miércoles, 5 de abril de 2023

SEMANA SANTA: MIÉRCOLES SANTO, la hora de las tinieblas

 


«¡Señor, ten piedad de mí! ¡Sana mi alma, porque he pecado contra ti!» (Sal 41, 5).

«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar» (Jn 13, 21; Mt 26, 21); las mismas palabras referidas por Juan, las relata Mateo, el cual añade otros detalles. No sólo era Pedro quien deseaba saber quién sería el traidor, sino también los demás estaban ansiosos por saberlo, y «consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: ¿Soy yo acaso, Señor?» (Mt 26, 22). Hasta Judas se atreve a hacer la misma pregunta. Jesús se lo había indicado veladamente a Juan: «Aquél a quien yo le dé este trozo de pan untado» (Jn 13, 26). y a la pregunta de todos había contestado de un modo indirecto: «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar» (Mt 26, 23). Pero Judas, que con cínica desenvoltura se sienta a la mesa como amigo mientras trama la traición y acepta sin temblar el revelador trozo de pan untado, no consigue permanecer encubierto; él mismo provoca la denuncia. «¿Soy yo acaso, Maestro?»; y Jesús le responde: «Así es» (ibid 25). El Maestro se ve ahora obligado a decir abiertamente lo que hasta entonces había callado con piadosa delicadeza.

Aun conociendo las intenciones de Judas, Jesús le había escogido y amado como a los demás, y le había advertido también; las palabras pronunciadas cerca de un año antes: «¿No he elegido yo a los doce? Y uno de vosotros es un diablo» (Jn 6, 70), habían sido dichas por él para ponerle sobre aviso. Durante la cena, para designarlo, el Señor recurrió a un gesto de amistad -el trozo de pan untado y ofrecido- que quería ser un tácito llamamiento; y en el huerto de los olivos hará una última tentativa para apartarlo del abismo, no rechazando, antes bien aceptando el beso del traidor. Pero Judas está ya poseído por el Maligno al que se ha entregado por treinta monedas de plata. Y Jesús se ve obligado a declarar: «El Hijo del Hombre se va…, pero ¡ay del que va a entregar al Hijo del Hombre!» (Mt 26, 24).

Palabras graves, que revelan la tremenda responsabilidad del traidor. Judas ha seguido al Maestro, no por amor, sino por egoísmo, con la mira puesta en intereses materiales; la codicia le ha vuelto ladrón: comenzó robando algunas monedas, y luego por algunas monedas traicionó a quien no le interesaba ya porque no le daba esperanza alguna de ventajas terrenas. Así se hacían verdad las palabras del salmo: «Aun el que tenía paz conmigo, aquél en quien me confiaba y comía mi pan, alzó contra mí su calcañal» (Sal 41, 10).

«Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro… La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco. Espero compasión, y no la hay, consoladores, y no los encuentro» (Sal 69, 8. 21). En los días consagrados al misterio de la Pasión, las palabras del salmista resuenan como un lamento de Cristo expuesto a la infamia, calumniado y torturado, abandonado por todos, traicionado por los amigos. «Esta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas» (Lc 22, 53), dijo el Señor en el momento de su captura. La hora en la que la traición se hace entrega a los tribunales, condena a muerte, crucifixión. Pero es también la hora fijada por el Padre para la consumación de su sacrificio, y por lo tanto la hora esperada por Cristo con vivo deseo: «Tengo que pasar por un bautismo [el bautismo de sangre de su pasión], ¡y qué angustia hasta que se cumpla!» (Lc 12, 50). Y también: «He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer» (ibid 22, 15), y se trataba de la Pascua que anticipaba en la Cena eucarística su sacrificio.

El sacrificio de Cristo suponía un traidor. Esto estaba previsto por las Escrituras; éstas, sin embargo, no determinaron la traición, pero la anunciaron precisamente porque había de acaecer. Y aunque todo estaba preordenado por Dios, que tanto ha amado al mundo hasta entregar a su propio Hijo para salvarlo, no por eso está sin culpa el hombre que voluntariamente se hizo traidor. «¿Qué puede aducir Judas sino el pecado?, —dice san Agustín—. Al poner a Cristo en manos de los judíos, él no pensó, ciertamente, en nuestra salvación, por la cual, sin embargo, Cristo se dejó entregar al poder de sus enemigos. Judas pensó en el dinero que ganaría, y halló en él la ruina de su alma» (In loan 62, 4).

El acto infame sirvió a los planes de Dios para conducir a Cristo a su pasión. «Judas entregó a Cristo, y Cristo se entregó por sí mismo: Judas para realizar su horrible tráfico, Cristo para realizar nuestra redención» (ibid). La pasión de Cristo, aun en esta concurrencia de causas divinas y humanas, es un misterio inefable: es preferible contemplarlo en la oración a considerarlo según la lógica humana. Y cada uno queda advertido, pues en todo hombre puede, de alguna manera, esconderse un traidor. Pero el perdón concedido a Pedro y al buen ladrón está ahí, para testimoniar que en el corazón destrozado de Cristo hay un amor infinito, capaz de destruir cualquier pecado confesado y llorado.

 

¡Oh Jesús, qué excesiva fue tu bondad para con el duro discípulo!… Aunque no me expliques la impiedad del traidor, me impresiona infinitamente más tu dulcísima mansedumbre, ¡oh Cordero de Dios! Esta mansedumbre se nos da a nosotros por modelo… He aquí, ¡oh Señor!, que el hombre de las confidencias únicas, el hombre que parecía tan unido a ti, tu consejero y tu íntimo, el hombre que saboreó tu pan, el hombre que en la santa cena comió contigo las dulces viandas, ese hombre descargó contra ti el golpe de la iniquidad. Y no obstante…, tú, mansísimo Cordero…, no vacilaste en entregar tu rostro a la maliciosísima boca, a la boca que, en el momento de la traición, te besó… Nada le ahorraste, nada le negaste que pudiera suavizar la pertinacia de un corazón malo (El madero de la  vida, 17).

¡Cuántos son, buen Jesús, los que te golpean! Te golpea tu Padre, porque no te perdonó, sino que te entregó como víctima por todos nosotros. Y te golpeas tú mismo, ofreciendo a la muerte tu vida, la que ninguno puede quitarte, si tú no quieres. Te golpea, además, el discípulo que te traiciona con un beso. Te golpea el judío con patadas y bofetadas; y te golpean los gentiles con azotes y con clavos. ¡Mira, cuántas personas, cuántas humillaciones, cuántos verdugos!

¡Y cuántos los que te entregan! El Padre celestial te entregó por todos nosotros: y tú te entregaste a ti mismo, como gozosamente cantaba san Pablo: «Me amó hasta en regarse por mí». ¡Qué cambio realmente maravilloso! Se entregó a sí mismo el Señor por el siervo, Dios por el hombre, el Criador por la criatura, el Inocente por el pecador. (San Buenaventura, La vid mística. Opúsculos místicos).

Benigno Señor mío, ¿Cómo podré darte gracias por soportarme, a mí, que he obrado mil veces peor que Judas? A él le hiciste tu discípulo, y a mí tu esposa e hija… ¡Oh Jesús mío!, yo te he traicionado, no una sola vez como él, sino miles e infinitas veces… ¿Quién te crucificó? Yo. ¿Quién te azotó atado a la columna? Yo. ¿Quién te coronó de espinas? Yo. ¿Quién te dio a beber vinagre y hiel? Yo. Señor mío, ¿sabes por qué te digo todas estas cosas?  Porque he comprendido… con tu luz, que mucho más te afligieron y dolieron los pecados mortales que yo he cometido, que lo que te afligieron y dolieron todos aquellos tormentos. (Beata Camila Da Varano, Los dolores mentales de Jesús, 8).

