«Que te sirva, Señor, con
una conciencia buena, por medio de la Resurrección de Jesucristo» (1 Pt 3, 21).
La
Liturgia cuaresmal se desarrolla sobre un doble binario: de una parte se marcan
las etapas fundamentales de la historia de la salvación ilustradas por el
Antiguo Testamento y de otra se destacan los hechos más sobresalientes de la
vida de Jesús hasta su muerte y resurrección presentados por el Evangelio.
A
partir del pecado de Adán que ha roto la amistad del hombre con Dios, éste
inicia la larga serie de intervenciones con que pretenderá volver al hombre a
su amor. Entre estos sobresale la alianza establecida con Noé al final del
diluvio (Gn 9, 8-15; 1.° lectura), cuando el patriarca, bajando a la tierra
seca, ofreció al Señor un sacrificio en agradecimiento por haberle salvado
junto con sus hijos: «Dijo Dios a Noé y a sus hijos con él: He aquí que Yo
establezco mi alianza con vosotros... y no volverá nunca más a ser aniquilada
toda carne por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la
tierra» (ib 8-11).
Los
castigos de Dios llevan siempre el germen de la salvación: Adán arrojado del
Paraíso oyó que el Señor le prometía un Salvador; Noé, salvado de las mismas
aguas que habían arrasado innumerables hombres, recibe de Dios la promesa de
que el diluvio no volverá jamás a hundir a la humanidad. Y como señal de su
alianza, el Señor pone su arco en las nubes (ib 13), arco de paz que une la
tierra con el cielo. Y sin embargo todo esto no es más que el símbolo de una alianza
inmensamente superior que será pactada en la sangre de Cristo.
San
Pedro lectura: 1 Ped 3, 18-22), recordando a los primeros cristianos «el arca
en la que unos pocos, es decir ocho personas, fueron salvados», explica: «A ésta
ahora corresponde el bautismo que os salva» (ib 20-21). Las aguas del bautismo
destruyendo el pecado -lo mismo que las aguas del diluvio arrasaron a los hombres
pecadores- salvan al creyente «por medio de la Resurrección de Jesucristo». Más
que Noé, es ciertamente el cristiano un salvado por medio del agua; y no sobre
la madera del arca sino sobre el madero de la Cruz del Señor, en virtud de su
muerte y resurrección. La Cuaresma intenta especialmente despertar en el cristiano
el recuerdo del bautismo, que le purificó del pecado y le comprometió a vivir
«con una buena conciencia» (ib 21), siendo fiel a la promesa de renunciar a
Satanás y servir a Dios solo.
Para
animarlo en este serio propósito viene muy oportuno el evangelio del día (Mc 1,
12-15), con la tradicional escena del desierto donde Jesús lucha contra Satanás
rechazando todas sus sugerencias. Separándose de los otros sinópticos, Marcos
no se detiene a describir las diversas tentaciones, sino que resume muy
brevemente: «A continuación, el Espíritu le impulsa al desierto, y permaneció en
el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás» (lb 12-13). Esto sucede
inmediatamente después del bautismo en el Jordán: lo mismo que allí Jesús quiso
mezclarse entre los pecadores como si fuese uno más, necesitado de
purificación, también ahora en el desierto quiere hacerse semejante a ellos hasta
el límite máximo que permite su santidad, la tentación.
Aceptando
la lucha con Satanás, de la cual ha de salir absolutamente victorioso, Jesús
enseña que ha venido a liberar al mundo del dominio del Maligno y al mismo
tiempo merece para todo hombre la fuerza con la que pueda vencer sus insidiosas
tentaciones. El cristiano, aunque bautizado, no está inmune de ellas; al
contrario, a veces cuanto más se empeña en servir a Dios con fervor, más
procura Satanás trancarle el camino, como hubiera querido trancársele a Jesús,
para impedirle que cumpliera su misión redentora. Entonces, es necesario acudir
a las mismas armas que usó Cristo: penitencia, oración, conformidad perfecta
con la voluntad del Padre: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, tome cada día su cruz y sígame» (Mt 4, 4). Quien es fiel a la palabra de
Dios, quien se alimenta constantemente de ella, no podrá ser vencido por el
Maligno.
¡Oh agua, que lavaste al universo bañado en
sangre humana, agua que prefiguraste la actual purificación! ¡Oh agua, que
mereciste ser signo del sacramento de Cristo, que lo lavas todo sin ser lavada!
Apareces la primera y completas, luego, la perfección de los misterios... Has
dado tu nombre a profetas y apóstoles, has dado tu nombre al Salvador: aquéllos
son nubes del cielo, sal de la tierra, éste es fuente de vida...
Cuando fluiste del costado del Salvador, los
verdugos te vieron y creyeron, y por eso tú eres uno de los tres testigos de
nuestro renacer: de hecho, tres son los testigos en la tierra: el Espíritu, el
agua y la sangre». El agua para el lavado, la sangre para el rescate, y el
Espíritu para la resurrección. (San Ambrosio, Comentarios al Evangelio de San
Lucas, X, 48).
Cristo Señor nuestro, tú que inauguraste la
práctica de nuestra penitencia cuaresmal, al abstenerte durante cuarenta días
de tomar alimento, y al rechazar las tentaciones del enemigo, nos enseñaste a sofocar
la fuerza del pecado, concédenos que, celebrando con sinceridad el misterio de
esta Pascua, podamos pasar un día a la Pascua que no acaba (Cf. Prefacio, Misal
Romano).
¡Oh Señor!, haznos sentir hambre de Cristo, pan
vivo y verdadero, y enséñanos a vivir constantemente de toda palabra que sale
de tu boca. (Cf. Después de la comunión, Misal Romano).
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María
Magdalena, OCD.
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