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domingo, 21 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK – ADVIENTO: Cristo tiene derecho a tu respuesta

 

Próxima ya la Fiesta de Navidad, la liturgia de este Domingo nos hace meditar sobre la Madre de Jesús, la siempre Virgen María, y lo intenta con el relato de la conmovedora escena del anuncio, de parte de Dios, por medio del ángel, del misterio de la Encarnación.

Innumerables veces lo hemos leído y releído, y hasta casi lo sabemos de memoria, palabra por palabra, y no obstante, cada vez que volvemos a leer esa simple, pero magnífica historia, es imposible no emocionarnos. Podría decirse que nunca la aprenderemos de memoria, como otras historias, porque el misterio que anuncia es inagotable, y tiene relación con nuestra vida personal. En efecto, es imposible considerar o recordar la venida de Cristo a este mundo, para devolver a Dios la gloria que el pecado le pretendió quitar, sin aplicarnos a nosotros ese relato.

No es una historia impersonal. La venida y la presencia de Jesús en la historia de los hombres implica un juicio sobre nuestra conducta: “Si yo no hubiera venido y no hubiera hecho entre ellos la obras que ningún otro realizó, no tendrían pecado” (Jn 15,24). De modo que, en definitiva, todo lo malo que nos acontece es, querámoslo o no, porque no aceptamos a Jesucristo, no aceptamos a Dios, ya que lo que hay de malo en nosotros o es pecado o fruto del pecado. La presencia de Cristo no puede dejarnos indiferentes.

Así la consideración, por una parte, del amor misericordioso de Dios, amor que da y se da todo entero, amor que no busca su propio bien sino el de los demás, ¿no te hace pensar, hermano, sobre qué entiendes por amor, como lo vives o practicas? ¿No es la más de las veces egoísmo, interés, que no va hacia el necesitado, sino que pretende poner a todos a su servicio? Cuando ves cómo Dios toma la iniciativa y respeta la libertad de la Virgen, hasta el punto que fue necesario que ella dijera: ¡Sí! ¡Hágase en mí tu voluntad!, para que el Hijo de Dios empezara su existencia humana en el seno de María, ¿ello no te hace pensar en tu comportamiento con los demás?

¡Cuántas veces quieres imponer tus criterios, tus puntos de vista, tus opiniones, tus conveniencias! Cuando ves que Dios se digna ofrecer una prueba de su poder a una pobre criatura, demostrando que para El nada hay imposible, ¿no se te ocurre pensar que con su ayuda nada te puede resultar imposible, aunque te cueste cumplir con la ley de Dios? ¿No es muchas veces el hombre el “intransigente” en sus reclamos y no la Iglesia que no “afloja”, que no puede “aflojar” en ciertas cosas?

Y, por otra parte, cuando vemos la disponibilidad de la Virgen María, y cómo la gracia de Dios realmente “obró maravillas” en ella, ¡no cuestiona esto nuestra rebeldía, ese nuestro no querer dar “el brazo a torcer”? ¡Cuánto bien, cuánto apostolado se deja de hacer porque siempre ofrecemos alguna excusa para ello, nunca tenemos tiempo, o lo postergamos para más adelante, para una mejor oportunidad, etc, etc.! Y mientras tanto, los enemigos avanzan: ellos siempre tienen tiempo, siempre están dispuestos, nunca se cansan. A ejemplo de la Virgen, aprendamos a decir siempre ¡Sí! A Dios. En esta Navidad ¿qué cosa costosa te está pidiendo Dios? ¡A qué cosa o actitud tienes que renunciar?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.155-156)

sábado, 20 de diciembre de 2025

HOMILÍAS CAMPERAS (audios): San Juan Bautista, figura del Adviento

 



Homilía pronunciada el Domingo 13 de diciembre de 2020, Tercer Domingo de Adviento, por el Padre José Antonio Medina Pellegrini en el Monasterio de la Encarnación de las Hermanas Pobres Clarisas de Valdemoro, Madrid, España.

Homilía basada en “El Evangelio de Jesucristo”, del Padre Leonardo Castellani, Vortice, Buenos Aires, 1997, pp.332-337.       

                                             ***

“Homilías Camperas” es un ciclo de homilías pronunciadas por el Padre José Antonio Medina, basadas en textos originales del Padre Leonardo Castellani, principalmente de su libro “Domingueras Predicas”, que es una recopilación póstuma de sus sermones según las dos ediciones (1997 y 1998) publicadas por Ediciones Jauja, Mendoza, República Argentina.

El nombre de “Camperas” es un guiño a uno de los libros más emblemáticos del Padre Castellani, que fue el primer gran escritor argentino que se atrevió a abordar este género. Señala Hugo Wast: “Sus fábulas no se parecen a las de nadie; son cosa propia de él, mejor dicho, son cosa nuestra”.

Leonardo Luis Castellani, nació en Reconquista, provincia de Santa Fe, Argentina, el 16 de noviembre de 1899 y falleció en Buenos Aires, el 15 de marzo de 1981, fue un sacerdote católico, escritor y periodista que escribió ensayos de temática religiosa, filosófica y socio-política, novelas, cuentos y poesía.

domingo, 14 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK – ADVIENTO: ¿Cristianos curiosos?

 

Una constatación: la curiosidad parece algo innato al hombre. Basta que se produzca un hecho, un suceso para que todo el mundo se interese y quiera saber ¿qué hay, qué o quién es? Se está pendiente del noticioso, y la prensa sensacionalista hace su negocio. Ojalá el interesarse por los demás no fuera por mera curiosidad. Pero lamentablemente no es así. Hace poco el país entero se conmovió por un sismo, que sembró muerte, dolor, destrucción… y a los 4 días, casi sobre los mismos escombros, se disputa un “importante partido de fútbol”. Que si no se hizo en el lugar de la tragedia fue “en virtud de las medidas de seguridad dictadas por el gobierno… que obligó a la prohibición de todo espectáculo público” (de los diarios). ¡Triste y lamentable!

Me imagino a todo ese gentío que acudía a las orillas del Jordán para escuchar al Bautista. La pregunta de Jesús: ¿Qué habéis ido a ver al desierto? (Mt 11,2-11), sugiere muchas cosas.

Por su austeridad, ascetismo y palabra vibrante, Juan había despertado la atención, la curiosidad. Jesús indica que, no obstante, toda esa prestancia del Bautista, con ser el más grande de todos los profetas, Juan era muy poca cosa en comparación con ese reino que instauraba Cristo. Lo del Bautista no era más que un acercamiento, una preparación a la verdadera realidad que es el mismo Jesucristo. Si Juan llamaba tanto la atención, la afirmación de Jesús de que “el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él”, ha de haber sacudido a más de uno de los que le preguntaron: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?

Urgía Cristo a la conversión, como condición para pertenecer al Reino, que estaba en el interior del hombre y no en las cosas exteriores. Era comprensible que el Bautista predicara la necesidad de convertirse para ser candidato del “reino”; pero resultaba incomprensible que ese que se presentaba como el Mesías insistiera en lo mismo, sobre todo afirmando que esa era la realidad misma del Reino mesiánico.

