Solemnidad
de san Pedro y san Pablo, apóstoles
Evangelio
de san Mateo 16,13-19
Nuestro pensamiento en este
día gira en torno a la persona de Pedro, el Vicario de Cristo, Jefe de la
comunidad de los doce Apóstoles, y Jefe, por lo tanto, de toda la Iglesia. Por
eso, invariablemente, cuando se nombra a Pedro, de inmediato lo relacionamos
con Cristo, y recordamos aquellas palabras que el Hijo de Dios le dijera: “Tú
eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno
no prevalecerán contra ella” (Mat. 16,18).
Pedro, por consiguiente, es la
base, el cimiento, la piedra sin la cual no podría subsistir la Iglesia
edificada por Cristo.
Conviene entender bien esto,
máxime en estos momentos en que no pocos quisieran sustituir el fundamento
puesto por el mismo Cristo.
Cuando un arquitecto construye
una iglesia, una catedral, un santuario, o cualquier edificio importante, tiene
buen cuidado de colocar sólidos cimientos. Cuanto más grande y alto el
edificio, tanto más hondos y seguros deben ser los cimientos. Una vez concluida
la obra el arquitecto se va tranquilo porque ha puesto una buena base. El
cimiento se queda; debe quedarse, no puede irse, no puede faltar. De lo
contrario, la edificación se vendría abajo.
Cristo es el arquitecto. Ha
construido su Iglesia sobre Pedro. Pero no sobre Pedro por ser tal o cual
persona, sino sobre Pedro en cuanto debe desempeñar un determinado oficio, el
oficio que le confía el mismo Cristo: “Te daré las llaves del Reino de los
Cielos; lo que atares en la tierra será atado en los Cielos, y lo que desatares
en la tierra será desatado en los cielos” (Mat. 16,19).
En la solemnidad de la Ultima
Cena, en esos momentos tan grandes y de tanta intimidad de Cristo con sus
Apóstoles, Jesús le dice a Pedro, en presencia de los demás: “Simón, Simón,
mira que Satanás ha pedido poder zarandearte como trigo. Pero yo he rogado por
ti para que no desfallezca tu fe; y tú, una vez convertido, confirma a tus
hermanos” (Luc. 22, 31-32). En mi reciente visita al Papa he comprobado
plenamente esto.
Después de su Resurrección,
exigida la triple confesión de Pedro, Jesús al conferirle el Primado, en
presencia de los demás, por tres veces le encarga “apacentar” a los corderos y
a las ovejas (Juan 21, 15-17).
El pleno poder -“toda potestad
en el cielo y en la tierra”- que tiene Cristo, se lo confiere, se lo traspasa a
Pedro. Por tanto, Pedro actuará en lugar, en nombre y con la suprema autoridad
de Cristo. Pedro es “Vicario de Cristo” y no de la Iglesia. Es Cristo quien le
da los poderes y no la comunidad eclesial.
“La concepción de la Iglesia
como una comunión fraterna de iguales, está en radical oposición con la visión
católica; y el que lo acepte, consciente de lo que tal concepción significa, se
pone fuera de la comunión católica” (Civiltà Cattolica*, 29 de junio de 1973).
Cristo promete la
indefectibilidad y la indestructibilidad de la Iglesia por El fundada. Es
contra esa Iglesia “contra la que no prevalecerán las puertas del infierno”.
Con certeza absoluta la
Iglesia podrá predecir siempre la triste suerte de sus adversarios, contra los
que debe luchar siempre. Así como ha visto descender a la tumba tantos
sistemas, errores, herejías, la Iglesia asistirá también a los funerales de los
totalitarismos presentes del signo que fueren. “Las puertas del infierno no
prevalecerán”.
Lo importante para nosotros,
los católicos, es tener la madurez suficiente para ser fieles a la Iglesia de
Cristo, con nuestra total adhesión al papa. Es necesario saber desconfiar
prudentemente de tanto infantilismo ideológico, como si Cristo hubiera sido un
“ideólogo”. Desconfiar de tanta soberbia “intelectualoide” que usurpa un título
que no le corresponde, ni por ciencia ni por teología. Nuestra fidelidad al
Papa, al auténtico Magisterio de la Iglesia, es la única garantía de sabernos
en la libertad de los hijos de Dios y en la genuina verdad que nos hace
verdaderamente libres.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.75-77)
* La
Civiltà Cattolica (La Civilización Católica) es una revista católica italiana
fundada en 1850. La revista fue fundada en Nápoles por un grupo de jesuitas,
quienes querían defender la «civilización católica» (civiltà cattolica) de las
amenazas de aquellos que percibían como enemigos de la Iglesia, liberales y
francmasones, en el contexto de la Unificación de Italia. Fue durante décadas
una de las revistas católicas más influyentes de todo el mundo, hoy sigue
siendo la revista cultural internacional de la Compañía de Jesús.


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