domingo, 3 de agosto de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 18º Domingo del Tiempo Ordinario: “¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!”

 

“Venid, aclamemos al Señor…, la roca que nos salva” (Sal 95, 1).

El tema que nos ofrecen las lecturas de este domingo se refiere al valor de las realidades terrenas –vida, trabajo, riquezas, etc.- y al comportamiento del cristiano frente a ellas. La primera lectura (Ecle 1, 2; 2, 21-23) declara la vanidad, es decir, la inconsistencia de las cosas terrenas que pasan con la fugacidad del viento: “Vanidad de vanidades…, todo es vanidad”. La vida del hombre es breve, destinada a la muerte; su trabajo y su sabiduría pueden a lo más procurarle un buen patrimonio, pero un día se verá forzado a abandonarlo.

Entonces ¿para qué afanarse? “¿Qué saca el hombre de todo su trabajo?” (ib 2, 22). ¿Para qué sirven sus días agobiados de dolor y preocupaciones? ¿Para qué sus noches insomnes? Este breve fragmento no da la respuesta, y se limita a observar que la vida terrena vivida por sí misma, sin relación a Dios y a un fin superior, es totalmente desilusoria. Ya en el Antiguo Testamento, y sobre todo en el libro de la Sabiduría que habla de la inmortalidad del hombre, se da una solución a este problema. Pero sólo el Nuevo Testamento da la respuesta definitiva: todas las realidades terrenas tienen un valor en relación a Dios y por lo tanto, cuando son empleadas según el orden querido por él.

A esto alude la segunda lectura (Col 3, 1-5. 9-11) con la conocida frase paulina: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba…; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (ib 1-2). El cristiano regenerado por el bautismo a una vida nueva en Cristo sabe que su destino no está encerrado en horizontes terrenos y que, aun atendiendo a los deberes de la vida presente, su corazón debe estar dirigido al fin último: la vida eterna en la eterna comunión con Dios. No espera, pues, de la vida terrena la felicidad que ella no puede darle y que sólo en Dios puede hallar. Por consiguiente, en el uso de los bienes terrenos será moderado y sabrá mortificarse –en sus pasiones, en sus deseos desordenados, en sus codicias (ib 5)-, para morir al pecado que lo aparta de Dios y para vivir, por el contrario, “con Cristo en Dios” (ib 3).

Pero la respuesta directa a todos estos cuestionamientos está en el Evangelio del día (Lc 12, 13-21) y está introducida en el rechazo resuelto de Jesús a intervenir en la partición de una herencia. El ha venido a dar la vida eterna y no a ocuparse de los bienes transitorios que no pueden dar estabilidad alguna a la existencia del hombre. “Mirad: guardaos de toda clase de codicia -dice el Señor-. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de los bienes” (ib 15). E inmediatamente añade la parábola del rico necio que demuestra gráficamente la sabiduría de su enseñanza. Un hombre tuvo una gran cosecha, hasta el punto de no saber dónde almacenarla. Pero mientras proyectaba la construcción de nuevos graneros y se propone gozar largamente de esos bienes, es llamado por Dios a cuentas y oye que le dicen: “Lo que has acumulado ¿de quien será?” (ib 20).

La necedad y el pecado de este hombre están en haber acumulado riquezas con el objeto único de gozarlas egoístamente: “Hombre…, túmbate, come, bebe y date buena vida” (ib 19), sin pensar en las necesidades del prójimo ni en los deberes para con Dios. Dios está totalmente ausente de sus proyectos, como si su vida, lejos de depender de él, dependiese de sus bienes: “tienes bienes acumulados para muchos años” (ib). Pero aquella misma noche queda cortada su vida y se encuentra ante Dios con las manos vacías, carente de obras válidas para la eternidad. Y la parábola concluye: “Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios”.

 

“Todo pasa bajo el cielo: primavera, verano, otoño, invierno, cada estación llega a su turno. Pasan las fortunas del mundo: el que antes dominaba, es ahora abatido, y se eleva en cambio, el que antes estaba en tierra. Cuando las fortunas se hunden, la riqueza bate las alas y vuela. Los amigos se hacen enemigos, y los enemigos, amigos, y cambian también nuestros deseos, nuestras aspiraciones y nuestros proyectos. No hay nada estable fuera de ti, Dios mío. Tú eres el centro y la vida de todos los que, siendo mudables, confían en ti como un Padre, y vuelven a ti los ojos, satisfechos de poder dejarse en tus manos.

