lunes, 23 de diciembre de 2024
domingo, 22 de diciembre de 2024
INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 4º Domingo de Adviento: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!”
«Heme aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Hb 10,7).
La liturgia del último domingo de Adviento asume el tono de una vigilia natalicia. Las profecías acerca del Mesías se precisan de Miqueas que indica el lugar de su nacimiento en una pequeña aldea, patria de David, de cuya descendencia era esperado el Salvador. «Pero tú, Belén de Efratá, pequeño entre los clanes de Judá, de ti me saldrá quien señoreará en Israel» (Mq 5, 1). En la frase que sigue «cuyos orígenes serán de antiguo, de días de muy remota antigüedad» (ib.), se puede ver una alusión al origen eterno y por lo tanto a la divinidad del Mesías. Tal es la interpretación de san Mateo que refiere esta profecía en su Evangelio como respuesta de los sumos sacerdotes acerca del lugar de nacimiento de Jesús (2; 4-6). Además, igual que Isaías (7, 14), el profeta Miqueas habla de la madre del Mesías - «la que ha de parir parirá». (Mq 5, 2)- sin mencionar al padre, dejando entrever de esta manera, al menos indirectamente, su nacimiento milagroso. Finalmente presenta su obra: salvará y reunirá «el resto» de Israel, lo guiará como pastor «con la fortaleza de Yahvé», extenderá su dominio «hasta los confines de la tierra» y traerá la paz (ib. 2. 3). La figura de Jesús nacido, humilde y escondido en Belén y sin embargo Hijo de Dios, venido para redimir «el resto de Israel» y a traer la salvación y la paz a todos los hombres, se esboza y perfila claramente en la profecía de Miqueas.
A este cuadro sigue otro más interior presentado por san Pablo, que pone de relieve las disposiciones del Hijo de Dios en el momento de su encarnación. «Heme aquí que vengo... para hacer, ¡Oh Dios!, tu voluntad» (Hb 10, 7). Los antiguos sacrificios no fueron suficientes para expiar los pecados de los hombres ni para dar a Dios un culto digno de él. Entonces el Hijo se ofrece: toma el cuerpo que el Padre le ha preparado, nace y vive en ese cuerpo a través del tiempo como víctima ofrecida en un sacrificio ininterrumpido que se consumará en la cruz. Único sacrificio grato a Dios, capaz de redimir a los hombres y que venía a abolir todos los demás sacrificios. «He aquí que vengo»; la obediencia a la voluntad del Padre es el motivo profundo de toda la vida de Cristo, desde Belén, al Gólgota y a la Resurrección. La Navidad está ya en la línea de la Pascua; una y otra no son más que dos momentos de un mismo holocausto ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de la humanidad.
El
«he aquí que vengo» del Hijo tiene su resonancia más perfecta en el «he aquí la
esclava del Señor» pronunciado por su Madre. También la vida de María es un
continuó ofrecimiento a la voluntad del Padre, realizado en una obediencia
guiada por la fe e inspirada por el amor. «Por su fe y obediencia engendró en
la tierra al mismo Hijo del Padre» (LG 63); por su fe y obediencia, en seguida
del anuncio del ángel, parte de prisa para ofrecer a su prima Isabel sus
servicios de «esclava» no menos de los hombres que de Dios. Y este es el gran
servicio de María a la humanidad: llevarle a Cristo como se lo llevó a Isabel.
En efecto, por medio de su Madre-Virgen el Salvador visitó la casa de Zacarías
y la llenó del Espíritu Santo, de tal manera que Isabel descubrió el misterio
que se cumplía en María y Juan saltó de gozo en el seno de su madre. Todo esto sucedió
porque la Virgen creyó en la palabra de Dios y creyendo se ofreció a su divino
querer: «Dichosa la que ha creído» (Lc 1, 45). El ejemplo de María nos enseña
como una simple criatura puede asociarse al misterio de Cristo y llevar a
Cristo al mundo mediante un «sí» continuamente repetido en la fe y vivido en la
obediencia amorosa a la voluntad de Dios.
