domingo, 20 de julio de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 16º Domingo del Tiempo Ordinario: “Sólo una cosa es necesaria”

 

«Señor mío..., te ruego no pases de largo junto a tu siervo» (Gn 18, 3).

La presencia de Dios entre los hombres y la hospitalidad a él ofrecida por éstos, son el tema sugestivo de la primera lectura y del Evangelio del día.

En la primera lectura (Gn 18, 1-10a) tenemos la singular aparición de Yahvé a Abrahán por medio de tres misteriosos personajes, portadores visibles de la invisible majestad de Dios. La premura excepcional con que Abrahán los acoje y el generoso banquete que les prepara revelan en el patriarca la intuición de un suceso extraordinario, divino. «Señor mío -dice postrándose hasta la tierra-, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo» (ib 3). Más que una invitación, estas palabras son una súplica reveladora de su ansia de hospedar al Señor, acogerlo en su tienda y tenerlo junto a sí.

Abrahán se muestra también aquí como «el amigo de Dios» (Is 41,8) que trata con él con sumo respeto y, al mismo tiempo, con confianza humilde y vivo deseo de servirle. Terminada la comida, la promesa de un hijo, a pesar de la avanzada edad de Abrahán y de Sara, descubre claramente la naturaleza sobrenatural de los tres personajes, uno de los cuales habla como hablaría Dios mismo (ib 13). Una tradición cristiana antigua ha visto en esta aparición -tres hombres saludados por Abrahán como si fuesen una sola persona- una figura de la Santísima Trinidad. Como quiera que sea es cierto que «el Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré» (ib 1), le habló y trató familiarmente hasta sentarse a su mesa.

También el Evangelio del día (Lc 10, 38-42) muestra a Dios sentado a la mesa del hombre, pero con una circunstancia absolutamente nueva, la de su Hijo hecho carne, venido a habitar en medio de los hombres. La escena tiene lugar en Betania, en casa de Marta, donde Jesús es acogido con una premura muy similar a la de Abrahán con sus visitantes. Como él, Marta se apresura a preparar un convite desacostumbrado; pero su solicitud no es compartida por su hermana, la cual, imitando más bien el ansia de Abrahán de conversar con Dios, aprovecha la visita del Maestro para sentarse a sus pies y escucharlo. En realidad, aunque las intenciones de Marta sean óptimas y su afanarse sea expresión de amor, hay un modo mejor de acoger al Señor, como él mismo lo declara, y es el elegido por María.

En efecto, cuando Dios visita al hombre, lo hace sobre todo para traerle sus dones, su palabra; y nadie afirmará que sea más importante afanarse que escuchar la palabra del Señor. Siempre valdrá más lo que Dios hace y dice a los hombres que lo que éstos pueden hacer por él. «Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria» (ib 41-24). Tan necesaria es, que sin ella no hay salvación, porque la palabra de Dios es palabra de vida eterna, y es de necesidad absoluta escucharla. Lo que salva al hombre no es la multiplicidad de las obras, sino la palabra de Dios escuchada con amor y vivida con fidelidad. «María ha escogido la parte mejor» (ib 42).

Esta elección no es patrimonio exclusivo de los contemplativos, sino que todo cristiano debe -en cierta medida- hacerla suya, no presumiendo darse a la acción sin haber profundizado antes la palabra de Dios en la oración. Sólo así será capaz de vivir el Evangelio, aunque el hacerlo le resulte arduo y le exija sacrificios. San Pablo podía decir con alegría: «completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia» (CI 1, 24; 2.a lectura), porque había meditado a fondo el evangelio de la cruz o, habiendo penetrado el misterio de Cristo, había encontrado fuerza para revivirlo en sí mismo.

 

Oye, Señor, la voz interior que dirigí a tus oídos con esfuerzo animoso. Compadécete de mí y óyeme. A ti dirijo mi corazón: Busqué tu rostro. No me presenté a los hombres, sino que en lo escondido, donde sólo oyes tú, te dijo mi corazón: Busqué tu rostro, no algún premio fuera de ti. Buscaré, Señor, tu rostro, perseveraré en la búsqueda incansablemente. No buscaré a algo vil, oh Señor, sino tu rostro, a fin de amarte gratis, porque no encuentro cosa más estimable. (San Agustín, In Ps, 26, I, 7-8).

¡Oh Señor! Dame el anhelo de escucharte. Existe a veces una necesidad tan imperiosa de callar, que una quisiera permanecer como María Magdalena, ese maravilloso ejemplo de vida contemplativa, a tus pies, ¡oh divino Maestro!, ávida de conocerlo todo, de penetrar cada vez más, en el misterio del amor que has venido a revelarnos. Haz que durante los momentos de actividad, mientras desempeño el oficio de Marta, mi alma pueda permanecer siempre adorante, inmersa, como María Magdalena, en tu contemplación, bebiendo ininterrumpidamente de esta fuente como un sediento. Así es como entiendo yo, Señor, el apostolado: podré irradiarte, darte a las almas, cuando esté en contacto continuo con esta divina fuente. Haz que me compenetre tan profundamente contigo, Maestro divino, que permanezca en íntima unión con tu alma y me identifique con todos tus sentimientos, para luego vivir como tú, cumpliendo la voluntad del Padre. (Cf. Isabel de la Trinidad, Cartas, 137).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

jueves, 17 de julio de 2025

JESUCRISTO, TÚ SÍ QUE VALES: Bienaventuranzas del seminarista

Tema del episodio Nº 16 del ciclo:

Bienaventuranzas del seminarista

“Jesucristo, Tú sí que vales”, es un micro programa de reflexión vocacional, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, quien era en el momento de su emisión original en antena el Director Espiritual del Seminario "San Bartolomé" de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, España.

Se emitió originalmente en el curso pastoral 2012-2013 todos los viernes al mediodía en Cope Cádiz, y posteriormente por Radio María España.

La locución está realizada por el Sr. Nino Romero.


domingo, 13 de julio de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 15º Domingo del Tiempo Ordinario: ¿Qué he de hacer para ganar la vida eterna?

 

“Esté tu palabra, Señor, en mi boca y en mi corazón para ponerla en práctica” (Dt 30, 14).

La ley de Dios es el gozne sobre el que gira la Liturgia de hoy. “Escucha la voz del Señor tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos” (Dt 30, 10). Dios no se ha quedado extraño a la vida del hombre, sino que se ha inclinado sobre él, ha pactado con él una alianza y le ha manifestado su voluntad por la ley. No es una ley abstracta, impuesta sólo desde fuera, sino escrita en el corazón del hombre desde el primer momento de la creación; una ley, por lo tanto, acorde con su naturaleza, coincidente con sus exigencias esenciales y apta para conducirlo a la plena realización de sí según el fin que Dios le ha asignado.

