lunes, 15 de septiembre de 2025
lunes, 8 de septiembre de 2025
domingo, 7 de septiembre de 2025
INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 23º Domingo del Tiempo Ordinario: «Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío»
“¿Quién rastreará, Señor, tu designio, si tú no le das sabiduría?” (Sab 9, 17).
“¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere?” (1ª lectura: Sab 9, 13-18). A duras penas conoce el hombre “las cosas terrenas”, ¿cómo pretenderá, pues, penetrar el pensamiento de Dios y comprender “las cosas del cielo”. Sus razonamientos son “mezquinos y falibles”, siempre sujetos a error, porque los sentidos le engañan con frecuencia haciéndole preferir valores caducos a los eternos, bienes inmediatos a los futuros. Sustraerse a estas tentaciones y desviaciones es imposible sin la ayuda de Dios. Sólo El puede dar al hombre la sabiduría que lo ilumine acerca del camino del bien y le enseñe lo que le es agradable. “Sólo así -dice la Escritura- serán rectos los caminos de los terrestres, los hombres aprenderán lo que te agrada; y se salvarán con la sabiduría los que te agradan, Señor” (ib 18).
Esta enseñanza llegó a su vértice cuando Jesús, Sabiduría eterna, vino a mostrar a los hombres con su palabra y con su ejemplo el camino de la salvación. Es el tema del Evangelio de este domingo (Lc 14, 25-33). “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre; y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío” (ib 26). Al verbo “posponer” se lo debe entender y equivale, según el uso semítico a “amar menos”, según el texto paralelo de Mateo: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí” (10, 37).
Sólo Dios tiene derecho al primado absoluto en el corazón y en la vida del hombre. Jesús es Dios, por tanto es lógico que lo exija como condición indispensable para ser sus discípulos. “Pero el Señor -comenta san Ambrosio- no manda ni desconocer la naturaleza ni ser esclavo de ella: manda atender la naturaleza de tal modo que se venere a su Autor, y no apartarse de Dios por amor a los hombres” (In Luc VII, 201). Esto es válido para todos los bautizados, sean seglares, consagrados o sacerdotes, como para todos vale también la frase subsiguiente: “Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío” (Lc 14, 27).
Jesús va de camino hacia Jerusalén donde será crucificado, y a la multitud que lo sigue le declara la necesidad de llevar la cruz con amor y constancia, como él. El llevó la cruz hasta morir clavado en ella; el cristiano no puede pensar en llevarla sólo a ratos en la vida, sino que ha de abrazarla todos los días, hasta la muerte. Y como no es lícito preferir ninguna criatura, por querida que sea, a Cristo, tampoco es lícito preferirle al bienestar, la satisfacción o el provecho propio; para seguir al que murió en la cruz para salvarnos, hay que estar dispuestos a arriesgar la misma vida.
Esta es la sabiduría enseñada por Jesús, tan diferente de los razonamientos humanos, los cuales se preocupan de los bienes transitorios descuidando los eternos. Las dos breves parábolas que siguen -la del hombre que quiere edificar una torre y la del rey que quiere hacer una guerra- invitan a considerar el seguimiento de Cristo como una empresa muy importante y comprometida y que, por lo tanto, no puede ser tomada a la ligera.
Pero
aun tomada en serio, no puede el hombre limitarse -como en los protagonistas de
las parábolas citadas- a calcular sus recursos y fuerzas personales para deducir
la viabilidad de esa obra, sino que debe tener presente el elemento más
importante: la gracia que Dios da con largueza a quien quiere ser fiel a
Cristo. Si luego Dios llamase a un seguimiento más inmediato y exclusivo, es
seguro que daría justamente la gracia correspondiente.
“Enséñanos, Señor, a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos; por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos” (Salmo 89, 12-14. 17).
“Hazme comprender, Cristo Jesús, que para el hombre todo se reduce a seguirte. La virtud y la santidad se compendian en esa palabra tan sencilla que diriges a toda criatura: “Sígueme”. Pero no la dices nunca a nadie, sin que haya sido precedida de aquellas otras palabras en las que pones las condiciones indispensables para poder responder a tu dulce invitación: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y lleva cada día la propia cruz”.
En verdad, Señor, tú vas delante con paso demasiado rápido; tú que eres juntamente sabiduría y bondad nos debes comprender: no caminas solamente, sino corres velozmente, exultando con pasos de gigante sobre la tierra. ¿Cómo podríamos seguirte nosotros, pobre gente oprimida por pesadas cargas?
‘Con todo, debéis seguirme’, nos respondes tú, y podéis hacerlo, porque “mi reino está dentro de vosotros” e interior es el camino que conduce a él; lo podéis, porque sufrir vale más que obrar; porque vuestro verdadero progreso consiste en mi progreso en vosotros, y porque la cruz, derribando todo obstáculo…, me abre un camino fácil y ancho por el cual yo puedo alcanzar mi fin junto a vosotros” (Mons. Carlos Gay, “Vida y virtudes cristianas”, 13, 49, v 3).
