viernes, 21 de abril de 2023

CINE, FE Y VALORES – LIBRES, un viaje al interior del hombre

 

El estreno del film, sobre la vida en 12 monasterios de clausura, en los cines españoles es hoy 21 de abril. Se espera que en breve llegue también a Estados Unidos y Latinoamérica.


MADRID, ESPAÑA (AICA) - Las productoras Bosco Films y Variopinto Producciones anunciaron el estreno en España de la película “Libres”, que muestra cómo es la vida en 12 monasterios de clausura, con material que por primera vez estará en la pantalla grande.

“Libres”, explican los productores, recorre 12 monasterios "para adentrarse entre los muros de la vida en clausura y da a conocer, de primera mano, qué es lo que lleva a una persona en el siglo XXI a decidir renunciar a una vida 'en el mundo' a cambio de una enorme vida interior”.

Tal como detallan en el sitio web de la película, “en el mundo hay alrededor de 2.100 monasterios de clausura. En ellos, habitan personas que renuncian a una vida exterior por una búsqueda de plenitud interior. Pocas veces se ha permitido a una cámara entrar en sus vidas, en su mundo. Lo que vas a ver y escuchar aquí es inédito”.

Los representantes de las productoras precisan que “lograr el permiso de acceso a estos lugares misteriosos y místicos fue un gran reto para nosotros, y lo conseguimos gracias al apoyo de la Fundación DeClausura. Son contadas las ocasiones en las que personas ajenas a la vida monástica han logrado entrar con sus cámaras a los monasterios de clausura”. En ese sentido, el documental busca ser “un viaje hacia el interior del hombre y, en esencia, hacia la libertad”.


La película fue dirigida por el español Santos Blanco, el guión estuvo a cargo de Javier Lorenzo, mientras que la producción ejecutiva fue de Lucía González-Barandiarán. La composición musical es obra de Oscar Martín Leanizbarrutia y la fotografía, de Carlos De la Rosa García.

Blanco comenta en el sitio web de la cinta que esta surgió en 2019, durante la pandemia, cuando colaboró con diversos monasterios para ayudarlos a vender sus productos y así mantenerse. Esto lo llevó a conocer un poco más de la vida contemplativa, y allí surgió la idea de realizar esta película.

Los productores cuentan que “el rodaje ha sido un trabajo delicado y con sumo respeto”, y por ello señalan: “Estamos agradecidos por la confianza de las congregaciones religiosas, que han abierto las puertas de sus monasterios para que ‘Libres’ se pueda realizar”.


“Entrar en el silencio, la paz y el estilo de vida de estos hombres y mujeres ha sido una experiencia única, y nos sentimos muy contentos de poder llevar esta cinta a las salas de cine", destacan.

Para más información y para pedir, eventualmente, la proyección de “Libres” en tu país, ingresar a este enlace: https://libreslapelicula.com/ 

miércoles, 19 de abril de 2023

LA LUZ DE FRANCISCO (audios): El Sacramento del Matrimonio



Tema del episodio Nº 27 del ciclo:

El Sacramento del Matrimonio 

“La luz de Francisco”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote argentino José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió todos los viernes a las 13:30 hs por Cadena Cope Cádiz, España, desde octubre de 2013 a junio de 2014.

El programa cuenta con una particularidad muy importante: la sintonía del mismo ha sido escrita e interpretada por Palito Ortega en homenaje al Papa Francisco y regalada al Padre José Medina para que le acompañe en este programa de evangelización, que adopta su nombre de esta misma canción.

domingo, 16 de abril de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo A - 2º Domingo de Pascua o Fiesta de la Divina Misericordia: “¡Señor mío y Dios mío!”

 


“¡Oh Señor!, que yo no sea incrédulo, sino hombre de fe” (Jn 20, 27).

En el Evangelio de Juan (20,19-29), la narración de la aparición de Jesús a los apóstoles reunidos en el cenáculo aparece enriquecida con datos de especial interés. El día de la resurrección de Jesús, por la tarde, tras haber confiado a los suyos la misión que había recibido del Padre –“Como me envió mi Padre, así os envío yo”-, les da el Espíritu Santo. “Sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quien se los retuviereis, les serán retenidos”. No se trata del don del Espíritu Santo en forma visible y pública, como sucederá en el día de Pentecostés; sin embargo, es muy significativo que el día mismo de la resurrección Jesús haya derramado sobre los apóstoles su Espíritu.

De esta manera el Espíritu Santo aparece como el primer don de Cristo resucitado a su Iglesia en el momento en que la constituye y la envía a prolongar su misión en el mundo. Y con la efusión del Espíritu la institución del Sacramento de la Penitencia o Reconciliación, que con el Bautismo y la Eucaristía es un sacramento típicamente pascual, signo eficaz de la remisión de los pecados y de la reconciliación de los hombres con Dios efectuadas por el sacrificio de Cristo.

Pero aquella tarde el apóstol Tomás estaba ausente, y cuando vuelve rehusa creer que Jesús ha resucitado: “Si no veo… y meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré”. No sólo ver, sino hasta meter la mano en la hendidura de las heridas. Jesús le toma la palabra. “Pasados ocho días” vuelve y le dice: “Alarga acá tu dedo y mira mis manos y tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel”. El Señor tiene compasión de la obstinada incredulidad del apóstol y le ofrece con infinita bondad las pruebas exigidas por él con tanta arrogancia.

Tomás se da por vencido y su incredulidad se disuelve en un gran acto de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”. Enseñanza preciosa que amonesta a los creyentes que no se maravillen de las dudas y de las dificultades que pueden tener los demás para creer. Es necesario, por el contrario, tener compasión de los vacilantes y de los incrédulos y ayudarles con la oración, recordando que la caridad de Cristo nos acucia para que tratemos con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error o en la ignorancia de la fe.

“Porque me has visto has creído; dichosos los que sin ver creyeron” (Jn 20, 29). Jesús alaba así la fe de todos aquellos que habrían de creer en él sin el apoyo de experiencias sensibles. La alabanza de Jesús resuena en la voz de Pedro conmovido por la fe viva de los primeros cristianos, que creían en Jesús como si lo hubieran conocido personalmente: “a quien amáis sin haberlo visto, en quien ahora creéis sin verle, y os regocijáis con un gozo inefable y glorioso” (1 Ped 1, 8). He aquí la bienaventuranza de los creyentes de todos los tiempos. Frente a las dificultades y a la fatiga de creer, es necesario recordar las palabras de Jesús para hallar en ellas el sostén de una fe descarnada y desnuda, pero segura por estar fundada sobre la palabra de Dios.

La fe en Cristo era la fuerza que tenía reunidos a los primitivos creyentes en una cohesión perfecta de sentimientos y de vida. “La muchedumbre de los que habían creído tenía un corazón y un alma sola” (Hc 4, 32). Esta era la característica fundamental de la primera comunidad cristiana nacida del “vigor” con que “los Apóstoles atestiguaban la resurrección del Señor Jesús” (ib. 33) y del correspondiente vigor de la fe de cada uno de los creyentes. Fe tan fuerte que los llevaba a renunciar espontáneamente a los propios bienes para ponerlos a disposición de los más necesitados, considerados verdaderos hermanos en Cristo. No era una fe teórica, ideológica, sino tan concreta y operante que daba una impronta del todo nueva a la vida de los creyentes, no sólo en el sector de las relaciones con Dios y de la oración, sino también en el de las relaciones con el prójimo y hasta en el mismo campo de los intereses materiales de que el hombre se siente tan tremendamente celoso.

Esta es la fe que hoy escasea; para muchos que dicen ser creyentes la fe no ejercita influjo alguno sobre sus costumbres ni cambia en nada o casi en nada su vida. Un cristianismo tal no convence ni convierte al mundo. Es necesario volver a templar la propia fe con el ejemplo de la Iglesia primitiva, hay que implorar de Dios una fe profunda, ya que en el vigor de la fe está la victoria del cristiano. “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Y quien es el que vence al mundo sino el que creer que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Jn 5, 4-5).

