«Todo el que crea en él no será confundido» (Rm 10,
11).
En
el primer domingo de Cuaresma los cristianos son trasladados para vivir un
momento de intensa oración, al desierto (Lc 4, 1-13), a donde Jesús «fue
llevado por el
Espíritu». El desierto, en la Sagrada Escritura, es el lugar privilegiado para
encontrarse con Dios; así fue para Israel que habitó en él durante cuarenta
años, para Elías que en él trascurrió cuarenta días, para el Bautista que se
retiró a él desde la adolescencia. Jesús consagra esta costumbre y vive en la
soledad durante cuarenta días. Para Jesús, sin embargo, el desierto no es sólo el
lugar del retiro y de la intimidad con Dios, sino también el campo de la lucha
suprema, «donde fue tentado por el diablo» (ib 2).
Satanás
propone al Salvador un mesianismo de triunfo y de gloria. ¿Para qué sufrir
hambre? Si él es el Hijo de Dios, que convierta las piedras en panes. ¿Para qué
vivir como un miserable vagabundo por los caminos de Palestina, rodeado de
gente desesperada por la pobreza y la opresión política? Si se postra a los
pies de Satanás, recibirá de él reinos y poder. ¿Para qué padecer la oposición
de los sacerdotes, de los doctores de la ley, de los jefes del pueblo? Si se
arroja desde el alero del templo, los ángeles le llevarán en sus manos y todos
le reconocerán como Mesías. No podían venir de Satanás, precipitado en los
abismos por causa de su orgullo, otras sugerencias que no fueran éstas.
Pero
Jesús, el Hijo de Dios que «se despojó de sí mismo tomando condición de siervo»
(FI 2, 7) sabe muy bien que para reparar el pecado del hombre -rebeldía y
soberbia- solamente hay un camino: humillación, obediencia, cruz. Precisamente
porque él es el verdadero Mesías salvará al mundo no con el triunfo sino con el
sufrimiento, «obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (ib 8). Las
tentaciones del desierto enseñan que donde se fomentan intenciones ambiciosas,
ansias de poder, de triunfo, de gloría, allí se esconde la intriga de Satanás.
Y para destruir éstas y otras posibles incitaciones al mal es necesario
mantener la palabra de Jesús: «Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto»
(Lc 4, 8); es decir, es indispensable estar decididos a rechazar cualquier
proposición que obstaculice reconocer y servir a Dios como el único Señor.
El
concepto de fidelidad a Dios se desarrolla en las dos primeras lecturas del
día, de las cuales una (Dt 26, 4-10) presenta la profesión de fe del antiguo
pueblo de Dios, y otra (Rm 10, 8-13) la del nuevo. Llegado a la tierra
prometida, todo hebreo debía presentar a Dios las primicias de su cosecha
pronunciando una fórmula que sintetizaba la historia de Israel en tres puntos:
la elección de los patriarcas y jefes de familia de un pueblo numeroso, el
desarrollo del pueblo en Egipto y su éxodo a través del desierto, y finalmente
el regalo de la tierra prometida. De esta manera el israelita piadoso reavivaba
su fe en el Dios de los padres, le manifestaba su propio reconocimiento por los
beneficios recibidos, su adhesión personal y la voluntad de servirle. Diríamos
que era una forma de «credo», expresado con la palabra y con la vida.
Igualmente,
aunque en otro contexto, san Pablo invita al cristiano a hacer profesión de su
fe: «Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios
le resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rm 10, 9). Sobre dos puntos el
Apóstol centra la atención: creer que Jesús es el Señor y creer en su
resurrección. La fe después exige un doble acto: el interior -adhesión de la
mente y del corazón a Cristo-, que es el que justifica al hombre; y el exterior
-profesión pública de la fe, sea en la oración litúrgica, sea delante del mundo
confesando a Cristo como lo hicieron los mártires-. Quien se apoye en Jesús no
ha de temer, porque «todo el que crea en él no será confundido» (ib 11), y en
su nombre vencerá toda batalla.
¡Oh Señor Jesús!, que al empezar tu vida
pública te retiraste antes al desierto, atrae a todos los hombres al
recogimiento del alma, que es el principio de la conversión y de la salud.
Apartándote de la casa de Nazaret y de tu dulcísima Madre, quisiste probar la
soledad, el sueño, el hambre; y al tentador, que te proponía la prueba de los
milagros, tú le contestaste con la firmeza de la eterna palabra, que es
prodigio de la gracia celestial.
¡Tiempo de Cuaresma! ¡Oh Señor!, no permitas
que acudamos a los aljibes agrietados (Jer 2, 13), ni que imitemos al siervo
infiel, ni a la virgen necia; no permitas que el goce de los bienes de la
tierra torne insensible nuestro corazón al lamento de los pobres, de los
enfermos, de los niños huérfanos, y de los innumerables hermanos nuestros a
quienes todavía falta el mínimo necesario para comer, para cubrir sus miembros
desnudos, para reunir y cobijar a la propia familia bajo un solo y mismo techo.
(San Juan XXIII, Breviario).
¡Oh Jesús!, creemos en el amor, en la bondad;
creemos que tú eres nuestro Salvador, que puedes lo que a los demás les está
vedado y no pueden realizar. Creemos que tú eres la luz, la verdad, la vida; un
solo deseo tenemos: permanecer siempre unidos. a ti; y ser cristianos, no sólo de
nombre, sino cristianos convencidos, apóstoles, celadores. (San Pablo VI, Enseñanzas,
V, 4)
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María
Magdalena, OCD.