Dios, creador y restaurador del hombre, que has querido que tu Hijo, Palabra eterna, se encarnase en el seno de María, siempre Virgen; escucha nuestras suplicas y que Cristo, tu Unigénito, hecho hombre por nosotros, se digne, a imagen suya, transformarnos plenamente en hijos tuyos. (Misal Romano, Colecta del 17 de diciembre).
¡Oh María!, tú no dudaste, sino que creíste, y por eso conseguiste el fruto de la fe. «Bienaventurada tú que has creído». Pero también somos bienaventurados nosotros que hemos oído y creído, pues toda alma que cree, concibe y engendra la palabra de Dios y reconoce sus obras.
Haz, ¡oh María!, que en cada uno de nosotros resida tu alma para glorificar al Señor; que en todos nosotros resida tu espíritu para exultar en Dios. Si corporalmente sólo tú eres la Madre de Cristo, por la fe Cristo es fruto de todos. ¡Oh María!, ayúdame a recibir en mí al Verbo de Dios. (Cfr. San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas).
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.
jueves, 19 de diciembre de 2024
JESUCRISTO, TÚ SÍ QUE VALES: La dirección espiritual, ¿cómo buscar?
Tema del episodio Nº 05 del ciclo:
La dirección espiritual, ¿cómo buscar?
“Jesucristo, Tú sí que vales”, es
un micro programa de reflexión vocacional, realizado por el sacerdote,
periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina
Pellegrini, quien era en el momento de su emisión original en antena el Director
Espiritual del Seminario "San Bartolomé" de la Diócesis de Cádiz y
Ceuta, España.
Se emitió originalmente en el
curso pastoral 2012-2013 todos los viernes al mediodía en Cope Cádiz, y
posteriormente por Radio María España.
La locución está realizada por
el Sr. Nino Romero.
lunes, 16 de diciembre de 2024
domingo, 15 de diciembre de 2024
INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 3º Domingo de Adviento: “¿Qué debemos hacer?”
«Este es el Dios de mi salvación; en él confío y nada temo» (Is 12, 2).
En la inminencia de la Navidad la liturgia nos invita a la alegría por el grande acontecimiento salvífico que se dispone a celebrar, mientras continúa exhortándonos, a la conversión. La alegría es el tema de las dos primeras lecturas. «¡Exulta, hija de Sión! ¡Da voces jubilosas, Israel! ¡Regocíjate con todo el corazón, hija de Jerusalén!» (Sf 3, 14). El motivo de tanta alegría no es solamente la restauración de Jerusalén, sino la promesa mesiánica que hace ya gustar al profeta la presencia de Dios entre su pueblo: «Aquel día se dirá... está en medio de ti Yahvé como poderoso salvador» (ib. 16-17). «Aquel día» tan lleno de gozo será el día del nacimiento de Jesús en Belén; pues entonces el Señor se hará presente en el mundo de la manera más concreta, hecho hombre entre los hombres para ser el Salvador poderoso de todos.
Si Jerusalén se alboroza con la esperanza de «aquel día», la Iglesia cada año lo conmemora con alegría inmensamente más grande. Allí era sólo promesa y esperanza, aquí es realidad y un hecho ya cumplido. Y sin embargo tampoco esto excluye la esperanza porque el hombre está siempre en camino hacia el Señor, el cual, aunque venido ya en la carne, debe volver glorioso al final de los tiempos. El itinerario de la Iglesia se extiende entre estos dos acontecimientos; y del mismo modo que se alegra por el primero, también se alegra por el segundo y exhorta a sus hijos a que se regocijen con ella: «Alegraos siempre en el Señor. Repito: alegraos... ¡El Señor está cerca!» (Flp 4, 4-5). Cerca, porque ya ha venido; cerca, porque volverá; cerca, porque a quien le busca con amor cada Navidad trae una nueva gracia para descubrir al Señor y unirse a él de un modo nuevo y más profundo.