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

martes, 4 de abril de 2023

SEMANA SANTA: MARTES SANTO, gloria y traición


«¡Oh Señor!, sé para mí «mi roca de refugio, el alcázar donde me salve»
 (Sal 71, 3).

Tras el confortable descanso en Betania, Jesús vuelve a Jerusalén, donde afronta los últimos agudizados debates con los fariseos y sigue instruyendo al «Hizo de mi boca una espada afilada… me hizo flecha bruñida»; la presentación que el Siervo del Señor hace de sí mismo por medio de Isaías (Is 49, 1-6) puede aplicarse a Cristo altercando y contendiendo con sus adversarios, no porque él sea espada o flecha que quiera destruirlos, ¡él, que ha venido a salvar, no a condenar! (Jn 3, 17), sino porque con libertad divina denuncia sus errores y les reprocha su malicia. Sin embargo, siempre habrá criaturas que, como los fariseos, rechacen el mensaje y el amor de Cristo.

Esta es la causa de las angustias más amargas de su pasión, y en las palabras del profeta puede vislumbrarse una alusión a las mismas: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas» (Is 49, 4). Pero la angustia de Cristo va siempre acompañada de la confianza en el Padre, que lo escondió «en la sombra de su mano» y que en él manifestará su gloria (ibid 2-3), compensación infinita a todas las repulsas de los hombres. Dios, en efecto, no abandonará para siempre a las humillaciones o a la muerte a su Hijo amado, sino que lo librará con la resurrección, mostrando de esta manera al mundo la propia gloria y la de su Cristo.

Jesús mismo se expresará en este sentido en la noche de la última cena, inmediatamente después de haber declarado que estaba a punto de ser traicionado: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31). «Ahora» porque la traición introduce a Cristo en la pasión y ésta le introduce en la gloria que el Padre le ha preparado, la cual se convertirá en glorificación del Padre mismo y en salvación de los hombres. La pasión se presenta siempre como camino para la exaltación de Cristo y para la salvación del mundo. También el profeta la había vislumbrado bajo esta luz cuando concluía las alusiones a los padecimientos del Siervo del Señor con esta grandiosa declaración: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra» (Is 49, 6).

En el tramo del Evangelio de Juan que la Liturgia propone hoy a la consideración de los fieles, se dan cita las declaraciones más tristes que Jesús haya hecho a los suyos: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar... no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces» (Jn 13, 21. 38). Jesús sabe que le espera la traición, pero su presencia no le insensibiliza; al acercarse la hora, Juan atestigua que Jesús estaba «profundamente conmovido» (ibid 21). Es el estremecimiento de la humanidad del Redentor, que, aun siendo Dios, ama y sufre con corazón de hombre.

Aquella turbación de espíritu despierta un eco especial en Pedro, el apóstol ardiente e impetuoso, que quiere saber inmediatamente quién va a ser el traidor; tal vez para reprocharle su infame proyecto e impedírselo. Y no supone, ni siquiera remotamente, que también él puede quedar atrapado en el lazo de la tentación. Su amor al Maestro es grande y sincero, pero presuntuoso, demasiado seguro de sí mismo; Pedro necesita aprender que nadie puede considerarse mejor que los demás, ni siquiera mejor que los traidores. Y he ahí, que, en esa misma noche, pocas horas después de haber declarado al Señor: «Daré mi vida por ti», experimenta amargamente su debilidad. La experimenta por vez primera en Getsemaní, donde, como los demás, se deja tomar por el sueño mientras Jesús agoniza; la segunda vez, cuando capturan a Jesús y él huye, hecho un puro miedo; la tercera, la más dolorosa, en el patio del palacio de Caifás. Una criada le reconoce como discípulo del Nazareno, y Pedro, vencido por el pánico, niega: «Ni sé ni entiendo lo que quieres decir» (Mc 14, 68); así, por tres veces, es más, la última más expresamente, pues Marcos refiere que «se puso a echar maldiciones y a jurar: No conozco a ese hombre que decís» (ibid 71).

Marcos es el evangelista que más minuciosamente describe la negación de Pedro; es la humilde confesión de la propia deslealtad que el Cabeza de los Apóstoles hace por boca de su discípulo, para que sirva de advertencia a todos los creyentes. Nadie puede considerarse seguro de no caer. Tal vez al cantar el gallo, y, sobre todo, al recibir la mirada de Jesús, que se volvió hacia él y le miró (Lc 22, 61), Pedro recapacitó, y juntamente con la predicación del Maestro le volvieron al alma sus palabras, pronunciadas en aquella misma noche: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). Pedro no tiene ya necesidad de que el Maestro insista; ahora ha comprendido, y «saliendo afuera, lloró amargamente» (Lc 22, 62). ¡Benditas lágrimas de arrepentimiento que lavan y derriten la presunción en humildad!

 

¡Oh Dios de mi alma, qué priesa nos damos a ofenderos y cómo os la dais Vos mayor a perdonarnos! ¿Qué causa hay, Señor, para tan desatinado atrevimiento? ¿Si es el haber ya entendido vuestra gran misericordia y olvidarnos de que es justa vuestra justicia?

«Cercáronme los dolores de la muerte». — ¡Oh, oh, oh, qué grave cosa es el pecado, que bastó para matar a Dios con tantos dolores! ¡Y cuán cercado estáis, mi Dios, de ellos! ¿Adónde podéis ir que no os atormenten? De todas partes os dan heridas los mortales.

¡Oh, ceguedad grande, Dios mío! ¡Oh, qué grande ingratitud, Rey mío! ¡Oh, qué incurable locura, que sirvamos al demonio con lo que nos dais Vos, Dios mío! ¡Que paguemos el gran amor que nos tenéis con amar así a quien os aborrece y ha de aborrecer para siempre! ¡Que la sangre que derramasteis por nosotros, y los azotes y grandes dolores que sufristeis, y los grandes tormentos que pasasteis en lugar de vengar a vuestro Padre Eterno… tomamos por compañeros y amigos a los que así os trataron!…

¡Oh mortales!… ¿Es porque veis a esta Majestad atado y ligado con el amor que nos tiene? ¿Qué más hacían los que le dieron la muerte, sino después de atado darle golpes y heridas?

¡Oh, mi Dios, cómo padecéis por quien tan poco se duele de vuestras penas! (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 10, 1; 12, 3, 5).

¡Acuérdate, Jesús mío, qué cara te he costado! ¡Acuérdate, Dios piadoso, que por mí, pecadora, pagaste en el madero de la cruz amarga! ¡Acuérdate, benigno Redentor mío, de lo que he deseado hacer y no de lo que he hecho!…

¡Oh dulce Señor Jesucristo, cuántas veces te he dado la hiel amarga a cambio de la miel que tú me has dado! ¡Cuántos pecados contra tantos dones! ¡Cuántos males contra tantos bienes! ¡Oh cuántas veces, mientras he gozado de tus cosas…, te he ofendido con esas mismas cosas tuyas.

¡Oh cuántas veces, cobrando tu paga, he militado bajo el estandarte del demonio y del mundo! Concédeme, ahora ya, la gracia de devolverte… bien por bien y no mal por bien, gratitud y no ingratitud, y que sienta siempre amargura cuando haga o piense algo que sea contra tu Majestad; y que de aquí en adelante, te devuelva amor por amor, sangre por sangre, vida por vida. (Beata Camila Da Varano, Cartas).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

lunes, 3 de abril de 2023

SEMANA SANTA: LUNES SANTO, hacia Betania

 


«Salve, Rey nuestro: sólo tú has tenido compasión de nuestros pecados» (Misal Romano)

El primero de los célebres cantos del «Siervo del Señor» (Is 42, 1-7) nos lleva a considerar la actitud de Cristo en su pasión. Manso y silencioso, «no gritará… no voceará por las calles», no protestará contra los insultos, las acusaciones, las condenas; manso en las relaciones con sus enemigos, «cañas cascadas» que él no quiebra, «pabilos vacilantes», que él no apaga, a los que perdona y hasta el último momento trata de iluminar y salvar. La mansedumbre de Cristo hacia los hombres pecadores, a los que compadece y cuyas culpas se apronta a expiar, se trasforma en fortaleza al cumplir su misión, al proclamar la verdad y la justicia hasta la muerte: «no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra».

