Próxima ya la Fiesta de
Navidad, la liturgia de este Domingo nos hace meditar sobre la Madre de Jesús,
la siempre Virgen María, y lo intenta con el relato de la conmovedora escena
del anuncio, de parte de Dios, por medio del ángel, del misterio de la Encarnación.
Innumerables veces lo hemos
leído y releído, y hasta casi lo sabemos de memoria, palabra por palabra, y no
obstante, cada vez que volvemos a leer esa simple, pero magnífica historia, es
imposible no emocionarnos. Podría decirse que nunca la aprenderemos de memoria,
como otras historias, porque el misterio que anuncia es inagotable, y tiene
relación con nuestra vida personal. En efecto, es imposible considerar o
recordar la venida de Cristo a este mundo, para devolver a Dios la gloria que
el pecado le pretendió quitar, sin aplicarnos a nosotros ese relato.
No es una historia impersonal.
La venida y la presencia de Jesús en la historia de los hombres implica un
juicio sobre nuestra conducta: “Si yo no hubiera venido y no hubiera hecho
entre ellos la obras que ningún otro realizó, no tendrían pecado” (Jn 15,24).
De modo que, en definitiva, todo lo malo que nos acontece es, querámoslo o no,
porque no aceptamos a Jesucristo, no aceptamos a Dios, ya que lo que hay de
malo en nosotros o es pecado o fruto del pecado. La presencia de Cristo no
puede dejarnos indiferentes.
Así la consideración, por una
parte, del amor misericordioso de Dios, amor que da y se da todo entero, amor
que no busca su propio bien sino el de los demás, ¿no te hace pensar, hermano,
sobre qué entiendes por amor, como lo vives o practicas? ¿No es la más de las
veces egoísmo, interés, que no va hacia el necesitado, sino que pretende poner
a todos a su servicio? Cuando ves cómo Dios toma la iniciativa y respeta la
libertad de la Virgen, hasta el punto que fue necesario que ella dijera: ¡Sí!
¡Hágase en mí tu voluntad!, para que el Hijo de Dios empezara su existencia
humana en el seno de María, ¿ello no te hace pensar en tu comportamiento con
los demás?
¡Cuántas veces quieres imponer
tus criterios, tus puntos de vista, tus opiniones, tus conveniencias! Cuando
ves que Dios se digna ofrecer una prueba de su poder a una pobre criatura,
demostrando que para El nada hay imposible, ¿no se te ocurre pensar que con su
ayuda nada te puede resultar imposible, aunque te cueste cumplir con la ley de
Dios? ¿No es muchas veces el hombre el “intransigente” en sus reclamos y no la
Iglesia que no “afloja”, que no puede “aflojar” en ciertas cosas?
Y, por otra parte, cuando
vemos la disponibilidad de la Virgen María, y cómo la gracia de Dios realmente
“obró maravillas” en ella, ¡no cuestiona esto nuestra rebeldía, ese nuestro no
querer dar “el brazo a torcer”? ¡Cuánto bien, cuánto apostolado se deja de
hacer porque siempre ofrecemos alguna excusa para ello, nunca tenemos tiempo, o
lo postergamos para más adelante, para una mejor oportunidad, etc, etc.! Y
mientras tanto, los enemigos avanzan: ellos siempre tienen tiempo, siempre
están dispuestos, nunca se cansan. A ejemplo de la Virgen, aprendamos a decir
siempre ¡Sí! A Dios. En esta Navidad ¿qué cosa costosa te está pidiendo Dios?
¡A qué cosa o actitud tienes que renunciar?
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.155-156)


No hay comentarios:
Publicar un comentario