Ascensión
del Señor (A)
Mt
28,16-20
Todos los años celebramos el
misterio de la Ascensión de Jesús al cielo, como celebramos muchos otros
misterios referentes a su vida, su permanencia y acción entre nosotros. Estas
celebraciones de cada año deben ser una novedad y no una simple recordación.
Es fácil entender esto. La
REDENCIÓN no es un hecho acabado, concluido, cerrado. La Redención es la
realidad, la sustancia, la esencia misma de la Iglesia. Una Iglesia que no
estuviera en constante proceso de Redención, no sería la Iglesia de Cristo. Una
Iglesia donde no hubiera constantes nacimientos por el Bautismo, y
regeneraciones por el sacramento de la Confesión, pronto dejaría de ser
Iglesia. Una Iglesia donde no hubiera constante presencia del Señor por la
celebración de la Eucaristía no “propagaría el reino de Cristo, y no daría
gloria a todos los hombres” (Apost. Act. 2), no sería la Iglesia en la que
Cristo prometió su permanencia hasta el fin de los siglos (Mat. 28,20).
Una Iglesia sin los
Sacramentos, esos medios instituidos por el mismo Jesús, que nos confieren la
gracia que redime, que santifica y fortalece, y en definitiva nos salva, haría
totalmente ineficaz la Redención, la truncaría, pues Cristo debe seguir redimiendo
a la humanidad, a cada hombre. La Iglesia es el lugar permanente de la
transformación del hombre, puesto en este mundo, con la ineludible misión de
transformarlo según el plan salvífico de Dios.
Hoy celebramos la Ascensión de
Jesús. Esto significa que la Iglesia comienza la tarea que El le ha
encomendado. Con la Ascensión de Jesús empieza el ejercicio de nuestra
responsabilidad apostólica. También a nosotros nos dicen los Ángeles: “Hombres…
¿por qué seguís mirando el cielo? Este Jesús… vendrá de la misma manera que lo
habéis visto partir” (Hech. 1,11). Esto es: Jesús se fue al cielo, pero nos
encomendó una misión bien concreta, ser sus testigos hasta el último rincón del
mundo. Un día volverá para pedirnos cuenta.
¡Ser testigos! Debemos
testimoniar a Cristo, muerto por nuestros pecados, pero resucitado porque es
Dios, y por consiguiente toda su doctrina es valedera para siempre. De este
testimonio nuestro dependen dos cosas: a) la transformación del mundo; b) nuestra
propia salvación. Ambas cosas muy unidas. Por eso debemos ser testigos de
Cristo en todas partes.
Donde haya un cristiano, un
bautizado, debe resplandecer el testimonio. Debe ser patente la Verdad, la
Justicia, el Amor, la Virtud, debe ser permanentemente combatida la mentira, el
error, toda clase de injusticia, el odio, el pecado. Donde haya un cristiano de
verdad, deberían callarse, ocultarse los hipócritas, los cínicos, los
corruptores, los inmorales, los cobardes, los deshonestos… Pero ¿no sucede lo
contrario? ¿No se sienten “apocados”, avergonzados, los cristianos -en muchos
ambientes-, que más bien parecen “falsos testigos”? Porque el que no grita su
testimonio con su palabra y conducta, es un traidor, un falso testigo. Más bien
declara contra Cristo. Presenta a un falso Cristo.
Cristiano, ¿Qué esperas para
actuar? No nos quejemos de los males. Hagamos presente a Cristo. Esa es nuestra
misión. Si no, seremos inexcusables.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.336-337)


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