Como preparación a la venida del Señor, San Pablo nos recomienda, con alegría, la bondad: «Vuestra amabilidad sea notoria a todos los hombres» (ib. 5). Sobre este tema insiste el Evangelio a través de la predicación del Bautista enderezada a preparar las almas a la venida del Mesías. «Pues ¿qué hemos de hacer?» (Lc 3, 10), le preguntaban las muchedumbres venidas a oírle. Y él respondía: «El que tiene dos túnicas, dé una al que no la tiene, y el que tiene alimentos, haga lo mismo» (ib. 11). La caridad para con el prójimo, unida a la de Dios, es el punto central de la conversión; el hombre egoísta preocupado sólo de sus intereses debe cambiar de ruta preocupándose de las necesidades y del bien de los hermanos. También a los publicanos y a los soldados que le preguntaban, Juan propone un programa de justicia y de caridad: no exigir más de lo debido, no cometer atropellos, no explotar al prójimo, contentarse con la propia paga.
El
Bautista no pedía grandes gestos, sino el amor del prójimo concretizado en la
generosidad hacia los menesterosos y en la honradez en el cumplimento de la
propia profesión. Era como el preludio del mandamiento del amor sobre el cual
tanto había de insistir más tarde Jesús. Bastaría orientarse con plenitud en
esta dirección para prepararse dignamente a la Navidad. Jesús en su Natividad
quiere ser acogido no sólo personalmente, sino también en cada uno de los
hombres, sobre todo en los pobres y en los atribulados, con los cuales gusta
identificarse: «Tuve hambre, y me disteis de comer..., estaba desnudo, y me
vestisteis» (Mt 25, 35- 36).
¡Oh Señor!, ven a nosotros aún antes de tu llegada; antes de aparecer ante el mundo entero, ven a visitarnos en lo más íntimo de nuestra alma... Ven ahora a visitarnos en el tiempo que corre entre tu primera y tu última venida, para que tu primera venida no nos sea inútil, y la última no nos traiga una sentencia de condenación. Con tu venida actual quieres corregir nuestra soberbia haciéndonos conformes a la humildad que manifestaste en tu primera venida; entonces podrás transformar nuestro humilde cuerpo haciéndolo semejante al tuyo glorioso, que aparecerá en el momento de tu venida final. Por esto te suplicamos con la más ardiente oración y con todo nuestro fervor: disponnos a recibir esta visita personal que nos da la gracia del primer adviento y nos promete la gloria del último. Porque tú, ¡oh Dios!, amas la misericordia y la verdad, y nos darás la gracia y la gloria: en tu misericordia nos concedes la gracia y en tu verdad nos darás la gloria. (Cfr. GUERRICO DE IGNY, De adventu Domini).
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.
jueves, 12 de diciembre de 2024
APOLOGÉTICA HOY (audios): Atributos quiescentes y operativos de Dios
Programa radiofónico: "APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad".
Director: Padre José Antonio Medina.
Tema del episodio Nº 26:
Tema: Atributos
quiescentes y operativos de Dios
Contenido:
- Naturaleza y atributos de Dios (Apologética Fundamental):
1-
Atributos divinos.
2-
Atributos quiescentes de Dios.
3- Atributos operativos de Dios.
Fecha de emisión original en Radio María España el miércoles 11 de diciembre
de 2024.
lunes, 9 de diciembre de 2024
domingo, 8 de diciembre de 2024
INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 2º Domingo de Adviento: “Preparad el camino del Señor”
«Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Lc 3, 4).
«Despójate, Jerusalén, de tu saco de duelo y de aflicción, vístete para siempre los ornamentos de la gloria que te viene de Dios, envuélvete en el manto de justicia que Dios te envía... Porque Dios mismo traerá a Israel lleno de alegría, con el resplandor de su gloria, con la misericordia y justicia que de él vienen» (Bar 5, 1-2, 9). Con lenguaje poético el profeta Baruc invita a Jerusalén, desolada y desierta por el destierro de sus hijos, a la alegría porque se acerca el día de la salvación y su pueblo volverá a ella conducido por Dios mismo. Jerusalén es figura de la iglesia.
También la Iglesia sufre por tantos hijos suyos alejados y dispersos, y también ella es invitada en el Adviento a renovar la esperanza confiando en el Salvador que en cada Navidad renueva místicamente su venida para conducirla a la salvación con todo su pueblo. El pecado aleja a los hombres de Dios y de la iglesia; el camino del retorno es preparado por Dios mismo con la Encarnación de su Unigénito. Y todo el nuevo pueblo de Dios le sale al encuentro en el Adviento.
