domingo, 1 de enero de 2023

LITURGIA: Solemnidad de Santa María Madre de Dios

 

“Encontraron a María, a José y al Niño”

1. Comenzamos el año proclamando a María Santísima “Madre de Dios”

“Madre de Dios” es el título más importante que le ha dado la Iglesia a la Virgen María. En el año 431 d.C., el Concilio de Éfeso -ciudad del Asia Menor situada en la actual Turquía, donde parece haber vivido María los últimos años de su vida terrena después de haber sido encomendada por el Señor desde la cruz al cuidado del apóstol Juan- definió que ella es Madre de Dios -en griego Theótocos-, porque concibió y dio a luz a Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre.

El texto de la Carta del apóstol san Pablo a los Gálatas o primeros cristianos de Galacia -región también situada en la actual Turquía- (Gál 4, 4-7), se refiere al Hijo de Dios  “nacido de una mujer” para que también nosotros fuéramos hechos hijos del mismo Dios y pudiéramos llamarlo, movidos por el Espíritu Santo, como lo hacía Jesús: Abba, que en arameo significa papá.

También a María el Concilio Vaticano II (1962-1965) la ha proclamado más recientemente Madre de la Iglesia, porque al ser madre del Hijo de Dios hecho hombre, lo es espiritualmente de todos los que por el bautismo hemos sido incorporados a esta comunidad de fe como hijos de Dios. Por eso podemos decirle no sólo “Santa María, Madre de Dios”, sino también “y Madre nuestra”.

2. Comenzamos el año invocando el nombre de Jesús como Dios Salvador

El Evangelio (Lc 2, 16-21) indica que los bebés hebreos recibían su nombre en el rito de la circuncisión a los ocho días de nacidos. Así sucedió con Jesús, cuyo nombre, como se explica en los relatos de anunciación a María y José, significa Dios salva. En hebreo, el nombre con el que Dios se había revelado doce siglos antes a Moisés (Yo soy) está contenido en el de Jesús (Yo soy el que salva).

A ejemplo de María, que como nos dice el Evangelio, “conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón”, y con la actitud de las gentes sencillas que saben acoger la presencia salvadora de Dios, al invocar a Jesús como Dios que nos salva renovemos nuestra fe iniciando el año en su nombre, para que la acción sanadora y santificadora de su Espíritu se realice plenamente en todos y cada uno de nosotros.        

3. Comenzamos el año implorando la paz como don de Dios a la humanidad

La Iglesia celebra el primer día del año civil la Jornada Mundial de Oración por la Paz. De esta manera la Iglesia nos invita a empezar el nuevo año en la verdad que produce la paz. Y esto lo expresa con la convicción de que, donde y cuando el hombre se deja iluminar por el resplandor de la verdad, emprende de modo casi natural el camino de la paz. La Constitución Pastoral Gaudium et spes (El gozo y la esperanza) del Concilio Ecuménico Vaticano II, clausurado hace ahora 45 años, afirma que la humanidad no conseguirá construir “un mundo más humano para todos los hombres, en todos los lugares de la tierra, a no ser que todos, con espíritu renovado, se conviertan a la verdad de la paz” [N. 77]. Pero, ¿a qué nos referimos al utilizar la expresión “verdad de la paz”? Para contestar adecuadamente a esta pregunta se ha de tener presente que la paz no puede reducirse a la simple ausencia de conflictos armados, sino que debe entenderse como “el fruto de un orden asignado a la sociedad humana por su divino Fundador”, un orden “que los hombres, siempre sedientos de una justicia más perfecta, han de llevar a cabo”.

Al comenzar el nuevo año, presentémosle a Dios nuestros propósitos de paz: paz en los corazones, desarmando nuestros espíritus; paz en los hogares, haciendo de cada familia un lugar de convivencia constructiva; paz en nuestro país y en el mundo, como fruto del reconocimiento de la dignidad y los derechos de todas las personas y de una sincera voluntad de reconciliación.

Conclusión

Este primer día y toda la primera semana del nuevo año es un tiempo especialmente apropiado para expresar y compartir nuestros deseos de paz, que corresponden a la voluntad de Dios y que escuchamos en la primera lectura bíblica: 


“Que el Señor te bendiga y te guarde;

que el Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio;

que el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”.


BENEDICTO XVI: Mi testamento espiritual

 


Ayer, 31 de diciembre de 2022 se ha publicado el documento redactado por el Papa emérito el 29 de agosto de 2006, a continuación, el texto completo:

 

Si en esta hora tardía de mi vida miro hacia atrás, hacia las décadas que he vivido, veo en primer lugar cuántas razones tengo para dar gracias. Ante todo, doy gracias a Dios mismo, dador de todo bien, que me ha dado la vida y me ha guiado en diversos momentos de confusión; siempre me ha levantado cuando empezaba a resbalar y siempre me ha devuelto la luz de su semblante. En retrospectiva, veo y comprendo que incluso los tramos oscuros y agotadores de este camino fueron para mi salvación y que fue en ellos donde Él me guió bien.

Doy las gracias a mis padres, que me dieron la vida en una época difícil y que, a costa de grandes sacrificios, con su amor prepararon para mí un magnífico hogar que, como una luz clara, ilumina todos mis días hasta el día de hoy. La clara fe de mi padre nos enseñó a nosotros los hijos a creer, y como señal siempre se ha mantenido firme en medio de todos mis logros científicos; la profunda devoción y la gran bondad de mi madre son un legado que nunca podré agradecerle lo suficiente. Mi hermana me ha asistido durante décadas desinteresadamente y con afectuoso cuidado; mi hermano, con la claridad de su juicio, su vigorosa resolución y la serenidad de su corazón, me ha allanado siempre el camino; sin su constante precederme y acompañarme, no habría podido encontrar la senda correcta.