“El precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable –dice el sagrado texto-. Está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo” (ib 11. 14). Esa palabra se hizo luego inefablemente cercana al hombre cuando la Palabra eterna de Dios, su Verbo, se hizo carne y vino a plantar su tienda en medio de los hombres, revelándoles del modo más pleno la voluntad divina expresada en los mandamientos y enseñándoles a practicarlos con perfección.

El Evangelio del día (Lc 10, 25-37) presenta justamente a Jesús al habla con un doctor de la ley acerca del mandamiento primero: el amor a Dios y al prójimo. El doctor interroga al Maestro no por deseo de aprender, sino “para ponerlo a prueba” (ib 25), y termina su consulta preguntándole: “¿Y quién es mi prójimo?” (ib 29). Jesús no le responde con una definición, sino con la historia de un hombre caído en manos de bandoleros, despojado y abandonado medio muerto en el camino. Dos individuos pasan al lado –un sacerdote y un levita-, lo ven, pero siguen adelante sin cuidarse de él; sólo un samaritano se detiene compasivo y le socorre.

La conclusión es clara: no hay que hacer distinciones de religión, ni de raza, ni de amigo o enemigo; todo hombre necesitado de ayuda es “prójimo” y debe ser amado como se ama cada uno a sí mismo. Más aún, la parábola obliga al doctor de la ley a reconocer que quien ha cumplido la ley ha sido no un hombre instruido especialmente en ella -como el sacerdote o el levita-, sino por un samaritano, tenido por los judíos como incrédulo y pecador; y éste precisamente es propuesto como modelo al que, con mentalidad farisaica, se considera justo, impecable y observante de la ley.

“Anda, haz tú lo mismo” (ib 37), le dice Jesús. Poco importa, en efecto, conocer la moral a la perfección, discutir y filosofar en torno a ella, cuando no se sabe cumplir los deberes más elementales en casos tan claros y urgentes como el propuesto por la parábola. El que tiene el corazón duro y es egoísta, siempre hallará mil excusas para eximirse de la ayuda al prójimo, sobre todo cuando el hacerlo le sea incómodo y le exija sacrificio.

La segunda lectura (Col 1, 15-20) trata un argumento del todo diferente; celebra las grandezas de Cristo: su primado absoluto sobre todas las criaturas, creadas “por él y para él” (ib 16), y su soberanía sobre los hombres, reconciliados con Dios “por medio de él” y redimidos “por la sangre de su cruz” (ib 20). Con todo es posible ponerlo en relación con el Evangelio del día: Jesús, que es “imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura”, quiere ser reconocido y amado por los hombres en una imagen tan humilde y tan visible como el prójimo. “Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40); es como decir que el cristiano tiene que amar al prójimo no sólo como a sí mismo, sino como está obligado a amar a su Señor.

 

“Oh Dios, que muestras a los errantes la luz de tu verdad para que puedan volver al camino recto; concede a todos los que se profesan cristianos rechazar lo que es contrario a este nombre y seguir, lo que le es conforme. (Misal Romano, Colecta).

“Oh caridad, tú eres el dulce y santo lazo que une al alma con su Creador; tú unes a Dios con el hombre y al hombre con Dios. Oh caridad inestimable, tú has tenido clavado sobre el árbol de la santísima cruz al Dios-hombre; tú reúnes a los enemistados, unes a los separados, enriqueces a los que son pobres de virtud porque das vida a todas las virtudes. Tú das la paz y destruyes la guerra; das paciencia, fortaleza y larga perseverancia en toda buena obra; nunca te cansas y nunca te separas del amor de Dios y del prójimo, ni por penas ni por aflicciones, ni por injurias, escarnios o villanías. Tú ensanchas el corazón, el cual acoge a amigos y enemigos y a toda criatura, porque se ha revestido del afecto de Cristo y le sigue a él.

¡Oh Cristo, dulce Jesús! Concédeme esa inefable caridad, para que sea perseverante y nunca cambie, porque quien posee la caridad está fundado en ti, piedra viva, es decir, ha aprendido de ti a amar a su Creador, siguiendo tus huellas. En ti leo la regla y la doctrina que me conviene tener, porque tú eres el camino, la verdad y la vida; por donde, leyendo en ti, que eres libro de vida, podré andar el camino recto y atender sólo al amor a Dios y a la salvación de mi prójimo” (Santa Catalina de Siena, Epistolario, 7).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.


sábado, 12 de julio de 2025

SACERDOCIO: Reflexión sobre el suicidio de un joven sacerdote

El pasado sábado, 5 de julio, falleció un joven sacerdote italiano. Tras no presentarse a celebrar la eucaristía, algunas personas fueron a su casa y lo encontraron muerto. La diócesis de Novara, en una nota oficial, confirmó que se trataba de un suicidio. Al parecer, el sacerdote llevaba una vida normal y era apreciado por los fieles. No se conocen los motivos que le llevaron a quitarse la vida.

Las tasas de suicidio, en nuestros países europeos, son relativamente altas, algo más de 10 por cada 100.000 habitantes; en algunos países de América o África son bastante más altas. Es un tema del que no se suele hablar. Es lógico suponer que, entre los sacerdotes, religiosas y religiosos, en este tema y en otros (adicciones, determinadas tendencias), las tasas serán similares a las del conjunto de la población. Pero el fallecimiento del sacerdote italiano ha sido muy comentado en redes sociales, bastante más que otros casos similares.

Antiguamente, hechos como este eran muy mal vistos y juzgados negativamente. El código de derecho canónico de 1917 excluía a quienes se quitaban la vida del derecho a las exequias cristianas. Esta prohibición ha desaparecido del actual código. En el caso que nos ocupa, el funeral fue presidido por el Obispo de la diócesis, Mons. Franco Giulio Brambilla, que hizo una emotiva homilía y se preguntó qué nos dice a todos la muerte de Don Matteo. Sí, qué dice la muerte de una persona querida y valorada por los jóvenes a los propios jóvenes. Y qué dice una muerte así a los obispos y a los sacerdotes.

Una muerte es siempre una pregunta frente a Dios. Y toda pregunta pide una respuesta. Pero el exceso de preguntas puede desvirtuar la respuesta. No es sano preguntar continuamente al amado si te ama. Deberíamos aprovechar la ocasión para preguntarnos por el tipo de formación afectiva que se da en los seminarios; por los primeros destinos a los que se envía a los jóvenes sacerdotes; y por la soledad que todos sentimos, pero los célibes de un modo especial. Todos necesitamos amor, y solo con amor podemos superar nuestras debilidades. Y el amor de Dios pasa siempre por el amor a y de los hermanos y por la manera de situarnos con y frente a ellos.

