domingo, 3 de diciembre de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo B - 1º Domingo de Adviento: “Estad atentos y vigilad”

 

«Tú eres, oh Yahvé!, nuestro Padre... ¡Oh si rasgaras los cielos y bajaras!" (Is 63, 16.19).

Desde el día del primer pecado, cuando Dios hizo brillar ante los ojos de Adán la promesa de un redentor, todas las esperanzas de la humanidad se orientaron hacia la salvación que se vislumbraba. Los profetas fueron sus heraldos incansables. «Tú eres, ¡oh Yahvé!, nuestro padre, y “redentor nuestro” es tu nombre desde la eternidad… He aquí que te irritaste, pues hemos pecado, por nuestra infidelidad y nuestra defección… Mas ahora, ¡oh Yahvé!, tú eres nuestro padre» (Is 63, 16; 64, 4-7).

El sentido profundo del pecado y de la impotencia del hombre para volverse a levantar se entrelaza con el anhelo de salvación y con la confianza en Dios expresada con términos casi evangélicos: «Tú eres nuestro padre». Parece que Isaías, en su conmovedora oración, quiera apresurar la venida del Salvador: «¡Oh si rasgaras los cielos y bajaras!» (Is 63, 19). Y la historia nos dice cómo fue escuchado este grito y se cumplió la promesa de Dios: los cielos se rasgaron verdaderamente y la humanidad recibió a su Salvador, Jesucristo Señor. Y sin embargo la oración de Isaías es todavía actual y la liturgia se la hace propia en el tiempo del Adviento: «¡Oh si rasgaras los cielos y bajaras!»

El Hijo de Dios ya ha venido históricamente, y con su pasión, muerte y resurrección ha salvado ya a la humanidad pecadora. Y sin embargo, este misterio ya cumplido en sí mismo, debe repetirse en cada hombre y renovarse continuamente en él hasta llevarlo a «la comunión con Jesucristo Señor nuestro» (1 Cor 1, 9). Mientras esta comunión no sea perfecta, es decir, mientras el hombre no esté del todo invadido y transformado por la gracia, hay todavía lugar para la espera del Salvador. El cual viene continuamente por medio de los sacramentos, de su palabra anunciada por la Iglesia y de las inspiraciones e impulsos interiores; y al cual no hay que cesar nunca de acoger y de desear para que sus venidas a nosotros sean cada vez más íntimas, profundas y transformantes. «El Espíritu y la Esposa [la Iglesia] dicen: ¡Ven!», y cada uno de los fieles repite: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 17.20).

San Pablo, al congratularse con los Corintios por la gracia de Dios que habían recibido en Cristo, ya que en él habían sido enriquecidos de todo y en él poseían todos los dones, los exhorta a la espera de la «manifestación de nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor 1, 4-7). Estos son los dos polos entre los cuales se tiende el arco del Adviento cristiano: el recuerdo agradecido del nacimiento del Salvador y de todos los dones recibidos de él, y su «manifestación» gloriosa al final de los tiempos. Si sabemos llenar con una espera vigilante y activa el espacio intermedio entre uno y otro, Dios mismo, como dice el Apóstol, «nos confirmará hasta el fin para que seamos irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo» (ib 8). A la fidelidad del hombre que vive en la espera de su Dios, corresponde la fidelidad de Dios que mantiene infaliblemente sus promesas.

La fidelidad por parte del hombre debe ser cual la presenta el Evangelio (Mc 13, 34-37): un generoso servicio en el cumplimiento del propio deber sin rendirse ni al cansancio ni a la pereza. Como lo hace el siervo diligente que no duerme durante la ausencia del amo, sino que realiza las tareas que le han sido encomendadas, de tal manera que cuando vuelva su amo «por la tarde, a medianoche, al canto del gallo o a la madrugada» (ib. 35), lo encuentre, siempre en su puesto, entregado al trabajo; no asustado, como quien es sorprendido en el mal, sino alegre de volverlo a ver. Y como para el cristiano Dios es no sólo amo, sino padre, su llegada será llena de alegría.

 

«Tú eres, ¡oh Yahvé!, nuestro padre, y “redentor nuestro” es tu nombre desde la eternidad. ¿Por qué, ¡oh Yahvé!, nos dejas errar fuera de tus caminos y endurecer nuestro corazón contra tu temor? Vuélvete por amor de tus siervos… ¡Oh si rasgaras los cielos y bajaras!

Tú te adelantas a los que obran justicia y se acuerdan de tus caminos. He aquí que te irritaste, pues hemos pecado, por nuestra infidelidad y nuestra defección. Todos nosotros fuimos impuros, y toda nuestra justicia es como vestido inmundo, y nos marchitamos como hojas todos nosotros, y nuestras Iniquidades como viento nos arrastren.

Y nadie invoca tu nombre ni despierta para unirse a ti. Porque has ocultado tu rostro de nosotros y nos has entregado a nuestras iniquidades. Mas ahora, ¡oh Yahvé!, tú eres nuestro padre; nosotros somos la arcilla, y tú nuestro alfarero, todos somos obra de tus manos. ¡Oh Yahvé!, no te irrites demasiado, no estés siempre acordándote de la iniquidad. Ve, mira que todos nosotros somos tu pueblo». (Is 63, 16-19; 64, 4-8).

