domingo, 14 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK – ADVIENTO: ¿Cristianos curiosos?

 

Una constatación: la curiosidad parece algo innato al hombre. Basta que se produzca un hecho, un suceso para que todo el mundo se interese y quiera saber ¿qué hay, qué o quién es? Se está pendiente del noticioso, y la prensa sensacionalista hace su negocio. Ojalá el interesarse por los demás no fuera por mera curiosidad. Pero lamentablemente no es así. Hace poco el país entero se conmovió por un sismo, que sembró muerte, dolor, destrucción… y a los 4 días, casi sobre los mismos escombros, se disputa un “importante partido de fútbol”. Que si no se hizo en el lugar de la tragedia fue “en virtud de las medidas de seguridad dictadas por el gobierno… que obligó a la prohibición de todo espectáculo público” (de los diarios). ¡Triste y lamentable!

Me imagino a todo ese gentío que acudía a las orillas del Jordán para escuchar al Bautista. La pregunta de Jesús: ¿Qué habéis ido a ver al desierto? (Mt 11,2-11), sugiere muchas cosas.

Por su austeridad, ascetismo y palabra vibrante, Juan había despertado la atención, la curiosidad. Jesús indica que, no obstante, toda esa prestancia del Bautista, con ser el más grande de todos los profetas, Juan era muy poca cosa en comparación con ese reino que instauraba Cristo. Lo del Bautista no era más que un acercamiento, una preparación a la verdadera realidad que es el mismo Jesucristo. Si Juan llamaba tanto la atención, la afirmación de Jesús de que “el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él”, ha de haber sacudido a más de uno de los que le preguntaron: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?

Urgía Cristo a la conversión, como condición para pertenecer al Reino, que estaba en el interior del hombre y no en las cosas exteriores. Era comprensible que el Bautista predicara la necesidad de convertirse para ser candidato del “reino”; pero resultaba incomprensible que ese que se presentaba como el Mesías insistiera en lo mismo, sobre todo afirmando que esa era la realidad misma del Reino mesiánico.

Mientras no se comprenda que ser un verdadero cristiano significa vivir en gracia de Dios, luchando siempre contra el pecado, no se habrá entendido nada de nada. Eso es lo fundamental, lo esencial. Todo lo demás, obras de caridad, buen ejemplo, interés (¡no curiosidad!) por los demás -cosas ciertamente muy necesarias-, no tendrá ningún valor si se prescinde de la propia conversión, o peor, su se la rehúsa, ya que ella es el único modo de pertenecer a Cristo, único capaz de salvar (Hechos 4,12 y Juan 14,6).

El Apóstol Santiago en la segunda lectura (Sant. 5,7-10) nos señala uno de los medios, y no el menos importante, para lograr una efectiva conversión y vida en gracia: la paciencia. Dicho de otro modo, se trata de la perseverancia.

Hemos de tener paciencia para soportar -“aguantar”- tantas cosas y a tantos. Paciencia en aguardar con gozo el momento de Dios; paciencia alegre y generosa, y no como una forzada resignación. Paciencias como “el labrador que espera el fruto precioso de la tierra”. Paciencia para comprender que todos los días, hemos de iniciar -de nuevo- la obra de nuestra perfección.

Otra manera de prepararnos para ser miembro vivos y activos en el Reino de Cristo, preparando su venida, es interesándonos porque muchos lleguen a conocer y a amar a Jesucristo. Debemos ser los precursores, sembrando esperanza, alegría, optimismo; estimulando a los desalentados, animando a los desilusionados.

Conversión. Paciencia. Ilusión.

 

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.152-153)




lunes, 8 de diciembre de 2025

HOMILÍAS CAMPERAS (audios): Inmaculada Concepción de la Virgen María

 


Homilía pronunciada el martes 8 de diciembre de 2020 por el Padre José Antonio Medina Pellegrini en la Santa Misa de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, en el Monasterio de la Encarnación de las Hermanas Pobres Clarisas de Valdemoro, Madrid, España.

Homilía basada en “Domingueras Prédicas 1”, del Padre Leonardo Castellani, Editorial Jauja, Mendoza, 1997, págs. 339-343.

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“Homilías Camperas” es un ciclo de homilías pronunciadas por el Padre José Antonio Medina, basadas en textos originales del Padre Leonardo Castellani, principalmente de su libro “Domingueras Predicas”, que es una recopilación póstuma de sus sermones según las dos ediciones (1997 y 1998) publicadas por Ediciones Jauja, Mendoza, República Argentina.

El nombre de “Camperas” es un guiño a uno de los libros más emblemáticos del Padre Castellani, que fue el primer gran escritor argentino que se atrevió a abordar este género. Señala Hugo Wast: “Sus fábulas no se parecen a las de nadie; son cosa propia de él, mejor dicho, son cosa nuestra”.

Leonardo Luis Castellani, nació en Reconquista, provincia de Santa Fe, Argentina, el 16 de noviembre de 1899 y falleció en Buenos Aires, el 15 de marzo de 1981, fue un sacerdote católico, escritor y periodista que escribió ensayos de temática religiosa, filosófica y socio-política, novelas, cuentos y poesía.

domingo, 7 de diciembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK – ADVIENTO: ¿Cristianos de “temporada”?

 

Siempre hemos de partir de un hecho fundamental: Dios no quiere la muerte eterna de ningún pecador. El Hijo de Dios, Jesucristo, no vino para condenar, sino para salvar a todos. El nacimiento de Cristo es el mejor signo y prueba del amor de Dios (1 Jn 4, 9-10).

Al mismo tiempo hemos de recordar que el nacimiento de Cristo y toda su obra salvadora, en relación con cada uno de los hombres, no es un hecho acabado, terminado. Es una realidad que permanentemente se actualiza. Por eso la Palabra de Dios es una buena nueva constante, la buena noticia, la “novedad” por excelencia.

En este tiempo, que llamamos Adviento, y es de preparación a la Navidad, no perdamos de vista el objeto, la finalidad, el motivo del nacimiento de Jesús en Belén. Dios nos ama tanto que “no perdonó ni a su propio Hijo sino que lo entregó por todos nosotros” (Rom 8,32). Esto exige una respuesta de nuestra parte. Dios no nos va a salvar si nosotros no queremos. El querer no es un simple deseo o anhelo que se pueda alentar de un modo pasivo. El que realmente quiere algo, utiliza todos los medios para lograrlo.

Nuestro gran predicador y maestro en esto es San Juan Bautista. El nos enseña a prepararnos para que la obra redentora de Cristo tenga real significación y concreción en nosotros. Hay muchas cosas torcidas que deben enderezarse en la vida de cada uno.

Resulta indispensable rectificar la propia conciencia. Que cada uno sea sincero consigo mismo. Es inútil pretender manejar un auto si se tiene “trabada la dirección”. La dirección de los actos es la propia conciencia ajustada a la Ley de Dios.

