domingo, 26 de julio de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Dios vende el cielo al mejor postor

 

Domingo XVII (A) del tiempo ordinario

Evangelio de San Mateo 13,44-52

Hay un dicho popular muy expresivo: “Si mueve la cola el can, no es por ti sino por el pan”. Hay un interés de por medio. También entre los humanos se da, con frecuencia, y mayor de la imaginada, este comportamiento. Para más desgracia, esto sucede en un plano superior, en el de la relación del hombre con Dios. Parecería que para un buen número de cristianos, su relación con Dios se asemeja a la del hijo que quiere, respeta a su padre, pero por puro interés. Así observan ciertas prácticas religiosas y cumplimientos más por un interés próximo, inmediato, que por amor a Dios, o por el verdadero amor a Dios o interés por ganar el cielo. Creen que por su “buena conducta” tienen algo así como una póliza contra todo riesgo.

Por eso, no pocos, en el momento de la prueba se rebelan contra Dios. Incluso, algunos abandonan la religión porque se “sienten desilusionados” por ciertas cosas “que pasan” en la Iglesia. Olvidan esos tales que la parte “humana de la Iglesia” siempre es falible y no pocas veces hasta detestable; olvidan que en la Iglesia siempre van a perdurar las negaciones de Pedro, las dudas de Tomás, las desilusiones de los discípulos de Emaús, las traiciones de Judas, las ambiciones de “la madre de los hijos de Zebedeo” (Mat. 20,21) de ocupar los primeros puestos, las discusiones sobre la “precedencia” (Mc 9, 34), las cobardías de todos en el momento de la Pasión, etc., etc.

En ninguna parte del Evangelio, Cristo nos incitó a fijarnos en los demás para tener fe, para seguirle a Él. Nos indicó, sí, que debemos dejar todo, incluso los sentimientos tan caros como los afectos familiares, cuando se trata de cumplir con Él, y seguirlo sólo a Él, cargando con la cruz nuestra, y no haciendo más pesada la cruz de los demás.

Lo que la Iglesia nos propone en el Evangelio sobre le Reino de los cielos, con las comparaciones del “tesoro escondido en un campo”, la “perla fina de gran precio”, la “red” donde se encuentran los peces “buenos y malos o inservibles”, está precisamente en esa línea de pensamiento, en orden a hacernos comprender la parte humana y la parte divina de la Iglesia, bien diferenciadas. Por eso no unamos nosotros lo que Cristo mismo separó. Eso sí, hay que vender todo para comprar ese campo con el tesoro, o la perla finísima. Vale la pena -¡o la dicha!- de sacrificarlo todo. Es también el “negarse a si mismo” para seguir a Cristo.

En síntesis: el valor absoluto es Dios. Hemos de buscarlo a sólo Él. Debemos anhelar poseerlo a Él. Amarlo a Él por Él. Amarlo por su bondad y no por la nuestra.

Renunciar a todo, postergar todo cuando se trata de permanecer en la amistad con Dios, no es más -ni tampoco menos- que el cumplimiento del Primer Mandamiento. El “no tendrás otro Dios más que a mí”, del Antiguo Testamento; es el “amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma, con todas las fuerzas y sentimientos, con todo lo que uno es y posee”, del Nuevo Testamento, conforme lo explica el mismo Jesús.

Cuando vemos tanta flojedad, tanta cobardía, en los momentos en que es necesario profesar con intrepidez y valor nuestra fe, en que es necesario “vender todo” para asegurar el tesoro del cielo, para comprar la perla preciosa -la gracia que adorna y embellece el alma- o para arrojar los peces inservibles…, concluimos que no se conoce ni el abecé del cristianismo, de nuestra hermosa, pero exigente religión.

Por no disgustar a los amigos (¿amigotes?) de este mundo, a muchos les interesa poco el disgustar a Dios, con el tremendo riesgo del “disgusto eterno” -para ellos- del infierno. Por no perder quizá el “puesto”, un “acomodo”, en que pierden su virtud, su alma, su fe ahora, parece importarles un bledo el perder el “gran puesto” en el cielo, que les estaba reservado.

En conclusión: el cielo para el mejor postor ¿o no?

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael",

Ediciones Nihuil, 1988, pags. 92-93)

 

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