Jesús trabaja por el advenimiento del reino del Padre, por afirmar los derechos de Dios sobre los hombres, por restablecer a los hombres en la justicia y en la santidad. En esta tarea no se rinde; su misma muerte será el supremo acto de fortaleza en el cumplimiento de la obra que el Padre le confió. Y porque la fortaleza de Cristo es divina, no será vencida ni siquiera por la muerte, antes, al contrario: Cristo vencerá a la muerte para dar a los hombres la vida. Jesús es verdaderamente el «Siervo del Señor» preconizado por Isaías, llamado «con justicia» y «hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones». En él todos los hombres hallan misericordia: «Salve, Rey nuestro:  sólo tú has tenido compasión de nuestros pecados» (Misal Romano). Cristo luchó contra el pecado, lo condenó; pero lo castigó solamente en sí mismo, mientras que a los culpables les concedió su perdón y les procuró el perdón del Padre.

«El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?  El Señor es la defensa de mi vida, ¿Quién me hará temblar?» (Sal 27, 1). La Liturgia reconoce en estas palabras la voz de Cristo, el cual, durante la pasión, invoca confiadamente el socorro del Padre; al mismo tiempo, el cristiano puede emplearlas para expresar al Salvador el propio reconocimiento y su propia inquebrantable confianza en él.  En Cristo crucificado el cristiano encuentra, junto con el remedio de los propios pecados, el refugio en las dificultades de la vida y la fuerza para llevar la cruz.

Antes de adentrarse en lo más denso del misterio de la Pasión, la Liturgia presenta una escena delicada y «Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos» (Jn 12, 1-11). El banquete en la casa hospitalaria, ofrecido por los amigos fieles al abrirse la semana que verá la muerte del Señor, tiene todo el aspecto de un último adiós, y como si fuera un anticipo de todo cuanto está por acaecer. Esto aparece de un modo particular en el gesto cariñoso de María, quien, sin pasársele por las mientes la idea de un derroche, unge los pies de Jesús con «una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso». Es el último homenaje de un corazón fiel que parece querer compensar al Maestro de la traición que le espera, y es, al mismo tiempo, un presagio de su muerte; según el uso hebreo, de hecho, sólo se ungían los pies a los cadáveres.

Por otra parte, en la presencia de Lázaro, el amigo a quien Jesús había resucitado, se halla también un presagio de la resurrección. No podía permanecer víctima de la muerte el que había llamado a la vida a un muerto de cuatro días y que había declarado: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11, 25). Y tampoco falta este presagio en el gesto de María, si, como dicen los Sinópticos, el perfume fue derramado también en la cabeza del Señor (Mc 14, 3): la unción   de la cabeza, reservada a los reyes, está significando el reconocimiento de la divina realeza de Cristo que la resurrección hará resplandecer con pleno fulgor.

Pero en el delicado episodio no faltan las sombras oscuras de la crítica malévola, preludio de la traición. «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?»  La preocupación por los pobres es un pretexto en boca de Judas, que «era un ladrón; y como tenía la bolsa llevaba lo que iban echando» (Jn 12, 5-6).  Es la actitud de tantos que se escandalizan frente a valores consumados únicamente por amor a Dios. A sus ojos, la oración, la adoración, y más aún las vidas humanas gastadas en el amor y en la alabanza de Dios son un derroche inútil; el tiempo, el dinero, la vida misma sólo se emplean bien cuando se emplean directamente en servicio de los hombres. Y se olvidan de que si el interés por los pobres es un gran deber, por nadie más inculcado que por el mismo Cristo, el amor y el culto a Dios son deberes todavía mayores. Por lo demás, los pobres no sólo tienen necesidad de pan, sino también de quien, consumándose en la oración, sostenga su fe y les recuerde que poco vale el bienestar material, si el hombre no busca a Dios por encima de todo.

 

¡Oh Jesús!, como Cordero fuiste llevado a la muerte, como oveja ante quien la esquila no abriste la boca. No te quejas contra el Padre, por el que fuiste enviado, ni contra los hombres, por los que pagas…, y ni siquiera contra ese pueblo que particularmente te pertenece y del que a cambio de beneficios muy grandes recibes males inauditos…

Si medito atentamente tu conducta, descubro, no sólo la mansedumbre, sino también la humildad de tu corazón… Te vimos, y no tenías ni parecer ni belleza a los ojos de los hombres; te convertiste en oprobio, como un leproso; el último de los hombres, verdaderamente varón de dolores, herido y humillado por Dios… ¡Oh Jesús, ínfimo y excelso, humilde y sublime, oprobio de los hombres y gloria de los ángeles! Ninguno más sublime que tú y ninguno más humilde…

¡Grandes son tus misericordias, oh Señor, pero grandes también son las miserias que sufres! ¿Vencerán éstas a la misericordia o la misericordia vencerá a las miserias?… Tú gritas: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» ¡Oh Señor, cuán amplio eres en el perdón, cuán hondo es el abismo de tu dulzura! ¡Cuán diversos son tus pensamientos de los nuestros y cuán inmutable tu misericordia aun hacia los impíos!… ¡Oh caridad que todo lo soporta y todo lo compadece! (San Bernardo, In Feria IV Hebd. Sanctae 2.3.9).

Dios mío, en esa tarde… de amor y de dolor, dulce porque tú estás presente, y dolorosa porque tan cerca estás de morir y de padecer…, María derrama perfumes sobre tus pies y sobre tu cabeza… Esparciendo perfumes y rompiendo el vaso, ella pone a tus pies y te da todo su ser, cuerpo y alma, corazón e inteligencia: te da todo lo que es: esparce el perfume y rompe el vaso…  No se reserva nada, se da toda, da todo lo que es y todo lo que tiene… ¡Oh Jesús, quiero darme a ti como aquella santa mujer se te dio a sí misma, sin conservar nada de sí ni para sí… «Heme aquí, vengo a hacer tu voluntad. Haz, ¡oh Señor!, que mi don sea completo, que me dé a ti todo yo mismo y todo lo que me pertenece: el perfume y el vaso, el alma y el cuerpo, ¡todo! (Cf. Charles de Foucauld, Meditaciones sobre el Evangelio).

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

domingo, 2 de abril de 2023

SEMANA SANTA: DOMINGO DE RAMOS en la Pasión del Señor

 


«Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel» (Mt 21, 9).

Se abre la Semana Santa con el recuerdo de la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, que se verificó exactamente el domingo antes de la pasión. Jesús, que se había opuesto siempre a toda manifestación pública y que huyó cuando el pueblo quiso proclamarlo rey (Jn 6, 15), hoy se deja llevar en triunfo. Sólo ahora, que está para ser llevado a la muerte, acepta su aclamación pública como Mesías, precisamente porque muriendo en la cruz será, plenísimamente, el Mesías, el Redentor, el Rey y el Vencedor. Acepta ser reconocido como Rey, pero como un Rey con características inconfundibles: humilde y manso, que entra en la ciudad santa montado en un asnillo, que proclamará su realeza sólo ante los tribunales y aceptará que se ponga la inscripción de su título de rey solamente en la cruz.

La entrada jubilosa en Jerusalén constituye el homenaje espontáneo del pueblo a Jesús, que se encamina, a través de la pasión y de la muerte, a la plena manifestación de su Realeza divina. Aquella muchedumbre aclamante no podía abarcar todo el alcance de su gesto, pero la comunidad de los fieles que hoy lo repiten sí puede comprender su profundo sentido. «Tú eres el Rey de Israel y el noble hijo de David. tú, que vienes, Rey bendito, en nombre del Señor… Ellos te aclamaban jubilosamente cuando ibas a morir: nosotros celebramos tu gloria, ¡oh Rey eterno!» (Misal Romano).

