Una constatación: la
curiosidad parece algo innato al hombre. Basta que se produzca un hecho, un
suceso para que todo el mundo se interese y quiera saber ¿qué hay, qué o quién
es? Se está pendiente del noticioso, y la prensa sensacionalista hace su negocio.
Ojalá el interesarse por los demás no fuera por mera curiosidad. Pero
lamentablemente no es así. Hace poco el país entero se conmovió por un sismo,
que sembró muerte, dolor, destrucción… y a los 4 días, casi sobre los mismos
escombros, se disputa un “importante partido de fútbol”. Que si no se hizo en
el lugar de la tragedia fue “en virtud de las medidas de seguridad dictadas por
el gobierno… que obligó a la prohibición de todo espectáculo público” (de los
diarios). ¡Triste y lamentable!
Me imagino a todo ese gentío
que acudía a las orillas del Jordán para escuchar al Bautista. La pregunta de
Jesús: ¿Qué habéis ido a ver al desierto? (Mt 11,2-11), sugiere muchas cosas.
Por su austeridad, ascetismo y
palabra vibrante, Juan había despertado la atención, la curiosidad. Jesús
indica que, no obstante, toda esa prestancia del Bautista, con ser el más
grande de todos los profetas, Juan era muy poca cosa en comparación con ese
reino que instauraba Cristo. Lo del Bautista no era más que un acercamiento,
una preparación a la verdadera realidad que es el mismo Jesucristo. Si Juan
llamaba tanto la atención, la afirmación de Jesús de que “el más pequeño en el
reino de los cielos es más grande que él”, ha de haber sacudido a más de uno de
los que le preguntaron: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?
Urgía Cristo a la conversión,
como condición para pertenecer al Reino, que estaba en el interior del hombre y
no en las cosas exteriores. Era comprensible que el Bautista predicara la
necesidad de convertirse para ser candidato del “reino”; pero resultaba
incomprensible que ese que se presentaba como el Mesías insistiera en lo mismo,
sobre todo afirmando que esa era la realidad misma del Reino mesiánico.
Mientras no se comprenda que
ser un verdadero cristiano significa vivir en gracia de Dios, luchando
siempre contra el pecado, no se habrá entendido nada de nada. Eso es lo
fundamental, lo esencial. Todo lo demás, obras de caridad, buen ejemplo,
interés (¡no curiosidad!) por los demás -cosas ciertamente muy necesarias-, no
tendrá ningún valor si se prescinde de la propia conversión, o peor, su se la
rehúsa, ya que ella es el único modo de pertenecer a Cristo, único
capaz de salvar (Hechos 4,12 y Juan 14,6).
El Apóstol Santiago en la
segunda lectura (Sant. 5,7-10) nos señala uno de los medios, y no el menos
importante, para lograr una efectiva conversión y vida en gracia: la paciencia.
Dicho de otro modo, se trata de la perseverancia.
Hemos de tener paciencia para
soportar -“aguantar”- tantas cosas y a tantos. Paciencia en aguardar con gozo
el momento de Dios; paciencia alegre y generosa, y no como una forzada
resignación. Paciencias como “el labrador que espera el fruto precioso de la
tierra”. Paciencia para comprender que todos los días, hemos de iniciar -de
nuevo- la obra de nuestra perfección.
Otra manera de prepararnos
para ser miembro vivos y activos en el Reino de Cristo, preparando su venida,
es interesándonos porque muchos lleguen a conocer y a amar a Jesucristo.
Debemos ser los precursores, sembrando esperanza, alegría, optimismo; estimulando
a los desalentados, animando a los desilusionados.
Conversión. Paciencia.
Ilusión.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags.152-153)


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