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.
viernes, 5 de septiembre de 2025
COLUMNISTA INVITADO: “Mi devoción a San José”, por Włodzimierz Józef Fijałkowski, SVD
Mis padres eligieron el nombre
“José” como mi segundo nombre y, por lo tanto, San José es mi segundo patrón
natural. Teniendo en cuenta que mi primer patrón, San Vladimir, no es muy
popular ni muy conocido en Polonia y los polacos tienen asociaciones bastante
negativas con ese nombre, el nombre José evoca mucha más simpatía y es conocido
en todo el mundo. Durante mi periodo en Argentina usé el nombre de José y los
que me conocieron en este momento me recuerdan como José.
El segundo elemento importante
de mi devoción a San José es mi lugar de nacimiento, cuyo santo patrón es San
José. Soy de Kalisz, donde se estableció el culto a San José en el siglo XVII y
se desarrolló significativamente en el siglo siguiente. Se apagó durante las
particiones de Polonia y las guerras mundiales y se desarrolló nuevamente
después de la Segunda Guerra Mundial. La diócesis de mi nacimiento fue la
Diócesis de Wloclawek, cuyo santo patrón, debido a la presencia anterior del
santuario de San José en Kalisz, es San José.
Durante la Segunda Guerra
Mundial, algunos sacerdotes prisioneros de los campos de concentración de
Sachsenhausen y Dachau confiaron sus vidas a San José de Kalisz. Los
motivadores fueron sacerdotes de la Diócesis de Wloclawek. Cuando las fuerzas
aliadas se acercaron al campo de concentración de Dachau, los prisioneros
sabían que los alemanes intentarían matar los antes de la llegada de las tropas
estadounidenses. Por lo tanto, unos ochocientos sacerdotes y prisioneros laicos
comenzaron una novena a San José de Kalisz. Le pidieron a San José que salvara
las vidas de los prisioneros del campo de Dachau. Su novena terminó con un acto
solemne de dedicación a San José el 22 de abril de 1945, una semana antes de la
liberación del campo por las tropas estadounidenses. Las tropas estadounidenses
liberaron el campo de concentración de Dachau unas horas antes de que Himmler
planeara asesinar a los prisioneros.
Estos sacerdotes interpretaron
las circunstancias de la liberación del campo de concentración de Dachau como
una intervención milagrosa de San José, aunque otros podrían creer que fue una
casualidad. Junto con el acto de dedicación a San José, hicieron promesas, una
de las cuales fue hacer una peregrinación anual al Santuario de San José en
Kalisz, que comenzaron en 1948.
El Santuario de San José en
Kalisz se convirtió de manera natural en un santuario nacional. Gracias al
establecimiento de los Estudios Josefológicos Polacos en Kalisz en 1969 y la
peregrinación de San Juan Pablo II en 1997. Estas ocasiones elevaron el estatus
de este santuario y contribuyeron a su desarrollo. Las circunstancias
anteriores son motivo de alegría y orgullo para mí y contribuyen a mi gran
veneración por San José. Providencialmente, San José es el santo patrón de la
Provincia SVD de Polonia.
Vivo desde hace diecinueve
años en la casa religiosa de Gorna Gruppa, cuyo santo patrón es también San
José. Por tanto, el culto a san José está continuamente presente en nuestra
vida comunitaria. La espiritualidad de nuestra congregación también está
relacionada con San José como padre adoptivo, protector y guardián del Hijo de
Dios, a quien el prólogo de nuestras Constituciones se refiere como Palabra de
Dios. La veneración cada vez mayor a San José en la Iglesia crea un buen
ambiente. Nos motiva a venerarlo más y reflexionar sobre su vida y su papel en
la historia de la salvación.
Como Hermano religioso, San
José también está muy cerca de mí como patrón de los artesanos y los
trabajadores, con quien también se identifica la vida y el ministerio de los
Hermanos religiosos. Su vida oculta y silenciosa está muy asociada a la
realidad de nuestra vida como religiosos Hermanos. Ciertamente, San José,
manso, humilde y obediente a la voluntad de Dios, también puede ser un
excelente modelo en la búsqueda de caminos y medios para anunciar el Evangelio
en el mundo moderno, que no necesariamente tiene que expresarse de forma muy
significativa con grandes iniciativas, sino más bien en la búsqueda silenciosa
de la voluntad de Dios y su cumplimiento mediante la fidelidad diaria a los
deberes.
No hay necesidad de
iniciativas grandiosas y costosas, que a menudo no producen beneficios
religiosos tangibles en la práctica. Sin embargo, suele bastar con construir
sobre lo que contienen los Evangelios y lo que surge de la espiritualidad y la
historia de la Iglesia. Buscar y hacer la voluntad de Dios como medio de
salvación para nosotros y los demás es la enseñanza de muchos santos, incluida
la vida y la enseñanza de nuestro San Arnoldo Janssen.
Como San José, Arnoldo fue
ante todo humilde y se sometió a la voluntad de Dios. Perseveró en la
realización de sus elevados planes, que resultaron ser el designio de Dios.
Nosotros también debemos mostrar claramente nuestra actitud de que somos
creyentes y auténticos adoradores de Dios. Nos preocupamos por el crecimiento
de la gloria de Dios y la salvación de aquellos entre quienes la Divina
Providencia nos ha colocado. Nuestros votos religiosos exigen tal actitud. Pero
también entre nosotros existe la actitud de buscar condiciones de vida cómodas
con independencia de los superiores.
