domingo, 31 de mayo de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: El Dios que ama, no condena

 

Solemnidad de la Santísima Trinidad (A)

Evangelio de San Juan 3,16-18

Por el hecho de que el misterio de la Santísima Trinidad sea, a veces, presentado o considerado en su aspecto más difícil -UN SOLO DIOS VERDADERO EN TRES PERSONAS DISTINTAS-, algo que la mente humana es incapaz de entender, toda la riqueza que entraña esta hermosa realidad, queda desaprovechada por la inmensa mayoría de los cristianos. Muy común es una actitud algo indiferente ante esta verdad. Como es algo que no se puede comprender, se deja de lado este misterio, no se piensa, no se vive y no se goza del mismo. Y sobre todo, al creer que es un misterio “intocable”, se puede llegar a una práctica negación del mismo.

El misterio no es algo negativo o que no se puede entender. Es todo lo contrario: podemos irlo conociendo más y más sin que lo agotemos o abarquemos del todo. En la contemplación de un misterio descubrimos que siempre es más lo que nos queda por conocer. Esto es admirable: nunca podemos llegar al punto final.

De allí que al celebrar hoy la Fiesta de la Santísima Trinidad la Iglesia, a través de la Liturgia, nos haga pedir que Dios nos conceda: a) profesar la fe verdadera; b) conocer la gloria de la eterna Trinidad; c) y adorar su unidad poderosa.

a) Profesar la fe verdadera. La que sustancialmente está en el Credo, que es el Himno Universal de los cristianos. Allí está resumida toda la obra misericordiosa de Dios a través de la cual percibimos su eterna, inmutable, omnipotente y amorosa realidad y presencia. Particularmente, la fe verdadera nos muestra la inmensa bondad de Dios que no quiere la condenación de nadie, y tan es así que el Padre envía a su Hijo Jesucristo para que nos lo diga abiertamente que “Dios no mandó a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (San Juan 3 – Evangelio de hoy). La presencia de Cristo, la realidad de la Iglesia con toda la realidad de la gracia divina, la doctrina, el Magisterio infalible, nos hablan del amor de la Trinidad.

b) Conocer la gloria. Muy unido a lo anterior, es el conocimiento que debemos tener de la Trinidad eterna a través de las enseñanzas de Jesús, y de la acción y obra que de un modo especial se atribuye a cada una de las Tres Divinas Personas. Se atribuye al Padre la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la Santificación. Juntamente se afirma la presencia de toda la Trinidad en el alma. Reconocer las buenas obras y acciones de otro, y sentirse destinatario de las mismas, es una forma de glorificarlo. ¿Qué no hizo Dios por nosotros para salvarnos?

c) Adorar su unidad todopoderosa. Quizás nos cueste tanto adentrarnos más en este misterio precisamente por no estar habituados a la verdadera oración de alabanza. Por lo común creemos que nuestras oraciones deben ser de petición. Miramos nuestras necesidades (lo único que nos interesa) en nuestra relación con Dios. Como si un hijo fuera incapaz de estar junto a su padre sin estar pidiéndole constantemente “cosas”. Lo lamentable es que no pocos creen que si no tienen nada que pedir, no pueden hacer oración. Cuando llegue el día en que seamos capaces de gozarnos en nuestra comunicación con Dios sin pedirle más que su amor y su gracia, nos habremos aproximado a la realidad del misterio. Con eso tendremos la dicha total, lo que tanto anhelamos. DIOS y SOLO EL: BASTA.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.14-15)

 

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