miércoles, 5 de junio de 2024

ES TIEMPO DE MISERICORDIA (audios): Aprendamos de Jesús que cosa significa vivir de misericordia


Tema del programa Nº 17 del ciclo:

Aprendamos de Jesús que cosa significa vivir de misericordia

“Es tiempo de Misericordia”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió dentro del Programa “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Getafe.

Su día y horario de emisión fue el domingo a las 09:45 hs y fue transmitido por Cadena Cope, en las siguientes frecuencias: Cope Comunidad 101.0 FM, Cope Madrid Sur 89.7 FM, Cope Jarama. 100.5 FM y Cope Pinares 92.2 FM (cada una de estas frecuencias se escuchan en la zona sur de Madrid), desde el mes de febrero hasta diciembre de 2016.

“Es tiempo de Misericordia” nos presenta en cada una de sus emisiones distintas alocuciones, homilías y catequesis del Santo Padre Francisco sobre la Divina Misericordia, para que nosotros, al escucharlas, nos decidamos a ser receptores de la misma y a darla, a manos llenas, a nuestros hermanos.

Locución: Cristina Lozano

domingo, 2 de junio de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B – Corpus Christi

 

«Alzaré la copa de la salvación, invocando tu nombre» (Salmo 115, 13).

Según la Liturgia renovada, al título del Cuerpo de Cristo añade el de la Sangre. Esto que siempre estuvo implícito -porque donde está el Cuerpo está también la Sangre del Señor y viceversa-, ahora se proclama explícitamente llamando así la atención sobre el aspecto sacrificial de la Eucaristía. Precisamente sobre este aspecto convergen las lecturas bíblicas del día. Del libro del Éxodo (24, 3-8; 1.ª lectura) se lee el texto que describe la estipulación de la Alianza entre Dios e Israel. Moisés reúne al pueblo, construye un altar, manda ofrecer en holocausto unas novillas y derrama luego su sangre, una mitad sobre el altar y la otra mitad sobre el pueblo diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que el Señor hace con vosotros, sobre todos estos mandatos» (ib 8). «Estos mandatos» eran las cláusulas propuestas por Dios y leídas con anterioridad al pueblo, referentes al decálogo que Israel se obligaba a observar y a las promesas que Dios mismo se obligaba a cumplir. Este pacto bilateral se estipulaba mediante la sangre de los animales ofrecidos en sacrificio, sangre que derramada sobre el altar y sobre el pueblo indicaba el lazo espiritual que unía a Israel con Dios.

La Antigua Alianza era figura de la Nueva, sellada por Cristo no con «sangre de machos cabríos ni de becerros, sino (con) la suya propia» (2.a lectura: Hb 9, 9, 11-15). Mientras en el Antiguo Testamento los sacrificios eran múltiples y tenían un valor puramente externo y simbólico, en el Nuevo hay un solo sacrificio, ofrecido «una vez para siempre» (ib 12), porque su valor es intrínseco, real e infinito. En él no hay animales degollados, ni multitud de oferentes; víctima y sacerdote se identifican en el Hijo de Dios hecho hombre, que se ofreció a sí mismo «a Dios como sacrificio sin mancha»; y su sangre tiene el poder de purificar «nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto de Dios vivo» (ib 14). No se trata ya de una purificación exterior, sino interior, que transforma al hombre por dentro, lavándolo de los pecados, para que, «vivo» por la gracia y el amor, pueda servir al «Dios vivo». La regeneración del cristiano tiene lugar en el agua bautismal; pero ésta saca su virtud de la sangre de Cristo, porque «sin efusión de sangre no hay remisión» (ib 22).

Pero antes de derramar su sangre en la cruz, Jesús quiso anticipar este don a los discípulos con la institución de la Eucaristía. De ella habla el Evangelio (Mc 14, 12-16. 22-26) por la relación de Marcos, que, aunque más escueto que los otros sinópticos, no omite la referencia explícita a la sangre de la antigua Alianza sustituida definitivamente por la sangre de Cristo. «Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron. Y les dijo: "Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos"» (ib 23-24). Con esto caducan los antiguos sacrificios y entra el nuevo, ofrecido históricamente una sola vez en el Calvario, pero renovado sacramentalmente cada día en la Santa Misa para aplicar sus méritos a los fieles de todos los tiempos y para que todos puedan acercarse y beber de esta sangre como la bebieron los discípulos en la última Cena.