El Vaticano II, a propósito del voto de castidad de los religiosos, dijo algo muy sabio: “recuerden todos, especialmente los superiores, que la castidad se guarda más seguramente cuando entre los hermanos reina verdadera caridad fraterna en la vida común”. En el contexto del amor, la castidad se guarda fácilmente. En la soledad, seguramente ya no tanto. En el contexto del amor, la vida tiene sentido. Fuera de este contexto, la vida resulta, a veces, insoportable.

Cuando un sacerdote está contento con su ministerio, cuando está ocupado, cuando reza, cuando vive fraternalmente y se siente querido, las depresiones desaparecen pronto. Yo no sé qué es lo que llevó a este sacerdote italiano a tomar la decisión que tomó, pero de una cosa estoy seguro: el buen sacerdote no quería quitarse la vida; en todo caso, quería quitarse de encima lo insoportable de la vida. Cuidemos las vidas y estemos atentos a los hechos y acontecimientos que, a veces, las hacen insoportables, para atacar lo insoportable y cuidar la vida.

por Martín Gelabert Ballester, op

jueves, 10 de julio de 2025

SACERDOCIO: Reflexión ante el suicidio de un sacerdote

 

Un joven sacerdote italiano apareció, la pasada semana, muerto en su casa. Se había suicidado. La noticia ha provocado infinidad de ecos.

Quizás impresiona especialmente al imaginar que la fe -que damos por supuesto y asentada en la vida de alguien que se consagra de este modo- no fue suficiente. Que no encontró en el evangelio la fortaleza necesaria para seguir, que la noche oscura que sin duda atravesó (fueran los motivos los que fueran) no se disipó con la luz del espíritu. Impresiona. Pero es real. Y es así.

Ni siquiera la fe nos protege de la vida, de la tormenta y de la fragilidad del ser humano. El sacerdote no es alguien que, por tenerlo todo mucho más claro se haya convertido en un cristiano invulnerable. De hecho no lo tiene todo mucho más claro. Participa de las zozobras, de los quebrantos, de los temores y las inseguridades; del mismo modo que participa de las alegrías, las fiestas, la valentía y la convicción del ser humano ante las incertidumbres de la vida.

Ama a Jesús hasta el punto de consagrar su vida, pero eso no quiere decir que en ocasiones no se vea sacudido por las olas, con miedo a naufragar, y tenga que gritar, como aquellos primeros pescadores: “Sálvanos que perecemos”.  Su fe no es un seguro a prueba de tristezas y soledades. Su oración en ocasiones será pozo en que saciar la sed, y en otras ocasiones resultará árida y silenciosa.  Hay días en que cargará con el peso de muchas heridas propias y ajenas, y días en que se sentirá incapaz de hacerlo.

Hay días en que la Eucaristía le vendrá grande y se verá desbordado por lo que conmemora. Quizás haya en su propia historia equivocaciones, fracasos y pobrezas que no lo hacen menos digno del evangelio, sino en realidad uno de sus personajes más reales. Es buen pastor, sí, pero también hijo pródigo. Es buen samaritano, pero también herido al borde del camino. Es discípulo, enviado a sanar corazones afligidos, a la vez que llora a los pies del maestro por todo lo que en su propia vida ha sido mediocridad e incoherencia.

Como sacerdotes tenemos que ser capaces de contar también esto. Que el seguimiento de Jesús no es la virtud especial de héroes más fuertes, más creyentes, más sólidos. Que hay días en que nos muerde la soledad, sentimos la sobrecarga, puede la impotencia al no saber responder a lo que otros necesitan, y parece que la motivación escasea. Que en ocasiones nos hartamos de nosotros mismos. Y de luchar siempre batallas que parecen no tener final.

Sin dramatizar tampoco. Es la vida de tanta gente, con sus sombras y aristas. Pero si no somos capaces de compartir también esto, al final el camino puede hacerse demasiado cuesta arriba. Y entonces hay quien abandona. O quien se convierte en funcionario. Quien se instala en la amargura. O, desgraciadamente, quien no puede más y se rinde de la vida. 

por José María Rodríguez Olaizola, sj

domingo, 6 de julio de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 14º Domingo del Tiempo Ordinario: Paz de Cristo y tribulación del mundo

 

«Señor de la Paz, concédenos la paz siempre y en todos los órdenes» (2 Ts 3, 16).

El tema de la paz emerge de las lecturas de hoy donde se la presenta en sus múltiples aspectos.

La primera lectura (Is 66, 10-14c) habla de ella como síntesis de los bienes -gozo, seguridad, prosperidad, tranquilidad, consuelo- prometidos por Dios a Jerusalén restaurada tras el destierro de Babilonia. “Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz; como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones… Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (ib 12-13). Se ve claro por el contexto que se trata de un don divino, característico de la era mesiánica. Será Jesús el portador de esa paz que es a un tiempo gracia, salvación y felicidad eterna no sólo para los individuos sino para todo el pueblo de Dios que confluirá de todas las partes del mundo a la Jerusalén celestial, el reino de la paz perfecta.

Pero también la Iglesia, la nueva Jerusalén terrena, posee ya el tesoro de la paz ofrecido por Jesús a los hombres de buena voluntad y tiene la misión de difundirla en el mundo. Este fue el encargo confiado por el Salvador a los setenta y dos discípulos enviados a predicar el Reino de Dios (cfr. Evangelio de la Santa Misa de hoy: Lc 10, 1-12. 17-20). “Poneos en camino. Mirad que os mando como corderos en medio de lobos” (ib 3). Esta expresión indica precisamente una misión de mansedumbre, de bondad y de paz semejante a la de Jesús, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29), no condenando a los pecadores, sino inmolándose a sí mismo, estableciendo la paz mediante la sangre de su cruz.

“Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros” (Lc 10, 5-6). No se trata de un simple saludo augural, sino de una bendición divina obradora de bien y de salvación. Donde “descansa” la paz de Jesús que ha reconciliado a los hombres con Dios y entre sí, descansa la salvación. El hombre que la acoge está en paz con Dios y con los hermanos, vive en la gracia y el amor y está a salvo del pecado. Esta paz se posa sobre la “gente de paz”, o sea sobre los que llamados por Dios a la salvación, corresponden a la invitación aceptando sus exigencias; esos son los herederos afortunados de la paz de Cristo y de los bienes mesiánicos.

Pero Jesús advierte que no espere nadie una paz parecida a la que ofrece el mundo, promesa ilusoria de una felicidad exenta de todo mal. “No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14, 27), ha dicho él; porque su paz es tan profunda que puede coexistir hasta con las tribulaciones más punzantes. Si el mundo se mofa de esa paz y la rechaza, los discípulos, aunque sufriendo por el rechazo, no pierden la paz interior ni dejan de anunciar “el Evangelio de la paz” (Ef 6, 15). Humildes, pobres, sin pretensiones y contentos con cubrir las necesidades de la vida (Lc 10, 4. 7-8), continúan en el mundo la misión de Jesús ofreciendo a quien quiera acogerla “la buena noticia de la paz” (Hc 10, 36).

