Mostrando entradas con la etiqueta Santísima Trinidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santísima Trinidad. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de febrero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Todavía creer en la Trinidad?

 

Hay un principio filosófico que expresa: el obrar es consecuencia del ser. Primero se existe, luego se actúa.

Desde hace un tiempo se ha despertado en muchos cristianos una mayor conciencia y preocupación por los diversos campos de acción: educación, cultura, política, economía, derechos humanos, erradicación del hambre, la miseria, las injusticias sociales, la preocupación por la familia, el progreso y desarrollo. Todo ello muy loable y digno de aplauso, estímulo y apoyo.

Pero también “no es raro encontrar cristianos muy comprometidos en tareas apostólicas… a quienes les da lo mismo que Dios sea uno o tres personas. Piensan que esto es un tema teórico sin repercusiones prácticas… Que la Trinidad es un dogma, incomprensible, sí, pero que no tiene sentido al menos para este tiempo. Por eso nadie se ha tomado la molestia de criticarlo, de negarlo, ni tampoco de afirmarlo. Y la razón es que parece que ni quita ni pone nada a la vida cristiana… de la misma manera que nos da lo mismo que los planetas sean nueve o diez, porque esto no resuelve ninguno de los problemas que el hombre tiene planteados…” como leemos en un libro de Homilética.

A esto se llegar cuando en la práctica se relega a un segundo plano toda la realidad espiritual del hombre, cuando se le quita importancia o hasta se niega por pseudoteólogos la existencia de valores y verdades objetivas reales y absolutas. Se “ateiza” todo con el relativismo subjetivo, con la moral de situación, puramente subjetiva, y cosas por el estilo. Entonces la tarea apostólica, quizá iniciada con mucho entusiasmo y la más recta de las intenciones, al tiempo decae y hasta se la abandona. Le ha faltado base; se ha prescindido de Aquel que dijo: “Sin mí nada podéis hacer” (Jn 15,5).

No es un hecho intrascendente para el hombre el que Dios, ser supremo, creador, redentor y remunerador de los actos humanos, sea uno en tres personas. La preocupación -hasta casi como una obsesión- de Jesucristo fue la realidad del Padre, la gloria del Padre, la obediencia al Padre. Nos habló del Padre y nos prometió y envió al Espíritu Santo para llevar a cabo la obra que nos encomendó: ser sus testigos. Pero ¿qué es lo que vamos a testimoniar de Jesús? Su resurrección, como sello, garantía y certeza de que lo que El hizo y enseñó es verdad.

Es necesario que volvamos al origen de todo: Dios. No basta actuar en “nombre” de Cristo, de Dios. Para actuar como cristiano no basta realizar acciones o gestos cristianos; hay que serlo de verdad. No somos simples actores que representamos un papel. Debemos vivir la gracia para ser testigos y no sólo hacer de testigos de la Trinidad.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 11-12)

 

domingo, 25 de enero de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Dios, ¿una meta para alcanzar?

 

Los hombres, cuando se proponen alcanzar algo -una meta-, ordenan todos sus actos para lograrlo. Y no quedan satisfechos hasta haber obtenido el resultado.

Con frecuencia en la vida espiritual se suele proceder de un modo similar. Se procura alcanzar a Dios, la virtud, la vida cristiana en pleno, somo si se tratara de llegar a un punto, una meta en la que todos los problemas o inconvenientes quedarían superados. Y allí está el error.

A Dios no lo lograremos en esta tierra como una meta. Ni la virtud. Ni la vivencia cristiana en su plenitud.

Dios no es algo, sino ALGUIEN que nos habla. Nos habla a través de la Biblia. Nos habla por medio de su propio Hijo que vive y perdura “hasta el fin de los tiempos” en la Iglesia por El fundada y permanentemente asistida y sostenida. Nos habla también a través de los acontecimientos, de la historia. Ciertamente que no nos habla de la misma manera como lo hace en la Sagrada Escritura o por medio del Magisterio de la Iglesia. A través de los acontecimientos “nos despierta” para que reflexionemos, para que confrontemos nuestra propia vida, nuestras propias actitudes con la verdad que El nos ha revelado.

De modo similar, la vida cristiana, la virtud, no es un término, una meta para lograr totalmente en un plazo de tiempo de acuerdo al esfuerzo, al empeño personal de cada uno. La amplitud del tiempo y la intensidad del esfuerzo deben servir para afianzarnos en el camino.