Sé, Dios mío, que debe operarse en mí un cambio, si quiero llegar a contemplar tu rostro. Se trata de la muerte. Cuerpo y alma deben morir a este mundo. Mi persona, mi alma tienen que ser regeneradas, porque sólo el santo puede llegar a verte… Haz que día a día me vaya modelando según tú y, abandonándome en tus brazos, sea transformado de gloria en gloria. Para llegar hasta ti, oh Señor, es preciso que pase por la prueba, la tentación y la lucha. Aun cuando yo no capte exactamente lo que me espera, sé al menos esto y sé también que si tú estás a mi lado, caminaré hacia lo mejor no hacia lo peor. Cualquiera sea mi suerte, rico o pobre, sano o enfermo, rodeado de amigos o abandonado a mí solo, todo acabará mal, si quien me sostiene no es el Inmutable. Todo, en cambio, acabará bien, si tengo a Jesús conmigo, a Jesús que es el mismo hoy, mañana y siempre” (J. H. Newman, Madurez cristiana).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

domingo, 27 de julio de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 17º Domingo del Tiempo Ordinario: “Pedid, buscad, llamad…”

 

«Señor, tu misericordia es eterna; no abandones la obra de tus manos» (SI 38, 8).

La plegaria del hombre y la misericordia condescendiente de Dios son los temas que se entrelazan en las lecturas de este día. En primer lugar se presenta la conmovedora y atrevida oración de Abrahán en favor de las ciudades pecadoras (Gn 18, 20-32; 1.a lectura), magnífica expresión de su confianza en Dios y de su solicitud por la salvación de los demás. Dios le ha revelado su designio de destruir a Sodoma y Gomorra pervertidas hasta el colmo, y el patriarca busca detener el castigo en consideración a los justos que podría haber entre los pecadores. Pero desde la propuesta de cincuenta justos se ve obligado a bajar gradualmente hasta el exiguo número de diez: «Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez justos?» (ib 32).

Ni la benévola condescendencia de Dios que va aceptando la reducción del número, ni la cordial súplica de Abrahán consiguen salvar la ciudad por culpa de la general corrupción; sólo la familia de Lot será salvada para testimoniar la misericordia divina y el poder de la intercesión de Abrahán. El episodio quedará como un, documento de las terribles consecuencias de la obstinación en el mal y de la fuerza reparadora del bien, por la cual sólo diez justos -si los hubiese habido- habrían podido impedir la ruina de la ciudad.

Pero en el Nuevo Testamento se abre una nueva y maravillosa página de la misericordia de Dios: un solo justo, «el siervo de Yavé» anunciado por los profetas, basta para salvar no dos ciudades ni una nación, sino a la humanidad entera. En vista de la pasión de Cristo, Dios perdonó todos los pecados de los hombres, borró «el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz» (CI 2, 14; 2.a lectura). Esta frase Imaginativa de Pablo expresa muy bien cómo la deuda enorme de los pecados de todo el género humano ha sido anulada con la muerte de Cristo. Sin embargo, ni esa superabundante expiación aprovechará al hombre, si éste no colabora con Su renuncia personal.

El Evangelio del día (Lc 11, 1-13) vuelve a tomar de lleno el tema de la oración. Jesús, interrogado por sus discípulos, les enseña a orar: «Cuando oréis decid: "Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino"» (ib 2). Abrahán, el amigo de Dios, lo llamaba «mi Señor»; el cristiano, autorizado por Jesús, lo llama «Padre», nombre que da a su plegaria un tono completamente nuevo: filial, por el que puede derramar libremente su corazón en el corazón de Dios, exponiéndole sus necesidades en la forma sencilla y espontánea que indica el «Padre nuestro».

Además, con la parábola del amigo importuno, que sigue inmediatamente, enseña Jesús a orar con perseverancia e insistencia -como hizo Abrahán-, sin miedo a ser indiscretos: «pedid, buscad, llamad». Para Dios no hay horas inoportunas; nunca siente fastidio por la oración humilde y confiada de sus hijos, antes bien se complace en ella: «Quien pide, recibe, quien busca halla, y al que llama, se le abre» (ib 10). Y si no siempre obtiene el hombre lo que desea, es seguro que su oración nunca es vana, pues el Padre celestial responde siempre a ella con su amor y su favor, aunque tal vez de modo oculto y diferente a lo que el hombre espera.

Lo importante no es obtener esto o aquello, sino que nunca le falte la gracia de ser fiel a Dios cada día. Esta gracia está asegurada al que ora sin cansarse: «Si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (ib 13). En el don del Espíritu Santo se incluyen todos los bienes sobrenaturales que Dios quiere conceder a sus hijos.

 

¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío, que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad...! Vos decís, Señor mío, que venís a buscar los pecadores; éstos, Señor, son los verdaderos pecadores. No miréis nuestra ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por nosotros. Resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad; mirad, Señor, que somos hechura vuestra. Válganos vuestra bondad y misericordia. (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 8, 3).