Es tiempo de que cada uno se enfrente consigo mismo antes de enfrentarse “quijotescamente” con “molinos de viento”, viendo siempre en los demás un enemigo real o en potencia. ¿Por qué suponer siempre mala voluntad o torcidas intenciones en los demás si ello no es manifiesto? Cuando nos invitan a reflexionar sobre nuestros actos, la hombría no consiste en atrincherarnos en nuestra propia posición y estimación -sea por el cargo o el puesto que ocupamos o la tarea que desempeñamos- si no tenemos la valentía de enfrentarnos con nosotros mismos.

El que no se anima a destronar de su propia vida la soberbia y el egoísmo, no pretenda ser hombre (o mujer) cabal, y mucho menos ciudadano honrado. Un cristiano que no cumple con sus obligaciones, es un mentiroso, y no sólo un enemigo de Cristo, sino un peligro para la sociedad. Es tiempo ya de acabar con el consabido “slogan” de: “yo soy cristiano, yo soy católico a mi manera”, porque hay un solo modo de serlo. O se es cristiano y católico siempre, en todas partes y en toda ocasión, o simplemente no se lo es. Cristianos o católicos “por temporadas” no existen. Cielo “por temporada” no hay, como no ha infierno “por temporada”.

Empecemos cada uno, y ya mismo, por ajustar bien nuestra vida conforme al Evangelio. Nada de “disculparnos” o de “justificarnos” nosotros mismos. Pongámonos ante el Señor y digámonos con sinceridad y valentía lo que Él nos diría a cada uno, en este momento, con absoluta seguridad. ¿Estamos?

Con Dios no podemos jugar a las escondidas.


Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, 1988, pags.152-153)



martes, 2 de diciembre de 2025

LEÓN XIV: San Chárbel se ha convertido en un río de misericordia

 

VISITA Y ORACIÓN EN LA TUMBA DE SAN CHARBEL MAKHLOUF

SALUDO DEL SANTO PADRE

Monasterio de San Maroun (Annaya)

Lunes, 1 de diciembre de 2025

 

Queridos hermanos y hermanas:

Agradezco al Superior General sus palabras y su hospitalidad en este hermoso Monasterio de Annaya. La naturaleza que rodea esta casa de oración nos atrae también con su austera belleza.

Doy gracias a Dios por haberme concedido venir como peregrino a la tumba de san Chárbel. Mis predecesores —especialmente san Pablo VI, que lo beatificó y canonizó— lo habrían deseado mucho.

Queridos hermanos, ¿qué nos enseña hoy san Chárbel? ¿Cuál es el legado de este hombre que no escribió nada, que vivió oculto y silente, pero cuya fama se extendió por todo el mundo?

Me gustaría resumirlo así: el Espíritu Santo lo moldeó para que enseñara la oración a quienes viven sin Dios, el silencio a quienes habitan en medio del bullicio, la modestia a quienes viven para aparentar y la pobreza a quienes buscan las riquezas. Son todos comportamientos a contracorriente, pero precisamente por eso nos atraen, como el agua fresca y pura atrae a quien camina por el desierto.

En particular, a nosotros, obispos y ministros ordenados, san Chárbel nos recuerda las exigencias evangélicas de nuestra vocación. Sin embargo, su coherencia, tan radical como humilde, es un mensaje para todos los cristianos.

Y luego, hay otro aspecto que es decisivo: nunca dejó de interceder por nosotros ante el Padre celestial, fuente de todo bien y de toda gracia. Ya desde su vida terrena, muchos acudían a él para recibir del Señor consuelo, perdón y consejo. Tras su muerte, todo esto se multiplicó y se ha convertido en un río de misericordia. También por eso, cada 22 del mes, miles de peregrinos acuden hasta aquí desde diferentes países para pasar un día de oración y descanso del alma y del cuerpo.

Hermanas y hermanos, hoy queremos confiar a la intercesión de san Chárbel las necesidades de la Iglesia, del Líbano y del mundo. Para la Iglesia pedimos comunión, unidad; empezando por las familias, pequeñas iglesias domésticas, y luego en las comunidades parroquiales y diocesanas; y también para la Iglesia universal. Comunión, unidad. Y para el mundo pedimos paz. Especialmente la imploramos para el Líbano y para todo Oriente Próximo. Pero sabemos bien —y los santos nos lo recuerdan— que no hay paz sin conversión de los corazones. Por eso, que san Chárbel nos ayude a orientarnos hacia Dios y a pedir el don de la conversión para todos nosotros.

Queridos hermanos, como símbolo de la luz que Dios ha encendido aquí por medio de san Chárbel, he traído como regalo una lámpara. Al ofrecerla, encomiendo a la protección de san Chárbel al Líbano y a su pueblo, para que caminen siempre en la luz de Cristo. Gracias a Dios por el don de san Chárbel. Gracias a ustedes que conservan su memoria. ¡Caminen en la luz del Señor!

Papa León XIV




domingo, 30 de noviembre de 2025

MONSEÑOR LEÓN KRUK – ADVIENTO: Empecemos por el final

 

Con la Fiesta de Cristo Rey, el domingo pasado, culminaba una vez más un período litúrgico de la Iglesia Católica. Era como el remache de oro del desarrollo, en síntesis, de los grandes misterios de la vida de Cristo vividos en el transcurso de 365 días. El compendio de todo y el resultado definitivo: el reinado de Cristo para gloria de Dios Padre.

Hoy comenzamos nuevamente. La Liturgia, maestra experta en la vida de los hombres, empieza por el final. Al iniciar un nuevo período, nos hace meditar sobre el término de nuestra vida; o dicho de otro modo, quiere que, de cara a la muerte, tomemos los recaudos necesarios para la vida, o mejor, aún, para que después de la muerte podamos realmente vivir. Como la nueva planta que nace de la muerte, de la desaparición de la semilla.

Al prepararnos para celebrar la primera venida de Cristo en Navidad, la Liturgia intenta colocarnos en una consciente actitud de esperanza y anhelo de la segunda venida del Señor. Con relación a nuestra vida personal, la primera venida de Cristo se ha verificado el día de nuestro Bautismo. Ese día Dios se hizo presente en nuestra vida. La segunda vendida de Cristo para cada uno de nosotros, se verificará de un modo íntimo, personal y privado, en el instante de nuestra muerte; y de un modo público y solemne, en aquel día extraordinario cuando “aparezca el estandarte del Hijo del hombre en el cielo, y se lamenten todas las tribus de la tierra, y vean al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y solemne majestad. Y enviará sus ángeles con resonante trompeta y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mt 24, 30-31).

Esto es: cuando el último día resucitemos todos para acudir al juicio universal. Entonces, a partir de ese momento, allí donde estuvo nuestra alma después de la muerte también estará nuestro cuerpo después de la resurrección. La semilla de nuestra vida presente o se transformará en nueva planta de feliz eternidad, o será miserable alimento del “gusano que no muere” (Mc 9,44), o materia que no es consumida por “el fuego que no se apaga” (ib) de la desesperación y remordimiento.

Por tanto, salvada el alma, todo está salvado. Perdida el alma, todo está irremediablemente perdido. El mismo Jesús, agotando sus inagotables recursos pedagógicos, nos previene y advierte: “Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo y perder su alma? ¿Pues que dará el hombre a cambio de su alma?” (Mc 8, 36-37).