 

“¡Oh Señor Jesucristo!, no te hemos visto en la carne con los ojos del cuerpo, y sin embargo sabemos, creemos y profesamos que tú eres verdaderamente Dios. ¡Oh Señor!, que esta nuestra profesión de fe nos conduzca a la gloria, que esta fe nos salve de la segunda muerte, que esta esperanza nos conforte cuando lloremos en medio de tantas tribulaciones, y nos lleve a los gozos eternos. Y tras la prueba de esta vida, cuando hayamos llegado a la meta de la vocación celestial y visto tu cuerpo glorificado en Dios…, también nuestros cuerpos recibirán la gloria de ti, ¡oh Cristo!, nuestra Cabeza” (Liturgia mozárabe).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

  

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

 

viernes, 14 de abril de 2023

SÁBANA SANTA: El retrato de un sacrificio, la prueba de una resurrección

 


Entrevista con Jorge-Manuel Rodríguez Almenar, profesor de Derecho en la Universidad de Valencia y presidente del Centro Español de Sindonología

(Jaume Vives y Josema Visiers - InfoCatólica) «Creo que la Sábana Santa me encontró a mí», asegura Jorge-Manuel Rodríguez Almenar, profesor de Derecho en la Universidad de Valencia y presidente del Centro Español de Sindonología. La descubrió con dieciséis años, en un programa de TVE, y hoy es uno de los mayores expertos en la Síndone de Turín.

Empecemos por el principio: ¿qué es la Sábana Santa?

Es una tela única, porque tiene la huella completa de un hombre -por delante y por detrás- en quien se pueden reconocer todas las heridas de la pasión de Cristo. Pienso –como muchos investigadores– que hay evidencias para concluir que es la tela con la que se enterró a Jesucristo.

¿Cómo ha llegado a esta conclusión?

Todo lo que se ve en la Síndone coincide con los Evangelios y, a la vez, refleja una serie de irregularidades que diferencian a este crucificado de otros condenados a muerte. Por ejemplo: el hombre de la Sábana Santa ha sido flagelado completamente, además de ser crucificado. Son dos penas distintas, y el Derecho Romano establece que no se puede castigar dos veces por lo mismo. Los Evangelios explican esta irregularidad penal por la acción de Poncio Pilato, que trató de liberar a Jesús así, pero no conocemos otro caso parecido en la historia.

¿Hay más pruebas en esta dirección?

Es una suma de detalles. Los clavos, por ejemplo: no era habitual clavar a los condenados a la cruz, se les solía atar… pero a Jesús lo debieron desatar cuando trajeron al Cirineo, y los soldados verían menos trabajoso clavarlo que volverlo a atar. Además, en la Síndone vemos las heridas de clavo en la zona del pulso –el lugar correcto para que las manos no se rompan por el peso–, y no en las palmas, como se suele representar en el arte. Algo parecido vemos con la corona de espinas: se suele imaginar como un aro, pero en la Sábana Santa vemos más bien un casco. ¿Para qué hacer una falsificación basándose en algo que nadie entendería?

¿De qué material está hecha la Sábana Santa?

Es una sarga de cuatro, de lino puro. Según los estudios genéticos, la misma con que se hacía el traje del sumo sacerdote de Jerusalén la tarde del Yom Kippur. ¿Por qué se enterraría a un condenado con la tela más cara que uno podía encontrar? Se explica si ese hombre es Jesús, porque José de Arimatea y Nicodemo eran personajes importantes en la ciudad, y le dan un entierro digno de un rey. Por eso mismo lo enterraron en una tumba privada en vez de en una fosa común, el destino habitual de los crucificados. Si no es Jesús, no tiene ningún sentido; culturalmente no encaja.

¿La imagen es una pintura?

No, y de hecho no tiene explicación: ¡esto es lo más impactante de la Sábana Santa! Hay una recompensa de un millón de euros a quien reproduzca la imagen, y nadie lo ha conseguido. Según los estudios, la imagen es la oxidación de algunas de las fibras más superficiales de los hilos, una deshidratación de la celulosa del lino, pero no sabemos cómo se ha hecho. El equipo STURP planteó en 1978 que podría deberse a algún tipo de radiación: el cuerpo envuelto en la sábana habría hecho una suerte de «flash» y dejado su impronta en el tejido.

Tracemos un recorrido histórico. ¿Cuándo se descubrió la Sábana Santa?

Según mi investigación, nunca se descubrió: siempre estuvo ahí, pero no siempre se mostró. En el Evangelio se dice que cuando llegaron las mujeres y los apóstoles el Domingo de Resurrección, vieron los lienzos. Pienso que los recogieron, pero no los mostraron, por dos motivos: para los judíos, lo que toca un cadáver se vuelve impuro, y venerar una imagen –en este caso, la de Cristo en la tela– era idolatría, casi pecado mortal. Hasta el siglo IV, la Iglesia Católica siguió esta idea, y no representó en imágenes a Dios ni a Jesucristo… hasta que una imagen empieza a reproducirse en todo Oriente.


¿Qué imagen?

Se conoce como «imagen de Edesa», y muestra el rostro de Jesús como aún lo representamos hoy, con pelo largo, barba y bigote. La imagen se hizo famosa porque dicen que protegió a la ciudad de Edesa –en la actual Turquía– del asedio persa. Empezó a reproducirse como un talismán, y en el siglo X se llevó a Constantinopla. Al recibirla, el archidiácono de Santa Sofía pronunció una homilía en la que se refirió a «la herida del costado»: eso quiere decir que lo que estaba viendo era la Sábana Santa, censurada y guardada en un relicario de tal manera que solo dejaba ver el rostro. También apoya esta teoría el hecho de que algunos de los iconos más antiguos basados en la imagen de Edesa tienen incluso arrugas que están en la tela de Turín. Por eso digo que la Sábana Santa no se encontró, sino que estuvo siempre, pero solo se identificó como tal al final.

¿Cuándo se empezó a investigar científicamente la Sábana Santa?

A partir de la primera fotografía sacada de ella, en 1898: el negativo fotográfico mostraba nítidamente la imagen del hombre dentro de la tela. Hubo polémica desde el minuto uno: sacerdotes como Ulysse Chevalier la tildaron de falsa, y científicos agnósticos como Yves Delage defendieron su autenticidad. Hasta hoy se han realizado dos grandes estudios multidisciplinares: el primero en 1969, que no dio muchos resultados, y el segundo en 1978, llevado a cabo por el citado equipo STURP. Entre sus miembros había nueve del laboratorio de Los Álamos, en EE.UU, que descubrieron que la imagen tiene información tridimensional.

¿En qué sentido?

Usaron una tecnología desarrollada para estudiar planetas, y descubrieron que la huella parece tener relieve: la intensidad en cada punto corresponde matemáticamente con la distancia del cuerpo a la tela. ¡Es una precisión tal que no tiene sentido pensar que pudiera ser obra de un señor en la Edad Media! El equipo STURP también demostró que llegó a la sábana primero la sangre y después la impresión del cuerpo.

Con todo, seguramente la investigación científica más famosa sobre la Síndone sea la datación por carbono-14, autorizada por el Vaticano en 1988…

…y que situaba la antigüedad de la tela entre los siglos XII y XIII, sí. Hoy en día está más que superada en ámbitos científicos. ¿Por qué pudo fallar? La prueba analiza la proporción entre carbono-12 y carbono-14: si todos los parámetros están controlados, es bastante fiable, pero ¿y si hay contaminación? La grasa de los dedos, por ejemplo, tiene carbono-14. Con la Síndone se cometieron varios errores.

¿Cuáles?