El compromiso con el
desarrollo material e intelectual del hombre, con la igualdad y la justicia en
el mundo debe ser el único medio que conduce a Dios, que es nuestro objetivo
final. Para que “nuestra luz brille verdaderamente ante los demás”, debemos mirar
el ejemplo de San José. Buscamos su intercesión en nuestra preocupación por el
crecimiento del Reino de Dios. Es como la “semilla arrojada a la tierra” para
que tenga condiciones favorables para el crecimiento, a menudo
independientemente de nuestros esfuerzos. De hecho, nos ayudaría a volver a un
mayor amor por la Eucaristía. Nuestras Constituciones dicen: “La Eucaristía
debe celebrarse todos los días y en común” y que, como enseña la Iglesia, “es
la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana”.
Włodzimierz Józef
Fijałkowski, SVD*
Artículo publicado originalmente
en: https://vivatdeus.org/es/library/blog0030/
Agradezco a mi querido amigo el Padre Saju George Aruvelil, SVD, miembro del Equipo Editorial de Vivat Deus su autorización para publicar este artículo en mi blog.
miércoles, 3 de septiembre de 2025
JESUCRISTO, TÚ SÍ QUE VALES: Sobre la promoción de las vocaciones
Tema del episodio Nº 17 del ciclo:
Sobre la promoción de las vocaciones
“Jesucristo, Tú sí que vales”, es
un micro programa de reflexión vocacional, realizado por el sacerdote,
periodista y escritor argentino residente en España, José Antonio Medina
Pellegrini, quien era en el momento de su emisión original en antena el Director
Espiritual del Seminario "San Bartolomé" de la Diócesis de Cádiz y
Ceuta, España.
Se emitió originalmente en el
curso pastoral 2012-2013 todos los viernes al mediodía en Cope Cádiz, y
posteriormente por Radio María España.
La locución está realizada por
el Sr. Nino Romero.
lunes, 1 de septiembre de 2025
domingo, 31 de agosto de 2025
INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 22º Domingo del Tiempo Ordinario: «El que se humille, será ensalzado»
“Señor, tú revelas tus secretos a los humildes” (Ecli 3, 20).
Las lecturas de este Domingo proponen una meditación sobre la humildad, tanto más oportuna cuanto menos se comprende y practica esta virtud. Ya en el Antiguo Testamento (1ª lectura: Ecli 3, 17-18. 20. 28-29) habla de su necesidad sea en las relaciones con Dios sea en las relaciones con el prójimo. “Hazte pequeño en las grandezas humanas y así alcanzarás el favor de Dios” (ib 18).
La humildad no consiste en negar las propias cualidades sino en reconocer que son puro don de Dios; síguese de ahí que cuanto uno tiene más “grandezas humanas”, o sea, es más rico en dones, tanto más debe humillarse reconociendo que todo le ha sido dado por Dios. Hay luego “grandezas” puramente accidentales provenientes del grado social o del cargo que se ocupa; aunque nada añadan éstas al valor intrínseco de la persona, el hombre tiende a hacer de ellas un timbre de honor, un escabel sobre el que levantarse sobre los otros.
“Hijo mío –amonesta la Escritura-, en tus asuntos procede con humildad, y te querrán” (ib 17). Como la humildad atrae a sí el amor, la soberbia lo espanta; los orgullosos son aborrecibles a todos. Si luego el hombre deja arraigar en sí la soberbia, ésta se hace en él como una segunda naturaleza, de modo que no se da ya cuenta de su malicia y se hace incapaz de enmienda.
Por eso Jesús anatematiza todas las formas de orgullo, sacando a luz su profunda vanidad. Así sucedió cuando, invitado a comer por un fariseo, veía a los invitados precipitarse a ocupar los primeros puestos (Lc 14, 1. 7-14). Escena ridícula y desagradable, pero verdadera. ¿Puede acaso un puesto hacer al hombre mayor o mejor de lo que es? Es precisamente su mezquindad lo que le lleva a enmascarar su pequeñez con la dignidad del puesto. Por lo demás, esto le expone a más fáciles humillaciones, porque antes o después no faltará quien haga notar que ha pretendido demasiado.
Es lo que enseña Jesús diciendo: “Cuando te conviden, ve a sentarte en el último puesto… Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (ib 10-11). Puede parecer todo esto muy elemental; sin embargo, la vida de muchos, aun cristianos, se reduce a una carrera hacia los primeros puestos. Y no les faltan motivos para justificarlo, a título de bien, de apostolado y hasta de gloria de Dios. Pero si tuviesen el valor de examinarse a fondo, descubrirían que se trata sólo de vanidad.
Jesús dirige otra lección a su huésped: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote y quedarás pagado” (ib 12). Jesús invierte por completo la mentalidad corriente. El mundo reserva sus invitaciones a las personas que lo honran por su dignidad o de las que puede esperar algún provecho; conducta inspirada en la vanidad y el egoísmo. Pero el discípulo de Cristo debe conducirse al revés: invitar a los “pobres, lisiados, cojos y ciegos”, o sea, a gente necesitada de ayuda e incapaz de “pagar” lo recibido.