La liturgia invita a fijar la mirada en la gloria de Cristo Rey eterno, para que los fieles estén preparados para comprender mejor el valor de su humillante pasión, camino necesario para la exaltación suprema. No se trata, pues, de acompañar a Jesús en el triunfo de una hora, sino de seguirle al Calvario, donde, muriendo en la cruz, triunfará para siempre del pecado y de la muerte. Estos son los sentimientos que la Iglesia expresa cuando, al bendecir los ramos, ora para que el pueblo cristiano complete el rito externo «con devoción profunda, triunfando del enemigo y honrando de todo corazón la misericordiosa obra de salvación» del Señor. No hay un modo más bello de honrar la pasión de Cristo que conformándose a ella para triunfar con Cristo del enemigo, que es el pecado.

La Misa nos introduce plenamente en el tema de la Pasión. La profecía de Isaías y el Salmo responsorial anticipan con precisión impresionante algunos de sus detalles: «Ofrecía la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos» (Is 50, 6).  ¿Por qué tanta sumisión? Porque Cristo, bosquejado en el Siervo del Señor descrito por el profeta, está totalmente orientado hacia la voluntad del Padre y con él quiere el sacrificio de sí mismo por la salvación de los hombres: «El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás» (ibid 5). Por eso le vemos arrastrado a los tribunales y de éstos al Calvario, y allí tendido sobre la cruz: «Me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos» (Sal 22, 17-18). A esto se reduce el Hijo de Dios por un solo y único motivo: el amor; amor al Padre, cuya gloria quiere resarcir, y amor a los hombres, a los que quiere reconciliar con el Padre.

Sólo un amor infinito puede explicar las desconcertantes humillaciones del Hijo de Dios. «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo» (Flp 2, 6-7). Cristo lleva hasta el límite extremo la renuncia a hacer valer los derechos de su divinidad; no sólo los esconde bajo las apariencias de la naturaleza humana, sino que se despoja de ellos hasta someterse al suplicio de la cruz, hasta exponerse a los más amargos insultos: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡El Mesías, el rey de Israel! Baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos» (Mc 15, 31-32).

Al igual que el Evangelista, la Iglesia no vacila en proponer a la consideración de los fieles la pasión de Cristo en toda su cruda realidad, para que quede claro que él, siendo verdadero Dios, es también verdadero hombre, y como tal sufrió; y anonadando en su humanidad atormentada todo vestigio de su naturaleza divina, se hizo hermano de los hombres hasta compartir con ellos la muerte para hacerles partícipes de su divinidad. «Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso, Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»» (Misal Romano). Del máximo anonadamiento se deriva la máxima exaltación; hasta como hombre, Cristo es nombrado Señor de todas las criaturas y ejerce su señorío pacificándolas con Dios, rescatando a los hombres del pecado y comunicándoles su vida divina.


Acrecienta, Señor, la fe de los que en ti esperan y escucha las plegarias de los que a ti acuden, para que quienes alzamos hoy los ramos en honor de Cristo victorioso, permanezcamos en él, dando frutos abundantes. (Misal Romano, Bendición de las palmas).

¡Oh Jesús!, présago de la turba que iba a ir a tu encuentro, montaste en un asnillo y diste ejemplo de admirable humildad entre los aplausos del pueblo, que acudió a recibirte, que cortaba ramas de los árboles y alfombraba el camino con sus mantos. Y mientras las muchedumbres entonaban himnos de alabanza, tú, siempre pronto a la compasión, elevaste el lamento sobre el exterminio de Jerusalén. Levántate ahora, ¡oh sierva del Salvador!, incorpórate al cortejo de las hijas de Sión y ve a ver a tu verdadero rey… Acompaña al Señor del cielo y de la tierra que va sentado sobre las ancas de un potro, síguele siempre con ramos de olivo y de palma, con obras de piedad y con virtudes victoriosas. (San Buenaventura, El madero de la vida, 15).

¡Cuánto nos amaste, Padre bueno, que no perdonaste a tu único Hijo, entregándolo a los impíos por nosotros! ¡Cuánto nos amaste! Por nosotros, no hizo él alarde de su categoría de Dios, igual a ti, sino que tomó la condición de esclavo hasta morir en una cruz, él, que era el único libre entre los muertos, él, que tenía poder para quitarse la vida, entregándola libremente, y poder para recuperarla. Por nosotros victorioso y víctima a tus ojos, y victorioso en cuanto víctima; sacerdote y sacrificio a tus ojos, y sacerdote en cuanto sacrificio, él nos hizo, de siervos, hijos tuyos, nació de ti y nos sirvió a nosotros. Con razón se asienta en él firmemente mi esperanza, porque curarás todas mis enfermedades gracias a él, que se sienta a tu derecha e intercede por nosotros ante ti. Sin él, caería en la desesperación. Mis enfermedades, en verdad, son muchas y grandes; pero mayor y más abundante es tu medicina. (San Agustín, Confesiones, X, 43, 69).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA, 

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

jueves, 30 de marzo de 2023

SANTO PADRE PÍO: Adiós al Padre Leonardo Marcucci, el que asistió al Santo en su última Santa Misa

Falleció ayer a la edad de 86 años. Durante más de 50 años fue capellán de los Ospedali Riuniti de Foggia.

 

Falleció ayer, a la edad de 86 años, "en la discreción que siempre ha distinguido toda su vida", el fraile que asistió en su última misa al Padre Pío el 22 de septiembre de 1968, el día antes de su muerte, y lo sostuvo cuando el Santo se derrumbó al final de la celebración. Los Frailes Menores Capuchinos de la Provincia Religiosa de Sant'Angelo y el Padre Pío lloran al Padre Leonardo Marcucci.

Una vida consumida entre el altar, el confesionario y el servicio a los hermanos enfermos, así lo recuerdan sus hermanos del Santuario Convento de San Giovanni Rotondo. Había tomado el hábito de los Frailes Menores Capuchinos a la edad de 20 años, y recientemente había alcanzado el hito de 58 años de sacerdocio, ordenado el 14 de febrero de 1965.

Hermano en la religión del Padre Pío de Pietrelcina y testigo de su salud, durante más de 50 años fue capellán de los Ospedali Riuniti de Foggia, llevando consuelo y oración a los enfermos. Y es allí, en la gran iglesia del Policlínico, donde el cuerpo permanecerá expuesto durante todo el día de hoy, mientras que el funeral se celebrará mañana, 31 de marzo, a las 10.30, en la iglesia de la Inmaculada Concepción de Foggia.

El anuncio provino de la página oficial de Facebook del Santuario del Convento Padre Pío: "Los Frailes Menores Capuchinos de la provincia de Sant'Angelo y el Padre Pío lamentan la desaparición del Padre Leonardo Marcucci, quien murió hoy a la edad de 86 años después de pasar toda una vida entre el altar, el confesionario y el servicio a los hermanos enfermos”.

La publicación también menciona que "El Padre Leonardo fue el fraile que ofició la última misa del santo hermano el 22 de septiembre de 1968", completa con una foto que lo retrata junto con el Padre  Pío. "Querido Padre Leonardo, que el Señor le dé la bienvenida a la gloria de los justos donde seguramente os estará esperando el Padre Pío y todos vuestros queridos hermanos difuntos”, concluye el mensaje.

miércoles, 29 de marzo de 2023

LA LUZ DE FRANCISCO (audios): El Sacramento del Orden Sagrado


Tema del episodio Nº 26 del ciclo:

El Sacramento de la Unción de los enfermos 

“La luz de Francisco”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote argentino José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió todos los viernes a las 13:30 hs por Cadena Cope Cádiz, España, desde octubre de 2013 a junio de 2014.