Muéstrame, Señor, tu misericordia y dame tu salvación…

¡Oh Sabiduría infinita!, ven a guiarme en los caminos del cielo. ¡Oh esplendor de la gloria del Padre!, ven a iluminarme con el esplendor de tus virtudes. ¡Oh sol de justicia!, ven a dar luz y calor de vida a quien está sentado en la sombra de la muerte. ¡Oh rey de los reyes!, ven a regirme. ¡Oh Salvador del mundo!, ven a salvarme. (Cfr. Luis de la Puente, Meditaciones).

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

 

jueves, 30 de noviembre de 2023

APOLOGÉTICA HOY (audios): La fe: virtud que hay que profesar, conservar y extender

Programa radiofónico: " APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad".

Director: Padre José Antonio Medina.

Tema del episodio Nº 03:

Tema: La fe: virtud que hay que profesar, conservar y extender

Contenido:


-      Oración inicial: “Oración por la fe” de San Pablo VI

 

-   Reflexión teológica/espiritual: La fe, fundamento de la vida cristiana, y nuestra obligación de profesar, conservar y extender la fe.

 

-      Las cinco vías de Santo Tomás de Aquino

 

-      Oración final: “Madre, que no nos cansemos” de San Manuel González 


Fecha de emisión original en Radio María España el miércoles 29 de noviembre de 2023.

domingo, 26 de noviembre de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo A - 34º Domingo del Tiempo Ordinario: Jesucristo, Rey del Universo

 


«Admítenos, Señor, en tu reino de justicia, de amor y de paz» (Misal Romano, Prefacio).

La Iglesia, después de haber conmemorado en el curso del año litúrgico los misterios de la vida de Cristo a través de los cuales se cumple la obra de la salvación, en el último domingo del año se recoge en torno a su Señor para celebrar su triunfo final, cuando vuelva como Rey glorioso a recoger los frutos de su redención. Este es en síntesis el significado de la solemnidad de hoy.

La Liturgia de la Palabra presenta hoy tres aspectos particulares de la realeza de Cristo. La segunda lectura (1 Cr 15, 20-26a. 28) pone en evidencia su poder soberano sobre el pecado y sobre la muerte. Cristo muerto y resucitado para la salvación de la humanidad es la «primicia» de los que, habiendo creído en él, resucitarán un día a la vida eterna. En efecto, «si por Adán murieron todos» a causa del pecado, «por Cristo todos volverán a la vida» (ib 22) gracias a su resurrección. La victoria sobre la muerte -último enemigo de Cristo- coronará la obra de salvación; y al fin de los tiempos, cuando los muertos resuciten, Cristo podrá entregar al Padre el reino conquistado por él, reino de resucitados que cantarán eternamente las alabanzas del Dios de la vida. Así toda la creación que el Padre sometió al Hijo para que la librase del pecado y de la muerte, ya completamente redimida y renovada, será sometida y devuelta por el mismo Hijo al Padre, «y así Dios lo será todo en todos» (ib 28) y será glorificado eternamente por toda criatura.

La primera lectura (Ez 34, 11-12. 15-17) subraya por su parte el amor de Cristo Rey. Vino a la tierra a establecer el Reino del Padre no con la fuerza del conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro. Como un pastor sigue el rastro de su rebaño cuando se encuentran las ovejas dispersas, así seguiré yo el rastro de mis ovejas» (ib 11-12). Cristo fue el buen pastor por excelencia, solícito en guardar, apacentar, defender y salvar el rebaño que el Padre le confió. Y como los hombres estaban dispersos y alejados de Dios y de su amor, él los buscó, como busca el pastor las ovejas descarriadas, y los curó, como venda el pastor las ovejas heridas y cura las enfermas (ib 16). Además para devolverlos al amor del Padre, dio su vida. Después de una entrega tal, bien puede Cristo decir, mirando su rebaño: «Yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre cabra y macho cabrío» (ib 17). Cristo Rey-Pastor será un día Rey-Juez.

Es éste el tercer aspecto de su realeza, desarrollado ampliamente en el Evangelio (Mt 25, 31-46). «Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre y todos los ángeles con él..., serán reunidas ante él todas las naciones. El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras» (ib 31-33). El Hijo del hombre, que vino en humildad y sufrimiento a salvar el rebaño que el Padre le confió, volverá Rey glorioso al final de los tiempos a juzgar a los que fueron objeto de su amor.

¿Sobre qué los juzgará? Sobre el amor; porque el amor es la síntesis de su mensaje, el móvil y fin de toda su obra de salvación. El que no ama se excluye voluntariamente del reino de Cristo y el último día verá confirmada para siempre esa exclusión. El juicio sobre el amor será muy concreto; no versará sobre palabras sino sobre hechos: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber...» (ib 35). Aunque Rey glorioso, Jesús no olvida que se ha hecho nuestro hermano y premia como hechos a él los más humildes actos de caridad realizados con el más pequeño de los hombres: «Heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (ib 34). El amor, síntesis del cristianismo, es la condición para ser admitidos al reino de Cristo que es reino de amor. El que ama no tendrá nada que temer del juicio de Cristo Rey de Amor.