Así por la Sangre de Cristo la Iglesia vive y crece, los fieles son purificados continuamente de los pecados, regados por la gracia, robustecidos por el amor y reunidos en un solo pueblo. El Cuerpo y la Sangre de Cristo son el centro y el sostén de la vida cristiana. Y como son cuerpo y sangre inmolados, es necesario que el que se alimenta de ellos participe en la inmolación de Cristo abrazando con él la cruz, uniéndose con él a la voluntad del Padre y ofreciéndose con espíritu de sacrificio y expiación a todas las pruebas, trabajos y amarguras de la vida. De este modo por medio de la Eucaristía el creyente vive el misterio de la muerte de Cristo y se prepara a participar en su gloria eterna, en una comunión que no tendrá fin.

 

Oh sagrado convite, en el que se recibe a Cristo, se perpetúa el recuerdo de su Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura. Oh, cuán suave es, Señor, tu espíritu, pues para dar a tus hijos una prueba de tu afecto, colmas de bienes a los hambrientos con el suavísimo Pan del cielo. (Santo Tomás de Aquino, Oraciones).

La boca del alma... te gusta dulcemente a ti, oh Verbo; gusta la pureza de la esencia de tu divinidad y de tu humanidad, y llega a tal conocimiento de tu pureza, que lo que antes en sí o en los otros le parecía virtud ahora le parece defecto. Y tomando con la boca los Sacramentos que tienen el vigor de tu Sangre y de tu Pasión, se llega por ese medio a gustar la dulzura de tu Pasión y de tu Sangre derramada. Y sobre todo se la gusta recibiendo el santísimo Sacramento de tu Cuerpo y de tu Sangre, porque en él se halla escondida esa suavidad y dulzura, más que en ningún otro, cuando se lo recibe verdaderamente con pureza y sinceridad. El que quiera gustar tu suavidad y tu dulzura, acérquese a esta Sangre y allí encontrará todo reposo y consuelo. El alma se lavará en tu Sangre, se embellecerá con tu Sangre, se purificará con tu Sangre, se nutrirá con tu Sangre. (Santa María Magdalena de Pazzi, Icolloqui, Op. v 3, p. 90).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.


miércoles, 29 de mayo de 2024

APOLOGÉTICA HOY (audios): Existencia de Dios

 


Programa radiofónico: "APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad".

Director: Padre José Antonio Medina.

Tema del episodio Nº 15:

Tema: Existencia de Dios

Contenido:

-      Existencia de Dios (Apologética Fundamental):

 

1     Primera verdad que hay que conocer y su importancia.

2     Certeza de la existencia de Dios.

3     La razón puede conocer la existencia de Dios mediante las criaturas.

4     Clases de pruebas que demuestran la existencia de Dios.

5     Conveniencia de estas pruebas.

6     Valor de estas pruebas.

 

-      Magisterio de la Iglesia:

 

“Fue concebido por obra del Espíritu Santo”, Benedicto XVI, Catequesis N°341, del 2 de enero de 2013 (audio de la síntesis en español).

Fecha de emisión original en Radio María España el miércoles 29 de mayo de 2024.


domingo, 26 de mayo de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B – La Santísima Trinidad

 

«Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo» (Aleluya).

Después de haber considerado todos los misterios de la salvación -desde el nacimiento de Cristo hasta Pentecostés-, la Iglesia dirige su mirada al misterio primordial del cristianismo, la Santísima Trinidad, fuente de todo don y de todo bien. E invita a los fieles a cantar sus alabanzas: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo» (Aleluya).

La revelación de la Trinidad pertenece al Nuevo Testamento: el Antiguo intenta todo él proclamar y exaltar la unidad de Dios: uno solo es el Señor. «Reconoce y medita en tu corazón -se lee hoy en la primera lectura (Dt 4, 32-34. 29-40)- que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro». Israel que vivía en contacto con pueblos paganos, necesitaba ser advertido continuamente de esta verdad para no caer en la idolatría. El Antiguo Testamento celebra la grandeza de Yahvé, único Dios: él es el Creador de todo el universo, el Señor absoluto; pero celebra también su condescendencia para con los hombres: es el pastor que va en busca de sus criaturas para ayudarlas, defenderlas del mal y atraerlas a sí. Israel lo ha experimentado ampliamente: Dios lo ha elegido para pueblo suyo, lo ha sacado de la esclavitud egipcia con prodigios admirables, le ha ofrecido su alianza, le ha concedido el privilegio de oír su voz y gozar de su presencia. «Desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra, ¿hubo jamás palabra tan grande como ésta?, ¿se oyó cosa semejante?» (ib 32).