Los profetas habían hablado de un camino que había que trazar en el desierto para facilitar la vuelta de los desterrados. Pero cuando el Bautista reanuda la predicación de aquéllos y se presenta a las orillas del Jordán como «voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Lc 3, ,4), ya no llama construir sendas materiales, sino a disponer los corazones para recibir al Mesías, que había ya venido y que estaba para empezar su misión. Por eso Juan iba «predicando el bautismo de conversión para la remisión de los pecados» (ib. 4).
Convertirse quiere decir purificarse del pecado, enderezar las torceduras del corazón y de la mente, colmar los derrumbes de la inconstancia y del capricho, derribar las pretensiones del orgullo, vencer las resistencias del egoísmo; destruir las asperezas en las relaciones con el prójimo, en una palabra, hacer de la propia vida un camino recto que vaya a Dios sin tortuosidades ni compromisos. Un programa éste que no se agota en solo el Adviento, pero que en cada Adviento debe ser actuado de un modo nuevo y más profundo para disponerse a la venida del Salvador. De esta manera «toda carne [es decir, todo hombre] verá la salvación de Dios» (lb. 6).
La
conversión personal lleva consigo también el compromiso de trabajar por el bien
de los hermanos y de la comunidad. Esta es la reflexión que brota de la segunda
lectura. San Pablo se congratula con los Filipenses por su generosa
contribución a la difusión del Evangelio y ruega para que su caridad crezca y
se haga más iluminada, haciéndolos «puros e irreprensibles para el día de
Cristo y llenos de frutos de justicia» (Flp 1,10- 11). En este pasaje paulino
domina una perspectiva escatológica, en sintonía con el espíritu del Adviento,
y constituye una nueva llamada a acelerar la conversión propia y de los demás,
que deberá llevarse a término para «el día de Cristo Jesús (Ib. 6). Pero es
necesario recordar que nuestra salvación y la de los demás es obra más de Dios
que del hombre. Este debe colaborar con seriedad; pero es Dios quien toma la
iniciativa de obra tan grande y quien debe llevarla a cabo (ib.). Sólo con la
ayuda de la gracia puede el hombre aparecer «lleno de frutos de justicia» en el
último día, porque la justicia, o sea, la santidad se consigue sólo «por
Jesucristo» (ib. 11), abriéndose con humildad y. confianza a su acción
santificadora.
Despierta, Señor, nuestros corazones y muévelos a preparar los caminos de tu Hijo, para que cuando venga podamos servirte con conciencia pura. (Misal Romano, Oración Colecta, jueves de la II semana de Adviento).
¡Oh Señor Jesús!, al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizaste el plan de redención trazado desde antiguo y nos abriste el camino de la salvación. Haz que cuando vengas de nuevo en la majestad de tu gloria, revelando así la plenitud de tu obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar. (Cfr. Misal Romano, Prefacio de Adviento I).
¡Oh Señor! No me jacto de mis obras... no alabo las obras de mis manos: temo que si tú las examinas, encontrarás en ellas más pecado que méritos. Sólo una cosa pido y esto espero conseguir: no desprecies las obras de tu mano. Mira en mí tu obra y no la mía, porque, si miras mi obra, me condenarás; pero si miras la tuya, me salvarás. Pues lo que hay en mí de bueno, todo me viene de ti y es tuyo más que mío... Por gracia he sido salvado, por medio de la fe y no por merecimiento mío, sino por don tuyo: no en virtud de mis obras, para que así no tenga ocasión de ensoberbecerme. Hechura tuya soy: plasmado en tu grada junto con mis obras buenas. (San Agustín, In Ps).
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María
Magdalena, OCD.
miércoles, 4 de diciembre de 2024
JESUCRISTO, TÚ SÍ QUE VALES: La dirección espiritual
Tema del episodio Nº 04 del ciclo:
La dirección espiritual
“Jesucristo, Tú sí que vales”, es
un micro programa de reflexión vocacional, realizado por el sacerdote,
periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina
Pellegrini, quien era en el momento de su emisión original en antena el Director
Espiritual del Seminario "San Bartolomé" de la Diócesis de Cádiz y
Ceuta, España.