 

Te adoro, oh Jesús, Señor mío... Tú eres Rey. Te veo en espíritu sentado en un trono a la derecha de Dios... Todo depende de ese trono; todo lo que depende de Dios y del imperio del cielo está sometido a ese trono: ése es tu imperio.

Pero ese imperio es sagrado: es un sacerdocio... Tú celebras para nosotros un oficio y una fiesta eterna a la diestra del Padre. Le muestras de continuo las cicatrices de las heridas que lo aplacan y nos salvan. Le ofreces nuestras oraciones, intercedes por nuestros pecados, nos bendices y nos consagras. Desde lo más alto de los cielos bautizas a tus hijos, cambias dones terrenos en tu Cuerpo y en tu Sangre, perdonas los pecados, envías a tu Espíritu Santo, consagras a tus ministros y haces todo lo que hacen ellos en tu nombre.

Cuando nacemos nos lavas con un agua celestial, cuando morimos, nos sostienes con una unción que nos conforta; y así nuestros males se convierten en medicinas y nuestra muerte en un paso a la vida verdadera. ¡Oh Dios, oh Rey, oh Pontífice!, me uno a ti, te ensalzo..., me someto a tu divinidad, a tu imperio y a tu sacerdocio... Todos tus enemigos, oh Rey mío, serán subyugados, serán vencidos, serán forzados a besar la huella de tus pies... Siéntate entretanto en tu trono, oh Rey de gloria, permanece en el cielo hasta el día en que volverás de nuevo a juzgar a vivos y a muertos... Entonces bajarás; pero volverás bien pronto a ocupar tu puesto con todos los predestinados, que estarán íntimamente unidos a ti; y presentarás a Dios este Reino: todo el pueblo salvado, esto es, Cabeza y miembros, y Dios será todo en todos. (Jacobo Benigno Bossuet, Meditaciones sobre el Evangelio, III, 52, v 1).

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

 

viernes, 24 de noviembre de 2023

ORACIONES: Papa Francisco lanza una novena para pedir por la paz

Francisco pidió a la Red Mundial de Oración del Papa organizar una campaña de oración  especial para rezar por la paz en el mundo y en Tierra Santa. “Recemos – dice en un vídeo  realizado en español y disponible con subtítulos también en inglés, francés, portugués,  italiano, árabe y hebreo – para que las diferencias se resuelvan en el diálogo y la negociación  y no con una montaña de muertos de cada lado”.

En su pedido, Francisco recuerda que “todos sentimos el dolor de las guerras”, y que “hay dos  muy cercanas que nos hacen reaccionar: Ucrania y Tierra Santa”. Lo que pasa en Tierra Santa,  añade, “es muy duro”. Y remarca que “el pueblo Palestino, el pueblo de Israel” son “dos pueblos  hermanos” y “tienen derecho a la paz, tienen derecho a vivir en paz”.

No es la primera vez que el Papa hace un llamado a la paz. No hay una semana que no haya  pedido rezar con insistencia por la paz en la martirizada Ucrania, o por tantos otros países, como  últimamente por Sudán. ¿Y cuántas veces ha denunciado la guerra y los conflictos que nacen en el corazón del hombre y en el miedo? “Que se comprenda que el terrorismo y la guerra no conducen a ninguna solución. La guerra es una derrota. ¡toda guerra es una derrota!”. ¿Cuántas veces, al contrario, en medio de un mundo dividido y fragmentado, Francisco ha querido promover los valores de la paz, de la convivencia y del bien común?

Hoy, nuevamente invita a orar con más insistencia por la paz en el mundo y en Tierra  Santa. Francisco pide orar por la grave situación en Palestina y en Israel, donde muchísimas personas han perdido la vida. ¿Cuántas veces, con dolor, ha pedido que se abran espacios para garantizar la ayuda humanitaria y que se libere a los rehenes?

El 17 de octubre invitó a todos los creyentes a unirse a la Iglesia en Tierra Santa y a dedicar el ese día a la oración y al ayuno, pues “la oración es la fuerza suave y santa para oponerse a la fuerza diabólica del odio, del terrorismo y de la guerra.” Ahora que nos acercamos al Adviento, a la esperanza del nacimiento del Príncipe de la paz, Jesús, una vez más invita a orar.

Además de publicar este video con su llamada por la paz en Tierra Santa, la Red Mundial de Oración del Papa propone una novena por la paz en el mundo, y por Tierra Santa, Palestina e Israel. Lo hace a través de Click To Pray, la app oficial de oración del Papa, en la que Francisco tiene su propio perfil. En la app -gratuita y descargable en smartphones-, así como en la web de Click To Pray, se pueden encontrar los textos de la oración, que la RMOP pone a disposición de quienes deseen unirse al Santo Padre en la novena.


Link para descargar la novena por la paz en español:

 https://issuu.com/popesprayernet/docs/novena_-_felices_los_que_trabajan_por_la_paz_es

miércoles, 22 de noviembre de 2023

ES TIEMPO DE MISERICORDIA (audios): Las obras de misericordia son la esencia del Evangelio

Tema del programa Nº 8 del ciclo:

Las obras de misericordia son la esencia del Evangelio

“Es tiempo de Misericordia”, es un micro programa de evangelización, realizado por el sacerdote, periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina Pellegrini, que se emitió dentro del Programa “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Getafe.