Por tanto, nuestro peregrinar hacia el Padre, debe tener las características de un viaje; todavía no se ha llegado a la meta. Todavía es necesario sentir el cansancio, las incomodidades, los “imprevistos” del camino. Eso es la vida del cristiano. Debe contar con la realidad de “los buenos y malos en el reino de Dios”. Y mientras seamos viandantes no nos extrañemos de que la meta está distante, aunque siempre a la vista. Caminemos con esperanza.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pag. 7)

 

domingo, 15 de junio de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C: La Santísima Trinidad

 

«Nuestra fe en ti, Dios uno en tres Personas, nos sea prenda de salvación» (Misal Romano, oración después de la Comunión).

Concluido el ciclo de los misterios de la vida de Cristo, la Liturgia se eleva a contemplar el misterio de la Santísima Trinidad. En el Antiguo Testamento este misterio es desconocido; sólo a la luz de la revelación neotestamentaria se pueden descubrir en él lejanas alusiones. Una de las más expresivas es la contenida en el elogio de la Sabiduría, atributo divino presentado como persona (Pr 8, 22-31; 1ª lectura). El Señor me poseyó al principio de sus tareas, al principio de sus obras antiquísimas... Antes de los abismos fui engendrada... Cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como arquitecto» (ib 22.24.29-30). Es, pues, una persona coexistente con Dios desde la eternidad, engendrada por él y que tiene junto a él una misión de colaboradora en la obra de la creación.

Para el cristiano no es difícil descubrir en esta personificación de la sabiduría-atributo una figura profética de la sabiduría increada, el Verbo eterno, segunda Persona de la Santísima Trinidad, de la que escribió San Juan: «En el principio la Palabra existía, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios... Todo se hizo por ella» (1, 1.3). Pero las expresiones que más impresionan son aquellas en que la sabiduría dice que se goza por la creación de los hombres y que tiene sus delicias en ellos. ¿Cómo no pensar en la Sabiduría eterna, en el Verbo que se hace carne y viene a morar entre los hombres?

En la segunda lectura (Rm 5, 1-5), la revelación de la Trinidad es claramente manifiesta. Ahí están las tres Personas divinas en sus relaciones con el hombre. Dios Padre lo justifica restableciéndolo en su gracia, el Hijo se encarna y muere en la cruz para obtenerle ese don y el Espíritu Santo viene a derramar en su corazón el amor de la Trinidad. Para entrar en relaciones con los «Tres», el hombre debe creer en Cristo su Salvador, en el Padre que lo ha enviado y en el Espíritu Santo que inspira en su corazón el amor del Padre y del Hijo. De esta fe nace la esperanza de poder un día gozar «de la gloria de los hijos de Dios» (ib 2) en una comunión sin velos con la Trinidad sacrosanta. Las pruebas y las tribulaciones de la vida no pueden remover la esperanza del cristiano; ésta no es vana, porque se funda en el amor de Dios que desde el día del bautismo «ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (ib 5). Fe, esperanza y amor son las virtudes que permiten al cristiano iniciar en la tierra la comunión con la Trinidad que será plena y beatificante en la gloria eterna.

El Evangelio del día (Jn 16, 12-15) proyecta nueva luz sobre la misión del Espíritu Santo y sobre todo el misterio trinitario. En el discurso de la Cena, al prometer el Espíritu Santo, dice Jesús: «Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena» (ib 13). También Jesús es la Verdad (Jn 14, 6) y ha enseñado a los suyos toda la verdad que ha aprendido del Padre —«todo lo que he oído a mi Padre, os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15)—; por eso el Espíritu Santo no enseñará cosas que no estén contenidas en el mensaje de Cristo, sino que hará penetrar su significado profundo y dará su exacta inteligencia preservando la verdad del error. Dios es uno solo, por eso única es la verdad; el Padre la posee totalmente y totalmente la comunica al Hijo: «Todo lo que tiene el Padre es mío», declara Jesús y añade: el Espíritu Santo «tomará de lo mío y os lo anunciará» (Jn 16, 15).

De este modo afirma Jesús la unidad de naturaleza y la distinción de las tres Personas divinas. No sólo la verdad, sino todo es común entre ellas, pues poseen una única naturaleza divina. Con todo, el Padre la posee como principio, el Hijo en cuanto engendrado por el Padre y el Espíritu Santo en cuanto que procede del Padre y del Hijo. No obstante, el Padre no es mayor que el Hijo, ni el Hijo que el Espíritu Santo. En ellos hay una perfecta comunión de vida, de verdad y de amor. El Hijo de Dios vino a la tierra justamente para introducir al hombre en esta comunión altísima haciéndolo capaz por la fe y el amor, de vivir en sociedad con la Trinidad que mora en él.