Oh Jesús, creemos que lo puedes todo y que nos concederás todo lo que te pidamos con fe; nos lo concederás porque eres infinitamente bueno y omnipotente; nos otorgarás más aún, pues lo has prometido formalmente. Nos lo concederás sea dándonos la cosa pedida, sea dándonos otra mejor. Si nos haces esperar, si recibimos tarde o tal vez nunca, estamos seguros de que la espera es lo mejor para nosotros, de que el recibir tarde o tal vez nunca es mejor para nosotros que recibir enseguida. (Carlos de Foucauld, Meditaciones sobre el Evangelio).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

sábado, 26 de julio de 2025

COLUMNISTA INVITADO: Sobre la amistad, por Monseñor Héctor Rubén Aguer

 

En Argentina, desde hace unos años, el 20 de julio se celebra el Día del Amigo. La iniciativa nació por inspiración masónica, en nombre de la “fraternidad universal”; por la llegada del hombre a la Luna, en esa fecha de 1969. En realidad, el Día del Amigo debe celebrarse el 2 de enero; en que se conmemora a San Basilio y San Gregorio Nacianceno, que estudiaron juntos en Atenas, y tuvieron una profunda amistad en el Señor.

El actual fenómeno de las redes sociales multiplica los casos de amistades “virtuales”, es decir: no reales, no verdaderas. Los filósofos griegos y romanos comprendieron y explicaron el hecho profundamente humano de la amistad. Aristóteles, en su “Ética a Nicómaco” dedica a la amistad un capítulo, que ha sido fuente de muchos tratados posteriores. Marco Tulio Cicerón escribió un pequeño libro “De amicitia”, en el que expresa que “la amistad verdadera se basa en la virtud, ya que solo los virtuosos pueden amarse desinteresadamente, sin buscar utilidad o placer”.

Esto significa que la amistad se da entre gente buena y buscando el bien del otro. Fuera de eso, no existe amistad verdadera, porque ésta es un amor desinteresado que implica confianza absoluta, lealtad, generosidad, y al menos por algún tiempo, el encuentro personal. Corresponde comparar esta realidad con el desfogue sexual que hoy día se ventila desvergonzadamente.

Cicerón decía, asimismo, que la amistad era también “un acuerdo perfecto en todas las cosas divinas y humanas, con benevolencia y afecto”; se trata de un acuerdo en lo fundamental: cómo vivir bien y cómo morir bien, y todo lo demás se ordena según ese fundamento. Especialmente se muestra la amistad cuando alguno de los amigos atraviesa por una desgracia. Séneca, por su parte, escribió un “De amicitia”.

La definición de Santo Tomás de Aquino es completa y perfectísima. Dice, en latín, que la amistad es “amor mutuae benevolentiae, fundatus in aliqua communicatione”. Se trata, pues, de amor mutuo que quiere el bien, y de un encuentro personal en el que se goza de lo que es común. No es, entonces, algo “virtual”, sino una realidad virtuosa, plenamente humana, que no se identifica con la mera atracción. El encuentro personal es la clave del ejercicio de la amistad. Esto es lo que falta en las presuntas “amistades virtuales”, que son realidades provisorias, circunstanciales.

La amistad se educa en la familia inculcando primeramente a los hijos el respeto a todos; ellos, también, la aprenden percibiendo el amor que los padres se dispensan entre sí.

AMISTAD CON DIOS

Existe, asimismo, una amistad con Dios; la Iglesia es la comunidad de los amigos de Dios, aunque ellos se encuentren geográficamente separados. Cuando se realiza el encuentro personal, se ejercita la amistad cristiana. La Iglesia debe extenderse aún en muchas naciones donde se halla apenas representada, según el mandato de Jesús a sus Apóstoles: ir por todo el mundo y hacer discípulos en todos los pueblos. Entonces se multiplicará el fenómeno divino–humano de la amistad. En suma: no se trata de “virtual”, sino de virtud. De amor.

 

+ Héctor Aguer*, Arzobispo Emérito de La Plata.

Buenos Aires, 22 de julio de 2025.

Arzobispo emérito de La Plata

 

*Nació en Buenos Aires, el 24 de mayo de 1943; ordenado sacerdote el 25 de noviembre de 1972, en Buenos Aires, por monseñor Juan Carlos Aramburu, arzobispo coadjutor de Buenos Aires; elegido obispo titular de Lamdia y auxiliar de Buenos Aires, el 26 de febrero de 1992, por Juan Pablo II; ordenado obispo el 4 de abril de 1992, en la catedral de Buenos Aires por el cardenal Antonio Quarracino, arzobispo de Buenos Aires; promovido a arzobispo coadjutor de La Plata el 26 de junio de 1998, tomó posesión del cargo el 8 de septiembre de 1998; inició su ministerio pastoral, por sucesión, como séptimo arzobispo de La Plata (noveno diocesano) el 12 de junio de 2000. El papa Francisco le aceptó la renuncia por edad el 2 de junio de 2018. Académico Honorario de la Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino. Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas y Académico Correspondiente de la Academia Provincial de Ciencias y Artes de San Isidro. Gran Prior para la Argentina de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén y Capellán Conventual «ad honorem» de la Soberana Orden Militar de Malta. Es licenciado en Teología por la Universidad Católica Argentina (Buenos Aires, 1977). Lema episcopal: «Silenti opere».

jueves, 24 de julio de 2025

APOLOGÉTICA HOY (audios): El hombre creado a imagen y semejanza de Dios

Programa radiofónico: "APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad".