Para empezar, cortaron un trocito de tela de una esquina, que estaba negra por la cantidad de veces que se había cogido por ahí. Ellos dicen que limpiaron la muestra, pero hay alteraciones que no se eliminan. Las lámparas de aceite con las que se exponía la sábana, por ejemplo, añaden carbono-14 amorfo, que no se elimina en el proceso de limpieza estándar. No puedes tratar una reliquia tocada y manoseada igual que un hueso de una tumba cerrada. Súmale el humo de las velas, el incendio de 1532… Se dio por válida la datación sin valorar el resultado. La realidad es que hoy no sabemos la fecha correcta de la Sábana Santa -no podemos limpiar los añadidos de la tela, o llevaría muchísimo tiempo-, pero sí sabemos seguro que medieval no es.

¿Cuál es la postura oficial de la Iglesia Católica sobre la Sábana Santa?

La Iglesia no establece que se deba creer en ninguna reliquia en concreto, como tampoco en las apariciones marianas: para ser cristiano, uno tiene que creer las verdades que están en el Credo. Pero la Iglesia sí permite el culto; en 1506, Julio II aprobó la Fiesta de la Sábana Santa. En 1998, san Juan Pablo II dijo que «la Sábana Santa es espejo del Evangelio», que «no tratándose de una cuestión de fe, la Iglesia carece de competencia para pronunciarse sobre su autenticidad» y que debe estudiarse «objetivamente y sin prejuicios».

El estudio de la Síndone une fe y razón. ¿Cuál debe ser la actitud del investigador católico ante un fenómeno así?

Simplemente tiene que ser fiel a la verdad. La fe en Jesucristo no depende de la Sábana Santa, y por ello no podemos exigir adhesiones inquebrantables, ni todo lo contrario. El científico católico debe ser científico y aplicar los mismos criterios que el resto. ¿Los prejuicios juegan en contra? Sí, pero si uno es católico de verdad no debe hacerse trampas al solitario: Yo sé hasta aquí y hasta aquí no sé. En este tema hay que ser honestos y decir hasta donde sabemos… ¡pero es que decir solo lo que sabemos es apasionante!

Jorge-Manuel Rodríguez Almenar, frente a una reproducción de la Síndone. Foto - Josema Visiers
 

*Este artículo se publicó originalmente en el segundo número de La Antorcha, la nueva revista gratuita impulsada por la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) para ofrecer una mirada cristiana para iluminar la realidad. 

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miércoles, 12 de abril de 2023

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): ¡Ay de mí si nο evangelizare!



Tema del programa Nº 24 del ciclo:

¡Ay de mí si nο evangelizare!

“Diálogos de fe con san Juan Pablo II”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, que fue emitido todos los viernes a las 13:30 hs por Cadena Cope Cádiz, durante el curso 2014-2015, y durante el curso 2016-2017 los Domingos a las 9:45 hs. en las frecuencias de Cope Comunidad  101.0 FM; Cope Madrid Sur  89.7 FM; Cope Jarama  100.5 FM y Cope Pinares  92.2 FM, y desde 2017 fue emitido en distintos horarios por Radio María España.

“Diálogos de fe con san Juan Pablo II” nos presenta en cada emisión la oportunidad de revivir y actualizar su magisterio pontificio al calor de su amistad desde el cielo como “amigo fuerte de Dios”, según expresión de santa Teresa de Jesús, a quien le tenía especial devoción. Estos “diálogos de fe” son entresacados de su extenso y luminoso magisterio, y aunque la redacción de estos diálogos es imaginaria, son literales en sus expresiones y contenidos doctrinales.

Locución: Sr. Fernando Crespo

domingo, 9 de abril de 2023

SEMANA SANTA: DOMINGO DE PASCUA, ¡Cristo ha resucitado, Aleluya!

 


“Alabad al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 118, 1).

“Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él, ¡aleluya!” (Salmo responsorial) Este es el día más alegre del año, porque “el Señor de la vida había muerto, y ahora triunfante se levanta” (Secuencia). Si Jesús no hubiera resucitado, vana habría sido su encarnación, y su muerte no habría dado la vida a los hombres. “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe” (1 Cr 15, 17), exclama san Pablo. Porque ¿quién puede creer y esperar en un muerto? Pero Cristo no es un muerto, sino uno que vive. “Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado –dijo el ángel a las mujeres- ha resucitado, no está aquí” (Mc 16, 6).

El anuncio de la resurrección produjo en un primer tiempo temor y espanto, de tal manera que las mujeres “huían del monumento… y a nadie dijeron nada, tal era el miedo que tenían” (ib. 8). Pero con ellas, y quizá habiéndolas precedido algún tanto, se encontraba María Magdalena que “viendo quitada la piedra del monumento” corrió en seguida a comunicar la noticia a Pedro y a Juan: “Han tomado al Señor del monumento y no sabemos dónde le han puesto” (Jn 20, 1-2). Los dos van corriendo hacia el sepulcro y entrando en la tumba “ven las fajas allí colocadas y el sudario… envuelto aparte” (ib. 6-7). Es el primer acto de fe de la Iglesia naciente en Cristo resucitado, provocado por la solicitud de una mujer y por la señal de las fajas encontradas en el sepulcro vacío.

Si se hubiera tratado de un robo, ¿quién se hubiera preocupado de desnudar al cadáver y de colocar los lienzos con tanto cuidado? Dios se sirve de cosas sencillas para iluminar a los discípulos que “aún no se habían cuenta de la Escritura, según la cual era preciso que él resucitara de entre los muertos” (ib. 9), ni comprendían todavía lo que Jesús mismo les había predicho acerca de su resurrección. Pedro, cabeza de la Iglesia, y Juan “el otro discípulo a quien Jesús amaba” (ib. 2), tuvieron el mérito de recoger las “señales” del Resucitado: la noticia traída por una mujer, el sepulcro vacío, los lienzos depuestos en él.

Aunque bajo otra forma, las “señales” de la Resurrección se ven todavía presentes en el mundo: la fe heroica, la vida evangélica de tanta gente humilde y escondida; la vitalidad de la Iglesia, que las persecuciones externas y las luchas internas no llegan a debilitar; la Eucaristía, presencia viva de Jesús resucitado que continúa atrayendo hacía sí a los hombres. Toca a cada uno de los hombres vislumbrar y aceptar estas señales, creer como creyeron los Apóstoles y hacer cada vez más firme la propia fe.

La liturgia pascual recuerda en la segunda lectura uno de los discursos más llenos de conmoción de san Pedro sobre la resurrección de Jesús: “Dios le resucitó al tercer día, y le dio manifestarse… a los testigos de antemano elegidos por Dios, a nosotros, que comimos y bebimos con él después de resucitado de entre los muertos” (Hc 10, 40-41). Todavía vibra en estas palabras la emoción del jefe de los apóstoles por los grandes hechos de que ha sido testigo, por la intimidad de que ha gozado con Cristo resucitado, sentándose a la misma mesa y comiendo y bebiendo con él.

La Pascua invita a todos los fieles a una mesa común con Cristo resucitado, en la cual él mismo es la comida y la bebida: “Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así pues, celebremos la Pascua” (Versículo del Aleluya). Este versículo está tomado de la primera carta a los Corintios, en la cual san Pablo, refiriéndose al rito que mandaba comer el cordero pascual con pan ácimo –sin levadura- exhorta a los cristianos a eliminar “la vieja levadura… de la malicia y la maldad” para celebrar la Pascua “con los ácimos de la pureza y la verdad” (1 Cr 5, 7-8). A la mesa de Cristo, verdadero Cordero inmolado por la salvación de los hombres, tenemos que acercarnos con corazón limpio de todo pecado, con el corazón renovado en la pureza y en la verdad; en otras palabras, con corazón propio de resucitados.

La resurrección del Señor, su “paso” de la muerte a la vida, debe reflejarse en la resurrección de los creyentes, actuada con un “paso” cada vez más radical de las debilidades desde el hombre viejo a la vida nueva en Cristo. Esta resurrección es manifiesta en el anhelo profundo por las cosas del cielo. “Si fuiste resucitados con Cristo –dice el Apóstol- buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Cl 3, 1-2). La necesidad de ocuparse de las realidades terrenas, no debe impedir a los “resucitado con Cristo” el tener el corazón dirigido a las realidades eternas, las únicas definitivas.