San Pablo (segunda lectura: Gál 6, 14-18) es el prototipo. En su apostolado, no busca otro apoyo ni otra gloria que “la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (ib 14), por la cual se considera crucificado a todo cuanto el mundo puede ofrecerle: ventajas materiales, gloria, acomodo. El mundo no tiene atractivo para quien se ha dejado fascinar por el Crucificado y se complace en llevar sobre su cuerpo “las marcas de Jesús” (ib 17). Tiene, pues, derecho a que le dejen tranquilo en la paz de su Señor, la que invoca para sí y para cuantos sigan su ejemplo: “La paz y la misericordia de Dios venga sobre todos los que se ajustan a esta norma” (ib 16).

 

“Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo has levantado el mundo, danos tu gozo, para que libres de la opresión de la culpa, podamos gozar de la felicidad sin fin” (Misal Romano, Oración Colecta).

“Señor, Dios omnipotente, Jesucristo, rey de la gloria, tú eres la verdadera paz, la caridad eterna, ilumina, te lo ruego, con la luz de tu paz el fondo de nuestras almas, purifica nuestra conciencia con la dulzura de tu amor. Concédenos ser hombres de paz, desearte a ti, príncipe de la paz, y estar protegidos y custodiados de continuo por ti contra los peligros del mundo. Haz que bajo las alas de tu benevolencia, busquemos la paz con todas las fuerzas de nuestro corazón, así podremos ser acogidos en los gozos eternos cuando vuelvas a recompensar a los que lo merecen.

Señor Jesucristo, tú eres la paz de todos los hombres: los que te hallan, hallan el descanso; los que te abandonan son heridos por los males más implacables. Concédenos, Señor, te lo rogamos que no demos el beso de Judas; concédenos la paz que tu sacramento ha prescrito a los demás apóstoles difundir. Haz que tu Iglesia halle en nosotros, durante el curso de nuestra vida terrena, hombres de paz, para loar tu bondad y así compartamos un día la felicidad que no tiene fin” (Prières eucharistiques, 64a; 93).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.


jueves, 3 de julio de 2025

JESUCRISTO, TÚ SÍ QUE VALES: Anunciamos lo que hemos visto

Tema del episodio Nº 15 del ciclo:

Anunciamos lo que hemos visto

“Jesucristo, Tú sí que vales”, es un micro programa de reflexión vocacional, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, quien era en el momento de su emisión original en antena el Director Espiritual del Seminario "San Bartolomé" de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, España.

Se emitió originalmente en el curso pastoral 2012-2013 todos los viernes al mediodía en Cope Cádiz, y posteriormente por Radio María España.

La locución está realizada por el Sr. Nino Romero.


domingo, 29 de junio de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Santoral: Santos Pedro y Pablo

 

«El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo» (2 Tm 4, 18).

1. - «Estos son los que mientras estuvieron en la tierra con sangre plantaron la Iglesia: bebieron el cáliz y lograron ser amigos de Dios» (Antífona de Entrada). La Iglesia une en una sola celebración a Pedro jefe de la Iglesia y a Pablo el Apóstol de las gentes. Uno y otro son el fundamento vivo de la Iglesia plantada con las fatigas de su predicación incesante y fecundada, por fin, con su martirio. Este es el primer aspecto iluminado por las lecturas del día. La primera (Hc 12, 1-11) recuerda uno de los encarcelamientos de Pedro, que tuvo lugar por orden de la autoridad política, que -como en el proceso de Jesús- lo hizo porque «esto agradaba a los judíos» (ib 3). De este modo Pedro corre la misma suerte que Jesús. No puede ser de otra manera, porque «no está el discípulo por encima de su maestro» (Mt 10, 24) y ya había avisado el Maestro: «si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15, 20). Mas a Pedro no le ha llegado todavía la hora suprema y así, mientras «la Iglesia oraba a Dios insistentemente por él» (Hc 12, 5), un ángel del Señor se le presentó para librarlo.

También Pablo es presentado hoy entre cadenas (2 Tm 4, 6-8. 17-18), pero la suya es la prisión definitiva que terminará con el suplicio. El Apóstol es consciente de su situación, con todo sus palabras no revelan amargura, sino la serena satisfacción de haber gastado su vida por el Evangelio: «Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida» (ib 6-8).

Los dos Apóstoles en cadenas atestiguan que sólo es verdadero discípulo de Cristo el que sabe afrontar por él las tribulaciones y persecuciones, y hasta el mismo martirio. Al mismo tiempo las vicisitudes de cada uno demuestran que Cristo no abandona a sus apóstoles perseguidos: interviene en su ayuda para salvarlos de los peligros -como cuando Pedro fue librado de la cárcel- o para sostenerlos en sus dificultades, como declara Pablo: «El Señor me ayudó y me dio fuerzas... El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo» (ib 17.18). Para el discípulo que, como Pablo, desea unirse a Cristo, el mismo martirio es una liberación; más aún, es la liberación definitiva que a través de la muerte le introduce en la gloria de su Señor.

2.- El Evangelio (Mt 16, 13-20) recuerda el episodio de Cesárea, cuando Simón Pedro, a la pregunta del Maestro, hace su magnífica profesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (ib 16). Jesús le responde congratulándose con él por la luz divina que le ha permitido penetrar su misterio de Hijo de Dios y Salvador de los hombres; y como reflejándose en el discípulo que le ha reconocido, lo hace partícipe de sus características y poderes. Cristo, piedra angular de la Iglesia (Hc 4, 11), se asocia al Apóstol como fundamental de la misma: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18). El, que ha recibido del Padre «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18), lo transmite a Pedro: «Te daré las llaves del Reino de los Cielos», y le confiere la potestad suprema de atar y desatar (Mt 16, 19). Pedro no comprende enseguida el alcance de esa investidura que lo liga estrechamente a Cristo; lo irá comprendiendo progresivamente por la continua intimidad con el Maestro y la experiencia dolorosa de su propia fragilidad. Cuando Jesús lo rechace por su protesta frente al anuncio de la Pasión, o cuando una sola mirada suya le haga descubrir toda la vileza de su negación, Pedro intuirá que el secreto de su victoria estará sólo en la plena comunión con Cristo, animada de una absoluta confianza en él y vivida en la semejanza con su cruz. Entonces estará preparado a escuchar: «Apacienta mis corderos..., apacienta, mis ovejas» (Jn 21, 15-16).

