Viernes
Santo de la Pasión y Muerte del Señor
“Me amó y se entregó por mí”
(Gal. 2,20).
No vamos a repetir aquí lo que
ya todos sabemos de sobra, que Jesús murió de muerte ignominiosa y cruel en la
Cruz por cada uno de nosotros y por cada uno de nuestros pecados. Lo que vamos
a intentar en esta Semana Santa es mirarnos a nosotros mismos frente a Jesús
crucificado. De nada nos serviría considerar los dolores y los sufrimientos de
Cristo y de la Virgen María, por unos instantes (o por horas), si esa MUERTE no
nos dijera nada en relación a nuestra vida, a nuestra conducta de aquí en
adelante. Incluso las mismas lágrimas
que pudieran arrancarnos la consideración y meditación de este “drama”, serían
una burla sino aprendiera a llorar nuestro corazón, nuestra alma, y si no
naciera como respuesta un propósito firme que arraigue nuestra vida en una mayor
virtud y entrega generosa a Cristo.
“Me amó y se entregó por mí”,
decía san Pablo, y con él lo repetimos nosotros. Se nos dio, se nos entregó
todo, totalmente. No se reservó nada, ni siquiera a su queridísima Madre. Nos
la entregó. Es nuestra. Un amor donde no hay entrega total, o donde hay
“reservas”, no es amor. Aquí se vale aquello de “todo o nada”. Cristo nos ama
así, nos ama como nadie jamás será capaz de amarnos. Su “entrega” es la prueba
irrefutable. La Cruz es el signo de la totalidad y la garantía de la
autenticidad en este amor.
Frente a esta realidad ¿cuál
es la respuesta de nuestra vida? Amor con amor se paga. ¿Qué clase de
intensidad de amor utilizamos para amar al mismo amor? Porque “Dios es Amor”,
dice san Juan. Ese amor tiene forma humana:
Jesucristo. Ese amor tiene un sello característico, inviolable,
identificatorio: la Cruz. ¿Nos acercamos con nuestros actos, con nuestra vida
toda, la de todos los días, la que vivimos en todas partes, la de todos los
instantes del día, nos acercamos lo más posible a Jesús, aunque ello nos
cueste, o precisamente porque nos cuesta mucho quizá? Nuestra adhesión a
Cristo, a su Persona, ¿es real, auténtica, forzada, continua, sin tentaciones
de aflojamientos, de estancamiento, de retroceso, de huida y escapismo, o lo
que es peor, de cansancio y de desaliento en la virtud, en subir al calvario y
aparentemente no llegar nunca, estar siempre en lo mismo?
Y nuestra “entrega” a Cristo
en su Iglesia ¿qué tal? Cristo “se entregó por mí”, y sigue entregándose en la
Iglesia de la que formo parte. Se me entrega a través de los sacramentos, de
los ministros, de las personas; a través de las obras, instituciones. ¿En qué
medida tengo conciencia de que la Muerte de Cristo debe hacerme pensar,
seriamente, como retribuiré con mi colaboración, con mi presencia en la
Iglesia, activa y no parasitaria, con mi tiempo, con mi dinero? ¿O es que el
mantener las obras de la Iglesia con mi dinero no tiene ninguna relación con la
Muerte de Cristo en la Cruz? Y, lo que sería peor, ¿no utilizo el dinero ajeno
(ese que se le paga en justicia al obrero, peón, productor, o que se cobra
abusivamente para clavar, matar a Cristo? Cristo dio todo por Ti. Tu
mezquindad, avaricia y comodidad venden a Cristo al enemigo…
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.285-286)


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