De corazón doy gracias a Dios por los muchos amigos, hombres y mujeres, que siempre ha puesto a mi lado; por los colaboradores en todas las etapas de mi camino; por los profesores y alumnos que me ha dado. Con gratitud los encomiendo todos a Su bondad. Y quiero dar gracias al Señor por mi hermosa patria en los Prealpes bávaros, en la que siempre he visto brillar el esplendor del Creador mismo. Doy las gracias al pueblo de mi patria porque en él he experimentado una y otra vez la belleza de la fe. Rezo para que nuestra tierra siga siendo una tierra de fe y les ruego, queridos compatriotas: no se dejen apartar de la fe. Y, por último, doy gracias a Dios por toda la belleza que he podido experimentar en todas las etapas de mi viaje, pero especialmente en Roma y en Italia, que se ha convertido en mi segunda patria.

A todos aquellos a los que he agraviado de alguna manera, les pido perdón de todo corazón.

Lo que antes dije a mis compatriotas, lo digo ahora a todos los que en la Iglesia han sido confiados a mi servicio: ¡Manténganse firmes en la fe! ¡No se dejen confundir! A menudo parece como si la ciencia -las ciencias naturales, por un lado, y la investigación histórica (especialmente la exégesis de la Sagrada Escritura), por otro- fuera capaz de ofrecer resultados irrefutables en desacuerdo con la fe católica. He vivido las transformaciones de las ciencias naturales desde hace mucho tiempo, y he visto cómo, por el contrario, las aparentes certezas contra la fe se han desvanecido, demostrando no ser ciencia, sino interpretaciones filosóficas que sólo parecen ser competencia de la ciencia. Desde hace sesenta años acompaño el camino de la teología, especialmente de las ciencias bíblicas, y con la sucesión de las diferentes generaciones, he visto derrumbarse tesis que parecían inamovibles y resultar meras hipótesis: la generación liberal (Harnack, Jülicher, etc.), la generación existencialista (Bultmann, etc.), la generación marxista. He visto y veo cómo de la confusión de hipótesis ha surgido y vuelve a surgir lo razonable de la fe. Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo.

Por último, pido humildemente: recen por mí, para que el Señor, a pesar de todos mis pecados y defectos, me reciba en la morada eterna. A todos los que me han sido confiados, van mis oraciones de todo corazón, día a día.

Benedicto PP XVI

sábado, 31 de diciembre de 2022

PAPA FRANCISCO: Su primera declaración pública sobre la muerte de Benedicto XVI

Por la tarde del sábado 31 de diciembre de 2022, el Papa Francisco celebró la oración de las vísperas en ocasión de la solemnidad de María «Madre de Dios» y rezó del Te Deum (acción de gracias) en la basílica vaticana.

Durante la homilía, centrada en la gentileza como virtud cívica, quiso aludir al Papa emérito y dijo:




BENEDICTO XVI: “Yo no me preparo para un fin, sino para un encuentro”


 Requiem aeternam dona ei Domine.

Et lux perpetua luceat ei.

Requiescat in pace.


viernes, 30 de diciembre de 2022

INTIMIDAD DIVINA - Santoral - Fiesta de la Sagrada Familia



«Bienaventurado el que te teme, Señor, y anda por tus caminos» (Salmo 128, 1)

La fiesta de la Sagrada Familia, colocada por la liturgia en pleno clima natalicio, pone de relieve que el Hijo de Dios viniendo al mundo ha querido insertarse, como los demás hombres, en un núcleo familiar, aunque, por las condiciones singulares de María y de José a su respecto, su familia era del todo excepcional. Haciéndose hombre quiso seguir el camino de todos: tener una patria y una familia terrena; y ésta última tan sencilla y humilde que en lo exterior no se distinguía en nada de las otras familias israelitas. Sin embargo, el Evangelio refiere algunos episodios que ponen de relieve su inconfundible fisonomía espiritual.

Cuarenta días después del nacimiento de Jesús, María y José se dirigen al templo de Jerusalén «para presentarle al Señor, según está escrito en la ley de Moisés» (Lc 2, 22-23). Iluminado por el Espíritu Santo, Simeón reconoció en el Niño «al Cristo del Señor... Le tomó en sus brazos bendiciendo a Dios», y dirigiéndose luego a la madre, tras haberle hablado de la misión del Hijo, le dirigió estas palabras: «Una espada atravesará tu alma» (ib. 26.28.35).

Presentado Jesús en el templo, María y José, más que cumplir una formalidad externa en obsequio de la ley, renuevan a Dios el ofrecimiento de su entrega absoluta; y en las palabras de Simeón reciben la seguridad de que Dios ha aceptado ese gesto. De ello será señal «la espada», es decir el sufrimiento que acompañará sus pasos y mediante el cual participarán en la misión del Hijo. Con este espíritu los dos santos esposos abrazarán todas las tribulaciones de su vida nada fácil: las incomodidades de su repentina huida a Egipto, la incertidumbre de su acomodo en tierra extranjera, las fatigas del rudo trabajo, las privaciones de una vida pobre y más tarde las angustias por la pérdida del Hijo en la peregrinación a Jerusalén.

Jesús mismo les explicará la razón profunda de sus padecimientos cuando les dirá: «¿No sabíais que yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre?» (ib. 49). Antes que a María y a José, Jesús pertenece al Padre celestial; a ellos toca únicamente criarle para la misión que el Padre le ha confiado. Situación ésta que exige de ellos el mayor desinterés y da a su vida el sentido de un servicio total a Dios en colaboración íntima con la obra salvadora del Hijo.