Constituido ya pastor del rebaño del Señor, Pedro mismo instruirá a los creyentes sobre sus relaciones con Cristo y sobre su puesto en la Iglesia: «Acercándoos a él, piedra viva..., también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual» (1 Pe 2, 4-5). Como las prerrogativas de Pedro continúan siendo las del Papa, así las prerrogativas de los primeros cristianos deben ser las de los fieles de todos los tiempos. Unidos a Cristo, «piedra viva», y a su Vicario, «piedra fundamental», también ellos son «piedras vivas» destinadas a edificar y sostener la Iglesia. Y esto mediante la oración particular por el Papa -a imitación de la primera comunidad cristiana que oraba por Pedro encadenado-, y mediante el ofrecimiento «de sacrificios espirituales» concretados en una fidelidad plena al Evangelio, a la Iglesia y al Vicario de Cristo, a pesar de las dificultades y persecuciones, confiando en el que dijo: «Las puertas del infierno no prevalecerán» (Mt 16, 18).

 

¿Qué gracias os daremos, oh bienaventurados apóstoles, por tantas fatigas como por nosotros habéis soportado? Me acuerdo de ti, oh Pedro, y quedo atónito; me acuerdo de ti, oh Pablo, y... me deshago en lágrimas. No sé qué decir, ni sé proferir palabra contemplando vuestros sufrimientos. ¡Cuántas prisiones habéis santificado, cuántas cadenas honrado, cuántos tormentos sostenido, cuántas maldiciones tolerado! ¡Qué lejos habéis llevado a Cristo! ¡Cómo habéis alegrado las iglesias con vuestra predicación! Vuestras lenguas son instrumentos benditos; vuestros miembros se cubrieron de sangre por la Iglesia. ¡Habéis imitado a Cristo en todo!...

Gózate, Pedro, que se te concedió gustar el, leño de la cruz de Cristo. Y a semejanza del Maestro quisiste morir crucificado, pero no erecto como Cristo Señor, sino cabeza abajo, como emprendiendo el camino de la tierra al cielo. Dichosos los clavos que atravesaron miembros tan santos. Tú con toda confianza encomendaste tu alma a las manos del Señor, tú que le serviste asiduamente a él y a la Iglesia su esposa, tú que, fidelísimo entre todos los apóstoles, amaste al Señor con todo el ardor de tu espíritu.

Gózate también tú, oh bienaventurado Pablo, cuya cabeza segó la espada y cuyas virtudes no se pueden explicar con palabras. ¿Qué espada pudo atravesar tu santa garganta, ese instrumento del Señor, admirado del cielo y de la tierra?... Esa espada sea para mí como una corona, y los clavos de Pedro como joyas engastadas en una diadema. (San Juan Crisóstomo, Sermón de Metafraste, MG 59, 494).

¡Oh suma e inefable Deidad! He pecado y no soy digna de rogarte a ti, pero tú eres potente para hacerme digna de ello. Castiga, Señor mío, mis pecados y no te fijes en mis miserias. Un cuerpo tengo y éste te doy y ofrezco; he aquí mi carne, he aquí mi sangre... Si es tu voluntad, tritura mis huesos y mis tuétanos por tu Vicario en la tierra, único esposo de tu Esposa, por el cual te ruego te dignes escucharme... Dale un corazón nuevo, que crezca continuamente en gracia, fuerte para levantar el pendón de la santísima cruz, a fin de que los infieles puedan participar, como nosotros, del fruto de la Pasión, la sangre de tu unigénito Hijo, Cordero inmaculado. (Santa Catalina de Siena, Elevaciones, I).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.


sábado, 28 de junio de 2025

APOLOGÉTICA HOY (audios): El sentido del sufrimiento, ¿por qué a mí?

Programa radiofónico: "APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad".

Director: Padre José Antonio Medina.

Episodio Nº 39.

Tema: El sentido del sufrimiento, ¿por qué a mí?

Contenido:

-      El sentido del sufrimiento, ¿por qué a mí? (Apologética Fundamental)

 

1 - El sufrimiento en la vida de San Juan Pablo II.

2 - El sufrimiento en la enseñanza San Juan Pablo II: «Salvifici doloris»

3 - El sufrimiento en el magisterio vivo de San Juan Pablo II.

4 - El sufrimiento y el Santo Rosario de María.

5 - Conclusión.

 

Fecha de emisión original en Radio María España el miércoles 25 de junio de 2025.

 

viernes, 27 de junio de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Santoral – Ciclo C: El Sagrado Corazón de Jesús

 

«Saquemos agua con gozo de la fuente del Salvador» (Is 12, 3).

En la Liturgia de esta solemnidad se entrelazan dos figuras: la del Corazón de Jesús en el propio de la Misa y la del Buen Pastor en las lecturas bíblicas. Todas expresan la misma realidad: el amor infinito de Cristo que ha dado la vida por su rebaño y se ha dejado traspasar el corazón para que fuese para todos fuente de salvación.

Muchos son los pasos del Antiguo Testamento que anuncian al Mesías como pastor. Uno de los más bellos es sin duda el que se lee hoy en la primera lectura (Ez 34, 11-16). Luego de la desbandada del pueblo elegido por incuria de sus jefes, Dios en persona declara que quiere tomarlo él mismo a su cargo. El lo recogerá en torno suyo, irá a buscar a los dispersos, los traerá a su patria a terrenos regadizos y fecundos, como hace el buen pastor, que reúne la grey querida en el redil y la conduce a pastos abundosos: «Yo mismo apacentaré mis ovejas, ya mismo las haré sestear» (ib 15). A estos cuidados amorosos comunes a todo el pueblo, añadirá otros individuales y delicadísimos para cada uno: «Buscaré la oveja perdida, haré volver a la descarriada, curaré a la herida y sanaré a la enferma... Las pastorearé con justicia» (ib 16). El fondo mesiánico de esta profecía es evidente; anticipa y prepara la figura llena de ternura y amor de Jesús, el Buen Pastor, que vendrá a guiar el rebaño del Padre, cuidándose hasta de la última oveja desbandada o herida.

Dan fe de ello el largo discurso de Juan sobre el Buen Pastor (10, 1-21) y la narración de Lucas sobre la oveja perdida relatada en el Evangelio de hoy (Lc 15, 3-7). Jesús no se limita a guardar su rebaño en bloque ni se contenta con que se salve la mayoría, antes deja solas las que están ya al seguro para ir en busca de la única pérdida. Habrá sido imprudente o caprichosa, terca y aun rebelde; no importa. Es una criatura que el Padre le confió para que no perezca; por eso Jesús la busca y la sigue hasta conseguir tomarla sobre sus hombros y devolverla al redil. Entonces todo es fiesta y alegría en la tierra y en el cielo. Todo hombre puede reconocerse a sí mismo en esta imagen. La resistencia a la gracia, las repulsas, las infidelidades, los caprichos del orgullo y del egoísmo son otras tantas evasiones más o menos graves del amor de Cristo. Es preciso no malograr sus llamamientos, dejarse seguir y alcanzar por él, dejarse tomar en brazos y volver al aprisco, para estrechar más profundamente su amistad. A esto invita el Corazón santísimo de Jesús.