El programa cuenta con una particularidad muy importante: la sintonía del mismo ha sido escrita e interpretada por Palito Ortega en homenaje al Papa Francisco y regalada al Padre José Medina para que le acompañe en este programa de evangelización, que adopta su nombre de esta misma canción.

domingo, 26 de marzo de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo A - 5º Domingo de Cuaresma: “Yo soy la Resurrección y la Vida”

 


“¡Oh Jesús!, tú eres la resurrección y la vida; haz que yo viva y crea en ti” (Jn 11, 25-26).

Este domingo está caracterizado por una liturgia de resurrección, en la que domina el concepto de Jesús fuente de la vida, capaz de devolverla aun a los muertos. “Os infundiré mi espíritu y viviréis” (Ez 37, 14). La profecía que se lee en Ezequiel se refiere directamente a la recuperación moral y política de Israel, diezmado y envilecido por la esclavitud; recuperación que bien podría comparase con una resurrección que volvería a constituirlo en pueblo libre, como en realidad aconteció tras la repatriación de Babilonia. Pero al mismo tiempo, la profecía preanuncia la era mesiánica, contramarcada por las resurrecciones espirituales y corporales realizadas por el Hijo de Dios, y no menos el fin de los tiempos, en el que se hará verdad la resurrección de la carne.

Entre las resurrecciones obradas por Jesús, la de Lázaro tiene una importancia capital, sea porque se trata de un muerto de cuatro días encerrado en el sepulcro, sea porque la acompañan hechos y discursos que la convierten en “signo” particular del poder mesiánico del Salvador. La respuesta que Jesús da a quienes le anuncian la enfermedad de Lázaro: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios” (Jn 11, 4); su demora en llegarse a Betania y, por último, la declaración imprevista: “Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis” (ibid 14-15), manifiestan que el hecho estaba ordenado a glorificar a Jesús “resurrección y vida”, y al mismo tiempo a perfeccionar en la fe de quien creía en él y a suscitarla en quien no creía (ibid 42).

El Maestro insiste sobre estos dos puntos en el coloquio con Marta. La mujer cree: está convencida de que si Jesús hubiera estado presente, Lázaro no habría muerto; pero Jesús quiere llevarla a que reconozca en su persona al Mesías Hijo de Dios venido a dar la vida eterna a cuantos creen en él, por eso declara: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” (ibid 25-26). He aquí hasta dónde tiene que llegar la fe: creer que el poder de resucitar a los muertos pertenece a Cristo, y que, así como puede usar de ese poder para resucitar inmediatamente a Lázaro de la muerte corporal, puede igualmente servirse de él para asegurar la vida eterna a cuantos viven en él por la fe.

El tema vuelve a ser tratado en la segunda lectura de la Misa por san Pablo en su carta a los Romanos: “Si Cristo está en vosotros [por la fe y el amor], el cuerpo está muerto por el pecado; pero el espíritu vive por la justicia” (Rom 8, 10). Jesús no ha abolido la muerte física -consecuencia del pecado-, pero librando al hombre del pecado, le ha hecho partícipe de su propia vida, que es vida eterna; por eso, la muerte no tiene poder alguno sobre el espíritu de quien vive “por la justicia”. Y no sólo esto: llegará un día -al fin de los tiempos- en que también los cuerpos de los que creyeron resucitarán gloriosos para nunca más morir, partícipes de la resurrección del Señor. Entonces Jesús será, en su pleno sentido, “la resurrección y la vida”, glorificado por los elegidos, resucitados y vivos para siempre por la gracia que brota de su misterio pascual.

Al aproximarse la Pascua, el relato de la resurrección de Lázaro es una exhortación a desatarnos cada vez más del pecado, confiando en el poder vivificador de Cristo, que quiere hacer a los hombres partícipes de su propia resurrección. Quiera Dios que sea Jesús, para todos y cada uno, “resurrección y vida” en el tiempo y en la eternidad.

 

“Te damos gracias, Señor, Padre santo… Porque Cristo nuestro Señor, que, como hombre mortal, lloró a su amigo Lázaro, y, como Dios y Señor de la vida, lo levantó del sepulcro, hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una vida nueva” (Misal Romano, Prefacio).

“¡Oh Amigo verdadero, qué mal os paga el que os es traidor! ¡Oh cristianos verdaderos! Ayudad a llorar a vuestro Dios, que no es por solo Lázaro aquellas piadosas lágrimas, sino por lo que no habían de querer resucitar, aunque su Majestad les diese voces. ¡Oh Bien mío, qué presentes teníais las culpas que he cometido contra Vos! Sean ya acabadas, Señor, sean acabadas, y las de todos. Resucitad a estos muertos; sean vuestras voces, Señor, tan poderosas que, aunque no os pidan la vida, se la deis para que después, Dios mío, salgan de la profundidad de sus deleites.

No os pidió Lázaro que le resucitaseis. Por una mujer pecadora lo hicisteis; veisla aquí, Dios mío, y muy mayor; resplandezca vuestra misericordia. Yo, aunque miserable, lo pido por las que no os lo quieren pedir. Ya sabéis, Rey mío, lo que me atormenta verlos tan olvidados de los grandes tormentos que han de padecer para sin fin, si no se tornan a vos” (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, X, 2, 3).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

miércoles, 22 de marzo de 2023

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): Somos totalmente de Dios



Tema del programa Nº 23 del ciclo:

Somos totalmente de Dios

“Diálogos de fe con san Juan Pablo II”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, que fue emitido todos los viernes a las 13:30 hs por Cadena Cope Cádiz, durante el curso 2014-2015, y durante el curso 2016-2017 los Domingos a las 9:45 hs. en las frecuencias de Cope Comunidad  101.0 FM; Cope Madrid Sur  89.7 FM; Cope Jarama  100.5 FM y Cope Pinares  92.2 FM, y desde 2017 fue emitido en distintos horarios por Radio María España.

“Diálogos de fe con san Juan Pablo II” nos presenta en cada emisión la oportunidad de revivir y actualizar su magisterio pontificio al calor de su amistad desde el cielo como “amigo fuerte de Dios”, según expresión de santa Teresa de Jesús, a quien le tenía especial devoción. Estos “diálogos de fe” son entresacados de su extenso y luminoso magisterio, y aunque la redacción de estos diálogos es imaginaria, son literales en sus expresiones y contenidos doctrinales.

Locución: Sr. Fernando Crespo

domingo, 19 de marzo de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo A - 4º Domingo de Cuaresma: “Yo soy la luz del mundo”

 


“Jesús, luz del mundo, haz que siguiéndote, no ande yo en tinieblas, sino que tenga la luz de la vida” (Jn 8, 12).

El tema central de la Misa del día es Jesús “luz”, y por comparación con Jesús, el cristiano “hijo de la luz”. “Yo soy la luz del mundo -declara el Señor-, quien me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12); y poco después demuestra prácticamente la realidad de su afirmación dando la vista al ciego de nacimiento. El Señor realiza este milagro sin que se lo pidan, la iniciativa es exclusivamente suya, y lo obra por un fin muy determinado: “Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado… Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (Jn 9, 4-5).

El día luminoso, la luz que ahuyenta las tinieblas del mundo es él, Jesús, y para que los hombres se convenzan de ello, he aquí el milagro. Jesús hace barro con su saliva, se lo unta en los ojos al ciego, y le dice que vaya a lavarse a la piscina de Siloé. El ciego “va, se lava, y vuelve con vista” (ibid 7). El prodigio estrepitoso es sólo el principio de la transformación profunda que Jesús quiere obrar en este hombre. La luz física dada a los ojos apagados es un signo y medio de la luz del espíritu que el Señor le infunde provocando en él un acto de fe: “Crees tú en el Hijo del Hombre?... Creo, Señor. Y se postró ante él” (ibid 35.38).

