domingo, 7 de junio de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: El Amor tiene una fiesta, ¿La conoces?

Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo

Hay un expresivo himno litúrgico que dice: “Allí donde hay amor verdadero, allí está Dios”. San Juan dijo: “DIOS ES AMOR, y quien permanece en el amor, en Dios permanece y Dios en él” (I Juan 4, 16). Una consecuencia lógica se sigue de esto: un amor en el que Dios no está presente, no es verdadero, no es auténtico amor. O dicho de otro modo: el amor que no hace presente a Dios, que es el origen, la fuente de todo amor verdadero, no es auténtico amor. Y nada digamos del “amor” que tantísimas veces aleja al hombre de Dios, lo excluye a Dios, como por ej. en las relaciones prematrimoniales, que son un pecado -con todas las letras-, que son una “animalada” y no un acto racional, que es lo característico del amor. El irracional es incapaz de amar. Obra por instinto.

Celebramos hoy la FIESTA DEL AMOR por excelencia. La presencia de Jesús en la Eucaristía. Desde el punto que se mire, desde cualquier aspecto que se considere la presencia real, auténtica, verdadera, de Jesús en la Eucaristía, como Dios verdadero y como hombre verdadero, siempre aparecerá la realidad del amor. Es El mismo, presente entre nosotros porque nos ama. Es como mirar al sol, sea al amanecer, sea al mediodía, sea al atardecer, siempre lo tenemos de frente.

La Eucaristía puede ser considerada en sí misma y en sus efectos.

* En sí misma: Es el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Jesús. Las palabras del Señor no admiten interpretación torcida. TOMAD Y COMED, ESTO ES MI CUERPO… TOMAD Y BEBED, ESTA ES MI SANGRE… HACED ESTO EN MEMORIA MÍA. No sólo se realizó esto en la Última Cena, sino que además Jesús dio poder especial a sus Apóstoles -y a todos sus sucesores- para hacer lo mismo. ¿Pudo hacer esto?  ¡Claro que sí! ¿Se opone esto a la majestad, a la santidad, a la dignidad de Dios? ¡De ningún modo! Y todo esto lo hizo por amor, ya que NADIE TIENE MAYOR AMOR QUE AQUEL QUE DA LA VIDA POR EL AMADO (Juan 15,13). Entregar su Cuerpo y dar su Sangre es dar la vida, por nosotros, por toda la humanidad. Dice San Pablo: “Cristo… me amó y se entregó por mi” (Gál. 2,20).

Es la Eucaristía la consecuencia del amor de Cristo, amor siempre presente, actual, reconfortante: Y SABED QUE YO ESTOY CON VOSOTROS TODOS LOS DÍAS HASTA LA CONSUMACIÓN DE LOS SIGLOS (Mat. 28,20).

* En sus efectos: Ya lo dijimos. El amor une, congrega. Jamás dispersa, jamás divide, jamás origina separación, pugna o rechazo. La Eucaristía, esta presencia amorosa de Cristo Dios y hombre, debe unirnos cada vez más, unirnos a Jesucristo y unirnos entre nosotros. Debe producir un fuerte deseo de unidad. Unidad en pensamientos, unidad en criterios, unidad en la acción apostólica. Unidad no sólo en lo externo, sino unidad “de corazón”, unidad que es amor. No significa esto la supresión de la sana, necesaria y enriquecedora multiplicidad. Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II, interpretando a San Pablo: “Hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión” (Apost. Laic. 2).

La Eucaristía debe hacernos vivir en profundidad nuestra vocación a la santidad. Pues la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios (Gaud. Et Spes 19). Nada hay más importante ni urgente que esto.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.114-115)

 

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