Siempre nos está acechando la tentación de asentarnos en este mundo como si fuera nuestra única patria. La resurrección del Señor es una fuerte llamada; ella nos recuerda siempre que estamos en este mundo como acampados provisionalmente y que estamos en viaje hacia nuestra patria eterna. Cristo ha resucitado para arrastrar a los hombres a la resurrección y llevarlos adonde él vive eternamente, haciéndolos partícipes de su gloria.

 

“Es la pascua, la pascua del Señor… Es la pascua, no figurada, sino real; no es ya la sombra, sino la pascua del Señor en toda verdad.

En verdad, Jesús, tú nos has protegido contra un desastre sin nombre, has extendido tus manos paternales, nos has abrigado bajo tus alas, has derramado la sangre de un Dios sobre la tierra, para sellar la sangrienta alianza, en favor de los hombres que amas. Has alejado las amenazas de la cólera y nos has devuelto la reconciliación de Dios… ¡Oh tú, único entre los únicos, todo en todos, tengan los cielos tu espíritu y tu alma el paraíso, pero que tu sangre pertenezca a la tierra!...

¡Oh pascua de Dios que desciende a la tierra del cielo y que vuelve a subir al cielo de la tierra! ¡Oh gozo universal, honor, festín, delicias, tinieblas de la muerte disipadas: vuelve la vida a todos y se abren las puertas de los cielos! Dios se ha hecho hombre y el hombre se ha hecho Dios…

¡Oh pascua de Dios!, el Dios del cielo, en su liberalidad se ha unido a nosotros en el Espíritu, y la inmensa sala de las bodas se ha llenado de convidados: todos llevan el vestido nupcial, y ninguno es arrojado fuera por no haberlo revestido… Las lámparas de las amas no volverán a apagarse. En todos arde el fuego de la gracia de manera divina, en el cuerpo y en el espíritu, pues lo que arde es el aceite de Cristo.

Te rogamos, Dios soberano, Cristo, Rey del espíritu y la eternidad, que extiendas tus grandes manos sobre tu Iglesia sagrada, y sobre tu pueblo santo que sigue perteneciéndote: defiéndele, guárdale, consérvale, combate, da la batalla por él, somete todos los enemigos a tu poder… Concédenos poder cantar con Moisés el canto triunfal. Pues tuya es la victoria y el poder por los siglos de los siglos”. (San Hipólito de Roma, Himno pascual, en Oraciones de los primeros cristianos, 44).

“¡Oh Cristo resucitado!, contigo tenemos que resucitar también nosotros; tú nos escondiste de la vista de los hombres, y nosotros tenemos que seguirte; volviste al Padre, y tenemos que procurar que nuestra vida esté escondida contigo en Dios. Es deber y privilegio de todos tus discípulos, Señor, ser levantados y transfigurados contigo; es privilegio nuestro vivir en el cielo con nuestros pensamientos, impulsos, aspiraciones, deseos y afectos, aún permaneciendo todavía en la tierra. Enséñanos a buscar las cosas de arriba demostrando con ello que pertenecemos a ti, que nuestro corazón ha resucitado contigo y que contigo y en ti está escondida nuestra vida”. (Cfr. J. H. Newman, Maturità cristiana, pp. 190-194).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

sábado, 8 de abril de 2023

SEMANA SANTA: SÁBADO SANTO, en espera de la resurrección

 


«Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación» (Is 12, 2).

El sábado santo es el día más indicado para contemplar en síntesis el misterio pascual de la pasión muerte-resurrección del Señor, en el que converge y actúa toda la historia de la salvación. A esto invita la Liturgia proponiendo una serie de lecturas escriturísticas que (tocan las etapas más importantes de esta historia maravillosa, para después concentrarse en el misterio de Cristo. Ante todo, viene presentada la obra de la creación (1.a lectura), salida de las manos de Dios y por él contemplada con complacencia: «Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno» (Gen 1, 31). De Dios, bondad infinita, no pueden salir más que cosas buenas, y si, demasiado pronto, el pecado viene a trastornar toda la creación, Dios, fiel en su bondad, planifica inmediatamente la restauración, que realizará por medio de su Hijo divino. De éste aparece una figura profética en Isaac, a quien Abrahán se dispone a inmolar para obedecer el mandato divino (2.a lectura); y si Isaac fue liberado, Cristo, después de haber sufrido la muerte, resucitará glorioso.

Otro hecho notable es el milagroso «paso» del Mar Rojo (3.a lectura) realizado, con la intervención de Dios, por el pueblo de Israel, símbolo del bautismo, mediante el cual los que creen en Cristo «pasan» de la esclavitud del pecado y de la muerte a la libertad y a la vida de hijos de Dios. Siguen bellísimos textos proféticos sobre la misericordia redentora del Señor, quien, a pesar de las continuas infidelidades de los hombres, no cesa de desear su salvación. Después de haber castigado las culpas de su pueblo, Dios lo llama a sí con el cariño de un esposo fiel hacia la esposa que lo ha traicionado:

«Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te reuniré…; con misericordia eterna te quiero —dice el Señor, tu redentor—» (Is 54, 7-8).  De ahí la apremiante invitación a no dejar pasar en vano la hora de la misericordia: «Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad; que vuelva a nuestro Dios, que es rico en perdón» (Is 55, 6-7). Si todo esto es verdad para el pueblo de Israel, mucho más lo es para el pueblo cristiano, hacia el cual la misericordia de Dios ha alcanzado el vértice en el misterio pascual de Cristo. Y Cristo, «nuestra Pascua», Cordero inmolado por la salvación del mundo, incita a todos los hombres a que abandonen el camino del pecado y vuelvan a la casa del Padre, caminando «a la claridad de su resplandor», con la alegría de conocer y hacer «lo que agrada al Señor» (Bar 4, 2. 4).

La historia de la salvación culmina en el misterio pascual de Cristo, se hace historia de cada hombre mediante el bautismo que lo inserta en este misterio. De hecho, por este sacramento «fuimos sepultados con él [Cristo] en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos…, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rom 6, 4). Esto explica por qué ocupa tan alto lugar el bautismo en la Liturgia de la Vigilia pascual: en los textos escriturísticos y en las oraciones, especialmente en el rito de la bendición del agua y de la administración del sacramento a los neófitos, y por último en la renovación de las promesas bautismales.

Celebrar la Pascua significa «pasar» con Cristo de la muerte a la vida, «paso» iniciado con el bautismo, pero que debe ser realizado cada vez más plenamente durante toda la vida del cristiano. «Porque, si nuestra existencia está unida a él [Cristo] en una muerte como la suya —apremia san Pablo—, lo estará también en una resurrección como la suya» (ibid 5). No se trata de bellas expresiones, sino de realidades inmensas, de trasformaciones radicales obradas por el bautismo y de las cuales los creyentes se olvidan demasiado, inconscientemente. Participar en la muerte de Cristo quiere decir morir con él «al pecado de una vez para siempre» (ibid 10), y por lo tanto, morir cada día a las pasiones, a las malas inclinaciones, al egoísmo, al orgullo; quiere decir — según la triple renuncia de las promesas bautismales— renunciar cada vez más a Satanás, a sus obras, a sus seducciones. Y todo esto, no sólo con las palabras, ni por el tiempo que dura una función litúrgica, sino durante toda la vida. «Consideraos muertos al pecado —grita el Apóstol— y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (ibid 11).

En virtud del bautismo, no sólo recibido, sino vivido, el pueblo cristiano se presenta como aquel pueblo preconizado por Ezequiel (36, 25-26; 7.a lectura), asperjado y purificado con un «agua pura» —agua que brota del costado traspasado de Cristo crucificado—, que recibe de Dios «un corazón nuevo» y «un espíritu nuevo», dones eminentemente pascuales. Con estas disposiciones, cada uno de los fieles puede considerarse preparado y dispuesto a cantar el Aleluya, a asociarse al gozo de la Iglesia ante el anuncio de la resurrección del Señor, considerándose también él resucitado con Cristo para gloria de Dios.

