Aún no hemos asimilado del
todo la alegría propia de la Navidad, cuando la Iglesia, poseída del gozo por
el hecho de nuestra salvación, patentizado en Belén, nos presenta a Cristo en
otro paso de su obra redentora.
Hoy celebramos el misterio del
Bautismo de Jesús. Cristo no sólo se humilló haciéndose hombre, sino que
también, cargando con nuestros pecados, se humilla aún más. Ocupa nuestro lugar
de culpables y pecadores, y así se presenta al Padre. Como el culpable de
nuestra desgracia, como el pecador que implora clemencia. Allí, formando cola,
mezclado con los penitentes, como uno más, se presenta a Juan que bautizaba en
las orillas del Jordán, para recibir también Él el bautismo de penitencia. Sabemos
que este bautismo no confería la gracia santificante, cuya necesidad no cabía
suponer para Jesús, el Santo y el Autor de la Gracia, sino que era un bautismo
que disponía a los penitentes para una conversión, un arrepentimiento de sus
pecados y un propósito de enmendar muchas cosas en sus vidas.
Allí lo vemos a Cristo,
sufriendo la vergüenza de ser considerado por los demás como un pecador que
viene a reconocer sus faltas, sus pecados, su vida equivocada, como un ladrón,
como un asesino, como un tramposo y pendenciero, como un bebedor, como un adúltero
o un fornicario, como un explotador de los demás, etc., etc. Si no descendemos
a estos detalles, creo que nunca comprenderemos suficientemente la expresión,
tan general, de que Jesús cargó con nuestros pecados y los expió. Jesús cargó
sobre sí los pecados concretos de los hombres y murió por algo bien concreto.
¡Cuánto amor!
La humillación de Jesús en el
Bautismo hizo que el cielo se abriera, que el Espíritu Santo descendiera en
forma de paloma, y se oyera la majestuosa voz del Padre testimoniando: “Éste es
mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”.
Muchas consideraciones
podríamos hacer en torno a este hecho. Señalo nada más que dos:
1) Miremos a Cristo cumpliendo
la voluntad del Padre. Hoy que no gusta tanto oír, y menos practicar, que algo
debe ser cumplido porque está mandado, ya que eso sería “infantilismo”, falta
de “madurez”, carencia de personalidad, etc. Cristo con su obediencia expía
también estas aberraciones, estas nuevas formas de soberbia, este nuevo
“infantilismo” humano disfrazado de “adultez”, cuando en cuestiones de fe y en
cosas reveladas por Dios pretendemos formar nuestras “opiniones propias”.
2) En el día de nuestro
bautismo se abrieron los cielos y descendió a nuestro corazón la mismísima
Santísima Trinidad. ¡Qué complacencia para las tres divinas personas!
Transcurridos los años, en esto momentos, ¿podrían el Padre eterno, el Hijo
Redentor y el Espíritu Santificador decir de cada uno de nosotros, con una
alegría semejante a la del día de nuestro Bautismo: ÉSTE ES MI HIJO MUY
QUERIDO, EN QUIEN TENGO PUESTA TODA MI PREDILECCIÓN? Si no fuera así, hermanos
míos, es tiempo de pensar: ¿para qué la Navidad, para qué el Bautismo de Jesús,
para qué el Calvario, para qué la Resurrección de Cristo, para qué todo esto y
lo del Año Santo, y la Iglesia, y los Sacramentos, y el tanto simular lo que
quizás en realidad no somos?
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.203-204)


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