 

Tú, Trinidad eterna, eres el Hacedor, y yo la hechura. En la recreación que de mí hiciste en la sangre de tu Hijo, he conocido que estabas enamorado de la belleza de tu hechura.

¡Oh abismo, oh deidad eterna, oh mar profundo! ¿Podías dar algo más que darte a ti mismo? Eres fuego que siempre arde y no se consume. Eres fuego que consume en su calor todo amor propio del alma. Eres fuego que quita toda frialdad. Tú alumbras...

En esta luz te conozco a ti, santo e infinito Bien; Bien sobre todo bien. Bien feliz, Bien incomprensible, Bien inestimable. Belleza sobre toda belleza. Sabiduría sobre toda sabiduría, porque tú eres la sabiduría misma. Tú, manjar de los ángeles, dado con fuego de amor a los hombres. Tú, vestido que cubre toda desnudez, sacias al hombre en tu dulzura. Dulce, sin mezcla de amargura.

¡Oh Trinidad eterna! En la luz que me diste... he conocido... el camino de la gran perfección para que te sirva con luz y no con tinieblas, sea espejo de buena y santa vida y me eleve de mi vida miserable, ya que por culpa mía te he servido siempre en tinieblas... Y tú, Trinidad eterna, con tu luz disipaste las tinieblas. (Santa Catalina de Siena, Diálogo 167).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

   

domingo, 26 de mayo de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B – La Santísima Trinidad

 

«Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo» (Aleluya).

Después de haber considerado todos los misterios de la salvación -desde el nacimiento de Cristo hasta Pentecostés-, la Iglesia dirige su mirada al misterio primordial del cristianismo, la Santísima Trinidad, fuente de todo don y de todo bien. E invita a los fieles a cantar sus alabanzas: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo» (Aleluya).

La revelación de la Trinidad pertenece al Nuevo Testamento: el Antiguo intenta todo él proclamar y exaltar la unidad de Dios: uno solo es el Señor. «Reconoce y medita en tu corazón -se lee hoy en la primera lectura (Dt 4, 32-34. 29-40)- que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro». Israel que vivía en contacto con pueblos paganos, necesitaba ser advertido continuamente de esta verdad para no caer en la idolatría. El Antiguo Testamento celebra la grandeza de Yahvé, único Dios: él es el Creador de todo el universo, el Señor absoluto; pero celebra también su condescendencia para con los hombres: es el pastor que va en busca de sus criaturas para ayudarlas, defenderlas del mal y atraerlas a sí. Israel lo ha experimentado ampliamente: Dios lo ha elegido para pueblo suyo, lo ha sacado de la esclavitud egipcia con prodigios admirables, le ha ofrecido su alianza, le ha concedido el privilegio de oír su voz y gozar de su presencia. «Desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra, ¿hubo jamás palabra tan grande como ésta?, ¿se oyó cosa semejante?» (ib 32).

Sin embargo, el nuevo pueblo de Dios -la Iglesia- goza de privilegios mayores aún, fruto de la encarnación del Hijo de Dios y de su pasión, muerte y resurrección. Con la venida de Cristo, Dios se revela al mundo en el misterio de su vida íntima y de la perfección y fecundidad de su acto cognoscitivo y amoroso, por el que es Padre que engendra al Verbo y es comunión de la que procede el Espíritu Santo. Y la cosa más admirable es que Dios entra ya en relaciones con los hombres no sólo como único Señor y Creador, sino también como Trinidad: pues es Padre que los ama como a hijos en su único Hijo y en la comunión del Espíritu Santo. Este privilegio no está reservado a un solo pueblo, sino que se extiende a todos los hombres que aceptan el mensaje de Cristo.

En efecto, antes de subir al cielo, Jesús ordenó a sus apóstoles llevar la Buena Noticia a todas las gentes y bautizarlas «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Evangelio: Mt 28, 16-20). Todo hombre entra en relación con la Trinidad mediante el bautismo; por eso renace a una vida nueva: hecho hijo del Padre que ha dispuesto su regeneración, hermano de Cristo que se la ha merecido con la sangre de la Cruz, y templo del Espíritu Santo que le infunde el Espíritu de adopción. Ante Dios el bautizado no es sólo una criatura, sino un hijo introducido a la intimidad de su vida trinitaria para que viva en sociedad con las Personas divinas que moran en él.