Mientras no se comprenda que ser un verdadero cristiano significa vivir en gracia de Dios, luchando siempre contra el pecado, no se habrá entendido nada de nada. Eso es lo fundamental, lo esencial. Todo lo demás, obras de caridad, buen ejemplo, interés (¡no curiosidad!) por los demás -cosas ciertamente muy necesarias-, no tendrá ningún valor si se prescinde de la propia conversión, o peor, su se la rehúsa, ya que ella es el único modo de pertenecer a Cristo, único capaz de salvar (Hechos 4,12 y Juan 14,6).

El Apóstol Santiago en la segunda lectura (Sant. 5,7-10) nos señala uno de los medios, y no el menos importante, para lograr una efectiva conversión y vida en gracia: la paciencia. Dicho de otro modo, se trata de la perseverancia.

Hemos de tener paciencia para soportar -“aguantar”- tantas cosas y a tantos. Paciencia en aguardar con gozo el momento de Dios; paciencia alegre y generosa, y no como una forzada resignación. Paciencias como “el labrador que espera el fruto precioso de la tierra”. Paciencia para comprender que todos los días, hemos de iniciar -de nuevo- la obra de nuestra perfección.

Otra manera de prepararnos para ser miembro vivos y activos en el Reino de Cristo, preparando su venida, es interesándonos porque muchos lleguen a conocer y a amar a Jesucristo. Debemos ser los precursores, sembrando esperanza, alegría, optimismo; estimulando a los desalentados, animando a los desilusionados.

Conversión. Paciencia. Ilusión.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.152-153)




domingo, 7 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK – ADVIENTO: ¿Cristianos de “temporada”?

 

Siempre hemos de partir de un hecho fundamental: Dios no quiere la muerte eterna de ningún pecador. El Hijo de Dios, Jesucristo, no vino para condenar, sino para salvar a todos. El nacimiento de Cristo es el mejor signo y prueba del amor de Dios (1 Jn 4, 9-10).

Al mismo tiempo hemos de recordar que el nacimiento de Cristo y toda su obra salvadora, en relación con cada uno de los hombres, no es un hecho acabado, terminado. Es una realidad que permanentemente se actualiza. Por eso la Palabra de Dios es una buena nueva constante, la buena noticia, la “novedad” por excelencia.

En este tiempo, que llamamos Adviento, y es de preparación a la Navidad, no perdamos de vista el objeto, la finalidad, el motivo del nacimiento de Jesús en Belén. Dios nos ama tanto que “no perdonó ni a su propio Hijo sino que lo entregó por todos nosotros” (Rom 8,32). Esto exige una respuesta de nuestra parte. Dios no nos va a salvar si nosotros no queremos. El querer no es un simple deseo o anhelo que se pueda alentar de un modo pasivo. El que realmente quiere algo, utiliza todos los medios para lograrlo.

Nuestro gran predicador y maestro en esto es San Juan Bautista. El nos enseña a prepararnos para que la obra redentora de Cristo tenga real significación y concreción en nosotros. Hay muchas cosas torcidas que deben enderezarse en la vida de cada uno.

Resulta indispensable rectificar la propia conciencia. Que cada uno sea sincero consigo mismo. Es inútil pretender manejar un auto si se tiene “trabada la dirección”. La dirección de los actos es la propia conciencia ajustada a la Ley de Dios.

Es tiempo de que cada uno se enfrente consigo mismo antes de enfrentarse “quijotescamente” con “molinos de viento”, viendo siempre en los demás un enemigo real o en potencia. ¿Por qué suponer siempre mala voluntad o torcidas intenciones en los demás si ello no es manifiesto? Cuando nos invitan a reflexionar sobre nuestros actos, la hombría no consiste en atrincherarnos en nuestra propia posición y estimación -sea por el cargo o el puesto que ocupamos o la tarea que desempeñamos- si no tenemos la valentía de enfrentarnos con nosotros mismos.

El que no se anima a destronar de su propia vida la soberbia y el egoísmo, no pretenda ser hombre (o mujer) cabal, y mucho menos ciudadano honrado. Un cristiano que no cumple con sus obligaciones, es un mentiroso, y no sólo un enemigo de Cristo, sino un peligro para la sociedad. Es tiempo ya de acabar con el consabido “slogan” de: “yo soy cristiano, yo soy católico a mi manera”, porque hay un solo modo de serlo. O se es cristiano y católico siempre, en todas partes y en toda ocasión, o simplemente no se lo es. Cristianos o católicos “por temporadas” no existen. Cielo “por temporada” no hay, como no ha infierno “por temporada”.

Empecemos cada uno, y ya mismo, por ajustar bien nuestra vida conforme al Evangelio. Nada de “disculparnos” o de “justificarnos” nosotros mismos. Pongámonos ante el Señor y digámonos con sinceridad y valentía lo que Él nos diría a cada uno, en este momento, con absoluta seguridad. ¿Estamos?

Con Dios no podemos jugar a las escondidas.


Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.152-153)



domingo, 22 de diciembre de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 4º Domingo de Adviento: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!”

 

«Heme aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Hb 10,7).

La liturgia del último domingo de Adviento asume el tono de una vigilia natalicia. Las profecías acerca del Mesías se precisan de Miqueas que indica el lugar de su nacimiento en una pequeña aldea, patria de David, de cuya descendencia era esperado el Salvador. «Pero tú, Belén de Efratá, pequeño entre los clanes de Judá, de ti me saldrá quien señoreará en Israel» (Mq 5, 1). En la frase que sigue «cuyos orígenes serán de antiguo, de días de muy remota antigüedad» (ib.), se puede ver una alusión al origen eterno y por lo tanto a la divinidad del Mesías. Tal es la interpretación de san Mateo que refiere esta profecía en su Evangelio como respuesta de los sumos sacerdotes acerca del lugar de nacimiento de Jesús (2; 4-6). Además, igual que Isaías (7, 14), el profeta Miqueas habla de la madre del Mesías - «la que ha de parir parirá». (Mq 5, 2)- sin mencionar al padre, dejando entrever de esta manera, al menos indirectamente, su nacimiento milagroso. Finalmente presenta su obra: salvará y reunirá «el resto» de Israel, lo guiará como pastor «con la fortaleza de Yahvé», extenderá su dominio «hasta los confines de la tierra» y traerá la paz (ib. 2. 3). La figura de Jesús nacido, humilde y escondido en Belén y sin embargo Hijo de Dios, venido para redimir «el resto de Israel» y a traer la salvación y la paz a todos los hombres, se esboza y perfila claramente en la profecía de Miqueas.

A este cuadro sigue otro más interior presentado por san Pablo, que pone de relieve las disposiciones del Hijo de Dios en el momento de su encarnación. «Heme aquí que vengo... para hacer, ¡Oh Dios!, tu voluntad» (Hb 10, 7). Los antiguos sacrificios no fueron suficientes para expiar los pecados de los hombres ni para dar a Dios un culto digno de él. Entonces el Hijo se ofrece: toma el cuerpo que el Padre le ha preparado, nace y vive en ese cuerpo a través del tiempo como víctima ofrecida en un sacrificio ininterrumpido que se consumará en la cruz. Único sacrificio grato a Dios, capaz de redimir a los hombres y que venía a abolir todos los demás sacrificios. «He aquí que vengo»; la obediencia a la voluntad del Padre es el motivo profundo de toda la vida de Cristo, desde Belén, al Gólgota y a la Resurrección. La Navidad está ya en la línea de la Pascua; una y otra no son más que dos momentos de un mismo holocausto ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de la humanidad.

