jueves, 19 de septiembre de 2024

ES TIEMPO DE MISERICORDIA (audios): La puerta de la misericordia es el Corazón de Cristo


Tema del programa Nº 26 del ciclo:

La puerta de la misericordia es el Corazón de Cristo

“Es tiempo de Misericordia”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió dentro del Programa “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Getafe.

Su día y horario de emisión fue el domingo a las 09:45 hs y fue transmitido por Cadena Cope, en las siguientes frecuencias: Cope Comunidad 101.0 FM, Cope Madrid Sur 89.7 FM, Cope Jarama. 100.5 FM y Cope Pinares 92.2 FM (cada una de estas frecuencias se escuchan en la zona sur de Madrid), desde el mes de febrero hasta diciembre de 2016.

“Es tiempo de Misericordia” nos presenta en cada una de sus emisiones distintas alocuciones, homilías y catequesis del Santo Padre Francisco sobre la Divina Misericordia, para que nosotros, al escucharlas, nos decidamos a ser receptores de la misma y a darla, a manos llenas, a nuestros hermanos.

Locución: Cristina Lozano

domingo, 15 de septiembre de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 24º Domingo del Tiempo Ordinario: “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”

 

«Mi Señor me ayuda, por eso no quedo defraudado» (Is 50, 7).

Una vez más se presenta en la Liturgia dominical la paradoja de la cruz, misterio de dolor y de salvación, de muerte y de vida. Lo introduce la primera lectura (Is 50, 5-9a) con el canto tercero del Siervo de Yahvé, celebración patética pero llena de esperanza de los sufrimientos expiatorios. Dos son las actitudes del Siervo subrayadas por el fragmento de hoy: su espontánea y mansa aceptación del dolor y su abandono confiado en Dios. «Yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me la golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No escondí el rostro a insultos y salivazos» (ib 5-6).

Descripción anticipada e impresionante de la actitud de Jesús, que irá voluntariamente al encuentro de la pasión y de la muerte para estar al mandato del Padre. Pero también es expresión profética de la confianza serena con que afrontará el sufrimiento extremo, porque estará plenamente seguro del auxilio del Padre: «Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado» (ib 7). Es un preludio del triunfo final, de la resurrección y de la gloria, y además, de la salvación del hombre.

Sobre este fondo la lectura del Evangelio (Mc 8, 27-35) resulta particularmente luminosa. Después de haber provocado el reconocimiento de su mesianidad por parte de sus discípulos, Jesús corrige y completa la idea que los Doce, como todos sus connacionales, tenían de ella. El pueblo judío, en efecto, dando de lado a las profecías del Siervo de Yahvé y basándose únicamente sobre las que representaban al Mesías como libertador y restaurador de Israel, lo imaginaba cumpliendo su misión mediante el triunfo y la gloria. Jesús mismo desdeña esa concepción y anuncia claramente su pasión: «Y empezó a instruirles: "El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho... y ser ejecutado"» (ib 31). Pedro, el que primero y con tanto aplomo había proclamado: «Tú eres el Mesías» (ib 29), es también el primero en reaccionar: «se lo llevó aparte y se puso a increparlo» (ib 32). Precisamente porque reconoce en él al Mesías, el Hijo de Dios vivo, no puede admitir que Jesús deba sucumbir a la persecución y a la muerte. Como verdadero judío se escandaliza él también de la cruz y la considera una necedad, un absurdo.

Pero Jesús no condesciende, antes lo trata como había tratado al tentador en el desierto: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» (ib 33). Palabras duras de las que resulta evidente que toda tentativa de alejar la cruz, de forjarse un cristianismo sin Crucificado y de eliminar el sufrimiento de la propia vida está inspirada por Satanás. Por eso Jesús, después de haber hablado a sus íntimos de la pasión, convoca a la muchedumbre y les anuncia a todos la necesidad de la cruz. «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará» (ib 34-35). Los apóstoles irán comprendiendo gradualmente esta lección; todos ellos, de un modo u otro, llevarán la cruz y darán su vida por Cristo; y Pedro morirá por amor de él en esa cruz que tanto le había escandalizado.

Una última reflexión sugerida por la lectura segunda (Sant 2, 14-18), en la que se dice que la fe sin obras es muerta. Si el cristiano no testimonia su fe en Cristo aceptando llevar con él la cruz, esa fe es vana.