Considero que en la medida en q ue jamás demos por “demasiado sabidas” estas verdades, porque esa suele ser la más peligrosa ignorancia, y seamos capaces de tomar en serio -sin “tremendismos”- nuestra muerte, en esa medida realmente viviremos de acuerdo a nuestra condición de hombres, de pecadores y de redimidos. Esta será nuestra mejor “vigilancia” y la más eficiente “preparación” para la segunda venida de Cristo mientras celebramos su primera venida en Navidad.

Me imagino que si esto que Dios ofrece gratuitamente, y tan generosamente, tuviéramos que lograrlo como una “conquista social”, con toda seguridad que “lucharíamos”, “reclamaríamos”, emplearíamos las “huelgas”, y que se yo cuántas cosas más, para hacer valer nuestros derechos. Sin embargo, hace casi dos mil años que tenemos el “preaviso” de Jesús mismo, y no le damos la mayor importancia. ¡Tengamos cuidado con el “despido” que nos puede sentenciar San Pedro!

Aprendamos bien lo que nos enseña hoy San Pablo: “Por eso, mientras esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo, no os falta ningún don de la gracias”. Esto es: mientras esperamos el retorno de Jesús, tenemos a nuestro alcance y a nuestra disposición todos los medios necesarios para vivir de tal modo que estemos siempre preparados, “siempre listos”, para cuando el Señor nos llame, en cualquier momento. No perdamos de vista nuestra muerte si queremos realmente gozar de la vida. Empecemos por el final para asegurar el principio: de Dios salimos y a El debemos volver. Para eso vino cristo en Navidad, y para eso vendrá nuevamente.


Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael,

Ediciones Nihuil, San Rafael, Mendoza, Argentina, 1988, pags.137-138)

 

domingo, 23 de noviembre de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 34º Domingo del Tiempo Ordinario: Jesucristo, Rey del Universo

 

“Acuérdate, Señor de mí, en tu reino” (Lc 23, 42).

 

El año litúrgico se cierra con la solemnidad de Cristo Rey, celebración global de su misterio de grandeza y de amor infinito.

El argumento es introducido por la primera lectura (2 Sam 5, 1-3) con el recuerdo de la unción de David para rey y pastor de Israel, figura profética de Cristo, rey y pastor de todos los pueblos. Luego se desarrolla en la segunda lectura (Col 1, 12-20), donde san Pablo ensalza la realeza de Cristo y pasa revista a sus títulos más expresivos. Cristo es rey porque tiene la primacía absoluta delante de Dios y delante de los hombres, en el orden de la creación y de la redención. “El es imagen de Dios invisible” (ib 15), imagen perfecta y visible que revela al Padre: el que le ve a él, ve a su Padre (Jn 14, 9).

Es el “primogénito de toda criatura” (Col 1, 15): primero en el pensamiento y en el amor del Padre, primero por su dignidad infinita que lo antepone a todas las criaturas, primero porque “por medio de él…, por él y para él” (ib 16) han sido hechas todas las cosas, habiéndolas Dios llamado a la existencia por medio de él, que es su Palabra eterna. Toda la creación le pertenece; él es a la vez Rey que la rige y Sacerdote que la consagra y ofrece al Padre para su gloria. Pero como la creación ha sido contaminada por el pecado, Cristo que la ha redimido al precio de su sangre, es también Salvador de ella. Los hombres salvados por él constituyen el Reino, la Iglesia, de la que él es Cabeza, Esposo, Pastor y Señor.

Por otra parte, por su encarnación, es también hermano de los hombres y por su pasión y muerte es “el primogénito de entre los muertos” (ib 18), que un día resucitarán con él, “primicia” de los resucitados. En verdad Cristo “es el primero en todo” (ib) y en él el hombre lo encuentra todo: la vida, “la redención, el perdón de los pecados” (ib 14). Brota así de espontáneo el himno de reconocimiento a Dios Padre que en su Hijo ha querido crear y restaurar todas las cosas y dar a los hombres vida y salvación: “Demos gracias a Dios Padre, …que nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido” (ib 12-13).

Esta liberación y este traslado están documentados al vivo en el Evangelio de este domingo (Lc 23, 35-43) con el episodio conmovedor del buen ladrón. Jesús está en la cruz; sobre su cabeza cuelga, como escarnio y condena, el título de su realeza: “Este es el Rey de los Judíos” (ib 38). Los jefes y los soldados se burlan de él: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo” (ib 37). Hasta uno de los malhechores colgados al lado, le injuria; el otro, en cambio, movido de temor de Dios, le defiende: “Lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada”; y dirigiéndose a Jesús, dice: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (ib 41-42).

Es un ladrón, pero cree en Dios y le teme, se confiesa culpable y acepta el castigo de sus delitos. La fe le ilumina y, primero entre todos, reconoce la realeza de Jesús, escarnecida y rechazada por los sacerdotes y jefes del pueblo; y la reconoce no delante de Cristo glorioso, sino ante un Cristo humillado y moribundo en el patíbulo. Su fe es premiada: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso” (ib 43). Pide para el futuro y recibe en el presente, al punto “hoy”. No tendrá que esperar; Jesús ha expiado ya por él, le ha merecido la gracia del perdón; para cogerla ha sido suficiente el arrepentimiento acompañado de la fe. De este modo Cristo desde la cruz atrae a sí a los hombres; es el buen pastor que salva la oveja perdida, el padre que acoge al hijo pródigo, el Rey que establece su reino con el poder del amor y a precio de su sangre. El que cree y confía en él, podrá escuchar: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

 

“Gracias siempre y en todo lugar, a ti, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno: porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del Universo a tu Único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría, para que ofreciéndose a sí mismo, como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz consumara el misterio de la redención humana; y sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal: el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz” (Misal Romano, Prefacio de la Misa de Cristo Rey).

“¡Oh alma mía, tú eres un templo! ¡Dios mío, que sea ella tu reino! Soy y quiero ser tu súbdito; reina soberanamente en mí. Si alguna vez me he alejado de ti, si he tenido la desgracia de rebelarme contra ti, ha sido, Dios mío, porque no te conocía.

¡Oh bondad infinita!, tú no te cansas ni por mi pusilanimidad o por las rebeliones de mi naturaleza; no me pides otra cosa que una fe viva y una voluntad fiel, dirigida por la fe y movida por tu amor. Creo, Señor, quiero creer, sana mi incredulidad. Triunfa sobre mis resistencias. Tú no me subyugas, lo sé, sino para amarme. Someterme a ti equivale a dejarme amar de ti, a darte la libertad de realizar en mí, mal que me pese, mi felicidad. Dispón de mí, Señor; rompe los obstáculos que se oponen en mí al dominio y al triunfo de tu amor” (D. Mercier, escritos y discursos).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 


sábado, 22 de noviembre de 2025

HOMILÍAS CAMPERAS (audios): Jesucristo, Rey del universo

 

Homilía pronunciada el Domingo 22 de noviembre de 2020 por el Padre José Antonio Medina Pellegrini en la Santa Misa de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, en el Monasterio de la Encarnación de las Hermanas Pobres Clarisas de Valdemoro, Madrid, España.