El «he aquí que vengo» del Hijo tiene su resonancia más perfecta en el «he aquí la esclava del Señor» pronunciado por su Madre. También la vida de María es un continuó ofrecimiento a la voluntad del Padre, realizado en una obediencia guiada por la fe e inspirada por el amor. «Por su fe y obediencia engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre» (LG 63); por su fe y obediencia, en seguida del anuncio del ángel, parte de prisa para ofrecer a su prima Isabel sus servicios de «esclava» no menos de los hombres que de Dios. Y este es el gran servicio de María a la humanidad: llevarle a Cristo como se lo llevó a Isabel. En efecto, por medio de su Madre-Virgen el Salvador visitó la casa de Zacarías y la llenó del Espíritu Santo, de tal manera que Isabel descubrió el misterio que se cumplía en María y Juan saltó de gozo en el seno de su madre. Todo esto sucedió porque la Virgen creyó en la palabra de Dios y creyendo se ofreció a su divino querer: «Dichosa la que ha creído» (Lc 1, 45). El ejemplo de María nos enseña como una simple criatura puede asociarse al misterio de Cristo y llevar a Cristo al mundo mediante un «sí» continuamente repetido en la fe y vivido en la obediencia amorosa a la voluntad de Dios.

 

Dios, creador y restaurador del hombre, que has querido que tu Hijo, Palabra eterna, se encarnase en el seno de María, siempre Virgen; escucha nuestras suplicas y que Cristo, tu Unigénito, hecho hombre por nosotros, se digne, a imagen suya, transformarnos plenamente en hijos tuyos. (Misal Romano, Colecta del 17 de diciembre).

¡Oh María!, tú no dudaste, sino que creíste, y por eso conseguiste el fruto de la fe. «Bienaventurada tú que has creído». Pero también somos bienaventurados nosotros que hemos oído y creído, pues toda alma que cree, concibe y engendra la palabra de Dios y reconoce sus obras.

Haz, ¡oh María!, que en cada uno de nosotros resida tu alma para glorificar al Señor; que en todos nosotros resida tu espíritu para exultar en Dios. Si corporalmente sólo tú eres la Madre de Cristo, por la fe Cristo es fruto de todos. ¡Oh María!, ayúdame a recibir en mí al Verbo de Dios. (Cfr. San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.


domingo, 15 de diciembre de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 3º Domingo de Adviento: “¿Qué debemos hacer?”

 

«Este es el Dios de mi salvación; en él confío y nada temo» (Is 12, 2).

En la inminencia de la Navidad la liturgia nos invita a la alegría por el grande acontecimiento salvífico que se dispone a celebrar, mientras continúa exhortándonos, a la conversión. La alegría es el tema de las dos primeras lecturas. «¡Exulta, hija de Sión! ¡Da voces jubilosas, Israel! ¡Regocíjate con todo el corazón, hija de Jerusalén!» (Sf 3, 14). El motivo de tanta alegría no es solamente la restauración de Jerusalén, sino la promesa mesiánica que hace ya gustar al profeta la presencia de Dios entre su pueblo: «Aquel día se dirá... está en medio de ti Yahvé como poderoso salvador» (ib. 16-17). «Aquel día» tan lleno de gozo será el día del nacimiento de Jesús en Belén; pues entonces el Señor se hará presente en el mundo de la manera más concreta, hecho hombre entre los hombres para ser el Salvador poderoso de todos.

Si Jerusalén se alboroza con la esperanza de «aquel día», la Iglesia cada año lo conmemora con alegría inmensamente más grande. Allí era sólo promesa y esperanza, aquí es realidad y un hecho ya cumplido. Y sin embargo tampoco esto excluye la esperanza porque el hombre está siempre en camino hacia el Señor, el cual, aunque venido ya en la carne, debe volver glorioso al final de los tiempos. El itinerario de la Iglesia se extiende entre estos dos acontecimientos; y del mismo modo que se alegra por el primero, también se alegra por el segundo y exhorta a sus hijos a que se regocijen con ella: «Alegraos siempre en el Señor. Repito: alegraos... ¡El Señor está cerca!» (Flp 4, 4-5). Cerca, porque ya ha venido; cerca, porque volverá; cerca, porque a quien le busca con amor cada Navidad trae una nueva gracia para descubrir al Señor y unirse a él de un modo nuevo y más profundo.

Como preparación a la venida del Señor, San Pablo nos recomienda, con alegría, la bondad: «Vuestra amabilidad sea notoria a todos los hombres» (ib. 5). Sobre este tema insiste el Evangelio a través de la predicación del Bautista enderezada a preparar las almas a la venida del Mesías. «Pues ¿qué hemos de hacer?» (Lc 3, 10), le preguntaban las muchedumbres venidas a oírle. Y él respondía: «El que tiene dos túnicas, dé una al que no la tiene, y el que tiene alimentos, haga lo mismo» (ib. 11). La caridad para con el prójimo, unida a la de Dios, es el punto central de la conversión; el hombre egoísta preocupado sólo de sus intereses debe cambiar de ruta preocupándose de las necesidades y del bien de los hermanos. También a los publicanos y a los soldados que le preguntaban, Juan propone un programa de justicia y de caridad: no exigir más de lo debido, no cometer atropellos, no explotar al prójimo, contentarse con la propia paga.

El Bautista no pedía grandes gestos, sino el amor del prójimo concretizado en la generosidad hacia los menesterosos y en la honradez en el cumplimento de la propia profesión. Era como el preludio del mandamiento del amor sobre el cual tanto había de insistir más tarde Jesús. Bastaría orientarse con plenitud en esta dirección para prepararse dignamente a la Navidad. Jesús en su Natividad quiere ser acogido no sólo personalmente, sino también en cada uno de los hombres, sobre todo en los pobres y en los atribulados, con los cuales gusta identificarse: «Tuve hambre, y me disteis de comer..., estaba desnudo, y me vestisteis» (Mt 25, 35- 36).

 

¡Oh Señor!, ven a nosotros aún antes de tu llegada; antes de aparecer ante el mundo entero, ven a visitarnos en lo más íntimo de nuestra alma... Ven ahora a visitarnos en el tiempo que corre entre tu primera y tu última venida, para que tu primera venida no nos sea inútil, y la última no nos traiga una sentencia de condenación. Con tu venida actual quieres corregir nuestra soberbia haciéndonos conformes a la humildad que manifestaste en tu primera venida; entonces podrás transformar nuestro humilde cuerpo haciéndolo semejante al tuyo glorioso, que aparecerá en el momento de tu venida final. Por esto te suplicamos con la más ardiente oración y con todo nuestro fervor: disponnos a recibir esta visita personal que nos da la gracia del primer adviento y nos promete la gloria del último. Porque tú, ¡oh Dios!, amas la misericordia y la verdad, y nos darás la gracia y la gloria: en tu misericordia nos concedes la gracia y en tu verdad nos darás la gloria. (Cfr. GUERRICO DE IGNY, De adventu Domini).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.


domingo, 8 de diciembre de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 2º Domingo de Adviento: “Preparad el camino del Señor”

 

«Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Lc 3, 4).