 

Hijos de Dios, transformémonos juntos en el Dios Hombre paciente que nos mostró tanto amor que murió por nosotros de modo tan ignominioso, doloroso y amargo. ¡Y sólo por el amor que nos tuvo!

Oh Dios Hombre, haz que sepamos considerar cuán pura y fielmente nos amaste, y sin medida, ofreciéndote enteramente por nuestro amor. Y quieres que esa pureza de amor y fidelidad humildísima te sea de algún modo correspondida por tus hijos. Haznos, pues, constantes para ti que eres fidelísimo.

Oh Dios Hombre, que probaste todos los tormentos, tú nos amaste con amor puro, sincero y fiel y nos diste testimonio clarísimo de él con tu nacimiento, con tu vida y con tu muerte. Mas por nuestra infidelidad olvidamos que naciste pobre, en el dolor y en el desprecio. Y tu muerte, aunque tan miserable y abatida, tan sumamente dolorosa, vilipendiada e ignominiosa, no nos decide a morir continuamente y del todo.

¿Quién de nosotros corresponde a tan fiel y divina fidelidad con una fe, tal vez pequeña, pero viva y continua? Por desgracia, cada cual está siempre pronto a echar a un lado la carga, como si el llevarla no fuese deber estricto. Oh Dios Hombre doliente, que nos fuiste tan fiel, danos serte todos fieles a tí. (Cf. Santa Ángela de Foligno, II libro della B. Angela, II, 125-6).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

jueves, 12 de septiembre de 2024

ES TIEMPO DE MISERICORDIA (audios): La misericordia inclusiva de Dios a nadie excluye


Tema del programa Nº 25 del ciclo:

La misericordia inclusiva de Dios a nadie excluye

“Es tiempo de Misericordia”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió dentro del Programa “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Getafe.

Su día y horario de emisión fue el domingo a las 09:45 hs y fue transmitido por Cadena Cope, en las siguientes frecuencias: Cope Comunidad 101.0 FM, Cope Madrid Sur 89.7 FM, Cope Jarama. 100.5 FM y Cope Pinares 92.2 FM (cada una de estas frecuencias se escuchan en la zona sur de Madrid), desde el mes de febrero hasta diciembre de 2016.

“Es tiempo de Misericordia” nos presenta en cada una de sus emisiones distintas alocuciones, homilías y catequesis del Santo Padre Francisco sobre la Divina Misericordia, para que nosotros, al escucharlas, nos decidamos a ser receptores de la misma y a darla, a manos llenas, a nuestros hermanos.

Locución: Cristina Lozano

domingo, 8 de septiembre de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 23º Domingo del Tiempo Ordinario: “Todo lo ha hecho bien”

 

«No temáis; mirad a vuestro Dios, que… os salvará» (Is 35, 4).

La Liturgia de hoy es toda ella un mensaje de esperanza en Dios-Salvador. En un momento de desconcierto general por las tribulaciones del destierro, Isaías (35,4-7a; 1.ª lectura) exhorta a Israel a buscar sólo en Dios la salvación: «Mirad a vuestro Dios, que os salvará» (ib 4). Parece como si el profeta viese ya la salvación presente; en realidad no la ve, pero cree y está seguro de que Dios intervendrá en favor de su pueblo. Isaías contempla la obra salvadora bajo dos aspectos: curaciones milagrosas que devolverán al hombre su integridad física «se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán..., la lengua del mudo cantará» (ib 5-6), y transformación del desierto que se convertirá en un lugar delicioso abundante en agua «han brotado aguas en el desierto» (ib). Todo ello simboliza la transformación profunda que operará Cristo en el hombre y en la misma creación, transformación que se completará al final de los tiempos cuando todo sea renovado perfectamente en él.