Sin embargo, el nuevo pueblo de Dios -la Iglesia- goza de privilegios mayores aún, fruto de la encarnación del Hijo de Dios y de su pasión, muerte y resurrección. Con la venida de Cristo, Dios se revela al mundo en el misterio de su vida íntima y de la perfección y fecundidad de su acto cognoscitivo y amoroso, por el que es Padre que engendra al Verbo y es comunión de la que procede el Espíritu Santo. Y la cosa más admirable es que Dios entra ya en relaciones con los hombres no sólo como único Señor y Creador, sino también como Trinidad: pues es Padre que los ama como a hijos en su único Hijo y en la comunión del Espíritu Santo. Este privilegio no está reservado a un solo pueblo, sino que se extiende a todos los hombres que aceptan el mensaje de Cristo.

En efecto, antes de subir al cielo, Jesús ordenó a sus apóstoles llevar la Buena Noticia a todas las gentes y bautizarlas «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Evangelio: Mt 28, 16-20). Todo hombre entra en relación con la Trinidad mediante el bautismo; por eso renace a una vida nueva: hecho hijo del Padre que ha dispuesto su regeneración, hermano de Cristo que se la ha merecido con la sangre de la Cruz, y templo del Espíritu Santo que le infunde el Espíritu de adopción. Ante Dios el bautizado no es sólo una criatura, sino un hijo introducido a la intimidad de su vida trinitaria para que viva en sociedad con las Personas divinas que moran en él.

La segunda lectura (Rm 8, 14-17) subraya de modo especial la acción del Espíritu Santo en esta filiación divina de los creyentes: «Habéis recibido... un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios» (ib 15-16). El Espíritu Santo ha sido enviado a los hombres para que los transforme interiormente y los convierta en hijos a imagen del Hijo. A él se le atribuye esta regeneración íntima, verdadero renacer espiritual; él es su autor y, al mismo tiempo, su testigo, que infundiendo en el creyente la íntima convicción de ser hijo de Dios, lo anima a amarle e invocarle como a Padre. Mas para que el Espíritu Santo pueda cumplir su obra, es necesario dejarse dirigir por él a imitación de Cristo que en todas sus obras era movido por el Espíritu Santo. «Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (ib 14). No hay modo más hermoso de honrar a la Trinidad sacrosanta y atestiguarle amor, que vivir en plenitud sus dones y, por ello, abrirse a la acción del Espíritu Santo, para comportarse como hijos del Padre y hermanos de Cristo.

 

Es justo darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Que con tu único Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor; no una sola Persona, sino tres personas en una sola naturaleza. Y lo que creemos de tu gloria, porque tú lo revelaste, lo afirmamos también de tu Hijo, y también del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. De modo que, al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna divinidad, adoramos tres personas distintas, de única naturaleza e iguales en su dignidad. (Misal Romano, Prefacio).

Oh Eterno Padre, postrados a tus pies en humilde adoración, nos consagramos enteramente a la gloria de tu Hijo Jesús, Verbo Encarnado. Tú lo has constituido Rey de nuestras almas; sométele, pues, nuestro corazón y nuestra alma; toda fibra de nuestro ser esté sometida a sus órdenes y a sus inspiraciones. Haz que, unidos a él, seamos llevados en tu seno y consumados en la unidad de tu amor.

Oh Jesús, haz que nuestra vida, en unión a la tuya, esté toda consagrada a la gloria de tu eterno Padre y al bien de las almas. Sé tú nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención y nuestro todo. Santifícanos en la verdad.

Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, establécete en nuestro corazón como un horno de amor y haz que nuestros pensamientos, nuestros afectos y nuestras acciones suban a lo alto como llamas ardientes, hasta el seno del Padre. Haz que toda nuestra vida sea un Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto.