«Despójate, Jerusalén, de tu saco de duelo y de aflicción, vístete para siempre los ornamentos de la gloria que te viene de Dios, envuélvete en el manto de justicia que Dios te envía... Porque Dios mismo traerá a Israel lleno de alegría, con el resplandor de su gloria, con la misericordia y justicia que de él vienen» (Bar 5, 1-2, 9). Con lenguaje poético el profeta Baruc invita a Jerusalén, desolada y desierta por el destierro de sus hijos, a la alegría porque se acerca el día de la salvación y su pueblo volverá a ella conducido por Dios mismo. Jerusalén es figura de la iglesia.

También la Iglesia sufre por tantos hijos suyos alejados y dispersos, y también ella es invitada en el Adviento a renovar la esperanza confiando en el Salvador que en cada Navidad renueva místicamente su venida para conducirla a la salvación con todo su pueblo. El pecado aleja a los hombres de Dios y de la iglesia; el camino del retorno es preparado por Dios mismo con la Encarnación de su Unigénito. Y todo el nuevo pueblo de Dios le sale al encuentro en el Adviento.

Los profetas habían hablado de un camino que había que trazar en el desierto para facilitar la vuelta de los desterrados. Pero cuando el Bautista reanuda la predicación de aquéllos y se presenta a las orillas del Jordán como «voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Lc 3, ,4), ya no llama construir sendas materiales, sino a disponer los corazones para recibir al Mesías, que había ya venido y que estaba para empezar su misión. Por eso Juan iba «predicando el bautismo de conversión para la remisión de los pecados» (ib. 4).

Convertirse quiere decir purificarse del pecado, enderezar las torceduras del corazón y de la mente, colmar los derrumbes de la inconstancia y del capricho, derribar las pretensiones del orgullo, vencer las resistencias del egoísmo; destruir las asperezas en las relaciones con el prójimo, en una palabra, hacer de la propia vida un camino recto que vaya a Dios sin tortuosidades ni compromisos. Un programa éste que no se agota en solo el Adviento, pero que en cada Adviento debe ser actuado de un modo nuevo y más profundo para disponerse a la venida del Salvador. De esta manera «toda carne [es decir, todo hombre] verá la salvación de Dios» (lb. 6).

La conversión personal lleva consigo también el compromiso de trabajar por el bien de los hermanos y de la comunidad. Esta es la reflexión que brota de la segunda lectura. San Pablo se congratula con los Filipenses por su generosa contribución a la difusión del Evangelio y ruega para que su caridad crezca y se haga más iluminada, haciéndolos «puros e irreprensibles para el día de Cristo y llenos de frutos de justicia» (Flp 1,10- 11). En este pasaje paulino domina una perspectiva escatológica, en sintonía con el espíritu del Adviento, y constituye una nueva llamada a acelerar la conversión propia y de los demás, que deberá llevarse a término para «el día de Cristo Jesús (Ib. 6). Pero es necesario recordar que nuestra salvación y la de los demás es obra más de Dios que del hombre. Este debe colaborar con seriedad; pero es Dios quien toma la iniciativa de obra tan grande y quien debe llevarla a cabo (ib.). Sólo con la ayuda de la gracia puede el hombre aparecer «lleno de frutos de justicia» en el último día, porque la justicia, o sea, la santidad se consigue sólo «por Jesucristo» (ib. 11), abriéndose con humildad y. confianza a su acción santificadora.

 

Despierta, Señor, nuestros corazones y muévelos a preparar los caminos de tu Hijo, para que cuando venga podamos servirte con conciencia pura. (Misal Romano, Oración Colecta, jueves de la II semana de Adviento).

¡Oh Señor Jesús!, al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizaste el plan de redención trazado desde antiguo y nos abriste el camino de la salvación. Haz que cuando vengas de nuevo en la majestad de tu gloria, revelando así la plenitud de tu obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar. (Cfr. Misal Romano, Prefacio de Adviento I).

¡Oh Señor! No me jacto de mis obras... no alabo las obras de mis manos: temo que si tú las examinas, encontrarás en ellas más pecado que méritos. Sólo una cosa pido y esto espero conseguir: no desprecies las obras de tu mano. Mira en mí tu obra y no la mía, porque, si miras mi obra, me condenarás; pero si miras la tuya, me salvarás. Pues lo que hay en mí de bueno, todo me viene de ti y es tuyo más que mío... Por gracia he sido salvado, por medio de la fe y no por merecimiento mío, sino por don tuyo: no en virtud de mis obras, para que así no tenga ocasión de ensoberbecerme. Hechura tuya soy: plasmado en tu grada junto con mis obras buenas. (San Agustín, In Ps).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

domingo, 1 de diciembre de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 1º Domingo de Adviento: ¿Quién y para qué viene?

 

«¡Oh Señor!, fortalece nuestros corazones y haznos irreprensibles en la santidad para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts 3, 13).

«He aquí que vienen días -oráculo de Yahvé- en que yo cumpliré la buena palabra que yo he pronunciado sobre la casa de Israel... Suscitaré a David un renuevo de justicia» (Jr 33, 14-15). Jeremías anuncia la intención de Dios de cumplir la «buena palabra» o sea la promesa del Salvador que deberá nacer de la descendencia de David, figurado en un «renuevo de justicia». El restablecerá «la justicia y el derecho sobre la tierra», es decir, salvará a los hombres y los conducirá de nuevo a Dios.

La realización de este gran acontecimiento que se llevó a cabo con el nacimiento del Salvador, de la Virgen María, es uno de los puntos focales del Adviento. La Iglesia quiere que el pueblo cristiano no se limite a hacer en él sólo una conmemoración tradicional, sino que se prepare a vivir en profundidad el inefable misterio del Verbo de Dios hecho hombre «por nuestra salvación» (Credo). Y como esta salvación será completa, es decir, se extenderá a toda la humanidad sólo al fin de los tiempos, cuando «verán al Hijo del hombre venir en una nube con poder y majestad grandes» (Lc 21, 27), la Iglesia exhorta a los creyentes a vivir siempre en un continuado adviento. El recuerdo de la Navidad del Señor debe ser vivido «en la espera de que se cumpla la bienaventurada esperanza y venga nuestro Salvador Jesucristo» (Misal Romano). El Señor ha venido, viene y vendrá; hay quedarle gracias, acogerlo y esperarlo. Si la vida del cristiano se sale de esta órbita, fracasará rotundamente.