El Evangelio (Mc 7, 31-37) presenta la actuación de esas promesas mesiánicas. Las curaciones prodigiosas obradas por Jesús arrancan a la multitud este grito: «Hace oír a los sordos y hablar a los mudos» (ib 37). Tales milagros atestiguan que las profecías no fueron palabras huecas, y al mismo tiempo son «signos» de una obra de salvación más profunda, que mira a renovar al hombre en lo más íntimo. Son «signos» del perdón del pecado, de la gracia, de la vida nueva comunicada por Cristo. En particular, la curación del sordomudo narrada por el Evangelio de hoy ha sido tomada desde los primeros siglos de la Iglesia como símbolo del bautismo, en cuyo rito se repite el gesto de Jesús -el tocar los oídos y la boca-, mientras ora el celebrante: «El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe» (Bautismo de los niños). Librando al hombre del pecado, el bautismo suelta su oído para escuchar la Palabra de Dios y su lengua para confesar y alabar al Señor. Si la sordera, la mudez física y tantas otras enfermedades continúan afligiendo al género humano, el cristiano regenerado en Cristo no es ya sordo espiritualmente, ni mudo, ni ciego o cojo; su espíritu está abierto a la fe, capaz como es de conocer a Dios y de recorrer sus caminos.

La segunda lectura (Sant 2, 1-5) se relaciona con las otras por cuanto propone al cristiano una línea de conducta semejante a la de Dios, que en su obra de salvación no hace distinción de personas, y si alguna preferencia tiene es para los humildes, pobres y necesitados. El Señor «hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos, abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan...» canta el salmo responsorial (SaImo 143), reasumiendo el tema de Isaías y del Evangelio de hoy, e introduciendo el fragmento de Santiago. En este último se lee, en efecto: «Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe?» (ib).

Imposible entonces hacer distinciones de trato entre ricos y pobres, potentados y gente humilde. La comunidad donde tal sucediese no podría llamarse cristiana, pues no estaría basada en las enseñanzas de Cristo, sino inspirada en la mentalidad del mundo; y por desgracia no es difícil ser víctima de ese veneno. Con todo -es bueno recordarlo-, la pobreza material es preciosa por cuanto dispone al hombre a la pobreza interior, o sea, a reconocer la propia insuficiencia, miseria y debilidad, y a poner sólo en Dios la esperanza de la salvación. Esos son los pobres que el Señor quiere hacer «ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman» (ib 5).

 

Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre. Te alabaré de todo corazón, Dios mío, daré gloria a tu nombre por siempre, por tu gran piedad para conmigo... Tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí. Da fuerza a tu siervo, salva al hijo de tu esclava. (Salmo 85, 11-16).

Oh Dios, tuyo es el poder, tuyo el perdón, tuya la curación, tuya la liberalidad... Vuélvete a mí, que tiemblo de frío en la prisión sin fondo de mi fosa llena de fango, cargado de las cadenas de mis pecados...

Oh Señor, tú que eres siempre bienhechor, luz en las tinieblas, tesoro de bendición, misericordioso, compasivo, amigo de los hombres...; tú que haces posible con extrema facilidad lo que es imposible; fuego que devoras las malezas de los pecados, rayo que abrasas y atraviesas el universo en un gran

misterio, acuérdate de mí en tu misericordia y no en tu justicia... Líbrame, pecador que soy del viento, de mi turbación mortal, para que repose en mí, Señor omnipotente, tu espíritu de paz. (San Gregorio de Narek, Le Iivre de priéres, 116-8).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

  

jueves, 5 de septiembre de 2024

ES TIEMPO DE MISERICORDIA (audios): El papa Francisco y la Misericordia de Dios


Tema del programa Nº 24 del ciclo:

El papa Francisco y la Misericordia de Dios

“Es tiempo de Misericordia”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió dentro del Programa “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Getafe.

Su día y horario de emisión fue el domingo a las 09:45 hs y fue transmitido por Cadena Cope, en las siguientes frecuencias: Cope Comunidad 101.0 FM, Cope Madrid Sur 89.7 FM, Cope Jarama. 100.5 FM y Cope Pinares 92.2 FM (cada una de estas frecuencias se escuchan en la zona sur de Madrid), desde el mes de febrero hasta diciembre de 2016.

“Es tiempo de Misericordia” nos presenta en cada una de sus emisiones distintas alocuciones, homilías y catequesis del Santo Padre Francisco sobre la Divina Misericordia, para que nosotros, al escucharlas, nos decidamos a ser receptores de la misma y a darla, a manos llenas, a nuestros hermanos.