La segunda lectura (Rm 8, 14-17) subraya de modo especial la acción del Espíritu Santo en esta filiación divina de los creyentes: «Habéis recibido... un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios» (ib 15-16). El Espíritu Santo ha sido enviado a los hombres para que los transforme interiormente y los convierta en hijos a imagen del Hijo. A él se le atribuye esta regeneración íntima, verdadero renacer espiritual; él es su autor y, al mismo tiempo, su testigo, que infundiendo en el creyente la íntima convicción de ser hijo de Dios, lo anima a amarle e invocarle como a Padre. Mas para que el Espíritu Santo pueda cumplir su obra, es necesario dejarse dirigir por él a imitación de Cristo que en todas sus obras era movido por el Espíritu Santo. «Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (ib 14). No hay modo más hermoso de honrar a la Trinidad sacrosanta y atestiguarle amor, que vivir en plenitud sus dones y, por ello, abrirse a la acción del Espíritu Santo, para comportarse como hijos del Padre y hermanos de Cristo.

 

Es justo darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Que con tu único Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor; no una sola Persona, sino tres personas en una sola naturaleza. Y lo que creemos de tu gloria, porque tú lo revelaste, lo afirmamos también de tu Hijo, y también del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. De modo que, al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna divinidad, adoramos tres personas distintas, de única naturaleza e iguales en su dignidad. (Misal Romano, Prefacio).

Oh Eterno Padre, postrados a tus pies en humilde adoración, nos consagramos enteramente a la gloria de tu Hijo Jesús, Verbo Encarnado. Tú lo has constituido Rey de nuestras almas; sométele, pues, nuestro corazón y nuestra alma; toda fibra de nuestro ser esté sometida a sus órdenes y a sus inspiraciones. Haz que, unidos a él, seamos llevados en tu seno y consumados en la unidad de tu amor.

Oh Jesús, haz que nuestra vida, en unión a la tuya, esté toda consagrada a la gloria de tu eterno Padre y al bien de las almas. Sé tú nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención y nuestro todo. Santifícanos en la verdad.

Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, establécete en nuestro corazón como un horno de amor y haz que nuestros pensamientos, nuestros afectos y nuestras acciones suban a lo alto como llamas ardientes, hasta el seno del Padre. Haz que toda nuestra vida sea un Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto.

Oh María, Madre de Jesús, Madre del divino Amor, fórmanos según el corazón de tu divino Hijo. (Dom Columba Marmion, Consagración a la Santíma Trinidad).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

domingo, 4 de junio de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo A – La Santísima Trinidad

 

«El Señor ha tenido misericordia de nosotros» (Introito).

«Bendito sea Dios Padre, y su Hijo Unigénito, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros». El canto de entrada de la Misa nos introduce directamente en la consideración del gran misterio de la Santísima Trinidad, poniendo de relieve su aspecto esencial: el amor. El amor ilumina el misterio trinitario en cuanto que Dios es amor siempre en acto, que engendra, se da, se comunica. El Padre engendra desde la eternidad a su Verbo -el Hijo- en el cual le expresa todo él comunicándole toda su divinidad; el Padre y el Hijo se dan y se poseen mutuamente en un acto de amor infinito, en una comunión perfecta y sustancial que es el Espíritu Santo. Pero el amor de Dios no se queda encerrado en el seno de la Trinidad sacrosanta, del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, «porque ha tenido misericordia de nosotros».

Al inclinarse sobre el hombre, el amor divino adquiere un matiz particular, el de la misericordia: «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (1ª lectura: Ex 34, 4b-6. 8-9). Esta conmovedora declaración es la respuesta de Dios a la súplica lastimera de Moisés en demanda de perdón por la infidelidad del pueblo que había adorado el becerro de oro. Ante el arrepentimiento y la oración Dios perdona, renueva su alianza con Israel y le conserva su gracia, accediendo a la nueva petición: «que mi Señor vaya con nosotros» (ib 9). De hecho, Dios había «ido» siempre con su pueblo durante la larga peregrinación por el desierto, haciéndose presente en la nube que lo guiaba o en la tienda de reunión; Dios no privará a Israel, arrepentido, de ese privilegio, máxima expresión de su misericordia.