Homilía basada en “Domingueras Prédicas 1”, del Padre Leonardo Castellani, Editorial Jauja, Mendoza, 1997, págs. 327-332.

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“Homilías Camperas” es un ciclo de homilías pronunciadas por el Padre José Antonio Medina, basadas en textos originales del Padre Leonardo Castellani, principalmente de su libro “Domingueras Predicas”, que es una recopilación póstuma de sus sermones según las dos ediciones (1997 y 1998) publicadas por Ediciones Jauja, Mendoza, República Argentina.


El nombre de “Camperas” es un guiño a uno de los libros más emblemáticos del Padre Castellani, que fue el primer gran escritor argentino que se atrevió a abordar este género. Señala Hugo Wast: “Sus fábulas no se parecen a las de nadie; son cosa propia de él, mejor dicho, son cosa nuestra”.

Leonardo Luis Castellani, nació en Reconquista, provincia de Santa Fe, Argentina, el 16 de noviembre de 1899 y falleció en Buenos Aires, el 15 de marzo de 1981, fue un sacerdote católico, escritor y periodista que escribió ensayos de temática religiosa, filosófica y socio-política, novelas, cuentos y poesía.



domingo, 16 de noviembre de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 33º Domingo del Tiempo Ordinario: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”

 

“El Señor regirá el orbe con justicia” (Salmo 97, 9).

Ya el domingo pasado la liturgia, tratando el tema de la resurrección de los muertos, orientaba el pensamiento a las realidades ultraterrenas. Hoy prosigue en la misma dirección y señala “el día del Señor, cuando, al fin de los tiempos, vuelva Cristo con gloria para juzgar a vivos y muertos”, como rezamos en el Credo. El profeta Malaquías (3, 19-20a, primera lectura) lo presenta con tintas fuertes: “Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir” (ib 19). Estas imágenes no son agradables a la mentalidad moderna, pero, con todo, expresan una gran verdad. Si en la vida presente triunfa el mal y los que se burlan de Dios tienen éxito y fortuna, vendrá el día en que Dios mismo pondrá cada cosa en su lugar según justicia.

“Entonces vosotros volveréis a distinguir entre el justo y el impío, entre quien sirve a Dios y quien no le sirve” (ib 18). Cada cual tendrá la suerte que se haya preparado con su conducta; así, mientras para los impíos el día del juicio será como un fuego devorador, para los justos será la manifestación de la gloria de Dios. “Yo seré indulgente con ellos -dice el Señor- como es indulgente un padre con el hijo que le sirve” (ib 17). Delicada expresión que revela la bondad paternal de Dios, el cual recompensa a los que le aman por encima de todo mérito. “Los iluminará un sol de justicia” (ib 20), Cristo el Señor, el cual después de haber iluminado al mundo para guiarlo por los caminos del bien y de la paz (Lc 1, 79) volverá para acoger en su gloria eterna a cuantos hayan seguido su luz.

El Evangelio de este domingo (Lc 21, 5-19) reproduce un trozo del discurso escatológico de Jesús, donde la predicción de los sucesos que precederán el fin del mundo se mezcla con la de los hechos que precederán a la caída de Jerusalén y la destrucción del templo. Habla el Señor ante todo de la aparición de muchos que, presentándose en su nombre, impartirán doctrinas engañosas y falsas profecías. “Cuidado con que nadie os engañe…; no vayáis tras ellos” (ib 8). La deformación de la verdad es el peligro más insidioso. Hay que ser cautos y saber discernir; el que contradice a la Sagrada Escritura, el que no está con la Iglesia y con el Papa no ha de ser escuchado.

Jesús anuncia luego “guerras, revoluciones…, terremotos, epidemias, hambre” (ib 9-10). La historia de todos los tiempos registra calamidades de este género; sería por eso aventurado ver en ellas -como en la multitud de falsos profetas- la señal de un fin inminente. Jesús mismo prediciendo estas cosas, dijo: “No tengáis pánico…, el final no vendrá enseguida” (ib 9). Sin embargo, esto “tiene que ocurrir primero” (ib); pues, en el plan divino esas cosas tienen la misión de recordar a los hombres que aquí abajo todo es transitorio, todo está en camino hacia “nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia” (2 Pe 3, 13), y en los que los justos participarán eternamente en la gloria de su Señor.

A esta misma luz han de ser consideradas las persecuciones que en todo tiempo hostigan a la Iglesia; no son para su perdición, sino para bien de los creyentes, para acendrar y robustecer su fe. “Así tendréis ocasión –dice Jesús- de dar testimonio” (Lc 21, 23). Por eso la conclusión de este fragmento, no sólo es serena, sino llena de confianza. Jesús exhorta a sus discípulos a no preocuparse ni siquiera cuando sean apresados, llevados a los tribunales y perseguidos por los amigos o familiares y convertidos en blanco del odio de todos. El velará por ellos, y si hubieren de perder la vida por su nombre, la habrán ganado para la eternidad. “Con vuestra paciencia, salvaréis vuestras almas” (ib 9). No es con las preocupaciones, las protestas, o las discusiones como se obtendrá la victoria, sino perseverando con paciencia en la fidelidad a Cristo y confianza en él, a pesar de que arrecien las tormentas.


“¡Oh Señor y verdadero Dios mío! Quien no os conoce, no os ama. ¡Oh, qué gran verdad es ésta! Mas ¡ay dolor, ay dolor, Señor, de los que no os quieren conocer! Temerosa cosa es la hora de la muerte… Considero yo muchas veces, Cristo mío, cuán sabrosos y deleitosos se muestran vuestros ojos a quien os ama y Vos, bien mío, queréis mirar con amor. Paréceme que sola una vez de este mirar tan suave a las almas que tenéis por vuestras, basta por premio de muchos años de servicio. ¡Oh, válgame Dios, qué mal se puede dar esto a entender, sino a los que ya han entendido, cuán suave es el Señor!

¡Oh cristianos, cristianos!, mirad la hermandad que tenéis con este gran Dios; conocedle y no le menospreciéis, que así como este mirar es agradable a sus amadores, es terrible con espantable furia para sus perseguidores. ¡Oh, que no entendemos que es el pecado una guerra campal contra Dios de todos nuestros sentidos y potencias del alma! El que más puede más traiciones inventa contra su Rey… Remediad, Dios mío, tan gran desatino y ceguedad”. (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 14, 1-2. 4).

“Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero” (Misal Romano, Oración Colecta).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

  


domingo, 9 de noviembre de 2025

SANTORAL: Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

 

Dedicar o consagrar un lugar a Dios es un rito que forma parte de todas las religiones. Es "reservar" un lugar a Dios, reconociéndole gloria y honor. Cuando el emperador Constantino dio plena libertad a los cristianos -en el año 313-, éstos no escatimaron en la construcción de lugares para el Señor. El propio emperador donó al Papa Melquiades los terrenos para la edificación de una domus ecclesia cerca del monte Celio. La Basílica fue consagrada en el 324 ( o 318 ) por el Papa Silvestre I, que la dedicó al Santísimo Salvador. En el s. IX, el Papa Sergio III la dedicó también a San Juan Bautista; y en el s. XII, Lucio II añadió también a San Juan Evangelista. De ahí el nombre de Basílica Papal del Santísimo Salvador y de los Santos Juan Bautista y Evangelista en Letrán. Es considerada como la madre y la cabeza de todas las iglesias de Roma y del mundo: es la primera de las cuatro Basílicas papales mayores y la más antigua de occidente. En ella se encuentra la cátedra del Papa, pues es la sede del Obispo de Roma. A lo largo de los siglos, la basílica pasó a través de numerosas destrucciones, restauraciones y reformas. Benedicto XIII la volvió a consagrar en 1724; fue en esta ocasión cuando se estableció y extendió a toda la cristiandad la fiesta que hoy celebramos.