De
este modo podrá decirse no sólo honrado, sino “dichoso” (ib 13-14), porque le “pagarán
cuando resuciten los muertos” (ib 13-14). Es imposible cambiar la mentalidad
hasta este punto si no se está convencido profundamente de que los valores son
verdaderos sólo en la medida en que pueden ordenarse a los eternos, y que la
vida terrena no es más que una peregrinación hacia la “ciudad del Dios vivo, la
Jerusalén celeste” donde los justos -los humildes y caritativos- están
“inscritos en el cielo” (2ª lectura, Heb 12, 18-19. 22-24a).
“Inclina, Señor tu oído y escúchame… Tú inclinas el oído, si yo no me engrío. Te acercas al humillado y te apartas lejos del exaltado, a menos que no hayas exaltado tú al antes que se humilló. Oh Dios, inclina hacia nosotros tu oído. Tú estás arriba, nosotros abajo. Tú te hallas en la altura, nosotros en la bajeza, pero no abandonados, pues has mostrado tu amor con nosotros, porque aún siendo pecadores, Cristo murió por nosotros… ‘Inclina, Señor, tu oído y escúchame, porque soy pobre y desvalido’. Luego no inclinas el oído al rico, sino al pobre y desvalido, al humilde y al que confiesa; al que necesita misericordia. No inclinas tu oído al hastiado y al engreído, al que se jacta como si nada le faltase” (San Agustín, In Ps 85, 2).
“Haz, Señor, que estemos unidos con todos nuestros hermanos, hasta con los más lejanos, hasta con aquellos que tú has tratado de modo muy diferente de nosotros. Enséñanos a amar, a hacer que se aprovechen de nuestras riquezas los hermanos menos favorecidos; haz que los amemos fraternamente, que partamos con ellos nuestros bienes, que corramos a ofrecérselos suplicándolos que los acepten. (Carlos de Foucauld, Meditaciones sobre el A. T.).
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María
Magdalena, OCD.
lunes, 25 de agosto de 2025
domingo, 24 de agosto de 2025
INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 21º Domingo del Tiempo Ordinario: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?»
“Señor, firme es tu misericordia con nosotros y tu fidelidad dura por siempre” (Sal 116, 2).
El tema de la salvación es proyectado por la liturgia de hoy con una amplitud universal. La primera lectura (Is 66, 18-21) reproduce una de las profecías más grandiosas sobre la llamada de todos los pueblos a la fe. “Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua -dice el Señor-; vendrán para ver mi gloria” (ib 18). Como la división de los hombres es señal de pecado, así su reunificación es señal de la obra salvadora de Dios y de su amor a todos. El enviará a los supervivientes de Israel, que le permanecieron fieles, a los países más lejanos para dar a conocer su nombre.
Los paganos no sólo se convertirán, sino se reintegrarán los judíos dispersos, “como ofrenda al Señor” (ib 20), a Jerusalén. Y entre los mismos paganos convertidos, Dios se escogerá a sus sacerdotes (ib 21). Es la superación máxima de la división entre Israel y los otros pueblos; superación que anunciaron muchas veces los profetas, sin ser comprendida, y que sólo Jesús opera preparándole el camino con su predicación y unificando los pueblos con la sangre de su Cruz.
El Evangelio de hoy (Lc 13, 22-30) refiere justamente la enseñanza de Jesús sobre este argumento. Lo motiva una pregunta: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?” (ib 23). Jesús va más allá de la pregunta y se fija en lo esencial: todos pueden salvarse porque a todos se ofrece la salvación, pero para conseguirla tiene cada cual que apresurarse a convertirse antes de que sea demasiado tarde. Jesús quiere abatir la mentalidad estrecha de los suyos y afirma que en el día de la cuenta no valdrá la pertenencia al pueblo judío ni la familiaridad gozada con él, por eso será inútil decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas” (ib 26).
Si a estos privilegios no corresponden la fe y las obras, los mismos hijos de Israel serán excluidos del reino de Dios. “Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán los últimos” (ib 29-30). Aunque llamados los primeros a la salvación, si no se convierten y aceptan a Cristo, los judíos se verán suplantados por otros pueblos llamados los últimos. Dígase lo mismo del nuevo pueblo de Dios: el privilegio de pertenecer a la Iglesia no conduce a la salvación, si no va acompañado de una adhesión plena a Cristo y a su Evangelio.
Los creyentes, pues, no pueden cerrarse en su posición privilegiada, sino que ésta precisamente los compromete a estar abiertos a todos los hermanos para atraerlos a la fe. Delante de Dios no valen privilegios, sino la humildad que elimina toda presunción, el amor que abre el corazón al bien ajeno, el espíritu de renuncia que da esfuerzo para “entrar por la puerta estrecha” (ib 24) superando toda suerte de egoísmo.