Oh María, Madre de Jesús, Madre del divino Amor, fórmanos según el corazón de tu divino Hijo. (Dom Columba Marmion, Consagración a la Santíma Trinidad).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

viernes, 24 de mayo de 2024

VIRGEN MARÍA: El “Mes de María” en la reflexión de Benedicto XVI

 

El sábado 30 de mayo de 2009 en los Jardines Vaticanos, el Santo Padre Benedicto XVI realizó la siguiente reflexión al final del rezo del Santo Rosario como conclusión del mes de mayo, el Mes de María:

Venerados hermanos;

queridos hermanos y hermanas:

Os saludo a todos con afecto al final de la tradicional velada mariana con la que se concluye el mes de mayo en el Vaticano. Este año ha adquirido un valor muy especial, pues coincide con la vigilia de Pentecostés. Al reuniros aquí, congregados espiritualmente en torno a la Virgen María y contemplando los misterios del santo rosario, habéis revivido la experiencia de los primeros discípulos, reunidos en el Cenáculo con "la madre de Jesús", "perseverando todos en la oración con un mismo espíritu" a la espera de la venida del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14). También nosotros, en esta penúltima tarde de mayo, desde la colina del Vaticano invocamos la efusión del Espíritu Paráclito sobre nosotros, sobre la Iglesia que está en Roma y sobre todo el pueblo cristiano.

La gran fiesta de Pentecostés nos invita a meditar en la relación entre el Espíritu Santo y María, una relación muy íntima, privilegiada e indisoluble. La Virgen de Nazaret fue elegida para convertirse en la Madre del Redentor por obra del Espíritu Santo: en su humildad halló gracia a los ojos de Dios (cf. Lc 1, 30). De hecho, en el Nuevo Testamento vemos que la fe de María, por decirlo así, "atrajo" el don del Espíritu Santo. Ante todo en la concepción del Hijo de Dios, misterio que el mismo arcángel Gabriel explicó así: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc 1, 35). Inmediatamente después María fue a ayudar a Isabel, y cuando llegó a su casa y la saludó, el Espíritu Santo hizo que el niño saltara de gozo en el seno de su anciana prima (cf. Lc 1, 44); y todo el diálogo entre las dos madres fue inspirado por el Espíritu de Dios, sobre todo el cántico de alabanza con el que María expresó sus sentimientos profundos, el Magníficat. Todos los acontecimientos relacionados con el nacimiento de Jesús y con sus primeros años de vida estuvieron dirigidos de manera casi palpable por el Espíritu Santo, aunque no siempre se le nombre. El corazón de María, en perfecta sintonía con su Hijo divino, es templo del Espíritu de verdad, donde cada palabra y cada acontecimiento son conservados en la fe, en la esperanza y en la caridad (cf. Lc 2, 19.51).

Así podemos tener la certeza de que el corazón santísimo de Jesús en todo el arco de su vida oculta en Nazaret encontró en el corazón inmaculado de su Madre un "hogar" siempre encendido de oración y de atención constante a la voz del Espíritu. Un testimonio de esta singular sintonía entre la Madre y el Hijo, buscando la voluntad de Dios, es lo que aconteció en las bodas de Caná. En una situación llena de símbolos de la alianza, como es el banquete nupcial, la Virgen Madre intercede y provoca, por decirlo así, un signo de gracia sobreabundante: el "vino bueno" que hace referencia al misterio de la Sangre de Cristo.

Esto nos remite directamente al Calvario, donde María está al pie de la cruz junto con las demás mujeres y con el apóstol san Juan. La Madre y el discípulo recogen espiritualmente el testamento de Jesús: sus últimas palabras y su último aliento, en el que comienza a derramar el Espíritu; y recogen el grito silencioso de su Sangre, derramada totalmente por nosotros (cf. Jn 19,25-34). María sabía de dónde venía esa sangre, pues se había formado en ella por obra del Espíritu Santo, y sabía que ese mismo "poder" creador resucitaría a Jesús, como él mismo había prometido.

Así, la fe de María sostuvo la de los discípulos hasta el encuentro con el Señor resucitado, y siguió acompañándolos incluso después de su Ascensión al cielo, a la espera del "bautismo en el Espíritu Santo" (cf. Hch 1, 5). En Pentecostés, la Virgen Madre aparece de nuevo como Esposa del Espíritu, para una maternidad universal con respecto a todos los que son engendrados por Dios mediante la fe en Cristo. Precisamente por eso María es para todas las generaciones imagen y modelo de la Iglesia, que juntamente con el Espíritu camina en el tiempo invocando la vuelta gloriosa de Cristo: "¡Ven, Señor Jesús!" (cf. Ap 22, 17.20).

Queridos amigos, siguiendo el ejemplo de María, aprendamos también nosotros a reconocer la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, a escuchar sus inspiraciones y a seguirlo dócilmente. Él nos hace crecer según la plenitud de Cristo, según los frutos buenos que el apóstol san Pablo enumera en la carta a los Gálatas: "amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí" (Ga 5, 22).