Del Evangelio según San Juan

“Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado».

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.

Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?».

Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar».

Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».

Pero Él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que Él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado” (Jn 2,13-22).

Lugar de encuentro

Las lecturas bíblicas elegidas para este día desarrollan el tema del "templo". En el Antiguo Testamento (Primera Lectura, Ez 47), el profeta Ezequiel, desde su exilio en Babilonia (estamos en torno al 592 a.C.), trata de ayudar al pueblo a salir de su desánimo por no tener ya tierra ni lugar para orar. Surge así el mensaje -la Primera Lectura- en el que el profeta anuncia el día en que el pueblo adorará a su Dios en el nuevo templo. Un lugar donde el hombre eleva su oración a Dios y donde Dios se acerca al hombre escuchando su oración y socorriéndolo allí donde suplica: un lugar de encuentro. De este modo, el templo asume el papel de Casa de Dios y Casa del pueblo de Dios. Un lugar donde se practica la justicia, la única capaz de curar al pueblo. De este templo, el profeta ve brotar agua: "Y vi que salía agua por debajo del umbral de la Casa". Un agua que es don y que traerá vida, bendición.

¡Fuera de aquí!

Todo judío varón estaba obligado a subir a Jerusalén para ofrecer el cordero de la Pascua; tres semanas antes comenzaba la venta de animales aptos para la ofrenda (las palomas eran el sacrificio de los pobres, Lv 5,7). Los cambistas tenían la tarea de cambiar las monedas romanas por monedas acuñadas en Tiro. No era esta una cuestión de ortodoxia religiosa, aunque se hiciera pasar por tal. Al fin y al cabo, también las monedas de Tiro tenían una imagen pagana, pero contenían más plata, por lo que valían más. Los sacerdotes del templo supervisaban este "comercio" y siempre obtenían un beneficio en el cambio.

Este es el entorno que Jesús encontró en el Templo, precisamente en el Hieron, es decir, en el patio exterior del Templo, el Patio de los Gentiles. El Templo propiamente dicho es el Naos, el santuario, que se mencionará en los v. 19-21. "Hizo un látigo de cuerdas... y los expulsó del Templo": con el látigo Jesús azota este "comercio" presente en el Templo. Derriba los puestos de los vendedores y los expulsa a todos (cfr. Ex 32, el becerro de oro).

«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado». Son palabras y acciones que remiten al profeta Zacarías, que anunció lo que sucederá cuando el Señor venga a la ciudad de Jerusalén: "Y aquel día, ya no habrá más traficantes en la Casa del Señor de los ejércitos" (Zc 14,21).

“«¿Qué signo nos das para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar»”. Los sacerdotes del templo le preguntan a Jesús con qué autoridad actúa, y Él responde invitándoles a destruir el templo, porque Él lo hará resurgir. La respuesta de Jesús se refiere no a todo el edificio del templo, sino al "santuario" propiamente dicho, allí donde estaba la presencia de Dios: "Él hablaba del templo de su cuerpo". Con la Pascua de Jesús -con su cuerpo destruido y resucitado- comienza el nuevo culto, el culto del amor, en el nuevo templo (naos) que es Él mismo. La resurrección será el acontecimiento clave que hará que los discípulos sean finalmente capaces de comprender; el Espíritu Santo (Jn 14:26) les hará recordar los acontecimientos y verlos de una manera nueva.

Jesús, el nuevo templo

La fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán nos permite recordar el camino del pueblo y el cuidado constante y fiel de Dios. Al mismo tiempo, se nos recuerda que hoy cada uno de nosotros, en Jesús resucitado, es "templo de Dios", porque el Espíritu mismo habita en cada uno de nosotros (1 Cor 3,16). Ser conscientes de ello nos lleva, por un lado, a alabar al Señor; pero, por otro lado, nos lleva a decir, a veces de forma desproporcionada: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa..." (Mt 8,8), olvidando que Él ya está en nosotros, y que nos acoge y nos ama no por cómo quisiéramos ser, sino por cómo somos, aquí, ahora. Son las cosas con las que nos distraemos en nuestro interior las que hacen borroso el Rostro del Señor. Cuando aprendamos a mantener nuestra mirada fija en Jesús, Autor y perfeccionador de nuestra fe, de nuestra amistad con Él (cfr. Hb 12,1-4), nuestro rostro brillará con la luz que brota de un corazón "unificado". El equilibrio requerido no es el trabajo de un momento, sino el resultado de toda una vida, de un continuo reentrar en nosotros mismos dirigiéndonos directamente al “aposento del Rey" (cfr. Castillo interior, Santa Teresa de Jesús).


domingo, 2 de noviembre de 2025

INTIMIDAD DIVINA – Santoral: Conmemoración de todos los fieles difuntos

 
«Señor, los que son fieles permanecerán junto a ti en el amor» (Sb 3, 9).

Ayer la Iglesia peregrina en la tierra celebraba la gloria de la Iglesia celestial invocando la intercesión de los Santos y hoy se reúne en ración para hacer sufragios por sus hijos que, «ya difuntos, se purifican» (LG 49). Mientras dure el tiempo, la Iglesia constará de tres estados: los bienaventurados que gozan ya de la visión de Dios, los difuntos necesitados de purificación todavía no admitidos a ella, y los viadores que soportan las pruebas de la vida presente. Entre unos y otros hay una separación profunda, que, no obstante, no impide su unión espiritual, «pues todos los que son de Cristo... constituyen una misma Iglesia y mutuamente se unen en él.

La unión de los viadores con los hermanos que se durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe, antes bien... se robustece con la comunicación de bienes espirituales» (ib). ¿Qué bienes son estos? Los santos interceden por los hermanos que combaten aquí abajo y los estimulan con su ejemplo; y éstos oran para apresurar la gloria eterna a los hermanos difuntos que aguardan ser introducidos en ella. Es la comunión de los santos en función: santos del cielo, del purgatorio o de la tierra, pero todos santos, aunque en grado muy diferente, por la gracia de Cristo que los vivifica y en la que todos están unidos.

A la luz de esta consoladora realidad, la muerte no aparece más como la destrucción del hombre, sino como tránsito y a un nacimiento a la vida verdadera, la vida eterna. «Sabemos -escribe San Pablo- que si esta tienda, que es nuestra habitación terrestre, se desmorona, tenemos una casa que es de Dios, una habitación eterna... que está en los cielos» (2 Cr 5, 1; 2.ª lectura, 2.ª Misa). Viadores en la tierra, difuntos en el purgatorio y bienaventurados en el cielo, estamos todos en camino hacia la resurrección final, que nos hará plenamente participantes del misterio pascual de Cristo. Y mientras lo somos en parte, oremos unos por otros y, sobre todo, ofrezcamos sufragios por nuestros muertos, porque «es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos para que sean liberados del pecado» (2 Mac 12, 46; 1.ª lectura, 3.ª Misa).