Mientras tanto, precisa el Evangelista, vueltos a Nazaret, Jesús «les estaba sujeto... y crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres» (lb. 51-52). Nota preciosa que indica cómo deberían crecer los hijos bajo los ojos de los padres cristianos.

La Sagrada Familia es propuesta por la Iglesia como modelo a toda familia cristiana. Ante todo, por la supremacía de Dios profundamente reconocida: en la casa de Nazaret Dios está siempre en el primer lugar y todo está subordinado a él; nada se quiere o se hace fuera de su voluntad. El sufrimiento es abrazado con profundo espíritu de fe reconociendo en cada circunstancia la realización de un plan divino, que muchas veces queda envuelto en el misterio. Las más ásperas y duras vicisitudes de la vida no turban la armonía, precisamente porque todo es considerado a la luz de Dios, porque Jesús es el centro de sus afectos, porque María y José gravitan alrededor de él, olvidados de sí y enteramente asociados a su misión.

Cuando la vida de una familia se inspira en semejantes principios, todo en ella procede ordenadamente: la obediencia a Dios y a su ley lleva a los hijos a honrar a sus padres, y a éstos a amarse y a comprenderse mutuamente, a amar a los hijos y a educarles respetando los derechos de Dios sobre ellos. Las lecturas bíblicas de esta fiesta subrayan sobre todo dos puntos de suma importancia. En primer lugar, el respeto de los hijos a sus padres: «Dios quiere que el padre sea honrado en los hijos... El que honra al padre expía sus pecados; y como el que atesora es el que honra a su madre... Hijo, acoge a tu padre en su ancianidad y no le des pesares en su vida» (Ec 3, 3-5. 14). Estas antiguas máximas del Eclesiástico son una eficaz amplificación del cuarto mandamiento; después de tantos siglos conservan aún hoy una actualidad indiscutible: vale la pena meditarlas en la oración.

El otro punto nos lo subraya San Pablo en la Epístola a los Colosenses; se trata del amor mutuo que debe hacer de la familia cristiana una comunidad ideal. «Hermanos, revestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, longanimidad, soportándoos y perdonándoos mutuamente siempre que alguno diere a otro motivo de queja. (3, 12-13). Si la familia no está fundada en el amor cristiano, es bien difícil que persevere en la armonía y en la unidad de los corazones. Cuando existe este amor mutuo, todo se supera y se acepta; pero si ese amor falta, todo resulta enormemente pesado. Y el único amor que perdura, no obstante los contrastes posibles aún en el seno de la familia, es el que se funda sobre el amor de Dios.

Cimentada de esta manera sobre el Evangelio, la familia cristiana es verdaderamente el primer núcleo de la Iglesia: en la Iglesia y con la Iglesia colabora a la obra de la salvación.

 

Dios, Padre nuestro, que has propuesto la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo; concédenos, te rogamos, que, imitando sus virtudes domésticas y unidos por los lazos del amor, lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo. (Misal Romano, Colecta).

¡Oh Jesús!, te retiras a Nazaret; allí pasas los años de tu infancia, de tu juventud hasta los treinta años. Es por nosotros, por nuestro amor, por lo que lo haces... Durante estos treinta años no cesas de instruirnos, no por palabras, sino por tu silencio y tus ejemplos... Nos enseñas primeramente que se puede hacer bien a los hombres, mucho bien, un bien infinito, un bien divino, sin palabras, sin sermones, sin ruido, en silencio y dando buen ejemplo: El de la piedad, el de los deberes para con Dios, amorosamente cumplidos; el de la bondad para con los hombres, la ternura hacia aquellos que nos rodean, los deberes domésticos santamente cumplidos; el de la pobreza, el trabajo, la abyección, el recogimiento, la soledad, la oscuridad de la vida escondida en Dios, de una vida de oración, de penitencia, de retiro, enteramente perdida y sumergida en Dios. Nos enseñas a vivir del trabajo de nuestras manos, para no ser una carga para nadie y tener de qué dar a los pobres, y das a este género de vida una belleza incomparable... la de tu imitación. (Carlos de Foucauld, Retiro en Efrén, Escritos espirituales).

¡Oh, sí, verdaderamente tú eres, Salvador mío, un Dios escondido! ‘Deus absconditus, Israel Salvator’. Tú creces realmente, oh Jesús, en edad, en sabiduría y en gracia delante de Dios y de los hombres; tu alma posee desde el primer instante de tu entrada en el mundo la plenitud de la gracia, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia; pero esta sabiduría y esta gracia no se manifiestan sino poco a poco y tú sigues siendo a los ojos de los hombres un Dios escondido, y tu divinidad se oculta tras la apariencia de un obrero. ¡Oh eterna sabiduría, que para levantarnos del abismo donde nos había arrojado la rebelión orgullosa de Adán, quisiste vivir en humilde taller y obedecer a simples criaturas, yo te adoro y te bendigo! (Columba Marmion, Cristo en sus misterios). 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

jueves, 29 de diciembre de 2022

BENEDICTO XVI: Recomendación de su alma a la Misericordia de Dios

 

Querido Santo Padre Benedicto XVI, te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Creador, el que te formó del polvo de la tierra.

Que, al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos.

Que Cristo, que sufrió muerte de cruz por ti, te conceda la verdadera libertad.

Que Cristo, Hijo de Dios vivo, te aloje en su paraíso.

Que Cristo, buen pastor, te cuente entre sus queridas ovejas.

Que te perdone todos los pecados y te agregue al número de sus elegidos.

Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor y gozar de la visión de Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo estén contigo, te infundan esperanza y te conduzcan a la paz de su reino celestial, por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 28 de diciembre de 2022

BENEDICTO XVI: Texto personal sobre su preparación para la muerte

 


"Pronto me enfrentaré al juez definitivo de mi vida. Aunque pueda tener muchos motivos de temor y miedo al mirar hacia atrás en mi larga vida, me alegro, sin embargo, porque creo firmemente que el Señor no sólo es el juez justo, sino también el amigo y el hermano que ya ha sufrido Él mismo mis defectos y es, por tanto, como juez, también mi abogado. 

En vista de la hora del juicio, se hace evidente para mí la gracia de ser cristiano. Ser cristiano me da conocimiento y, más aún, amistad con el juez de mi vida y me permite atravesar con confianza la oscura puerta de la muerte. 

A este respecto, no dejo de recordar lo que nos dice Juan al principio del Apocalipsis: ve al Hijo del Hombre en toda su grandeza y cae a sus pies como muerto. Sin embargo, Él, poniendo su mano derecha sobre él, le dice: "¡No temas! Soy Yo...".

 (Carta, 08 de febrero de 2022).


domingo, 25 de diciembre de 2022

INTIMIDAD DIVINA - Santoral - Natividad del Señor

 

«Un día santo brilla para nosotros: venid y adorad al Señor» (Leccionario)

«Hoy nos ha nacido el Salvador, que es Cristo Señor» (Leccionario). Los profetas entrevieron este día a distancia de siglos y lo describieron con profusión de imágenes: «El pueblo que andaba en tinieblas, vio una luz grande» (Is 9, 2). La luz que disipa las tinieblas del pecado, de la esclavitud y de la opresión es el preludio de la venida del Mesías portador de libertad, de alegría y de paz: «Nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo» (ib. 6). La profecía sobrepasa inmensamente la perspectiva de un nuevo David enviado por Dios para liberar a su pueblo y se proyecta sobre Belén iluminando el nacimiento no de un rey poderoso, sino del «Dios fuerte» hecho hombre; él es el «Niño» nacido para nosotros, el «Hijo» que nos ha sido dado. Sólo a él competen los títulos de «Maravilloso Consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz» (ib.).

Pero cuando la profecía se hace historia, brilla una luz infinitamente más grande y el anuncio no viene ya de un mensajero terrestre sino el cielo. Mientras los pastores velaban de noche sobre sus rebaños, «se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvía con su luz... "Os traigo una buena nueva, una gran alegría, que es para todo el pueblo: Os ha nacido hoy un Salvador, que es el Mesías Señor"» (Lc 2, 9-11). El Salvador prometido y esperado desde hacía siglos, está ya vivo y palpitante entre los hombres: «encontraréis un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre» (lb. 12). El nuevo pueblo de Dios posee ya en ese niño al Mesías suspirado desde tiempos antiguos: la inmensa esperanza se ha convertido en inmensa realidad.

San Pablo lo contempla conmovido y exclama: «Se ha manifestado la gracia salutífera de Dios a todos los hombres... Apareció la bondad y el amor hacia los hombres de Dios, nuestro Salvador» (Tt 2, 11; 3, 4). Ha aparecido en el tierno Niño que descansa en el regazo de la Virgen Madre: es nuestro Dios, Dios con nosotros, hecho uno de nosotros, «enseñándonos a negar la impiedad y los deseos del mundo, para que vivamos... con la bienaventurada esperanza en la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro» (lb. 2, 12-13). El arco de la esperanza cristiana está tendido entre dos polos: el nacimiento de Jesús, principio de toda salvación, y su venida al fin de los siglos, meta orientadora de toda la vida cristiana. Contemplando y adorando el nacimiento de Jesús, el creyente debe vivir no cerrado en las realidades y en las esperanzas terrenas, sino abierto a esperanzas eternas, anhelando encontrarse un día con su Señor y Salvador.

La liturgia de las dos primeras misas de Navidad celebra sobre todo el nacimiento de Hijo de Dios en el tiempo, mientras que la tercera se eleva a su generación eterna en el seno del Padre. «Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1, 1). Siendo Dios como el Padre, el Verbo que había existido siempre y que en el principio del tiempo presidió la obra de la creación, al llegar la plenitud de los tiempos «se hizo carne y habitó entre nosotros» (ib. 14), Misterio inaudito, inefable; y, sin embargo, no se trata de un mito ni de una figura, sino de una realidad histórica y documentada: «y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (ib.). El Evangelista San Juan conoció a Jesús, vivió con él, lo escuchó y tocó, y en él reconoció al Verbo eterno encarnado en nuestra humanidad. Las cosas grandiosas vaticinadas por los profetas en relación con el Mesías, son nada en comparación de esta sublime realidad de un Dios hecho carne.

Juan levanta un poco el velo del misterio: el Hijo de Dios al encarnarse se ha puesto al nivel del hombre para levantar el hombre a su dignidad: «a cuantos le recibieron dioles poder de venir a ser hijos de Dios» (ib. 12). Y no sólo esto, sino que se hizo carne para hacer a Dios accesible al hombre y que éste le conociera: «A Dios nadie le vio jamás; Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, éste le ha dado a conocer» (lb. 18). San Pablo desarrolla este pensamiento: «Después de haber hablado Dios muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas, últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo» (Hb 1; 1-2). Los profetas nos habían transmitido la palabra de Dios, pero Jesús es esa misma Palabra, el Verbo de Dios: Palabra encarnada que traduce a Dios en nuestro lenguaje humano revelándonos sobre todo su infinito amor por los hombres. Los profetas habían dicho cosas maravillosas sobre el amor de Dios; pero el Hijo de Dios encarna esté amor y lo muestra vivo y palpable en su persona. Ese «niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre» (Lc 2, 12), dice a los hombres que Dios los ama hasta dar a su Unigénito para su salvación.