Todo cambia en la vida del ciego de nacimiento. Adquirir la vista para quien siempre ha vivido en las tinieblas es como volver a nacer, es comenzar una nueva existencia: nuevos conocimientos, nuevas emociones, nuevas presencias. Pero mucho más es lo que acontece en el espíritu de este hombre iluminado por una fe tan viva, que resiste imperturbable a la disputa y a los insultos de los judíos, y hasta al hecho de verse “expulsado” de la sinagoga (ibid 34).

Es el símbolo de la transformación radical que se realiza en el bautizado. “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor” (Ef 5, 8). Por medio del sacramento, el hombre pasa de las tinieblas del pecado a la luz de la vida en Cristo, de la ceguera espiritual al conocimiento de Dios mediante la fe, la cual ilumina toda la existencia humana, dándole sentidos y orientaciones nuevos. De donde se sigue esta consecuencia: “Caminad como hijos de la luz, toda bondad, justicia y verdad son frutos de la luz” (ibid 8-9). La conducta del cristiano debe dar testimonio del bautismo recibido, debe atestiguar con las obras que Cristo es para él no sólo luz de la mente, sino también “luz de vida”. No son las obras de las tinieblas -el pecado- las que corresponden al bautizado, sino las obras de la luz.

“Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz” (ibid 14). Estas palabras citadas por san Pablo y sacadas, según parece, de un himno bautismal, eran una invitación hecha a los catecúmenos a levantarse del sueño, mejor dicho de la muerte del pecado, para ser iluminados por Cristo. La misma exhortación sigue siendo válida -con mayor razón- también para los bautizados desde hace mucho tiempo; la vida cristiana debe ser para todos, en efecto, una incesante y progresiva purificación de toda sombra de pecado, a fin de abrirse cada vez más a la luz de Cristo.

Precisamente porque Cristo es la luz del mundo, la vocación del cristiano consiste en reflejar esa luz y hacerla resplandecer en su propia vida. Esta es la gracia que la comunidad de los fieles implora hoy en la oración final de la Misa: “Señor Dios, luz que alumbras a todo hombre que viene a este mundo, ilumina nuestro espíritu con la claridad de tu gracia, para que nuestros pensamientos sean dignos de ti y aprendamos a amarte de todo corazón” (Misal Romano, Oración después de la Comunión).

 

“¡Oh Cristo Señor nuestro!, te dignaste hacerte hombre para conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hiciste renacer por el bautismo, transformándolos en hijos adoptivos del Padre. Por eso, Señor, todas tus criaturas te adoran cantando un cántico nuevo” (Misal Romano, Prefacio).

“Eres tú, luz eterna, luz de la sabiduría, quien hablando a través de las nubes de la carne dices a los hombres: ‘Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que poseerá la luz de la vida’.

Si sigo la dirección de este sol de la tierra, aunque yo no quiera dejarle, me deja él a mí cuando termina el día, que es su servicio necesario. Mas tú, Señor nuestro Jesucristo, aun mientras traes la nube de la carne no te dejabas ver de todos los hombres, lo regías todo con la potencia de tu sabiduría. Dios mío, tú estás todo en todas partes. Si de ti no me alejo, no te me ocultarás jamás.

¡Oh Señor!, ardo abrasado por el deseo de la luz: en tu presencia están todos mis deseos, y mis gemidos no se te ocultan. ¿Quién ve este deseo, ¡oh Dios mío!, sino tú? ¿A quién pediré Dios sino a Dios? Haz que mi alma ensanche sus deseos, y que, dilatado y hecho cada vez más capaz el interior de mi corazón, trate de llegar a la inteligencia de lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni llegó jamás al corazón del hombre” (Cr. San Agustín, In Ioan, 34, 5-7).

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

 

viernes, 17 de marzo de 2023

CUARESMA: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador”

 


La tarde de este viernes, 17 de marzo, el Santo Padre presidió la Celebración Penitencial en la parroquia romana de Santa María de Gracia, en el ámbito de la iniciativa “24 Horas para el Señor”.

Vatican News

“Repitamos durante unos instantes, con el corazón arrepentido y lleno de confianza: Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador. En este acto de arrepentimiento y confianza, nos abriremos a la alegría del don más grande, que es la misericordia de Dios”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía en la Celebración Penitencial que presidió en el ámbito de la iniciativa de las “24 Horas para el Señor”, celebrado en la parroquia romana de Santa María de las  Gracias, este viernes 17 de marzo de 2023.

Las cosas que nos impiden encontrar a Cristo

Antes de iniciar el Rito de la Reconciliación con la confesión de los pecados, el Santo Padre comentando la primera lectura señaló que, el apóstol Pablo dejó de considerar fundamental en su vida las realidades materiales con tal de encontrar a Cristo, pero, sobre todo, dejó sus “riquezas religiosas”.

“Él era en verdad un hombre piadoso y con gran celo, un fariseo leal y observante (cf. vv. 5-6). Sin embargo, ese aspecto religioso, que podía constituir un mérito, un motivo de orgullo, una riqueza sagrada, era en realidad un impedimento. Y entonces, Pablo afirma: «He sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo» (v. 8)”.

Sólo quien es pobre de espíritu verá a Dios

En este sentido, el Papa Francisco dijo que, quien es demasiado rico de sí mismo y de su propia “valía” religiosa presume de ser justo y mejor que los demás, se complace en el hecho de que ha salvado las apariencias; se siente bien, pero de ese modo no puede darle lugar a Dios, porque no lo necesita.

“El lugar de Dios lo ha ocupado con su ‘yo’ y entonces, aunque recite oraciones y realice acciones sagradas, no dialoga verdaderamente con el Señor. Por eso la Escritura recuerda que sólo «la súplica del humilde atraviesa las nubes» (Si 35,17), porque sólo quien es pobre de espíritu, necesitado de la salvación y mendigo de la gracia, se presenta ante Dios sin exhibir méritos, sin pretensiones, sin presunción. No tiene nada y por eso encuentra todo, porque encuentra al Señor”.

Reflexionemos sobre estas dos posturas

Esta enseñanza, indicó el Pontífice, nos la ofrece Jesús en la parábola que hemos escuchado (cf. Lc 18,9-14). Es el relato de dos hombres, un fariseo y un publicano, que van al templo a rezar, pero sólo uno llega al corazón de Dios. Antes de lo que hacen, es su lenguaje corporal el que habla. El Evangelio dice que el fariseo oraba «de pie» (v. 11), mientras que el publicano, «manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo» (v. 13).

El fariseo está de pie

La primera postura sobre la que reflexionó el Papa Francisco fue la del fariseo que está de pie.

“Está seguro de sí, erguido y triunfante como alguien que debe ser admirado por sus capacidades. Con esta actitud reza a Dios, pero en realidad se celebra a sí mismo: yo voy al templo, yo cumplo los preceptos, yo doy limosna. Formalmente su oración es irreprochable, exteriormente se ve como un hombre piadoso y devoto, pero, en vez de abrirse a Dios presentándole la verdad del corazón, enmascara sus fragilidades con la hipocresía. No espera la salvación del Señor como un don, sino que casi la pretende como un premio por sus méritos. Avanza sin titubeos hacia el altar de Dios para ocupar su puesto, en primera fila, pero acaba por ir demasiado adelante y ponerse frente a Dios”.

El publicano, se mantiene a distancia

La segunda postura sobre la que reflexionó el Santo Padre, es la del publicano, que se mantiene a distancia.