Su día y horario de emisión fue el domingo a las 09:45 hs y fue transmitido por Cadena Cope, en las siguientes frecuencias: Cope Comunidad 101.0 FM, Cope Madrid Sur 89.7 FM, Cope Jarama. 100.5 FMy Cope Pinares 92.2 FM (cada una de estas frecuencias se escuchan en la zona sur de Madrid), desde el mes de febrero hasta diciembre de 2016.

“Es tiempo de Misericordia” nos presenta en cada una de sus emisiones distintas alocuciones, homilías y catequesis del Santo Padre Francisco sobre la Divina Misericordia, para que nosotros, al escucharlas, nos decidamos a ser receptores de la misma y a darla, a manos llenas, a nuestros hermanos.

Locución: Cristina Lozano

domingo, 19 de noviembre de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo A - 33º Domingo del Tiempo Ordinario: “A todo el que tiene, se le dará y le sobrará”

 

«Dichoso el que te teme, Señor, y sigue tus caminos» (SI 127, 1).

Las lecturas bíblicas de hoy graban a fuego en el alma el pensamiento de la vigilancia cristiana y, por ende, de la vida presente, vivida como espera y preparación de la futura. Nos puede servir de punto de partida la lectura segunda (1 Ts 5, 1-6) en la que San Pablo declara inútil el indagar cuándo vendrá «el día del Señor», o sea cuándo se efectuará el retorno glorioso de Cristo, porque llegará de improviso «como un ladrón en la noche» (ib 2). Es la imagen empleada ya por Jesús (Mt 24, 43), que se puede aplicar tanto a la parusía como al fin de cada hombre. Sobre esa hora sólo una hay cierta: que vendrá sin duda; pero cuándo y cómo, sólo Dios lo sabe.

Síguese de ahí la necesidad de la vigilancia y juntamente de un abandono confiado a sus divinas disposiciones. El que piensa sólo en gozar de la vida como si nunca debiese morir, justo cuando se promete «paz y seguridad», verá improvisamente sobrevenirle la «ruina». El que, por el contrario, como verdadero «hijo de la luz», no olvida lo transitorio de la vida terrena y vela en espera del Señor, no tendrá nada que temer. Es lo que enseñan las otras dos lecturas con ejemplos concretos.

La primera (Pr 31, 10-13). 19-20. 30-31) bosqueja la figura de la mujer virtuosa, entregada a su familia, fiel a sus deberes de esposa y de madre, afanosa en el trabajo, caritativa con los pobres. Se hace de ella un elogio lleno de entusiasmo: «Vale mucho más que las perlas. Su marido confía en ella... Ella le produce el bien, no el mal, todos los días de su vida» (ib 10-12). Aun cuando hoy la mujer con frecuencia está dividida entre la casa y la profesión, su deber fundamental sigue siendo siempre el cuidado de la familia, la entrega al marido y a los hijos, la solicitud porque ellos encuentren en la casa un ambiente agradable y cálido. El trozo termina prefiriendo la «mujer que teme al Señor» a la dotada de gracia y hermosura, que son caducas, mientras sólo la virtud es base de la felicidad de la familia y objeto de la alabanza de Dios. Una mujer semejante, al fin de su vida merecerá oír el elogio de Jesús al siervo fiel: «Muy bien... pasa al banquete de tu Señor» (Mt 25, 21).

El Evangelio (Mt 25, 14-30), reproduciendo la parábola de los talentos, habla precisamente del siervo fiel que no derrocha la vida en pasatiempos o en la ociosidad, sino negocia con amor inteligente los dones recibidos de Dios. Dios da a cada hombre unos talentos: el don de la vida, la capacidad de entender y querer, de amar y de obrar, la gracia, la caridad, las virtudes infusas, la vocación personal. A nadie hace injuria distribuyendo sus dones en medida diferente, pues da a cada cual lo suficiente para su salvación. Lo importante no es recibir mucho o poco, sino negociar con empeño lo recibido. Es falsa humildad no reconocer los dones de Dios, y es pusilanimidad y pereza dejarlos inactivos. Así obró el siervo haragán que enterró el talento recibido, por lo que el señor le reprendió duramente. Dios exige en proporción de lo que ha dado, y lo que ha dado se ha de usar para su servicio y para el de los hermanos. Por lo demás, a quien más se le ha dado, más se le exigirá.

Por eso en la cuenta cada cual será tratado según sus abras. Castigo tremendo para el empleado holgazán, alabanza y premio para los empleados fieles, los cuales reciben un premio inmensamente superior a sus méritos. En efecto, a las palabras: «como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante», que indican la recompensa a la fidelidad de cada uno, se añaden estas otras: «pasa al banquete de tu señor» (ib 21). Es el premio de la liberalidad de Dios, que admite a sus siervos fieles a la comunión en su vida y felicidad eternas. Don qué, si bien presupone el esfuerzo del hombre, es siempre infinitamente superior a sus méritos.