La Liturgia del día pone el acento sobre la fe y la esperanza en la vida eterna, sólidamente fundadas en la Revelación. Es significativo el trozo del libro de la Sabiduría (1.ª lectura, 1.ª Misa: Sb 3, 1-6. 9): «Las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno. Creyeron los insensatos que habían muerto; tuvieron por quebranto su salida de este mundo, y su partida de entre nosotros por completa destrucción; pero ellos están en la paz» (ib 1-3). Para quien ha creído en Dios y le ha servido, la muerte no es un salto en la nada, sino en los brazos de Dios: es el encuentro personal con él, para «permanecer junto a él en el amor» (ib 9) y en la alegría de su amistad. El cristiano auténtico no teme, por eso, la muerte, antes, considerando que mientras vivimos aquí abajo «vivimos lejos del Señor», repite con San Pablo: «Preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor» (2 Cr 5, 6.8; 2.ª lectura, 2.ª Misa). No se trata de exaltar la muerte, sino de verla como realmente es en el plan de Dios: el natalicio para la vida eterna.

Esta visión serena y optimista de la muerte se basa sobre la fe en Cristo y sobre la pertenencia a él: «ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite el último día» (Jn 6, 39; Evangelio, 2.ª Misa). Todos los hombres han sido dados a Cristo, y él los ha pagado al precio de su sangre. Si aceptan su pertenencia a él y la viven con la fe y con las obras según el Evangelio, pueden estar seguros de que serán contados entre los «suyos» y, como a tales, nadie podrá arrancarlos de su mano, ni siquiera la muerte. «Ya vivamos, ya muramos, del Señor somos» (Rm 14, 8; 2.ª lectura, 1.ª Misa). Somos del Señor porque nos ha redimido e incorporado a sí, porque vivimos en él y para él mediante la gracia y el amor; si somos suyos en vida, lo continuaremos siendo en la muerte.

Cristo, Señor de nuestra vida, vendrá a ser el Señor de nuestra muerte, que él absorberá en la suya transformándola en vida eterna. Así se verifica para los creyentes la plegaria sacerdotal de Jesús: «Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que tú me has dado, para que contemplen mi gloria» (Jn 17, 24; Evangelio, 3.ª Misa). A esta oración de Cristo corresponde la de la Iglesia, que implora esa gracia para todos sus hijos difuntos: «Concede, Señor, que nuestros hermanos difuntos entren en la gloria con tu Hijo, el cual nos une a todos en el gran misterio de tu amor» (Sobre las ofrendas, 1.ª Misa).

 

Señor y Dios, no se puede desear para los otros más de lo que se desea para sí mismo. Por eso te suplico: no me separes después de la muerte de aquellos que he amado tan tiernamente en la tierra. Haz, Señor, te lo suplico, que donde esté yo se encuentren los otros conmigo, para que allá arriba pueda gozarme de su presencia dado que en la tierra me vi tan presto privado de ellos.

Te imploro, Dios soberano, acojas pronto a estos hijos amados en el seno de la vida. En lugar de su vida terrena tan breve, concédeles poseer la felicidad eterna. (San Ambrosio, De obitu Valentiniani, 81).

Oh Señor y Creador del universo y especialmente del hombre, creado a tu imagen; Dios de los hombres, Padre, Señor de la vida y de la muerte; tú conservas y colmas de beneficios nuestras almas; tú los acabas y transformas todo con la obra de tu Verbo, en la hora establecida y según la disposición de tu sabiduría; acoge hoy a nuestros hermanos difuntos como a las primicias de nuestra peregrinación...

Ojalá nos acojas también a nosotros, en el momento que te plazca, después de habernos guiado y mantenido en la carne, el tiempo que te parezca útil y saludable. Ojalá nos acojas preparados por tu temor, sin turbación y sin vacilación, en el último día. Haz que no dejemos con pena las cosas de la tierra, como acaece a los que están demasiado asidos al mundo y a le carne; haz que nos dirijamos resueltos y felices hacia la vida perene y bienaventurada, que se halla en Cristo Jesús, Señor nuestro, de quien es la gloria por los siglos de los siglos. Amén. (San Gregorio Nacianceno, Oración por el hermano Cesáreo, 24).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

sábado, 1 de noviembre de 2025

INTIMIDAD DIVINA – Santoral: Solemnidad de todos los santos

 

«Estos son los que buscan al Señor» (Salmo resp.).

«Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos. Los ángeles se alegran de esta solemnidad y alaban a una al Hijo de Dios» (Entrada). La Liturgia de la Iglesia peregrina se une hoy a la de la Iglesia celestial para celebrar a Cristo Señor, fuente de la santidad y de la gloria de los elegidos, «muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas» (ib 9). Todos están «marcados en la frente» y «vestidos con vestiduras blancas», lavadas «en la sangre del Cordero» (ib 3, 9.14). Marca y vestidos son símbolos del bautismo que imprime en el hombre el carácter inconfundible de la pertenencia a Cristo y que, purificándolo del pecado, lo reviste de pureza y de gracia en virtud de su sangre. Pues la santidad no es otra cosa que la maduración plena de la gracia bautismal, y así es posible en todos los bautizados.

Los Santos que festeja hoy la Iglesia no son sólo los reconocidos oficialmente por la canonización, sino también aquellos otros muchos más numerosos y desconocidos que han sabido, «con la ayuda de Dios, conservar y perfeccionar en su vida la santificación que recibieron» (LG 40). Santidad oculta, vivida en las circunstancias ordinarias de la vida, sin brillo aparente, sin gestos que atraigan la atención, pero real y preciosa. Mas hay una característica común a todos los elegidos: «Estos son -dice el sagrado texto- los que vienen de la gran tribulación» (Ap 7, 14). «Gran tribulación» es la lucha sostenida por la defensa de la fe, son las persecuciones y el martirio sufridos por Cristo, y lo son también las cruces y los trabajos de la vida cotidiana.

Los Santos llegaron a la gloria sólo a través de la tribulación, la cual completó la purificación comenzada en el bautismo y los asoció a la pasión de Cristo para asociarlos luego a su gloria. Llegados a la bienaventuranza eterna, los elegidos no cesan de dar gracias a Dios por ello y cantan «con voz potente»: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero» (ib 10). Y responde en el cielo el «Amén» eterno de los ángeles postrados delante del trono del Altísimo (ib 11-12); y debe responder en la tierra el «Amén» de todo el Pueblo de Dios que camina hacia la patria celestial esforzándose en emular la santidad de los elegidos. «Amén», así es, por la gracia de Cristo que abre a todos el camino de la santidad.