“No trata de abrirse paso, se queda en el fondo. Pero precisamente esa distancia, que manifiesta su ser pecador respecto a la santidad de Dios, es lo que le permite experimentar el abrazo bendiciente y misericordioso del Padre. Dios puede alcanzarlo precisamente porque, permaneciendo a distancia, ese hombre le ha hecho espacio. ¡Qué cierto es esto también en nuestras relaciones familiares, sociales e incluso eclesiales! Hay verdadero diálogo cuando sabemos guardar un espacio entre nosotros y los demás, un espacio saludable que permite a cada uno respirar sin ser absorbido o anulado. Entonces ese diálogo, ese encuentro puede acortar la distancia y crear cercanía. Esto también sucede en la vida de ese publicano. Quedándose en el fondo del templo, se reconoce en verdad tal como es ante Dios: distante, y de este modo le permite a Dios acercarse a él”.

Tomar distancia de nuestro yo presuntuoso

A partir de estas dos posturas, el Papa Francisco recordó que, el Señor llega a nosotros cuando tomamos distancia de nuestro yo presuntuoso. Él puede acortar la distancia con nosotros cuando honestamente, sin falsedades, le presentamos nuestra fragilidad. Nos da la mano para levantarnos cuando sabemos “tocar fondo” y volvemos a Él con sinceridad de corazón.

“Así es Dios, nos espera en el fondo, porque en Jesús Él quiso “ir hasta el fondo”, ocupar el último lugar, haciéndose siervo de todos. Nos espera en el fondo, porque no tiene miedo de descender hasta los abismos que nos habitan, de tocar las heridas de nuestra carne, de acoger nuestra pobreza, los fracasos de la vida, los errores que cometemos por debilidad o negligencia. Dios nos espera allí, nos espera especialmente en el sacramento de la confesión”.

Tanto el fariseo como el publicano habitan en nuestro interior

A los fieles que se dieron cita en la parroquia romana de Santa María de Gracia, el Santo Padre los invitó a hacer un examen de conciencia, porque tanto el fariseo como el publicano habitan en nuestro interior.

“No nos escondamos detrás de la hipocresía de las apariencias, sino confiemos a la misericordia del Señor nuestras oscuridades, nuestros errores y nuestras miserias. Cuando nos confesamos, nos ponemos en el fondo, como el publicano, para reconocer también nosotros la distancia que nos separa entre lo que Dios ha soñado para nuestra vida y lo que realmente somos cada día. Y, en ese momento, el Señor se acerca, acorta las distancias y vuelve a levantarnos; en ese momento, mientras nos reconocemos desnudos, Él nos viste con el traje de fiesta. Y esto es, y debe ser, el sacramento de la reconciliación: un encuentro festivo, que sana el corazón y deja paz interior; no un tribunal humano al que tenemos miedo, sino un abrazo divino con el que somos consolados”.

«Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador»

Finalmente, el Santo Padre dijo que, en este tiempo cuaresmal, con la contrición del corazón, también nosotros supliquemos como el publicano: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador» (v. 13).

“Cuando me olvido de ti o te descuido, cuando antepongo mis propias palabras y las del mundo a tu Palabra, cuando presumo de ser justo y desprecio a los otros, cuando critico a los demás: Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador. Cuando no me ocupo de los que me rodean, cuando permanezco indiferente ante quien es pobre y sufre, es débil o marginado: Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador. Por los pecados contra la vida, por el mal testimonio que ensucia el rostro hermoso de la Madre Iglesia, por los pecados contra la creación: Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador. Por mis falsedades, por mi falta de honradez, por mi falta de transparencia y de rectitud: Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador. Por mis pecados ocultos, por el mal que he causado a los demás sin darme cuenta, por el bien que podría haber hecho y no hice: Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador”.

miércoles, 15 de marzo de 2023

LA LUZ DE FRANCISCO (audios): El Sacramento de la Unción de los enfermos



Tema del episodio Nº 25 del ciclo:

El Sacramento de la Unción de los enfermos 

“La luz de Francisco”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote argentino José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió todos los viernes a las 13:30 hs por Cadena Cope Cádiz, España, desde octubre de 2013 a junio de 2014.

El programa cuenta con una particularidad muy importante: la sintonía del mismo ha sido escrita e interpretada por Palito Ortega en homenaje al Papa Francisco y regalada al Padre José Medina para que le acompañe en este programa de evangelización, que adopta su nombre de esta misma canción.

domingo, 12 de marzo de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo A - 3º Domingo de Cuaresma: “¡Señor, dame esa agua!”

 


“Señor, dame esa agua: así no tendré más sed” (Jn 4, 15).

“Danos agua para beber” (Ex 17, 2), decía a Moisés el pueblo torturado por la sed en el desierto privado de agua. Moisés, siguiendo órdenes de Dios, golpeó la peña, y de ella salió en abundancia. “Y la roca era Cristo”, afirma san Pablo (cfr. 1 Cor 10, 4); era prefiguración del Mesías, el cual será surtidor, no de agua material, sino espiritual, “agua viva”, ofrecida no a un solo pueblo, sino a todos los pueblos, para que todo hombre tenga con qué apagar su sed y “nunca más tenga sed” (Jn 4, 14).

En el Evangelio de Juan esta realidad viene ilustrada con toda precisión. La samaritana cree que Jesús se burla de ella cuando éste, sentado junto al manantial, le declara: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva” (ibid 10), y se pone a discutir. Pero el Señor afirma gravemente: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (ibid 14). Quien reciba esta agua poseerá en sí un principio permanente de vida eterna, la gracia santificante que Cristo comunica a cuantos creen en él.

Él es la fuente inagotable de esa gracia; basta acercarse a él, para sacar esa agua. Se saca, ante todo, por medio del bautismo, que es el signo sacramental que repite el simbolismo del agua. Pero para beber de esta agua viva y vivificante es necesario creer. En efecto, Jesús prolonga su discurso con la mujer hasta conducirla a la fe, hasta el punto de que ella, desconfiada al principio, vuelve entusiasmadamente a la ciudad para anunciar al Maestro. Bautismo y fe son dos dones íntimamente conexos: el que cree puede ser bautizado y el bautismo infunde la fe. El bautismo sumerge al hombre en el agua viva que brota del corazón desgarrado de Cristo, agua que purifica, quita la sed, vivifica y se convierte dentro del corazón del creyente “en un surtidor” que vuelve a subir con ímpetu hasta la vida eterna y a ella conduce.

Hablando de la fe y de la gracia que dan al hombre el derecho a esperar una comunión vital y eterna con Dios. San Pablo presenta las más seguras garantías que lo fundamentan: “la esperanza no quedará defraudada” (Rom 5, 5). La gracia, participación de la naturaleza divina, no se puede separar del amor de Dios, que es la esencia de su ser, de su vida. Este amor derramado con la gracia en el bautizado no es abstracto, sino concreto y compromete al creyente en el río de aquella caridad infinita que llevó a Cristo a morir por los pecadores. ¿Se puede dudar de semejante amor? “En verdad, apenas habrá quien muera por un justo –afirma el Apóstol-; sin embargo, por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir. Más la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (ibid 7-8).

El misterio pascual, que la liturgia se prepara a celebrar, demuestra que Cristo se convierte para todos los hombres en surtidor de agua viva que salta hasta la vida eterna, precisamente a través de ese amor infinito que le induce a morir por lo salvación de los hombres. Y para corresponder a tal amor, el cristiano no puede hacer otra cosa mejor que dejarse invadir y transformar por la gracia y por el amor hasta asemejarse a Cristo Crucificado.

 

“¡Oh Señor!, para ofrecernos el misterio de tu humildad, te sentaste cansado, junto al manantial y pediste de beber a la mujer de Samaría. Tú, que habías hecho nacer en ella el don de la fe, te dignaste tener sed de su fe; le pediste agua, y encendiste en ella el fuego del amor de Dios. Por eso, pedimos a tu inmensa clemencia que podamos abandonar las profundas tinieblas del vicio, dejar el agua de las pasiones nocivas, para sentir incesantemente sed de ti, que eres la fuente viva de la vida y el manantial de la bondad” (Prefacio Ambrosiano, de Oraciones de los primeros cristianos, 326).