A
este punto interviene la segunda lectura (Hb 12, 5-7. 11-13) con la cálida
exhortación de san Pablo a combatir animosamente las batallas de la vida. Es
Dios quien mediante las dificultades y sufrimientos pone a prueba a sus hijos,
porque quiere corregirlos, purificarlos y hacerlos “partícipes de su santidad”
(ib 10). Es verdad que “ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos, sino que
nos duele; pero da como fruto una vida honrada y en paz” (ib 11), o sea, una
vida de virtud y de mayor cercanía a Dios. Dios es un padre que corrige y
prueba sólo con la mira de un bien mayor: “el Señor reprende a los que ama y prueba
a sus hijos preferidos” (ib 6). Aceptar las pruebas es entrar “por la puerta
estrecha” señalada por Jesús.
“Por el único sacrificio de Cristo, tu Unigénito, te has adquirido, Señor, un pueblo de hijos; concédenos propicio los dones de la unidad y de la paz en tu Iglesia (Misal Romano, Oración sobre las ofrendas).
“Te pedimos, Señor, que lleves en nosotros a su plenitud la obra salvadora de tu misericordia; condúcenos a perfección tan alta y mantennos en ella de tal forma que en todo sepamos agradarte. (Misal Romano, Oración después de la Comunión).
“Dios mío, cada alma es para ti todo un mundo y el universo entero palpita delante de ti como una alma sola. Tú no nos has creado en masa ni nos gobiernas por junto; sino atento a cada uno le amas como si fuese la única criatura viviente en el mundo…
Pastor eterno, antes de ir adelante, a la cabeza de tus queridas ovejas, antes de que tomases carne humana para indicarles el camino, antes aún de hacerlas salir de ese aprisco feliz que es el santuario de tus pensamientos y de tu voluntad adorable, antes de bosquejarlas en el tiempo y lanzarlas por el mundo a su destino, las has llamado una a una por su nombre. Tú dices: “El buen Pastor llama a sus ovejas una a una, y cuando las ha sacado, va delante de ellas, y sus ovejas le siguen, porque conocen su voz” (Mons. Carlos Gay, “Vida y virtudes cristianas”).
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.
lunes, 18 de agosto de 2025
domingo, 17 de agosto de 2025
INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 20º Domingo del Tiempo Ordinario: “He venido a traer fuego a la tierra”
«Señor, que sepa llegar hasta la sangre en la pelea contra el pecado» (Hb 12, 4).
El servicio de Dios tomado en serio no ofrece una vida cómoda y tranquila, sino que con frecuencia expone al riesgo, a la pelea y a las persecuciones. Tal es el tema de la Liturgia de este domingo esbozado desde la primera lectura (Jr 38, 4-6. 8-10). Jeremías con motivo de su predicación sin miramientos para nadie, ha venido a ser «varón discutido y debatido por todo el país» (Jr 15, 10). Para librarse de él los jefes militares lo acusan ante el rey de derrotismo y, obtenida la autorización para ello, lo arrojan en una cisterna cenagosa donde el profeta se hunde en el fango. Habría ciertamente perecido allí, si Dios no le hubiese socorrido por medio de un desconocido que consiguió arrancar al rey el permiso de sacarlo de aquel lugar mortífero.
El salmo responsorial del día expresa bien esta situación de Jeremías: «Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito. Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa» (SI 39, 2-3).
En la segunda lectura (Hb 12, 1-2) san Pablo, después de haber hablado de la fe intrépida de los antiguos patriarcas y profetas, anima a los cristianos a emularlos: «corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe» (ib 1-2). Del Antiguo Testamento lleva el Apóstol al cristiano hacia Jesús del que los mayores personajes de la antigüedad —Jeremías incluido— no son más que figuras descoloridas.
Él es el ejemplar divino que debe mirar el creyente, el máximo luchador por la causa de Dios que por cumplir su voluntad, «soportó la cruz sin miedo a la ignominia» (ib). Basando la fe en él, que es su causa, autor y sostén, el cristiano no ha de temer resistir hasta la sangre en su «pelea contra el pecado» (ib 4) y contra todo lo que pueda apartarlo de la fidelidad plena a su Dios.
Jesús que ha proclamado dichosos a los pacíficos y ha dejado su paz en herencia a sus discípulos, declara sin reticencias en el Evangelio de hoy (Lc 12, 49-53) que no ha venido a traer al mundo la paz sino la división» (ib 51). La afirmación, desconcertante a primera vista, no contradice ni anula lo que dice en otra parte, sino precisa que la paz interior, contraseña de la armonía entre el hombre y Dios y, por lo tanto, de la adhesión a su querer, no le exonera de la lucha y de la guerra contra todo lo que dentro de él -pasiones, tentaciones, pecados- o en el propio ambiente se opone a la voluntad de Dios, atenta a la fe e impide el servicio del Señor. Entonces el cristiano más pacífico debe tornarse luchador animoso e impávido que no teme riesgos ni persecuciones, a ejemplo de Jeremías y mucho más del de Cristo que ha peleado contra el pecado hasta la sangre y la ignominia de la cruz.