Este mensaje anunciado un día por los ángeles a los pastores debe ser llevado hoy a todos los hombres -especialmente a los pobres, a los humildes, a los despreciados, a los afligidos- no ya por los ángeles sino por los creyentes. ¿De qué serviría, en efecto, festejar el nacimiento de Jesús si los cristianos no supiesen anunciarlo a los hermanos con su propia vida? Celebra la Navidad de veras quien recibe en sí al Salvador con fe y con amor cada día más intensos, quien lo deja nacer y vivir en su corazón para que pueda manifestarse al mundo a través de la bondad, de la benignidad y de la entrega caritativa de cuantos creemos en él.

 

El pueblo que andaba en tinieblas, vio una luz grande. Sobre los que habitan en la tierra de sombras de muerte resplandeció una brillante luz... Porque nos ha nacido un Niño, nos ha sido dado un Hijo que tiene sobre los hombros la soberanía y que se llamará Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz. (Isaías, 9, 2. 6).

¡Oh feliz mil veces el nacimiento aquel, en que la Virgen Madre, por obra del Espíritu Santo, dio a luz a nuestro Salvador y el Niño redentor del mundo descubrió su bendito rostro! Canten las regiones del cielo, cantad ángeles todos, canten la gloria del Señor todas las criaturas; no cese lengua alguna, vayan acordes las voces de todos. Mirad que ya aparece aquel a quien los profetas cantaban en los remotos siglos, el prometido antiguamente en los verídicos libros de los escritores sagrados; alábenle todas las criaturas. (AURELIO PRUDENCIO, Himno de todas las horas).

¡Oh Dios!, que de modo admirable has creado al hombre, a tu imagen y semejanza y de un modo más admirable todavía elevaste su condición por Jesucristo; concédenos compartir la vida divina de aquél que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana (Colecta).

Por Cristo Señor resplandece ante el mundo el maravilloso intercambio que nos salva; pues al revestirse tu Hijo de nuestra frágil condición no sólo confiere dignidad eterna a la naturaleza humana, sino que por esta unión admirable nos hace a nosotros eternos (Prefacio III).

¡Oh dulce Niño de Belén!, haz que yo me acerque con toda el alma a este profundo misterio de la Navidad. Pon en el corazón de los hombres aquella paz que ellos buscan tan ásperamente a veces y que sólo tú puedes dar. Ayúdanos a conocernos mejor y a vivir fraternamente como hijos de un mismo Padre. Descúbrenos tu belleza, tu santidad y tu pureza. Despierta en nuestro corazón el amor y el agradecimiento por tu infinita bondad. Une a todos los hombres en la caridad. Y danos tu celeste paz. (JUAN XXIII, Breviario).

  

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

¡Feliz y Santa Navidad y un próspero 2023 en el Señor!


 

miércoles, 21 de diciembre de 2022

LA LUZ DE FRANCISCO (audios): Todos somos discípulos misioneros



Tema del episodio Nº 20 del ciclo:

Todos somos discípulos misioneros 

“La luz de Francisco”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote argentino José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió todos los viernes a las 13:30 hs por Cadena Cope Cádiz, España, desde octubre de 2013 a junio de 2014.

El programa cuenta con una particularidad muy importante: la sintonía del mismo ha sido escrita e interpretada por Palito Ortega en homenaje al Papa Francisco y regalada al Padre José Medina para que le acompañe en este programa de evangelización, que adopta su nombre de esta misma canción.

domingo, 18 de diciembre de 2022

INTIMIDAD DIVINA – Ciclo A – 4º Domingo de Adviento: “Emmanuel, Dios con nosotros”

 

El sueño de San José,
de Philippe de Champaigne

Primera Lectura: Is 7, 10-14

Salmo Responsorial: Sal 23, 1-6

Segunda Lectura: Rom 1, 1-7

Evangelio: Mt 1, 18-24

  

“Lloved, cielos, desde arriba… ábrase la tierra y produzca el fruto de la salvación” (Is 45, 8).

La liturgia del último domingo de Adviento se orienta toda hacia el nacimiento del Salvador. En primer lugar se presenta la famosa profecía sobre el Emmanuel, pronunciada en un momento particularmente difícil para el reino de Judá. Al impío rey Acaz que rehúsa creer que Dios puede salvar la situación, responde Isaías con un duro reproche, y como para demostrarle que Dios puede hacer cosas mucho más grandes, añade: “El Señor mismo os dará la señal: He aquí que la virgen grávida da a luz, y le llama Emmanuel” (Is 7, 14).

Aun en el caso que la profecía pudiese aludir al nacimiento del heredero del trono, su plena realización se cumplirá sólo siete siglos más tarde con el nacimiento milagroso de Jesús; sólo él agotó todo su contenido y alcance. El Evangelio de san Mateo confirma esta interpretación, cuando concluyendo la narración del nacimiento virginal de Jesús, dice: “Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que el Señor había anunciado por el profeta, que dice: He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo, y se le pondrá por nombre Emmanuel, que quiere decir Dios con nosotros” (Mt 1, 22-23).