Director: Padre José Antonio Medina.

Episodio Nº 40.

Tema: El hombre creado a imagen y semejanza de Dios

Contenido:

-      El hombre creado a imagen y semejanza de Dios (Apologética Fundamental)

1 - “A imagen de Dios”.

2 - Une el mundo espiritual y el mundo material.

3 - Es creado “hombre y mujer”.

4 - Dios lo estableció en la amistad con él. 

Fecha de emisión original en Radio María España el miércoles 23 de julio de 2025.

 

domingo, 20 de julio de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 16º Domingo del Tiempo Ordinario: “Sólo una cosa es necesaria”

 

«Señor mío..., te ruego no pases de largo junto a tu siervo» (Gn 18, 3).

La presencia de Dios entre los hombres y la hospitalidad a él ofrecida por éstos, son el tema sugestivo de la primera lectura y del Evangelio del día.

En la primera lectura (Gn 18, 1-10a) tenemos la singular aparición de Yahvé a Abrahán por medio de tres misteriosos personajes, portadores visibles de la invisible majestad de Dios. La premura excepcional con que Abrahán los acoje y el generoso banquete que les prepara revelan en el patriarca la intuición de un suceso extraordinario, divino. «Señor mío -dice postrándose hasta la tierra-, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo» (ib 3). Más que una invitación, estas palabras son una súplica reveladora de su ansia de hospedar al Señor, acogerlo en su tienda y tenerlo junto a sí.

Abrahán se muestra también aquí como «el amigo de Dios» (Is 41,8) que trata con él con sumo respeto y, al mismo tiempo, con confianza humilde y vivo deseo de servirle. Terminada la comida, la promesa de un hijo, a pesar de la avanzada edad de Abrahán y de Sara, descubre claramente la naturaleza sobrenatural de los tres personajes, uno de los cuales habla como hablaría Dios mismo (ib 13). Una tradición cristiana antigua ha visto en esta aparición -tres hombres saludados por Abrahán como si fuesen una sola persona- una figura de la Santísima Trinidad. Como quiera que sea es cierto que «el Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré» (ib 1), le habló y trató familiarmente hasta sentarse a su mesa.

También el Evangelio del día (Lc 10, 38-42) muestra a Dios sentado a la mesa del hombre, pero con una circunstancia absolutamente nueva, la de su Hijo hecho carne, venido a habitar en medio de los hombres. La escena tiene lugar en Betania, en casa de Marta, donde Jesús es acogido con una premura muy similar a la de Abrahán con sus visitantes. Como él, Marta se apresura a preparar un convite desacostumbrado; pero su solicitud no es compartida por su hermana, la cual, imitando más bien el ansia de Abrahán de conversar con Dios, aprovecha la visita del Maestro para sentarse a sus pies y escucharlo. En realidad, aunque las intenciones de Marta sean óptimas y su afanarse sea expresión de amor, hay un modo mejor de acoger al Señor, como él mismo lo declara, y es el elegido por María.

En efecto, cuando Dios visita al hombre, lo hace sobre todo para traerle sus dones, su palabra; y nadie afirmará que sea más importante afanarse que escuchar la palabra del Señor. Siempre valdrá más lo que Dios hace y dice a los hombres que lo que éstos pueden hacer por él. «Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria» (ib 41-24). Tan necesaria es, que sin ella no hay salvación, porque la palabra de Dios es palabra de vida eterna, y es de necesidad absoluta escucharla. Lo que salva al hombre no es la multiplicidad de las obras, sino la palabra de Dios escuchada con amor y vivida con fidelidad. «María ha escogido la parte mejor» (ib 42).

Esta elección no es patrimonio exclusivo de los contemplativos, sino que todo cristiano debe -en cierta medida- hacerla suya, no presumiendo darse a la acción sin haber profundizado antes la palabra de Dios en la oración. Sólo así será capaz de vivir el Evangelio, aunque el hacerlo le resulte arduo y le exija sacrificios. San Pablo podía decir con alegría: «completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia» (CI 1, 24; 2.a lectura), porque había meditado a fondo el evangelio de la cruz o, habiendo penetrado el misterio de Cristo, había encontrado fuerza para revivirlo en sí mismo.