Sin lenguaje figurado, san Pablo en la segunda lectura (Rm 5, 5-11) presenta el amor de Cristo como la prueba mayor del amor de Dios a la humanidad. «La prueba del amor que Dios nos tiene nos la ha dado en esto: Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores» (ib 8). Pues el amor divino rebasó toda medida cuando Dios entregó a su Unigénito para la salvación del hombre pecador. Y Cristo, inmolándose en la cruz, dio un testimonio extremo de su caridad, por encima de la misma medida que él había señalado como máxima: «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Sólo él ha tenido un amor mayor aún, porque murió por nosotros «cuando todavía éramos pecadores» y, por ende, «enemigos» (Rm 5, 8.10). De este hecho toma arranque la esperanza y confianza inmensas de San Pablo: Y ya que estamos ahora justificados por su sangre, con más razón seremos salvados por él de la cólera. En efecto, si cuando éramos todavía enemigos de Dios, fuimos reconciliados con él por la muerte de su Hijo, con más razón... seremos salvados por su vida» (ib 9-10). Después de la muerte de Cristo, el hombre no puede dudar ya del amor de Dios y de su misericordia, ni desconfiar de su salvación. Porque entre los hombres y Dios está ya siempre el Corazón de Cristo para pedir e «interceder por nosotros» (Hb 7, 25).

 

Oh Dios, que en el corazón de tu Hijo, herido por nuestros pecados, has depositado infinitos tesoros de caridad; te pedimos que, al rendirle el homenaje de nuestro amor, le ofrezcamos una cumplida reparación. (Misal Romano, Oración Colecta).

¡Oh, cuán dulce y gozosa cosa es vivir en este corazón! Tu Corazón, oh buen Jesús, es el rico tesoro, la preciosa margarita, que hemos descubierto en tu cuerpo herido, como en campo cavado...

Yo he hallado tu Corazón..., oh dulcísimo Jesús: corazón de Rey, corazón de hermano, corazón de amigo. ¿Y no oraré? Oraré, sí; que tu Corazón -resueltamente lo diré- también es mío. Si tú, oh Cristo, eres mi cabeza, ¿por qué no ha de ser mío cuanto te pertenece?... ¡Oh, qué dicha! ¡Jesús y yo tenemos un solo, un mismo corazón!... ¡Ea, pues, oh dulcísimo Jesús! Habiendo hallado este corazón divino, que es tuyo y mío, oraré a ti, mi Dios. Acoge en el sagrario de tu audiencia mis preces; más, llévame, arrebátame todo a tu Corazón. La tortuosidad de mis pecados me impide la entrada. Pero, dilatado y ensanchado ese tu Corazón por una caridad incomprensible y siendo tú el único que puedes hacer limpio al concebido en pecado, ¡oh hermosísimo Jesús!, lávame más y más de mis iniquidades, límpiame de mis culpas, y purificado por ti, pueda yo acercarme a ti, Purísimo, y merezca habitar en tu Corazón todos los días de mi vida, y entender y obrar según tu beneplácito. (San Buenaventura, La vid mística, 3, 3-4).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

domingo, 22 de junio de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C: Corpus Christi

 

«Que tenga yo hambre de ti, "Pan de vida"» (Jn 6, 48).

La solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo es presentada hoy por la Liturgia en relación con el sacerdocio de Cristo, cuyo don supremo es la Eucaristía: Sacrificio ofrecido al Padre y Banquete servido a los hombres.

La primera lectura (Gn 14, 18-20) recuerda la más antigua figura de Cristo Sacerdote: Melquisedec, rey de Salem y sacerdote «del Dios altísimo» que, en acción de gracias a Dios por la victoria de Abrahán, ofrece un sacrificio de «pan y vino», símbolo de la Eucaristía. Sobre este personaje misterioso del que la Biblia no da indicación alguna ni acerca de su origen ni acerca de su muerte, escribe San Pablo: «sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios permanece sacerdote para siempre» (Hb 7, 3). Melquisedec es llamado «sacerdote para siempre» porque de él no se conoce ni el principio ni el fin. Con mayor razón conviene este título a Cristo, cuyo sacerdocio no tiene origen humano sino divino, y por tanto es eterno en el sentido más absoluto. A él le aplica la Iglesia el versículo que se repite hoy en el salmo responsorial: «Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec». En el Nuevo Testamento, acabado el sacerdocio levítico, queda sólo el sacerdocio eterno de Cristo que se prolonga en el tiempo por el sacerdocio católico.

La segunda lectura (1 Cr 11, 23-26) presenta a Cristo Sacerdote en el acto de instituir la Eucaristía, Sacrificio del Nuevo Testamento. La relación es la transmitida por el Apóstol según la tradición «que procede del Señor» (ib 23). Como Melquisedec, Jesús ofreció «pan y vino», pero su bendición realizó el gran milagro: «Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros... Esta copa es la nueva Alianza sellada con mi sangre» (ib 24-25). Ya no es pan, sino verdadero Cuerpo de Cristo; ya no es vino, sino verdadera Sangre. Jesús anticipa en la Eucaristía lo que cumplirá en el Calvario en sus miembros rotos, y anticipándolo lo deja en testamento a los suyos como memorial de su Pasión: «Haced esto... en memoria mía» (ib). Por eso, concluye San Pablo, «cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamaréis la muerte del Señor hasta que vuelva» (ib 26). No es una «memoria» que se limita a evocar un suceso, ni es una proclamación de solas palabras, porque la Eucaristía hace actualmente presente, aunque en forma sacramental el Sacrificio de la Cruz y el convite de la última Cena. La misma realidad se ofrece a los fieles de todos los tiempos, para que puedan unirse al Sacrificio de Cristo y alimentarse de su Sangre «hasta que venga» (MR).

La Eucaristía como banquete es el argumento tratado por el Evangelio del día bajo la figura transparente de la multiplicación de los panes (Lc 9, 11b-17). No tenemos aquí sólo el lejano simbolismo del pan y del vino ofrecidos por Melquisedec, sino una acción de Jesús que es preludio evidente de la Cena eucarística. Jesús toma los panes, eleva los ojos al cielo, los bendice, los parte y los distribuye; gestos todos que repetirá en el Cenáculo cuando cambie el pan en su cuerpo. Otro detalle llama la atención: los panes se multiplican en sus manos y de éstos pasan a las de los discípulos que los distribuyen a la multitud. Del mismo modo, siempre será él quien realice el milagro eucarístico, aunque se servirá de sus sacerdotes que serán los ministros y como los tesoreros. En fin, «comieron todos y se saciaron» (ib 17). La eucaristía es el convite ofrecido a todos los hombres para saciar su hambre de Dios y de vida eterna. La solemnidad de hoy es una invitación a despertar la fe y el amor a la Eucaristía, para que los fieles se sientan más hambrientos de ella, se acerquen a ella con mayor fervor y sepan excitar esta hambre saludable en sus hermanos indiferentes.