Mas
para que esa lucha sea legítima y santa no se le ha de mezclar ningún móvil o
fin humano y personalista; debe brotar sólo del fuego de amor que Jesús vino a prender
en la tierra (ib 49), con el fin único de que llamee doquier para gloria del Padre
y la salvación de los hombres. Por este fuego de amor, Jesús deseó
ardientemente el bautismo de sangre de su pasión (ib 50); por este fuego de
amor debe el cristiano estar pronto a resistir aun a la persona más querida y a
separarse de ella si le impidiese profesar su fe, realizar su vocación y
cumplir la voluntad de Dios. Divisiones amargas que son cruz muy penosa, pero
ordenada -como la de Jesús- a la salvación de aquellos mismos que se abandonan
por amor a él.
“Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito; me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre la roca y aseguró mis pasos. Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios... Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.” (Salmo 40, 2-5).
“¡Oh Jesús, mi dulce Capitán! Alzando el estandarte de tu Cruz me dices amorosamente: «Toma la cruz que te presento y, aunque te parezca grave su peso, sígueme y no dudes». Para responder a tu invitación, te prometo, celestial Esposo mío, no resistir más a tu amor. Pero ya veo que te encaminas al Calvario, y tu esposa te sigue prontamente... Dispón siempre de mí como más te agrade, que con todo estaré contenta, con tal que te siga por el camino del Calvario, y cuanto más espinosa la encuentre y más pesada la cruz, tanto más consolada me sentiré, pues deseo amarte con amor paciente..., con amor sólido y sin división.
De grado
entrego mi corazón a las aflicciones, a las tristezas y a los trabajos. Gozo de
no gozar, porque a aquella mesa de la eternidad que me espera, debe preceder en
esta vida el ayuno. Señor mío, tú en la cruz por mí y yo por ti. ¡Ah! ¡Si se
entendiese de una vez qué dulce es y cuánto vale el padecer y callar por ti,
Jesús! ¡Oh amado sufrimiento, oh buen Jesús!” (Santa Teresa Margarita Redi, La spiritualitá).
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María Magdalena, OCD.
viernes, 15 de agosto de 2025
INTIMIDAD DIVINA - Santoral: La Asunción de la Virgen María
![]() |
| Fra Angelico - The Dormition and Assumption of the Virgin (detalle), 1424-1434. |
“Todas las generaciones te llamarán bienaventurada, porque ha hecho en ti cosas grandes el Todopoderoso” (Lc 1, 48-49).
“Una señal grandiosa apareció en el cielo: una mujer con el sol por vestido, la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas” (Antífona de Entrada de la Santa Misa de la Asunción). Así saluda la liturgia a María asunta al cielo aplicándole las palabras del Apocalipsis (12, 1) que se leen hoy también en la primera lectura. En la visión profética de Juan esa mujer excepcional aparece esperando un hijo y en lucha con el “dragón”, el eterno enemigo de Dios y de los hombres. Este cuadro de luz y de sombras, de gloria y de guerra lleva a pensar en la realización de la promesa mesiánica contenida en las palabras dirigidas por Dios a la serpiente engañadora: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te aplastará la cabeza” (Gn 3, 15).
Todo esto se realizó por medio de María, la Madre del Salvador, contra el que se precipitó Satanás, pero del que éste fue definitivamente vencido. Cristo, hijo de María, es el Vencedor, sin embargo, para que la humanidad pueda gozar plenamente de la victoria conseguida por él, es necesario que, como él, sostenga la lucha. En este duro combate el hombre es sostenido por la fe en Cristo y por el poder de su gracia; pero también lo es por la protección materna de María que desde la gloria del cielo no cesa de interceder por cuantos militan en seguimiento de su Hijo divino. Ellos vencerán en virtud de la sangre del Cordero (Ap 12, 11), la sangre que le fue dada por la Virgen Madre. María dio el Salvador al mundo; por medio de ella, pues, “llega la victoria, el poder y el reino de nuestro Dios, y el mando de su Mesías” (ib 10). Así sucedió porque tal ha sido “la voluntad del que ha establecido que lo tuviésemos todo por medio de María” (San Bernardo, De aquad, 7).
Mientras la visión apocalíptica muestra al hijo de la mujer arrebatado y llevado junto al trono de Dios -alusión a la ascensión de Cristo al cielo- presenta a la mujer misma en fuga a “un lugar preparado por Dios” (Ap 12, 5-6), figura de la asunción de María a la gloria del Eterno. María es la primera mujer en participar plenamente en la suerte de su Hijo divino; unida a él como madre y “compañera singularmente generosa” que “cooperó de forma enteramente impar” a su obra de Salvador (Lumen Gentium 62), comparte su gloria, asunta en cuerpo y alma al cielo.
El concepto expresado por la primera lectura es completado por la segunda (1 Cor 15, 20-26). San Pablo hablando de Cristo, primicia de los resucitados, concluye que un día todos los creyentes tendrán parte de su glorificación. Pero en diferente grado: “Primero Cristo como primicia; después, todos los cristianos” (ib 23). Y entre “los cristianos” el primer puesto pertenece sin duda a la Virgen, que fue siempre suya porque jamás estuvo ajada por el pecado. Es la única criatura en quien el esplendor de la imagen de Dios nunca fue ofuscado; es la “inmaculada concepción”, la obra intacta de la Trinidad, en la que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han podido siempre complacerse, recabando de ella una respuesta total a su amor.