 

Oye, Señor, la voz interior que dirigí a tus oídos con esfuerzo animoso. Compadécete de mí y óyeme. A ti dirijo mi corazón: Busqué tu rostro. No me presenté a los hombres, sino que en lo escondido, donde sólo oyes tú, te dijo mi corazón: Busqué tu rostro, no algún premio fuera de ti. Buscaré, Señor, tu rostro, perseveraré en la búsqueda incansablemente. No buscaré a algo vil, oh Señor, sino tu rostro, a fin de amarte gratis, porque no encuentro cosa más estimable. (San Agustín, In Ps, 26, I, 7-8).

¡Oh Señor! Dame el anhelo de escucharte. Existe a veces una necesidad tan imperiosa de callar, que una quisiera permanecer como María Magdalena, ese maravilloso ejemplo de vida contemplativa, a tus pies, ¡oh divino Maestro!, ávida de conocerlo todo, de penetrar cada vez más, en el misterio del amor que has venido a revelarnos. Haz que durante los momentos de actividad, mientras desempeño el oficio de Marta, mi alma pueda permanecer siempre adorante, inmersa, como María Magdalena, en tu contemplación, bebiendo ininterrumpidamente de esta fuente como un sediento. Así es como entiendo yo, Señor, el apostolado: podré irradiarte, darte a las almas, cuando esté en contacto continuo con esta divina fuente. Haz que me compenetre tan profundamente contigo, Maestro divino, que permanezca en íntima unión con tu alma y me identifique con todos tus sentimientos, para luego vivir como tú, cumpliendo la voluntad del Padre. (Cf. Isabel de la Trinidad, Cartas, 137).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

jueves, 17 de julio de 2025

JESUCRISTO, TÚ SÍ QUE VALES: Bienaventuranzas del seminarista

Tema del episodio Nº 16 del ciclo:

Bienaventuranzas del seminarista

“Jesucristo, Tú sí que vales”, es un micro programa de reflexión vocacional, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, quien era en el momento de su emisión original en antena el Director Espiritual del Seminario "San Bartolomé" de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, España.

Se emitió originalmente en el curso pastoral 2012-2013 todos los viernes al mediodía en Cope Cádiz, y posteriormente por Radio María España.

La locución está realizada por el Sr. Nino Romero.


domingo, 13 de julio de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 15º Domingo del Tiempo Ordinario: ¿Qué he de hacer para ganar la vida eterna?

 

“Esté tu palabra, Señor, en mi boca y en mi corazón para ponerla en práctica” (Dt 30, 14).

La ley de Dios es el gozne sobre el que gira la Liturgia de hoy. “Escucha la voz del Señor tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos” (Dt 30, 10). Dios no se ha quedado extraño a la vida del hombre, sino que se ha inclinado sobre él, ha pactado con él una alianza y le ha manifestado su voluntad por la ley. No es una ley abstracta, impuesta sólo desde fuera, sino escrita en el corazón del hombre desde el primer momento de la creación; una ley, por lo tanto, acorde con su naturaleza, coincidente con sus exigencias esenciales y apta para conducirlo a la plena realización de sí según el fin que Dios le ha asignado.

“El precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable –dice el sagrado texto-. Está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo” (ib 11. 14). Esa palabra se hizo luego inefablemente cercana al hombre cuando la Palabra eterna de Dios, su Verbo, se hizo carne y vino a plantar su tienda en medio de los hombres, revelándoles del modo más pleno la voluntad divina expresada en los mandamientos y enseñándoles a practicarlos con perfección.

El Evangelio del día (Lc 10, 25-37) presenta justamente a Jesús al habla con un doctor de la ley acerca del mandamiento primero: el amor a Dios y al prójimo. El doctor interroga al Maestro no por deseo de aprender, sino “para ponerlo a prueba” (ib 25), y termina su consulta preguntándole: “¿Y quién es mi prójimo?” (ib 29). Jesús no le responde con una definición, sino con la historia de un hombre caído en manos de bandoleros, despojado y abandonado medio muerto en el camino. Dos individuos pasan al lado –un sacerdote y un levita-, lo ven, pero siguen adelante sin cuidarse de él; sólo un samaritano se detiene compasivo y le socorre.

La conclusión es clara: no hay que hacer distinciones de religión, ni de raza, ni de amigo o enemigo; todo hombre necesitado de ayuda es “prójimo” y debe ser amado como se ama cada uno a sí mismo. Más aún, la parábola obliga al doctor de la ley a reconocer que quien ha cumplido la ley ha sido no un hombre instruido especialmente en ella -como el sacerdote o el levita-, sino por un samaritano, tenido por los judíos como incrédulo y pecador; y éste precisamente es propuesto como modelo al que, con mentalidad farisaica, se considera justo, impecable y observante de la ley.

“Anda, haz tú lo mismo” (ib 37), le dice Jesús. Poco importa, en efecto, conocer la moral a la perfección, discutir y filosofar en torno a ella, cuando no se sabe cumplir los deberes más elementales en casos tan claros y urgentes como el propuesto por la parábola. El que tiene el corazón duro y es egoísta, siempre hallará mil excusas para eximirse de la ayuda al prójimo, sobre todo cuando el hacerlo le sea incómodo y le exija sacrificio.