 

¡Oh Padre omnipotente!…, tú eres el Dios eterno  e incomprensible, que al ver al género humano muerto por la miseria de su  fragilidad,  movido solamente por amor y piedad clementísima, nos mandaste al verdadero Dios y Señor nuestro Jesucristo, Hijo tuyo, vestido con los harapos de nuestra carne mortal. Y quisiste que viniese, no con delicias y pompas de este mundo transitorio, sino con angustia, pobreza y tormentos, conociendo y cumpliendo tu voluntad en favor de nuestra redención…

Y tú, Jesucristo, Redentor nuestro…, has sufrido en tu cuerpo el castigo de nuestras iniquidades y de la desobediencia de Adán, haciéndote obediente hasta el oprobio de una muerte de cruz. En la cruz, Jesús, dulce amor…, satisficiste por nosotros, y al mismo tiempo reparaste en ti mismo la injuria hecha al Padre.

Peccavi, Domine, miserere mei. Adondequiera que me vuelva, hallo amor inefable: y no puedo excusarme de amar, puesto que sólo tú, Dios y Hombre, eres quien me amaste sin amarte yo; efectivamente, yo no existía y tú me hiciste. Todo lo que quiero amar, lo hallo en ti… Si quiero amar a Dios, hallo en ti la inefable Deidad; si quiero amar al hombre, tú eres el hombre…; si quiero amar al Señor, tú has pagado el precio de tu Sangre, sacándonos de la esclavitud del pecado. Tú eres Señor, Padre y Hermano nuestro por tu benignidad y desmesurada caridad. (Santa Catalina de Siena, Oraciones y Elevaciones).

¡Oh Dios!, a nosotros, que por el misterio pascual hemos sido sepultados con Cristo en el bautismo, concédenos vivir con él una vida nueva. Acepta, por tanto, la renovación de nuestras promesas bautismales, con las que en otro tiempo renunciamos a Satanás y a sus obras, y ahora prometemos de nuevo servirte fielmente en la Santa Iglesia católica.

Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos regeneró por el agua y el Espíritu Santo y que nos concedió la remisión de los pecados, guárdanos en tu gracia para la vida eterna.  (Cf. Misal Romano, Vigilia pascual).

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

viernes, 7 de abril de 2023

SEMANA SANTA: VIERNES SANTO, traspasado por nuestros pecados

 


«A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás» (Sal 31, 6).

La Liturgia del viernes santo es una conmovedora contemplación del misterio de la Cruz, cuyo fin no es sólo conmemorar, sino hacer revivir a los fieles la dolorosa Pasión del Señor. Dos son los grandes textos que la presentan: el texto profético atribuido a Isaías (Is 52, 13; 53, 12) y el texto histórico de Juan (18, 1-19, 42). La enorme distancia de más de siete siglos que los separa queda anulada por la impresionante coincidencia de los hechos, referidos por el profeta como descripción de los padecimientos del Siervo del Señor, y por el Evangelista como relato de la última jornada terrena de Jesús. «Muchos se espantaron de él —dice Isaías—, porque desfigurado no parecía hombre… Despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos» (52, 14; 53, 3). Y Juan, con los demás evangelistas, habla de Jesús traicionado, insultado, abofeteado, coronado de espinas, escarnecido y presentado al pueblo como rey burlesco, condenado, crucificado.

El profeta precisa la causa de tanto sufrir: «Fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes», y se indica también su valor expiatorio: «Nuestro castigo saludable vino sobre él, y sus cicatrices nos curaron» (Is 53, 5). No falta ni siquiera la alusión al sentido de repulsa por parte de Dios -«nosotros lo estimamos herido de Dios y humillado» (ibid 4)- que  Jesús expresó en la cruz con este grito: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46). Pero, sobre todo, resalta claramente la voluntariedad del sacrificio: voluntariamente, el Siervo del Señor «entregó su vida como expiación» (Is 53, 7.  10); voluntariamente Cristo se entrega a los soldados después de haberlos hecho retroceder y caer en tierra con una sola palabra (Jn 18, 6) y libremente se deja conducir a la muerte, él, que había dicho: «Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente» (Jn 10, 18).

El profeta vislumbró incluso la conclusión gloriosa de este voluntario padecer: «A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará… Por eso —dice el Señor— le daré una parte entre los grandes… porque expuso su vida a la muerte» (Is 53, 11. 12). Y Jesús, aludiendo a su pasión, dijo: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Todo esto demuestra que la Cruz de Cristo se halla en el centro mismo de la salvación, ya prevista en el Antiguo Testamento a través de los padecimientos del Siervo de Dios, figura del Mesías que salvaría a la humanidad, no con el triunfo terreno, sino con el sacrificio de sí mismo. Y es éste el camino que cada uno de los fieles debe recorrer para ser un salvado y un salvador.

Entre la lectura de Isaías y la de Juan, la Liturgia inserta un tramo de la carta a los Hebreos (4, 14-16; 5, 7-9). Jesús, Hijo de Dios, es presentado en su cualidad de Sumo y Único Sacerdote, no tan distante, sin embargo, de los hombres «que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado». Es la prueba de su vida terrena, y, sobre todo, de su pasión, por la que ha experimentado en su carne inocente todas las agruras, los sufrimientos, las angustias, las debilidades de la naturaleza Así, a un mismo tiempo, él se hace Sacerdote y Víctima, y no ofrece en expiación de los pecados de los hombres sangre de toros o de corderos, sino la propia sangre.

«Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte». Es un eco de la agonía en Getsemaní: «¡Abba! (Padre): tú lo puedes todo, aparta de mí ese cáliz. Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres» (Mc 14, 36). Obedeciendo a la voluntad del Padre, se entrega a la muerte, y, después de haber saboreado todas sus amarguras, se ve liberado de ellas por la resurrección, convirtiéndose, «para todos los que obedecen, en autor de salvación eterna» (Heb 5, 9). Obedecer a Cristo Sacerdote y Víctima significa aceptar como él la cruz, abandonándose con él a la voluntad del Padre: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46; cf. Salmo resp.).

Pero a la muerte de Cristo siguió inmediatamente su glorificación. El centurión de guardia exclama: «Realmente, este hombre era justo», y todos los presentes, «habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho» (Lc 23, 47-48). La Iglesia sigue el mismo itinerario, y tras de haber llorado la muerte del Salvador, estalla en un himno de alabanza y se postra en adoración: «Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero». Con los mismos sentimientos, la Liturgia invita a los fieles a nutrirse con la Eucaristía, que, nunca como hoy, resplandece en su realidad de memorial de la muerte del Señor. Resuenan en el corazón las palabras de Jesús: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19), y las de Pablo: «cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva» (1Cor 11, 26).

 

¡Oh Cristo Jesús, caído bajo el peso de la cruz, yo te adoro! «Fuerza de Dios», te mostraste abatido por la debilidad para enseñarnos la humildad y confundir nuestro orgullo. «¡Oh Sumo Sacerdote, lleno de santidad, que pasaste por nuestras mismas pruebas para asemejarte a nosotros y poder compadecerte de nuestras debilidades», no me abandones a mí mismo, porque no soy más que debilidad; dame tu fuerza para que no sucumba al pecado. (Columba Marmion, Cristo en sus misterios, 14).

Salve, cabeza ensangrentada, coronada de espinas, herida, rota, golpeada con una caña, cubierta de salivazos! ¡Salve! Sobre tu manso rostro se cierne el presagio de la muerte; tiene perdido el color, pero bajo esa espantosa palidez la corte celestial te adora.

¡Oh santo Rostro, así golpeado, casi abollado y atormentado por nuestros pecados, haz que a los ojos de este indigno pecador llegue y brille una señal de tu amor! ¡He pecado, perdóname! No me rechaces de tu lado. Mientras se acerca la muerte, inclina un poco hacia mí tu adorable cabeza y déjala reposar entre mis brazos.