Pero en la plenitud de los tiempos Dios hará mucho más: vendrá en persona a morar entre los hombres; y lo hará enviando a su Hijo a salvarlos: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único» (Evangelio: Jn 3, 16- 18). Con la encarnación del Hijo, efectuada por voluntad del Padre y por obra del Espíritu Santo, el amor de Dios al hombre se manifiesta del modo más elocuente y al mismo tiempo se revela su misterio trinitario. Toda la Trinidad está a la obra en favor del hombre creado a su imagen y destinado a participar de su vida divina. El hombre pecó, pero Dios no lo dejó perecer: lo salva la misericordia del Padre, la sangre del Hijo y la efusión del Espíritu Santo. Para entrar en la órbita de la salvación, tiene el hombre que creer en el amor de Dios-Trinidad y lo tiene que reconocer en Cristo que lo encarna y ha sido enviado «para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna» (ib). Creer en Cristo es creer en la Trinidad: en el Padre que lo envió y en el Espíritu Santo que lo guió en el cumplimiento de su misión. El misterio trinitario es la fuente del misterio de Cristo, de la salvación universal y de la vida cristiana.

Se comprende entonces la hermosa fórmula trinitaria de San Pablo que concluye la segunda carta a los Corintios: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros» (13, 13; 2ª lectura). El Apóstol urgirá a todos la gracia de la salvación merecida por Cristo, el amor del Padre que es su causa y la comunión del Espíritu Santo por el que la gracia del amor se derrama en el corazón de los creyentes y estos son asumidos en la comunión del Padre y del Hijo. Así el hombre por medio de Cristo entra en la comunión de la vida trinitaria, vida de amor y de comunión con las tres Personas divinas que moran en él. Más aún; está también invitado a expresar esta su comunión personal con la Trinidad en las relaciones con el prójimo mediante un amor sincero, fuente de paz, de acuerdo y de comunión con todos.

 

“Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio; concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad topoderosa”. (Misal Romano, Colecta).

“¡Oh Trinidad eterna, oh Deidad, cuya naturaleza divina dio valor a la sangre de tu Hijo! Tú, Trinidad eterna, eres mar profundo, en el que cuanto más penetro, más descubro, y cuanto más descubro, más te busco. Hartas insaciablemente, porque el alma en tu abismo se sacia sin saciarse nunca y le queda siempre más hambre de ti, sed de ti, Trinidad eterna, deseando verte en la luz con tu misma luz. Como desea la cierva la fuente del agua viva, así mi alma desea salir de la cárcel del cuerpo tenebroso y verte a ti en verdad. ¿Por cuánto tiempo estará escondido a mis ojos tu rostro?

¡Oh Trinidad eterna, fuego y abismo de caridad! Disipa para siempre la nube de mi cuerpo. El conocimiento que de ti me has dado en tu verdad no constriñe a desear dejar ya la pesadez de mi cuerpo y dar la vida para alabanza y gloria de tu nombre, porque he gustado y he visto con la luz de la inteligencia en tu luz tu abismo, Trinidad eterna, y la belleza de tu criatura” (Santa Catalina de Siena, Diálogo 167).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

lunes, 31 de mayo de 2021

LAS FLORECILLAS DEL PAPA FRANCISCO (audios): Dejarnos fascinar por la Santísima Trinidad

Tema del episodio Nº 16

Dejarnos fascinar por la Santísima Trinidad

“Las florecillas del Papa Francisco”, es un micro programa radiofónico de evangelización, realizado por el sacerdote y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, que se emite dentro del Programa “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Getafe.

Su día y horario de emisión es el domingo a las 09:45 hs y es transmitido por Cope Madrid Regional 101.0, y Cope Pinares 90.5 y 92.2 (estas frecuencias se escuchan en la zona sur de Madrid), desde el mes de febrero de 2021.


lunes, 8 de junio de 2020

COMPARTIENDO EL EVANGELIO (CICLO A): Domingo de la Santísima Trinidad

Programa “Compartiendo el Evangelio”
Con el Padre José Antonio Medina
Episodio Nº 1
Fecha: Domingo 7 de junio de 2020.
Lugar: Capilla del Hospital Universitario Infanta Elena, Valdemoro, Madrid, España.
Título: Domingo de la Santísima Trinidad (Ciclo A)
Evangelio y reflexión sobre: Juan 3,16-18