En su extraordinaria
exhortación “EVANGELII NUNTIANDI” (para anunciar el evangelio) el Papa Pablo VI
dice: “Existe un nexo íntimo entre Cristo, la Iglesia y la evangelización.
Mientras dure este tiempo de la Iglesia, es ella la que tiene a su cargo la
tarea de evangelizar. Una tarea que no se cumple sin ella, ni mucho menos
contra ella. En verdad, es conveniente recordar esto en un momento como el
actual, en que no sin dolor podemos encontrar personas, que queremos juzgar
bien intencionadas pero que en realidad están desorientadas en su espíritu, las
cuales van repitiendo que su aspiración es amar a Cristo pero sin la Iglesia,
escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la
Iglesia. Lo absurdo de esta dicotomía se muestra con toda claridad en estas
palabras del Evangelio: ‘el que a vosotros desecha, a mí me desecha’. ¿Cómo va
a ser posible amar a Cristo sin amar a la Iglesia, siendo así que el más
hermoso testimonio dado en favor de Cristo es el de San Pablo: ‘amó a la
Iglesia y se entregó por ella’? (n. 16).
Ya desde su presentación en el
templo, Jesús fue anunciado como “signo de contradicción” (Luc. 2,34). La sola
presencia de Jesús entre los hombres en forma humana es motivo de escándalo y
causa de división, no porque Cristo acepte a unos y rechace a otros, sino
porque son los hombres quienes lo aceptan o rechazan.
Lo llamativo, por lo
paradójico, es que no pocos rechazan a Cristo en nombre de Cristo mismo. Muy
bien lo señala el Papa: Cristo sí, Iglesia no. Como si pudiera concebirse a
Cristo sin su Iglesia, o contrario y hasta hostil a ella, en la que siempre
habrá justos y pecadores, aun entre sus preferidos: “No soy yo, acaso, el que
os eligió a vosotros, los Doce? Sin embargo, uno de vosotros es un demonio”.
Están completamente al margen
de la verdad y por consiguiente desconectados de Cristo quienes manifiestan de
palabra y con los hechos, que tienen su modo propio de entender y vivir la
religión. ¿Cuál religión? ¿La verdadera? No. Por desoír y despreciar a la
Iglesia, rechazan a Cristo y al mismo Padre (Luc 10,16). Entonces que no hablen
de “su” cristianismo, de “su” catolicismo. La religión del egoísmo, de la
soberbia, la religión de la justificación de actitudes opuestas al Evangelio,
de la defensa de intereses puramente personales, sean intereses de bienes
materiales, sean de situaciones de conducta moral, la religión de lo
estrictamente “personal” e “individual”, nada tiene que ver con Cristo y la
Iglesia, que es el Cristo aquí y hoy.
Los que deliberadamente ya han
tomado una postura de rechazo “en bloque” de la Iglesia tal cual como se
presenta, por más que invoquen el nombre de Cristo lo están traicionando por la
espalda, son los remplazantes de Judas. Los que sistemáticamente hacen prescindencia
de las leyes de la Iglesia, burlándose abiertamente de sus disposiciones,
recomendaciones, exhortaciones, llamadas de atención, etc., están rechazando al
mismo Cristo.
Los que suplantan las verdades
del Evangelio con sus antojadizas y acomodaticias interpretaciones del mismo,
en contra de toda la tradición de la Iglesia, y lo hacen en nombre de una
pretendida “actualización”, “progreso”, “modernidad”, etc., rechazan a Cristo
porque les resulta duro aceptar las exigencias de su doctrina. Es más fácil,
menos riesgoso y comprometido, resulta más simpático, más popular, más aceptable
hablar de un “cambio de estructuras” (aunque por sistema no se indique qué
estructuras nuevas se van a imponer) etc., que aceptar el “arrepentíos y creed
en el Evangelio” (Mc 1,15), o el “si no hiciereis penitencia, todos igualmente
pereceréis” (Luc. 13, 3 y 5).
Muchos hace tiempo que están
fuera de la Iglesia; pero en un momento determinado y como encontrando
justificación a su nada recomendable “cristianismo”, le echan la culpa al
sacerdote, a la Iglesia, etc., y por la incomprensión de los mismos “se
alejan” de la Iglesia. ¡Pobres!
A Cristo lo aceptamos en su Iglesia, o no lo aceptamos.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pag. 71-72)


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