La respuesta de María al amor de Dios resuena en el Evangelio de este día (Lc 1, 39-59), tanto en las palabras de Isabel que exaltan la gran fe que ha llevado a María a adherirse sin vacilación al querer divino, como en las de la misma Virgen que entona un himno de alabanza al Altísimo por las cosas grandes que ha hecho en ella. María no se mira a sí misma sino para reconocer su pequeñez, y de ésta se eleva a Dios para glorificar su dignación y misericordia, su intervención y su poder en favor de los pequeños, de los humildes y de los pobres, entre los cuales se coloca ella con suma sencillez. Su respuesta al amor inmenso de Dios que la ha elegido entre todas las mujeres para madre de su Hijo divino es invariablemente la dada al ángel: “Aquí está la esclava del Señor” (ib 38).
Para
María ser esclava significa estar totalmente abierta y disponible para Dios: él
puede hacer de ella lo que quiera. Y Dios, después de haberla asociado a la
pasión de su Hijo, la ensalzará un día realizando en ella las palabras de su
cántico: “derriba del solio a los poderosos y enaltece a los humildes” (ib 52);
pues la humilde esclava, en efecto, “fue asunta en cuerpo y alma a la gloria
celestial…, con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor
de los señores” (Lumen Gentium 59). En María asunta al cielo la cristiandad
entera tiene una poderosa abogada y también un magnífico modelo. De ella
aprenden todos a reconocer la propia pequeñez, a ofrecerse a Dios en total
disponibilidad a sus quereres y a creer en el amor misericordioso y omnipotente
con fe inquebrantable.
“¡Oh amor de María, oh ardiente amor de la Virgen!, eres demasiado ardiente, demasiado vasto…, un cuerpo mortal no puede contenerte; es demasiado abrasado tu ardor para que pueda ocultarse bajo esta pobre ceniza. Ve…, brilla en la eternidad; ve, arde, quema delante del trono de Dios…, apágate aquí y multiplícate en el seno de este Dios, único capaz de contenerte! (J. B. Bossuet, La Asunción de la Virgen, 1, 1).
“¡Oh Virgen Inmaculada, Madre de Dios y madre de los hombres! Nosotros creemos con todo el fervor de nuestra fe en tu asunción triunfal en cuerpo y alma al cielo, donde eres aclamada Reina por todos los coros de los ángeles y todos los ejércitos de los santos; nos unimos a ellos para alabar y bendecir al Señor, que te ha ensalzado sobre todas las demás puras criaturas, y para ofrecerte las aspiraciones de nuestra devoción y de nuestro amor.
Sabemos que tu mirada, que acariciaba maternalmente la humanidad abatida y doliente de Jesús en la tierra, se sacia en el cielo con la vista de la humanidad gloriosa de la Sabiduría increada y que la alegría de tu espíritu al contemplar cara a cara a la adorable Trinidad hace a tu corazón estremecerse de beatificante ternura; y nosotros, pobres pecadores, nosotros a quienes el cuerpo corta el vuelo del alma, te suplicamos purifiques nuestros sentidos, para que aprendamos desde aquí abajo a gustar a Dios, a Dios sólo, en el encanto de las criaturas.
Confiamos que tus ojos misericordiosos se inclinen sobre nuestras miserias y sobre nuestras angustias, sobre nuestras luchas y sobre nuestras debilidades, que tus labios sonrían compartiendo nuestros gozos y nuestras victorias; que escuches a Jesús decirte de cada uno de nosotros, como en otro tiempo del discípulo amado: “Ahí tienes a tu hijo”. Y nosotros que te invocamos como Madre nuestra, te tomamos, como Juan, por guía, fuerza y consuelo de nuestra vida mortal.
Desde esta tierra, donde peregrinamos, confortados por la fe en la futura resurrección, miramos hacia ti, nuestra vida, nuestra dulzura y nuestra esperanza. Atráenos con la dulzura de tu voz, para mostrarnos un día, después de este destierro, a Jesús, fruto bendito de tu vientre, ¡oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María” (Su Santidad Pío XII, Papa).
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María
Magdalena, OCD.
miércoles, 13 de agosto de 2025
VIRGEN MARÍA: Nuestra Señora de Luján
Documental que narra la historia de la Virgen de Luján y su Santuario, como así también la evolución de la Villa y luego la ciudad de Luján, que nació y creció alrededor de la imagen de María.
Se trata en imágenes, música y palabras, la permanente y estrecha vinculación de la Virgen con el pueblo y los principales acontecimientos religiosos ocurridos con su aparición.
Se registra el fenómeno de la religiosidad popular que produce la devoción mariana y se presentan otros interesantes aspectos de ese centro de oración, piedad, penitencia y fiesta que es la Basílica de Luján.
Realizado por San Pablo Film, Buenos Aires, Argentina, 1993.
lunes, 11 de agosto de 2025
domingo, 10 de agosto de 2025
INTIMIDAD DIVINA - Ciclo C - 19º Domingo del Tiempo Ordinario: “No temas, pequeño rebaño…”
“Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal 32,22).