La segunda lectura (1 Jn 3, 1-3) reasume y completa el tema de la primera lectura poniendo en evidencia el amor de Dios que ha hecho al hombre hijo suyo y la dignidad del mismo hombre que es realmente hijo de Dios. «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (ib 1). Don que no se reserva para la vida eterna, sino que se otorga ya en la vida presente, realidad profunda que transforma interiormente al hombre haciéndolo partícipe de la vida divina. Con todo, aquí en la tierra es una realidad que permanece velada; se manifestará plenamente en la gloria; entonces «seremos semejantes a Dios, porque le veremos tal cual es» (ib 2). La gloria que contempla hoy la Iglesia en los Santos es precisamente la que se deriva de la visión de Dios, por la cual están revestidos y penetrados de su resplandor infinito.

En el Evangelio (Mt 5, 1-12a) Jesús mismo ilustra el tema de la santidad y de la bienaventuranza eterna mostrando el camino que conduce a ella. Punto de partida son las condiciones concretas de la vida humana donde el sufrimiento no es un incidente fortuito, sino una realidad conexa a su estructuró. Jesús no vino a anularlo, sino a redimirlo, haciendo de él un medio de salvación y de bienaventuranza eterna. La pobreza, las aflicciones, las injusticias, las persecuciones aceptadas con corazón humilde y sumiso a la voluntad de Dios, con serenidad nacida de la fe en él y con el deseo de participar en la pasión de Cristo, no envilecen al hombre, antes lo ennoblecen; lo purifican, lo hacen semejante al Salvador doliente y, por ende, digno de tener parte en su gloria.

«Bienaventurados los pobres..., bienaventurados los que lloran..., bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia..., bienaventurados los perseguidos..., porque de ellos es el Reino de los Cielos» (ib 3 4.6.10). También las otras cuatro bienaventuranzas, aunque no digan relación directa al sufrimiento, exigen un gran espíritu de sacrificio. Pues no se puede ser manso, misericordioso, puro de corazón o pacífico sin luchar contra las propias pasiones y sin vencerse a sí mismo para aceptar serenamente situaciones difíciles y sembrar doquiera amor y paz.

El itinerario de las bienaventuranzas es el recorrido por los santos; pero de modo especialísimo es el recorrido por Jesús que quiso tomar sobre sí las miserias y sufrimientos humanos para enseñar al hombre a santificarlos. En él pobre, doliente, manso, misericordioso, pacífico, perseguido y por este camino llegado a la gloria, encuentra el cristiano la realización más perfecta de las bienaventuranzas evangélicas.

 

¡Oh almas que ya gozáis sin temor de vuestro gozo y estáis siempre embebidas en alabanzas de mi Dios! Venturosa fue vuestra, suerte. Qué gran razón tenéis de ocuparos siempre en estas alabanzas y qué envidia os tiene mi alma, que estáis ya libres del dolor que dan las ofensas tan graves que en estos desventurados tiempos se hacen a mi Dios, y de ver tanto desagradecimiento, y de ver que no se quiere ver esta multitud de almas que lleva Satanás.

¡Oh bienaventuradas almas celestiales! Ayudad a nuestra miseria y sednos intercesores ante la divina misericordia, para que nos dé algo de vuestro gozo y reparta con nosotras de ese clero conocimiento que tenéis.

Dadnos, Dios mío, Vos a entender qué es lo que se da a los que pelean varonilmente en este sueño de esta miserable vida. Alcanzadnos, oh ánimas amadoras, a entender el gozo que os da ver la eternidad de vuestros gozos, y cómo es cosa tan deleitosa ver cierto que no se han de acabar...

¡Oh ánimas bienaventuradas, que tan bien os supisteis aprovechar, y comprar heredad tan deleitosa y permaneciente con este precioso precio!, decidnos: ¿cómo granjeabais con él bien tan sin fin? Ayudadnos, pues estáis tan cerca de la fuente; coged agua para los que acá perecemos de sed. (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 13, 1-2. 4).

Soy la más pequeña de las criaturas. Conozco mi miseria y mi debilidad. Pero sé también cuánto gustan los corazones nobles y generosos de hacer el bien. Os suplico, pues, ¡oh bienaventurados moradores del cielo!, os suplico que me adoptéis por hija. Para vosotros solos será la gloria que me hagáis adquirir; pero dignaos escuchar mi súplica. Es temeraria, lo sé, sin embargo, me atrevo a pediros que me alcancéis vuestro doble amor. (Santa Teresa del Niño Jesús, MB XI, 16).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.


domingo, 26 de octubre de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 30º Domingo del Tiempo Ordinario: “El que se ensalce, será humillado; y el que se humille, ensalzado”

 

“Señor, tú estás cerca de los atribulados, salvas a los abatidos” (Salmo 33,19).

“Los gritos del pobre atraviesan las nubes” (Eclo 35, 17) y obtienen gracias; he aquí el centro de esta liturgia dominical. El hombre debe hacer obras buenas y ofrecer a Dios sacrificios; pero que no piense “comprarse” a Dios con estos medios. Dios no es como los hombres, que se dejan corromper con dádivas y favores, pues mira únicamente al corazón del que recurre a él. Si alguna preferencia tiene es siempre para los que la Biblia llama “los pobres de Yahvé”, que se vuelven a él con ánimo humilde, contrito, confiado y convencidos de no tener derecho a sus favores.

La primera lectura (Eclo 35, 12-14.16-18) es precisamente un elogio de la justicia de Dios, que no se fija en el rostro de nadie, ni es parcial con ninguno (ib 12-13), sino que escucha la oración del pobre, del indefenso, del huérfano y de la viuda. Y es un elogio de la oración del humilde, conocedor de su indigencia y de su necesidad de auxilio y de salvación. Esta es la oración que “atraviesa las nubes” y obtiene gracia y justicia.

Este trozo del Antiguo Testamento es una introducción óptima a la parábola evangélica del fariseo y el publicano (Lc 18, 9-14), en la que Jesús confronta la oración del soberbio y la del humilde. Un fariseo y un publicano suben al templo con idéntica intención: orar, pero su comportamiento es diametralmente opuesto. Para el primero la oración es un simple pretexto para jactarse de su justicia a expensas del prójimo. “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros… Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo” (ib 11-12). ¿Quién, pues, más justo que él, que no tiene pecado y cumple todas las obras de la ley? Se siente, por ello, digno de la gracia de Dios y la exige como recompensa a sus servicios. Como buen fariseo está satisfecho y complacido de una justicia exterior y legal, mientras su corazón está lleno de soberbia y de desprecio al prójimo.

Al contrario, el publicano se confiesa pecador, y con razón, porque su conducta no es conforme a la ley de Dios. Sin embargo está arrepentido, reconoce su miseria moral y se da cuenta de que no es digno del divino favor: “no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador” (ib 13).

La conclusión es desconcertante: “Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no” (ib 14). Jesús no quiere decir que Dios prefiera libertinos o estafadores al hombre honesto cumplidor de la ley; sino que prefiere la humildad del pecador arrepentido a la soberbia del justo presuntuoso. “Porque todo el que se enaltece -en la confianza y seguridad de sí- será humillado, y el que se humilla -en la consideración de la propia miseria- será enaltecido” (ib). En realidad, por su soberbia y falta de amor, el fariseo tenía, no menos que el publicano, suficientes motivos para humillarse.