Al trazar la genealogía de Jesús, Mateo demuestra que es verdadero hombre, “hijo de David, hijo de Abrahán” (ib. 1); al narrar el nacimiento de María Virgen hecha madre “por obra del Espíritu Santo” (ib. 18), afirma que es verdadero Dios; y al citar finalmente la profecía de Isaías, declara que él es el Salvador prometido por los profetas, el Emmanuel, el Dios con nosotros. En este cuadro tan esencial, Mateo levanta el velo sobre una de las circunstancias más humanas y delicadas del nacimiento de Jesús: la duda penosa de José y su comportamiento en aceptar la misión que le es confiada por Dios.

Frente a la maternidad misteriosa de María, queda fuertemente perplejo y piensa despedirla en secreto. Pero cuando el ángel del Señor le asegura y le ordena tomarla consigo “pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo” (ib. 20), José -hombre justo que vive de fe- obedece aceptando con humilde sencillez la consigna sumamente comprometedora de esposo de la Virgen-madre y de padre virginal del Hijo de Dios. En este ambiente la vida del Salvador brota como protegida por la fe, la obediencia, la humildad y la entrega del carpintero de Nazaret. Estas son las virtudes con que debemos recibir al Señor que está por llegar.

En la segunda lectura san Pablo se alinea con los profetas y con san Mateo al proclamar a Jesús “nacido de la descendencia de David según la carne” (Rm 1, 3), y con Mateo al declararlo “Hijo de Dios” (ib. 4). El Apóstol que se define a sí mismo “siervo de Cristo Jesús” (ib. 1), elegido para anunciar el Evangelio, resume toda la vida y la obra del Salvador en este doble momento y dimensión: desde su nacimiento en carne humana, hasta su resurrección gloriosa y a su poder de santificar a los hombres. En efecto, la encarnación, pasión y muerte y resurrección del Señor constituyen un solo misterio que tiene su principio en Belén y su vértice en la Pascua. Sin embargo, la Navidad ilumina la Pascua en cuanto nos revela los orígenes y la naturaleza de Aquel que morirá en la cruz para la salvación del mundo: él es el Hijo de Dios, el Verbo encarnado.

 

“Gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo nuestro Señor. A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen lo esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza” (Misal Romano, Prefacio del Adviento II).

“¡Oh glorioso San José!, fuiste verdaderamente hombre bueno y fiel, con quien se desposó la Madre del Salvador. Fuiste siervo fiel y prudente, a quien constituyó Dios consuelo de su Madre, proveedor del sustento de su cuerpo y, a ti solo sobre la tierra, coadjutor fidelísimo del gran consejo.

Verdaderamente descendiste de la casa de David y fuiste verdaderamente hijo de David… Como a otro David, Dios te halló según su corazón, para encomendarte con seguridad el secretísimo y sacratísimo arcano de su corazón; a ti te manifestó los secretos y misterios de su sabiduría y te dio el conocimiento de aquel misterio que ninguno de los príncipes de este siglo conoció. A ti, en fin, te concedió ver y oír al que muchos reyes y profetas queriéndole ver no le vieron y queriéndole oír no le oyeron, y no sólo verle y oírle, sino tenerle en tus brazos, llevarle de la mano, abrazarle, besarle, alimentarle y guardarle” (San Bernardo, Super “Missus”).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

viernes, 16 de diciembre de 2022

ADVIENTO: Las Antífonas de la O

 


Las antífonas de la O son siete, y la Iglesia las canta con el Magníficat del Oficio de Vísperas desde el día 17 hasta el día 23 de diciembre. Son un llamamiento al Mesías recordando las ansias con que era esperado por todos los pueblos antes de su venida, y, también son, una manifestación del sentimiento con que todos los años, de nuevo, le espera la Iglesia en los días que preceden a la gran solemnidad del Nacimiento del Salvador.

Se llaman así porque todas empiezan en latín con la exclamación «O», en castellano «Oh». También se llaman «antífonas mayores».

Fueron compuestas hacia los siglos VII-VIII, y se puede decir que son un magnífico compendio de la cristología más antigua de la Iglesia, y a la vez, un resumen expresivo de los deseos de salvación de toda la humanidad, tanto del Israel del A.T. como de la Iglesia del N.T.

Son breves oraciones dirigidas a Cristo Jesús, que condensan el espíritu del Adviento y la Navidad. La admiración de la Iglesia ante el misterio de un Dios hecho hombre: «Oh». La comprensión cada vez más profunda de su misterio. Y la súplica urgente: «ven»

Cada antífona empieza por una exclamación, «Oh», seguida de un título mesiánico tomado del A.T., pero entendido con la plenitud del N.T. Es una aclamación a Jesús el Mesías, reconociendo todo lo que representa para nosotros. Y termina siempre con una súplica: «ven» y no tardes más.

17 Diciembre:

Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad, ¡ven y muéstranos el camino de la salvación!

18 Diciembre:

Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ¡ven a librarnos con el poder de tu brazo!

19 Diciembre:

Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ¡ven a librarnos, no tardes más!

20 Diciembre:

Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir, ¡ven y libra los cautivos que viven en tinieblas y en sombra de muerte!

21 Diciembre:

Oh Sol que naces de lo alto, Resplandor de la Luz Eterna, Sol de justicia, ¡ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte!

22 Diciembre:

Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ¡ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra!

23 Diciembre:

Oh Emmanuel, Rey y Legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ¡ven a salvarnos, Señor Dios nuestro! 


Leídas en sentido inverso las iniciales latinas de la primera palabra después de la «O», dan el acróstico «ero cras», que significa «seré mañana, vendré mañana», que es como la respuesta del Mesías a la súplica de sus fieles.