Vida de fe a la espera de la patria celestial: tal podría ser la síntesis de la Liturgia de este día, a partir de un breve fragmento del libro de la Sabiduría (18, 5-9) que recuerda la fatídica noche de la liberación del pueblo elegido. Noche de luto y exterminio para los egipcios, que, habiendo rechazado la Palabra de Dios, anunciada por Moisés, vieron perecer a sus primogénitos; noche de alegría y libertad para los hebreos, que habiendo creído en las promesas divinas, fueron respetados e iniciaron la marcha liberadora hacia el desierto donde Dios les esperaba para estipular con ellos la alianza.
La fe o la falta de ella deciden la suerte de esos dos pueblos, y mientras se abate la ruina de los incrédulos, viene la salvación sobre los creyentes. Toda la historia del pueblo hebreo elegido por Dios como pueblo “suyo” está tejida sobre la trama de la fe.
Se continúa el tema con la segunda lectura (Hb 11, 1-2. 8-19) donde san Pablo bosqueja con singular maestría la gran figura de Abrahán, el padre de los creyentes. Toda la vida del patriarca está acompasada por su fe magnífica. Por la fe obedece a Dios, deja su tierra y parte hacia un destino no precisado. Por la fe cree que aunque encorvado ya por los años, tendrá un hijo de la anciana Sara. Por la fe no vacila, a un mandato divino, en sacrificar a Isaac, su hijo único del que esperaba la descendencia prometida por Dios. Abrahán cree contra toda evidencia y espera, pensando “que Dios tiene poder hasta para resucitar muertos” (ib 19). Su conducta demuestra con claridad que “la fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve” (ib 10).
También el Evangelio del día (Lc 12, 32-48) invita a la espera: “Lo mismo vosotros, estad preparados” (ib 40); prontos en la fe y en la esperanza para el día del Señor y la celestial Jerusalén. La perícopa se inicia con una promesa rebosante de ternura más que paterna: “No temas pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino” (ib 32). Los discípulos de Jesús, auque pocos y dispersos en medio de un mundo incrédulo, no deben temer, pues el Padre los ha constituido herederos del Reino y sobre él se apoya en su certeza de alcanzarlo un día. Pero deben, como Abrahán, renunciar a las seguridades terrenas y aceptar vivir como pobres, desasidos y desarraigados, totalmente vueltos hacia el verdadero tesoro que no está en la tierra sino en los cielos.
Por eso nada de preocupaciones y afanes excesivos por las cosas temporales, sino cuidar de ellas teniendo “Ceñida la cintura y encendidas las lámparas; como los que aguardan a que su señor vuelva para abrirle apenas venga y llame” (ib 35-36). Sigue la parábola del administrador fiel, cuyo objeto es subrayar la grave responsabilidad de cuantos están encargados de proveer a los hermanos. ¡Ay de ellos si en la espera del amor que “tarda en llegar” (ib 45), se aprovechan de su posición a expensas de los que fueron confiados a sus cuidados. La larga espera no puede autorizar ninguna negligencia o intemperancia.
¿Cuándo vendrá el Señor? ¿Cuándo y cómo seremos introducidos en su reino? Esto es secreto de Dios. También los cristianos, como Abrahán, deberán aguardar con fe y esperanza sin saber el cuándo o el cómo del cumplimiento de las divinas promesas.
Señor, te pido una fe nueva, viva, profunda... Mi alma, más dura que una piedra, más insensible que el acero, más árida que el desierto, está ávida de beber a grandes sorbos esta ola de fe y de amor..., ya que es de fe de lo que necesito, y de amor y caridad, porque mi alma está fría; y este entusiasmo y esta fe me los ofrecerá la Virgen santa, consoladora de los pecadores... Así me elevaré a las esferas más altas de nuestro cristianismo... con la fe poderosa, con el corazón puro; un cristianismo como el de los tiempos de Esteban.
Esto pido, Cristo Jesús, no otra cosa: fe, plenitud de fe y voluntad pura de servirte a ti y a tu Iglesia. (Canovai, Suscipe, Domine).
“Señor, si dices que vigilemos y estemos preparados, es porque a la hora que menos lo pensemos, te presentarás tú. Así quieres que estemos siempre dispuestos al combate y que en todo momento practiquemos la virtud. Es como si dijeras: Si el vulgo de las gentes supieran cuándo había de morir, para aquel día reservarían absolutamente su fervor. Así, pues, para que no limiten su fervor a ese día, no revelas ni el común ni el propio de cada uno, pues quieres que te estemos siempre esperando y seamos siempre fervorosos. De ahí que dejaste también en la incertidumbre el fin de cada uno. Sabiendo que has de venir infaliblemente, haz que vigilemos y estemos preparados a fin de que no nos lleven desapercibidos de este mundo.
Señor, tú exiges de tu siervo prudencia y fidelidad. Lo llamas “leal”, porque no sisó nada ni dilapidó vana y neciamente de los bienes de su señor; lo llamas “prudente”, porque supo administrar como debía lo que se le había confiado. Haznos también a nosotros, Señor, siervos leales y prudentes, para que no usurpemos nada de cuanto te pertenece y administremos convenientemente tus bienes” (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 77, 2, 3).
Tomado del libro INTIMIDAD DIVINA,
del P. Gabriel de Santa María
Magdalena, OCD.