Al iniciar el tiempo del Adviento con la lectura del Evangelio que habla del fin del mundo y de la última venida del Señor, la Iglesia no intenta asustar a sus hijos, sino más bien amonestarlos, advertirlos de que el tiempo pasa, que la vida terrena es tan sólo provisional, y que la meta de las esperanzas y de los deseos no puede ser la ciudad terrena, sino la celestial. Si el mundo actual está sacudido por guerras y desórdenes y se desbanda con ideas falsas y costumbres depravadas, todo esto debe servirnos de aviso: el hombre que repudia a Dios perece, ya que sólo de él puede ser salvado. Pues entonces «cobrad ánimo y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención» (Lc 21; 28). La Iglesia sólo mira a suscitar en los corazones el deseo y el ansia de la salvación y el anhelo hacia el Salvador.

En vez de dejarse sumergir y arrastrar por las vicisitudes terrenas, hay que dominarlas y vivirlas con la vista puesta en la venida del Señor. «Estad atentos, no sea que se emboten vuestros corazones por la crápula, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y de repente venga sobre vosotros aquel día» (ib. 34). Por el contrario, es necesario «velar en todo tiempo y orar» (ib. 36) y valerse del tiempo para progresar en el amor de Dios y del prójimo. Esto desea de nosotros y a esto nos exhorta San Pablo: «El Señor os acreciente y haga abundar en caridad de unos con otros y con todos.... a fin de fortalecer vuestros corazones y haceros irreprensibles en la santidad... en la venida de nuestro Señor Jesús» (1 Ts 3, 12-13). La justicia y santidad que el Salvador ha venido a traer a la tierra, deben germinar y crecer en el corazón del cristiano y de él desbordarse sobre el mundo.

 

“A ti elevo mi alma, Yahvé, mi Dios... Acuérdate, ¡oh Yahvé!, de tus misericordias y de tus gracias, pues son desde antiguo... Bueno y recto eres, Señor, por eso señalas a los errados el camino. Guías a los humildes por la justicia y adoctrinas a los pobres en tus sendas. Todas tus sendas son benevolencia y verdad para los que guardan tu alianza y tus mandamientos”. (Salmo 25, 1.6. 8-10).

“Puesto que tengo conciencia de tantos pecados, ¿de qué me aprovechará, Señor, que tú vengas si no vienes a mi alma ni a mi espíritu; si tú, ¡oh Cristo!, no vives en mí ni hablas en mí? Por esta razón, ¡oh Cristo!, debes venir a mí, y tu venida tiene que llevarse a cabo en mi persona. Tu segunda venida, ¡oh Señor!, tendrá lugar al fin del mundo, cuando podamos decir: «El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo».

Haz, ¡oh Señor!, que el fin de este mundo me encuentre... de manera que sea ciudadano del cielo por anticipado... Entonces se realizará en mí la presencia de la sabiduría, de la virtud y de la justicia, así como la redención; pues tú, ¡oh Cristo!, efectivamente has muerto una sola vez por los pecados del mundo, pero con la intención de perdonar diariamente los pecados del pueblo”. (Cfr. San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

domingo, 24 de diciembre de 2023

INTIMIDAD DIVINA: Ciclo B - 4º Domingo de Adviento: "Vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús"

La Anunciación, Philippe de Champaigne (1602-1674), © Metropolitan Museum, Nueva York.
 

«¡Oh Señor y guía de la casa de Israel... ven a salvarnos con el poder de tu brazo! (Leccionario).

La liturgia de la palabra nos presenta hoy una de las más importantes profecías mesiánicas y su cumplimiento. El rey David deseaba construir una «casa», un templo al Señor; pero el Señor le hace decir por el profeta Natán que su voluntad es otra: que más bien Dios mismo se preocupará de la «casa» de David, es decir de prolongar Su descendencia; porque de ella deberá nacer el Salvador. «Permanente será tu casa y tu reino para siempre ante mi rostro, y tu trono estable por la eternidad» (2 Sm 7 16).

Muchas veces a través de las vicisitudes de la historia pareció que la estirpe davídica estuviese para extinguirse, pero Dios la salvó siempre, hasta que de ella tuvo origen «José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1, t6): a él «dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará... por los siglos, y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 32-33). Todo lo que Dios había prometido se cumplió, a pesar de los avatares contrarios de la historia, de los pecados de los hombres y de las culpas e impiedad de los mismos sucesores de David. Dios es siempre fiel: «He hecho alianza con mi elegido, he jurado a David mi siervo... Yo guardaré con él eternamente mi piedad, y mi alianza con él será fiel» (Ps 89, 4. 29).

Paralela a la fidelidad de Dios la liturgia nos presenta la fidelidad de María, en quien se cumplieron las Escrituras. Todo estaba previsto en el plan eterno de Dios y todo estaba ya dispuesto para la encarnación del Verbo en el seno de una virgen descendiente de la casa de David; pero en el momento en que este plan debía hacerse historia «el Padre de las misericordias quiso que precediera a la encarnación la aceptación por parte de la Madre predestinada» (LG 56). San Lucas refiere el diálogo sublime entre el ángel y María, que se concluye can la humilde e incondicionada aceptación por parte suya: «He Aquí a la sierva dial Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

El «hágase» de Dios creó de la nada todas las cosas; el «hágase» de María dio curso a la redención de todas las criaturas: María es el templo de la Nueva Alianza, inmensamente más precioso que el que David deseaba construir al Señor, templo vivo que encierra en sí no el arca santa, sino al Hijo de Dios. María es la fidelísima, abierta y totalmente disponible a la voluntad del Altísimo; y precisamente con el concurso de su fidelidad se actúa el misterio de la salvación universal en Cristo Jesús.

San Pablo se exalta ante este misterio «tenido secreto en los tiempos eternos, pero manifestado ahora mediante los escritos proféticos, conforme a la disposición de Dios eterno, a todas las gentes» (Rm 16, 25-26); no reservado, pues, a la salvación de Israel sino ordenado a la salvación de todos los pueblos; y precisa que el fin de tal revelación es que todos los hombres «obedezcan a la fe» (ib. 26). Sólo la fe hace al hombre capaz de acoger en adoración el misterio de un Dios hecho hombre, y su fe debe modelarse a imitación de la de María que aceptó lo increíble -ser madre permaneciendo virgen, madre del Hijo de Dios siendo criatura- «prestando fe, sin mezcla de duda alguna» (LG 63).

«Al Dios solo sabio» (Rm 16, 27) sea «por Jesucristo» (ib.) gloria por este gran misterio de salvación; y a la humilde Virgen del Nazaret, dulce instrumento para la actuación del plan divino, el reconocimiento de todos los que somos salvados por Jesucristo.

 

“Señor y Dios nuestro, a cuyo designio se sometió la Virgen Inmaculada, aceptando, al anunciársele el ángel, encarnar en su seno a tu Hijo: tú que la has transformado, por obra del Espíritu Santo, en templo de tu divinidad, concédenos, siguiendo su ejemplo, la gracia de aceptar tus designios con humildad de corazón.

Tú a la verdad, ¡oh Virgen!, darás a luz un párvulo, criarás un párvulo; darás a mamar a un párvulo; pero el verle párvulo, contémplale grande. Será grande, porque el Señor le engrandecerá delante de los reyes, de modo que todos los reyes le adorarán, todas las gentes le servirán. Engrandezca, pues, tu alma también al Señor, porque «será grande y será llamado Hijo del Altísimo». Grande será y hará cosas grandes el que es poderoso y su nombre santo.