Os deseo que seáis colmados de estos dones y que caminéis siempre con María según el Espíritu y, a la vez que os agradezco y os felicito por vuestra participación en esta celebración vespertina, os imparto de corazón a todos vosotros y a vuestros seres queridos la bendición apostólica.

Benedicto XVI

miércoles, 22 de mayo de 2024

ES TIEMPO DE MISERICORDIA (audios): La misericordia de Dios es una acción concreta

 

Tema del programa Nº 16 del ciclo:

La misericordia de Dios es una acción concreta

“Es tiempo de Misericordia”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió dentro del Programa “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Getafe.

Su día y horario de emisión fue el domingo a las 09:45 hs y fue transmitido por Cadena Cope, en las siguientes frecuencias: Cope Comunidad 101.0 FM, Cope Madrid Sur 89.7 FM, Cope Jarama. 100.5 FM y Cope Pinares 92.2 FM (cada una de estas frecuencias se escuchan en la zona sur de Madrid), desde el mes de febrero hasta diciembre de 2016.

“Es tiempo de Misericordia” nos presenta en cada una de sus emisiones distintas alocuciones, homilías y catequesis del Santo Padre Francisco sobre la Divina Misericordia, para que nosotros, al escucharlas, nos decidamos a ser receptores de la misma y a darla, a manos llenas, a nuestros hermanos.

Locución: Cristina Lozano

domingo, 19 de mayo de 2024

LIBERA NOS: La Cruz-Medalla de San Benito (segunda parte)

 

Una de las devociones más difundidas, y no solo por la influencia de los monasterios benedictinos, es la Cruz de San Benito, especialmente en forma de medalla (que es la más frecuente). Presentamos brevemente su significado e historia, para atender al deseo de muchos amigos y devotos de San Benito.

La medalla presenta la imagen del Santo Patriarca (por un lado), y una cruz (por el otro) con las iniciales de una oración o exorcismo que dice así (en latín y castellano): haz click aquí.

La Cruz de San Benito

Como se puede apreciar por las iniciales distintivas en la cruz, a esta, el texto de la plegaria la acompaña siempre, y a la vez es una ayuda para la recitación de la misma. El texto latino se compone (después del título Crux Santi Patri Benedicti, o C.S.P.B.) de tres dísticos, que encierran una invocación a la Santa Cruz y el deseo suplicante de tenerla como guía y apoyo, junto a la expresión de rechazo a Satanás (a quien se manda que se aparte con las palabras de Jesús, cuando fue tentado por él; Mt 4,10). Manifiesta también que no va a escuchar sus sugerencias (las de Satanás), pues es malo lo que ofrece. Consiste en una auténtica confesión de fe y de amor a Cristo, y de renuncia al diablo.

El bautismo y la cruz

Notemos que la victoria sobre el demonio es atribuida a la cruz de Jesucristo, que es luz y guía para el fiel y que se opone al veneno y a la maldad del tentador. Se trata de un eco de la consagración bautismal, en la cual se impone la cruz al neófito, se lava a éste con el agua de la regeneración, y se le impone la luz del Señor Resucitado, pronunciando sobre él las palabras de renuncia al demonio y la confesión de fe.

El cristiano que lleva la medalla no se limita, por tanto, a apartar a los malos espíritus de forma supersticiosa, sino a hacer consciente y viva la presencia del Señor Jesucristo, junto al deseo de llevar una vida conforme a la gracia (pidiendo para ello mantenerse alejado del diablo y sus tentaciones). El fruto de esta devota práctica (la protección de Dios), por tanto, se alcanza con una vida coherente al evangelio.

Donde está la gracia divina, por supuesto, no puede tener dominio el demonio. Pero el combate contra las asechanzas y tentaciones diabólicas no va a faltar al fiel, pues el Maligno quiere impedir su camino hacia Dios. La medalla se convierte así en una oración, consistente en la señal de la cruz, la invocación a Cristo nuestro Señor y la petición de ayuda a los santos.

Como escribe dom Guéranger: “No es preciso explicar al cristiano lector la fuerza de esta conjuración, que opone a los sacrificios y violencias de Satanás aquello que le causa el mayor temor: la cruz, el santo nombre de Jesús, las propias palabras del Salvador en la tentación, y en fin, el recuerdo de las victorias que el gran Patriarca San Benito obtuvo sobre el dragón infernal”.



