La Navidad no es la
recordación de un hecho histórico pasado, ni sólo la celebración del mismo.
Debe ser considerada y vivida como una realidad presente, como algo que tiene
mucho que ver con cada uno de vosotros, hoy y concretamente aquí. Es un hecho
de Dios hoy, para el hombre de hoy. La Navidad es la solución que Dios ofrece
hoy a los problemas del hombre, como lo fue a los problemas de antes y lo será
en el futuro. No entenderlo así, es no comprender el sentido hondo, profundo,
real de la Navidad, no tendremos soluciones a ningún problema, por grande y
grave que sea.
Lo primero y fundamental es
aceptar lo que Dios nos dice con la Navidad, y es lo que necesitamos. Más tarde
Cristo lo expresará con absoluta claridad: “Sin Mí no podéis hacer nada” (Jn
15,5). Es el presupuesto básico para la vivencia de la Navidad: A Dios lo
necesitamos. Esto no es libre, no es opcional, ni discutible u opinable. En
efecto, la Navidad nos trae lo más importante, y que sólo Dios puede darnos.
¿Qué es lo más importante para el hombre? La existencia, la vida. Pero la
propia vida del hombre, a diferencia de la planta que vegeta, o del animal que
tiene sensaciones, siente estímulos, no es dirigida por los instintos y
pasiones. El hombre tiene vida racional, una capacidad radical de amar, que en
definitiva es lo que constituye su esencial parecido con Dios, a cuya “imagen y
semejanza” fue creado.
Amar, sí, esa es la definición
exacta de la Navidad. Amar pertenece a la esencia del hombre. Es la vida del
hombre. Dice Jesús: “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia”
(Jn 10,10). El hombre que no ama, que no sabe amar, o no quiere saber lo que es
amar y cómo amar, carece del elemento esencial de su razón de existir.
La Navidad nos habla no sólo
del amor de Dios -“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…” (Jn
3,16)- sino también, y muy especialmente, de la necesidad de amar que tiene el
hombre, para realizarse en plenitud como persona. “El que no ama permanece en
la muerte” (1 Jn 3,14).
Entendamos que el amor no es
una idea, ni una sensación, ni una satisfacción, ni un sentimiento sensiblero,
ni cualquier experiencia que nos complazca física o anímicamente.
Para entenderlo bien, no
hagamos muchas disquisiciones teóricas. Vayamos a lo práctico. La lección de la
Navidad es clara. Jesús no rechaza a nadie. Viene para todos, y no sólo para el
pueblo elegido. Lo necesitan tanto los pecadores del pueblo de Israel, como los
paganos.
Frente a esto ¿cuál es nuestra
actitud? ¿Cómo consideramos nosotros a los demás? Si aceptamos solamente a los
que nos resultan simpáticos, agradables, que piensan como nosotros, a los que
no nos resultan “difíciles”, no sé cómo podemos desear feliz Navidad a otros.
Si no estamos dispuestos a ayudar a los demás, y sólo exigimos duramente sin
atender razones del otro, ¿qué sentido tiene la Navidad? Cuándo hay un amargado
por culpa nuestra ¿seremos felices?
Monseñor León Kruk
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.188-189)


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