viernes, 3 de abril de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: O todo o nada

 

Viernes Santo de la Pasión y Muerte del Señor

“Me amó y se entregó por mí” (Gal. 2,20).

No vamos a repetir aquí lo que ya todos sabemos de sobra, que Jesús murió de muerte ignominiosa y cruel en la Cruz por cada uno de nosotros y por cada uno de nuestros pecados. Lo que vamos a intentar en esta Semana Santa es mirarnos a nosotros mismos frente a Jesús crucificado. De nada nos serviría considerar los dolores y los sufrimientos de Cristo y de la Virgen María, por unos instantes (o por horas), si esa MUERTE no nos dijera nada en relación a nuestra vida, a nuestra conducta de aquí en adelante.  Incluso las mismas lágrimas que pudieran arrancarnos la consideración y meditación de este “drama”, serían una burla sino aprendiera a llorar nuestro corazón, nuestra alma, y si no naciera como respuesta un propósito firme que arraigue nuestra vida en una mayor virtud y entrega generosa a Cristo.

“Me amó y se entregó por mí”, decía san Pablo, y con él lo repetimos nosotros. Se nos dio, se nos entregó todo, totalmente. No se reservó nada, ni siquiera a su queridísima Madre. Nos la entregó. Es nuestra. Un amor donde no hay entrega total, o donde hay “reservas”, no es amor. Aquí se vale aquello de “todo o nada”. Cristo nos ama así, nos ama como nadie jamás será capaz de amarnos. Su “entrega” es la prueba irrefutable. La Cruz es el signo de la totalidad y la garantía de la autenticidad en este amor.

Frente a esta realidad ¿cuál es la respuesta de nuestra vida? Amor con amor se paga. ¿Qué clase de intensidad de amor utilizamos para amar al mismo amor? Porque “Dios es Amor”, dice san Juan.  Ese amor tiene forma humana: Jesucristo. Ese amor tiene un sello característico, inviolable, identificatorio: la Cruz. ¿Nos acercamos con nuestros actos, con nuestra vida toda, la de todos los días, la que vivimos en todas partes, la de todos los instantes del día, nos acercamos lo más posible a Jesús, aunque ello nos cueste, o precisamente porque nos cuesta mucho quizá? Nuestra adhesión a Cristo, a su Persona, ¿es real, auténtica, forzada, continua, sin tentaciones de aflojamientos, de estancamiento, de retroceso, de huida y escapismo, o lo que es peor, de cansancio y de desaliento en la virtud, en subir al calvario y aparentemente no llegar nunca, estar siempre en lo mismo?

Y nuestra “entrega” a Cristo en su Iglesia ¿qué tal? Cristo “se entregó por mí”, y sigue entregándose en la Iglesia de la que formo parte. Se me entrega a través de los sacramentos, de los ministros, de las personas; a través de las obras, instituciones. ¿En qué medida tengo conciencia de que la Muerte de Cristo debe hacerme pensar, seriamente, como retribuiré con mi colaboración, con mi presencia en la Iglesia, activa y no parasitaria, con mi tiempo, con mi dinero? ¿O es que el mantener las obras de la Iglesia con mi dinero no tiene ninguna relación con la Muerte de Cristo en la Cruz? Y, lo que sería peor, ¿no utilizo el dinero ajeno (ese que se le paga en justicia al obrero, peón, productor, o que se cobra abusivamente para clavar, matar a Cristo? Cristo dio todo por Ti. Tu mezquindad, avaricia y comodidad venden a Cristo al enemigo…

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.285-286)

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