sábado, 15 de agosto de 2026

MONSEÑOR LEÓN KRUK: Está en la tierra porque está en el Cielo

 

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

En todo el proceso de la historia de nuestra salvación, a partir del instante mismo del castigo que Dios infligiera a nuestros padres por el primer pecado, hay toda una serie de personajes, acontecimientos e incluso “cosas” que son como hitos, como señales, como puntos de referencia -hoy diríamos: indicadores de ruta- por los que de un modo normal y natural Dios va llevando adelante su plan de redimir a la humanidad. Sin forzar, sin violentar el desarrollo de la historia de los hombres, Dios va realizando su propia historia a través -y aun, a veces, a pesar- de los hombres.

El hecho de que, así como por una mujer seducida por el diablo el hombre perdió todos los bienes, del mismo modo también Dios quisiera que por una Mujer “llena de gracia” (Luc. 1,28), los recuperara -y hasta cierto sentido los acrecentara según aquella famosa expresión de San Agustín: “Oh feliz culpa que nos mereció tan extraordinario Redentor”-, no es un hecho intrascendente.

Por este motivo, la Santísima Virgen María ocupa en el plan de Dios no sólo un lugar destacado, sino un lugar único y una misión irremplazable. La Virgen María no sólo tiene real significación e importancia en un momento determinado, como el común de los mortales que actúan en un preciso momento de tiempo y en un lugar específico. Por ser irremplazable, una vez dado su consentimiento para ser la Madre de Dios, el plan redentor ya no puede llevarse a cabo prescindiendo de Ella, relegándola y minimizándola como para diluir la necesidad y la eficacia de su acción hoy en la Iglesia.

A lo que Dios Padre le ha dado tanta importancia -la necesidad de una Madre para su Hijo Jescristo- no lo podemos considerar como cosa de poca monta. A la que Dios mismo ha honrado, preservándola del pecado original, y a la que con su cooperación a la gracia divina jamás ha cometido ni la más leve falta siendo realmente la “llena de gracia”, no podemos deshonrarla con pueriles y hasta heréticas sutilezas, sugiriendo que Dios se sentiría “ofendido” (!), enojado (?), si nosotros le damos mucha importancia a la Santísima Virgen.

Es como si por mucho honrar a la Virgen María alguien fuera a condenarse; o como si el amor que podamos tributar a la Madre fuera en desmedro de su Hijo; o como si la Virgen fuera tan egoísta que se quedara Ella con lo que quizá, en algún caso por ignorancia, no suficiente conocimiento, o por entusiasmo ingenuo de almas simples y nobles, se le tributa a Ella y que corresponde a Dios; y como si Ella fuera tan impotente que no pudiera encauzar todo a la mayor alabanza de la Trinidad y bien de las almas. Puede haber desviaciones; sería tonto negarlas.  Pero estas desviaciones no se corrigen suprimiendo uno de los términos, sino canalizando rectamente las prácticas cristianas. Eso es lo que ha querido el reciente Concilio.

Cuando Jesús después de su Resurrección ascendió a los cielos junto al Padre no ha sido para ausentarse y desentenderse de los hombres y sus problemas. Cuando Dios llevó a los cielos a la Virgen María en cuerpo y alma no ha sido para anular su influencia y acción sobre las almas, sino precisamente para hacerla ganar en universalidad de tiempo y lugar.

Con la Asunción de la Virgen a los cielos, cuya Fiesta celebramos hoy, no ha culminado y acabado el proceso de la Redención, ya que con su Hijo la Madre es corredentora. La Redención se sigue operando en cada alma. La co-redención también.

Esta Fiesta de la Santísima Virgen María llevada a los cielos debe llenarnos de gozo. Debemos aplaudir y aclamar con júbilo a nuestra Madre. Ella sigue siendo no sólo un signo, un recuerdo, un “agregado” en nuestra fe, en nuestra devoción, sino un elemento del cual no se puede prescindir en la Iglesia católica. Es más, no sería la verdadera Iglesia de Cristo la que no honrara y venerara a su Madre, como la sigue honrando Él mismo al tenerla en el cielo, sin que por eso nos la haya quitado de la tierra. La más absoluta seguridad de que la tenemos en la tierra es por que está toda Ella en el cielo.

Monseñor León Kruk

Obispo de San Rafael, Argentina desde 1973 a 1991.

(Artículo del libro “Mano a mano con el Obispo de San Rafael”,

Ediciones Nihuil, 1988, pags. 65-66)

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