El ejemplo de San Benito

El origen de la Cruz de San Benito no puede atribuirse, con certeza, al mismo santo. Ya hemos narrado las circunstancias históricas en que aparece y se difunde esta devoción (Cfr. Primera parte de este artículo). Pero su sentido es profundamente coherente con la espiritualidad que inspiraba el padre de los monjes del Occidente, y que tan bien supo transmitir a sus hijos. La vocación a la vida eterna es la llamada de Dios a la salvación en Jesucristo, y esta llamada espera una respuesta, no sólo con los labios sino con el corazón. En la Regla escrita para sus monjes, San Benito dejó su enseñanza:

“Escucha, hijo, los preceptos del Maestro, e inclina el oído de tu corazón; recibe con gusto el consejo de un padre piadoso, y cúmplelo verdaderamente. Así volverás por el trabajo de la obediencia, a aquel de quien te habías alejado por la desidia de la desobediencia”.

El “trabajo de obediencia” es la respuesta solícita del que ama a Dios y hace su voluntad, y es el fruto de la caridad y del amor generoso y desinteresado. La desobediencia es el resultado de la tentación del paraíso, en el que Satanás sugirió a Adán y Eva que hicieran su propia voluntad (satisfaciendo sus deseos y aspiraciones de poder). Ese pecado de nuestros primeros padres dejó su consecuencia o “macula” (literalmente mancha) a todos sus descendientes, y aunque el sacrificio de Cristo nos reconcilió con el Padre de los cielos, somos siempre deudores suyos y nacemos con la mancha original.

El bautismo nos limpia del pecado original, nos hace hijos de Dios y nos da la vida de la gracia. La vocación del cristiano nace en el bautismo, y de esta manera tiene la fuerza para resistir al diablo, si es fiel y consecuente con los dones recibidos, Pero justamente por eso necesita responder a esa vocación y a los dones de Dios, con amor filial y con obras de piedad (sin lo cual podría ser presa de las malas tentaciones). Si bien el demonio ha sido derrotado, mantiene todavía sus asechanzas, y encuentra muchas veces en nosotros un oído que se deja seducir. Por eso San Benito nos exhorta a no atender a esa voz que nos sugiere cosas malas, y a escuchar más bien la que nos viene de Dios, tanto en el evangelio y en toda Escritura, como en la Iglesia y en la oración, a través de los maestros experimentados en las vías del espíritu.

Es de esta manera como se debe considerar la protección contra el demonio, que Dios nos presta a través de la intercesión de San Benito. Satanás será menos fuerte con los que viven en comunión con Dios y se esfuerzan en obrar el bien. Y ello en virtud del bautismo, del cual procede la vida del cristiano y del cual nace y se desarrolla la vocación a la perfección y a la vida monástica. Como escribe un autor anónimo:

“Quienquiera que se lance resueltamente a la búsqueda de la realidades sobrenaturales, sentirá muy pronto que en él se enfrentan Dios y el diablo. Todo compromiso con Dios conlleva, pues, la necesidad de armarse contra el ángel caído. Esto es claramente visible desde el primer compromiso cristiano, que sanciona el sacramento del bautismo: la renuncia a Satanás va junto con el ingreso en la Iglesia”.

Martín de Elizalde, Abad de la Abadía San Benito de Buenos Aires 

y Obispo emérito de Nueve de Julio, Buenos Aires, Argentina.

viernes, 17 de mayo de 2024

APOLOGÉTICA HOY (audios): Preliminares de la Apologética

Programa radiofónico: "APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad".

Director: Padre José Antonio Medina.

Tema del episodio Nº 14:

Tema: Preliminares de la Apologética

Contenido:

-      Preliminares de la Apologética:

 

1     Concepto de la Apologética.

2     En qué se diferencia la Apologética del Dogma religioso.

3     Objeto de la Apologética.

4     Importancia del estudio de la Apologética.

5     División de la Apologética: fundamental, cristiana y católica.

6     Medios de los que se vale la Apologética.

7     Objeciones contra la Religión: ignorancia, vicios y soberbia.

 

-      Magisterio de la Iglesia: 


“La Virgen María: Icono de la fe obediente”, Benedicto XVI, Catequesis N°340, del 19 de diciembre de 2012 (audio de la síntesis en español).

Fecha de emisión original en Radio María España el miércoles 15 de mayo de 2024.

 

viernes, 10 de mayo de 2024

LIBERA NOS: La Cruz-Medalla de San Benito (primera parte)

 

La cruz-medalla de San Benito de Nursia (Nursia, Umbría, 480 - Montecasino, Lacio, 21 de marzo de 547) data de una época muy antigua, y debe su origen a la gran devoción que el Santo profesaba al signo de la Redención y al uso frecuente que de él hacía, y recomendaba a sus discípulos, para vencer las tentaciones, ahuyentar al demonio y obrar maravillas.