Y cuando también yo tenga que morir, ven pronto, ¡oh Jesús! Que en la hora terrible, tu Sangre, ¡oh Jesús!, sea mi ayuda. ¡Protégeme y líbrame! Partiré cuando tú quieras, mi amado Jesús, pero en ese momento, acompáñame! Te estrecharé contra mí, porque me amas; ¡pero en ese momento, muéstrate a mí en esa cruz que nos salvó! (San Bernardo, atribuido, PL 184, c. 1323-1324).

¡Oh Cruz, indecible amor de Dios! Cruz, gloria del cielo! ¡Cruz, salvación eterna! ¡Cruz, terror de los malvados!

Apoyo de los justos, luz de los cristianos, ¡oh Cruz!, por ti, Dios hecho carne en la tierra se hizo también esclavo; por ti, en el cielo, el hombre ha sido hecho rey en Dios; por ti, y de ti, nació la verdadera luz, fue vencida la noche maldita…

Tú eres el vínculo de la paz que une a todos los hombres en Cristo mediador. Te has convertido en la escalera por la que el hombre sube hasta el cielo.

Sé siempre, para nosotros, tus fieles, áncora y columna. Gobierna nuestra morada, conduce nuestra barca. Que se afiance en la Cruz nuestra fe, que se prepare nuestra corona en la Cruz. (San Paulino de Nola, Poema 19, PL 61, 550, BC).

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD. 

jueves, 6 de abril de 2023

SEMANA SANTA: JUEVES SANTO, la Cena del Señor

 


«¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre» (Sal 116, 12-13).

La celebración del misterio pascual, centro y vértice de la historia de la salvación, se abre con la Misa vespertina del jueves santo, que conmemora la Cena del Señor.

Todas las lecturas se centran en el tema de la cena pascual. El tramo del Éxodo (12, 1-8; 11-14) nos recuerda la antigua institución, establecida cuando Dios ordenó a los Hebreos que inmolasen en cada familia «un animal sin defecto [macho, de un año, cordero o cabrito], que rociasen con la sangre las dos jambas y el dintel de las casas para librarse del exterminio de los primogénitos, y que lo comiesen a toda prisa y en atuendo de caminantes. En aquella misma noche, preservados por la sangre del cordero y nutridos con sus carnes, iniciarían la marcha hacia la tierra prometida. El rito había de repetirse cada año en recuerdo de tal hecho. «Es la Pascua [fiesta] en honor del Señor» (Ex 12, 11), que conmemora «el Paso del Señor» por en medio de Israel para liberarlo de la esclavitud de Egipto.

Jesús elige la celebración de la pascua judía para instituir la nueva, su Pascua, en la que él es el verdadero «cordero sin defecto» inmolado y consumado por la salvación del mundo. Y desde el momento en que se sienta a la mesa con los suyos, inicia el nuevo rito. «El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo -se lee en la segunda lectura (1Cor 11, 23-26)- tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros…» Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre»». Aquel pan milagrosamente trasformado en el Cuerpo de Cristo, y aquel cáliz que ya no contiene vino, sino la Sangre de Cristo, ambos ofrecidos, pero separadamente ofrecidos, eran, en aquella noche, el anuncio y anticipo de la muerte del Señor, en la que derramaría toda su Sangre, y son hoy su vivo memorial. «Haced esto en memoria mía».

Bajo esta luz presenta san Pablo la Eucaristía cuando dice: «cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor». La Eucaristía es «pan vivo» que da la vida eterna a los hombres (Jn 6, 51), porque es el «memorial» de la muerte de Cristo, porque es su Cuerpo «entregado» en sacrificio, y es su Sangre «derramada por todos para el perdón de los pecados» (Lc 22, 19; Mt 26, 28). Nutridos con el Cuerpo de Cristo y lavados con su Sangre, los hombres pueden soportar las asperezas del viaje terreno, pasar de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios, de la travesía fatigosa del desierto a la tierra prometida: la casa del Padre.

«Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo… Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi Sangre» (Misal Romano). Si la costumbre hubiera amortiguado en los creyentes la vitalidad de la fe, la Liturgia de este día les invita a reavivarse, a penetrar con la más profunda y amorosa de las miradas la inefable realidad del misterio que se realizó por vez primera en el cenáculo ante las miradas atónitas dé los discípulos y que hoy se renueva del mismo modo concreto que entonces. Sigue siendo el Señor Jesús quien, en la persona de su ministro, realiza el gesto consagratorio, y hoy, aniversario de la institución de la Eucaristía y vigilia de la muerte del Señor, todo eso adquiere una actualidad impresionante.

Jesús «habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo», dice Juan prologando el relato de la última cena (3ra lectura: Jn 13, 1-15); «en la noche en que iban a entregarlo», precisa Pablo refiriendo la institución de la Eucaristía. Tremendo contraste: por parte de Cristo, el amor infinito, «hasta el extremo», hasta la muerte; por parte de los hombres, la traición, la negación, el abandono. La Eucaristía es la respuesta que da el Señor a la traición de sus criaturas. Parece estar impaciente por salvar a los hombres, tan débiles y perjuros, y anticipa místicamente su muerte ofreciéndoles como nutrimiento ese cuerpo que en breve sacrificará en la cruz y esa sangre que derramará hasta la última gota. Y si dentro de pocas horas la muerte le arrebatará de la tierra, en la Eucaristía, sin embargo, se perpetuará su presencia viva y real hasta el fin de los siglos.

Pero juntamente con el sacramento del amor, Jesús deja a la Iglesia el testamento del amor: su «mandato nuevo». De repente, los Doce ven que el Maestro se arrodilla delante de ellos en la actitud de un siervo: «echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos». La escena se concluye con una advertencia: «Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros». No se trata tanto de imitar el gesto material, cuanto la actitud de humildad sincera en las relaciones recíprocas, considerándose y comportándose los unos como siervos de los demás. Sólo esta humildad hace posible el cumplimiento del precepto que Jesús está a punto de dar: «Os doy el mandato nuevo: que os améis mutuamente corno yo os he amado» (ibid 34). El lavatorio de los pies, la institución de la Eucaristía, la muerte de cruz, indican cómo y hasta qué punto hay que amar a los hermanos para realizar y hacer verdad el precepto del Señor.

 

¡Oh buen Jesús!, para ejercitarnos en el amor tomaste la resolución de permanecer siempre entre nosotros… Sin embargo, ya preveías la suerte que te esperaba entre los hombres, los desacatos y ultrajes que habrías de sufrir. ¡Oh Eterno Padre!, ¿Cómo has podido permitir que tu Hijo permaneciese en medio de nosotros para sufrir cada día un nuevo género de injurias? ¡Oh Dios mío! ¡Qué exceso de amor en aquel Hijo! ¡Y qué exceso también en aquel Padre!

¡Oh Eterno Padre!, ¿Cómo aceptaste que tu Hijo quedase en manos tan enemigas como las nuestras? ¿Es posible que tu ternura permita que esté expuesto cada día a tan malos tratos? ¿Por qué ha de ser todo nuestro bien a su costa? ¿No ha de haber quien hable por este amantísimo Cordero?

¡Oh Padre santo que estás en los cielos!…, si tu Hijo divino no dejó nada por hacer para darnos a nosotros, pobres pecadores, un don tan grande como el de la Eucaristía, no permitas, ¡oh misericordiosísimo Señor!, que sea tan maltratado. Él se quedó entre nosotros de un modo tan admirable, que le podemos ofrecer en sacrificio cuantas veces queramos. Pues bien, que por este augustísimo sacrificio se ponga fin a la muchedumbre de pecados e irreverencias que se cometen hasta en el lugar mismo donde mora este Santísimo Sacramento. (Cf. Santa Teresa de Jesús, Camino, 33, 2, 4; 35, 3).

Es justo y necesario darte gracias, Padre Santo, por Cristo nuestro Señor. El, verdadero y único sacerdote, al instituir el sacrificio de la eterna alianza, se ofreció a sí mismo como víctima de salvación, y nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya. Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica.