 

¡Oh Redentor del mundo, que subiste a lo alto y diste dones a los hombres, repartiendo entre tus discípulos varios talentos y gracias para su bien y de tu Iglesia!, dame el Espíritu que procede de ti, para que conozca las cosas que por ti me han sido dadas, porque si no conozco los talentos, ni sabré agradecerlo, ni negociar con ellos. Pero conózcalos con humildad, de modo que no me engañe pensando que son más y mayores de lo que son en verdad. Dame también, Señor, que esté contento con los que me has dado, de tal manera que, ni desprecie por soberbia a los que tienen menos, ni tenga envidia de los que tienen más, atendiendo solamente a darte contento con lo mucho o con lo poco que me has dado. Concédeme también que siempre me acuerde de tu venida..., para que siempre negocie lo que querría haber negociado..., para que, cogiéndome la muerte negociando, me admitas en tu santo reino...

¡Oh gozo inmenso, oh gozo eterno, oh gozo digno de Dios! ¡Oh dichosa negociación, con la cual se negocia el gozo del cielo! (Luis de la Puente, Meditaciones, III, 58, 1.3).

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

 

jueves, 16 de noviembre de 2023

APOLOGÉTICA HOY (audios): Actualidad de la Apologética y la Virtud de la Fe

Programa radiofónico: " APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad".

Director: Padre José Antonio Medina.

Tema del episodio Nº 02:

Tema: Actualidad de la Apologética y la Virtud de la Fe

Contenido:

-      Valor y actualidad de la Apologética

-      La Virtud Teologal de la Fe en el Catecismo de la Iglesia Católica:  números escogidos entre el 1803 al 1845.

-      La fe sobrenatural y los motivos de credibilidad

1. Noción y objeto de la fe

2. Características de la fe

3. Los motivos de credibilidad

Fecha de emisión original en Radio María España el miércoles 15 de noviembre de 2023.


domingo, 12 de noviembre de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo A - 32º Domingo del Tiempo Ordinario: “Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora”

 


«Señor, que esté yo preparado para, a tu llegada, entrar contigo al banquete de bodas» (Mt 25, 10).

El núcleo de la liturgia de hoy es el grito que se oye a medianoche: «¡Que llega el esposo; salid a recibirlo!» (Mt 25, 6). El Esposo es Cristo; viene de improviso a llamar a su banquete eterno a los creyentes, simbolizados en las diez vírgenes que velan a la espera de ser introducidas en la boda. En esta parábola (ib 1, 13) las relaciones entre Dios y el hombre se presentan -como sucede con frecuencia en el Antiguo Testamento- como relaciones nupciales. El Hijo de Dios, encarnándose, se desposó con la humanidad por esa unión indisoluble que hace de él el Hombre-Dios; consumó luego este desposorio en la cruz, por la que redimió a los hombres y los unió a sí agrupándolos en la Iglesia su esposa mística.

Pero no le basta esto: Cristo quiere celebrar sus desposorios místicos con cada alma consagrada a él por el bautismo. «Os tengo desposados con un solo esposo -escribe San Pablo a los Corintios-, para presentaros cual casta virgen a Cristo» (2 Cr 11, 2). A esta luz la vida del cristiano puede considerarse como un compromiso de fidelidad nupcial a Cristo, fidelidad delicada, presurosa, ardiente e inspirada en un amor que no admite compromisos. La vida transcurrida así es una espera vigilante del Esposo, ocupada en buenas obras, las cuales, según el simbolismo de la parábola, son el aceite que alimenta la lámpara de la fe. Las vírgenes prudentes están bien provistas de él, por lo tanto pueden arrostrar lo prolongado de la vigilia nocturna y encontrarse prontas para el recibimiento del esposo. En cambio, las vírgenes necias, que representan a los cristianos descuidados en el cumplimiento de sus deberes, ven que sus lámparas se apagan sin remedio, llegan luego tarde y llaman inútilmente: «¡Señor, Señor, ábrenos!» (Mt 25, 11).

No basta invocar a Dios para salvarse; se requiere «la fe que actúa por la caridad» (GI 5, 6). Por eso las vírgenes necias tienen que escuchar: «No os conozco» (Mt 25, 12); es la misma respuesta dada a los que han predicado el Evangelio pero no lo han practicado: «Jamás os conocí; alejaos de mí» (Mt 7, 23). Cristo los conoce muy bien a éstos, pero no como ovejas de su grey, porque no escucharon su voz, ni como amigos, porque no guardaron sus mandamientos; por eso los excluye de la intimidad de las bodas eternas. La llegada del esposo a medianoche y con retraso indica que nadie puede saber cuándo abrirá el Señor para él las puertas de la eternidad y justifica la exhortación final: «Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora» (Mt 25, 13).

La primera y segunda lectura giran en torno al Evangelio. La primera (Sb 6, 12-16) es como un preludio, que alaba la búsqueda de la sabiduría que procede de Dios y se ordena a su servicio. «Pensar en ella es prudencia consumada, y quien vela por ella pronto se verá sin afanes» (ib 15). Esta sabiduría hace al hombre prudente, le enseña a no gastar la vida en cosas vanas, sino a emplearla en el servicio y en la espera de Dios. Quien temprano la busca, no se hallará desprevenido a la llegada del Esposo.

La segunda lectura (1 Ts 4, 13-18) concluye el tema con la instrucción de San Pablo a los Tesalonicenses sobre el destino eterno del hombre. Ante la muerte de sus seres queridos, los Tesalonicenses se afligían «como los que no tienen esperanza» (ib 13), porque no sabían aún que los creyentes, habiéndose incorporado a Cristo, están llamados a participar en su gloria. «Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él» (ib 14). La fe y la unión a Cristo valen no sólo para esta vida, sino también para la muerte, la resurrección y la glorificación. Esta es la meta luminosa a la que el creyente debe mirar para estar en vela a la espera del Esposo y para ver con serenidad la muerte, que lo introducirá en las bodas eternas donde estará «siempre con el Señor» (ib 17).