En un principio, y durante muchos años, la devoción a esta Cruz-Medalla de San Benito fue meramente local, y exclusiva de los monasterios benedictinos. Pero la curación milagrosa del joven Bruno (más tarde León IX) en el siglo IX, lo ocurrido con ella en Baviera en 1647, y sobre todo el breve de Benedicto XIV (12 marzo 1742), contribuyeron poderosamente a su propagación.

La difusión de esta medalla comenzó a raíz de un proceso por brujería en Baviera, en 1647. En Natternberg, unas mujeres fueron juzgadas por hechiceras, y en el proceso declararon que no habían podido dañar a la abadía benedictina de Metten porque estaba protegida por el signo de la Santa Cruz.

Se buscó entonces en el monasterio dicha cruz, hasta que se encontraron pintadas antiguas representaciones de la misma, con la inscripción que luego explicaré (la que siempre acompaña a la medalla). Pero esas iniciales misteriosas no pudieron ser interpretadas, hasta que en un manuscrito de la biblioteca, iluminado en el mismo monasterio de Metten (1414) y conservado hoy en la Biblioteca Estatal de Munich, se vio una imagen de San Benito, con esas mismas palabras.

Un manuscrito anterior, del siglo XIV y procedente de Austria, que hoy se encuentra en la biblioteca de Wolfenbüttel, parece haber sido el origen de la imagen y del texto. En el siglo XVII el erudito francés J. B. Thiers juzgó de supersticiosa dicha cruz (por los enigmáticos caracteres que la acompañan), pero el Papa Benedicto XIV la aprobó en 1742, y la fórmula de su bendición se incorporó al Ritual Romano.

La medalla de San Benito representa la imagen de la Cruz (por un lado) y la del Santo Patriarca (por el otro lado).

El lado de la Cruz suele estar encabezado por el monograma del salvador (IHS) o por el lema de la orden benedictina (PAX).

En los cuatro ángulos de la Cruz se encuentran grabadas las iniciales C.S.P.B, que significan "Crux Sancti Patris Benedicti". Es decir, "Cruz del Santo Padre Benito", las cuales son como un anuncio de la medalla y no forman parte del exorcismo.

En las líneas vertical y horizontal, y alrededor de la Cruz, se leen otras iniciales, cuyas palabras componen la oración u exorcismo que tanto teme Satanás, y que conviene repetir a menudo:


 Oración de Exorcismo de San Benito:

C.S.S.M.L. CRUX SANCTA SIT MIHI LUX (La Santa Cruz sea mi luz)

 N.D.S.M.D. NON DRACO SIT MIHI DUX (No permitas que el dragón sea mi guía)

 V.R.S. VADE RETRO SATANA (Apártate, Satanás)

 N.S.M.V.  NUMQUAM SAUDE MIHI VANA (No me aconsejes tus vanidades)

 S.M.Q.L. SUNT MALA QUAE LIBAS (Son cosas malas las que tú brindas)

 I.V.B. IPSE, VENENA BIBAS (Bebe tú, tu propio veneno)



miércoles, 8 de mayo de 2024

ES TIEMPO DE MISERICORDIA (audios): La misericordia de Dios actúa siempre para salvar



Tema del programa Nº 15 del ciclo:

La misericordia de Dios actúa siempre para salvar

“Es tiempo de Misericordia”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió dentro del Programa “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Getafe.

Su día y horario de emisión fue el domingo a las 09:45 hs y fue transmitido por Cadena Cope, en las siguientes frecuencias: Cope Comunidad 101.0 FM, Cope Madrid Sur 89.7 FM, Cope Jarama. 100.5 FM y Cope Pinares 92.2 FM (cada una de estas frecuencias se escuchan en la zona sur de Madrid), desde el mes de febrero hasta diciembre de 2016.

“Es tiempo de Misericordia” nos presenta en cada una de sus emisiones distintas alocuciones, homilías y catequesis del Santo Padre Francisco sobre la Divina Misericordia, para que nosotros, al escucharlas, nos decidamos a ser receptores de la misma y a darla, a manos llenas, a nuestros hermanos.

Locución: Cristina Lozano

domingo, 5 de mayo de 2024

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 6º Domingo de Pascua: “Dar la vida por los amigos”

 

«Señor, que yo permanezca en tu amor» (Jn 15,9).