Te pedimos, ¡oh Padre!, que la celebración de estos santos misterios nos lleve a alcanzar la plenitud de amor y de vida. (Cf. Misal Romano, Prefacio y Colecta).

Ven, Jesús, tengo los pies sucios. Hazte siervo por mí. Echa agua en la jofaina; ven, lávame los pies. Lo sé, temerario lo que te digo, pero temo la amenaza de tus palabras: «Si no te lavo los pies, no tienes nada que ver conmigo». Lávame, pues, los pies, para que tenga algo que ver contigo. ¡Pero qué digo, ¿lávame los pies?! Eso lo pudo decir Pedro, que no necesitaba lavarse más que los pies, porque todo él estaba limpio. Yo, más bien, una vez lavado, necesito ese otro bautismo del que tú, Señor, dices: «Tengo que pasar por un bautismo». (Orígenes, de Oraciones de los primeros cristianos, 63).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

miércoles, 5 de abril de 2023

SEMANA SANTA: MIÉRCOLES SANTO, la hora de las tinieblas

 


«¡Señor, ten piedad de mí! ¡Sana mi alma, porque he pecado contra ti!» (Sal 41, 5).

«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar» (Jn 13, 21; Mt 26, 21); las mismas palabras referidas por Juan, las relata Mateo, el cual añade otros detalles. No sólo era Pedro quien deseaba saber quién sería el traidor, sino también los demás estaban ansiosos por saberlo, y «consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: ¿Soy yo acaso, Señor?» (Mt 26, 22). Hasta Judas se atreve a hacer la misma pregunta. Jesús se lo había indicado veladamente a Juan: «Aquél a quien yo le dé este trozo de pan untado» (Jn 13, 26). y a la pregunta de todos había contestado de un modo indirecto: «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar» (Mt 26, 23). Pero Judas, que con cínica desenvoltura se sienta a la mesa como amigo mientras trama la traición y acepta sin temblar el revelador trozo de pan untado, no consigue permanecer encubierto; él mismo provoca la denuncia. «¿Soy yo acaso, Maestro?»; y Jesús le responde: «Así es» (ibid 25). El Maestro se ve ahora obligado a decir abiertamente lo que hasta entonces había callado con piadosa delicadeza.

Aun conociendo las intenciones de Judas, Jesús le había escogido y amado como a los demás, y le había advertido también; las palabras pronunciadas cerca de un año antes: «¿No he elegido yo a los doce? Y uno de vosotros es un diablo» (Jn 6, 70), habían sido dichas por él para ponerle sobre aviso. Durante la cena, para designarlo, el Señor recurrió a un gesto de amistad -el trozo de pan untado y ofrecido- que quería ser un tácito llamamiento; y en el huerto de los olivos hará una última tentativa para apartarlo del abismo, no rechazando, antes bien aceptando el beso del traidor. Pero Judas está ya poseído por el Maligno al que se ha entregado por treinta monedas de plata. Y Jesús se ve obligado a declarar: «El Hijo del Hombre se va…, pero ¡ay del que va a entregar al Hijo del Hombre!» (Mt 26, 24).

Palabras graves, que revelan la tremenda responsabilidad del traidor. Judas ha seguido al Maestro, no por amor, sino por egoísmo, con la mira puesta en intereses materiales; la codicia le ha vuelto ladrón: comenzó robando algunas monedas, y luego por algunas monedas traicionó a quien no le interesaba ya porque no le daba esperanza alguna de ventajas terrenas. Así se hacían verdad las palabras del salmo: «Aun el que tenía paz conmigo, aquél en quien me confiaba y comía mi pan, alzó contra mí su calcañal» (Sal 41, 10).

«Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro… La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco. Espero compasión, y no la hay, consoladores, y no los encuentro» (Sal 69, 8. 21). En los días consagrados al misterio de la Pasión, las palabras del salmista resuenan como un lamento de Cristo expuesto a la infamia, calumniado y torturado, abandonado por todos, traicionado por los amigos. «Esta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas» (Lc 22, 53), dijo el Señor en el momento de su captura. La hora en la que la traición se hace entrega a los tribunales, condena a muerte, crucifixión. Pero es también la hora fijada por el Padre para la consumación de su sacrificio, y por lo tanto la hora esperada por Cristo con vivo deseo: «Tengo que pasar por un bautismo [el bautismo de sangre de su pasión], ¡y qué angustia hasta que se cumpla!» (Lc 12, 50). Y también: «He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer» (ibid 22, 15), y se trataba de la Pascua que anticipaba en la Cena eucarística su sacrificio.

El sacrificio de Cristo suponía un traidor. Esto estaba previsto por las Escrituras; éstas, sin embargo, no determinaron la traición, pero la anunciaron precisamente porque había de acaecer. Y aunque todo estaba preordenado por Dios, que tanto ha amado al mundo hasta entregar a su propio Hijo para salvarlo, no por eso está sin culpa el hombre que voluntariamente se hizo traidor. «¿Qué puede aducir Judas sino el pecado?, —dice san Agustín—. Al poner a Cristo en manos de los judíos, él no pensó, ciertamente, en nuestra salvación, por la cual, sin embargo, Cristo se dejó entregar al poder de sus enemigos. Judas pensó en el dinero que ganaría, y halló en él la ruina de su alma» (In loan 62, 4).

El acto infame sirvió a los planes de Dios para conducir a Cristo a su pasión. «Judas entregó a Cristo, y Cristo se entregó por sí mismo: Judas para realizar su horrible tráfico, Cristo para realizar nuestra redención» (ibid). La pasión de Cristo, aun en esta concurrencia de causas divinas y humanas, es un misterio inefable: es preferible contemplarlo en la oración a considerarlo según la lógica humana. Y cada uno queda advertido, pues en todo hombre puede, de alguna manera, esconderse un traidor. Pero el perdón concedido a Pedro y al buen ladrón está ahí, para testimoniar que en el corazón destrozado de Cristo hay un amor infinito, capaz de destruir cualquier pecado confesado y llorado.

 

¡Oh Jesús, qué excesiva fue tu bondad para con el duro discípulo!… Aunque no me expliques la impiedad del traidor, me impresiona infinitamente más tu dulcísima mansedumbre, ¡oh Cordero de Dios! Esta mansedumbre se nos da a nosotros por modelo… He aquí, ¡oh Señor!, que el hombre de las confidencias únicas, el hombre que parecía tan unido a ti, tu consejero y tu íntimo, el hombre que saboreó tu pan, el hombre que en la santa cena comió contigo las dulces viandas, ese hombre descargó contra ti el golpe de la iniquidad. Y no obstante…, tú, mansísimo Cordero…, no vacilaste en entregar tu rostro a la maliciosísima boca, a la boca que, en el momento de la traición, te besó… Nada le ahorraste, nada le negaste que pudiera suavizar la pertinacia de un corazón malo (El madero de la  vida, 17).

¡Cuántos son, buen Jesús, los que te golpean! Te golpea tu Padre, porque no te perdonó, sino que te entregó como víctima por todos nosotros. Y te golpeas tú mismo, ofreciendo a la muerte tu vida, la que ninguno puede quitarte, si tú no quieres. Te golpea, además, el discípulo que te traiciona con un beso. Te golpea el judío con patadas y bofetadas; y te golpean los gentiles con azotes y con clavos. ¡Mira, cuántas personas, cuántas humillaciones, cuántos verdugos!

¡Y cuántos los que te entregan! El Padre celestial te entregó por todos nosotros: y tú te entregaste a ti mismo, como gozosamente cantaba san Pablo: «Me amó hasta en regarse por mí». ¡Qué cambio realmente maravilloso! Se entregó a sí mismo el Señor por el siervo, Dios por el hombre, el Criador por la criatura, el Inocente por el pecador. (San Buenaventura, La vid mística. Opúsculos místicos).

