Domingo
XIV (A) del tiempo ordinario
Evangelio
de San Mateo 11,25-30
Verdaderamente la ignorancia
es uno de los males que mayores daños sigue causando. La sentencia condenatoria
de Adán: “con el sudor de tu frente comerás el pan”, se refiere a todos los
quehaceres del hombre, que, a partir de allí, necesitará esforzarse permanentemente
tanto en lo referente al cuerpo como al espíritu.
Ya sea por ignorancia total, o
por un conocimiento deficiente, y por lo mismo equivocado, en materia
religiosa, la conducta de los hombres adolece de graves errores. ¿para cuantos,
por ejemplo, los Mandamientos constituyen una pesada carga, una imposición, y
no una expresión de amor? ¿Para cuántos Dios mismo es Alguien que sólo controla
las acciones humanas y no un ser inteligente, bondadoso, misericordioso, que
hace todo lo posible para aproximársenos? ¿Cuántos consideran dura y hasta
inhumana a la Iglesia, cuando ella nos recuerda nuestros deberes y
obligaciones, o no “afloja” en cosas que no puede, no debe “aflojar”, porque no
las ha impuesto ella? ¿O es que lo dicho por Jesús, antes de subir al cielo:
“Id y enseñad… haced discípulos míos a todos los pueblos… enseñándoles a
cumplir todo lo que yo os he mandado” (Mat. 28,19), es puro floreo humano?
¡Cuántas veces recibimos los
Obispos y Sacerdotes críticas injustas de algunos que se tienen por muy
cristianos (?), cuando cumplimos con nuestro cometido! Por ejemplo, cuando
recordamos los deberes y obligaciones de los esposos, en lo relativo a la vida;
cuando insistimos que los concubinos, los adúlteros… no pueden recibir los
sacramentos, no pueden ser padrinos, etc. No hacemos más que “enseñar a cumplir
todo lo que nos ha mandado” Jesús. Cuando decimos no al aborto, no a los
anticonceptivos, no a las relaciones prematrimoniales, cuando decimos no a los
ladrones, a los usureros, no a tanta pornografía escrita o puesta en evidencia
por la desnudez de algunas modas puercas… etc…, no estamos obrando por
prejuicios o caprichos trastornados. Simplemente estamos cumpliendo con nuestro
deber, y tratando de salvar nuestra alma, ya que parece tan difícil o casi
“imposible” salvar a tantos “doctores” en religión que obtuvieron su título en
las aulas de la ignorancia, en las facultades de los vicios y otras
especialidades asnales.
Jesús nos dice en el
Evangelio: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis
alivio”. La enseñanza de Jesús y nuestro aprendizaje tienen que realizarse en
un diálogo íntimo, sincero, confiado, en la oración, en la meditación. ¿Cuántos
jamás dedican un tiempo a la reflexión serena, profunda! El conocimiento de una
persona se logra a través de un trato personal, afectuoso y hasta familiar.
Nunca por la “partida” de nacimiento, ni por el currículum (se acentúa en la í
y no en… otra parte) de vida. Conocer a Cristo a través de la “historia” de los
Evangelios solamente, es saber unos “datos” y nada más.
Su paciencia, su mansedumbre, su humildad, descubiertas en el diálogo de la oración, nos revelarán el gran secreto de que El y sus exigencias no son algo “pesado”, “inaguantable”… sino todo lo contrario: agradables, posibles, “yugo suave” y hasta apetecible. Cuando se ama de verdad ¿qué no se hace por el amado? Cuando hay verdadero amor ¿no resulta hasta agradable el sacrificio que implique dar un gusto, una alegría, un signo, una prueba al amado?
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.77-78)


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