Locución: Cristina Lozano

domingo, 1 de septiembre de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 22º Domingo del Tiempo Ordinario: La verdadera pureza es la del corazón

 

«Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?... El que procede honradamente y practica la justicia» (Salmo 14, 1-2).

El tema de la ley de Dios está tratado en la Liturgia de este domingo con singular riqueza. La primera lectura (Dt 4, 1-2. 6-8) presenta la fidelidad a la ley como condición esencial para la alianza con Dios y por ende como respuesta a ese su amor por el que se ha acercado tanto a su pueblo, que es accesible a todo el que le busca o invoca (ib 7). La observancia de los preceptos divinos no oprime ni esclaviza, sino da la verdadera vida fundada en una relación de amistad con Dios para terminar en la posesión de la tierra prometida, figura de la felicidad eterna. «Ahora, Israel, escucha los mandatos... que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor Dios... os va a dar» (ib 1). La práctica de la ley, además, ennoblece al hombre haciéndole partícipe de la sabiduría de Dios que la ha establecido (ib 6), le da la seguridad de caminar en la verdad y en el bien, y el gozo de ser admitido a su presencia. «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda? -canta el salmo responsorial-. El que procede honradamente y practica la justicia..., no calumnia con su lengua..., no hace mal a su prójimo». En una palabra, el que observa los mandamientos divinos.

La segunda lectura (Sant 1, 17-18. 21b-22. 27) pone el acento en el aspecto interior de la ley, presentándola como «Palabra de la verdad» sembrada en el corazón del hombre para conducirlo a la salvación. «Aceptad dócilmente la Palabra que ha sido plantada y es capaz de salvarnos» (ib 21). La misma palabra divina que ha llamado al hombre a la existencia está impresa en su corazón como norma y guía de su vida. El hombre debe por eso estar interiormente a la escucha para percibirla y llevarla luego fielmente «a la práctica» (ib 22).

Se engañaría a sí mismo el que se contentase con conocer los preceptos divinos sin preocuparse de traducirlos en obras. De ahí se sigue la conclusión de que el punto central de la ley es el amor al prójimo como expresión concreta del amor a Dios: «La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo» (ib 27).

El Evangelio (Mc 7, 1-8a. 14-15. 21-23) corrobora y completa los conceptos expresados en las lecturas precedentes. Moisés había dicho: «no añadiréis nada ni quitaréis nada, al guardar los mandamientos del Señor vuestro Dios» (Dt 4, 2). Sin embargo, un celo indiscreto había acumulado en torno a la ley muchísimas prescripciones minuciosas que hacían perder de vista los preceptos fundamentales, hasta el punto de que los contemporáneos de Jesús se escandalizaban porque sus discípulos descuidaban ciertos lavados de manos, «vasos, jarras y ollas» (Mc 7, 4). Jesús reacciona con energía frente a esa mentalidad formalista: «hipócritas..., dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres» (ib 6.8). Condena todo legalismo, pero quiere la observancia sincera de la ley que es una realidad más esencial e interior, porque «nada que entra de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre» (ib 15). Es hipocresía lavarse escrupulosamente las manos o dar importancia a cualquier otra exterioridad, mientras el corazón está lleno de vicios. Lo interior del hombre es lo que hay que purificar, porque de ahí «salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad» (ib 21-22). Sin purificación del corazón no hay observancia de la ley de Dios, porque ésta mira precisamente a librar al hombre de las pasiones y del vicio para hacerlo capaz de amar a Dios y al prójimo.


Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda, y habitar en tu monte santo? El que procede honradamente y practica la justicia; el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua; el que no hace mal. a su prójimo ni difama al vecino; el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor; el que no retracta I Q qué juró aun en daño propio; el que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente. El que así obra nunca fallará. (Salmo 14).

Danos, Señor hambre y sed de la divina Palabra, que ella es vida para las almas, luz para las mentes, soplo vivificador. Tú lo has proclamado: «Las palabras que os digo son espíritu y vida».

¡Oh Biblia santa, oh libro divino! Se encuentran y se funden en ti sublimidad y santidad. Recorrer tus páginas es como pasar a través de las más bellas y seductoras armonías... Pero el punto central en el que sublimidad y santidad se encuentran y desbordan en su plenitud es el Nuevo Testamento, es tu Evangelio, oh Jesús.