Benigno Señor mío, ¿Cómo podré darte gracias por soportarme, a mí, que he obrado mil veces peor que Judas? A él le hiciste tu discípulo, y a mí tu esposa e hija… ¡Oh Jesús mío!, yo te he traicionado, no una sola vez como él, sino miles e infinitas veces… ¿Quién te crucificó? Yo. ¿Quién te azotó atado a la columna? Yo. ¿Quién te coronó de espinas? Yo. ¿Quién te dio a beber vinagre y hiel? Yo. Señor mío, ¿sabes por qué te digo todas estas cosas?  Porque he comprendido… con tu luz, que mucho más te afligieron y dolieron los pecados mortales que yo he cometido, que lo que te afligieron y dolieron todos aquellos tormentos. (Beata Camila Da Varano, Los dolores mentales de Jesús, 8).

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

martes, 4 de abril de 2023

SEMANA SANTA: MARTES SANTO, gloria y traición


«¡Oh Señor!, sé para mí «mi roca de refugio, el alcázar donde me salve»
 (Sal 71, 3).

Tras el confortable descanso en Betania, Jesús vuelve a Jerusalén, donde afronta los últimos agudizados debates con los fariseos y sigue instruyendo al «Hizo de mi boca una espada afilada… me hizo flecha bruñida»; la presentación que el Siervo del Señor hace de sí mismo por medio de Isaías (Is 49, 1-6) puede aplicarse a Cristo altercando y contendiendo con sus adversarios, no porque él sea espada o flecha que quiera destruirlos, ¡él, que ha venido a salvar, no a condenar! (Jn 3, 17), sino porque con libertad divina denuncia sus errores y les reprocha su malicia. Sin embargo, siempre habrá criaturas que, como los fariseos, rechacen el mensaje y el amor de Cristo.

Esta es la causa de las angustias más amargas de su pasión, y en las palabras del profeta puede vislumbrarse una alusión a las mismas: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas» (Is 49, 4). Pero la angustia de Cristo va siempre acompañada de la confianza en el Padre, que lo escondió «en la sombra de su mano» y que en él manifestará su gloria (ibid 2-3), compensación infinita a todas las repulsas de los hombres. Dios, en efecto, no abandonará para siempre a las humillaciones o a la muerte a su Hijo amado, sino que lo librará con la resurrección, mostrando de esta manera al mundo la propia gloria y la de su Cristo.

Jesús mismo se expresará en este sentido en la noche de la última cena, inmediatamente después de haber declarado que estaba a punto de ser traicionado: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31). «Ahora» porque la traición introduce a Cristo en la pasión y ésta le introduce en la gloria que el Padre le ha preparado, la cual se convertirá en glorificación del Padre mismo y en salvación de los hombres. La pasión se presenta siempre como camino para la exaltación de Cristo y para la salvación del mundo. También el profeta la había vislumbrado bajo esta luz cuando concluía las alusiones a los padecimientos del Siervo del Señor con esta grandiosa declaración: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra» (Is 49, 6).

En el tramo del Evangelio de Juan que la Liturgia propone hoy a la consideración de los fieles, se dan cita las declaraciones más tristes que Jesús haya hecho a los suyos: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar... no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces» (Jn 13, 21. 38). Jesús sabe que le espera la traición, pero su presencia no le insensibiliza; al acercarse la hora, Juan atestigua que Jesús estaba «profundamente conmovido» (ibid 21). Es el estremecimiento de la humanidad del Redentor, que, aun siendo Dios, ama y sufre con corazón de hombre.

Aquella turbación de espíritu despierta un eco especial en Pedro, el apóstol ardiente e impetuoso, que quiere saber inmediatamente quién va a ser el traidor; tal vez para reprocharle su infame proyecto e impedírselo. Y no supone, ni siquiera remotamente, que también él puede quedar atrapado en el lazo de la tentación. Su amor al Maestro es grande y sincero, pero presuntuoso, demasiado seguro de sí mismo; Pedro necesita aprender que nadie puede considerarse mejor que los demás, ni siquiera mejor que los traidores. Y he ahí, que, en esa misma noche, pocas horas después de haber declarado al Señor: «Daré mi vida por ti», experimenta amargamente su debilidad. La experimenta por vez primera en Getsemaní, donde, como los demás, se deja tomar por el sueño mientras Jesús agoniza; la segunda vez, cuando capturan a Jesús y él huye, hecho un puro miedo; la tercera, la más dolorosa, en el patio del palacio de Caifás. Una criada le reconoce como discípulo del Nazareno, y Pedro, vencido por el pánico, niega: «Ni sé ni entiendo lo que quieres decir» (Mc 14, 68); así, por tres veces, es más, la última más expresamente, pues Marcos refiere que «se puso a echar maldiciones y a jurar: No conozco a ese hombre que decís» (ibid 71).

Marcos es el evangelista que más minuciosamente describe la negación de Pedro; es la humilde confesión de la propia deslealtad que el Cabeza de los Apóstoles hace por boca de su discípulo, para que sirva de advertencia a todos los creyentes. Nadie puede considerarse seguro de no caer. Tal vez al cantar el gallo, y, sobre todo, al recibir la mirada de Jesús, que se volvió hacia él y le miró (Lc 22, 61), Pedro recapacitó, y juntamente con la predicación del Maestro le volvieron al alma sus palabras, pronunciadas en aquella misma noche: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). Pedro no tiene ya necesidad de que el Maestro insista; ahora ha comprendido, y «saliendo afuera, lloró amargamente» (Lc 22, 62). ¡Benditas lágrimas de arrepentimiento que lavan y derriten la presunción en humildad!

 

¡Oh Dios de mi alma, qué priesa nos damos a ofenderos y cómo os la dais Vos mayor a perdonarnos! ¿Qué causa hay, Señor, para tan desatinado atrevimiento? ¿Si es el haber ya entendido vuestra gran misericordia y olvidarnos de que es justa vuestra justicia?

«Cercáronme los dolores de la muerte». — ¡Oh, oh, oh, qué grave cosa es el pecado, que bastó para matar a Dios con tantos dolores! ¡Y cuán cercado estáis, mi Dios, de ellos! ¿Adónde podéis ir que no os atormenten? De todas partes os dan heridas los mortales.

¡Oh, ceguedad grande, Dios mío! ¡Oh, qué grande ingratitud, Rey mío! ¡Oh, qué incurable locura, que sirvamos al demonio con lo que nos dais Vos, Dios mío! ¡Que paguemos el gran amor que nos tenéis con amar así a quien os aborrece y ha de aborrecer para siempre! ¡Que la sangre que derramasteis por nosotros, y los azotes y grandes dolores que sufristeis, y los grandes tormentos que pasasteis en lugar de vengar a vuestro Padre Eterno… tomamos por compañeros y amigos a los que así os trataron!…

¡Oh mortales!… ¿Es porque veis a esta Majestad atado y ligado con el amor que nos tiene? ¿Qué más hacían los que le dieron la muerte, sino después de atado darle golpes y heridas?

¡Oh, mi Dios, cómo padecéis por quien tan poco se duele de vuestras penas! (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 10, 1; 12, 3, 5).

¡Acuérdate, Jesús mío, qué cara te he costado! ¡Acuérdate, Dios piadoso, que por mí, pecadora, pagaste en el madero de la cruz amarga! ¡Acuérdate, benigno Redentor mío, de lo que he deseado hacer y no de lo que he hecho!…

¡Oh dulce Señor Jesucristo, cuántas veces te he dado la hiel amarga a cambio de la miel que tú me has dado! ¡Cuántos pecados contra tantos dones! ¡Cuántos males contra tantos bienes! ¡Oh cuántas veces, mientras he gozado de tus cosas…, te he ofendido con esas mismas cosas tuyas.

¡Oh cuántas veces, cobrando tu paga, he militado bajo el estandarte del demonio y del mundo! Concédeme, ahora ya, la gracia de devolverte… bien por bien y no mal por bien, gratitud y no ingratitud, y que sienta siempre amargura cuando haga o piense algo que sea contra tu Majestad; y que de aquí en adelante, te devuelva amor por amor, sangre por sangre, vida por vida. (Beata Camila Da Varano, Cartas).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.