Se cantan -con la hermosa melodía gregoriana o en alguna de las versiones en las lenguas modernas- antes y después del Magníficat en las Vísperas de estos siete días, del 17 al 23 de diciembre, y también, un tanto resumidas, como versículo del aleluya antes del evangelio de la Misa.

miércoles, 14 de diciembre de 2022

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): Fidelidad a la fe en Cristo recibida en el Bautismo



Tema del programa Nº 17 del ciclo:

Fidelidad a la fe en Cristo recibida en el Bautismo

“Diálogos de fe con san Juan Pablo II”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, que fue emitido todos los viernes a las 13:30 hs por Cadena Cope Cádiz, durante el curso 2014-2015, y durante el curso 2016-2017 los Domingos a las 9:45 hs. en las frecuencias de Cope Comunidad  101.0 FM; Cope Madrid Sur  89.7 FM; Cope Jarama  100.5 FM y Cope Pinares  92.2 FM, y desde 2017 fue emitido en distintos horarios por Radio María España.

“Diálogos de fe con san Juan Pablo II” nos presenta en cada emisión la oportunidad de revivir y actualizar su magisterio pontificio al calor de su amistad desde el cielo como “amigo fuerte de Dios”, según expresión de santa Teresa de Jesús, a quien le tenía especial devoción. Estos “diálogos de fe” son entresacados de su extenso y luminoso magisterio, y aunque la redacción de estos diálogos es imaginaria, son literales en sus expresiones y contenidos doctrinales.

Locución: Sr. Fernando Crespo

domingo, 11 de diciembre de 2022

INTIMIDAD DIVINA – Ciclo A – 3º Domingo de Adviento: “Viene Dios mismo y nos salvará”

 

Juan el Bautista en la cárcel,
visitado por sus discípulos.
Giovanni di Paolo, c. 1399–1482.

Primera Lectura: Is 35, 1-6a. 10

Salmo Responsorial: Sal 145, 7-10

Segunda Lectura: Sant 5, 7-10

Evangelio: Mt 11, 2-11

 

   

“Ven, ¡Oh Señor!, a salvarnos” (Is 35, 4).

Con el 3º Domingo de Adviento el pensamiento de la Navidad ya cercana domina la liturgia imprimiéndole un tono festivo. En efecto, la Navidad al celebrar la encarnación del Hijo de Dios, señala el principio de la salvación, y la humanidad ve cumplirse la antigua promesa y tiene ya al Salvador. Las lecturas del día son un mensaje de consuelo y alivio. “Decid a los apocados de corazón: ¡Valor! No temáis, he ahí nuestro Dios…, viene él mismo y os salvará. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos, se abrirán los oídos de los sordos. Entonces saltará el cojo como un ciervo, y la lengua de los mudos cantará gozosa” (Is 35, 4-6).

Estas palabras de Isaías enderezadas a confortar a los deportados de Israel, se pueden aplicar bien a todos los hombres que, deseosos de convertirse más profundamente a Dios, se sienten incapaces de liberarse del pecado, de la mediocridad y de las vanidades terrenas; y los animan a confiar en el Salvador. El vendrá para infundirles fuerza, para sostener a los débiles, para curar las heridas del pecado y traer a todos a la salvación.

Pero esta profecía se ha cumplido también literalmente con la venida de Jesús, y él mismo se sirvió de ella para probar su mesianidad. Desde la prisión donde Herodes lo había encerrado, Juan Bautista sigue la actividad de Jesús; sabe que Jesús es el Mesías, pero su comportamiento tan diferente de cómo él lo había vaticinado quizá lo vuelve perplejo; y por otra parte también sus discípulos tienen necesidad de ser iluminados y Juan los manda a preguntar al Señor: “¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?” (Mt 11, 3). Por toda respuesta Jesús presenta los milagros realizados: “Id y referid a Juan lo que habéis oído y visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” (ib 4-5).

El cumplimiento de la profecía de Isaías es evidente. Pero Jesús añade aún: “y bienaventurado aquel que no se escandalizare en mí” (ib. 6). Jesús cumple su misión de Salvador no de una manera imponente, sino sencilla y humilde; no se presenta como triunfador, sino manso y como pobre venido a evangelizar a los pobres, a sanar a los enfermos y a salvar a los pecadores. Su estilo podía escandalizar a quienes esperaban un Mesías potente y glorioso, pero es de consuelo y estímulo a quien se siente pobre, pequeño, enfermo, necesitado de salvación. Ante la bondad y la mansedumbre del Salvador, el corazón se dilata de esperanza.

También a esto se refiere el mensaje de la segunda lectura: “Fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cercana” (Sant 5, 8). Los sentimientos de confianza para prepararse a la Navidad son los mismos que nos deben disponer a la venida gloriosa del Señor, cuando vendrá no sólo como Salvador, sino como Juez. Durante la espera hay que practicar el precepto del amor que nos hace benévolos y misericordiosos para con todos, y “tomar por modelo de tolerancia y de paciencia a los profetas que hablaron en el nombre del Señor” (ib. 10). Como los profetas tuvieron la mirada constantemente dirigida hacia el Salvador prometido, también el cristiano debe vivir con la mente puesta en la venida de Jesús, que se renueva cada día por la gracia y la Eucaristía, que se hace más íntima en la celebración devota de la Navidad, y que se convertirá en definitiva y nos llenará de felicidad en el último día.

 

“¡Oh Señor!, tú eres clemente y misericordioso, tardo a la ira y de gran piedad. Eres benigno para con todos; y tu misericordia sobre todas tus obras.

