuantas naciones hay bajo el cielo” (Hc 2, 5); ya no más separación, sino fusión entre gentes de los más diversos pueblos. Esta es la obra fundamental del Espíritu Santo: realizar la unidad, hacer de pueblo y de hombres diversos un solo pueblo, el pueblo de Dios fundado en el amor que el divino Paráclito ha venido a derramar en los corazones.

San Pablo recuerda este pensamiento escribiendo a los Corintios: “Todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu para constituir un solo cuerpo, y todos, ya judíos, ya gentiles, ya siervos, ya libres, hemos bebido del mismo Espíritu” (1 Cr 12, 13). El divino Paráclito, Espíritu de amor, es espíritu y vínculo de unión entre los creyentes de los cuales constituye un solo cuerpo, el Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia. Esta obra, comenzada el día de Pentecostés, está ordenada a renovar la faz de la tierra, como un día renovó el corazón de los apóstoles, rompiendo su mentalidad ligada al judaísmo, para lanzarlos a la conquista del mundo entero, sin distinción de razas o de religiones. Esta empresa fue facilitada de manera concreta con el don de las lenguas que permitió a la Iglesia primitiva difundirse con mayor rapidez. Y si con el tiempo ese don ha cesado, fue sustituido, y lo es todavía hoy, por otro don no menos poderoso para atraer a los hombres al Evangelio y unirles entre sí: el amor.

El lenguaje del amor es comprendido por todos: doctos e ignorantes, connacionales y extranjeros, creyentes e incrédulos. Por eso precisamente tanto la Iglesia entera como cada uno de los fieles tienen necesidad de que se renueve en ellos Pentecostés. Aunque el Espíritu Santo esté ya presente, hay que continuar pidiendo: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor” (Versículo del Aleluya). Pentecostés no es un episodio que se cumplió cincuenta días después de la Pascua y ha quedado ya cerrado y concluido; es una realidad siempre actual en la Iglesia. El Espíritu Santo, presente ya en los creyentes por razón de esta presencia suya en la Iglesia, los hace cada vez más deseosos de recibirlo con mayor plenitud, dilatando él mismo sus corazones para que sean capaces de recibirlo con efusiones cada vez más copiosas.

 

“¡Oh Espíritu Santo, Amor sustancial del Padre y del Hijo, Amor increado, que habitas en las almas justas! Ven sobre mí como un nuevo Pentecostés, trayéndome la abundancia de tus dones, de tus frutos, de tu gracia y únete a mí como Esposo dulcísimo del alma.

Yo me consagro a ti totalmente: invádeme, tómame, poséeme toda. Sé luz penetrante que ilumine mi entendimiento, suave moción que atraiga y dirija mi voluntad, energía sobrenatural que dé vigor a mi cuerpo. Completa en mí tu obra de santificación y de amor. Hazme pura, transparente, sencilla, verdadera, libre, pacífica, suave, quieta y serena aun en medio del dolor, ardiente de caridad hacia Dios y hacia el prójimo.

Ven, oh Espíritu vivificante, sobre esta pobre sociedad y renueva la faz de la tierra, preside las nuevas orientaciones, danos tu paz, aquella que el mundo no puede dar. Asiste a tu Iglesia, dale santos sacerdotes, fervorosos apóstoles, solicita con suaves invitaciones a las almas buenas, sé dulce tormento a las almas pecadoras, consolador refrigerio a las almas afligidas, fuerza y ayuda a las tentadas, luz a las que están en las tinieblas y en las sombras de la muerte”. (Sor Carmela del Espíritu Santo, Escritos inéditos).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

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domingo, 21 de mayo de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo A - 7º Domingo de Pascua: La Ascensión del Señor

 


“Se eleva Dios entre aclamaciones. ¡Cantad a Dios cantadle! ¡Cantad a nuestro Rey, cantadle! Porque él es Rey de toda la tierra! (Salmo 47, 6-8)

La Ascensión del Señor es el coronamiento de su Resurrección. Es la entrada oficial en la gloria que correspondía al Resucitado después de las humillaciones del Calvario; es la vuelta al Padre anunciada por él en el día de Pascua: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn 30, 17), había dicho a María Magdalena. Y a los discípulos de Emaús: “¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?” (Lc 24, 26). Tal modo de expresarse indica no sólo una vuelta y una gloria futuras, sino inmediatas y ya presentes en cuanto estrechamente ligadas a la Resurrección. Sin embargo, para confirmar a los discípulos en la fe, era necesario que esto sucediese de manera visible, como se verificó cuarenta días después de la Pascua. Los que habían visto morir al Señor en la cruz entre insultos y burlas, debían ser los testigos de su exaltación suprema a los cielos.

Los evangelistas refieren el hecho con mucha sobriedad, y sin embargo su narración hace resaltar el poder de Cristo y su gloria: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”, se lee en Mateo (28, 18); y Marcos añade: “El Señor Jesús… fue levantado a los cielos y está sentado a la diestra de Dios” (16, 19). A su vez Lucas recuerda la última bendición de Cristo a los apóstoles: “Mientras los bendecía se alejaba de ellos y era llevado al cielo” (24, 51). También en los últimos discursos brilla su majestad divina. Habla como quien todo lo puede y anuncia a sus discípulos que en su nombre “echarán los demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán en las manos las serpientes, y si bebieran ponzoña, no les dañará; pondrán las manos sobre los enfermos, y éstos se encontrarán bien” (Mc 16, 17-18).

