Domingo
2 (A) de Cuaresma - Mt 17,1-9
El Evangelio de los dos
primeros Domingos nos da la tónica de la Cuaresma que hemos iniciado. En
efecto, la Cuaresma, símbolo y síntesis de toda nuestra vida, es tiempo de
lucha contra el mal, el pecado…, tiempo de gracia (oración-sacramentos)…,
tiempo de los esfuerzos del hombre y de los consuelos de Dios.
El Domingo pasado teníamos el
ejemplo y nos beneficiábamos con la gracia que nos mereció Jesús por su oración
y ayuno en el desierto y luego por su lucha contra la tentación del diablo y su
triunfo sobre el mismo. Hoy, con la transfiguración del Señor, Jesús nos hace
entrever -por adelantado- “aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el
mundo existiera” (Jn 17,5) y que será nuestra meta y nuestra suerte final.
“Padre, quiero que donde voy a estar, estén también conmigo los que me has dado
y así contemplen mi gloria…” (Jn 17,24). Es una gracia de estímulo, de aliento.
Es como la “seña”, la garantía del premio que nos promete Jesús “a los que
perseveren hasta el fin” (Mt 10,22 y 24,13).
Aquello del esfuerzo, oración,
penitencia y lucha de Jesús contra el diablo es para que aprendamos que “la
vida del hombre sobre la tierra es un continuo batallar” (Job 7,1).
Si queremos ser grandes,
hagámonos pequeños; si queremos tener razón en todo y siempre, démosle siempre
y en todo la razón a Dios; si queremos ver con claridad, apaguemos la luz de
los espejismos, cerremos los ojos de un mirar puramente humano, usemos la vista
de la fe, y se disiparán las tinieblas de la duda, los sinsabores y ansiedades.
La oscuridad se nos hará LUZ y contemplares la VERDAD en toda su hermosa
realidad.
Si queremos ver lejos,
agachemos la cabeza de nuestra soberbia y suficiencia; si queremos sobresalir
por encima de todos, arrodillémonos sin que nadie nos vea, sino sólo Dios; si
queremos felicidad plena, empecemos por llorar nuestros pecados (tristes reliquias
de una falsa y traidora felicidad); si queremos gozar a nuestras anchas,
empecemos por privarnos de todo gozo pasajero y de todo bien ficticio; si
queremos saber mucho, bien y con seguridad, empecemos por ser alumnos de Jesús
durante toda nuestra vida; si queremos poseerlo todo, empecemos por no tener
nada seguro; si queremos llegar al cielo, no miremos tanto la tierra, aunque en
ella debamos tener bien puestos los pies; si queremos mandar, empecemos por
obedecer.
El recuerdo de la Transfiguración del Señor debe alentarnos, estimularnos, dar mayor firmeza a nuestra fe, hacer más viva nuestra esperanza, más real y auténtico nuestro amor. Aprendamos a no vivir tanto el escándalo de la Cruz, cuanto la alegría de la Resurrección. Jamás podremos ser felices si nos dejamos conducir solo por el miope criterio humano en las cosas de Dios. Convenzámonos que sin Dios no hay felicidad, ni ahora ni nunca. Ya es tiempo de que “maduremos”, como seres racionales. No es necesario que cada uno de nosotros, agregue su cuota personal de imbecibilidad a tanto extravío, error, falsedad, engaño, mentira… que producen los “dioses” de carne y hueso de todos los tiempos. Escuchemos y obedezcamos únicamente al “Hijo predilecto”.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.253-254)


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