Hay un principio filosófico
que expresa: el obrar es consecuencia del ser. Primero se existe, luego se
actúa.
Desde hace un tiempo se ha
despertado en muchos cristianos una mayor conciencia y preocupación por los
diversos campos de acción: educación, cultura, política, economía, derechos
humanos, erradicación del hambre, la miseria, las injusticias sociales, la preocupación
por la familia, el progreso y desarrollo. Todo ello muy loable y digno de
aplauso, estímulo y apoyo.
Pero también “no es raro
encontrar cristianos muy comprometidos en tareas apostólicas… a quienes les da
lo mismo que Dios sea uno o tres personas. Piensan que esto es un tema teórico
sin repercusiones prácticas… Que la Trinidad es un dogma, incomprensible, sí,
pero que no tiene sentido al menos para este tiempo. Por eso nadie se ha tomado
la molestia de criticarlo, de negarlo, ni tampoco de afirmarlo. Y la razón es
que parece que ni quita ni pone nada a la vida cristiana… de la misma manera
que nos da lo mismo que los planetas sean nueve o diez, porque esto no resuelve
ninguno de los problemas que el hombre tiene planteados…” como leemos en un
libro de Homilética.
A esto se llegar cuando en la
práctica se relega a un segundo plano toda la realidad espiritual del hombre,
cuando se le quita importancia o hasta se niega por pseudoteólogos la
existencia de valores y verdades objetivas reales y absolutas. Se “ateiza” todo
con el relativismo subjetivo, con la moral de situación, puramente subjetiva, y
cosas por el estilo. Entonces la tarea apostólica, quizá iniciada con mucho
entusiasmo y la más recta de las intenciones, al tiempo decae y hasta se la
abandona. Le ha faltado base; se ha prescindido de Aquel que dijo: “Sin mí nada
podéis hacer” (Jn 15,5).
No es un hecho intrascendente
para el hombre el que Dios, ser supremo, creador, redentor y remunerador de los
actos humanos, sea uno en tres personas. La preocupación -hasta casi como una
obsesión- de Jesucristo fue la realidad del Padre, la gloria del Padre, la
obediencia al Padre. Nos habló del Padre y nos prometió y envió al Espíritu
Santo para llevar a cabo la obra que nos encomendó: ser sus testigos. Pero ¿qué
es lo que vamos a testimoniar de Jesús? Su resurrección, como sello, garantía y
certeza de que lo que El hizo y enseñó es verdad.
Es necesario que volvamos al
origen de todo: Dios. No basta actuar en “nombre” de Cristo, de Dios. Para
actuar como cristiano no basta realizar acciones o gestos cristianos; hay que
serlo de verdad. No somos simples actores que representamos un papel. Debemos
vivir la gracia para ser testigos y no sólo hacer de testigos de
la Trinidad.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pag. 11-12)


No hay comentarios:
Publicar un comentario