También la segunda lectura (2 Tim 4,6-8. 16-18) nos ofrece un pensamiento que ilumina esta enseñanza. Al ocaso de su vida, san Pablo hace una especie de balance: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe” (ib 7). Reconoce, pues, el bien realizado, pero con un espíritu muy diferente del fariseo. El lugar de anteponerse a los otros, declara que el Señor le dará “la corona merecida” no a él sólo, “sino a todos los que tienen el amor a su venida” (ib 8). En lugar de jactarse del bien obrado, confiesa que es Dios quien le ha sostenido y dado fuerza; lejos de contar con sus méritos, confía en Dios para ser salvo y le da por ello gracias. “El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. ¡A él la gloria por los siglos de los siglos! ¡Amén! (ib 18).

 

“Tú, Señor, no te alejes; estáte cerca. ¿De quién está cerca el Señor? De los que atribularon su corazón. Está lejos de los soberbios, está cerca de los humildes, mas no piensen los soberbios que están ocultos, pues desde lejos los conoce. De lejos conocía al fariseo que se jactaba de sí mismo, y de cerca socorría al publicano que se arrepentía. Aquel se jactaba de sus obras buenas y ocultaba sus heridas; éste no se jactaba de sus méritos, sino que mostraba sus heridas. Se acercó al médico y se reconoció enfermo; sabía que había de sanar; con todo, no se atrevió a levantar los ojos al cielo; golpeaba el pecho; no se perdonaba a sí mismo para que Dios le perdonase, se reconocía pecador para que Dios no le tuviese en cuenta sus yerros, se castigaba para que Dios le librase…

Señor, lejos de mí creerme justo… A mí me toca clamar, gemir, confesar, no exaltarme, no vanagloriarme, no preciarme de mis méritos, porque si tengo algo de lo que pueda gloriarme, ¿qué es lo que no he recibido? (San Agustín, In Ps 39, 20).

Enséñame, Señor, a hacerte camino con la confesión de los pecados, a fin de que puedas acercarte a mí… Así vendrás tú y me visitarás, porque tendrás en donde afianzar tus pasos, tendrás por donde venir a mí. Antes de que confesase mis pecados, te había obstruido el camino para llegar a mí; no tenías senda por donde acercarte a mí. Confesaré, pues, mi vida y te abriré el camino; y tú, oh Cristo, vendrás a mí y pondrás en el camino tus pasos, para instruirme y guiarme con tus huellas” (San Agustín, In Ps, 84, 16).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 


domingo, 19 de octubre de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 29º Domingo del Tiempo Ordinario: “Es preciso orar siempre sin desfallecer”

 

“El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (Salmo 120, 2).

Los textos escriturísticos de este domingo se centran en el tema de la fe, considerada sobre todo como recurso confiado a Dios y seguridad de su intervención. Tomado del libro del Éxodo (17, 8-13, primera lectura) se lee el conocido episodio de la oración de Moisés en el monte, mientras en el valle luchaban los hijos de Israel contra los amalecitas. “Mientras Moisés tenía en alto la mano (en actitud de súplica), vencía Israel; mientras la tenía bajada, vencía Amalec” (ib 11).

Las manos levantadas eran “signo” de la oración elevada a Dios para invocar su auxilio y al mismo tiempo –pues Moisés sostenía “el bastón de Dios” (ib 9) con el que había realizado tantos prodigios- eran una incitación al pueblo a batirse con bravura. Así para impedir que el cansancio hiciese caer los brazos de Moisés, “Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado” (ib 12). Expresión admirable de una fe que esperaba la victoria mucho más del auxilio divino que del valor de los combatientes.

El trozo evangélico refiere la parábola del juez y la viuda (Lc 18, 1-8), propuesta por Jesús para inculcar “a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse” (ib 1). Se trata de un juez que “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”, y así no se preocupaba de defender la causa de los débiles y oprimidos según prescribía la ley de Dios. Por eso no quiere saber nada de una pobre viuda que recurre a él en demanda de justicia; pero, al fin, cede a sus ruegos únicamente para que ella no le siga fastidiando.

De este ejemplo parte Jesús para dar a entender que Dios, mucho mejor que el juez injusto, escuchará las súplicas de quien recurre a él con constancia confiada. “Pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar” (ib 7-8). La oración continua que Jesús inculca aquí, es sobre todo la oración por el advenimiento del Reino de Dios y por la salvación de los elegidos cuando, en el último día, venga el Hijo del Hombre a juzgar al mundo (cfr. Lc 17, 22-37).

Los creyentes deben vivir aguardando ese día y rogar incesantemente para que sea día de salvación. Por parte de Dios la salvación está asegurada porque Cristo ha muerto y resucitado por todo el género humano. Más por parte de los hombres se precisa una condición: la fe. ¿Pero cuando venga el Hijo del Hombre ¿encontrará esta fe en la tierra? (ib 8). La pregunta con que Jesús concluye la parábola induce a una seria reflexión. La Iglesia atribulada puede estar segura de que su suplica incesante será finalmente oída.

Dios hará justicia a sus elegidos, aunque actualmente los deja pasar por persecuciones, angustias y fracasos, como lo permitió para su Elegido, Jesucristo. Pero es necesario que la Iglesia y cada uno de los fieles guarden íntegra la fe y la defiendan de las asechanzas del abatimiento. Cuanto más firme y segura sea la fe que Dios encuentre en ellos, tanto más intervendrá a su favor, como intervino a favor de Israel.

En este contexto la segunda lectura (2 Tim 3, 14 - 4, 2) suena como una exhortación apasionada a permanecer firmes en la fe a pesar de las teorías contrarias y la desbandada de muchos. “Permaneced en lo que has aprendido”, escribe san Pablo a Timoteo; lo ha aprendido en la Sagrada Escritura, la cual instruye para “la salvación” que se consigue “por la fe en Cristo Jesús” (ib 3, 14-15). El que se mantiene adherido a la Palabra de Dios no vacilará, estará defendido contra todo asalto y “perfectamente equipado para toda obra buena”.

 

“Levanto mis ojos a los montes: ¿de donde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme… El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha… El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma; el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre” (Sal 120).

“Señor, enséñame a orar incesantemente sin perder un instante. A orar por nosotros, pero más aún por el prójimo, ya que es ‘mejor dar que recibir’. Haz que oremos y supliquemos sin temor de pedir las gracias más elevadas. Cuanto mayores sean nuestras peticiones, más digno de ti será escucharlas; ellas demostrarán nuestra fe, esa fe que tú quieres de nosotros, y serán una sola cosa con tu voluntad, porque tú tienes en el corazón el deseo de la santificación de todo el género humano.

Tú nos enseñas a pedir… tu gloria, la conversión de los hombres y la nuestra, el cumplimiento perfecto de tu voluntad en nosotros y en todos los hombres, el perdón de los pecados nuestros y ajenos, el auxilio contra las tentaciones, la liberación de todo pecado, de todo verdadero mal en esta vida y en la otra… Esto, Señor, es lo que quieres que pidamos, y esto nos lo concederás siempre, si te lo pedimos con fe” (Charles de Foucauld, La plegaria del pobre).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.