domingo, 15 de febrero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: La ignorancia de saberlo todo


Uno de los conceptos mejor expresados sobre la realidad del misterio de la Encarnación de Jesús, es sin duda aquel de la Carta a los Hebreos: “Jesús fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado” (Heb 4, 15-16). Por eso, como hombre, Jesús “es capaz de compadecerse de nuestras debilidades” (id.). Nadie es capaz de comprender mejor la situación de otro que aquel que ha experimentado en carne propia la misma situación. Jesús nos conoce no sólo como Dios, sino que también como hombre nos comprende perfectamente. De allí que hemos de acercarnos a El “confiadamente a fin de obtener misericordia y ser socorridos en el momento oportuno” (id.).

“Fue sometido a las mismas pruebas que nosotros”:

a) En el orden biológico: nace y tiene las mismas necesidades del cuidado de una madre, depende del fruto del trabajo de un padre; crece, se desarrolla… y acaba su existencia como un perfecto hombre.

b) En el orden de la convivencia humana: no se ve librado de las dificultades y contratiempo surgidos por la ignorancia, el egoísmo, la envidia, la soberbia, el odio, la ambición, las apetencias de los intereses rastreros de los hombres. Es blanco de frecuentes ataques hasta terminar en la cruz. Tener que transformar la vida de los demás ¡qué tarea ardua, difícil, a menudo desconcertante! Los que tenemos experiencia de esto por razón de nuestro ministerio (sacerdotes, religiosas, catequistas, apóstoles laicos) frecuentemente constatamos y llegamos a la absoluta certeza que el trabajo más difícil, que necesita más tiempo y requiere más paciencia, más oración, más sacrificio y las más amargas lágrimas es la tarea de convertir un alma, de transformar una vida.

De ordinario, cuando uno podía creer que ha logrado algo se encuentra de repente con comprobaciones dolorosas, que parecerían manifestar que se ha trabajado en vano (Lc. 5,5), que de todo lo sembrado con tanto amor y esperanza no aflora la anhelada planta sino un cardo, un abrojo, un erizado espinar que pincha, que lascera el alma. Humanamente hablando, ¡qué descorazonador resulta, cómo muerde y empuja la tentación de abandonarlo todo, de dar por perdido el tiempo y el esfuerzo realizado, sino hasta la misma esperanza de lograr algo en el futuro, y no obstante, tener que seguir aún con más amor, con mayor constancia sin abandonar la lucha!

Todo esto y mucho más experimentó Jesús. Tras tanto predicar sobre la necesidad de la abnegación, de la humildad, del tener que padecer, de llevar cada uno su cruz todos los días, dos de sus Apóstoles, de sus predilectos, un día le reclaman: “Queremos que nos concedas sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. Pero no termina allí el episodio triste: “Los otros diez, que habían oído… se indignaron contra ellos”. Todos, los doce fallaron. Jesús con incansable paciencia vuelve a empezar: “El que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos…”.

Aprendamos:

1) Hemos de confiar en Cristo, en su perdón, por mucho que hayamos ofendido a Dios. Cristo nos comprende y nos espera. Para eso ha venido y no para otra cosa.

2) Para ello es necesario que tengamos humildad. Nunca nos hemos de considerar mejor que los demás. Sirvamos a todos. Una forma de servir también a los demás es aceptar los consejos de aquellos que realmente nos quieren, porque es aceptar el servicio que nos prestan. No hay peor actitud que la de aquel que cree que lo sabe todo, que su modo de pensar y actuar es el mejor, el más perfecto por el simple hecho de que así se acostumbró. También Pedro sabía pescar, era su oficio. Sabía cuándo y dónde se pescaba mejor. Jesús le dice que eche las redes, contradiciendo todo el perfecto conocimiento de Pedro… y al acceder al consejo de Jesús, el que era pescador de oficio, pescó una gran cantidad de peces de una sola vez.

Quien realmente nos quiere no nos aconsejará jamás para el mal, aunque su consejo a veces nos duela porque pisotee nuestra soberbia y suficiencia.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 27-29)


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