La sublimidad del Evangelio no es torrente que pasa e hinche con su voz potente los ecos de las montañas de donde se precipita, sino río tranquilo siempre abundante en sus aguas y siempre maravilloso en su majestad; no es estallido de rayo al que sigue la tormenta, sino el expandirse gradual y plácido de la luz serena, que avanza a su paso, hasta inundar la tierra y los cielos. (San Juan XXIII, Breviario).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.


jueves, 29 de agosto de 2024

ES TIEMPO DE MISERICORDIA (audios): El imperativo ético de dar de comer al hambriento



Tema del programa Nº 23 del ciclo:

El imperativo ético de dar de comer al hambriento

“Es tiempo de Misericordia”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió dentro del Programa “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Getafe.

Su día y horario de emisión fue el domingo a las 09:45 hs y fue transmitido por Cadena Cope, en las siguientes frecuencias: Cope Comunidad 101.0 FM, Cope Madrid Sur 89.7 FM, Cope Jarama. 100.5 FM y Cope Pinares 92.2 FM (cada una de estas frecuencias se escuchan en la zona sur de Madrid), desde el mes de febrero hasta diciembre de 2016.

“Es tiempo de Misericordia” nos presenta en cada una de sus emisiones distintas alocuciones, homilías y catequesis del Santo Padre Francisco sobre la Divina Misericordia, para que nosotros, al escucharlas, nos decidamos a ser receptores de la misma y a darla, a manos llenas, a nuestros hermanos.

Locución: Cristina Lozano

domingo, 25 de agosto de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 21º Domingo del Tiempo Ordinario: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”

 

«Señor, tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos» (Jn 6, 68-69).

La elección de Dios -libre, voluntaria y por amor-, y la fidelidad en la respuesta es el tema del Evangelio de este Domingo.

Cuando el pueblo hebreo, atravesado el Jordán, está para entrar en la tierra prometida, Josué le plantea este dilema: o tomar partido con los idólatras o decidirse por Yahvé (Js 24, 1-2a. 15-18). En otras palabras: o Dios o los ídolos. La respuesta es unánime: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros!... Nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios» (ib 16.18). Por desgracia en la práctica continuará Israel, lo mismo que en el pasado, fluctuando entre la fidelidad a Dios y la idolatría; pero teóricamente la elección está hecha: el pueblo reconoce que sólo Yahvé es su Dios y si luego muchos, y aun la mayor parte, prevaricarán, quedará siempre un «resto» fiel. Es una llamada a reflexionar que no basta elegir a Dios una vez en la vida, sino que es preciso renovar cada día la elección recordando que es imposible servir a Dios y al mismo tiempo a las teorías, vanidades y caprichos del mundo que son otros tantos ídolos.

Al concluir el discurso sobre el “pan de vida” (Jn. 6, 61-70) Jesús impone una elección a cuantos le escuchan. O seguirle aceptando el misterio de su carne y de su sangre dados en alimento a los hombres o apartarse de él. No sólo los judíos se escandalizan de sus palabras, sino hasta “muchos discípulos” suyos murmuran: “Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?” (ib 60). Y Jesús en lugar de cambiar de estilo, les advierte la necesidad de la fe: “El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Y con todo algunos de vosotros no creen” (ib 63-64).

Nada, pues, de escandalizarse o discutir, sino creer. Sin la fe y sin el Espíritu que ilumina y vivifica, el mismo misterio del Cuerpo de Cristo puede quedarse en “carne” que no aprovecha al espíritu y no da la vida. Sin la fe el hombre puede oír hablar de carne y sangre de Cristo, puede ver pan y vino, pero no entender la gran realidad escondida en estas palabras y en estos signos.

No hay que ser fáciles en condenar a quien no cree; hay que compadecerse más y bien y orar para que los hombres se abran al don de la fe que Dios concede con largueza y no lo rehúsen prefiriéndole a sus cortos razonamientos humanos. Por esta repulsa “muchos discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él” (ib 66). Es impresionante comprobar que el Señor no hizo nada por retenerlos, sino, vuelto a los Doce, les preguntó: “¿También vosotros queréis marcharos?” (ib 67).

