Solemnidad
de la Asunción de la Virgen María
En todo el proceso de la
historia de nuestra salvación, a partir del instante mismo del castigo que Dios
infligiera a nuestros padres por el primer pecado, hay toda una serie de
personajes, acontecimientos e incluso “cosas” que son como hitos, como señales,
como puntos de referencia -hoy diríamos: indicadores de ruta- por los que de un
modo normal y natural Dios va llevando adelante su plan de redimir a la
humanidad. Sin forzar, sin violentar el desarrollo de la historia de los
hombres, Dios va realizando su propia historia a través -y aun, a veces, a
pesar- de los hombres.
El hecho de que, así como por
una mujer seducida por el diablo el hombre perdió todos los bienes, del mismo
modo también Dios quisiera que por una Mujer “llena de gracia” (Luc. 1,28), los
recuperara -y hasta cierto sentido los acrecentara según aquella famosa
expresión de San Agustín: “Oh feliz culpa que nos mereció tan extraordinario
Redentor”-, no es un hecho intrascendente.
Por este motivo, la Santísima
Virgen María ocupa en el plan de Dios no sólo un lugar destacado, sino un lugar
único y una misión irremplazable. La Virgen María no sólo tiene real
significación e importancia en un momento determinado, como el común de los
mortales que actúan en un preciso momento de tiempo y en un lugar específico.
Por ser irremplazable, una vez dado su consentimiento para ser la Madre de
Dios, el plan redentor ya no puede llevarse a cabo prescindiendo de Ella, relegándola
y minimizándola como para diluir la necesidad y la eficacia de su acción hoy en
la Iglesia.
A lo que Dios Padre le ha dado
tanta importancia -la necesidad de una Madre para su Hijo Jescristo- no lo
podemos considerar como cosa de poca monta. A la que Dios mismo ha honrado,
preservándola del pecado original, y a la que con su cooperación a la gracia
divina jamás ha cometido ni la más leve falta siendo realmente la “llena de
gracia”, no podemos deshonrarla con pueriles y hasta heréticas sutilezas,
sugiriendo que Dios se sentiría “ofendido” (!), enojado (?), si nosotros le
damos mucha importancia a la Santísima Virgen.
Es como si por mucho honrar a
la Virgen María alguien fuera a condenarse; o como si el amor que podamos
tributar a la Madre fuera en desmedro de su Hijo; o como si la Virgen fuera tan
egoísta que se quedara Ella con lo que quizá, en algún caso por ignorancia, no
suficiente conocimiento, o por entusiasmo ingenuo de almas simples y nobles, se
le tributa a Ella y que corresponde a Dios; y como si Ella fuera tan impotente
que no pudiera encauzar todo a la mayor alabanza de la Trinidad y bien de las
almas. Puede haber desviaciones; sería tonto negarlas. Pero estas desviaciones no se corrigen
suprimiendo uno de los términos, sino canalizando rectamente las prácticas
cristianas. Eso es lo que ha querido el reciente Concilio.
Cuando Jesús después de su
Resurrección ascendió a los cielos junto al Padre no ha sido para ausentarse y
desentenderse de los hombres y sus problemas. Cuando Dios llevó a los cielos a
la Virgen María en cuerpo y alma no ha sido para anular su influencia y acción
sobre las almas, sino precisamente para hacerla ganar en universalidad de
tiempo y lugar.
Con la Asunción de la Virgen a
los cielos, cuya Fiesta celebramos hoy, no ha culminado y acabado el proceso de
la Redención, ya que con su Hijo la Madre es corredentora. La Redención se
sigue operando en cada alma. La co-redención también.
Esta Fiesta de la Santísima Virgen María llevada a los cielos debe llenarnos de gozo. Debemos aplaudir y aclamar con júbilo a nuestra Madre. Ella sigue siendo no sólo un signo, un recuerdo, un “agregado” en nuestra fe, en nuestra devoción, sino un elemento del cual no se puede prescindir en la Iglesia católica. Es más, no sería la verdadera Iglesia de Cristo la que no honrara y venerara a su Madre, como la sigue honrando Él mismo al tenerla en el cielo, sin que por eso nos la haya quitado de la tierra. La más absoluta seguridad de que la tenemos en la tierra es por que está toda Ella en el cielo.
Obispo de San Rafael,
Argentina desde 1973 a 1991.
(Artículo del libro
“Mano a mano con el Obispo de San Rafael”,
Ediciones Nihuil, 1988,
pags. 65-66)


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