sábado, 18 de julio de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: ¿Toneladas de cizaña?

 

Domingo XVI (A) del tiempo ordinario

Evangelio de San Mateo 13,24-43

Desde el mismo momento en que el pecado fue introducido en el mundo, por la rebeldía del hombre, ha surgido el mal. El pecado, fue, es y será el mal original, el mal del que derivan, en legítima descendencia, todos los otros males.

Los que no son cristianos y los cristianos superficiales, que nunca han profundizado su fe con un estudio medianamente serio, suelen quejarse cuando les sucede alguna “desgracia”. Se rebelan contra Dios, protestan y llegan muchos a renegar de su fe. Dicen: si Dios existe, o si Dios es tan bueno, ¿por qué permite el mal? ¿Por qué justamente a mí tiene que pasarme esto, yo que cumplo con Dios, que soy bueno, y no como otros? ¿Cómo es que Dios no castiga a tanto culpable que anda suelto haciendo el mal y sembrando dolor por todo el mundo?

Los cristianos con mayor formación religiosa, pero que aún no han comprendido suficientemente el misterio de la Iglesia, su íntima naturaleza y su realidad existencial, suelen plantear las mismas preguntas, pero con referencia concreta a la misma Iglesia. No se explican muchas actitudes de la jerarquía frente a tanto desorden; muchas actitudes de gran cantidad de cristianos que son un “anti-testimonio”, un “anti-signo”. Quisieran una Iglesia perfecta, “sin mancha ni arruga”, una Iglesia sin el sacramento del perdón, donde no tuviera que perdonarse nada por la perfección de sus miembros.

Quisieran una Iglesia prácticamente sin ningún sacramento, porque desde el momento que fuera necesario un sacramento sería reconocer la necesidad de la gracia, y por lo tanto la limitación humana, y en definitiva reconocer la imperfección humana. Son los cristianos que quisieran limitar la Iglesia a los solos pecados veniales, como si pudiéramos “contentar” a Dios con eso. ¡Ojalá se pudiese llegar a tal estado en toda la Iglesia en su marcha ascendente de un modo continuo! Pero la realidad es otra y bien distinta.

La parábola del “trigo y la cizaña” que nos trae el Evangelio nos ayudará a aclarar las ideas, si tenemos la valentía de meditarla a fondo y muchas veces. Aconsejo releer y meditar el capítulo 13 de San Mateo para comprender un poco más la naturaleza de la Iglesia.

Con frecuencia se suele presentar a la Iglesia de los primeros tiempos como el “ideal” y se destaca lo positivo solamente, ocultándose todo lo negativo. Y está bien. Pero ¿por qué no se utiliza el mismo procedimiento con la Iglesia de nuestros días?

Decía San Agustín: “Siempre he recordado que la Iglesia no tiene mancha ni arruga, no hay que entender que ella sea así desde ahora, sino que está preparada para serlo cuando aparezca en la gloria. Porque ahora, a causa de las ignorancias y debilidades de sus miembros, toda ella puede decir cada día ‘Perdónanos nuestras deudas’.”

El Padre Ramón Cué S. J. en su librito “YO CREO EN LA ALEGRÍA” nos regala esta canción que titula “Alegría frente a la cizaña”:

“¿Qué hay cizaña? ¡No importa! / ¡Que se alegren los trigos! Es lindo el campo. / ¿Qué crece la cizaña? Trigo, ¡crece más alto! / ¿Qué es mucha? Siempre abulta, más que el trigo, el escándalo. Y en todo caso, ¡lo sabe el Amo!... No habléis de la cizaña. Ella habla demasiado. Mira el trigo; no mires a la cizaña tanto. ¿Cizaña en toneladas? De trigo, ¡basta un grano! Y en todo caso, lo sabe el Amo… ¿Qué hay cizaña? ¡Pues sean los trigos más dorados! / ¿Crece? ¡Crezca en los trigos más apretado el grano! / El trigo que se angustia no es trigo limpio; es falso. La cizaña es tristeza. El trigo es luz y es cántico. / Y en todo caso, ¡lo sabe el Amo! ¡Que se alegren los trigos! Es lindo el campo”.

Sin desconocer que hay muchas cosas que no andan como deberían, y que es tarea nuestra “arreglar” este mundo, no nos desanime la cizaña. Con la gracia de Dios el trigo de nuestra esperanza, alegría y optimismo pesará más que toda la cizaña junta… Sobre este tema del mal volveremos a hablar. Por hoy, seamos trigo.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.83-85)

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