 

En verdad es justo... darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo nuestro Señor, verdadero y único sacerdote. El cual, al instituir el sacrificio de la eterna Alianza, se ofreció a sí mismo como víctima de eterna salvación, y nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya. Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica. (Misal Romano, Prefacio).

¡Oh nuevo y antiguo misterio! Antiguo por la figura, nuevo por la verdad del Sacramento, en el cual la criatura recibe siempre máxima novedad. Bien sabemos, y por la fe lo vemos con certeza, que ese pan y ese vino consagrados se convierten sustancialmente, por el divino poder, en tu Cuerpo y en tu Sangre, oh Cristo Dios y Hombre, a las palabras que tú ordenaste y que el sacerdote recita en este misterio sagrado...

¡Oh Dios humanado, tú sacias, colmas, rebosas y alegras tus criaturas, sobre todas y más allá de todas ellas, sin modo ni medida... Oh bien no reflexionado, desconocido, no amado, pero encontrado por los que te ansían todo entero y no pueden poseerte totalmente! Haz que yo vaya a tu encuentro, oh sumo Bien, me acerque a tan sublime mesa con reverencia grande, mucha pureza, gran temor e inmenso amor. Que me acerque toda gozosa y adornada, porque vengo a ti que eres el bien de toda gloria, a ti que eres beatitud perfecta y vida eterna, belleza, dulzura, sublimidad, todo amor y suavidad de amor. (Beata Ángela de Foligno, II libro della B. Angela II, p. 192. 194-5).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

miércoles, 18 de junio de 2025

JESUCRISTO, TÚ SÍ QUE VALES: Hemos recibido el mejor regalo

 

Tema del episodio Nº 14 del ciclo:

Hemos recibido el mejor regalo

“Jesucristo, Tú sí que vales”, es un micro programa de reflexión vocacional, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, quien era en el momento de su emisión original en antena el Director Espiritual del Seminario "San Bartolomé" de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, España.

Se emitió originalmente en el curso pastoral 2012-2013 todos los viernes al mediodía en Cope Cádiz, y posteriormente por Radio María España.

La locución está realizada por el Sr. Nino Romero.


domingo, 15 de junio de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C: La Santísima Trinidad

 

«Nuestra fe en ti, Dios uno en tres Personas, nos sea prenda de salvación» (Misal Romano, oración después de la Comunión).

Concluido el ciclo de los misterios de la vida de Cristo, la Liturgia se eleva a contemplar el misterio de la Santísima Trinidad. En el Antiguo Testamento este misterio es desconocido; sólo a la luz de la revelación neotestamentaria se pueden descubrir en él lejanas alusiones. Una de las más expresivas es la contenida en el elogio de la Sabiduría, atributo divino presentado como persona (Pr 8, 22-31; 1ª lectura). El Señor me poseyó al principio de sus tareas, al principio de sus obras antiquísimas... Antes de los abismos fui engendrada... Cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como arquitecto» (ib 22.24.29-30). Es, pues, una persona coexistente con Dios desde la eternidad, engendrada por él y que tiene junto a él una misión de colaboradora en la obra de la creación.

Para el cristiano no es difícil descubrir en esta personificación de la sabiduría-atributo una figura profética de la sabiduría increada, el Verbo eterno, segunda Persona de la Santísima Trinidad, de la que escribió San Juan: «En el principio la Palabra existía, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios... Todo se hizo por ella» (1, 1.3). Pero las expresiones que más impresionan son aquellas en que la sabiduría dice que se goza por la creación de los hombres y que tiene sus delicias en ellos. ¿Cómo no pensar en la Sabiduría eterna, en el Verbo que se hace carne y viene a morar entre los hombres?

En la segunda lectura (Rm 5, 1-5), la revelación de la Trinidad es claramente manifiesta. Ahí están las tres Personas divinas en sus relaciones con el hombre. Dios Padre lo justifica restableciéndolo en su gracia, el Hijo se encarna y muere en la cruz para obtenerle ese don y el Espíritu Santo viene a derramar en su corazón el amor de la Trinidad. Para entrar en relaciones con los «Tres», el hombre debe creer en Cristo su Salvador, en el Padre que lo ha enviado y en el Espíritu Santo que inspira en su corazón el amor del Padre y del Hijo. De esta fe nace la esperanza de poder un día gozar «de la gloria de los hijos de Dios» (ib 2) en una comunión sin velos con la Trinidad sacrosanta. Las pruebas y las tribulaciones de la vida no pueden remover la esperanza del cristiano; ésta no es vana, porque se funda en el amor de Dios que desde el día del bautismo «ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (ib 5). Fe, esperanza y amor son las virtudes que permiten al cristiano iniciar en la tierra la comunión con la Trinidad que será plena y beatificante en la gloria eterna.

El Evangelio del día (Jn 16, 12-15) proyecta nueva luz sobre la misión del Espíritu Santo y sobre todo el misterio trinitario. En el discurso de la Cena, al prometer el Espíritu Santo, dice Jesús: «Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena» (ib 13). También Jesús es la Verdad (Jn 14, 6) y ha enseñado a los suyos toda la verdad que ha aprendido del Padre —«todo lo que he oído a mi Padre, os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15)—; por eso el Espíritu Santo no enseñará cosas que no estén contenidas en el mensaje de Cristo, sino que hará penetrar su significado profundo y dará su exacta inteligencia preservando la verdad del error. Dios es uno solo, por eso única es la verdad; el Padre la posee totalmente y totalmente la comunica al Hijo: «Todo lo que tiene el Padre es mío», declara Jesús y añade: el Espíritu Santo «tomará de lo mío y os lo anunciará» (Jn 16, 15).

De este modo afirma Jesús la unidad de naturaleza y la distinción de las tres Personas divinas. No sólo la verdad, sino todo es común entre ellas, pues poseen una única naturaleza divina. Con todo, el Padre la posee como principio, el Hijo en cuanto engendrado por el Padre y el Espíritu Santo en cuanto que procede del Padre y del Hijo. No obstante, el Padre no es mayor que el Hijo, ni el Hijo que el Espíritu Santo. En ellos hay una perfecta comunión de vida, de verdad y de amor. El Hijo de Dios vino a la tierra justamente para introducir al hombre en esta comunión altísima haciéndolo capaz por la fe y el amor, de vivir en sociedad con la Trinidad que mora en él.

 

Tú, Trinidad eterna, eres el Hacedor, y yo la hechura. En la recreación que de mí hiciste en la sangre de tu Hijo, he conocido que estabas enamorado de la belleza de tu hechura.

