martes, 29 de septiembre de 2026

SACERDOCIO: A las madres de los sacerdotes

Mi madre atándome las manos en el Rito de
Ordenación Sacerdotal, el 29 de septiembre de 1991.
 

Queridos amigos y hermanos del blog: días pasados buscando un documento en mi archivo personal encontré una fotocopia, con el papel amarillento por el paso del tiempo, que contiene un poema titulado: “A las madres de los sacerdotes”, escrito por un sacerdote salesiano, que no dejó escrito su nombre personal, solo el de ser “un sacerdote salesiano”.

Hoy, 29 de septiembre, cumplo 35 años de mi ordenación sacerdotal, y me ha parecido una hermosa oportunidad para que ese viejo y sentido poema vuelva a ver la luz y a ser conocido, para Gloria de Dios y bien de las almas.

Acompaño la publicación con una de las fotos de mi ordenación sacerdotal, aquella del momento en que mi madre me ató las manos. ¿Conocen ese rito?

En el rito de ordenación sacerdotal, se conserva la antigua costumbre de que las manos del nuevo sacerdote, después de haber sido ungidas con el Santo Crisma por el Obispo, se atan con una tela llamada manutergium –del latín “manu” y “tergium”, que quiere decir “toalla de mano”

Luego la madre del nuevo sacerdote desata las manos de su hijo y conserva el manutergio. Este manutergio luego será colocado en las manos de la madre después de su muerte como una señal de que esta es la madre de un sacerdote. significando que, cuando nuestro Señor le diga: “Yo te di la vida, y tú que me has dado?” Le entregará el manutergio y le responderá: “Señor, te di a mi hijo como un sacerdote.” y le sea tomado en cuenta aquel día.

Pues bien, sin más, les dejo con ese hermoso y piadoso escrito. De mi parte, una vez más y siempre, me encomiendo a vuestras oraciones, hoy especialmente en la gratitud ante tan inmerecido Don, el Don del Sacerdocio.

Con mi bendición.

Padre José Antonio Medina.

 

 

A las madres de los sacerdotes

 

Mamá, ¡si tú supieras lo que siento en el pecho

cuando elevo la hostia y el cáliz hacia Dios!...

siento como si todo mi ser se hiciera estrecho

y demasiado grande fuese mi corazón.

 

Siento como si el mismo Señor, que entre mis manos

sube a lo alto, hiciese grande mi pequeñez,

y la llenase toda de poder sobrehumano

cual si yo me volviese otro Dios cada vez.

 

El divino momento me llena de alegría,

mas tiemblo ante el misterio que Dios dispone en mí,

por eso cuando elevo la Santa Eucaristía

te busco, madre mía, para apoyarme en ti.

 

Yo creo que tus manos fortalecen mis manos

me parece que late por mí tu corazón,

y alejo los temores, como a fantasmas vanos,

¡hay dos manos de madre que sostienen a Dios!

 

Mamá, ¡si tu supieras! lo que siento en el alma

cuando levanto el brazo sobre algún pecador,

y devuelven mis labios a su pecho la calma

y le vuelvo a la Vida, y retorna al Amor.

 

Siento como si toda la enorme maravilla

de los cielos enviase sobre mis labios Dios,

y que al contrito hermano que cae de rodillas

le habla Cristo mismo desde mi propia voz…

 

Y creo que me miras con sublime ternura

y que empañas tus ojos con lágrimas de amor,

sí, que fue en tu regazo donde aprendí la pura

fresca bondad divina que pongo en el perdón.

 

Si supieras lo mucho que debo a tu cariño

y como tu recuerdo me enrieda de luz,

yo estaba de rodillas, en aquel tierno niño,

el futuro ministro del amor de Dios.

 

Ya había en mis miradas albor de Eucaristía

y en mis labios flotaban sus palabras de paz…

A Jesús cuando niño, la Virgen le decía

lo que tú me decías de niño, verdad?

 

Mamá, si tu supieras el gozo de mi vida

al verme ungido eterno Sacerdote de Dios,

y saber que tendremos nuestras glorias unidas

porque somos sagrados, madre mía, los dos!...

 

Un sacerdote salesiano.

 

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