 

Me conservo pura para ti, y con la lámpara encendida te salgo al encuentro, Esposo mío... Vayamos al encuentro del Esposo, con vestiduras blancas, con lámparas... Despertémonos, antes que el Rey atraviese el umbral...

Me he mantenido apartada de la felicidad de los mortales, llena de deliquios, de los placeres de una vida alegre, del amor; en tus brazos que dan la vida, busco refugio, deseo contemplar para siempre tu belleza, ¡oh Beatitud!... He olvidado mi patria porque deseaba tu gracia, oh Verbo; he olvidado los grupos de las doncellas de mi edad, el orgullo de mi madre y de mi raza, porque tú, oh Cristo, eres todo para mí...

Dador de vida eres tú, oh Cristo. Yo te saludo, luz sin ocaso. Acoge este grito. El coro de las vírgenes te invoca, ¡Flor perfecta, Amor, Gozo, Prudencia, Sabiduría, Verbo! (San Metodio de Olimpo, El Convite, XI, 3).

Deseo yo, Señor, contentaros; mas mi contento bien sé que no está en ninguno de los mortales. Siendo esto así, no culparéis a mi deseo. Véisme aquí, Señor; si es necesario vivir para haceros algún servicio, no rehúso todos cuantos trabajos en la tierra me pueden venir...

Miserables son mis servicios, aunque hiciese muchos a mi Dios. Pues ¿para qué tengo de estar en esta miserable miseria? Para que se haga la voluntad del Señor. ¿Qué mayor ganancia, ánima mía? Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá, el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin. (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, XV, 2-3).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

También puede escuchar una síntesis en AUDIO haciendo clic AQUÍ.

 

jueves, 9 de noviembre de 2023

APOLOGÉTICA HOY (audios): Introducción general a la Apologética

Programa radiofónico: "APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad".

Director: Padre José Antonio Medina.

Tema del episodio Nº 01:

Introducción general a la Apologética

Contenido:


- Presentación del ciclo


- ¿Qué es la Apologética?

      -      Naturaleza y objeto

      -      Relaciones con otras ciencias teológicas

      -      Apologética teórica y práctica

Fecha de emisión original en Radio María España el miércoles 18 de octubre de 2023.

miércoles, 8 de noviembre de 2023

APOLOGÉTICA HOY (audios): Presentación de este nuevo ciclo radiofónico

 


“APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad” es un programa radiofónico de evangelización a cargo del Padre José Antonio Medina, que se emite los miércoles, quincenalmente, a las 20:00hs. por Radio María España. Comenzó a emitirse el miércoles 18 de octubre de 2023.

Es un programa de APOLOGÉTICA. La Apologética es la parte de la teología que busca explicar lo que creemos y hacemos como católicos y, asimismo, expone los errores para proteger la integridad de la fe. La apologética entra dentro de las disciplinas teológicas, y actualmente se la conoce como Teología Fundamental, la cual intenta explicar los fundamentos de la fe, dando respuestas a, por ejemplo, ¿Por qué creemos? ¿Cuál es la Religión verdadera? ¿Cuál es la Iglesia de Cristo?

Cada episodio de “APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad”, tiene 25 minutos de duración, y en ellos se podrá escuchar un tema doctrinal y las razones para creer en él, siempre un tema por emisión. Como así también se responderá a las cuestiones planteadas por los oyentes a través de cartas o al correo electrónico del programa: apologeticahoy@radiomaria.es .

“APOLOGÉTICA HOY, Colaboradores de la Verdad” sintoniza con la intuición fundamental de RADIO MARÍA, que es una emisora que anuncia el Evangelio y llama a la conversión a través de una programación explícitamente religiosa, y todo por la intercesión de la Santísima Virgen María, para Gloria de Dios y bien de las almas.


domingo, 5 de noviembre de 2023

INTIMIDAD DIVINA - Ciclo A - 31º Domingo del Tiempo Ordinario: “El que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado”

 


«Anunciaré tu nombre a mis hermanos» (SI 21, 23).

La Liturgia de la palabra se dirige hoy de modo particular a los que en el pueblo de Dios tienen cargos de responsabilidad, sea por el ministerio sacerdotal sea por otras incumbencias apostólicas; es a un tiempo llamada seria y cálido conforte, admonición e invitación.

La primera lectura sacada del profeta Malaquías (1, 14b-2, 2b. 8-10) es un apóstrofe severo contra los sacerdotes de entonces que maltrataban el culto divino ejerciéndolo de modo indigno y, en lugar de guiar al pueblo a honrar a Dios y cumplir su ley, 19 desbandaban con falsas doctrinas. «Y ahora os toca a vosotros sacerdotes: Si no obedecéis y no os proponéis dar la gloria a mi nombre —dice el Señor de los Ejércitos—, os enviaré mi maldición. Os apartasteis del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la ley» (ib 2, 1-2. 8).

