«Estos
son los que buscan al Señor» (Salmo resp.).
«Alegrémonos
todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos.
Los ángeles se alegran de esta solemnidad y alaban a una al Hijo de Dios»
(Entrada). La Liturgia de la Iglesia peregrina se une hoy a la de la Iglesia
celestial para celebrar a Cristo Señor, fuente de la santidad y de la gloria de
los elegidos, «muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación,
razas, pueblos y lenguas» (ib 9). Todos están «marcados en la frente» y
«vestidos con vestiduras blancas», lavadas «en la sangre del Cordero» (ib 3,
9.14). Marca y vestidos son símbolos del bautismo que imprime en el hombre el
carácter inconfundible de la pertenencia a Cristo y que, purificándolo del
pecado, lo reviste de pureza y de gracia en virtud de su sangre. Pues la
santidad no es otra cosa que la maduración plena de la gracia bautismal, y así
es posible en todos los bautizados.
Los
Santos que festeja hoy la Iglesia no son sólo los reconocidos oficialmente por
la canonización, sino también aquellos otros muchos más numerosos y
desconocidos que han sabido, «con la ayuda de Dios, conservar y perfeccionar en
su vida la santificación que recibieron» (LG 40). Santidad oculta, vivida en
las circunstancias ordinarias de la vida, sin brillo aparente, sin gestos que
atraigan la atención, pero real y preciosa. Mas hay una característica común a
todos los elegidos: «Estos son -dice el sagrado texto- los que vienen de la
gran tribulación» (Ap 7, 14). «Gran tribulación» es la lucha sostenida por la
defensa de la fe, son las persecuciones y el martirio sufridos por Cristo, y lo
son también las cruces y los trabajos de la vida cotidiana.
Los
Santos llegaron a la gloria sólo a través de la tribulación, la cual completó
la purificación comenzada en el bautismo y los asoció a la pasión de Cristo
para asociarlos luego a su gloria. Llegados a la bienaventuranza eterna, los
elegidos no cesan de dar gracias a Dios por ello y cantan «con voz potente»:
«La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero»
(ib 10). Y responde en el cielo el «Amén» eterno de los ángeles postrados
delante del trono del Altísimo (ib 11-12); y debe responder en la tierra el
«Amén» de todo el Pueblo de Dios que camina hacia la patria celestial
esforzándose en emular la santidad de los elegidos. «Amén», así es, por la
gracia de Cristo que abre a todos el camino de la santidad.
La
segunda lectura (1 Jn 3, 1-3) reasume y completa el tema de la primera lectura
poniendo en evidencia el amor de Dios que ha hecho al hombre hijo suyo y la
dignidad del mismo hombre que es realmente hijo de Dios. «Mirad qué amor nos ha
tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (ib 1). Don que
no se reserva para la vida eterna, sino que se otorga ya en la vida presente,
realidad profunda que transforma interiormente al hombre haciéndolo partícipe
de la vida divina. Con todo, aquí en la tierra es una realidad que permanece
velada; se manifestará plenamente en la gloria; entonces «seremos semejantes a
Dios, porque le veremos tal cual es» (ib 2). La gloria que contempla hoy la
Iglesia en los Santos es precisamente la que se deriva de la visión de Dios,
por la cual están revestidos y penetrados de su resplandor infinito.
En
el Evangelio (Mt 5, 1-12a) Jesús mismo ilustra el tema de la santidad y de la
bienaventuranza eterna mostrando el camino que conduce a ella. Punto de partida
son las condiciones concretas de la vida humana donde el sufrimiento no es un incidente
fortuito, sino una realidad conexa a su estructuró. Jesús no vino a anularlo,
sino a redimirlo, haciendo de él un medio de salvación y de bienaventuranza
eterna. La pobreza, las aflicciones, las injusticias, las persecuciones
aceptadas con corazón humilde y sumiso a la voluntad de Dios, con serenidad
nacida de la fe en él y con el deseo de participar en la pasión de Cristo, no
envilecen al hombre, antes lo ennoblecen; lo purifican, lo hacen semejante al
Salvador doliente y, por ende, digno de tener parte en su gloria.
«Bienaventurados
los pobres..., bienaventurados los que lloran..., bienaventurados los que
tienen hambre y sed de la justicia..., bienaventurados los perseguidos...,
porque de ellos es el Reino de los Cielos» (ib 3 4.6.10). También las otras
cuatro bienaventuranzas, aunque no digan relación directa al sufrimiento,
exigen un gran espíritu de sacrificio. Pues no se puede ser manso,
misericordioso, puro de corazón o pacífico sin luchar contra las propias
pasiones y sin vencerse a sí mismo para aceptar serenamente situaciones
difíciles y sembrar doquiera amor y paz.
El
itinerario de las bienaventuranzas es el recorrido por los santos; pero de modo
especialísimo es el recorrido por Jesús que quiso tomar sobre sí las miserias y
sufrimientos humanos para enseñar al hombre a santificarlos. En él pobre,
doliente, manso, misericordioso, pacífico, perseguido y por este camino llegado
a la gloria, encuentra el cristiano la realización más perfecta de las
bienaventuranzas evangélicas.
¡Oh almas que ya gozáis sin temor de vuestro
gozo y estáis siempre embebidas en alabanzas de mi Dios! Venturosa fue vuestra,
suerte. Qué gran razón tenéis de ocuparos siempre en estas alabanzas y qué
envidia os tiene mi alma, que estáis ya libres del dolor que dan las ofensas
tan graves que en estos desventurados tiempos se hacen a mi Dios, y de ver
tanto desagradecimiento, y de ver que no se quiere ver esta multitud de almas
que lleva Satanás.
¡Oh bienaventuradas almas celestiales! Ayudad a
nuestra miseria y sednos intercesores ante la divina misericordia, para que nos
dé algo de vuestro gozo y reparta con nosotras de ese clero conocimiento que
tenéis.
Dadnos, Dios mío, Vos a entender qué es lo que
se da a los que pelean varonilmente en este sueño de esta miserable vida.
Alcanzadnos, oh ánimas amadoras, a entender el gozo que os da ver la eternidad
de vuestros gozos, y cómo es cosa tan deleitosa ver cierto que no se han de
acabar...
¡Oh ánimas bienaventuradas, que tan bien os
supisteis aprovechar, y comprar heredad tan deleitosa y permaneciente con este
precioso precio!, decidnos: ¿cómo granjeabais con él bien tan sin fin?
Ayudadnos, pues estáis tan cerca de la fuente; coged agua para los que acá
perecemos de sed. (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 13, 1-2. 4).
Soy la más pequeña de las criaturas. Conozco mi
miseria y mi debilidad. Pero sé también cuánto gustan los corazones nobles y
generosos de hacer el bien. Os suplico, pues, ¡oh bienaventurados moradores del
cielo!, os suplico que me adoptéis por hija. Para vosotros solos será la gloria
que me hagáis adquirir; pero dignaos escuchar mi súplica. Es temeraria, lo sé,
sin embargo, me atrevo a pediros que me alcancéis vuestro doble amor. (Santa
Teresa del Niño Jesús, MB XI, 16).
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María
Magdalena, OCD.