El misterio de Cristo es único e indivisible: o se lo acepta íntegramente o, rechazando un aspecto, se lo rehúsa todo. Ni siquiera la compasión por los incrédulos o el deseo de atraer a los hermanos alejados puede legitimar una mutilación de lo que Jesús ha dicho sobre la Eucaristía. Nadie ha amado a los hombres y procurado su salvación más que él; sin embargo ha preferido perder “muchos” discípulos a modificar una sola de sus palabras. Quien se ha decidido por Cristo sólo tiene que decir con Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos, y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios” (ib 68-69).

Conviene recordar con objetividad que Judas se apartó del Maestro justamente en esta ocasión; el anuncio de la Eucaristía fue la piedra de toque de la autenticidad de la elección de Cristo no sólo por parte del pueblo, sino por la de los discípulos y apóstoles. Así la fe en este misterio continuará distinguiendo, a través de los siglos, a los verdaderos seguidores de Cristo.

 

Oh Dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo; inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría. (Misal Romano, Colecta).

Señor, la fe nos une a ti, y la inteligencia nos vivifica. Haz que nos constituyamos en la unidad por la fe, para que tenga existencia lo que pueda ser vivificado por la inteligencia. Quien no se une a ti, pone resistencia; y quien se opone no cree. ¿Podrá ser vivificado quien resiste? Es enemigo del rayo de la luz, que le debía penetrar; no aparta los ojos, pero cierra su mente... Señor, que yo crea y me abra; que abra mi inteligencia para ser iluminado.

Si nos vamos de tu compañía, ¿a quién iremos? «Tú tienes palabras de vida eterna»... Porque tú nos das la vida eterna en el servicio de tu cuerpo y sangre, y nosotros hemos creído y entendido... Creímos, para llegar a comprender; porque si quisiéramos entender primero y creer después, no habríamos conseguido ni entender ni creer. ¿Qué es lo que hemos creído y qué es lo que hemos entendido? «Que tú eres el Cristo Hijo de Dios»; es decir, que tú eres la misma vida eterna y que en tu carne y sangre no nos das sino lo que tú eres. (San Agustín, In Jn, 27, 7.9).

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

jueves, 22 de agosto de 2024

APOLOGÉTICA HOY (audios): El Positivismo (explicación y refutación)

Programa radiofónico: "APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad".

Director: Padre José Antonio Medina.

Tema del episodio Nº 20:

Tema: El Positivismo (explicación y refutación)   

Contenido:

-      Refutación del ateísmo (Apologética Fundamental):

 

1     Exposición del Positivismo.

2     Refutación del Positivismo.

3     La “Religión Positivista” de Augusto Comte.


-      Magisterio de la Iglesia:

 

“Yo creo en Dios: el Creador del cielo y de la tierra, el Creador del ser humano”, Benedicto XVI, Catequesis N°346, del 6 de febrero de 2013 (audio de la síntesis en español).

Fecha de emisión original en Radio María España el miércoles 21 de agosto de 2024.

 

domingo, 18 de agosto de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 20º Domingo del Tiempo Ordinario: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo”

 

«Que comiendo de ti, viva por, ti, Señor» (Jn 6, 57).

En línea con los domingos precedentes, continúa hoy el discurso del «pan de vida» (Jn 6, 51-59) presentado explícitamente en términos sacramentales: carne y sangre de Cristo dados en alimento a los hombres. La primera lectura (Pr 9, 1-6) anticipa su figura en la de un espléndido banquete dado por la sabiduría, personificada en una rica matrona que invita a su mesa especialmente a los más desprovistos de ella como son los jóvenes inexpertos y los ignorantes. «Venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado» (ib 5). En ese contexto pan y vino son sinónimos de consejos sabios y prudentes dispensados con largueza por la sabiduría. Pero esto no quita que el lector cristiano pueda ver ahí -como insinúa la Liturgia del día- una prefiguración del pan y el vino eucarísticos ofrecidos por Cristo a todos los creyentes.

Al decir Jesús: «el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo» (Jn 6, 51) manifiesta su intención de llevar el don de sí a los hombres hasta dejarles en comida su carne y su sangre. La Eucaristía se presenta así no sólo en relación estrecha con la muerte del Señor sino también con su Encarnación, como prolongación mística de la misma. La carne tomada por el Verbo para hacer de ella una oblación al Padre en la cruz, continuará siendo sacrificada místicamente en el Sacramento eucarístico y ofrecida a los creyentes en alimento. A proposición tan inaudita los judíos se rebelaron vivamente: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» (ib 52).