¡Oh abismo, oh deidad eterna, oh mar profundo! ¿Podías dar algo más que darte a ti mismo? Eres fuego que siempre arde y no se consume. Eres fuego que consume en su calor todo amor propio del alma. Eres fuego que quita toda frialdad. Tú alumbras...

En esta luz te conozco a ti, santo e infinito Bien; Bien sobre todo bien. Bien feliz, Bien incomprensible, Bien inestimable. Belleza sobre toda belleza. Sabiduría sobre toda sabiduría, porque tú eres la sabiduría misma. Tú, manjar de los ángeles, dado con fuego de amor a los hombres. Tú, vestido que cubre toda desnudez, sacias al hombre en tu dulzura. Dulce, sin mezcla de amargura.

¡Oh Trinidad eterna! En la luz que me diste... he conocido... el camino de la gran perfección para que te sirva con luz y no con tinieblas, sea espejo de buena y santa vida y me eleve de mi vida miserable, ya que por culpa mía te he servido siempre en tinieblas... Y tú, Trinidad eterna, con tu luz disipaste las tinieblas. (Santa Catalina de Siena, Diálogo 167).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

   

sábado, 14 de junio de 2025

COLUMNISTA INVITADO: El Papa León XIV y la familia, por Monseñor Héctor Rubén Aguer

 

El Papa León XIV confirmó la doctrina católica sobre la realidad natural del matrimonio. Según la Tradición de la Iglesia, la base de la afirmación se encuentra en la Sagrada Escritura. En el libro del Génesis, en el ámbito de la creación y en su cúspide, se dice «no es bueno que el hombre esté solo: le haré un complemento (la mayor parte de las versiones, reza: le haré una ayuda adecuada)». El matrimonio expresa ese complemento; el Sumo Pontífice recordó, simplemente, que el matrimonio es la unión entre el hombre y la mujer. En muchos países, la legislación autoriza parejas del mismo sexo, a lo cual se llama equívocamente «matrimonio». Se puede mostrar admiración ante este fenómeno contrario a la naturaleza. La razón del equívoco está en la negación de la naturaleza y del orden natural. Sobre este orden natural se apoya la gracia sacramental del matrimonio cristiano.

León XIV destacó los ejemplos de vida para que los jóvenes de hoy comprendan la realidad sobrenatural del matrimonio cristiano. Sus palabras, en el mensaje que envió a los participantes del seminario «Evangelizar con las familias de hoy y de mañana. Desafíos eclesiales y pastorales», fueron: «Quizás muchos jóvenes, que hoy en día optan por la convivencia, en lugar del matrimonio cristiano, necesitan en realidad a alguien que les muestre de forma concreta y comprensible, especialmente con el ejemplo de vida, qué es el don de la gracia sacramental y qué fuerza proviene de él; que les ayude a comprender la belleza y la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la vida que Dios concede a los esposos». La costumbre que se impone universalmente suprime la tradicional etapa del noviazgo; hoy en día los novios conviven, es decir, tienen relaciones sexuales y «se cuidan» para evitar un embarazo, lo que de cualquier manera se resuelve con el aborto.

También mencionó el Pontífice a «los matrimonios santos entre hombre y mujer (que) permiten superar las fuerzas que destruyen relaciones y sociedades». Mencionó a quienes han sido canonizados, como los padres de Santa Teresita, Luis y Celia Martin, y los Ulma, asesinados por haber protegido judíos de la Segunda Guerra Mundial. Puntualizó que «al proponerlos como testigos ejemplares, la Iglesia nos dice que el mundo de hoy necesita la alianza conyugal para conocer y acoger el amor de Dios».

Esta última afirmación muestra el valor evangelizador del matrimonio cristiano, es decir, difundir el amor de Dios, en un mundo donde Dios es olvidado. Los cristianos hacen presente el Misterio divino: proclaman que Dios es el Creador, el Redentor, y Quien recibe a los hombres en su eternidad. El mundo actual necesita el amor de Dios, que disiparía los odios y egoísmos, incrustados en los corazones de los hombres y que, convertidos en cultura, son la causa de enfrentamientos y guerras que enturbian la paz ¡Muy oportuna la mención que hace León XIV del matrimonio cristiano y la familia! Es en este ámbito íntimo donde se incuba el modelo de una sociedad en la que reine el amor de Cristo, fuente de paz y felicidad.

Que en este Pentecostés, el Espíritu Santo, renueve nuestro ardor misionero; para anunciar, con creciente lucidez y coraje, el Evangelio de la Vida y de la Familia. El mundo necesita, más que nunca, de una Iglesia unida, con coraje y coherencia, que proclame, sin descuentos, el Amor de Dios; por el camino de los Mandamientos y las Bienaventuranzas.

 

+ Héctor Rubén Aguer*, Arzobispo Emérito de La Plata, Argentina.

Buenos Aires, 8 de junio de 2025. Domingo de Pentecostés.

 

*Nació en Buenos Aires, el 24 de mayo de 1943; ordenado sacerdote el 25 de noviembre de 1972, en Buenos Aires, por monseñor Juan Carlos Aramburu, arzobispo coadjutor de Buenos Aires; elegido obispo titular de Lamdia y auxiliar de Buenos Aires, el 26 de febrero de 1992, por Juan Pablo II; ordenado obispo el 4 de abril de 1992, en la catedral de Buenos Aires por el cardenal Antonio Quarracino, arzobispo de Buenos Aires; promovido a arzobispo coadjutor de La Plata el 26 de junio de 1998, tomó posesión del cargo el 8 de septiembre de 1998; inició su ministerio pastoral, por sucesión, como séptimo arzobispo de La Plata (noveno diocesano) el 12 de junio de 2000. El papa Francisco le aceptó la renuncia por edad el 2 de junio de 2018. Académico Honorario de la Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino. Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas y Académico Correspondiente de la Academia Provincial de Ciencias y Artes de San Isidro. Gran Prior para la Argentina de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén y Capellán Conventual «ad honorem» de la Soberana Orden Militar de Malta. Es licenciado en Teología por la Universidad Católica Argentina (Buenos Aires, 1977). Lema episcopal: «Silenti opere».

jueves, 12 de junio de 2025

APOLOGÉTICA HOY (audios): Dios Providente en el Catecismo de la Iglesia Católica

Programa radiofónico: "APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad".

Director: Padre José Antonio Medina.

Episodio Nº 38.

Tema: Dios Providente en el Catecismo de la Iglesia Católica

Contenido:

-      Catecismo de la Iglesia Católica: números escogidos entre el 299 al 324. (Apologética Fundamental)

 

1 - Dios crea un mundo ordenado y bueno.

2 - Dios transciende la creación y está presente en ella.

3 - Dios mantiene y conduce la creación.

4 - Dios realiza su designio: la divina providencia.

5 - La providencia y las causas segundas.

6 - La providencia y el escándalo del mal.


Fecha de emisión original en Radio María España el miércoles 11 de junio de 2025.