El sacerdote, el catequista, el educador tienen el deber estricto de enseñar a honrar a Dios tanto con la palabra como con la vida ordenada según la ley divina. Quien se aparte de esta obligación y se sirve del propio oficio para transmitir no la palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia, sino palabras o ideas personales, se convierte en piedra de escándalo y ocasión de perdición para muchos, los cuales tanto más son engañados cuanto mayor es la autoridad de sus maestros.

También Jesús -según se lee en el Evangelio de hoy (Mt 23, 1-12)- hubo de deplorar la conducta de los escribas y fariseos que ocupaban «la cátedra de Moisés» dándoselas de maestros, mientras su enseñanza y su conducta estaba en vivo contraste con la ley de Dios. Jesús lea, acusa sobre todo de hipocresía y orgullo. «Dicen y no hacen» (ib 3), exigen al pueblo un cúmulo de observancias no ordenadas por Dios, y ellos por su parte, no mueven un dedo para cumplirlas (ib 4). Hacen ostentación de obras buenas que realizan «para que los vea la gente» (ib 5), llenos de presunción ocupan los primeros puestos y gustan de ser honrados y llamados «rabí» (ib 7).

A semejante conducta opone Jesús la sencillez y humildad que quiere ver él en sus discípulos y, por ende, en todo apóstol. Lejos de dárselas de maestros, deben hacer que su autoridad se desvanezca en una actitud modesta, fraternal y cordial, que la hará más acepta y válida. Por lo demás hay que tener siempre presente que uno sólo es el maestro, uno sólo el Señor, Cristo (ib 10).

A estas cualidades se han de añadir el amor sincero, la entrega generosa y el desinterés personal de que se habla en la segunda lectura (1 Ts 2, 7-9. 13). «Os tratamos con delicadeza, -escribe San Pablo a los Tesalonicenses-, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor» (ib 7-8). El apóstol, dinámico y combativo, se hace tierno como una madre para los que con sus fatigas apostólicas engendró para Cristo. Los siente hijos suyos hasta el punto de desear dar por ellos la misma vida.

No son meras palabras, pues Pablo no retrocedió ni siquiera ante los más graves riesgos con tal de ganar hombres para Cristo, y los evangelizó con «esfuerzos y fatigas, trabajando día y noche para no serle gravoso a nadie» (ib 9). Llegó su generosidad hasta renunciar a lo que tenía derecho. Se preocupó únicamente de dar y nada de recibir, convencido de que el desinterés personal daría a su predicación una eficacia mayor; de hecho su palabra fue acogida «no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como Palabra de Dios» (ib 13). El anuncio desinteresado del Evangelio es el testimonio más elocuente de la verdad de la fe.

 

Proclamaré, Señor, tu nombre a mis hermanos; en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alabadlo..., porque no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro; cuando pidió auxilio, lo escuchó.

Él es mi alabanza en la gran asamblea, cumpliré mis votos delante de sus fieles... Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos. (Salmo 21, 23-29).

Dios misericordioso, escúchame benigno: te pido por los tuyos. A esta plegaria me mueve la misión paterna que me has confiado, me inclina el afecto, me anima la consideración de tu bondad. Tú sabes, dulce Señor, cuánto los amo, qué puesto ocupan en mi corazón, cómo los cubro de ternura. Tú sabes, Señor mío, que no les mando con dureza ni violencia, que prefiero aprovecharles por la caridad a dominarles, someterme a ellos en humildad y hacerme entre ellos —por la fuerza del afecto— como uno de ellos...

Yo los encomiendo a tus santas manos y a tu tierna providencia. Que nadie los arrebate de tu mano ni de las de tu siervo a quien los confiaste, sino que perseveren gozosamente en su santo propósito y, perseverando, obtengan la vida eterna: con tu ayuda, oh dulcísimo Señor nuestro, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. (Elredo de Rievaulx, Oratio pastoralis, 8. 10).

 

Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,

del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.

 

viernes, 3 de noviembre de 2023

PAPA FRANCISCO: Santa Misa en sufragio del difunto Sumo Pontífice Benedicto XVI

 


SANTA MISA EN SUFRAGIO DEL DIFUNTO SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XVI

Y DE LOS CARDENALES Y OBISPOS FALLECIDOS DURANTE EL AÑO

CAPILLA PAPAL

 HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

 Basílica de San Pedro - Altar de la Cátedra

Viernes, 3 de noviembre de 2023

 

Jesús estaba a punto de entrar en Naím, los discípulos y «una gran multitud» caminaban con Él (cf. Lc 7,11). Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, otro cortejo marchaba en dirección opuesta; salía para enterrar al hijo único de una madre que se había quedado viuda. Y, dice el Evangelio: «Al verla, el Señor se conmovió» (Lc 7,13). Jesús ve y se deja conmover. Benedicto XVI, que hoy recordamos junto a los cardenales y obispos difuntos durante el año, en su primera Encíclica escribió que el programa de Jesús es un «corazón que ve» (Deus caritas est, 31). Cuántas veces nos ha recordado que la fe no es en primer lugar una idea que debamos entender o una moral que debamos asumir, sino una Persona que debemos encontrar, Jesucristo. Su corazón late con fuerza por nosotros, su mirada se apiada de nuestros sufrimientos.