La segunda lectura (Col 1, 15-20) trata un argumento del todo diferente; celebra las grandezas de Cristo: su primado absoluto sobre todas las criaturas, creadas “por él y para él” (ib 16), y su soberanía sobre los hombres, reconciliados con Dios “por medio de él” y redimidos “por la sangre de su cruz” (ib 20). Con todo es posible ponerlo en relación con el Evangelio del día: Jesús, que es “imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura”, quiere ser reconocido y amado por los hombres en una imagen tan humilde y tan visible como el prójimo. “Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40); es como decir que el cristiano tiene que amar al prójimo no sólo como a sí mismo, sino como está obligado a amar a su Señor.

 

“Oh Dios, que muestras a los errantes la luz de tu verdad para que puedan volver al camino recto; concede a todos los que se profesan cristianos rechazar lo que es contrario a este nombre y seguir, lo que le es conforme. (Misal Romano, Colecta).

“Oh caridad, tú eres el dulce y santo lazo que une al alma con su Creador; tú unes a Dios con el hombre y al hombre con Dios. Oh caridad inestimable, tú has tenido clavado sobre el árbol de la santísima cruz al Dios-hombre; tú reúnes a los enemistados, unes a los separados, enriqueces a los que son pobres de virtud porque das vida a todas las virtudes. Tú das la paz y destruyes la guerra; das paciencia, fortaleza y larga perseverancia en toda buena obra; nunca te cansas y nunca te separas del amor de Dios y del prójimo, ni por penas ni por aflicciones, ni por injurias, escarnios o villanías. Tú ensanchas el corazón, el cual acoge a amigos y enemigos y a toda criatura, porque se ha revestido del afecto de Cristo y le sigue a él.

¡Oh Cristo, dulce Jesús! Concédeme esa inefable caridad, para que sea perseverante y nunca cambie, porque quien posee la caridad está fundado en ti, piedra viva, es decir, ha aprendido de ti a amar a su Creador, siguiendo tus huellas. En ti leo la regla y la doctrina que me conviene tener, porque tú eres el camino, la verdad y la vida; por donde, leyendo en ti, que eres libro de vida, podré andar el camino recto y atender sólo al amor a Dios y a la salvación de mi prójimo” (Santa Catalina de Siena, Epistolario, 7).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.


sábado, 12 de julio de 2025

SACERDOCIO: Reflexión sobre el suicidio de un joven sacerdote

El pasado sábado, 5 de julio, falleció un joven sacerdote italiano. Tras no presentarse a celebrar la eucaristía, algunas personas fueron a su casa y lo encontraron muerto. La diócesis de Novara, en una nota oficial, confirmó que se trataba de un suicidio. Al parecer, el sacerdote llevaba una vida normal y era apreciado por los fieles. No se conocen los motivos que le llevaron a quitarse la vida.

Las tasas de suicidio, en nuestros países europeos, son relativamente altas, algo más de 10 por cada 100.000 habitantes; en algunos países de América o África son bastante más altas. Es un tema del que no se suele hablar. Es lógico suponer que, entre los sacerdotes, religiosas y religiosos, en este tema y en otros (adicciones, determinadas tendencias), las tasas serán similares a las del conjunto de la población. Pero el fallecimiento del sacerdote italiano ha sido muy comentado en redes sociales, bastante más que otros casos similares.

Antiguamente, hechos como este eran muy mal vistos y juzgados negativamente. El código de derecho canónico de 1917 excluía a quienes se quitaban la vida del derecho a las exequias cristianas. Esta prohibición ha desaparecido del actual código. En el caso que nos ocupa, el funeral fue presidido por el Obispo de la diócesis, Mons. Franco Giulio Brambilla, que hizo una emotiva homilía y se preguntó qué nos dice a todos la muerte de Don Matteo. Sí, qué dice la muerte de una persona querida y valorada por los jóvenes a los propios jóvenes. Y qué dice una muerte así a los obispos y a los sacerdotes.

Una muerte es siempre una pregunta frente a Dios. Y toda pregunta pide una respuesta. Pero el exceso de preguntas puede desvirtuar la respuesta. No es sano preguntar continuamente al amado si te ama. Deberíamos aprovechar la ocasión para preguntarnos por el tipo de formación afectiva que se da en los seminarios; por los primeros destinos a los que se envía a los jóvenes sacerdotes; y por la soledad que todos sentimos, pero los célibes de un modo especial. Todos necesitamos amor, y solo con amor podemos superar nuestras debilidades. Y el amor de Dios pasa siempre por el amor a y de los hermanos y por la manera de situarnos con y frente a ellos.