“La caridad procede de Dios… Dios es amor” (1 Jn 4, 7-8). Estas palabras de San Juan sintetizan el mensaje de la Liturgia del día.

Es amor el Padre que “envió al mundo a su Hijo unigénito para que nosotros vivamos por él” (ib. 9; segunda lectura). Es amor el Hijo que ha dado la vida no sólo “por sus amigos” (Jn 15,13; Evangelio), sino también por sus enemigos. Es amor el Espíritu Santo en quien “no hay acepción de personas” (Hc 10, 34; primera lectura) y que está como impaciente por derramarse sobre todos los hombres. El amor divino se ha adelantado a los hombres sin algún mérito por parte de ellos: “En eso está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó” (1 Jn 4, 10). Sin el amor proveniente de Dios que ha sacado al hombre de la nada y luego lo ha redimido del pecado, nunca hubiera sido el hombre capaz de amar. Así como la vida no viene de la criatura sino del Criador, tampoco el amor viene de ella, sino de Dios, la sola fuente infinita.

El amor de Dios llega al hombre a través de Cristo. “Como el Padre me amó, yo también os he amado” (Jn 15, 9). Jesús derrama sobre los hombres el amor del Padre amándolos con el mismo amor con que de él es amado; y quiere que vivan en este amor: “Permaneced en mi amor” (ib.). Y así como Jesús permanece en el amor del Padre cumpliendo su voluntad, del mismo modo los hombres deben permanecer en su amor observando sus mandamientos. Y aquí aparece de nuevo en primera fila lo que Jesús llama su mandamiento: “que os améis unos a otros como yo os he amado” (ib. 12). Jesús ama a sus discípulos como es amado por el Padre y ellos deben amarse entre sí como son amados por el Maestro. Cumpliendo este precepto se convierten en sus amigos: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando” (ib. 14). La amistad exige reciprocidad de amor: se corresponde al amor de Cristo amándolo con todo el corazón y amando a los hermanos con los cuales él se identifica cuando afirma ser hecho a él lo que se ha hecho al más pequeños de aquellos (Mt 25, 40).

Es conmovedora e impresionante la insistencia con que Jesús recomienda a sus discípulos en el discurso de la Cena el amor mutuo: sólo mira a formar entre ellos una comunidad compacta, cimentada en su amor, donde todos se sientan hermanos y vivan los unos para los otros. Lo cual no significa restringir el amor al círculo de los creyentes; al contrario: cuando más fundidos estén en el amor de Cristo, tanto más capaces serán de llevar este amor a los demás hombres. ¿Cómo podrían los fieles ser mensajeros de amor en el mundo si no se amasen entre sí? Ellos deben demostrar con su conducta que Dios es amor y que uniéndose a él se aprende a amar y se hace uno en el amor; que el Evangelio es amor y que no en vano Cristo ha enseñado a los hombres a amarse; que el amor fundado en Cristo vence las diferencias, anula las distancias, elimina el egoísmo, las rivalidades, las discordias. Todo esto convence más y atrae más a la fe que cualquier otro medio, y es parte esencial de aquella fecundidad apostólica que Jesús espera de sus discípulos, a los cuales ha dicho: “os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16). Sólo quien vive en el amor puede dar al mundo el fruto precioso del amor.

 

“Tú eres amor, ¡oh, Dios! En esto se ha manifestado tu amor en nosotros, en que has enviado a tu Hijo unigénito al mundo, para que pudiéramos vivir por medio de Él. El Señor mismo lo ha dicho: nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos; el amor de Cristo por nosotros se demuestra en que murió por nosotros. ¿Cuál es la prueba, ¡oh, Padre de tu amor por nosotros? El que has enviado a tu Hijo único a morir por nosotros…

No fuimos nosotros los primeros que te amamos; pero nos has amado para que nosotros te amásemos… Si tú nos has amado así, también nosotros nos debemos amar mutuamente… Tú eres amor. ¿Cuál es el rostro del amor? ¿Su forma, su estatura, sus pies, sus manos? Nadie lo puede decir. El tiene pies que conducen a la Iglesia, manos que socorren a los pobres, ojos con los que se conoce al que está necesitado… Estos distintos miembros no están separados en lugares diversos; quien tiene caridad, ve con la mente todo y al mismo tiempo. ¡Oh, Señor, haz que yo viva en la caridad para que ella habite en mi, que permanezca en ella para que ella permanezca en mi”. (San Agustín, In Jn, 81. 3-4).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

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