Protesta justificable; pues ¿puede un hombre normal no estremecerse a la idea de tener que comer la carne de un semejante? Jesús, con todo, no retracta ni atenúa lo dicho, antes lo recalca con énfasis, evidenciando además la necesidad de esa «comida»: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna... Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (ib 53-55). El Señor no da explicaciones que hagan el misterio más accesible; quien no cree en él no las aceptaría. El quiere la fe. Pero los creyentes, que han recibido el don de la fe, ¿cómo y hasta qué punto creen en este admirable misterio? Tal vez el mundo moderno es tan escéptico frente a la Eucaristía porque con demasiada frecuencia tratan este Sacramento con una superficialidad y ligereza espantosas. Hay que postrarse, suplicar perdón, pedir una fe viva, profundizar en oración las palabras del Señor, adorar su Sacramento, comer de él con estremecimiento y con amor.

Entonces se comprenderán también las sublimes afirmaciones de Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come, vivirá por mí» (ib 56-57). La Eucaristía está destinada a nutrir al cristiano para que sea siempre sarmiento vivo de Cristo, criatura conformada con su Señor, de tal modo abismada en él que de su ser y su obra se trasluzca la presencia de Aquel que, alimentándolo con su carne y con su sangre, lo asemeja a sí. La conducta del cristiano debe demostrar que no vive ya por sí mismo encerrado en estrechos horizontes terrenos, sino para Cristo, abierto a inmensos horizontes eternos, y que sus obras llevan ya la impronta de la vida eterna de que la Eucaristía le nutre. Sólo así puede el creyente ser en el mundo un testimonio vivo de la realidad inefable del misterio eucarístico.

 

Dios eterno, suma y eterna pureza, te has unido al barro de nuestra humanidad movido por el fuego de tu caridad, con el que te has quedado para alimento nuestro... Comida de los ángeles, suma y eterna pureza; por eso requiere tanta pureza en el alma que te recibe en este dulcísimo sacramento... ¿Cómo se purifica el alma? En el fuego de tu caridad, lavando su rostro en la sangre de tu unigénito Hijo...

Me despojaré de mi vestido hediondo, y con la luz de la fe santísima... conoceré que tú, trinidad eterna, eres nuestro alimento, mesa y servidor. Tú, Padre eterno, eres la mesa que nos da el alimento del Cordero, tu Unigénito Hijo; él es nuestra comida suavísima, sea por su doctrina que nos nutre en tu voluntad, sea por el sacramento que recibimos en la santa comunión, el cual nos apacienta y reconforta mientras somos peregrinos y viandantes en esta vida. El Espíritu Santo es el que nos sirve la comida, porque nos provee esta doctrina iluminando el ojo de nuestro entendimiento e inspirándonos seguirla. Nos da también la caridad para con el prójimo y el hambre de dar de comer a las almas y de la salvación de todo el mundo, para honra tuya, oh Padre. (Santa Catalina de Siena, Plegarias y elevaciones, 18).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

 

jueves, 15 de agosto de 2024

ES TIEMPO DE MISERICORDIA (audios): Las obras de misericordia son antídoto contra la indiferencia

Tema del programa Nº 22 del ciclo:

Las obras de misericordia son antídoto contra la indiferencia

“Es tiempo de Misericordia”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió dentro del Programa “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Getafe.

Su día y horario de emisión fue el domingo a las 09:45 hs y fue transmitido por Cadena Cope, en las siguientes frecuencias: Cope Comunidad 101.0 FM, Cope Madrid Sur 89.7 FM, Cope Jarama. 100.5 FM y Cope Pinares 92.2 FM (cada una de estas frecuencias se escuchan en la zona sur de Madrid), desde el mes de febrero hasta diciembre de 2016.

“Es tiempo de Misericordia” nos presenta en cada una de sus emisiones distintas alocuciones, homilías y catequesis del Santo Padre Francisco sobre la Divina Misericordia, para que nosotros, al escucharlas, nos decidamos a ser receptores de la misma y a darla, a manos llenas, a nuestros hermanos.

Locución: Cristina Lozano