Eres fiel en todas tus palabras, y piadoso en todas tus obras. Tú sostienes a los que caen, levanta a los encorvados. Todos los ojos se dirigen expectantes a ti… ¡Oh Señor!, tú estás cerca de cuantos te invocan, de todos los que te invocan de veras. Satisfaces los deseos de los que te temen, oyes sus clamores y los salvas… proclame mi boca tus alabanzas; y bendiga toda carne tu santo nombre por los siglos para siempre” (Salmo 145, 8-9. 13-15. 18-19. 21).

“¡Oh Jesús!, tú eres el que debía venir. ¡Oh Jesús!, tú ya has venido. ¡Oh Jesús!, tú debes venir todavía en el último día para recoger a tus elegidos para el descanso eterno. ¡Oh Jesús!, tú vas y vienes continuamente. Vienes a nuestros corazones y nos haces sentir tu presencia llena de dulzura, de suavidad y de potencia. ‘Y el Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven!’ ‘Y el que tenga sed, venga!’. Porque tú, ¡oh Jesús!, vienes a nosotros cuando también nosotros vamos a ti. ‘Sí –dices- vengo pronto’. ‘Ven Señor Jesús’. Ven tú, deseado de las gentes, amor y esperanza nuestra, nuestra fortaleza y nuestro refugio, nuestro alivio durante el viaje, nuestra gloria y nuestro descanso eterno en la patria”. (J. B. Bossuet, Elevazioni a Dio sui misteri).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

viernes, 9 de diciembre de 2022

VIRGEN MARÍA: Oración del Papa Francisco a la Inmaculada Concepción

 


Madre nuestra Inmaculada,

hoy el pueblo romano se reúne en torno a ti.

Las flores puestas a tus pies

por tantas realidades de la ciudad

expresan su amor y devoción por ti,

que velas por todos nosotros.

Y también ves y acoges

esas flores invisibles que son tantas invocaciones,

tantas súplicas silenciosas, a veces sofocadas,

ocultas, pero no para ti, que eres Madre.

Después de dos años en los que vine

para presentarte mis respetos a solas al amanecer,

hoy vuelvo a ti junto con el pueblo,

el pueblo de esta Iglesia,

el pueblo de esta Ciudad.

Y te traigo las gracias y súplicas

de todos tus hijos, cercanos y lejanos

Tú, desde el Cielo donde Dios te ha recibido,

ves las cosas de la tierra mucho mejor que nosotros;

pero como Madre escuchas nuestras invocaciones

para presentárselas a tu Hijo,

a su Corazón lleno de misericordia.

En primer lugar, te traigo el amor filial

de innumerables hombres y mujeres, no sólo cristianos,

que te tienen la mayor gratitud por tu belleza,

toda gracia y humildad:

porque en medio de tantas nubes oscuras

tú eres un signo de esperanza, signo de consuelo.

Te traigo las sonrisas de los niños

que aprenden tu nombre delante de tu imagen,

en brazos de sus madres y abuelas,

y empiezan a conocer

que tienen una Madre en el Cielo.

Y cuando, en la vida, sucede que esas sonrisas

dan paso a las lágrimas,

¡qué importante es haberte conocido!,

¡haber tenido el don de tu maternidad!

Te traigo la gratitud de los mayores y los ancianos:

una gratitud acorde con sus vidas,

tejida de recuerdos, de alegrías y de dolores,

de logros que saben bien que los han conseguido con tu ayuda,

sosteniendo sus manos en la tuya.

Madre te traigo las preocupaciones de las familias,

de padres y madres que a menudo luchan

para llegar a fin de mes en casa,

y afrontan día a día

pequeños y grandes retos para salir adelante.

En particular, te confío a las parejas jóvenes,

para que mirándote a ti y a San José

afronten la vida con valentía confiando en la Providencia de Dios

Te traigo los sueños y las ansias de los jóvenes,

abiertos al futuro, pero frenados por una cultura

rica en cosas y pobre en valores,

saturada de información y deficiente en educación,

persuasiva al engañar y despiadada al decepcionar.

Te encomiendo especialmente a los jóvenes,

los más afectados por la pandemia,

para que puedan reanudar lentamente

a agitar y desplegar sus alas

y redescubrir el sabor de volar alto.

Virgen Inmaculada, hoy me habría gustado

traerte la acción de gracias del pueblo ucraniano,

del pueblo ucraniano por la paz

que llevamos tanto tiempo pidiendo al Señor.

En cambio, aún tengo que traerte la súplica de los niños,

de los ancianos de los padres y madres,

de los jóvenes de esa tierra martirizada, que sufre tanto.

Pero, en realidad, todos sabemos que estás con ellos

y con todos los que sufren,

como tú estuviste junto a la cruz de tu Hijo

¡Gracias, Madre nuestra!

Mirándote a ti, que estás libre de pecado,

que podamos seguir creyendo y esperando.

Que sobre el odio prevalezca el amor,

que sobre la mentira prevalezca la verdad,

que sobre la ofensa prevalezca el perdón,

que sobre la guerra prevalezca la paz.

¡Que así sea!

Papa Francisco

Plaza de España, Roma,

8 de diciembre de 2022.


miércoles, 7 de diciembre de 2022

LA LUZ DE FRANCISCO (audios): ¡Basta de guerras, peleas y divisiones!



Tema del episodio Nº 19 del ciclo:

¡Basta de guerras, peleas y divisiones! 

“La luz de Francisco”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote argentino José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió todos los viernes a las 13:30 hs por Cadena Cope Cádiz, España, desde octubre de 2013 a junio de 2014.

El programa cuenta con una particularidad muy importante: la sintonía del mismo ha sido escrita e interpretada por Palito Ortega en homenaje al Papa Francisco y regalada al Padre José Medina para que le acompañe en este programa de evangelización, que adopta su nombre de esta misma canción.