domingo, 12 de abril de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: La Confesión, invento de Cristo

 II Domingo de Pascua o Domingo de la Divina Misericordia

Jn 20,19-31

Jesús resucitó. Es un hecho incuestionable. Ha concluido un modo de vida, el mortal, y ha empezado otro modo, el de la vida inmortal, glorioso, eterno. La Resurrección en síntesis y en esencia es eso.

La inmortalidad y el estado glorioso sólo se encuentran en Dios. De allí que nuestro resucitar será un eterno vivir en Dios, en la plenitud del gozo, de la felicidad. Algo que no podemos ni imaginar.

Pero no basta el solo hecho de la resurrección para lograr la felicidad. Se debe resucitar como Jesús, esto es, en gracia, sin pecado. Para resucitar en gracia, hay que morir en gracia; y para morir en gracia hay un solo modo absolutamente seguro: vivir permanentemente en gracia.

Sin lugar a equivocarnos podemos afirmar que toda la existencia, toda la realidad de Cristo debe ser mirada desde esta perspectiva de la gracia para ser comprendida. Cristo vino, vivió, enseñó, sufrió, murió, resucitó únicamente para satisfacer nuestra deuda; es decir, destruir el pecado y darnos la gracia santificante.

A fin de asegurarnos de un modo eficaz y permanente esta realidad, conocedor de nuestra miseria y fragilidad, después de su Resurrección El mismo sigue actuando, a través de los hombres (sacerdotes), en los Sacramentos que instituyó.

El evangelio de hoy (Juan 20, 19-31) nos consigna el hecho, en el mismo día de la Resurrección, de la institución del Sacramento de la Confesión, actualmente denominado Reconciliación. Por tanto, la confesión es un invento del amor de Jesucristo. Que lo desmientan -y los desafiamos públicamente- aquellos que niegan la realidad y la necesidad de este Sacramento, que niegan que lo haya instituido Jesucristo: a quienes los sacerdotes perdonen los pecados, ésos quedarán perdonados. Luego es necesario y obligatorio confesar los pecados para recibir el perdón de Dios. Así lo estableció Jesucristo, y ello no se discute.

En un texto de homilética leemos que una de las conquistas más prometedoras, según esperan, de la psicoterapia moderna, es la confesión psicoanalítica. El paciente yace tumbado en un diván, para su mayor comodidad, a oscuras, a fin de que pueda sobreponerse más fácilmente al rubor natural. Y es sometido por el especialista a interrogaciones que, ni en la confesión sacramental más rigurosa y pormenorizada, se le propondrían. Ha de responder con absoluta sinceridad y sin vacilaciones. Esta terapéutica es larga y onerosa. Consignemos, de paso, que esta terapia no siempre produce los efectos esperados, no obstante ser tan difícil y costosa.

En cambio, Nuestro Señor Jesucristo hizo las cosas mucho más sencillas para el tratamiento de la enfermedad del pecado, y con resultados infalibles si el cristiano sabe aplicar este remedio con la seriedad, frecuencia y devoción necesarias.

Llamo la atención sobre dos cosas:

1) La confesión, tal como la practica la Iglesia Católica (y no ante una pared o frente a un poste), es absolutamente necesaria para todo aquel que haya cometido pecado grave. No hay otro remedio para borrar el pecado. Para eso murió, para eso resucitó Jesús, y para eso instituyó este Sacramento.

2) No se puede comulgar en pecado mortal. Es necesario confesarse antes, y no después de la Comunión. Comulgar en pecado es obligar a Cristo a entrar donde está el diablo. Es como ponerlos juntos en una habitación. El solo deseo de comulgar no es razón, nunca, para cometer un sacrilegio. Es necesario repasar el catecismo para tener ideas claras.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.324-325)

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