Los hombres, cuando se
proponen alcanzar algo -una meta-, ordenan todos sus actos para lograrlo. Y no
quedan satisfechos hasta haber obtenido el resultado.
Con frecuencia en la vida
espiritual se suele proceder de un modo similar. Se procura alcanzar a Dios, la
virtud, la vida cristiana en pleno, somo si se tratara de llegar a un punto,
una meta en la que todos los problemas o inconvenientes quedarían superados. Y
allí está el error.
A Dios no lo lograremos en
esta tierra como una meta. Ni la virtud. Ni la vivencia cristiana en su
plenitud.
Dios no es algo, sino ALGUIEN
que nos habla. Nos habla a través de la Biblia. Nos habla por medio de su
propio Hijo que vive y perdura “hasta el fin de los tiempos” en la Iglesia por
El fundada y permanentemente asistida y sostenida. Nos habla también a través
de los acontecimientos, de la historia. Ciertamente que no nos habla de la
misma manera como lo hace en la Sagrada Escritura o por medio del Magisterio de
la Iglesia. A través de los acontecimientos “nos despierta” para que
reflexionemos, para que confrontemos nuestra propia vida, nuestras propias
actitudes con la verdad que El nos ha revelado.
De modo similar, la vida
cristiana, la virtud, no es un término, una meta para lograr totalmente en un
plazo de tiempo de acuerdo al esfuerzo, al empeño personal de cada uno. La
amplitud del tiempo y la intensidad del esfuerzo deben servir para afianzarnos
en el camino.
Por tanto, nuestro peregrinar
hacia el Padre, debe tener las características de un viaje; todavía no se ha
llegado a la meta. Todavía es necesario sentir el cansancio, las incomodidades,
los “imprevistos” del camino. Eso es la vida del cristiano. Debe contar con la
realidad de “los buenos y malos en el reino de Dios”. Y mientras seamos
viandantes no nos extrañemos de que la meta está distante, aunque siempre a la
vista. Caminemos con esperanza.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pag. 7)


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