¿Y qué nombre más santo que llamarse Hijo del Altísimo? Sea también engrandecido por nosotros, que somos párvulos, el Señor grande, que, por hacernos grandes, se hizo párvulo. Porque «un párvulo nació para nosotros y un párvulo nos han dado».

Has nacido, ¡oh; Señor!, para nosotros, no para ti; pues, nacido de tu Eterno Padre más noblemente antes de los tiempos, no necesitabas nacer de una Madre en el tiempo. No has nacido tampoco para los ángeles, que poseyéndote grande no te solicitaban párvulo. Por nosotros, pues, naciste, a nosotros nos has sido dado, porque para nosotros eras necesario”. (San Bernardo, Super «Missus»).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

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domingo, 17 de diciembre de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 3º Domingo de Adviento: La voz del que clama en el desierto

 

«Exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador» (Lc 1, 47).

«Altamente me gozaré en Yahvé, y mi alma saltará de júbilo en mi Dios, porque me vistió de vestiduras de salvación y me envolvió en manto de justicia» (Is 61, 10). El canto de alegría de Jerusalén salvada y reconstruida después del destierro, se aplica a la Iglesia que se alegra y da gracias por la salvación traída por Cristo. La misión del Salvador es así delineada en la profecía de Isaías: «El espíritu de Dios, Yahvé, está sobre mí, pues Yahvé me ha ungido, me ha enviado para predicar la buena nueva a los abatidos y sanar a los de quebrantado corazón, para anunciar la libertad a los cautivos y la liberación a los encarcelados» (lb. 1). Cuando Jesús en la sinagoga de Nazaret leyó este pasaje, se lo aplicó a sí mismo (Lc 4, 17-21), pues de hecho sólo en él se cumplió plenamente esa profecía.

Sólo Cristo tiene un poder de salvación universal que no se limita a sanar las miserias de un pequeño pueblo; sino que se extiende a curar las de toda la humanidad, sobre todo liberándola de la miseria más temible, que es el pecado, y enseñándole a transformar el sufrimiento en medio de felicidad eterna. Bienaventurados los pobres, los afligidos, los hambrientos, los perseguidos «porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 10). Este es el sentido profundo de su obra redentora, y de él deben hacerse mensajeros los creyentes haciéndolo comprensivo a los hermanos y ofreciéndose con generosidad para aliviar sus sufrimientos. Entonces la Navidad del Salvador tendrá un sentido aún para los que se hallan lejanos y llevará la alegría al mundo.

En la segunda lectura San Pablo nos recuerda precisamente esa misión de bondad y de alegría confiada a los cristianos: «Hermanos, estad siempre gozosos... Probadlo todo y quedaos con lo bueno. Absteneos hasta de la apariencia de mal». (1 Ts 5, 16-22). No sólo las acciones malas son reprobables, sino también la omisión de tantas obras buenas que no se cumplen por egoísmo, por frialdad o indiferencia hacia el prójimo necesitado. Pero para estar siempre dispuesto a hacer bien a todos, hay que vivir en comunión con Jesús, dejándose penetrar por sus sentimientos de bondad, de amor y de misericordia. Y la oración es el punto culminante de esta comunión, como el Apóstol nos dice: «Orad sin cesar» (ib. 17).

La fe viva del creyente y su bondad activa para con los hermanos son medios poderosos para dar testimonio de Cristo y hacerlo conocer al mundo. Todavía resuena, dolorosamente actual, la palabra del Bautista: «En medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis» (Jn 1, 26). Jesús está en medio de nosotros en su Iglesia, en la Eucaristía, en la gracia por la cual está presente y operante en los bautizados; pero el mundo no lo conoce; y esto no sólo porque cierra los ojos, sino también porque hay muy pocos que dan testimonio del Evangelio vivido, de una bondad que revele a los demás la bondad del Salvador.

Y hasta los mis mismos fieles lo conocen poco porque su unión con él es superficial, poco nutrida de oración, y privada de intimidad, y porque no lo saben reconocer donde él se esconde: en los pobres, en los afligidos, en quienes sufren en el cuerpo y en el espíritu. En el Adviento se nos presenta el Bautista como modelo de testimonio de Cristo; con fe vigorosa, con vida austera, desinterés, humildad y caridad ha venido «a dar testimoni6 de la luz, para testificar de ella y que todos creyeran por él». (ib 7).

 

“Ve, Señor, a tu pueblo que espera con fe el nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante”. (Misal Romano, Colecta).

“¡Oh inestimable caridad de este Maestro!, el cual viendo que el agua de los santos Profetas no era agua viva que nos pudiese dar la vida, sacó de sí mismo y nos ofreció el Verbo encarnado su Hijo unigénito, y le puso en mano todo su poder y lo hizo piedra angular de nuestro edificio, sin el cual no podemos vivir. Y es tan dulce, que toda cosa amarga se nos vuelve dulce con su dulzura”. (Santa Catalina de Siena, Epistolario).

“A los hombres nos es necesaria tu venida, ¡oh Salvador nuestro!, nos es necesaria tu presencia, ¡oh Cristo! Y ojalá que de tal manera vengas, que por tu copiosísima dignación, habitando en nosotros por la fe, ilumines nuestra ceguedad; permaneciendo con nosotros, ayudes nuestra debilidad, y estando por nosotros, protejas y defiendas nuestra debilidad. Si tú estás en nosotros, ¿quién nos engañará? Si estás con nosotros, ¿qué no podremos en el Señor que nos conforta? Si estás por nosotros, ¿quién podrá nada contra nosotros?... Precisamente para esto vienes al mundo: para que, habitando en los hombres, con los hombres y por los hombres, se iluminen nuestras tinieblas, se suavicen nuestros trabajos y se aparten nuestros peligros”. (Cfr. San Bernardo, En el adviento del Señor).

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

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domingo, 10 de diciembre de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 2º Domingo de Adviento: “¡Preparad el camino del Señor!”

 

«Haznos ver, ¡oh Señor!, tu piedad y danos tu ayuda salvadora» (Salmo 85, 8).

De la liturgia del Adviento se levanta un grito poderoso llamando a todos los hombres a preparar los caminos del Señor que debe venir. Ya se levantó en el Antiguo Testamento por boca de Isaías: «Una voz grita: Abrid camino a Yahvé en el desierto, enderezad en la estepa una calzada a nuestro Dios. Que se alcen todos los valles y se rebajen todos los montes y collados» (Is 40,3-4). El objeto inmediato de esta profecía era la vuelta de Israel del destierro, que se había de cumplir bajo la guía de Dios, presentado y esperado como salvador de su pueblo y para el cual había que preparar el camino a través del desierto.

Pero como a objeto último la profecía se refiere a la venida del Mesías que libertará a Israel y a la humanidad entera de la esclavitud del pecado. El será el pastor «que apacentará su rebaño y lo reunirá con su brazo; él llevará en su seno a los corderos y cuidará a las ovejas paridas» (lb. 11). Hermosa figura de Jesús buen pastor que amará a sus ovejas hasta dar la vida por ellas.

