Domingo 2 (A) del Tiempo Ordinario
Evangelio de San Juan 1,29-34
Circunscribir la misión de
Cristo a un determinado momento histórico, o a unas circunstancias puramente
humanas, sería desvirtuarla de su real contenido. Lo externo puede ayudar o
dificultar la acción. Esto nadie lo niega. Pero afirmar que lo externo condiciona
de tal manera los actos y las decisiones de la voluntad humana que le
imposibilitan actuar de otro modo, sería negar la libertad del hombre.
Es verdad que en determinados
momentos o períodos se acentuaba la divinidad de Cristo -y esto está muy bien-
que su humanidad quedaba prácticamente casi ignorada o, por lo menos, tenida
como algo de menor importancia, y eso está mal. Hoy, en cambio, es frecuente la
presentación de un Cristo tan “humanizado”, tan “socializado”, que su divinidad
no es objeto ni de predicación ni de vital importancia y necesidad para la vida
del bautizado.
En un mundo que “prefiere las
tinieblas a la Luz” (Jn 1,5), “porque sus obras son malas” (Jn 3,20), en un
mundo tremendamente materializado, hablar de espiritualidad, es un poco menos
que hacer el ridículo. No obstante, la Iglesia de Cristo, la fundada por El, y
no la presentada por muchos “reformadores” que ha tenido desde el comienzo (Mt.
26,9), y que lamentablemente abundan también hoy, debe predicar al Cristo
total, al Cristo Dios hecho hombre, al Cristo Hijo de Dios e Hijo de María.
Nunca será lícito, bajo ningún
pretexto histórico ni circunstancial, presentar un Cristo dividido, a un Cristo
predicador de verdades sin “tener compasión de la multitud cansada y
hambrienta” (Mt 15,32), ni, contrariamente presentar a un Cristo a quien los
hombres lo busquen no por su divinidad (milagros, señales…) sino “por el
pan que se acaba” (Jn 6, 26-27).
Tampoco ignoramos el sofisma
de los últimos tiempos de que “no se puede predicar a estómagos vacíos”, y por
eso hay que solucionar primero la cuestión social de la vivienda, de trabajo,
etc., antes de hablar de conversión, de arrepentimiento, de renuncia al pecado,
de la necesidad de la gracia, de la vida eterna… Porque a los que han
enarbolado esa frase y a los de su comparsa, nunca los he visto preocupados por
“predicar a los que ya tienen los estómagos llenos”. Como los consideran
“pecadores”, y no les interesa trabajar por el Reino de Cristo, que basa la
justicia y la paz en la ausencia del pecado, ponen en evidencia su distorsión
de la verdadera misión de Jesucristo. No les interesa liberar a los hombres de
la esclavitud del pecado.
En la predicación de hoy, el
Bautista nos presenta a Cristo en su exacta dimensión. Cristo es el CORDERO DE
DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO. En el Antiguo Testamento Dios había
prescrito que la reconciliación con El se hiciera por medio de la sangre de
toros y de chivos, sobre los que el pueblo descargaba sus pecados (cfr. Lev 4,
5 y 16). Era un símbolo, una figura, un anticipo de la realidad que vendría con
Cristo. Por eso el Bautista dice que Cristo es el verdadero Cordero de Dios
(animal-símbolo de la inocencia y mansedumbre), que carga sobre sí los pecados
de toda la humanidad, para expiarlos con su propia Sangre.
Mientras no se vuelva a
fundamentar la realidad del hombre enfrentado con la herencia triste del
pecado, se seguirán enfrentando los mismos hombres entre sí, y jamás podrá
haber paz. El hombre no puede, por sí sólo, construir la PAZ. Necesita de la
ayuda del Señor (“Sin Mí nada podéis hacer”). Esta ayuda es la gracia, que
contrasta diametralmente con el pecado.
La mayor desgracia -ya lo
deploraba Pío XII- es la perdida de la noción del pecado. No pocos cristianos
hasta se burlan de los que creemos y procuramos luchar contra el pecado. Uno de
los síntomas lo dan aquellos que, por ejemplo, critican, sin más, lo que
denominan “sacramentalismo”. Parecen más preocupados por defender, hacer
intangible el sacramento (lo que, bien entendido, no sólo es laudable sino
también obligatorio) que salvar almas.
Si la misión fundamental de
Cristo “hecho hombre para nuestra salvación” (Credo) no es la de liberarnos directamente
del pecado (parábolas: hijo pródigo, oveja perdida…), la Iglesia, el Sacerdocio
católico, y en definitiva los siete Sacramentos carecerían totalmente de
sentido. ¿Es admisible esto? ¿No se corre hoy este riesgo de “teologías
liberacionistas” de tipo sicológico, temporalista, carentes de sentido
trascendente?
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.208-210)


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