La
Epifanía del Señor
Quien haya tenido oportunidad
de observar cómo las modernas maquinarias rebajan cerros, nivelan hondonadas,
cubren pantanos, excavan en la roca, etc., sin duda se habrá admirado de la
fuerza de dichos implementos. Se construyen enormes diques para aprovechar la
fuerza y hacer más eficaz el caudal del agua de los ríos… El hombre se traslada
al espacio con una facilidad cada vez más asombrosa… La técnica al servicio del
hombre… ¿Cuánta maravilla!
No obstante todo este adelanto
hay algo que desde muy antiguo supera infinitamente en poder, en grandeza, en
hermosura y en trascendencia a todo eso. Hay algo que vence el tiempo y aun a
la misma muerte. Es la fuerza maravillosa de la fe. Con la fe traspasamos la
frontera del tiempo, de la muerte y del espacio. Con la fe no solo vemos y
tocamos a Dios, con la fe participamos de su propia grandeza y omnipotencia.
Con la fe, paradójicamente ¡oh misterio!, lo tenemos a Dios a nuestro servicio.
Con la fe, si fuera necesario, trasladaríamos montañas, nos lo asegura el mismo
Jesús.
Hoy celebramos la
manifestación de Dios a los hombres. Dios se nos manifiesta, se nos muestra, se
nos descubre en su Hijo Jesucristo. El Niño de Belén, que adoraron María y
José, que adoraron los pastores, y que adoraron “unos magos de Oriente”, no
sólo es hombre, que no puede ser adorado, sino que es al mismo tiempo Dios
eterno. ¡Misterio grandioso! En ese Niño está “toda la plenitud de la divinidad
de la que todos participamos”.
Verdaderamente es una lástima
que una Fiesta como la de hoy, la EPIFANÍA, una fiesta tan de adultos, haya
sido tan infantilizada. Por poco queda reducida más que al “recuerdo
histórico” de unos personajes –los Magos– que fueron a adorar al Niño
Jesús. Pero se pone menos acento en la adoración que en los regalos que
recibieron.
No obstante, los mismos
“regalos” son un testimonio de que la revelación sobre este Niño les hizo
comprender que se trataba de un rey (oro), de un Dios (incienso), y de un
hombre (mirra) al mismo tiempo. No habrán entendido plenamente el misterio,
pero lo admitieron, lo aceptaron, porque les fue revelado por Dios, y en
consecuencia obraron: se esforzaron por encontrar al Niño y le adoraron.
Repetimos: Dios nos envía a su Hijo para redimirnos.
¡Tanto nos ama! Sin excluir los “regalos” a los niños en esta Fiesta de la
EPIFANÏA, es necesario, muy necesario, que le vayamos devolviendo a la misma su
verdadero contenido, real significado y vital importancia. No hagamos de las
cosas de Dios “cualquier cosa”. La fe, por otra parte, no es un acto puramente
espiritual.
La fe tiene que estar
enraizada en nuestra vida. Creer en Jesucristo, en la necesidad de la Redención
para los hombres, significa asumir toda la responsabilidad propia de esta fe.
Así como los Magos no se desalentaron cuando se les ocultó la estrella.
Averiguaron, buscaron y encontraron. No esperemos nosotros “facilidades” para
ser cristianos. Jamás debemos cansarnos por el esfuerzo que ello implica…
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.198-199)


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