El grito de Isaías es repetido y transmitido en el Evangelio por Juan Bautista, definido como «voz de quien grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos». (Mc 1, 3). Así presenta el evangelista Marcos al precursor que bautiza «en el desierto, predicando el bautismo de penitencia para remisión de los pecados» (ib. 4). La figura austera del Bautista avala su predicación: invita a los hombres a preparar el camino del Señor, pero sólo después de haberla preparado él en sí mismo retirándose al desierto y viviendo separado de todo lo que no era Dios, «llevaba un vestido de pelos de camello... y se alimentaba de langostas y miel silvestre. (ib. 6).

El ruido de fiestas y la molicie de la vida no son el ambiente favorable ni para anunciar ni para escuchar la llamada a la penitencia. Quien predica debe hacerlo más con la vida que con las palabras; quien escucha, debe hacerlo en un clima de silencio, de oración y de mortificación. De esta manera se dispondrá el creyente a conmemorar la venida del Señor en la carne, para recibir con mayor plenitud la gracia de la Navidad.

Pero al mismo tiempo se preparará para la venida del Señor en la gloria, a la cual hay que disponerse «con santa conducta y con piedad» (2 Pe 3, 11-12). La espera de la parusía hacía impacientes a los primeros cristianos, mientras otros, viendo su tardanza, se burlaban de ella y se daban a una vida fácil y desenvuelta. Por lo cual san Pedro recuerda a todos que Dios no mide el tiempo como los hombres: para él «mil años son como un solo día» (ib. 8). Y si la última venida de Cristo se retrasa, no es porque Dios no sea fácil a sus promesas, sino porque pacientemente os aguarda, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan a penitencia» (lb. 9).

La misericordia divina es la que prolonga los tiempos, y cada uno debe aprovecharse de ello para la propia conversión y la cooperación a la de los demás. En vez de dejarse absorber por las vicisitudes terrenas, el creyente debe vivirlas con el corazón enderezado hacia «el día del Señor», que llegará ciertamente, pero «como ladrón» (ib. 10). Por eso procurará «ser hallado limpio e irreprochable» (ib. 14) para aquel día y antes para el fin de su vida personal; entonces la vida terrena cederá el lugar a la vida eterna, don de Cristo Salvador a cuantos creen en él.

 

“Señor, Dios todopoderoso, que nos mandas abrir camino a Cristo, el Señor, no permitas que desfallezcamos en nuestra debilidad los que esperamos la llegada saludable del que viene a sanarnos de todos nuestros males.

Señor, que tu pueblo permanezca en vela aguardando la venida de tu Hijo, para que siguiendo sus enseñanzas salgarnos a su encuentro, cuando él llegue, con la lámpara encendida”. (Misal Romano, Colectas del miércoles y viernes de la II semana de Adviento).

“Nuestros primeros padres en la fe te esperaban, oh Señor, como a la aurora. Tú vendrás al fin de los siglos, cuando quieras, y todo estará dispuesto para el juicio final. ¿Qué debes poner todavía en mis manos y cuál será mi suerte eterna?

Tú me otorgarás el perdón y también la perseverancia, este don sublime que escondes como una perla bajo la aspereza de la muerte, que es el sello libertador de tus elegidos. Yo la espero y debo prepararme mejor para recibirla.

Dios mío, por tu venida definitiva, suprime en mí el pecado que estorba tu obra; destruye todo lo que hace de impedimento, triunfa de toda debilidad y ven a tu hora, como un Señor por largo tiempo deseado”. (P. Charles, La prière de toutes les heures, Paris, Desclée de Brouwer, 1941).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

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domingo, 3 de diciembre de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 1º Domingo de Adviento: “Estad atentos y vigilad”

 

«Tú eres, oh Yahvé!, nuestro Padre... ¡Oh si rasgaras los cielos y bajaras!" (Is 63, 16.19).

Desde el día del primer pecado, cuando Dios hizo brillar ante los ojos de Adán la promesa de un redentor, todas las esperanzas de la humanidad se orientaron hacia la salvación que se vislumbraba. Los profetas fueron sus heraldos incansables. «Tú eres, ¡oh Yahvé!, nuestro padre, y “redentor nuestro” es tu nombre desde la eternidad… He aquí que te irritaste, pues hemos pecado, por nuestra infidelidad y nuestra defección… Mas ahora, ¡oh Yahvé!, tú eres nuestro padre» (Is 63, 16; 64, 4-7).

El sentido profundo del pecado y de la impotencia del hombre para volverse a levantar se entrelaza con el anhelo de salvación y con la confianza en Dios expresada con términos casi evangélicos: «Tú eres nuestro padre». Parece que Isaías, en su conmovedora oración, quiera apresurar la venida del Salvador: «¡Oh si rasgaras los cielos y bajaras!» (Is 63, 19). Y la historia nos dice cómo fue escuchado este grito y se cumplió la promesa de Dios: los cielos se rasgaron verdaderamente y la humanidad recibió a su Salvador, Jesucristo Señor. Y sin embargo la oración de Isaías es todavía actual y la liturgia se la hace propia en el tiempo del Adviento: «¡Oh si rasgaras los cielos y bajaras!»

El Hijo de Dios ya ha venido históricamente, y con su pasión, muerte y resurrección ha salvado ya a la humanidad pecadora. Y sin embargo, este misterio ya cumplido en sí mismo, debe repetirse en cada hombre y renovarse continuamente en él hasta llevarlo a «la comunión con Jesucristo Señor nuestro» (1 Cor 1, 9). Mientras esta comunión no sea perfecta, es decir, mientras el hombre no esté del todo invadido y transformado por la gracia, hay todavía lugar para la espera del Salvador. El cual viene continuamente por medio de los sacramentos, de su palabra anunciada por la Iglesia y de las inspiraciones e impulsos interiores; y al cual no hay que cesar nunca de acoger y de desear para que sus venidas a nosotros sean cada vez más íntimas, profundas y transformantes. «El Espíritu y la Esposa [la Iglesia] dicen: ¡Ven!», y cada uno de los fieles repite: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 17.20).

San Pablo, al congratularse con los Corintios por la gracia de Dios que habían recibido en Cristo, ya que en él habían sido enriquecidos de todo y en él poseían todos los dones, los exhorta a la espera de la «manifestación de nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor 1, 4-7). Estos son los dos polos entre los cuales se tiende el arco del Adviento cristiano: el recuerdo agradecido del nacimiento del Salvador y de todos los dones recibidos de él, y su «manifestación» gloriosa al final de los tiempos. Si sabemos llenar con una espera vigilante y activa el espacio intermedio entre uno y otro, Dios mismo, como dice el Apóstol, «nos confirmará hasta el fin para que seamos irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo» (ib 8). A la fidelidad del hombre que vive en la espera de su Dios, corresponde la fidelidad de Dios que mantiene infaliblemente sus promesas.