El Señor detiene ante el dolor de esa muerte. Es interesante que precisamente en esta ocasión, por primera vez, el Evangelio de Lucas atribuye a Jesús el título de “Señor”: «el Señor se conmovió». Se le llama Señor —es decir, Dios, que domina todo— precisamente cuando se compadece de una madre viuda que ha perdido, con su único hijo, el motivo de vivir. Este es nuestro Dios, cuya divinidad resplandece al tocar nuestras miserias, porque su corazón es compasivo. La resurrección de aquel hijo, el don de la vida que vence a la muerte, brota precisamente de aquí, de la compasión del Señor que se conmueve ante nuestro mal extremo, la muerte. Qué importante es comunicar esta mirada de compasión a quien vive el dolor de la muerte de sus seres queridos.

La compasión de Jesús tiene una característica, es concreta. Él, dice el Evangelio, «se acercó y tocó el féretro» (Lc 7,14). Tocar el féretro de un muerto era inútil; en ese tiempo, además, se consideraba un gesto impuro, que contaminaba a quien lo hacía. Pero Jesús no repara en esto, su compasión elimina las distancias y lo lleva a hacerse cercano. Este es el estilo de Dios, hecho de cercanía, compasión y ternura. Y de pocas palabras. Cristo no da sermones sobre la muerte, sólo le dice a esa madre una cosa: «No llores» (Lc 7,13). ¿Por qué? ¿Está mal llorar? No, Jesús mismo llora en los Evangelios. Pero a esa madre le dice: No llores, porque con el Señor las lágrimas no duran para siempre, se terminan. Él es el Dios que, como profetiza la Escritura, «destruirá la Muerte» y «enjugará las lágrimas de todos los rostros» (Is 25,8; cf. Ap 21,4). Se ha apropiado de nuestras lágrimas para apartarlas de nosotros.

Esta es la compasión del Señor, que llega a reanimar a aquel hijo. Jesús lo hace, a diferencia de otros milagros, sin siquiera pedirle a la madre que tenga fe. ¿Por qué un prodigio tan extraordinario y raro? Porque aquí están implicados el huérfano y la viuda, que la Biblia indica, junto al forastero, como los más solos y abandonados, que no pueden poner su confianza en nadie más que en Dios. La viuda, el huérfano, el forastero. Son por tanto las personas más íntimas y queridas para el Señor. No se puede ser íntimos y queridos para el Señor ignorándolos, pues gozan de su protección y de su predilección, y nos acogerán en el cielo. La viuda, el huérfano y el forastero.

Dirigiendo hacia ellos nuestra mirada, obtenemos una lección importante, que condenso en la segunda palabra de hoy: humildad. El huérfano y la viuda son de hecho los humildes por excelencia, aquellos que, depositando toda su esperanza en el Señor y no en sí mismos, han situado el centro de la vida en Dios. No ponen su confianza en sus propias fuerzas, sino en Él, que se hace cargo de ellos. Los que rechazan toda presunción de autosuficiencia, se reconocen necesitados de Dios y se abandonan en Él, ellos son los humildes. Y son estos pobres en espíritu los que nos revelan la pequeñez que al Señor agrada, el camino que conduce al Cielo. Dios busca personas humildes, que esperan en Él, no en sí mismos y en sus propios planes. Hermanos y hermanas, esta es la humildad cristiana. No es una virtud entre otras, sino la actitud fundamental de nuestra vida, la de creernos necesitados de Dios y dejarle lugar, poniendo en Él toda nuestra confianza. Esta es la humildad cristiana.

Dios ama la humildad porque le permite interactuar con nosotros. Más aún, Dios ama la humildad porque Él mismo es humilde. Él desciende hasta nosotros, se abaja, no se impone, deja espacio. Dios no sólo es humilde, es humildad. «Tú eres humildad Señor», así rezaba san Francisco de Asís (cf. Alabanzas de Dios Altísimo, 4). Pensemos en el Padre, cuyo nombre está totalmente referido al Hijo, y no a sí mismo; y al Hijo, cuyo nombre está todo él en relación al Padre. Dios ama a aquellos que no están centrados en sí mismos, que no son el centro de todo, ama precisamente a los humildes. Aquellos que se le parecen más que ninguno. Por esta razón, como dice Jesús, «el que se humilla será ensalzado» (Lc 14,11). Y me gusta recordar aquellas palabras iniciales del Papa Benedicto: «humilde trabajador de la viña del Señor» (Urbi et Orbi, 19 abril 2005). Sí, el cristiano, sobre todo el Papa, los cardenales, los obispos, están llamados a ser humildes trabajadores: a servir, no a ser servidos; a pensar, antes que en sus propios beneficios, en los de la viña del Señor. Y qué hermoso es renunciar a sí mismos por la Iglesia de Jesús.

Hermanos, hermanas, pidamos a Dios una mirada compasiva y un corazón humilde. No nos cansemos de pedírselo, porque es en el camino de la compasión y de la humildad que el Señor nos da su vida, que vence a la muerte. Y recemos por nuestros queridos hermanos difuntos. Sus corazones han sido pastorales, compasivos y humildes, porque el sentido de sus vidas ha sido el Señor. Que en Él encuentren la paz eterna. Que se alegren con María, a quien el Señor ha ensalzado mirando su humildad (cf. Lc 1,48).