El Vaticano II, a propósito del voto de castidad de los religiosos, dijo algo muy sabio: “recuerden todos, especialmente los superiores, que la castidad se guarda más seguramente cuando entre los hermanos reina verdadera caridad fraterna en la vida común”. En el contexto del amor, la castidad se guarda fácilmente. En la soledad, seguramente ya no tanto. En el contexto del amor, la vida tiene sentido. Fuera de este contexto, la vida resulta, a veces, insoportable.

Cuando un sacerdote está contento con su ministerio, cuando está ocupado, cuando reza, cuando vive fraternalmente y se siente querido, las depresiones desaparecen pronto. Yo no sé qué es lo que llevó a este sacerdote italiano a tomar la decisión que tomó, pero de una cosa estoy seguro: el buen sacerdote no quería quitarse la vida; en todo caso, quería quitarse de encima lo insoportable de la vida. Cuidemos las vidas y estemos atentos a los hechos y acontecimientos que, a veces, las hacen insoportables, para atacar lo insoportable y cuidar la vida.

por Martín Gelabert Ballester, op

jueves, 10 de julio de 2025

SACERDOCIO: Reflexión ante el suicidio de un sacerdote

 

Un joven sacerdote italiano apareció, la pasada semana, muerto en su casa. Se había suicidado. La noticia ha provocado infinidad de ecos.

Quizás impresiona especialmente al imaginar que la fe -que damos por supuesto y asentada en la vida de alguien que se consagra de este modo- no fue suficiente. Que no encontró en el evangelio la fortaleza necesaria para seguir, que la noche oscura que sin duda atravesó (fueran los motivos los que fueran) no se disipó con la luz del espíritu. Impresiona. Pero es real. Y es así.

Ni siquiera la fe nos protege de la vida, de la tormenta y de la fragilidad del ser humano. El sacerdote no es alguien que, por tenerlo todo mucho más claro se haya convertido en un cristiano invulnerable. De hecho no lo tiene todo mucho más claro. Participa de las zozobras, de los quebrantos, de los temores y las inseguridades; del mismo modo que participa de las alegrías, las fiestas, la valentía y la convicción del ser humano ante las incertidumbres de la vida.

Ama a Jesús hasta el punto de consagrar su vida, pero eso no quiere decir que en ocasiones no se vea sacudido por las olas, con miedo a naufragar, y tenga que gritar, como aquellos primeros pescadores: “Sálvanos que perecemos”.  Su fe no es un seguro a prueba de tristezas y soledades. Su oración en ocasiones será pozo en que saciar la sed, y en otras ocasiones resultará árida y silenciosa.  Hay días en que cargará con el peso de muchas heridas propias y ajenas, y días en que se sentirá incapaz de hacerlo.

Hay días en que la Eucaristía le vendrá grande y se verá desbordado por lo que conmemora. Quizás haya en su propia historia equivocaciones, fracasos y pobrezas que no lo hacen menos digno del evangelio, sino en realidad uno de sus personajes más reales. Es buen pastor, sí, pero también hijo pródigo. Es buen samaritano, pero también herido al borde del camino. Es discípulo, enviado a sanar corazones afligidos, a la vez que llora a los pies del maestro por todo lo que en su propia vida ha sido mediocridad e incoherencia.

Como sacerdotes tenemos que ser capaces de contar también esto. Que el seguimiento de Jesús no es la virtud especial de héroes más fuertes, más creyentes, más sólidos. Que hay días en que nos muerde la soledad, sentimos la sobrecarga, puede la impotencia al no saber responder a lo que otros necesitan, y parece que la motivación escasea. Que en ocasiones nos hartamos de nosotros mismos. Y de luchar siempre batallas que parecen no tener final.

Sin dramatizar tampoco. Es la vida de tanta gente, con sus sombras y aristas. Pero si no somos capaces de compartir también esto, al final el camino puede hacerse demasiado cuesta arriba. Y entonces hay quien abandona. O quien se convierte en funcionario. Quien se instala en la amargura. O, desgraciadamente, quien no puede más y se rinde de la vida. 

por José María Rodríguez Olaizola, sj

domingo, 6 de julio de 2025

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 14º Domingo del Tiempo Ordinario: Paz de Cristo y tribulación del mundo

 

«Señor de la Paz, concédenos la paz siempre y en todos los órdenes» (2 Ts 3, 16).

El tema de la paz emerge de las lecturas de hoy donde se la presenta en sus múltiples aspectos.

La primera lectura (Is 66, 10-14c) habla de ella como síntesis de los bienes -gozo, seguridad, prosperidad, tranquilidad, consuelo- prometidos por Dios a Jerusalén restaurada tras el destierro de Babilonia. “Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz; como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones… Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (ib 12-13). Se ve claro por el contexto que se trata de un don divino, característico de la era mesiánica. Será Jesús el portador de esa paz que es a un tiempo gracia, salvación y felicidad eterna no sólo para los individuos sino para todo el pueblo de Dios que confluirá de todas las partes del mundo a la Jerusalén celestial, el reino de la paz perfecta.