Se emitió originalmente en el
curso pastoral 2012-2013 todos los viernes al mediodía en Cope Cádiz, y
posteriormente por Radio María España.
La locución está realizada por
el Sr. Nino Romero.
lunes, 2 de diciembre de 2024
domingo, 1 de diciembre de 2024
INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 1º Domingo de Adviento: ¿Quién y para qué viene?
«¡Oh Señor!, fortalece nuestros corazones y haznos irreprensibles en la santidad para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts 3, 13).
«He aquí que vienen días -oráculo de Yahvé- en que yo cumpliré la buena palabra que yo he pronunciado sobre la casa de Israel... Suscitaré a David un renuevo de justicia» (Jr 33, 14-15). Jeremías anuncia la intención de Dios de cumplir la «buena palabra» o sea la promesa del Salvador que deberá nacer de la descendencia de David, figurado en un «renuevo de justicia». El restablecerá «la justicia y el derecho sobre la tierra», es decir, salvará a los hombres y los conducirá de nuevo a Dios.
La realización de este gran acontecimiento que se llevó a cabo con el nacimiento del Salvador, de la Virgen María, es uno de los puntos focales del Adviento. La Iglesia quiere que el pueblo cristiano no se limite a hacer en él sólo una conmemoración tradicional, sino que se prepare a vivir en profundidad el inefable misterio del Verbo de Dios hecho hombre «por nuestra salvación» (Credo). Y como esta salvación será completa, es decir, se extenderá a toda la humanidad sólo al fin de los tiempos, cuando «verán al Hijo del hombre venir en una nube con poder y majestad grandes» (Lc 21, 27), la Iglesia exhorta a los creyentes a vivir siempre en un continuado adviento. El recuerdo de la Navidad del Señor debe ser vivido «en la espera de que se cumpla la bienaventurada esperanza y venga nuestro Salvador Jesucristo» (Misal Romano). El Señor ha venido, viene y vendrá; hay quedarle gracias, acogerlo y esperarlo. Si la vida del cristiano se sale de esta órbita, fracasará rotundamente.
Al iniciar el tiempo del Adviento con la lectura del Evangelio que habla del fin del mundo y de la última venida del Señor, la Iglesia no intenta asustar a sus hijos, sino más bien amonestarlos, advertirlos de que el tiempo pasa, que la vida terrena es tan sólo provisional, y que la meta de las esperanzas y de los deseos no puede ser la ciudad terrena, sino la celestial. Si el mundo actual está sacudido por guerras y desórdenes y se desbanda con ideas falsas y costumbres depravadas, todo esto debe servirnos de aviso: el hombre que repudia a Dios perece, ya que sólo de él puede ser salvado. Pues entonces «cobrad ánimo y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención» (Lc 21; 28). La Iglesia sólo mira a suscitar en los corazones el deseo y el ansia de la salvación y el anhelo hacia el Salvador.
En
vez de dejarse sumergir y arrastrar por las vicisitudes terrenas, hay que
dominarlas y vivirlas con la vista puesta en la venida del Señor. «Estad
atentos, no sea que se emboten vuestros corazones por la crápula, la embriaguez
y las preocupaciones de la vida, y de repente venga sobre vosotros aquel día»
(ib. 34). Por el contrario, es necesario «velar en todo tiempo y orar» (ib. 36)
y valerse del tiempo para progresar en el amor de Dios y del prójimo. Esto
desea de nosotros y a esto nos exhorta San Pablo: «El Señor os acreciente y
haga abundar en caridad de unos con otros y con todos.... a fin de fortalecer
vuestros corazones y haceros irreprensibles en la santidad... en la venida de
nuestro Señor Jesús» (1 Ts 3, 12-13). La justicia y santidad que el Salvador ha
venido a traer a la tierra, deben germinar y crecer en el corazón del cristiano
y de él desbordarse sobre el mundo.
