III
Domingo de Pascua
Lc
24,13-35
Tantas han sido las pruebas
que Jesús dio de su Resurrección, durante cuarenta días, que resultaría necio
querer negar ese hecho. No obstante hubo, y hay, teorías que intentan,
vanamente, poner en duda la Resurrección. La Liturgia de todo este tiempo posterior
al Domingo de Pascua va evocando las manifestaciones que Jesús mismo hace de su
Resurrección, para que a sus discípulos no les quede duda alguna. Así, las
dudas de unos, la incredulidad de otros, la tardanza en reconocer, admitir y
entender el hecho, han contribuido poderosamente a fortalecer la fe.
Hoy nos presenta la Iglesia,
para la reflexión, a dos discípulos entristecidos, desilusionados, desanimados:
“Nosotros esperábamos que fuera El (Jesús) quien librara a Israel. Pero a todo
esto ya van tres días…”. ¡Esperábamos! Pero ahora, después que lo enterraron,
parecen haber enterrado también sus esperanzas, y ahora ya no esperan nada.
¡Cuantas veces se repite eso!
¡Se esperaba! Sí, se pensaba que tal hecho, suceso, o circunstancia iba a
cambiar a una persona. Ilusionados, en un primer momento, con una persona,
resulta que… ¡Esperábamos! Se pensaba que haciendo un retiro, un cursillo, participando
en algunas jornadas, integrando tal o cual movimiento o asociación iba a
mejorar uno, o insuflar nuevos bríos a tal movimiento… y resulta que la cosa no
fue así. ¿Por qué? Fundamentalmente por dos razones que considero muy
importantes: falta de adecuado conocimiento de las cosas de Dios, y en segundo
lugar falta de perseverancia.
1) Con demasiada frecuencia
aplicamos a las cosas de Dios los criterios, las medidas, las matemáticas
humanas. Con el menor esfuerzo y en el más breve plazo queremos lograr
resultados que Dios tiene reservados para Su tiempo y en la medida que El
quiere. El desaliento se produce cuando no se logran las propias expectativas.
Se pretende fijar plazos y términos al sacrificio. Nos olvidamos que el Señor
se vale de los medios más insospechados y, al parecer, menos aptos. Nos
olvidamos que el Señor perdona, y espera el regreso del hijo pródigo, con
paciencia infinita. Nos olvidamos que también nosotros, cada uno, tenemos
nuestras tremendas limitaciones. ¡Cuán olvidadas o ignoradas son las sabias
palabras de la IMITACIÓN DE CRISTO: “Si tú no sabes reformarte a ti mismo del
modo que conviene ¿cómo quieres que otro se rinda a tus deseos? Queremos que
otros sean perfectos, y no queremos enmendar nuestros propios defectos” (Libro
I, cap. 16: recomiendo la lectura de todo este breve, pero sustancioso,
capítulo).
2) Perseverancia. Conociendo
el barro de que estamos hechos, Jesús nos insiste sobre la necesidad vital de
la perseverancia: “Seréis aborrecidos por todos por mi nombre, el que persevere
hasta el fin se salvará” (Mt 10,22). “…Por el exceso de maldad se enfriará la
caridad de muchos; más, el que persevere hasta el fin, ese será salvo” (Mt 24,
12-13). Muchos fracasos, en todo orden, se deben a la falta de perseverancia,
de constancia. Dice un adagio: “labor constans, omnia vincit”: el trabajo
constante, todo lo supera. Otro refrán: “A Dios rogando y con el mazo dando”.
No seamos, pues, como los discípulos de Emaús. Tenemos la seguridad del
triunfo, con Jesús. ¿por qué desanimarnos?
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.305-306)


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