Los Hechos de los Apóstoles atestiguan la verdad de todo esto. Y Lucas, tanto en la conclusión de su Evangelio como en los Hechos, habla de la gran promesa del Espíritu Santo que confirma a los apóstoles en la misión y en los poderes recibidos de Cristo: “Yo os envío lo que mi Padre os ha prometido” (Lc 24, 49); “recibiréis el poder del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos… hasta el extremo de la tierra. Diciendo esto, fue arrebatado a vista de ellos, y una nube le sustrajo a sus ojos” (Hc 1, 8-9). Espectáculo maravilloso que dejó a los apóstoles atónitos, “fija la vista en él”, hasta que dos ángeles vinieron a sacarles de su asombro.

El cristiano está llamado a participar de todo el misterio de Cristo y por lo tanto también de su glorificación. El mismo lo había dicho: “Voy a prepararos el lugar. Y cuando yo me haya ido… volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros” (Jn 14, 2-3). La Ascensión constituye por lo tanto un gran argumento de esperanza para el hombre que en su peregrinación terrena se siente desterrado y sufre alejado de Dios. Es la esperanza que san Pablo invocaba para los Efesios y quería que estuviera siempre viva en sus corazones: “El Dios de nuestro Señor Jesucristo y Padre de la gloria… ilumine los ojos de vuestro corazón, para que entendáis cuál es la esperanza a que os ha llamado” (Ef 1, 17-18). ¿Y en qué fundaba el apóstol esta esperanza? En el gran poder de Dios “que él ejerció en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo principado y potestad (o sea, de los ángeles)… y de todo cuanto tiene nombre” (ib. 20-21).

La gloria de Cristo levantado por encima de toda criatura es, en el pensamiento paulino, la prueba de lo que Dios hará a favor de aquellos que, unidos a Cristo con la fe y perteneciéndole como miembros de un solo cuerpo del que él es la cabeza, compartirán su suerte. Esto lleva consigo el cristianismo auténtico: creer y nutrir la firme esperanza de que, así como hoy el creyente en las tribulaciones de la vida toma parte en la muerte de Cristo, también un día tendrá parte en su gloria eterna.

Pero los ángeles, que en el monte de la Ascensión dicen a los Apóstoles: “Ese Jesús que ha sido arrebatado de entre vosotros al cielo, vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hc 1, 11), amonestan a los creyentes a poner manos a la obra mientras esperan la venida final de Cristo. Con la Ascensión termina la misión terrena de Cristo y comienza la de los discípulos. “Id -les había dicho el Señor- enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19); tienen que continuar perennemente en el mundo su obra de salvación predicando, administrando los sacramentos, enseñando a vivir según el Evangelio. Sin embargo, Cristo, quiere que esto sea precedido y preparado por una pausa de oración en la espera del Espíritu Santo que deberá confirmar y corroborar a sus apóstoles. La vida de la Iglesia comienza de esta manera, no con la acción sino con la oración, “al lado de María, la Madre de Jesús” (Hc 1, 14).

 

Concédenos, Dios todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza, porque la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y él que es la cabeza de la Iglesia, nos ha precedido en la gloria a la que somos llamados como miembros de su cuerpo (Oración Colecta, Misal Romano).

Señor Jesús, rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte, has ascendido hoy ante el asombro de los ángeles, a lo más alto del cielo, como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos. No te has ido para desentenderte de este mundo, sino que has querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de tu Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirte en tu reino (Cfr. Prefacio I, Misal Romano).

“Levantado sobre los cielos, ¡oh, Dios!... tú que permaneciste encerrado en el seno de una madre, que fuiste formado de lo que tú mismo formaste… tú a quien el viejo Simeón conoció pequeño y proclamó grande, que la viuda Ana vio lactante y reconoció omnipotente; tú que sufriste el hambre y la sed por nosotros, que te fatigaste en tus peregrinaciones por nosotros… tú, arrestado, atado, flagelado, coronado de espinas, atado al leño de la cruz, atravesado por una lanza; tú muerto y sepultado, levantado al cielo, ¡oh, Dios!” (San Agustín, Sermón 262, 4).

Tu resurrección, oh Señor, es nuestra esperanza, tu ascensión es nuestra glorificación… Haz que ascendamos contigo y que nuestro corazón se eleve hacia ti. Pero, haz que levantándose, no nos enorgullezcamos ni presumamos de nuestros méritos como si fuesen de nuestra propiedad; haz que tengamos el corazón en alto, pero junto a ti, porque elevar el corazón no siendo hacia ti, es soberbia, elevarlo a ti, es seguridad. Tú ascendido al cielo te has hecho nuestro refugio…

¿Quién es ese que asciende? El mismo que descendió. Has descendido por sanarme, has ascendido para elevarme. Si me elevo a mí mismo caigo; si me levantas tú, permanezco alzado… A ti que te levantas digo: Señor, tú eres mi esperanza, tú que asciendes al cielo; sé mi refugio”. (San Agustín, Sermón 261, 1).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

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