La fidelidad por parte del hombre debe ser cual la presenta el Evangelio (Mc 13, 34-37): un generoso servicio en el cumplimiento del propio deber sin rendirse ni al cansancio ni a la pereza. Como lo hace el siervo diligente que no duerme durante la ausencia del amo, sino que realiza las tareas que le han sido encomendadas, de tal manera que cuando vuelva su amo «por la tarde, a medianoche, al canto del gallo o a la madrugada» (ib. 35), lo encuentre, siempre en su puesto, entregado al trabajo; no asustado, como quien es sorprendido en el mal, sino alegre de volverlo a ver. Y como para el cristiano Dios es no sólo amo, sino padre, su llegada será llena de alegría.

 

«Tú eres, ¡oh Yahvé!, nuestro padre, y “redentor nuestro” es tu nombre desde la eternidad. ¿Por qué, ¡oh Yahvé!, nos dejas errar fuera de tus caminos y endurecer nuestro corazón contra tu temor? Vuélvete por amor de tus siervos… ¡Oh si rasgaras los cielos y bajaras!

Tú te adelantas a los que obran justicia y se acuerdan de tus caminos. He aquí que te irritaste, pues hemos pecado, por nuestra infidelidad y nuestra defección. Todos nosotros fuimos impuros, y toda nuestra justicia es como vestido inmundo, y nos marchitamos como hojas todos nosotros, y nuestras Iniquidades como viento nos arrastren.

Y nadie invoca tu nombre ni despierta para unirse a ti. Porque has ocultado tu rostro de nosotros y nos has entregado a nuestras iniquidades. Mas ahora, ¡oh Yahvé!, tú eres nuestro padre; nosotros somos la arcilla, y tú nuestro alfarero, todos somos obra de tus manos. ¡Oh Yahvé!, no te irrites demasiado, no estés siempre acordándote de la iniquidad. Ve, mira que todos nosotros somos tu pueblo». (Is 63, 16-19; 64, 4-8).

Muéstrame, Señor, tu misericordia y dame tu salvación…

¡Oh Sabiduría infinita!, ven a guiarme en los caminos del cielo. ¡Oh esplendor de la gloria del Padre!, ven a iluminarme con el esplendor de tus virtudes. ¡Oh sol de justicia!, ven a dar luz y calor de vida a quien está sentado en la sombra de la muerte. ¡Oh rey de los reyes!, ven a regirme. ¡Oh Salvador del mundo!, ven a salvarme. (Cfr. Luis de la Puente, Meditaciones).

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

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domingo, 18 de diciembre de 2022

INTIMIDAD DIVINA – Ciclo A – 4º Domingo de Adviento: “Emmanuel, Dios con nosotros”

 

El sueño de San José,
de Philippe de Champaigne

Primera Lectura: Is 7, 10-14

Salmo Responsorial: Sal 23, 1-6

Segunda Lectura: Rom 1, 1-7

Evangelio: Mt 1, 18-24

  

“Lloved, cielos, desde arriba… ábrase la tierra y produzca el fruto de la salvación” (Is 45, 8).

La liturgia del último domingo de Adviento se orienta toda hacia el nacimiento del Salvador. En primer lugar se presenta la famosa profecía sobre el Emmanuel, pronunciada en un momento particularmente difícil para el reino de Judá. Al impío rey Acaz que rehúsa creer que Dios puede salvar la situación, responde Isaías con un duro reproche, y como para demostrarle que Dios puede hacer cosas mucho más grandes, añade: “El Señor mismo os dará la señal: He aquí que la virgen grávida da a luz, y le llama Emmanuel” (Is 7, 14).

Aun en el caso que la profecía pudiese aludir al nacimiento del heredero del trono, su plena realización se cumplirá sólo siete siglos más tarde con el nacimiento milagroso de Jesús; sólo él agotó todo su contenido y alcance. El Evangelio de san Mateo confirma esta interpretación, cuando concluyendo la narración del nacimiento virginal de Jesús, dice: “Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que el Señor había anunciado por el profeta, que dice: He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo, y se le pondrá por nombre Emmanuel, que quiere decir Dios con nosotros” (Mt 1, 22-23).

Al trazar la genealogía de Jesús, Mateo demuestra que es verdadero hombre, “hijo de David, hijo de Abrahán” (ib. 1); al narrar el nacimiento de María Virgen hecha madre “por obra del Espíritu Santo” (ib. 18), afirma que es verdadero Dios; y al citar finalmente la profecía de Isaías, declara que él es el Salvador prometido por los profetas, el Emmanuel, el Dios con nosotros. En este cuadro tan esencial, Mateo levanta el velo sobre una de las circunstancias más humanas y delicadas del nacimiento de Jesús: la duda penosa de José y su comportamiento en aceptar la misión que le es confiada por Dios.

Frente a la maternidad misteriosa de María, queda fuertemente perplejo y piensa despedirla en secreto. Pero cuando el ángel del Señor le asegura y le ordena tomarla consigo “pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo” (ib. 20), José -hombre justo que vive de fe- obedece aceptando con humilde sencillez la consigna sumamente comprometedora de esposo de la Virgen-madre y de padre virginal del Hijo de Dios. En este ambiente la vida del Salvador brota como protegida por la fe, la obediencia, la humildad y la entrega del carpintero de Nazaret. Estas son las virtudes con que debemos recibir al Señor que está por llegar.

En la segunda lectura san Pablo se alinea con los profetas y con san Mateo al proclamar a Jesús “nacido de la descendencia de David según la carne” (Rm 1, 3), y con Mateo al declararlo “Hijo de Dios” (ib. 4). El Apóstol que se define a sí mismo “siervo de Cristo Jesús” (ib. 1), elegido para anunciar el Evangelio, resume toda la vida y la obra del Salvador en este doble momento y dimensión: desde su nacimiento en carne humana, hasta su resurrección gloriosa y a su poder de santificar a los hombres. En efecto, la encarnación, pasión y muerte y resurrección del Señor constituyen un solo misterio que tiene su principio en Belén y su vértice en la Pascua. Sin embargo, la Navidad ilumina la Pascua en cuanto nos revela los orígenes y la naturaleza de Aquel que morirá en la cruz para la salvación del mundo: él es el Hijo de Dios, el Verbo encarnado.

 

“Gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo nuestro Señor. A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen lo esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza” (Misal Romano, Prefacio del Adviento II).

“¡Oh glorioso San José!, fuiste verdaderamente hombre bueno y fiel, con quien se desposó la Madre del Salvador. Fuiste siervo fiel y prudente, a quien constituyó Dios consuelo de su Madre, proveedor del sustento de su cuerpo y, a ti solo sobre la tierra, coadjutor fidelísimo del gran consejo.

Verdaderamente descendiste de la casa de David y fuiste verdaderamente hijo de David… Como a otro David, Dios te halló según su corazón, para encomendarte con seguridad el secretísimo y sacratísimo arcano de su corazón; a ti te manifestó los secretos y misterios de su sabiduría y te dio el conocimiento de aquel misterio que ninguno de los príncipes de este siglo conoció. A ti, en fin, te concedió ver y oír al que muchos reyes y profetas queriéndole ver no le vieron y queriéndole oír no le oyeron, y no sólo verle y oírle, sino tenerle en tus brazos, llevarle de la mano, abrazarle, besarle, alimentarle y guardarle” (San Bernardo, Super “Missus”).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

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