“¡Oh piadoso y amoroso Señor de mi alma! También decís Vos: ‘Venid a mí todos lo que tenéis sed, que yo os daré a beber’. Pues, ¿cómo dejar de tener sed el que se está ardiendo en vivas llamas en las codicias de estas cosas miserables de la tierra? Hay grandísima necesidad de agua para que en ella no se acabe de consumir.

Ya sé yo, Señor mío, de vuestra bondad que se lo daréis; Vos mismo lo decís; no pueden faltar vuestras palabras. Pues si de acostumbrados a vivir en este fuego y de criados en él, ya no lo sienten ni atinan de desatinados a ver su gran necesidad, ¿qué remedio, Dios mío? Vos vinisteis al mundo para remediar tan grandes necesidades como éstas. Comenzad, Señor; en las cosas más dificultosas se ha de demostrar vuestra piedad” (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 9, 1).

Hablando a la Samaritana, dijisteis que quien bebiere del agua que Vos le dierais no tendría jamás sed. ¡Y con cuánta razón y verdad, como dicho de la boca de la misma Verdad, que no la tendrá de cosa de esta vida, aunque crece muy mayor de lo que acá podemos imaginar de las cosas de la otra por esta sed natural! ¡Con qué sed, Señor, deseo tener esta sed, cuyo gran valor me hacéis comprender! (Santa Teresa de Jesús, Camino, 19, 2).

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.


viernes, 10 de marzo de 2023

CUARESMA: Ayunar de críticas y cotilleos

 


“¿A eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?... Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, liberar a los oprimidos, partir tu pan con el hambriento (...)” (cf. Isaías 58, 5-7). A este conocido texto del profeta Isaías, bien podríamos añadir, en plena sintonía con su mismo espíritu: ¡El ayuno que agrada a Dios es controlar nuestra lengua!

Comencemos por reconocer que llama la atención la “cruzada” que el Papa Francisco ha emprendido contra el vicio de la crítica y el cotilleo: “Las murmuraciones matan, igual o más que las armas”; “Los que viven juzgando y hablando mal del prójimo son hipócritas, porque no tienen la valentía de mirar los propios defectos”; “Cuando usamos la lengua para hablar mal del prójimo, la usamos para matar a Dios” ; “El mal de la cháchara, la murmuración y el cotilleo, es una enfermedad grave que se va apoderando de la persona hasta convertirla en sembradora de cizaña, y muchas veces en homicida de la fama de sus propios colegas y hermanos”; “Cuidado con decir solo esa mitad de la realidad que nos conviene”; “¡Cuántos chismorreos hay en el seno de la propia Iglesia!”… Ciertamente, no creo que haya habido nunca un Papa tan comprometido con la denuncia y la erradicación de esta lacra.

La crítica y el cotilleo están tan extendidos en nuestra sociedad —sin que la Iglesia sea una excepción—, que no son pocos quienes consideran que se trata de un mal insuperable, cuando no necesario. A esto contribuye el hecho de que la percepción suele cambiar dependiendo de que seamos sujetos activos o pasivos de dicha práctica. El cotilla y el murmurador tiende a justificarse diciendo que se limitan a informar, y que en esta vida es necesario tener un juicio crítico.

Pues bien, para dejar de murmurar no solo se requiere controlar la lengua, sino que hay que cambiar la mentalidad. No estamos ante un vicio superficial o epidérmico, como a veces solemos suponer equivocadamente. Bajo las críticas y los cotilleos se camuflan pecados como el rencor, la envidia o la vanidad. Pero no solo esto, sino que también se esconden nuestros complejos, inseguridades y heridas. En realidad, lo moral y lo psicológico suelen caminar por el mismo carril. O dicho de otro modo, el demonio sabe dónde nos aprieta el zapato, y tiende a pisarnos en el mismo lugar…

Todos sabemos que la crítica esconde con frecuencia envidia y celos, y que estos encierran falta de autoestima. Y si pudiésemos remontarnos al origen de esa falta de autoestima, muy posiblemente nos encontraríamos con la carencia de amor… No cabe duda de que los males morales, psicológicos y educacionales están implicados. Así, por ejemplo, decía San Francisco de Sales: “Cuanto más nos gusta ser aplaudidos por lo que decimos, tanto más propensos somos a criticar lo que dicen los demás”.

Dicho lo cual, no es de recibo tomar excusa de las implicaciones psicológicas y educacionales, para eludir nuestra lucha contra este vicio. Nuestra responsabilidad moral puede estar condicionada, ciertamente, pero no hasta el punto de estar determinada. Somos sujetos libres, aunque nuestra libertad esté herida; y por lo tanto, somos responsables de las palabras que salen de nuestra boca. Sin olvidar que en no pocas ocasiones las críticas y los cotilleos son puestos al servicio, con notable malicia, de la ideología de quien los utiliza, con el objetivo de denigrar a quienes no piensan como nosotros.

Me viene a la memoria una cita evangélica que suele pasar inadvertida, en la que queda patente la indisimulada incomodidad del Señor Jesús ante este vicio moral. Me refiero a Juan 21, 23. El contexto de este episodio es el encuentro final entre Jesús y Pedro, en el que este es perdonado por su triple negación, además de confirmado en su misión. A punto de concluir el diálogo, cuando Jesús ha revelado a Pedro su futuro martirio, este vuelve su mirada a Juan —el discípulo al que el Señor amaba especialmente— y le pregunta a Jesús: “Señor, y este, ¿qué?”. A lo que el Señor, en una respuesta sin precedentes, contesta: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. ¡¡Es impresionante escuchar a Jesús decirle a Pedro: “¿a ti qué?” (expresión equivalente a nuestro popular “¿a ti qué te importa?”)!! Y es que, mientras estamos pendientes indebidamente de los demás, podemos permanecer ciegos ante nuestros problemas y responsabilidades. ¡Vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro! (cfr. Mt 7, 3).

Concluyo con un texto evangélico tan clarificador como incómodo, de esos a los que solemos poner sordina, por resultarnos demasiado exigente: “Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca (…) En verdad os digo que el hombre dará cuenta en el día del juicio, de cualquier palabra inconsiderada que haya dicho. Porque por tus palabras serás declarado justo o por tus palabras serás condenado” (cfr. Mt 12, 34-37). Será por eso, tal vez, que le escuché a un hermano obispo decir que se podría elevar a los altares, sin necesidad de proceso de canonización, a aquel de quien pudiera decirse: “nunca le escuchamos hablar mal de nadie”. Ciertamente, ¡el ayuno que agrada al Señor es controlar nuestra lengua!

Mons. José Ignacio Munilla Aguirre

Obispo de Orihuela-Alicante

miércoles, 8 de marzo de 2023

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): Cristo fuente de todo apostolado


Tema del programa Nº 22 del ciclo:

El apostolado como donación total a Dios

“Diálogos de fe con san Juan Pablo II”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, que fue emitido todos los viernes a las 13:30 hs por Cadena Cope Cádiz, durante el curso 2014-2015, y durante el curso 2016-2017 los Domingos a las 9:45 hs. en las frecuencias de Cope Comunidad  101.0 FM; Cope Madrid Sur  89.7 FM; Cope Jarama  100.5 FM y Cope Pinares  92.2 FM, y desde 2017 fue emitido en distintos horarios por Radio María España.

“Diálogos de fe con san Juan Pablo II” nos presenta en cada emisión la oportunidad de revivir y actualizar su magisterio pontificio al calor de su amistad desde el cielo como “amigo fuerte de Dios”, según expresión de santa Teresa de Jesús, a quien le tenía especial devoción. Estos “diálogos de fe” son entresacados de su extenso y luminoso magisterio, y aunque la redacción de estos diálogos es imaginaria, son literales en sus expresiones y contenidos doctrinales.

Locución: Sr. Fernando Crespo