“A ti elevo mi alma, Yahvé, mi Dios... Acuérdate, ¡oh Yahvé!, de tus misericordias y de tus gracias, pues son desde antiguo... Bueno y recto eres, Señor, por eso señalas a los errados el camino. Guías a los humildes por la justicia y adoctrinas a los pobres en tus sendas. Todas tus sendas son benevolencia y verdad para los que guardan tu alianza y tus mandamientos”. (Salmo 25, 1.6. 8-10).
“Puesto que tengo conciencia de tantos pecados, ¿de qué me aprovechará, Señor, que tú vengas si no vienes a mi alma ni a mi espíritu; si tú, ¡oh Cristo!, no vives en mí ni hablas en mí? Por esta razón, ¡oh Cristo!, debes venir a mí, y tu venida tiene que llevarse a cabo en mi persona. Tu segunda venida, ¡oh Señor!, tendrá lugar al fin del mundo, cuando podamos decir: «El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo».
Haz, ¡oh Señor!, que el fin de este mundo me encuentre... de manera que sea ciudadano del cielo por anticipado... Entonces se realizará en mí la presencia de la sabiduría, de la virtud y de la justicia, así como la redención; pues tú, ¡oh Cristo!, efectivamente has muerto una sola vez por los pecados del mundo, pero con la intención de perdonar diariamente los pecados del pueblo”. (Cfr. San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas).
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María
Magdalena, OCD.
jueves, 28 de noviembre de 2024
APOLOGÉTICA HOY (audios): Naturaleza y atributos de Dios
Programa radiofónico: "APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad".
Director: Padre José Antonio Medina.
Tema del episodio Nº 25:
Tema: Naturaleza
y atributos de Dios
Contenido:
- Naturaleza y atributos de Dios (Apologética Fundamental):
1-
Naturaleza
Divina.
2-
Verdades
que se desprenden del Ser de Dios.
3-
¿Cómo
Dios es incomprensible y no obstante cognoscible?
4- Perfecciones de Dios: simplicidad, infinidad y unidad.
Fecha de emisión original en Radio María España el miércoles 27 de noviembre
de 2024.
lunes, 25 de noviembre de 2024
domingo, 24 de noviembre de 2024
INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 34º Domingo del Tiempo Ordinario: Jesucristo, Rey del Universo
«A aquel que nos amó, nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre..., la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Ap 1, 5-6).
La solemnidad de hoy, puesta al fin del año litúrgico, aparece como la síntesis de los misterios de Cristo conmemorados durante el año, y como el vértice desde donde brilla con mayor luminosidad su figura de Salvador y Señor de todas las cosas. En las dos primeras lecturas domina la idea de la majestad y la potestad regia de Cristo. La profecía de Daniel (7, 13-14) prevé su aparición «entre las nubes del cielo» (lb 13), fórmula tradicional que indica el retorno glorioso de Cristo al fin de los tiempos para juzgar al mundo. Pues «a él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su poder es eterno, no cesará. Su reino no acabará» (ib 14). Dios -«el Anciano» (ib 13)- lo ha constituido Señor de toda la creación confiriéndole un poder que rebasa los confines del tiempo.
Este concepto es corroborado en la segunda lectura (Ap 1, 5-8) con la famosa expresión: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso» (ib 8). Cristo-Verbo eterno es «el que es» y ha sido siempre, principio y fin de toda la creación; Cristo-Verbo encarnado es el que viene a salvar a los hombres, principio y fin de toda la redención, y es además el que vendrá un día a juzgar al mundo. «¡Mirad! El viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que le atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa» (ib 7). De este modo a la visión grandiosa de Cristo Señor universal se une la de Cristo crucificado, y ésta reclama la consideración de su inmenso amor: «nos amó, nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre» (ib 5).
Rey y Señor, no ha escogido otro camino para librar a los hombres del pecado que lavarlos con su propia sangre. Sólo a ese precio los ha introducido en su reino, donde son admitidos no tanto como súbditos cuanto como hermanos y coherederos, como copartícipes de su realeza y de su señorío sobre todas las cosas, para que con él, único Sacerdote, puedan ofrecer y consagrar a Dios toda la creación. «Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre» (ib 6). Hasta ese punto ha querido Cristo Señor hacer partícipe al hombre de sus grandezas.