Pero también la Iglesia, la nueva Jerusalén terrena, posee ya el tesoro de la paz ofrecido por Jesús a los hombres de buena voluntad y tiene la misión de difundirla en el mundo. Este fue el encargo confiado por el Salvador a los setenta y dos discípulos enviados a predicar el Reino de Dios (cfr. Evangelio de la Santa Misa de hoy: Lc 10, 1-12. 17-20). “Poneos en camino. Mirad que os mando como corderos en medio de lobos” (ib 3). Esta expresión indica precisamente una misión de mansedumbre, de bondad y de paz semejante a la de Jesús, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29), no condenando a los pecadores, sino inmolándose a sí mismo, estableciendo la paz mediante la sangre de su cruz.

“Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros” (Lc 10, 5-6). No se trata de un simple saludo augural, sino de una bendición divina obradora de bien y de salvación. Donde “descansa” la paz de Jesús que ha reconciliado a los hombres con Dios y entre sí, descansa la salvación. El hombre que la acoge está en paz con Dios y con los hermanos, vive en la gracia y el amor y está a salvo del pecado. Esta paz se posa sobre la “gente de paz”, o sea sobre los que llamados por Dios a la salvación, corresponden a la invitación aceptando sus exigencias; esos son los herederos afortunados de la paz de Cristo y de los bienes mesiánicos.

Pero Jesús advierte que no espere nadie una paz parecida a la que ofrece el mundo, promesa ilusoria de una felicidad exenta de todo mal. “No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14, 27), ha dicho él; porque su paz es tan profunda que puede coexistir hasta con las tribulaciones más punzantes. Si el mundo se mofa de esa paz y la rechaza, los discípulos, aunque sufriendo por el rechazo, no pierden la paz interior ni dejan de anunciar “el Evangelio de la paz” (Ef 6, 15). Humildes, pobres, sin pretensiones y contentos con cubrir las necesidades de la vida (Lc 10, 4. 7-8), continúan en el mundo la misión de Jesús ofreciendo a quien quiera acogerla “la buena noticia de la paz” (Hc 10, 36).

San Pablo (segunda lectura: Gál 6, 14-18) es el prototipo. En su apostolado, no busca otro apoyo ni otra gloria que “la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (ib 14), por la cual se considera crucificado a todo cuanto el mundo puede ofrecerle: ventajas materiales, gloria, acomodo. El mundo no tiene atractivo para quien se ha dejado fascinar por el Crucificado y se complace en llevar sobre su cuerpo “las marcas de Jesús” (ib 17). Tiene, pues, derecho a que le dejen tranquilo en la paz de su Señor, la que invoca para sí y para cuantos sigan su ejemplo: “La paz y la misericordia de Dios venga sobre todos los que se ajustan a esta norma” (ib 16).

 

“Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo has levantado el mundo, danos tu gozo, para que libres de la opresión de la culpa, podamos gozar de la felicidad sin fin” (Misal Romano, Oración Colecta).

“Señor, Dios omnipotente, Jesucristo, rey de la gloria, tú eres la verdadera paz, la caridad eterna, ilumina, te lo ruego, con la luz de tu paz el fondo de nuestras almas, purifica nuestra conciencia con la dulzura de tu amor. Concédenos ser hombres de paz, desearte a ti, príncipe de la paz, y estar protegidos y custodiados de continuo por ti contra los peligros del mundo. Haz que bajo las alas de tu benevolencia, busquemos la paz con todas las fuerzas de nuestro corazón, así podremos ser acogidos en los gozos eternos cuando vuelvas a recompensar a los que lo merecen.

Señor Jesucristo, tú eres la paz de todos los hombres: los que te hallan, hallan el descanso; los que te abandonan son heridos por los males más implacables. Concédenos, Señor, te lo rogamos que no demos el beso de Judas; concédenos la paz que tu sacramento ha prescrito a los demás apóstoles difundir. Haz que tu Iglesia halle en nosotros, durante el curso de nuestra vida terrena, hombres de paz, para loar tu bondad y así compartamos un día la felicidad que no tiene fin” (Prières eucharistiques, 64a; 93).


Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.


jueves, 3 de julio de 2025

JESUCRISTO, TÚ SÍ QUE VALES: Anunciamos lo que hemos visto

Tema del episodio Nº 15 del ciclo:

Anunciamos lo que hemos visto

“Jesucristo, Tú sí que vales”, es un micro programa de reflexión vocacional, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, quien era en el momento de su emisión original en antena el Director Espiritual del Seminario "San Bartolomé" de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, España.

Se emitió originalmente en el curso pastoral 2012-2013 todos los viernes al mediodía en Cope Cádiz, y posteriormente por Radio María España.

La locución está realizada por el Sr. Nino Romero.