También el Evangelio (Ji 18, 33b-37) presenta la realeza de Cristo en relación con su pasión y a la vez la contrapone a las realezas terrestres. Todo ello a base de la conversación entre Jesús y Pilatos. Mientras que el Señor siempre se había sustraído a las multitudes que en los momentos de entusiasmo querían proclamarlo rey, ahora que está para ser condenado a muerte, confiesa su realeza sin reticencias. A la pregunta de Pilatos: «Con que ¿tú eres rey?», responde: «Tú lo dices: Soy Rey» (ib 37). Pero había declarado de antemano: «Mi reino no es de este mundo» (ib 36).
La realeza de Cristo no está en función de un dominio temporal y político, sino en un señorío espiritual que consiste en anunciar la verdad y conducir a los hombres a la Verdad suprema, liberándolos de toda tiniebla de error y de pecado. «Para esto he venido al mundo -dice Jesús-; para ser testigo de la verdad» (ib 37). El es el «Testigo fiel» (2.° lectura) de la verdad -o sea del misterio de Dios y de sus designios para la salvación del mundo-, que ha venido a revelar a los hombres y a testimoniar con el sacrificio de la vida. Por eso únicamente cuando está para encaminarse a la cruz, se declara Rey; y desde la cruz atraerá a todos a sí (Jn 12, 32). Es impresionante que en el Evangelio de Juan, el evangelista teólogo, el tema de la realeza de Cristo esté constantemente enlazado con el de su pasión. En realidad la cruz es el trono real de Cristo; desde la cruz extiende los brazos para estrechar a sí a todos los hombres y desde la cruz los gobierna con su amor. Para que reine sobre nosotros, hay que dejarse atraer y vencer por ese amor.
Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo; haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu Majestad y te glorifique sin fin. (Misal Romano, Colecta).
Rey sois, Dios mío, sin fin, que no es reino prestado el que tenéis. Cuando en el Credo se dice: «Vuestro reino no tiene fin», casi siempre me es particular regalo. Aláboos, Señor, y bendígoos para siempre; en fin, vuestro reino durará para siempre (Santa Teresa de Jesús, Camino, 22, 1).
¡Oh Jesús mío! ¡Quién pudiese dar a entender la
majestad con que os mostráis! Y cuán Señor de todo el mundo y de los cielos y
de otros mil mundos y sin cuento mundo y cielos que vos creasteis, entiende el
alma, según con la majestad que os representáis, que no es nada para ser Vos
Señor de ello. Aquí se ve claro, Jesús mío, el poco poder de todos los demonios
en comparación del vuestro, y cómo quien os tuviere contento puede repisar el
infierno todo... Veo que queréis dar a entender al alma mía cuán grande es
[vuestra majestad] y el poder que tiene esta sacratísima Humanidad junto con la
Divinidad. Aquí se representa bien qué será el día del Juicio ver esta majestad
de este Rey, y verle con rigor para los malos. Aquí es la verdadera humildad
que deja en el alma, de ver su miseria, que no la puede ignorar. Aquí la
confusión y verdadero arrepentimiento de los pecados, que, aun con verle que
muestra amor, no sabe adónde se meter, y así se deshace toda. (Santa Teresa de
Jesús, Vida, 28, 8-9).
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María
Magdalena, OCD.
miércoles, 20 de noviembre de 2024
JESUCRISTO, TÚ SÍ QUE VALES: ¿Cómo saber que me está llamando Dios?
Tema del episodio Nº 03 del ciclo:
¿Cómo saber que me está llamando Dios?
“Jesucristo, Tú sí que vales”, es
un micro programa de reflexión vocacional, realizado por el sacerdote,
periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina
Pellegrini, quien era en el momento de su emisión original en antena el Director
Espiritual del Seminario "San Bartolomé" de la Diócesis de Cádiz y
Ceuta, España.
Se emitió originalmente en el
curso pastoral 2012-2013 todos los viernes al mediodía en Cope Cádiz, y
posteriormente por Radio María España.
La locución está realizada por el Sr. Nino Romero.







